VISIÓN DE CIUDADES

Al bajar el otro día -como conté aquí el 9 de noviembre – de la cubierta de El espejo del mar y abandonar el ritmo de las aguas, Conrad quiso detenerse un momento conmigo, sentarse en un banco y confiarme – me dijo – aquella gran impresión que le había causado hacía ya años la ciudad de Londres, cuando desde lejos la ve su personaje, Verloc, protagonista de El agente secreto, el agitador asalariado y a la vez espía de embajada.
-En el prólogo a la segunda edición de aquella novela mía – me dijo Conrad rememorando – escribí que se me presentó entonces la visión de una gran ciudad, de una monstruosa ciudad más poblada que algunos continentes e indiferente, por su humano poderío, a la cólera o a las sonrisas del cielo: un cruel devorador de la luz del mundo. Allí, ¿sabe usted?, había espacio suficiente para situar cualquier historia, profundidad para cualquier pasión, variedad para cualquier argumento, suficiente oscuridad como para enterrar cinco millones de vidas. De manera irresistible – siguió diciéndome Conrad -, la ciudad se convirtió en el escenario para el siguiente período de profundas e insinuantes meditaciones. Interminables vistas se abrían ante mí en varias direcciones. Necesitaría años para encontrar el camino apropiado.
Me hablaba Conrad del Londres de 1907 y yo le comenté que aún hay otra visión de aquella gran capital que a mí siempre me ha impresionado. Es la del escritor ingles Thomas Hardy cuando describe a la muchedumbre como a un gran animal.
Hardy dice que allí la multitud pierde su carácter de agregado de unidades incontables y se convierte en un todo orgánico, una criatura como molusco negro que nada tiene en común con la humanidad, que va adquiriendo los perfiles de las calles sobre las que se ha extendido y arroja horribles excrecencias y miembros a las calles cercanas; una criatura cuya voz exuda desde la piel membranosa y que tiene un ojo por cada poro del cuerpo. Los balcones, puestos y andenes del ferrocarril están ocupados por pequeñas pero distintas formas del mismo tejido, pero de movimiento más suave, como si fuesen los huevos del monstruo de la niebla.- ¿A qué es impresionante?, añadí.
Ya más tarde, paseando solo por rincones de lecturas, me acordé de cómo habla Eliot de la belleza de Nueva York. El caos de puentes y rascacielos -escribe -, de tristes chimeneas, de lóbregas fábricas, de extraños mástiles industriales y de estrafalarias cabrias y grúas, de esa hedionda e infernal maquinaria que rodea a la ciudad de Nueva York, es, con todo, uno de los espectáculos más conmovedores – y bellos – del mundo.
Recordé el Nueva York de Melville, Edith Warton, Henry James narrando historias en Washington Square, el Nueva York de Dreiser, O. Henry, Scott Fitzgerald, Kerouac, Dorothy Parker, Capote ante el escaparte de Tiffany, Ralph Ellison en Harlem, Don DeLillo en el Bronx, Salinger en Central Park, Tom Wolfe, Auster y tantos otros.
Luego me fuí envolviendo en la ensoñación de las ciudades, en ciudades imaginadas, en ciudades que uno quisiera volver a ver.

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