¿QUÉ HAY DETRÁS DE LA PINTURA?

¿Qué hay detrás de la pintura? Detrás de la pintura hay un hombre que muere poco antes de cumplir los treinta y siete años. Detrás de la pintura hay un decenio – de 188o a 1890 – en que la obra dejada por el pintor sobrepasa los 850 cuadros. Detrás de la pintura, de esos 850 cuadros,  hay un solo cuadro vendido por su hermano Theo el mismo año en que Van Gogh se suicida.  Detrás de la pintura – lo que no puede descubrir el haz de rayos X y el acelerador de partículas que han medido la fluorescencia de las capas de esa pintura misma  – existe un apasionado del arte, un buscador incesante del color, un hombre al que un nuevo cuadro le llama cada amanecer. Detrás de la pintura – a donde no ha podido llegar ese procedimiento utilizado que permite indentificar pigmentos de forma individual como acaba de hacerse en la Universidad de Tecnología de Delft (Holanda)- está un hombre solo, autor de las “Cartas a Theo” (Península), uno de los libros más estremecedores en la historia del arte.

” Vincent van Gogh  tiene muchos más motivos –se diría que puede tener todos los motivos– para desalentarse de cuanto hace. Ese único cuadro vendido en vida, esa ausencia total de comunicación del artista con el público (más precisamente en su caso, cuando se ha dicho y repetido cómo naturalezas, casas, muebles, objetos, figuras de sus cuadros están viviendo de tal modo que el espectador se hace partícipe activo y no contemplador pasivo de su obra), una opresión acuciante de los asaltos de la enfermedad y de las preocupaciones por cuantas atenciones económicas le dispensa su hermano Theo y a las que Vincent comprueba que no puede correspon­der vendiendo su pintura¼ Las causas del desaliento, en fin, en este artista pueden ser numerosas. Pues bien: su desánimo va y viene entrelazándose a su ánimo, y sus imprecaciones en momentos de cansancio en la lucha se alternan con declaraciones de fe y de firmeza en sí mismo, en su camino, en su tarea y hasta en su técnica.

          “No renuncio a la idea que tengo sobre el retrato, pues defender esa idea es muy importante, enseñarle a la gente que lleva dentro algo más que lo que la fotografía con su aparato puede sacar”, escribe desde Anvers en 1885, para mostrar su atención unas líneas después a qué es lo que se vende: “Los marchands dicen que lo que se venden mejor son las cabezas y las figuras de mujeres. En fin, sea lo que sea, yo quiero a toda costa seguir adelante, quiero ser yo mismo. Y es que siento en mí la obstinación y estoy por encima de lo que la gente pueda decir de mí y de mi obra”. Tiene en ese momento treinta y dos años. En enero de 1886 se inscribe en la Academia de Bellas Artes de Anvers, donde tras una corta estancia tormentosa decide abandonarla: “Debo decirte también que, aunque me acostumbre, las críticas de los de la Academia suelen resultar insoportables, porque decididamente siguen siendo desagradables. Sin embargo, busco sistemáticamente evitar las disputas, y prosigo tranquilamente mi camino. Me parece que estoy en vías de encontrar lo que busco” , escribe a punto de irse a París. Desde la capital de Francia confiesa, en el verano de 1887: “Me siento triste de pensar que, aun en caso de éxito, la pintura no compensará los gastos.” Y en la misma carta añade con despecho: “Yo siento pasar el anhelo de casamiento y de niños, y en ciertos momentos estoy bastante melancólico de estar como estoy a los treinta y cinco años, cuando me debería sentir completamente distinto. Y algunas veces se lo reprocho a esta sucia pintura. Y me sucede sentirme ya viejo y fracasado y, sin embargo, lo bastante enamorado todavía para no estar entusiasmado por la pintura. Para triunfar se necesita ambición, y la ambición me parece absurda”. (“Ánimos y desánimos del artista” en “El artículo literario y periodístico. Paisajes y personajes”) (Eiunsa, 2007, págs 295-296)

Detrás de la pintura hay esta frase: “Creo que la vida es muy corta y pasa muy rápidamente; entonces, siendo pintor hay que pintar, por lo tanto”. Detrás de la pintura,  en Van Gogh se descubre: “Todavía una vez más, es paciencia lo que me hace falta en este caso, y perseverancia“.

Todo eso hay detrás de la pintura.

(Imágenes: “Parche de hierba” (1887), Van Gogh, propiedad del Museo de Kröller-Müller, donde se advierte el retrato descubierto bajo la pintura.-elmundo.es/ Van Gogh, Autorretrato del verano de 1887, con sombrero de fieltro.-Rijksmuseum, Amsterdam.-indexarte.com)

¿ NOS ESTÁ REPROGAMANDO LA RED?

“La televisión es parte de la realidad en la misma nedida que los Toyota y los atascos de tráfico”  – decía en una ocasión  David Foster Wallace – No podemos, literalmente, imaginarnos la vida sin ella. La generación de americanos nacidos después de 1950 es la primera para la cual la televisión ha sido algo que vivir en lugar de algo que mirar (…) No somos distintos de nuestros padres porque la televisión presente y defina nuestro mundo contemporáneo. Nos distinguimos de ellos en que no tenemos recuerdos de un mundo carente de esa definición electrónica“. 

Por su parte el argentino Ricardo Piglia confiesa en “Crítica y ficción” (Anagrama) que  “el cine ha sido algo muy importante a lo largo de mi vida, puesto que paralelamente a leer libros veía películas, eran dos mundos paralelos, dos vidas. Creo que es una experiencia de toda mi generación, hemos estado muy conectados con el cine. Me parece que los escritores de mi generación somos los últimos que no vimos televisión de chicos, que no vimos el televisor como una presencia cotidiana, que está ahí desde que uno nace. como la madre, digamos, un aparato que habla y está en la casa, como algo con lo que uno tiene que establecer un acuerdo o algún tipo de relación, pero que está siempre ahí”.

¿Qué tipo de acuerdo hay que establecer con ese aparato? Sí,  el televisor está ahí, pero de la televisión como contenido comienzan a alejarse muchos jóvenes que se van refugiando en Internet. “La televisión es muy aburrida – ha reiterado el dramaturgo norteamericano David Mamet -. De vez en cuando, la enciendo en un hotel, pero es que es un auténtico muermo, sobre todo la ABC. Es hacia allí hacia donde va el futuro: hacia todos esos programas que parecen dibujos animados. Parece que las cadenas condescienden con el peor gusto. Da un poco de miedo, pero tampoco pasa nada; de todos modos, es algo que se veía venir en este país. (…) El problema está siempre en la televisión. Si uno no ve la televisión, puede aprender a hacer algo como tallar madera o incluso leer. El otro día hablaba con un amigo, una especie de experto en el mundo del espectáculo, y le dije: “No entiendo la televisión. Creo que comprendo ciertos aspectos esenciales de las actuaciones en vivo y el aspecto básico de la radio y el cine. Pero la televisión no la entiendo”. Y él me dijo: “La televisión es básicamente un  espectáculo para vender pócimas”. Y tenía razón. Para un número indeterminado de minutos de supuesto entretenimiento, la televisión captará nuestra atención durante treinta segundos para vendernos un frasco de aceite de serpiente. Éste es su carácter esencial. Es una herramienta para vender”.

Pero si uno abandona la lectura,  y abandona también la televisión, ¿a qué se entrega en Internet? También habrá que establecer un tipo de acuerdo o un tipo de relación con el ordenador y la pantalla  para que no nos devore.  Estos días están nuevamente muy vivas las reflexiones sobre el tema de la lectura e Internet, cómo Internet puede modificar nuestra forma de leer.  En un blog que siempre aporta  información completa y excelente, Nauscopio scipiorum, se cita un muy interesante artículo de Nicholas Carr titulado “¿ Qué le está haciendo Internet a nuestros cerebros?”.  En ese artículo a su vez se extraen unas palabras del dramaturgo Richard Foreman que dicen así: “Procedo de una tradición de cultura occidental en que el ideal (mi ideal) era la estructura compleja, densa, como una catedral de la personalidad de alta educación y expresión, el hombre o mujer que llevaba dentro de sí una versión individualmente construida y singular del patrimonio completo de Occidente. [Pero ahora] veo dentro de todos nosotros (yo incluido) la sustitución de la compleja densidad interna por un nuevo tipo de ser que evoluciona bajo la presión de la sobrecarga de información y la tecnología de lo “instantáneamente disponible”.

Tmabién en otro blog de referencia como es Una temporada en el infierno se comenta  el tema bajo el título,  “Internet, blogs y el futuro de la lectura”. Figuran en esa nota importantes citas del The New Yorker con artículos de Anthony Grafton, e igualmente del New York Times, abordando una vez más el asunto del porvenir de la lectura.

El debate está presente. Las opiniones, muy diversas.  ¿Es cierto lo que se dice al inicio del artículo de Nicholas Carr hablando de Google? : “ Nunca un sistema de comunicación ha ejercido una influencia tan amplia sobre nuestros pensamientos como hace hoy Internet. Pero a pesar de todo lo que se ha escrito sobre la Red, se ha pensado poco en cómo exactamente nos está reprogramando. La ética intelectual de la Red sigue siendo oscura”.

(Imagen: dibujo de Internet: Jeroen Wijering.-foto: film sill.-press designacademy.nl)

LOS OBJETOS CANSADOS

“Siempre he tenido la idea de que los objetos tienen vida y de que los objetos nos ven así como nosotros los vemos a ellos, y se “cansan” – me decía Mujica Láinez en Madrid en 1979 -, es decir, que un objeto que tiene trescientos años o quinientos años se va saturando de presencias a lo largo del tiempo, y eso yo  lo he sentido y transmitido en mis libros. Acaso porque creo más en la fidelidad de los objetos que en la fidelidad de las personas”. Eso me decía el autor de Bomarzo en la conversación que mantuvimos sobre su obra y su vida  y en la que me relató experiencias insólitas, como aquella de la sortija desaparecida durante un sueño suyo y a la que ya me referí en Mi Siglo el 28 de noviembre pasado  en el texto “Un hada en una librería”.

Los objetos, al parecer, se cansan de nosotros. Nos ven ir y venir en torno a ellos, tomarlos en las manos, utilizarlos, recomponerlos, ajustarlos, los muebles de las habitaciones oyen nuestras discusiones, voces, gritos, portazos, el murmullo que hacemos al confesar una indiscrección y a la vez  los cuerpos se van apoyando en las butacas con sus edades y generaciones, los músculos descansan  en divanes,  platos y  bandejas, vasos  y cubiertos nos van acompañando cada mañana y cada noche de la cocina al comedor para volver puntualmente  a la cocina,  resortes de sillas se  comprimen bajo nuestros cuerpos,  nos hemos acodado al borde de las camas y hemos vivido los duelos y las  celebraciones y todo esto hemos podido verlo  reflejado de modo excelente tantas veces en la pantalla. Ettore Scola, en “La familia”, repasa una y otra vez esas habitaciones y ese pasillo de objetos, con sus puertas abiertas a vidas distintas y Vittorio Gassman y todos cuantos participan de esa familia recorren arriba y abajo el inmutable pasillo,  testigo impasible de  encuentros y despedidas.

Los objetos se cansan. O quizá nosotros nos cansamos de los mismos objetos. El movimiento de las costumbres hace que poco a poco los objetos se desplacen, sean sustituidos por otros más acordes con el tiempo, y el descender cuesta abajo de la vejez de los objetos les lleva hacia esos cementerios vivos en los que se visitan ruinas de épocas pasadas. “¡Oh, el Mercado de las pulgas de París, en la Avenida Michelet – cantaba Ramón  Gómez de la Serna en “El Rastro” -,  gran coincidencia del todo París, trágica suma de su historia y su galantería y de aquella calle conmovedora y de aquella noche y de aquello y aquello otro en un revoltijo, en una confusión, en una incongruencia profunda!…¡Oh, el mercado judío de Londres, en el barrio Whitechapel en Middlesex, rasero común de toda la gran ciudad, descanso y abismamiento de todas las observaciones hechas en caminatas largas y anhelantes!…¡Oh, aquel comercio en Milán, dentro de la Plaza del Mercado viejo, pequeño, oculto, pero entrañable y consciente, con esa consciencia superior y postrera de los Rastros!…¡Y así, cuántos Rastros más en el extranjero y en las provincias españolas, todos disolventes y en todos aplacado todo!…”.

Desde esos Rastros nos miran los objetos cansados, nos preguntan si no nos cansamos de mirarlos, desde las pupilas de las cajas y de las butacas y de los sillones y de aquel cenicero que hay detrás y de aquel candelabro torcido se extrañan de que al pasar nosotros sigamos tan cansados.

(Imágenes: fotografía de comedor antiguo/escena de “La familia”, de Ettore Scola)

“LA NARIZ” DE GÓGOL

El día 10 de julio escribí en Mi Siglo sobre Hoffman y la  mágica invención. Comentaba “El puchero de oro” y me refería a 1813. Veintidós años después, en 1835, el escritor ruso Nicolás Gógol  publica La nariz dentro de los Cuentos de San Petersburgo (en donde también aparece  su celebérrimo El abrigo) y  da un salto imaginativo enormemente audaz, adelantándose más de un siglo a las aperturas fantásticas de un García Márquez.  Hoffman lograba la mágica invención en la literatura alemana  y Gógol  la conseguía  en la literatura rusa. El relato de Gógol es sencilla y simplemente la desaparición súbita de una nariz.

    ” Iván Yakovlevich, por razón de decencia – escribe Gógol -, se puso el frac sobre la camisa y, habiendo tomado asiento a la mesa, echó sal, preparó dos cabezas de cebolla, tomó el cuchillo y, después de hacer una mueca significativa, se dispuso a cortar el pan. Una vez que hubo partido el pan en dos pedazos miró al centro y, con asombro, vio algo que brillaba. Iván Yakovlevich lo limpió cuidadosamente y lo examinó con los dedos.

     ‑¡Está duro! ‑se dijo‑ ¿Qué podrá ser?

     Metió los dedos y se quedó helado: ¡una nariz!…; sus manos se apartaron, empezó a frotarse los ojos y a tocarla: una nariz, en efecto, una nariz, y hasta le parecía que fuese de un conocido. (..) sabía que la nariz era del asesor colegiado Kovalev, a quien afeitaba los jueves y domingos.”

Y Gógol, tras describir cómo el asustado barbero Iván Yakovlevich se desprende de la nariz arrojándola al río, pasa a contar con toda naturalidad lo que le sucede a su vez al mayor Kovalev, que se ha quedado sin nariz:

     “Así el lector podrá juzgar ya la situación de este mayor cuando se encontró en vez de su nariz, bastante aceptable y regular, por otra parte, con un estúpido sitio liso y plano.

     Como, por desgracia, no hubiera ni un cochero en la calle y se viese obligado a ir a pie, se envolvió la cara en su capote, y, con el rostro cubierto con el pañuelo, al verlo daba la impresión de que tenía sangre.

     “A lo mejor me lo ha parecido a mí así: no es posible que haya perdido la nariz tontamente”, pensó, y de modo intencionado penetró en una confitería con objeto de mirarse en un espejo..”

Y Gógol prosigue impertérrito describiendo las andanzas del mayor Kovalev por la ciudad:

    ” (…) De pronto se halló como enterrado a la puerta de una casa; en sus ojos tuvo lugar un fenómeno inexplicable: ante un portal se detenía un coche, se abrió la puerta y saltó fuera y se inclinó un señor vestido con uniforme, subiendo con presteza las escaleras. ¡Cuál no sería el terror y, al mismo tiempo el asombro de Kovalev, cuando se dio cuenta de que era su propia nariz! A la vista de ese espectáculo extraordinario le pareció que todo daba vueltas ante sus ojos; sintió que apenas podía tenerse en pie; pero se dispuso a esperar su vuelta al coche, pasara lo que pasara, aunque temblaba como febril. Dos minutos después salió la nariz, en efecto. Iba con uniforme bordado de oro, con el cuello levantado, llevaba pantalones de gamuza y una espada al costado. Por el sombrero podía deducirse que tenía el rango de consejero de Estado. Podía suponerse que iba de visita. Miró a ambos lados y gritó al cochero: “¡En marcha! “. Se sentó y partió.

Esto está escrito en la primera mitad del siglo XIX, como también en esa primera mitad del siglo escribe Hoffman su mágica invención. Gógol se explaya aún más : cuenta cómo esta nariz se pasea en carroza por la ciudad de San Petersburgo con uniforme de gran funcionario. El consejero Kovalev trata en vano de convencer a la nariz para que vuelva a su sitio pero no lo consigue. La audacia del escritor ruso es asombrosa y  admirable. Nabokov, en su estudio sobre Gógol (Littera), recuerda en este escritor  “el leitmotif nasal a lo largo de toda su imaginativa obra y resulta difícil –dice –  encontrar a cualquier otro autor que haya descrito con tanto entusiasmo olores, estornudos y ronquidos (…) Las narices gotean, las narices se mueven de forma nerviosa, a las narices se las toca cariñosa o groseramente; un borracho intenta serrar la nariz de otro; los habitantes de la luna (así lo describe un loco) son Narices. El hecho de si “la fantasía engendró la nariz o la  nariz engendró la fantasía” no es esencial. Considero más razonable olvidar que la exagerada preocupación de Gógol por las narices se basaba en el hecho de que la suya fuese anormalmente larga y tratar el olfativismo de Gógol  – e incluso su propia nariz  – como una estratagema literaria relacionada con el amplio humor de las fiestas en general y con el humor nasal ruso en particular.Nosotros estamos alegres de narices o tristes de narices. El despliegue de alusiones nasales que tiene lugar en una famosa escena del Cyrano de Bergerac de Rostand no es nada comparado con los cientos de proverbios y dichos rusos que giran en torno a la nariz. Gógol había descubierto nuevos olores en la literatura (que llevaron a un nuevo “escalofrío“). Como reza un dicho ruso, “el hombre con la nariz más larga ve más allá”; y Gógol veía con sus narices”.

De cualquier modo, un ejemplo más de que la mágica y prodigiosa invención en la literatura se remonta siglos atrás, camino arriba de las novelas y de los cuentos y que en absoluto es propiedad del siglo XX. 

(Imágenes: Marc Chagall, “Homenaje a Gógol“.-moma.org/retrato de Gógol.-centros5.pntic.mec.es/ representación teatral de “La nariz”/ escena de “El inspector“, otra de las obras de Gógol.-escenicas.univable.edu.com)

“ADRIANO” DE YOURCENAR

“Los dioses no estaban ya, y Cristo no estaba todavía, y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en que el hombre estuvo solo”. Esta frase de Flaubert que Marguerite Yourcenar leyó en 1927 fue uno de los desencadenantes de las “Memorias de Adriano“. “Gran parte de mi vida – dijo la novelista – transcurriría tratando de definir, y luego de pintar, a ese hombre solo y, por lo demás, unido a todo”. Labor constante, transpiración perpetua. Cuando se imparten cursos de creación siempre se divide en dos la gran esfera: por un lado, antes de nada, la inspiración; por otro lado, después de todo, la realización, es decir, la disciplina, el quehacer, la tenacidad en encontrar soluciones a los inevitables  problemas; en resumen, la transpiración:  dedicación y  concentración.  99 % de talento, 99% de disciplina y 99% de trabajo, decía Faulkner. Muchos hallan de improviso la inspiración y muchos también abandonan o empobrecen la realización porque la disciplina les parece ardua y les supera.

La exposición “Adriano, imperio y conflicto“, abierta en el British Museum de Londres hasta el 26 de octubre, nos lleva otra vez a esta enigmática figura a la que Yourcenar hizo hablar, creando unas Memorias inventadas, y alcanzando con ellas una cumbre en la novela histórica. Seguir el rastro de la transpiración de la escritora es algo apasionante por los vericuetos que nos presenta, por los atajos que recorre, por los logros que consigue. “Este libro tiene una larga historia – dirá ella en 1951, en una de sus Cartas -. Lo empecé hará más de veinte años, en una época de la vida en que aún se padecen ciertas suficiencias, ciertas imprudencias… Lo volví a coger en 1936, dándole su forma actual, las memorias de un hombre que hace un repaso de su vida desde la perspectiva de su próxima muerte. Pero no escribí más de quince páginas. Aún no estaba lo bastante madura, en aquella época, para llevar a cabo este proyecto tan amplio”.

En febrero de 1949 reemprende la redacción de “Adriano” donde la interrumpió en 1937. Tiene que tomar el tren para Chicago, luego para Santa Fe, en Nuevo México, y durante un viaje de dos días escribe sin parar. “Me llevaba las hojas en blanco conmigo para empezar de nuevo ese libro, como un nadador que se tira al agua sin saber siquiera si alcanzará la orilla. Hasta muy tarde en la noche, trabajaba en él entre Nueva York y Chicago, encerrada en mi coche-cama. Y todo el día siguiente, en el restaurante de una estación de Chicago, donde esperaba a un tren bloqueado por una tempestad de nieve. Luego, de nuevo hasta el alba, sola en el coche de observación del expreso de Santa Fe, rodeada por las grupas negras de las montañas del Colorado y por el eterno dibujo de los astros. Los pasajes sobre la comida, el amor, el sueño y el conocimiento del hombre fueron escritos así de una sola tirada. No recuerdo haber vivido día más ardiente ni noches más lúcidas”. Esta es la transpiración de Yourcenar como transpiración era el escribir de pie de Hemingway, creando sobre la superficie de un atril a causa de sus problemas de espalda o transpiración era la de Thomas Mann, viajando también en tren a Chicago y escribiendo allí, en el mismo vagón,  el capítulo catorce de Doktor Faustus.

Toda profesión humana lleva consigo un esfuerzo y él arrastra consigo un natural cansancio. La creación es un quehacer más. En el caso de las Memorias de Adriano (Pocket Edhasa), los Cuadernos de Notas de la autora reflejan parte de esa constancia y de esa paciente elaboración. “Solía escribir en griego durante una o dos horas – confiesa – antes de ponerme a trabajar, para acercarme más a Adriano“. O también:  “Había tomado la costumbre, cada noche, de escribir de manera casi automática el resultado de esas largas visiones provocadas donde yo me instalaba en  la intimidad de otros tiempos”. Y en otras ocasiones al no trabajar: “Hundimiento en la desesperación de un escritor que no escribe”. Al fin su personal hallazgo, el tono esencial:    “Retrato de una voz. Si decidí escribir estas Memorias de Adriano en primera persona, fue para evitar en lo posible cualquier intermediario, inclusive yo misma. Adriano podía hablar de su vida con más firmeza y más sutileza que yo”.

Tal fue la transpiración de Marguerite Yourcenar – como la de tantos otros seres humanos. Fue la transpiración, el tesón, la elaboración constante de esta autora, aquella que firmó una gran definición: “Una de las mejores maneras de reconstituir el pensamiento de un hombre es reconstituir su biblioteca”.

(Imágenes: Adriano.-Museo Bitánico/ Marguerite Yourcenar)

ROSTROPOVICH EN EL MURO DE BERLÍN

Agradezco el amable comentario de Alejandro que me informa de la confusión sobre el pie de la fotografía que ilustra mi texto del 5 de julio titulado “Momentos estelares”. Quien estuvo junto al Muro interpretando en aquella histórica ocasión no fue Rachmáninov sino Rostropovich. Queda subsanada la confusión.

Gracias, Alejandro.

LOS UNIVERSOS CREATIVOS

Tomo de la página especial del gran fotógrafo argentino Daniel Mordzinski  http://www.danielmordzinski.com/– que en estos día inaugura una exposición en Madrid, en la Casa de América -, estas imágenes de creadores sin apenas comentarlas, porque unas veces los ojos, otras las manos, otras las sombras nos introducen en el taller de los universos creativos, allí donde se compone el verso o la prosa.

Ahí arriba aparece Tabucchi, con sus pupilas cargadas, mirándonos.

Aquí a la izquierda, ilustrada con un paraguas, Amelie Nothomb.

La cámara ha recogido situaciones y posturas, ¿las ha provocado? ¿hay en ellas  ingenuidad o hay cálculo?

Si seguimos adelante por esta galería de rostros encontraremos a Borges fascinado por la luz, palpando con las manos la piel de la oscuridad, intentando ser atraído por los dedos de la luz, apoyado en un bastón invisible.

 

 

 

 

 

 

Pero debemos seguir más adelante y encontrarnos con un Cortázar escuchando una conversación mientras no escucha porque en estos momentos está ya viendo el final de un cuento.

Ese  cuento de Cortázar nada tiene que ver con lo que parece observar a lo lejos García Márquez de perfil, en la altura de unas rocas, viendo cómo los personajes se acercan. Los personajes parecen retar al escritor, el escritor reta a los personajes, no podemos saber cuántos son, no podemos saber cómo vienen vestidos, sólo el escritor conoce a los personajes, sólo el escritor los reconoce. Desde siempre sabe quiénes son y los espera.

Después ya -casi cuando vamos a salir de la galería de Mordzinski – nos mira Octavio Paz desde su libro. Levanta los ojos de la página y nos agradece la visita.

(Imágenes: Tabucchi, Amelie Nothomb, Borges, García Márquez, Octavio Paz, por Daniel Mordzinski)

COLORES EN DELACROIX

Las mezclas de colores en Delacroix son las que han fascinado a muchos pintores. Leo en su Diario  (Centauro, México),  en la entrada correspondiente al 11 de junio de 1856: “Los claros de la Medea, de su mejilla, de su garganta, del torso, etc, basados en el tono de tierra de sombra blanca y laca amarilla con blanco y laca. El cadmio con tonos quebrados domina en la localidad; pocos tonos rojos, sin embargo, algo de tonos de marrón rojo, blanco con laca amarilla y tierra de sombra y blanco (Esta última combinación es excelente para muchas localidades un poco oscuras).

Para el tono verde rosa caliente de la mejilla en una mujer fresca y morena: cadmio y blanco, amarillo zinc claro y verde esmeralda, blanco y laca o bermellón y blanco, según el efecto;el blanco y verde esmeralda, que es un verde frío, se une bien con éstos. Sustituyendo el ocre y blanco al cadmio, se tienen localidades de sujetos más oscuros: el bermellón y blanco concierta con el zinc amarillo y verde. Una mezcla de todos estos tonos hace una localidad de carne excelente”.

Un año después, en 1857, la gran sensibilidad de Delacroix  descubrirá los matices del color en un día cualquiera. “Una de estas mañanas -escribirá en su  Diario el 4 de noviembre -, mientras estaba al sol en mi galería, he notado el efecto prismático de la cantidad de pequeños pelos de tela de mi vestido gris. Todos los colores del arco iris brillaban en ella como en un cristal o en un diamante. Cada uno de los pelos, por ser brillante, reflejaba los colores más vivos, que cambiaban a cada movimiento mío; cuando no hay sol, no nos damos cuenta de ese efecto”.

Pero los colores no permanecen en sí mismos en el caso de Delacroix. A través de ellos el pintor medita sobre el sentido de la vida. A los 24 años, en 1822, escribe el 12 de octubre: “Acabo de ver brillar a Orión en el cielo, en medio de nubarrones negros y de un viento tempestuoso. He pensado primero en mi vanidad, en comparación con esos mundos en suspenso; después he pensado en la justicia, en la amistad, en los sentimientos divinos que se hallan grabados en el corazón del hombre, y sólo he encontrado grande en el universo a él y a su creador. Esta idea me llama la atención. ¿Es posible que no exista? ¡Qué!, el azar, combinando los elementos, ¿habría hecho que naciesen las virtudes, reflejos de una grandeza desconocida? Si el azar hubiese construido el universo, ¿qué significarían conciencia, remordimiento y abnegación?”.

El Diario de Delacroix mezcla continuamente colores y pensamientos. Esta mezcla le lleva a audacias en el arte y a reflexiones como ser humano. Acaso por eso muchos pintores han quedado atrapados en sus combinaciones y a  muchos lectores  ( que jamás pintarán) estas páginas les han hecho pensar.

(Imágenes:Delacroix,”Autorretrato a los cuarenta años”, Louvre.-foro artehistoria.net/”Mujeres de Argel en habitaciones”, Louvre.-flickr/ “La barca de Dante”, Louvre -flickr)

EL RUISEÑOR

El ruiseñor, pavo real

facilísimo del pío,

envía su memorial

sobre la curva del río,

lejos, muy lejos, a un día

parado en su mediodía,

donde un ave carmesí,

cenit de una primavera

redonda, perfecta esfera

no responde nunca: sí.

Jorge Guillén, “Cántico”.

INSOMNIACA

Anoche me acosté y hacia las dos y cuarto comencé a viajar a  la ciudad de Insomniaca,  al norte de Nigeria, esa ciudad que tiene la singular costumbre de no dormir y donde sus habitantes no tienen idea ninguna de lo que es el sueño. Anduve despierto por sus calles, recordé lo que cuenta de ella Arthur John Newman Tremearme en el libro que publicó en Londres en 1913 y advertí, tal como me habían relatado, que allí los extranjeros estamos siempre en grave peligro. Si cualquier viajero intenta adormecerse o entrecerrar los ojos, en el momento en que se queda dormido, es inmediatamente enterrado con gran pompa sin apenas moverlo -sin que él nunca se aperciba  -, pues los indígenas lo decretan muerto. Por eso anduve toda la noche despierto, observando los rostros y los comercios, procurando andar, no me senté en banco ninguno, no me apoyé en ninguna esquina,  anduve y anduve varias horas, quizá hasta las cuatro.  Hacia las cinco menos cuarto, tal vez serían  menos diez,  llegué muy cansado  a la frontera del Silencio, esa otra ciudad de la región de Libia, a orillas del río Zaire, la ciudad de la que habla Poe en uno de sus cuentos,  allí donde aguas malsanas no llegan nunca al mar y se quedan palpitando eternamente bajo el sol en una  ebullición convulsiva. A lo largo de muchos kilómetros, a ambos lados del legamoso lecho del río, se extiende un pálido desierto de gigantescos nenúfares.

La región apesta a causa de una maléfica y sombría selva de flores envenenadas y con una maleza perpetuamente agitada a pesar de la ausencia de viento. Al borde del río se levanta una gran roca gris en la que aparece grabada la palabra Desolación. El país entero está maldito por el silencio. La luna está inmóvil, el rayo no tiene luz, las nubes están suspendidas, las aguas están siempre al mismo nivel y los árboles olvidan balancearse.

Se prueba allí la penosa sensación de quedar sometido a la sordera y reducido al mutismo total.

Hacia las seis de la mañana – tal vez serían las seis y cuarto – volví a Insomniaca procurando no dormirme ni apoyarme en nada. Crucé las calles de nuevo, observé los comercios iluminados y logré salir sin cerrar los ojos, completamente despierto como así había ocurrido en toda la noche,  pasando suavemente la página que estaba leyendo de Alberto Manguel que me estaba guiando por su Breve guía de lugares imaginarios.

(Imágenes:Insomnio.-por Remedios Varo.-redescolar.ilce.edu.mx/ elefante, por Gregory Colbert)

“HAPPENING” DE NUBES

Hace ya meses – exactamente el 5 de noviembre de 2007 – transcribí en Mi Siglo unas palabras de la poetisa polaca Wislawa Szymborska que cantaba  a las nubes y cuyas frases ahora vuelvo a citar: “Las nubes son una cosa tan maravillosa, un fenómeno tan magnífico que se debería escribir sobre ellas. Es un eterno “happening” sobre el cielo, un espectáculo absoluto: algo que es inagotable en formas, ideas: un descubrimiento conmovedor de la naturaleza”. Comenté en otro lugar cómo cuatro siglos antes, en 155o, Vasari relata en sus “Vidas de grandes artistas” cómo el pintor Piero di Cosimo se paraba al observar manchas en las paredes, “imaginando que allí veía combates de caballos y las más fantásticas ciudades y extraordinarios paisajes nunca contemplados”. Y Vasari añade: “Él abrigaba las mismas fantasías acerca de las nubes”. (“El ojo y la palabra”.-Eiunsa.-pág 78-79)

Las nubes siempre han sido objeto de las miradas de escritores y artistas, y ahora las nubes vuelven como observación y contemplación  en las frases del  gran escritor yugoslavo, Predrag Matvejevic, nacido en Mostar en 1932,  de padre ruso y madre croata, profesor de literaturas comparadas en la Sorbona, autor de “Breviario mediterráneo(Destino), un delicioso y sabio libro ahora reeditado y prologado por Claudio Magris que nos lleva en diálogo perpetuo con lo animado y lo inanimado del gran mar, cartografía de mapas singulares, coloquio con  vientos,  faros,  litorales, conversación con las gentes y, por supuesto, reflexión y consideración sobre las nubes. “El fenómeno de las nubes, que también suele estar relacionado con los vientos y las olas – dice Matvejevic  -, entra dentro de la competencia de los meteorólogos, tal vez más de lo necesario. Ellos las han clasificado y denominado, según su forma, aspecto o efecto. De las nubes se ocupa la literatura también, sobre todo la poesía: las nubes navegan por el cielo como los navíos en alta mar, se alzan sobre el mar o lo envuelven como capas, unas veces son pesadas y oscuras y causan inquietud, otras son ligeras y transparentes, y traen alegría, hasta felicidad. Al amanecer, en el mar, no se distinguen del alba; al anochecer forman parte del crepúsculo. No es lo mismo mirarlas desde un barco que desde la costa. Los marineros se preocupan por su forma y su número, qué viento las lleva y adónde, qué viene detrás de ellas. La gente experimentada deduce de su aspecto qué tiempo hará, saca múltiples pronósticos. Las nubes constituyen el núcleo de charlas y disputas a lo largo del Mediterráneo“. La Premio Nobel polaca  Szymborska le había retado al periodista que la entrevistaba: “Intente imaginarse el mundo sin nubes”. No es posible. Como un  mundo sin vientos o sin olas. Como un  mundo sin mar. “El mar – ha dicho también Matvejevic,  que lo ha recorrido amorosamente – es una lengua antiquísima que no alcanzo a descifrar. El mar es absoluto, sus dimensiones relativas. Cuanto más podamos conocer de este mar, menos lo vemos para nosotros solos: el Mediterráneo no es un mar de soledades”.

(Imágenes: nubes.-derecho.uchile.cl/yunphoto.net/ elabra.org)

EL MAR ES UN OLVIDO…

El mar es un olvido,

una canción, un labio;

el mar es un amante,

fiel respuesta al deseo.

 

Es como un ruiseñor,

y sus aguas son plumas;

impulsos que levantan

a las frías estrellas.

 

Sus caricias son sueño,

entreabren la muerte,

son lunas accesibles,

son la vida más alta.

 

Sobre espaldas oscuras

las olas van gozando.

Luis Cernuda.- (“Donde habite el olvido)” (1934)

EL ÚLTIMO MAIGRET

“Pusieron la maleta en el portaequipajes y el comisario se sentó al lado de su prisionera. Ella miraba los muelles, los puentes, los transeúntes, los autobuses y los coches como si todo eso perteneciera ya a un lejano pasado.
Al llegar al Palacio, Lapointe llevó la maleta, pues era demasiado pesada para ella. Maigret llamó a la puerta del juez Coindet.
Ella es suya… – dijo con voz confusa.
Maigret la miró, pero él ya había dejado de existir para ella. Nathalie se sentó frente al magistrado antes de que la invitaran. Estaba muy serena“.
Era el viernes 11 de febrero de 1972 cuando Simenon escribió estas líneas.
Era la última línea del último “Maigret”. El título del libro: “Maigret y monsieur Charles”.
Siete meses después, el domingo 18 de septiembre, tras haber entrado como de costumbre en su despacho de Epalinges, y tras haber anotado en un sobre amarillo “identidad de personajes para una nueva novela” -(“Victor” como título) -, Simenon toma la decisión irrevocable de no “ponerse más instintivamente” en la piel de los otros. “Yo me pondré en la mía – dirá el novelista– por primera vez desde hace cincuenta años”.

 

Autor de centenares de novelas, vestido durante muchos años a la hora de crear con una camisa sport de grandes cuadros escoceses negros sobre fondo rojo que había comprado en Nueva York, nadie le vio nunca escribir. Durante mucho tiempo colgó de de la puerta de su cuarto el cartel de “No molestar“.
He recordado todo esto cuando en cada verano  esos pequeños libros  del  inspector nos acompañan en las  playas  o en los  campos, nos llevan “al París de Simenon que es el París del mostrador de cinc  en los bares donde se pide un calvados,  el París de los sonidos en las calles, el repiquetear de la lluvia, París gris, París plomizo, ciudad de hábitos, rutinas y costumbre, París de encuestas policiacas, informes, averiguaciones de esa pupila con ojo clínico de comisario humano, paciente paquidermo de investigación pausada y tenaz, la pipa humeando el interrogatorio, la marca del redondel del vaso de cerveza en su despacho del Quais des Orfebres, las barcas surcando el Sena, París de esperas y silencios, ruindad de vidas aparentemente anónimas que esconden el rencor, la venganza, los celos, unas pasiones trepando desde la infancia, pasiones encaramadas en los años, ahogadas y sofocadas confesiones, pasiones pardas que han ido anidando su crimen en ese París que mira con ojos de manso buey el comisario Maigret desde la ventana, observando cómo navega la culpa por el río de la vida, las manos embutidas en la paciencia y la paciencia escondida en los bolsillos del abrigo” (“El artículo literario y periodístico. Paisajes y personajes” .-(Eiunsa )(págs  200-201)

HOFFMAN O LA MÁGICA INVENCIÓN

“El estudiante Anselmo se encontró ante la puerta a las doce en punto. Al llegar dirigió la mirada al grueso llamador de bronce; pero cuando, al sonar la última campanada en el reloj de la iglesia próxima, se disponía a cogerlo para llamar, se encontró con que el rostro metálico le dirigía una mirada aviesa al tiempo que una sonrisa asquerosa. ¡Era el rostro de la vendedora de manzanas de la Puerta Negra! Los dientes afilados castañeaban en la boca fláccida, y al castañear decían: “¡Estúpido…,estúpido…,estúpido…., espera un poco, espera! ¿Por qué has salido, estúpido?” Asustado, el estudiante se echó hacia atrás; quiso coger la jamba de la puerta; pero su mano se agarró al cordón de la campanilla, que sonó repetidas veces de un modo extraño, y en toda la casa el eco repetía : “¡Pronto caerás en cristal!” El estudiante se sintió acometido de un terror que le produjo el frío de la fiebre. El cordón de la campanilla se inclinó hacia abajo, convirtiéndose en una serpiente blanca y transparente que le rodeaba y le oprimía cada vez más fuerte en sus contorsiones, hasta que los miembros tiernos, triturados, se rompieron en pedazos, y de sus venas brotó la sangre, penetrando en el cuerpo transparente de la serpiente y poniéndole a él al rojo vivo.  !¡Mátame, mátame!”, quería gritar aterrorizado; pero sólo conseguía articular un sonido ronco. La serpiente levantó la cabeza y dirigió su afilada lengua desde la tierra al pecho de Anselmo, y entonces él sintió un agudísimo dolor en el pulso y perdió el conocimiento. Cuando volvió en sí estaba en su modesta cama, y a su lado el pasante Paulmann, le decía:

Por amor de Dios, querido Anselmo, ¿qué extravagancias son esas?”.

No estamos ante el realismo mágico ni ante el moderno itinerario hacia  una  gran experimentación.  Tampoco ante un sueño. Estamos en septiembre de 1813 cuando el escritor – y compositor- alemán Ernst Theodor Amadeus Hoffman escribe su cuento “El puchero de oro “. Lo empezará en septiembre y lo acabará en febrero de 1814. “Una estrella  particular  – dirá E.T.A. Hoffman – reina sobre mí en ciertos momentos importantes y mezcla con la realidad cosas fabulosas, en las que nadie cree, y que a menudo me parecen brotadas de lo más profundo de mí mismo. Pero enseguida adquieren fuera de mí un valor distinto y se convierten en los símbolos místicos de esa categoría de lo maravilloso que, a cada instante, en la vida se ofrece a nuestra mirada”. Aquí está la confesión de toda su literatura. “El puchero de oro” transcurre en la ciudad de Dresde y por sus calles el estudiante Anselmo sale a pasear por la Puerta Negra. Todo lo que sucede en ese libro tiene un doble significado: la vieja vendedora de manzanas que maldice al estudiante Anselmo porque le ha tirado su cesta, es una bruja hechicera; las tres doradas serpientes que hablan al estudiante mientras éste se encuentra  tumbado bajo el árbol sauco, son las hijas del archivero Lindhorst; el archivero, a su vez, es una salamandra. En ocasiones las trasmutaciones son tan extrañas que la vieja es simplemente una cafetera o se convierte en el llamador de bronce de la casa del archivero.

¿No estamos, en la primera decada del siglo XlX,  con una audacia literaria total, muy por encima de los aciertos que luego traerán algunas novelas del XX? Hoffman nos dice que si el archivero es una salamandra, su padre es una pluma vieja y su madre una zanahoria despreciable. En este cuento hay hombres que parecen buhos y hombrecillos que son papagayos mientras las mujeres son serpentinas. En Hoffman se integra el mundo irreal dentro de la realidad y se  logra que irrumpa lo insólito en la vida cotidiana. En 1803 se había preguntado en su “Diario“: “¿ Habré nacido para pintor o para músico?”. Como ayer comentaba en Mi Siglo al hablar de las “vocaciones múltiples”, Hoffman se volcó en la escritura y también en la música. “Cascanueces” y muchas otras de sus obras fueron llevadas  a los  escenarios y transformadas en célebres ballets.

Como él había escrito en “Opiniones del Gato Murr“, “las maravillas mayores acontecen en el interior del hombre, y pueden ser expresadas excelsamente por las palabras, los olores, las formas y los sonidos”.

(Imágenes: “Cascanueces”, ballet basado en un cuento de Hoffman, música de Tchaikovsky.-petersburgo.info/ retrato de E.T.A. Hoffman)

HOPPER

Nunca se sabe con la pintura de Hopper si él ha llegado antes con sus pinceles o han llegado antes sus historias. Las historias de las casas y de los hombres atraviesan ciudades y calles hasta posar su soledad en paisajes urbanos, en decorados interiores o en espacios que parecen islas de conversaciones o de miradas. El relato y la pintura se cruzan contándonos la pintura su relato y sugiriendo cada relato su propia pintura. Nunca se sabe quién ha llegado antes, si nosotros con nuestra historia que Hopper pinta o Hopper con la historia que pinta y cuya escritura leemos nosotros. Lo cierto es que, como tantas otras veces, las artes mantienen  esa correspondencia secreta en la que los hilos de la música se entrelazan con los de la literatura y éstos se trenzan con los de la pintura. Las palabras también. Sobre determinadas novelas se habla de “claroscuro”. “virtuosismo”,”polifonía” o “contrapunto”, como también se alude a su “arabesco”, su “textura” o su “variación”. Vocablos del lenguaje musical  se deslizan entre los párrafos de una crítica literaria  y el camino también se hace al revés. Así ocurre de uno o de otro modo en los cuadros de Hopper. ¿Quién vive en esas casas aisladas que él pinta y que fueron aprovechadas luego en el cine por Hitchcock o por David Lynch? ¿De dónde vienen o a dónde van  esas mujeres solas,  sentadas sobre la colcha de una cama o absortas en el silencioso rincón de un café   ensimismado? ¿Qué piensan, de qué se lamentan sin decirlo? ¿ Están dándole vueltas al pasado o al futuro? Todo eso son historias que sólo la protagonista sabe y que el escritor inventa observando mientras observa cómo se desarrolla a su  vez  su invención. Entonces Hopper entra. Pinta. ¿ O ha  llegado él  primero y lo que nos cuenta es lo que aún no habíamos contemplado?

Ahora se acaba de publicar un estudio sobre todo esto –Hopper, por Mark Strand (Lumen) -y de nuevo se habla de ese singular fenómeno de los vasos comunicantes entre las artes. “La poesía – se dijo ya hace tiempo – debería producir una semejanza a través de la imaginación, o bien un retrato que provoque en  el ojo una representación visible de la cosa que describe y pinta en su cuadro”. Estamos entonces ante la descripción exquisita de la realidad física – esa casa junto a las vías del tren, un faro solitario, una mujer aislada -y todo ello para evocar una imagen en la mente tan intensa como si el objeto descriptivo estuviera frente al lector. Eso nos ocurre con Hopper. Strand habla de que sus cuadros nos invitan a construir un relato. Y nos tienta mucho el poder comenzarlo. ¿Por qué no ponerle nombre y apellidos a estos personajes? ¿Cuáles son sus vidas? Avanzaríamos en unas existencias que apenas son esbozadas y que nos sugieren nudos de historias. Estaríamos  en ese universo de las artes que dialogan entre sí, cercanos de algún modo a esos creadores múltiples que  tantos recuerdos nos han dejado.  Hay que pensar en el Lorca de los dibujos y la poesía, en Dalí (pintura y escritos), en Alberti (nuevamente dibujos y poemas), y si nos remontamos río arriba,  figuras de esa multiplicidad de “vocaciones dobles” como las de E.T.A. Hoffman,  y aún más arriba, Miguel Ángel.

(Imágenes: Hopper.-int. org/ Hopper: tate. org.uk)