VALLE-INCLÁN EN LA CAMA

Si nos acercamos a este hombre sentado y recostado en varios almohadones, con una tablilla sobre las rodillas y unas chinchetas sujetando las cuartillas, veremos al don Ramón que nos espera en este dormitorio, lecho en el que tiende su úlcera estomacal y su mal de vejiga, despacho de apariciones y de mendigos, habitación de personajes, recinto de comparsas, “santa compaña” que va y viene iluminando rincones, procesión de ayes por los pasillos, mancos, ciegos, capellanes, bastardos, un zagal que nos mira desde una ventana, una reina que da el pecho a un niño, el tullido y la sorda, la tropa de los siete chalanes, criados, caballeros, romance de lobos de los hijos, aullar de envidias, criados, marineros, ese rapaz que nos lleva hasta la cama, y Valle-Inclán que sigue escribiendo sin mirarnos, encerrado y aislado en este piso madrileño de la calle Santa Engracia 23, el de las ventanas y contraventanas cerradas para que no se le escapen por los aires los gritos tremendos que ahora mismo están dando las “comedias bárbaras”.
Valle-Inclán escribe en cuartillas numeradas por Josefina, su mujer, cuartillas de letra rápida y nerviosa porque las acotaciones magistrales de sus obras teatrales dan inesperados giros iguales a calambres, temblores estilísticos que él no puede controlar, los personajes cruzan invectivas encima de su cama y hay un fulgor y resplandor iluminando el cuarto con las voces, voces que él ya no puede sofocar, voces que pueden oirse desde la calle.
Siempre ha escrito así. Arrebatado de creación, superando la pereza primera cuando era novio de Josefina y ella cada noche le entregaba diez cuartillas blancas que al día siguiente él tenía la “obligación” de devolver completamente escritas; si no, ella no le hablaba.
Siempre ha escrito así. Esa caligrafía indescifrable marcada por correcciones ilegibles y misteriosas tachaduras salta ahora en cada personaje. Rodea la cama el zagal de las vacas, se acercan a él la hueste de los mendigos, el ciego de Gondar le palpa la colcha y una viuda que le muestra a sus huérfanos le pide a don Ramón una limosna.

LOS COMIENZOS

Amos Oz y yo estamos viendo mi blog en este banco del parque de San Francisco, en Oviedo, al acabar la ceremonia de la entrega de los premios Príncipe de Asturias en el Teatro Campoamor.

-Empezar es difícil- me dice Oz asomándose a lo que estoy escribiendo en mi portátil -. Hay escritores que nunca empiezan por el principio mismo, sino por un par de escenas fáciles de la parte central del relato, sólo para entrar en calor. ¿Usted cómo lo hace?

Le digo que me ha servido mucho su libro de ensayos La historia comienza (Siruela) que ha publicado este año.

-Al menos- le digo-, me ha servido como reflexión.

– Como usted sabe – me comenta Oz-, todo principio de relato es siempre una especie de contrato entre escritor y lector. A veces, incluso, el párrafo o capítulo inicial actúa a la manera de un pacto secreto entre escritor y lector, a espaldas del protagonista. Hay comienzos que funcionan como una trampa de miel: en un primer momento se nos seduce con un sabroso cotilleo, con una reveladora confesión o con una aventura espeluznante, pero al final averiguamos que lo que estamos atrapando no es un pez vivo, sino un pez disecado. ¿ No estará usted haciendo eso conmigo, verdad?- me dice Oz sonriendo.

-¿Por qué lo dice? ¿Por que cree usted que esto no es Oviedo, que no estamos en el parque de San Francisco, que usted y yo no estamos ahora juntos?

-Ustedes, los escritores – se ríe francamente – inventan principios para atraer. Se lo digo yo porque también suelo hacerlo.

– Pero es cierto que estamos en Oviedo- le confirmo-, mire usted esos grandes árboles, mire a las gentes sentadas en los bancos, mire a esos niños. ¿Cree que esto no es real?

– Ya sabe usted – me comenta Amos Oz dubitativo -, que Edward Said afirma que un comienzo, es, en lo esencial, un acto de retorno, un volver atrás, y no sólo un punto de partida para un avance lineal. Empezar y volver a empezar- dice magistralmente Said – son asuntos históricos, mientras que el “origen” es divino. En todos y cada uno de los comienzos hay intención y actitud. Cada comienzo crea algo único pero también teje lo existente, lo conocido, para constituir la herencia de la creación del lenguaje por la humanidad junto con su propia y fructífera eliminación. Cada comienzo es en realidad una interrelación entre lo conocido y lo nuevo.

Como siempre, Oz me convence.

Pasa un pájaro real que picotea el comienzo de la historia que estoy escribiendo, la muerde, la toma con el pico y, fulgurante, levanta el vuelo hacia un irreal Oviedo.

PASEOS DE BORGES

Solía ir por las tardes a caminar por la calle Florida hasta Tucumán, donde había una confitería en la que él acostumbraba a tomar un café. Después seguía por Florida unos metros y volvía más tarde hacia Maipú; pero el paseo que más le gustaba era llegar hasta la librería La Ciudad
– “Era imposible -me decía un día charlando de todo esto Fanny Uveda de Robledo, la “Fanny” que durante tantos años le cuidó-, sí, era realmente imposible caminar algunos pasos sin que alguien le hiciera algún comentario, lo parara para preguntarle algo o simplemente para saludarlo. En una ocasión, ¿sabe usted?, noté que un joven que venía caminando de frente se sorprendió al verlo. Vi su cara de asombro y sorpresa y enseguida se le dibujó una sonrisa placentera en su rostro de felicidad. Durante todo el trayecto que hicimos ese día él nos siguió de cerca pero en ningún momento hizo ningún comentario, sólo lo miraba extasiado como si estuviera por tocar el cielo con las manos.
Fanny hizo una pausa y luego prosiguió:
-Al llegar a Maipú, fíjese usted, y cuando nos disponíamos a entrar en el departamento, el joven se me acercó y me preguntó si esa caminata era habitual y si era siempre a la misma hora. Le dije que sí, que el señor solía salir a caminar por las tardes, después de dormir la siesta. Pues fíjese, ese joven volvió a acompañarnos muchas veces en las breves pero intensas caminatas que hacía el señor, se paraba cuando nos parábamos, se sonreía por los comentarios que el señor Borges despertaba en la gente, o disfrutaba de las respuestas que daba a las muchas preguntas que le hacían. Jamás le dirigió la palabra al señor ni atinó a pedirle nada. Fue un compañero silencioso y amable.
Curiosa Fanny y curioso este desconocido. Aún vive, y cada tarde camina por la calle Florida hasta Tucumán, empuja la puerta de esa confitería, allí toma un café y sale luego otra vez a Florida caminando unos metros hasta Maipú. Es un recorrido breve pero intenso. Siempre lee Ficciones. Es un librito blanco que saca del bolsillo, un librito de cuentos que se bifurcan. Los cuchillos, los tigres, los espejos salen y entran de los laberintos pero él sigue leyendo imperturbable, como si viviera Borges, como si fuera a cruzarse con él. Es el gran ensimismado de Buenos Aires, el desconocido que todos quieren conocer.

HABLANDO CON C. S. LEWIS

Me cuentan que estando un día en animada tertulia C. S. Lewis, Kingsley Amis y Brian W. Aldiss, tras haber paladeado el primer whisky en aquel despacho del Magdalene College que usaba el profesor Lewis hasta poco antes de que su enfermedad le obligara a retirarse, el autor de las “Crónicas de Narnia” comentó que alguna ciencia-ficción solía abordar con acierto temas mucho más serios que los de la novela realista, problemas reales sobre el destino del hombre.

Brian W. Aldiss no contestó. Se estaba dando cuenta de que las palabras de Lewis no habían sido pronunciadas con normalidad aunque él acababa de oirlas perfectamente porque ahora las veía avanzar con lentitud hacia él, viniendo desde el sillón de cuero en el que se sentaba Lewis hasta su propio sillón y transformadas en cubitos de hielo transparente.

Lo mismo le ocurría a Kingsley Amis. Las palabras de Lewis poseían en cambio para él un eco enorme y rozaban las maderas nobles del despacho, crepitaban un momento en la chimenea encendida y al fin eran recogidas, abrazadas y cuidadosamente envueltas en la suavidad de las cortinas.
Lewis habló toda la tarde. Habló de la terra incognita, de los paseos espaciales, de la radiación solar. Amis le comentó que los escritores serios que todavía no habían nacido o que aún estaban en el colegio pronto considerarían la ciencia-ficción un medio natural para escribir.
De repente la moqueta del cuarto empezó a temblar. La habitación se elevó muy lentamente y el sillón de C.S. Lewis ascendió empujado por la voz del novelista que se vio levantado sobre tejados, torres y jardines. El Magdalene College contempló extasiado aquella habitación en la noche en la que seguían conversando los tres escritores. Lo más impresionante fue oir perfectamente cómo allá arriba los cubitos de hielo eran palabras que Lewis se bebía tomando el whisky.

NACIMIENTO DE UN LIBRO

Acabo de publicar un libro. El sexto en estos últimos años. La ceremonia de bienvenida la hemos celebrado ayer abriendo el paquete en el que la editorial me enviaba el volumen.
Luego hemos empujado un carrito de bebidas, pero en vez de bebidas hemos puesto unos versos de Dante y de Eliot. Después hemos hecho chocar los primeros ejemplares y el enunciado de los capítulos ha sonado como el cristal bajo el sol. Hemos brindado por la literatura, por las editoriales, por los lectores. Tabucchi, a mi lado, me decía:
-¿Sabes? La página impresa comporta una separación entre la obra y su autor, mientras que la página escrita, sobre todo si está escrita a mano y no a máquina, como en mi caso, conserva unos lazos sentimentales muy intensos.
Es cierto. Esa escritura con la que yo he ido hilvanando este libro, ” El artículo literario y periodístico. Paisajes y Personajes“, esos paisajes que he visitado, los personajes que conocí – Baroja, Stravinsky, Ezra Pound -, entraban ahora en la habitación. Paisajes y personajes, sin embargo, se iban alejando también de mis manos y los ojos de los otros comenzaban a leer un libro que ya no era mío.

Salí a la calle. Al entrar en la primera librería que encontré pedí el volumen y de pie entre la gente empecé a leer aquellas páginas. No me reconocía. ¿Cuándo había escrito yo aquello? ¿En qué momento exactamente? Todos aquellos párrafos adquirían poco a poco distancia y las palabras publicadas pisaban a las palabras manuscritas y al fin aquellas palabras me miraron como si yo no fuera su autor.

Pensé en cómo los libros se emancipan. Las bienvenidas se mezclaban con las despedidas y las dos ceremonias secretas estaban ahora mirándome desde el escaparate ante el que acababa de pararse el primer lector.

MAIGRET

Nos sentamos en una cervecería de París Simenon y yo. Le pregunto por su parecido con Maigret.
– Poco a poco – me dice el novelista -, hemos acabado por parecernos un poco. Sería incapaz de decir si es él el que se ha acercado a mí o soy yo el que me he acercado a él. Es cierto que yo he tomado algunas de sus manías y que él a su vez ha tomado algunas mías. Fíjese: ¿se ha preguntado con frecuencia por qué Maigret no tiene hijos, cuando realmente le hubiera gustado tenerlos? Esa es su gran nostalgia. Y bien, esto es así porque cuando yo he comenzado los Maigret – y he debido de escribir al menos unas treinta novelas antes de tener yo mismo un niño – mi primera mujer no los deseaba. Ella me había hecho jurar antes de casarme, que no los tendríamos. He sufrido mucho por eso, porque yo los adoro…, como Maigret.
Paladeamos la cerveza y Simenon prosigue:
– Y entonces yo me he sentido incapaz de mostrar a Maigret volviendo a su casa y encontrando allí a uno de esos pequeñajos. ¿Qué diría, cómo reaccionaría ante sus gritos, cómo se arreglaría por las noches para darles el biberón si la señora Maigret hubiera estado enferma? Lo desconozco. En consecuencia, yo he tenido que crear una pareja que no pudiera tener hijos. Esa es la razón. Por otro lado, yo he avanzado en edad mucho más deprisa que Maigret. Teóricamente él debería haberse jubilado a los 53 años y medio, y cuando yo lo he creado él tenía ya 40 o 5o. En consecuencia, él ha vivido quince años mientras yo vivía cuarenta. Entonces, irremediablemente, yo le he prestado sin quererlo mis experiencias, y él en cambio me ha dado su actividad. Es uno de los raros, si no el único personaje que yo he creado que tiene puntos de vista en común conmigo. Todos los demás, o casi todos, son completamente independientes de mí.
Charlamos de la técnica de la novela policiaca, de la atmósfera de París, de la piedad que él tiene por los criminales.
– ¿Tiene piedad usted o es Maigret el que tiene piedad?- le pregunto.
-Yo no saco nunca conclusiones.-me dice levantándose.
Cuando salimos de la cervecería veo sentado en una esquina, embutido en su gabán y envuelto en el humo de su pipa, a Maigret que está leyendo una novela de Simenon.

EL AGUA DE LA MÚSICA

Wagner cuenta en sus Memorias que, tras haber llevado años pensando en Lohengrin, el ímpetu de la creación le arrebató súbitamente y ya no pudo esperar más: “Apenas había entrado en mi baño hacia el mediodía cuando el deseo de anotar Lohengrin se apoderó violentamente de mí. Incapaz de pasar una hora entera en el agua, salté fuera de mi bañera al cabo de pocos minutos; y tomándome a duras penas el tiempo de vestirme, corrí como un loco a mi cuarto para arrojar sobre el papel lo que me oprimía”. Se sabe que en ese momento el agua hirviendo de la música estalló en su cerebro y derramándose por el brazo derecho del compositor, bajó por los ríos de sus venas hasta llegar al puerto de sus manos donde los dedos comenzaron a trazar fragmentos de melodías y los pasos primeros de la ópera en tres actos.
Se sabe también que ese agua salió mansamente del cuarto, el líquido encontró pronto el cauce del pasillo y el agua de la música saltó a la calle, atravesó la ciudad en busca de un teatro y empujando violentamente sus puertas subió con fuerza hasta palcos y escenarios. El agua tocó primero la madera de los violines, entró y salió de las trompetas y golpeó jugetona los platillos. Luego se vio al agua de la música rondar con reverencia las túnicas de los coros y acompañar a las declamaciones dramáticas. Al fin, con brillantez, se despidió.
¿Hay algo en el mundo que se parezca a la música?, me pregunto a veces.
Shakespeare comenta en El mercader de Venecia: “El hombre que no tiene música en sí ni se emociona con la armonía de los dulces sonidos es apto para las traiciones, las estratagemas y las malignidades. No os fiéis jamás de un hombre así. Escuchad la música”. También Cervantes dice en El Quijote: “Donde hay música no puede haber cosa mala”.
Y sin embargo en batallas enconadas – en la Segunda Guerra Mundial hubo muchos ejemplos -la música ha sabido mezclarse con las mayores crueldades.

DOS Y DOS SON CINCO

A ese niño inclinado en su cuaderno de clase, que estruja el lápiz con los dedos, tuerce la lengua para aplicarse más y baja la cabeza hasta casi rozar el papel, nunca le salen las cuentas porque siempre bulle en su cabeza la fantasía y dos y dos le suman cinco y nunca cuatro, la fantasía se le desborda y siente por todas partes todo tipo de visiones, por ejemplo, si levanta la cabeza y mira esa mancha en la pared ve, como Leonardo, caballos en el aula, caballos voladores que cruzan el colegio, caballos que van veloces por los pasillos, que relinchan cuando pasa el director, que marchan al galope por las cocinas y que reposan al fin de nuevo en la pared.
A ese niño que se concentra en la suma de todos los días el dos más dos siempre le sale cinco porque acaba de ver esa bici apoyada en la esquina del patio y él, como Picasso, retorcería enseguida el manillar para hacer los cuernos de un toro, ese toro que embiste al más creído de la clase, lo levanta en el aire y le deja caer humillado.
A ese niño nunca le saldrá exacta la suma de la realidad. Será un inventor, un pintor, un poeta. Él no lo sabe. Se vuelve a inclinar en el cuaderno a luchar siempre con el dos pero el dos se le rebela. Aunque cuente con los dedos ve asombrado que de las uñas le está saliendo ahora un gran cinco radiante que ilumina todo el aula.

UTAMARO Y EL FÉNIX

La leyenda cuenta la historia del gran pintor japonés Utamaro Kitagawa que en 1804 se arrodilló ante un muro y quiso dibujar en él un enorme ave fénix. Absorto, Utamaro comenzó a trazar en la pared el inmenso plumaje rojo del ave mitológica, añadió al tinte anaranjado un amarillo incandescente, y muy despacio y con la punta de su pincel, fue afilando el gran pico del animal hasta curvarlo y retorcerlo en el espacio. Apartó luego las mangas de su kimono para pintar con más soltura e inclinándose aún más fue marcando el poderío de las garras, las extendió puntiagudas y al fin, con enorme cuidado, quiso abrir un punto negro en el centro del ojo del gran fénix, que de repente le miró enfurecido
Bastó ese segundo. En tal momento de distracción el ave separó sus garras y, ampliando todo su plumaje, clavó una y otra vez el pico sobre Utamaro hasta devorarlo para siempre.
Hoy al pasar y contemplar ese mural gigantesco impresiona saber que debajo de esa pintura el autor sigue sepultado en la pared.

FOTOS EN EL METRO

Cuando entra ese negro ciego en el metro y le llevan de la mano para que pueda sentarse en el vagón, la niña que está enfrente se le queda mirando de pronto y empieza a fotografiarle instantáneamente, velozmente, sus pupilas de once años captan una, dos, cien, mil fotografías precisas, está formando la imagen de ese negro ciego que se ha sentado hierático con su bastón mirando al vacío desde su vacío, viajando en su habitual negrura, y la cámara de los ojos de la niña deja que se impresione mediante la luz esa superficie sensibilizada llamada clisé, placa o película, y esas fotografías sucesivas no las olvidará nunca porque son las preguntas de los cómos, de los porqués, del por qué ese negro es ciego y además sonríe, cómo es posible que sonría, por qué parece tan feliz, de dónde viene ese negro con gafas oscuras, a dónde va, los flases y fogonazos de las interrogantes eternas en unos ojos de once años que guardan todos los destellos que emite el mundo.
No sabe esa niña que fotografía que yo la estoy fotografiando. Ella reproduce en sí misma la imagen de ese negro ciego y yo la reproduzco a ella. Ella lo representa en sucesivas instantáneas y yo la retrato en parpadeos constantes.
Mientras tanto corre el vagón con sus luces, entra en el tunel de las sombras, sale de nuevo a la claridad, entra otra vez en la ceguera.

CARTONES Y TERNURAS

Me cuentan que a ese hombre tirado bajo los soportales le han abierto esta noche los cartones y han encontrado sudor y orines entre sus ropas. Luego le han abierto las ropas y han hallado una vida tendida, los pies encogidos y los ojos pegados al sueño. Como aún se tapaba con más papeles y cartones han tropezado debajo con trozos de hambre, cascos de bebida, un matrimonio roto, peleas en la casa, desahucios, semanas en albergues y madrugadas heladas. Luego han seguido apartando todo lo que le cubría y se han topado con desplantes de hijos, navajas, gritos, peleas , un corte en la cara y seis jeringuillas. Aún se tapaba con otro cartón, y al separarlo, han descubierto despidos, deudas, hurtos, estudios sin terminar, una infancia radiante y una risa espontánea que acabó lúgubre.
Me cuentan que por la acera, de pronto, ha venido presurosa una mujer taconeando emocionada. Apartando las mantas, se ha inclinado solícita, ha extendido los brazos y ha preguntado mirando al hombre, llamándole por su diminutivo:
-¿Pero qué haces aquí, hijo mío? ¿Cómo has llegado hasta aquí? – le ha dicho besándole – ¿Cómo has descendido hasta esto?
Y lo ha abrazado incorporándolo y como madre no ha sabido más que envolverle con ternura.

MUJERES Y HOMBRES

Una mujer siempre está sentada a la derecha de ese hombre que escribe, pinta, compone o esculpe y que va y viene por su estudio y por las páginas sorteando sus dudas creadoras y ensimismado en su soledad. La aparición simultánea de dos libros femeninos sobre el escritor norteamericano Raymond Carver -“Así fueron las cosas“(Circe), de Maryann Burk Carver y “Carver y yo” (Bartleby), de Tess Callagher -, supone la entrada en la habitación de los recuerdos de dos miradas distintas, las dos enamoradas, que acompañaron a este hombre de los relatos minimalistas, sumergido durante años en el alcohol, hasta llegar a su irrevocable decisión de cruzar para siempre el umbral del mundo abstemio en la mañana del 2 de junio de 1977 , a los treinta y nueve años de edad. Gracias a su segunda mujer, a la poeta Tess Callagher y a la meditada y comprensiva lectura casi cotidiana de Chejov, nació un Carver nuevo, mucho más humano y profundo, un camino que iniciaría con su relato Catedral”.
Pero no fue sólo Tess Callagher la que le ayudó hasta su muerte vencida por el cáncer. Maryann, su primera mujer, descendió con él las escaleras de los abismos y convivió con Carver todas las alegrías y las tristezas en un sótano de fatigas y de intentos.
Fueron dos amores intensos. Como amores intensos, pacientes y escondidos a la vera de tantos artistas nos llevarían a evocar, en el caso de Solzhenitsin, a su primera mujer Natalia Reschetovskaya – “Mi marido Solzhenitsin” (Sedymar)- y a su segunda y actual mujer, Natasha. Amores comprensivos y callados los de Katia Mann -“Memorias“- escuchando y paseando con el tantas veces atormentado Thomas Mann. Hay una dulzura en Katia, una mirada sosegada, un gran silencio. Dulce también, sonriente y práctica para resolver la intendencencia de la vida fue Zenobia Camprubí en su vida con Juan Ramón. Inteligente y profunda se reveló Raissa Maritain – “Diario” y ” “Las grandes amistades“- siempre al lado de su marido.
La lista sería numerosa. Los vacíos que han dejado ciertas mujeres al irse de este mundo – Marisa Madieri, por ejemplo, la autora de “Verde agua“- han intentado cantarse por quienes las acompañaron en el matrimonio, en este caso Claudio Magris.
Quedan siempre grandes mujeres en las penumbras de la creación. Muchas veces también ellas crean y en muchas ocasiones superan al hombre. Quedan allí, entre años y paredes, en una vida escondida y llenas de fe en un proyecto. Quedan sus largos esfuerzos comunes, sus diálogos de ojos, el aliento de una constante comprensión.

SOLARIS

Veo “Solaris“, la célebre película de Tarkovski basada en la novela de Stanislav Lem. Sigo los lentos remolinos azules del cerebro humano, las masas grises de la memoria que se desplazan hacia olas infinitas, islas del recuerdo que son mecidas por el “Preludio coral en fa menor” de Bach. Tarkovski confesó que no le interesaba la ciencia-ficción, que hubiera querido prescindir de aquellas naves espaciales. La zona – lo que más le atraía- es la vida que el hombre debe atravesar y en la que sucumbe o aguanta. La zona es ese océano que llevamos dentro de la cabeza, debajo del cráneo, con las tormentas escondidas, las aguas revueltas y los picos espumosos de locura y razón. “Que el hombre resista – dijo Tarkovski- depende tan sólo de la conciencia que tenga en su propio valor, de su capacidad de distinguir lo sustancial de lo accidental”.
Estas secuencias rodadas en círculo en esta película mental, en este film inquietante, nos envuelven hasta desconcertarnos, como siempre nos desconcierta ese hombre mudo que nos mira en un transporte público, que nos tiende la mano en un almuerzo, que se une a nosotros en un ascensor. No llegaremos nunca a su zona porque ella está velada por su piel, por sus ojos y por sus párpados. Ni él mismo llega a su zona más íntima porque no conoce realmente quién es. Se asombraría al ver cuántos remolinos verdes y azules pueden moverse dentro de su memoria y cuánto podría filmar Tarkovski si, mecido por Bach, buceara en el planeta de su interior.

ÚLTIMA CORRESPONDENCIA

Hay cartas que superan el tiempo y que conviene leer de vez en cuando. Rilke, el 17 de febrero de 19o3, escribe estas líneas que se han hecho insuperables:
Pregunta usted si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Antes se lo ha preguntado a otros. Los envía a las revistas. Los compara con otras poesías , y se inquieta cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos. Ahora (ya que usted me ha permitido aconsejarle), ruégole que abandone todo eso. Usted mira a lo exterior, y esto es, precisamente, lo que no debe hacer ahora. Nadie le puede aconsejar ni ayudar: nadie. Solamente hay un medio: vuelva usted sobre sí. Investigue la causa que le impele a escribir; examine si ella extiende sus raíces en lo más profundo de su corazón.(…) Esto ante todo: pregúntese en la hora más serena de su noche: “¿debo escribir?”. Ahonde en sí mismo hacia una profunda respuesta: y si resulta afirmativa, si puede afrontar tan seria pregunta con un fuerte y sencillo debo“, construya entonces su vida según esta necesidad; su vida tiene que ser, hasta en su hora más indiferente e insignificante, un signo y testimonio de este impulso. Después acérquese a la naturaleza. Entonces trate de expresar como un primer hombre lo que ve y experimenta, y ama y pierde”.
Hoy en Madrid, en esta mañana otoñal de domingo y cruzando el Retiro, todos leíamos esta página de las “Cartas a un joven poeta“. Todos habíamos recibido la misma carta a la misma hora del mismo día. Los que pintamos, los que componenos, los que esculpimos y los que escribimos.

FINALES DE CUENTOS

En el taller de escritura al que asisto lunes, miércoles y viernes, el escritor norteamericano Nathaniel Hawthorne nos propone el inicio de un cuento para que lo prosigamos. “Un personaje muy fantasioso -nos dice-pide que, al morir, lo entierren en una nube. Ahora debéis continuar hasta el final”. Como los alumnos no sabemos de qué modo seguir, él mismo nos ayuda contándonos cómo la familia , para cumplir tal deseo, no tiene más remedio que detener a una nube que pasa, la aparta de todas las que cruzan – de los cúmulos, de los cirros, de los nimbos, de los estratos- , abre con cuidado una de esas partículas minúsculas de agua suspendidas en la atmósfera, separa todos los pequeños cristales de hielo y allí, en silencioso equilibrio y en el fondo del vapor transparente, coloca aquella vida horizontal tan enamorada de las nubes, a las que que siempre seguía y cortejaba desde el jardín.
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En el taller de escritura al que asisto martes, jueves y sábados, el escritor chino Zhang Hua, nos propone el comienzo de un cuento para que lo continuemos. Nos dice de pie, al lado de la pizarra: “Cuando hay un pelo de un hombre sujeto en el pico de un pájaro que vuela, ese hombre sueña que vuela”. Como tampoco sabemos de qué forma podemos seguir, él mismo nos enseña a ese hombre que duerme en busca del pelo que lleva el pájaro en el pico, nos muestra las evoluciones del vuelo en su sueño y nos hace ver que ese pájaro llegará muy pronto hasta la nube en la que está viajando el hombre del cuento del lunes, miércoles y viernes.
– “Todo queda en el cielo” – nos dice Zhang Hua – “Así podéis decírselo a Nathaniel Hawthorne”.

BALLET DE MEDUSAS

Catedrales de seda flotante -me dice Valéry prestándome los prismáticos-, ¿usted las ve?, fíjese bien en esas largas cintas vivas recorridas enteras por rápidas ondulaciones, por flecos y frunces que ellas pliegan y despliegan mientras se giran, se deforman, vuelan, fluidas como el fluido continuo que las aprieta y se pega a ellas y las sujeta por todas partes, hace hueco a su menor inflexión, y pasa a ocupar sus formas. Ahí, en la plenitud incomprensible del agua que parece no oponerles resistencia, esas criaturas disponen del ideal de la movilidad, y despliegan y repliegan su simetría radiante. Nada de suelo, nada de sólido para esas bailarinas absolutas; nada de tablas; sino un medio donde apoyarse en todos sus puntos, que ceden hacia donde se quiere. Nada de sólido, tampoco, en sus cuerpos de cristal elástico, nada de huesos, nada de articulaciones, ni vínculos invariables, ni segmentos que se pudiera contar…
Estamos en un acuario viendo moverse a las medusas. ¿O estamos en un teatro viendo danzar a las bailarinas de Degas? A veces, con los prismáticos, no sé dónde estoy. Quizá me encuentre en un museo, ante un cuadro de Degas que parece un ballet, ballet que a su vez parece un acuario en donde las medusas danzan. Llaman la atención ahora por la brillante luminiscencia de su pintura, por la luz fría de las blancas faldas que no centellean en el acuario, por el número de cambios trenzados cruzando el escenario. La virtuosidad, la resistencia física de estas bailarinas flotando en aguas superficiales, es atraída por el viento que intenta arrastrarlas en giros y vueltas y las faldas son a veces violetas y otras amarillas, la movilidad espacial las acerca al cine y yo tomo otra vez los prismáticos para ver las campanas de estos cabellos de medusas y seguir el color de este cuadro que está dentro del escenario, escenario que está dentro del agua.
La correspondencia de las artes es así. No sólo la pintura enlaza con la poesía y ésta a su vez se une con la música. Nunca sabemos dónde estamos. Mirando un paisaje decimos, por ejemplo: “parece un cuadro”, mirando un cuadro nos asombra que supere a un paisaje, mirando a esta bailarina nos atrapa de pronto la medusa que nos lleva a Degas.