“LA LOCURA DE ALMAYER”

Ahora que acaba de ser traducida al castellano “Suspense” (Funambulista), la última e inacabada novela de Conrad, recuerdo aquella mañana en que el escritor llamó a la hija de su patrona:

“¿Tendría la amabilidad de recoger todo esto de inmediato?”, le dije con acento convulso, al tiempo que me ocupaba de encender mi pipa. Fue, lo reconozco, una petición poco común (…) Recuerdo que estaba absolutamente tranquilo. A decir verdad, ni siquiera estaba seguro de que desease escribir, ni sabía tampoco que me hubiese propuesto escribir, ni que tuviese algo que escribir. No, no era yo presa de impaciencia”.

“Todo esto” era el desayuno. La hija de la patrona lo recogió y en ese mismo momento Conrad, sobre aquella mesa, comenzó a escribir “La locura de Almayer”.

“Se presta una atención inusual a la motivación por la que se cuentan las historias – dice Edward W. Said al hablar de Conrad -; prueba de una necesidad sentida de justificar en cierto modo la narración de un relato. Esta atención sobre el motivo exacto para narrar una historia entra en contradicción con el relato que hace Conrad en Crónica personal acerca de sus comienzos como escritor. En lugar de ofrecernos un proceso razonado mediante el cual un marinero se convirtió en escritor, él dice que “la concepción de un libro planeado al detalle era algo completamente ajeno al abanico de mis posibilidades mentales en el momento en que me senté a escribir”.

(Imagen: Joseph Conrad (Foto: Colección Lange.-elmundo.es)