LO QUE HAS VISTO EN LA NOCHE

“Cierra tus ojos físicos para que veas primero tu cuadro con los ojos del espíritu -me susurra mientras me voy durmiendo Caspar David Friedrich, ese gran pintor del romanticismo alemán-. Luego, haz que aparezca en el día lo que has visto en tu noche, para que su acción se ejerza a su vez sobre otros seres, del exterior hacia el interior”.
– Pero yo lo que quiero es escribir…- protesto casi entre sueños.
– Es que escribir es lo mismo que pintar- me sigue diciendo -. Es la misma operación. El pintor no debe pintar solamente lo que ve ante él, sino lo que ve en él mismo. Si no ve nada en sí mismo que renuncie a pintar lo que ve afuera. En un escritor ocurre igual.
Entonces me doy vueltas en la cama intentando apartar la sábana de la pesadilla, procuro ver qué hora es, cuándo me levantaré a escribir.
Oigo la voz de Poussin en el cuarto:
-La mano de un pintor nunca tiene que trazar una línea que no se haya formado antes en el espíritu.
Me pongo, pues, a escribir todo esto en sueños antes de despertarme. Escribo deprisa que me acabo de acostar y que oigo voces de pintores mezcladas con las de poetas y artistas y consejos de cómo debo escribir.
A la mañana siguiente todo está ya escrito. Me acerco a la mesa y me asombra ver esta página tan llena de palabras creada durante el sueño. Aún tiene un velo de neblina la tinta y un leve color nocturno tiñe el papel.

ESCUCHANDO A MOZART

Intentaba narrar la música con palabras.

Era media tarde, cerró las ventanas, se sentó en la butaca, cerró los ojos y comenzó a escuchar el Concierto para violín y orquesta nº 3 en sol mayor, K.216 de Mozart.

…Oía, sí, escuchaba ahora, después de tanto tiempo, aquel lento, tenue, espaciado Adagio de ternura después de tantos años, ahora sí volvía a escucharlo muy tenue y muy despacio otra vez, muy pausadamente… Escuchaba, sí, escuchaba el violín desde su cuarto con los ojos cerrados, le iba subiendo ahora, le iba poco a poco ascendiendo aquel lento y suave Adagio otra vez por todo el cuerpo, por todos los miembros, aquel Adagio de ternura por el corazón herido, pasando el violín lentamente sobre su corazón herido, llegando hasta él las cuerdas en sordina, las flautas, las flautas acompasadas, llegando hasta él el violín solitario entre nocturnas, maravillosas cantinelas bajo sus párpados, en los oídos, en los labios, tensado el violín con todo el arco de su columna vertebral, por las yemas de sus labios, por sus sienes, por el pelo, por el cerebro, llegando la ternura hasta tocar su cerebro, pasando su ternura la mano por el cerebro como le había pasado tantas veces la mano su madre en la niñez acariciándole muy despacio el pelo, acariciándole de niño los pensamientos…
…………………………………..
…Oía, sí, seguía escuchando ahora en aquel cuarto aquel gran Adagio de ternura tan lento y tan sereno, el paso de la mano de su madre por el pelo cuando le despedía para ir al colegio, los dedos, los dedos de su madre por las ondas, los violines, los besos, los besos de su madre en las mejillas, las flautas, las flautas acompasadas, aquella dulzura, aquella serenidad de los ojos de su madre mirándole en la puerta al despedirle, aquellos consejos de su madre tan suaves que los violines y las flautas acompañaban ahora, aquellos abrazos al atardecer, aquellos adioses, aquellos adioses de los veranos al anochecer, las noches, aquel gran Adagio de ternura cuando él despedía a sus hijos por las noches, los violines, los violines solitarios, los besos a los niños, aquel entrecerrar despacio la puerta del dormitorio y el apagar suavemente la luz para dar las buenas noches a sus hijos…
……………………………………..
…Y más tarde – ya anochecido- quiso volver otra vez a escuchar en aquel cuarto el lento, solitario y melancólico Larghetto del Concierto para piano y orquesta nº 27 en si bemol mayor de Mozart que ahora venía de nuevo hasta su butaca, aquel Larghetto de teclas blancas y de yemas sonoras y cálidas, la blanca claridad de los dedos y de las teclas a la vez, la potencia de los martillos, los vientos, los suspiros, el respirar, el aspirar, el suspirar de todos los violines al fondo de las montañas, los ríos, los cielos que él había visto durante los veranos, paisajes batidos por la lluvia, cortinas de lluvia punteadas ahora por teclas cristalinas, lunas redondas que iban pisando las yemas de los dedos sobre el piano, la intensidad, la brillantez, la sonoridad de las gotas de agua de las teclas que tocaba el solista y que ahora iba palpando Mozart, la simplicidad, la desnudez de aquel piano solitario doblado al fondo por unas flautas, doblado luego por los primeros violines que bajaban desde las montañas hasta su butaca.

PEQUEÑA CELEBRACIÓN

Al celebrarse un mes de la aparición de este blog me he asomado en este día al balcón de la noche, a la terraza que domina toda la Globosfera – a esos dominios de las pantallas iluminadas- y he contemplado rostros múltiples, anónimas estrellas que tecleaban blancas palabras, ese universo silencioso de los ordenadores y el pálido recuadro que aguarda el misterioso escribir.
Entonces – y para celebrar este mes primero de comunicación – he lanzado un largo grito desde la pantalla, afilado quejido que no conoce el final, frase que atraviesa mundos instantáneos y he visto a las palabras partir como flechas hacia pantallas desconocidas – nunca se sabe si acogedoras o displicentes-, pantallas como portales escondidos, portales al fondo de habitaciones, habitaciones en lo profundo de las casas.

Escribo en este cielo de la Globosfera sin saber en qué cementerio morirán los mensajes y si acaso morirán alguna vez. Internet no es infinito pero su inmensidad envuelve a esta noche del día de la celebración, y no se escucha más ruido a esta hora que el del pestañeo de los ojos sin párpados, ojos que siguen todo lo que se escribe y roce de las yemas de los dedos pulsando las teclas de las preguntas, monólogos en la distancia que vuelan en busca de diálogos, diálogos breves como correos fulgurantes, contestaciones como chispas, respuestas al otro lado del mundo.
¿Hay alguien ahí, al final del pasillo de la tecnología? Sí, siempre hay una luz encendida en lo más hondo de las casas cuando todos creen haber apagado la última luz.
Con esa luz comparto mi pequeña celebración.
En la intimidad de las habitaciones universales y encima de este mantel simbólico de teclas blancas pongo estas treinta velitas de palabras, soplo la llama del misterio y me voy a dormir.

TIENDAS ESCOGIDAS (3)

Pero aún hay otro tipo de cuadernos más valiosos, que ayudan mejor a escribir. Son los que usa Auster en Manhattan, aquel “cuaderno rojo” del que él hablaba y esa caligrafía del azar y el misterio que él tanto ha ido bordando, su escritura envolvente hacia el desasosiego, las palabras que nos llevan dando vueltas por un desagüe imprevisto y el final de una aventura que nos persigue.
Y a todos esos cuadernos – a los nocturnos de París y Proust, a los poéticos de Lisboa, a los otros en los que Auster se confiesa- hay que añadir en España los “Cuadernos de todo” de Carmen Martin Gaite, conjunto de fechas y de flechas, proyectos, esbozos, desahogos, en los que mezcla la muerte de su hija con anotaciones de novelas, arreglos que debe hacer en casa, síntesis de conferencias, frases de amigos y anhelos de mujer.
Cada uno tiene su cuaderno. De repente la inspiración nos saluda por una calle, en una escalera, en el coloquio de un almuerzo (es el caso de Henry James) , y el cuaderno recoge esa “invitación” bajo el enigma de un garabato rápido o asomando ya lo que será historia completa.
Hay tiendas escogidas en el mundo – célebres papelerías que poco a poco van desapareciendo- donde reposan cuadernos de todos los tamaños, cuadernos quizá maravillosos, cuadernos especiales. Y los escritores lo saben.
Es allí a media tarde donde, empujando esa puertecita casi escondida, vemos llegar a Proust, a Pessoa, a Auster o a Tabucchi.

TIENDAS ESCOGIDAS (2)

Pero esos cuadernos de París quizá no nos sirvan y tan sólo nos inspiren. Entonces será necesario encargarlos – como hace Tabucchi desde Italia – a una papelería portuguesa que está cerca del Tajo, ya casi en el puerto. El papel alargado y punteado de esos cuadernitos de Lisboa no recogen la letra de Pessoa ni tampoco la de sus heterónimos sino que permanece intacto y límpido esperando nuestra escritura y los impulsos de nuestra invención. Yo siempre he creado en esos cuadernos y la creación ha fluido como el agua del río portugués, me he sentado al final de las curvas que con su imaginación da el tranvía y he descrito y escrito cuanto veía y sentía sin darme cuenta del paso de las horas, escuchando sólo las pisadas de Pessoa bajando por aquel viejo barrio con la cabeza ardiendo de poemas.

TIENDAS ESCOGIDAS

Me pregunta mucha gente a través de Internet dónde pueden comprar esos pequeños cuadernos de tapas rojas y páginas diminutas a los que yo me refería el pasado día 20. Con mucho gusto les contesto. Hay un pasaje en París que da a la rue de Rivoli, muy cerca ya de la Plaza de la Concordia, que tiene en su puerta y como elegante reclamo una pluma de ave y un tintero de bronce. Empujando esa puertecita de la entrada y apartando una cortinilla granate pronto aparece allí un mostrador repleto de cuadernos antiguos de todos los colores. A la amable empleada que suele atendernos no hay más que pedirle, por ejemplo, el cuaderno de Proust, y ella nos entregará por unos pocos francos ese oscuro cuaderno con tapas de hule negro en el que Proust escribía por las noches. Si se sale a la calle, la luz del sol ilumina esas páginas aparentemente blancas, pero es necesario esperar un poco ya que la luz se posa en el papel y del papel emerge lentamente la escritura del Tiempo Perdido en forma de notas y de proyectos varios, es decir, de repente tenemos en la mano los apuntes reales que Proust hizo, sus anotaciones nocturnas y el arabesco de su caligrafía sin tener necesidad de acudir a consultarlos a la Biblioteca Nacional Francesa.

VER LA BELLEZA

Paseábamos por Praga Gustav Janouch y yo como todas las tardes. De pronto Kafka nos dijo:
-La juventud es feliz porque posee la capacidad de ver la belleza. Es al perder esta capacidad cuando comienza el penoso envejecimiento, la decadencia, la infelicidad.
-¿Entonces, la vejez -preguntó Janouch deteniéndose- excluye toda posibilidad de felicidad?
-No. La felicidad excluye a la vejez.-Kafka inclinó sonriente la cabeza hacia delante, como si quisiera esconderla entre los hombros encogidos.-Quien conserva la capacidad de ver la belleza no envejece.
Yo tomé este cuadernito que siempre llevo conmigo (casi el mismo que llevaba Eckermann con Goethe y Boswell con Samuel Johnson, este pequeño cuadernito de tapas rojas y páginas diminutas) y ahí anoté todo.
Así llegamos, muy despacio y charlando, hasta la esquina del Palacio Schönborn de Praga.

ARTE Y DINERO

Decía Paul  Auster  hablando de Antonioni y de Bergman al comentar sus muertes, “que habría sido trágico que hubieran empezado a dirigir ahora porque nadie habría financiado sus películas (…) Ahora nadie se atreve realizar cine como arte. Todo está inspirado por el deseo de hacer más y más dinero. El dinero lo ha contaminado todo, incluido el arte, que se ha convertido en una simple mercancía. La mayoría de las películas se realiza sólo por eso; no para explorar el mundo, sino para entretener a la gente dos horas y ganar tanto como sea posible”.
Habría que añadir la pregunta sobre si algun editor se interesaría hoy por Kafka o por La muerte de Virgilio” de Hermann Broch, ese cántico a la lentitud de la escena clásica, el ritmo de las palas en el agua, el ir y venir de los recuerdos. ¿Alguien editaría hoy a Proust?. Camus dice que todo el arte de Kafka consiste en obligar al lector a releer. ¿Muchos releen  hoy?  También  Auster señaló  que a Shakespeare se le lee y relee. “Se puede pensar que ya está todo dicho sobre Shakespeare, pero es todo lo contrario: Shakespeare es inagotable. (…) Un cuadro genial no sufre ningun desgaste. Un buen libro no sufre ningun desgaste. Nunca se logra alcanzar el meollo. Esa es la razón por la que el libro puede ser una fuente de energía y representar una especie de reto durante siglos”.
Pero vivimos en la época del entretenimiento, las dos horas de superficialidad en la penumbra de un cine, el libro fácil y “encantador” (en el sentido de que “encante” a los  sentimientos), el libro o la película que no plantee la exploración del mundo sino tan sólo que invite a  un paseo agradable y sin preguntas, con un ritmo rápido que  -sobre todo, en el caso del cine – no deje tiempo para digerir e interiorizar.
“Lo más interesante sobre los libros -terminaba Auster– es que, probablemente, sean el escenario más íntimo donde la conciencia humana se puede expresar y encontrar”.
Hay que recordar todo esto cuando se miran a lo lejos esas grandes superficies de las aguas que vienen ya anunciando el otoño,  las  cubiertas de  novedades del próximo año , las grandes superficies de los títulos. Unos nos van a interesar, otros nos van a divertir, otros nos van a entretener. ¿Alguno nos llevará a pensar?
(Imágenes: “Blow-Up” de Antonioni (1966) / Paul Auster en Central Park.-sine.edu)

LA VIDA PERFECTA

Érase una vez un día perfecto, el único que se recuerda, salió el sol sin nube alguna sobre los campos y carreteras, iluminó suavemente las autopistas, iban dichosos por todas ellas los felices viajeros sin problemas, sin una sombra, sin la menor preocupación. A las ocho, cuando se abrieron las oficinas, los jefes iniciaron un día muy amable, la cordialidad se extendió por pasillos y despachos, funcionaban a pleno rendimiento las máquinas, no arrojaban los teléfonos tensiones ni conflictos, todas las noticias, los diálogos, las historias entrecruzadas, eran constantemente alegres, se comentaba la salud y belleza de los niños encantados de estar en los colegios, la bondad, paciencia y valor de los ancianos, el equilibrio de todos los matrimonios, la dulzura, la suavidad en todas las relaciones, la puntualidad de los transportes, la excelente educación de los ciudadanos. La mañana en todas partes transcurrió tan llena de luz que los telediarios al mediodía recogieron el paso de las horas del día perfecto apareciendo en pantalla las permanentes sonrisas iluminando cada noticia, las alegrías compartidas por los protagonistas, el gozo al extender la felicidad, y así la tarde entró muy pacífica y sosegada, plena de satisfacciones, ya que las horas del día perfecto poseguían radiantes, los parques se llenaron de risas innumerables y a la hora de la cena, tras una jornada memorable, los telediarios volvieron a confirmar que el bienestar más profundo reinaba en todos los hogares y que una paz soberana invadía las existencias de los hombres.
Lo que no se sabe de ese día es que no trabajó ningun artista. Ningun pintor, ningun escultor, ningun músico, ningun escritor. Ese día fue el único en que no se pintó, ni se esculpió, ni se compuso, y nada se escribió.
No hubo inspiración. No había nada que decir. Faltaban todos los contraluces. Todas las sombras.
Sólo se oyó murmurar al final de día, ya muy desolado, lo que decía Tarkovsky, el autor de “Sacrificio”, de “La infancia de Iván” y de “Solaris”: “La gente hace arte porque la vida no es perfecta”, comentó en voz muy baja.
Felizmente al día siguiente volvió a amanecer el día imperfecto, las horas crispadas, la completa (e incompleta) vida imperfecta, los ruidos, el caos, las inesperadas tensiones y vicisitudes.
Ya muy de mañana se les vio a los artistas en sus talleres – muy inspirados, muy ilusionados -, volviendo a hacer arte.

EL CONTADOR DE HISTORIAS

Recuerdo perfectamente al contador de historias en mi infancia, cuando iba con mis hermanos al colegio y le veía allí, en aquel banco junto a la carpa de circo, levantar en el aire las palabras y hacer malabarismos con los acentos y las comas, comerse el fuego de las admiraciones y esconder verbos y adjetivos, taparlos con cubiletes de colores y cortar la cinta de la poesía en varias partes para pegar los versos sin trucos. Yo creo que desde ese momento quise hacerme escritor. Recuerdo que el mejor de sus relatos era aquel que contaba la vida de un contador de historias de Londres, al que situaba en Gordon Square, y del que decía que era el mejor embaucador de verdades porque cogía una verdad por la cola y la transformaba de pronto en fantasía, la hacía girar y girar varias horas ante los ojos y oídos de los transeuntes.

Años después, cuando estuve en Londres, le descubrí. En aquella esquina de Gordon Square el mismo contador de historias lograba recitar con los ojos cerrados y las manos extendidas, como si fuera un loco camino del destino, a Milton y a Shakespeare, sobre todo pasajes del Rey Lear, y dentro de su garganta y con facilidad enorme mezclaba continuamente parlamentos de Edmundo y de Gloucester.

Pero su gran relato siempre era el mismo. Que había un contador de historias en Venecia, en el mercado de Rialto, que se superaba a sí mismo ocultando su cara con disfraces y retando a la muchedumbre de los canales a adivinar dónde estaba el mejor contador de historias de todos los tiempos.
Lo encontré naturalmente en el mercado de Venecia, narrando bajo su máscara y su antifaz, que aún existía un contador de historias más fabuloso, que seguía viviendo en París, en la rue St-Louis en l`Ile, un hombre del que nacía la luz de la ciudad y que explicaba a la multitud embobada cómo en Praga, en la plaza Wenceslao, a las puertas del Hotel Europa, un contador de historias revelaba los secretos para ser feliz, que consistían en volver a la infancia, al camino de aquel viejo colegio, acompañando por las calles a los hermanos, hasta llegar a un banco, junto a la carpa del circo, en donde un hombre se iba tragando los sables de las interrogaciones, escupía el fuego de los adverbios, hacía volar los sustantivos en el aire y, entre aplausos, hacía que entre el público un niño asombrado fuera pensando que quizá un día, poco a poco, pudiera ser escritor.

FICCIÓN Y REALLIDAD

Lo más interesante de aquel caso, se decía cada tarde el escritor de novelas policiacas, era que el cuerpo no aparecía, lo habían dicho en las noticias, lo habían subrayado en el telediario, ¿dónde estaba el cuerpo? ¿desaparecido? ¿muerto?. Pero también lo más interesante de aquel caso que tanta conmoción producía en la opinión pública, (se decía cada mañana el autor del suceso – o mejor dicho, los autores, porque había varios autores del misterio-), era que cada mañana se hacía necesario recomponer las piezas, usar nuevas coartadas, disimular los rostros, aparentar más frialdad al salir de la casa, aparecer impertubable al enfrentarse con la prensa, en resumen, adelantarse a lo que se iba a investigar por la tarde, ir por delante de lo que pudiera decir el escritor de novelas policiacas acumulando sospechas.

Porque sospechas sí que las había, se decía el escritor de novelas policiacas, también aseguraba lo mismo la policía, es decir, las dos líneas de investigación paralelas ( ya que había dos líneas de investigación, como también había varios autores del misterio: estaban los protagonistas del suceso y luego estaban los amigos que callaban, quizá que sabían dónde estaba el cuerpo, acaso habían ayudado a desprenderse de él, pero nada decían). Todo esto aumentaba la confusión.

Lo más interesante también para todos los que seguían diariamente aquel extraño y apasionante suceso era la doble velocidad de las investigaciones: el autor, (o los autores) sobre todo y su ritmo desconcertante, el seguimiento minucioso de las facciones de su rostro, cualquier ademán delator, por ejemplo, con las manos, algo que apretaran siempre con las manos o con lo que jugaran con los dedos, la manera de mirar (de frente o de perfil, con los ojos fríos e impasibles o bien huidizos), cualquier detalle que le sirviera al escritor de novelas policiacas para escribir en Internet por la tarde el resultado de sus pesquisas.

Porque el escritor de novelas policiacas se iba adelantando sin querer a cuanto hacían los autores de aquel misterio. Sobre los perros enviados a olfatear restos él tenía su propia teoría. Una tarde había seguido a aquellos perros adiestrados por la policía y había descubierto que el olor a cadáver estaba repartido por varios sitios distintos. Entonces se preguntó: ¿ habían trasladado el cadáver el mismo día de la desaparición? ¿o eran pistas muy posteriores a aquel suceso? Cuando esa tarde escribió esto en Internet no pareció sorpender a la policia, los investigadores no reaccionaron en un principio, y sí en cambio lo hizo inmediatamente el autor (o autores) del misterio, ya que a la mañana siguiente se vió a los supuestos autores (o quizá sólo a uno, porque también se decía que había un único y enigmático autor) con el rostro demudado y distinto, igual que si estuviera a punto de descubrirse todo, aunque era imposible, se decía, las coartadas estaban completamente trazadas y selladas, y sobre todo el silencio, aquel silencio que se habían jurado mantener a toda costa y que era el más profundo de los secretos.

Lo que sucedió después ya se sabe. Una noche, el escritor de novelas policiacas sentado ante su pantalla de Internet, pensó que era necesario actuar. Dejó su ordenador abierto como si trabajara y aprovechando un descuido de la policía subió de dos en dos los escalones de aquella casa donde vivían los autores del misterio. No encontró a nadie. Con los instrumentos silenciosos de la ficción intentó abrir las puertas de la realidad. No estaba el cuerpo por ningún lado. No había nada. Sólo había ficción, ficción, ficción por todas partes. La realidad no se encontraría nunca.

OSTRAS Y CHAMPAGNE

Sentada en las grandes praderas al lado de los baobabs y no lejos de los elefantes, o sentada ante la mesa de su granja, “al pie de las colinas de Ngong”, todos sabemos que a Karen Blixen se le daba un motivo en el aire- un motivo musical-literario, el pie para que echara a andar ( una palabra, un nombre) – y su relato se ponía en movimiento según el ritmo cadencioso de las palabras mágicas. El cuento, gótico o no, iba tomando forma igual que la cintura de esas vasijas de invención redondeadas y estilizadas, elevándose cada vez más finas, mejor dibujadas, más fascinantes y deslumbrantes.
Isak Dinesen siempre lo logró con sus palabras.
Le escuchaba arrobado Denys Finch-Hatton, como vimos en “Memorias de África”, recostado en la hierba al lado de la tienda nocturna, en la mano una copa de vino.
Luego le escucharon también, muchos años después, Marilyn Monroe, Arthur Miller y Carson McCullers en un famoso almuerzo americano cuya foto hoy aparece en los periódicos. Allí vemos a una Dinesen envejecida, cuyos ojos, según diría Truman Capote, “con kohl en los párpados, profundos, como animales de terciopelo acurrucados en una cueva, son posesión de mujeres comunes”.
Debió de contarles otra gran historia a aquellos personajes, las mil y una noches de una noche que les hiciera olvidar lo insoportable.
Luego la leyenda dice que Dinesen, ya anciana, sólo se alimentaba de ostras y champagne
Pero eso ya pertenece al dominio de sus cuentos. Nunca sabremos si es ficción o realidad.

LOS ROSTROS DE LA TELE

Anoche, viendo el telediario con Emmanuel Lévinas, sentados como siempre en el sofá del salón, aparecieron de pronto esos rostros de todas las noches, esos rostros doloridos de mujeres crispadas, de mujeres golpeadas, de niños abandonados, esos rostros de Rembrandt llenos de pústulas de violencia, esos rostros con los labios abiertos y las manos tendidas, esos rostros y cuerpos doblados en despedidas, ojos de infancia desamparada, llanto, desesperación, destrucción.
Me atreví a musitar como todas las noches:
-¡Qué horror…!
Y seguí cenando el plato de la costumbre, que por cierto estaba muy bien cocinado, era como siempre muy sabroso, no se cansa uno de comer la costumbre mientras se dice por lo bajo todos los días mirando al televisor:”¡qué horror!, ¡pero qué horror!…”
Pero los filósofos son distintos. Mirándome Lévinas mientras cenaba no pudo ya contenerse:
-La piel del rostro -me dijo- es la que se mantiene más desnuda, más desprotegida, ¿sabe usted? La más desnuda, aunque con una desnudez decente. La más desprotegida también: hay en el rostro una pobreza esencial. Prueba de ello es que intentamos enmascarar esa pobreza dándonos poses. Y además el rostro habla. El rostro es lo que nos prohibe matar, es como una extraña autoridad desarmada. El rostro es lo que no se puede matar, o, al menos, eso cuyo sentido consiste en decir: “No matarás”.
Me quedé con la costumbre en la cuchara, pensativo, sin querer cenar más.
Me miraba desde el televisor el rostro de todas las noches, un rostro irrepetible, único. Luego sonó un golpe seco y desapareció de la pantalla.

LAS GRANDES SUPERFICIES

Ahora en otoño, cuando se acerca uno al mar y se pasea solitario por entre rocas y acantilados, en estas tardes o mañanas de niebla, a la hora en que se fueron ya los últimos veraneantes, el grosor de las olas y el lomo de las aguas va y viene despacio en el casi absoluto silencio que alarga la costa, el mar se va haciendo la mar, y en la mar, al fondo, se ven venir flotando toda especie de libros, aquellos finos y delgados de poesía y estos otros de caudal considerable, con sus portadas y páginas saladas, con sus reclamos publicitarios y brillantes, libros como peces o peces como libros, con sus escamas plateadas, curvados, ondulados, tentadores, abrumadores.
Sentado en esta roca, la gran superficie del mar con sus departamentos, mesas y anaqueles, recibe este flujo de libros que arroja la fuerza de la “rentrée“, obras que se escribieron por convicción o por oportunismo, animales marinos resbaladizos.
Decía Salman Rushdie ” que lo peor de todo es cuando ya no tienes un libro que escribir y sin embargo tienes que escribir un libro”.
Luego uno se fija en la costa, en el atardecer de la costa, en cómo se va poniendo el sol y va entrando suavemente el claroscuro.

CONTEMPLANDO EL FUEGO

Por la puertecita que da al jardín, que da al vestíbulo, que da al mar, por el pasillo de esta casa de campo donde vivo, casa sobre rocas, casa sobre llanuras y montes, casa sobre la gran ciudad y sus rascacielos, por este breve pasillo familiar tantas veces recorrido, llego siempre hacia las siete o siete y media de la tarde al salón donde está la chimenea y me siento en el butacón rodeado de libros.
Los dos- el poeta y yo- contemplamos en silencio el crepitar del fuego.
-“…Porque el fuego material, ¿ve usted? -me dice suavemente la voz de este poeta sentado a mi lado-, en aplicándose al madero, lo primero que hace es comenzarle a secar, echándole la humedad fuera y haciéndole llorar el agua que en sí tiene; luego le va poniendo negro, oscuro y feo y aun de mal olor, y, yéndole secando poco a poco, le va sacando a luz y echando afuera todos los accidentes feos y oscuros que tiene contrarios al fuego; y, finalmente, comenzándole a inflamar por de fuera y calentarle, viene a transformarle en sí y ponerle hermoso como el mismo fuego…”, ¿lo advierte?
Sí, sí lo noto, le respondo cada tarde a esta hora a San Juan de la Cruz.
Miramos los dos el fuego y él va viendo dentro del fuego todos los movimientos del alma, lo que nos pasa en la vida, el llanto del agua bajando por los recuerdos, sequedades sentidas, color de llamas encendidas, esperanzas inflamadas, troncos de años.
Así nos quedamos largo rato.
Después, hacia las ocho, cuando la noche entra por la puerta del jardín, por la puerta del mar, por la puerta del vestíbulo, mi casa en lo alto de los montes y de los rascacielos aparece iluminada sobre el tráfico, río de luces interminables y rumor de civilización.
Mañana a las siete volveré a estar otro rato en silencio con San Juan de la Cruz.

LA VOZ HUMANA

En el monólogo teatral “La voz humana” de Cocteau la actriz aparece en una habitación azulada y oscura, en un decorado enmarcado por cortinajes rojos, con una cama desordenada al lado y como centro de todo un teléfono. El teléfono siempre ha atraido a escritores y artistas. “Esa idea -decía Auster- de estar hablando con alguien, de crear cierta intimidad y, al mismo tiempo, ser completamente invisible…Se pulsan unos botones y se puede hablar con cualquiera en el mundo. Resulta tan misterioso… Es al mismo tiempo aterrador, inútil, y a veces magnífico…”
Por eso esta mujer que pasa del nerviosismo a la mentira, de la mentira a la seducción, de la seducción al abandono, esta mujer que habla y habla caminando y volviendo a caminar por la escena sin soltar nunca el teléfono, esta mujer que estira el cable de la distancia, que pregunta, disimula, sospecha, a la que vemos de espaldas y de perfil, de la que oimos su timbre suave y encantador transformado de pronto en cruel y vengativo, esta mujer atada a la voz humana que le habla, la voz que necesita oir, la voz a la que su voz responde, la voz que querría siempre al lado, es hermana de esta otra mujer moderna que cruza la calle hablando por el móvil, que habla mirando a escaparates, que sigue hablando mientra sube escaleras, esta mujer sin cable, con el oído pegado a la voz, esa voz que le ha hablado siempre al otro lado del teléfono, esa voz necesaria, urgente, la voz que quiere retener, esa voz que no se puede escapar, no, él no me puede colgar, ¡no, no me puedes colgar!, eres la media naranja de mi voz, ¡eres casi mi voz misma!
Por eso cuando en la escena de Cocteau vemos cómo esta mujer se va enrollando al cuello el cordón del teléfono y desesperada, incrédula, asustada ante tanto silencio, va diciendo “¡Dios mío, que me llame! ¡ Dios mío, que me llame!”, no nos extraña ver a esta otra mujer en la calle pendiente del móvil que acaba también de escuchar un completo silencio y repite lo mismo, “¡Dios mío, que me llame! ¡ Dios mío, que me llame!”, antes de caer desvanecida al suelo.