OJO, OÍDO Y LITERATURA

A veces la mano, antes de dedicarse a la creación literaria, se distrae y entretiene en la creación pictórica, allí donde los dedos van conduciendo como descuidadamente cada trazo,  abandonándose al ir y venir de  perfiles y  redondeces, imaginando las imágenes, dándole cuerpo a lo que la mente sueña.  Es así como sin querer se inicia en ocasiones la escritura no pensando mucho en escribir.  El español  Sánchez Ferlosio  le explicaba esto muy  bien al francés Maurice Edgar Coindreau en 1957, en una carta en la que le iba confiando la génesis de su “Alfanhuí”.

“Por lo que se refire a mis relaciones con el dibujo y la pintura – le  decía -, le diré que no sólo los resultados, sino también mi actitud son de naturaleza completamente infantil. En efecto, mis dibujos se parecen a los de un niño de catorce años del que los padres dicen que dibuja muy bien. Mi forma de trabajar es también la de un niño, pues nunca dibujo con un propósito deliberado, salvo cuando no tengo nada de particular que hacer; si me cae un papel en las manos, empiezo a dibujar lo que me va saliendo. A veces – pero no muy a menudo – ese comienzo es afortunado y me da ganas de continuar, al ver que lo que he comenzado por casualidad “podría quedar bonito”. Entonces me pongo a dibujar cuidadosamente y con atención. Pero nunca me he dicho: “Voy a dibujar”, ni delante de una hoja en blanco: “Voy a dibujar tal cosa”· Hubo un período durante el cual, cada vez que tenía ocasión de dibujar, representaba un animal imaginario. Después, le ponía un nombre que escribía al pie de la hoja junto a las características que me parecía conveniente atribuirle. Así constituí, en unos meses, todo un pequeño jardín zoológico compuesto de veinte a veinticinco especímenes diferentes. Ese pequeño mundo, bastante semejante al mundo de Alfanhuí, decora actualmente la habitación de mi hija (…) Recuerdo que el origen de Alfanhuí fue idéntico al de esos cuadritos. Inventé la historia del gallo y la desarrollé por juego. Hasta después de haber escrito dos o tres páginas no se me ocurrió la idea de proseguir mi relato e imaginé ese tipo de aventuras. Inventaba los hechos concretos a medida que escribía, y sólo excepcionalmente sabía lo que iba a ocurrir en el capítulo siguiente”.

Ferlosio, cuarenta años después, en un artículo publicado en la revista  “Archipiélago” en 1997, dividía su obra escrita en tres “fases”: la de la prosa o de “las bellas páginas” (como él califica “Alfanhuí” ) (“lo peor que puede pasarle a un escritor – decía– es convertirse en autor de “bellas páginas”); la del “habla” (“quise divertirme con el habla: “El Jarama“), y finalmente, tras muchos años de gramática, con la “lengua”. (Entre la “prosa” y el “habla” quizá estén las magníficas páginas que relatan el episodio de los babuinos mendicantes en “El testimonio de Yarfoz”).

Pero si en los primeros tiempos el ojo de este escritor seguía los rastros de su mano que esbozaban dibujos para encarnarse luego en  personajes de “Alfanhuí”, en el caso de “El Jarama” el oído de Ferlosio tocaría  el eco de las palabras, reteniendo formas muy precisas como él mismo ha confesado. Teniendo que hacer el servicio militar en Marruecos, ” todos mis conmilitones – dijo Ferlosio – eran, naturalmente, de las clases más modestas, y yo empecé a aficionarme con el habla popular. Ya conocía el habla rural extremeña, pero no las del resto de la antigua Corona de Castilla; una vez licenciado, empecé a hacer una lista de todo lo que recordaba del servicio, que se fue extendiendo muchísimo con toda clase de palabras, giros, “modismos“, construcciones o retorsiones sintácticas que yo apuntaba sistemáticamente. Estas larguísimas listas fueron la urdimbre sobre la que se tejió, incluso argumentalmente, “El Jarama“. Si hoy volviese sobre él, creo que podría señalar qué conversaciones fueron orientadas y a menudo inventadas de raíz sin más motivo que el de abrirle sitio a tal o cual ítem de mis listas. Todo estaba, así pues, al servicio del habla, aunque algunos han querido ver una “novela social”, incluso llena de dobles intenciones antifranquistas, como no se qué loco que en la palabra “tableteo” usada por el ruido del tren (entonces todavía los trenes tableteaban, a causa de las juntas de dilatación de los carriles o de los vagones hechos de madera) descubrió una “metáfora” ¡de las ametralladoras en la Batalla del Jarama!”.

Ojo, pues, al principio, oído atento, mano siempre cuidadosa para que la lengua brille y pueda encantar al lector.

(Imágenes: caricatura de Rafael Sánchez Ferlosio.-elpaís.com/ rincón del río Jarama)

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