OBRAS EN CASA

De obras en casa. Siempre que hay albañiles te ponen la casa patas arriba, pero esta vez lo he querido hacer yo mismo, he ido ganando el cuarto que necesitaba al otro lado del comedor, exactamente entre la cocina y el comedor, he ido sacando al pasillo cosas repetidas e inservibles, algunos sueños, melancolías, premoniciones, aspiraciones que ya se cumplieron, un poco de aquella vanidad de mis primeros años, en fin, eso que se acumula y que no se acaba de limpiar, residuos, ciertas envidias. Al final, con mucho esfuerzo, me ha quedado un cuarto nuevo aunque pequeño, indudablemente hay que darle una mano de pintura pero al acabar y cerrarlo y luego abrir otra vez la puerta para verlo me he quedado asombrado porque nunca he tenido un cuarto así, tan pequeño como un cuaderno, más bien es un solo cuaderno abierto en el centro del cuarto, yo creo que ni siquiera tiene las medidas de un cuaderno, es una simple hoja para pensar, una hoja blanca para pensar en la vida, la vida es el pasillo, la casa, la calle, el mundo, pero siempre he vivido la vida y nunca pensé en ella simplemente por falta de un cuarto, de un cuaderno, de una hoja de tiempo ante la que inclinarme para escribir qué pienso yo de la vida ahora que la vivo tanto y que es mi vida única.
Anoche, cuando me vino a ver Bioy Casares y me dijo eso del pensar -“no lo dudes, escribir es agregar un cuarto a la vida. Está la vida y está pensar sobre la vida”-, indudablemente me hizo pensar. Estaba yo con la vida a cuestas por el pasillo y me dije que necesitaba este cuarto para mí, donde ahora estoy ante la hoja blanca pensando por qué no he pensado nunca, por qué dejo que la vida me coma y no me pregunto qué puedo hacer mejor aún en esta vida.

(NOTAS DE LECTURAS)

(De todos los artículos sobre Umbral -de los elogios excesivos y de los despreciables ataques-sin duda el de mayor interés es el de Ana Caballé hoy en ABC. Caballé, buena conocedora de su obra y autora de un libro relevante sobre el escritor fallecido, abre el campo para lo que ha de hacerse a partir de ahora: un juicio reposado que le irá colocando en el sitio adecuado para la historia literaria).

MUERTE EN LA GLOBOSFERA

Al amanecer, la Globosfera se invade de partículas diminutas y multicolores como las arenas del sol, como los rayos de la playa. Todos los que hemos pasado allí el verano nos traemos la aurora boreal de las pantallas iluminadas, los teclados sonando en las ventanas. Pero ayer, al volver a la vida corriente, las gentes no hablaban de otra cosa: esa historia del escritor chino Chang Ch`i-yun, un enamorado del papel de arroz y de los pinceles que ha muerto en la globosfera. Devorado por el resplandor de su pantalla empezó a caer dando vueltas y vueltas ayer hacia las doce de la noche, alejándose cada vez más del papel de arroz, de la escritura tradicional, de los lenguajes y signos milenarios, de la finura de los pinceles, de la respiración acompasada. Todos los que nos asomamos al espacio pudimos ver su cuerpo golpeado por las teclas y siempre incandescente, bola de fuego que no acaba de caer y que cae continuamente igual que lo sigue haciendo ahora, ya que la globosfera no consume al no existir un fondo donde reposar.
Se dice que ha caído al querer reemplazar su secular caligrafía por otra nueva y no calcular bien el abismo del tiempo. No sé si será cierto. Lo más probable es que el tiempo haya sido alcanzado por la velocidad de su escritura.

PROLONGAR EL TIEMPO

Hoy a las once, nada más leer en Clarice Lispector que “escribir es prolongar el tiempo, es dividirlo en partículas de segundos”, me he puesto a escribir el libro que estoy haciendo, un libro sobre la prolongación del tiempo, el tiempo que se alarga con las frases, las palabras encadenadas a las palabras, la misma puntuación que me lleva como siempre de un verbo a un adjetivo, los párrafos enlazados a mi letra pequeña, escrita sobre esta mesa al lado de la ventana, la ventana junto al mar, el mar prolongando el tiempo de la tierra, la tierra lamida por el agua, el agua prolongada en el sol. A las once me he dado cuenta de que ya llevaba más de una hora prolongando este tiempo porque han entrado a avisarme que la comida estaba en la mesa y he escrito que comía con todos, he descrito sus caras y he recogido sus conversaciones con mi letra pequeña escrita sobre esta mesa al lado de la ventana y la ventana junto al mar. Luego, a las once, he prolongado el tiempo de mi libro contando cómo son aquí las tardes y qué siento yo con el paso de la edad, esta prolongación silenciosa de los años, este peso que de vez en cuando se nota al escribir, la prolongación de las venas en las manos, las pequeñas manchitas en la piel. A las once he descrito mi paseo vespertino hasta el lago, cómo las piernas se prolongan en la sombra, cómo las sombras me acompañan al andar, cómo el día decae.
A las once me he enterado de que se ha muerto Umbral esta madrugada y recuerdo cuando lo conocí en Valladolid hace muchos años.
Ahora son las once, cuando escribo esto. No salgo, no salgo nunca de las once divididas en partículas de segundos. Sé que mientras escriba prolongo para siempre este tiempo de las once y es así como sigo escribiendo.

BISTURÍ

Hoy ha venido a verme la policía. Están registrando muchos blogs. Estuvieron en el de “Bibliografhos” y en “Lo mejor de los libros”. También en el de “Librosfera”. Se trata de encontrar al ladrón de mapas de la Biblioteca Nacional. Escondido como estoy en este rincón no me explico cómo han dado conmigo. Me enseñaron el bisturí con carcasa plástica que han usado para cortar los mapamundis. Les dije que, efectivamente, yo tengo uno igual para uso privado, pero que lo empleo sólo para recortar los bordes de las ideas ajenas, como ya dije en mi blog del 25 de agosto. Creo que esa pista les ha traído hasta aquí. El inspector de conexiones informáticas, un tipo alto y huesudo, con bigote, me pidió que le hiciera una demostración. Me acordé del tranvía de Praga al que se refiere Kafka por la noche y del tranvía de Lisboa que evoca Pessoa. “¿Ve usted?-le dije-, los dos han tenido la misma visión. Las ideas están el aire. La ideas no tienen dueño. Lo único que yo hago es apropiarme de ideas que flotan gracias a este bisturí”. Como me insistió y torció el gesto muy desconfiado no tuve más remedio que hacerle la demostración. Tomé del aire la idea del surrealismo, esa idea leve y nacarada que hay en todas las habitaciones, y empinándome un poco fuí cortando las esquinas con el bisturí. Lo que quedó fue una hermosa pieza repujada del tamaño de una manzana que bien podía ser de Breton o también de Dalí. “Ya esta idea es suya, inspector”, le dije entregándosela, “¿ve usted?, ya no es de nadie”. Pero el inspector, quizá por su profesión tan específica, nunca había tenido en la mano el surrealismo y lo dejó caer.
Al reventarse el surrealismo en el suelo dejó un aroma por toda la habitación, un aroma que aún hay por toda la casa.
“Volveré”, dijo ofendido el inspector, “me volverá usted a ver cuando menos lo piense”.
Con el bisturí, inclinado y muy despacio, estoy recogiendo ahora los gramos diminutos de esta manzana que brillan ahora en la oscuridad.

VOLAR A PENSAMIENTOS

Antesdeayer Google Earth lanzó una nueva herramienta con la que se puede “volar” a los pensamientos. Para acceder basta con seleccionar en el menú ” cambiar a pensamientos” o pulsar el botón en Google Earth de “cerebro”. El sistema de navegación es similar a otros anteriores y se incluyen en él las funciones de zoom, rotar, búsqueda, “mis lugares” y la selección de capas. Estas capas albergan información sobre pensamientos de celos, envidia, ambición, atracción y rencor. El usuario tiene ahora la posibilidad de “volar” , por ejemplo, al pensamiento de un ama de casa norteamericana, a la que uno se acerca inmediata y vertiginosamente ( al principio el pensamiento aparece algo borroso) y que aparentemente está trabajando en su cocina de la granja Goldman en Virginia. A Addie Collins la observamos pensando en Malcolm Vickery, su marido, y en la pantalla aparece un círculo rojizo que se va agrandando de ira, abriéndose una ventana que nos da información sobre cuándo empezó esa ira y qué velocidad de evolución tiene dentro de su cerebro. Esta imagen captada dentro de la cocina, mientras Addie estruja las verduras sobre el fregadero, hace que la nueva herramienta de Google Earth no nos muestre el contorno de los muebles- apenas vemos qué hay detrás de la cortina de la cocina, tampoco la subida de la escalera que nos llevaría hasta el pensamiento de su hijo Bob que juega en el suelo del piso superior-, pero sí se concentra en la ira de esta mujer de cuarenta y seis años harta de su matrimonio. Si “volamos” ahora al pensamiento del marido pulsando el botón que hay a la derecha de la pantalla en la parte superior, el pequeño círculo iluminado que aparece dentro del cerebro de Malcolm va tomando un fuerte color malva y en la ventanita de información se nos recuerda que el desinterés y la fatiga por todo han ido aumentando en Vickery desde hace tres años. Con esta nueva funcionalidad que permite a los usuarios “volar” a contenidos nuevos podemos saber que Malcolm Vickery- en este momento conduciendo a los caballos para que coman- no volverá jamás ya a esa casa y emprenderá un camino sin retorno que le llevará a un destino que Google Earth aún no puede precisar.
La comprensión de los pensamientos y su colorido dentro del espacio del cerebro hacen que el mapa para “volar” adquiera dimensiones insospechadas.
Mañana “volaré” a una casita de las afuera de Le Havre, en Francia. Allí, en la puerta, hay un hombre sentado con la cabeza entre las manos y empieza a iluminarse un pequeño círculo verde dentro de su cerebro.

ROBO EN LA BIBLIOTECA NACIONAL

ROBO EN LA BIBLIOTECA NACIONAL

Hoy 25 de agosto anuncian los periódicos el robo de dos mapas en la Biblioteca Nacional, en la Sala Cervantes donde yo he trabajado tanto. Yo no los he robado. He robado ideas que estaban entre los pupitres, fogonazos encontrados en Bibliografías, enlaces de imaginación, viajes a autores que me han entreabierto sus puertas. Me acuerdo que el pasado viernes, mientras robaban los mapas del siglo XV con una cuchilla afilada, robé con mucho cuidado y sin hacer ruido una idea de Malraux sobre los jóvenes que aparecía doblada en la página izquierda de un volumen. Era una idea sugerente, leída por muchos, pero me dí cuenta de que era de todos, estaba al alcance de cualquiera, bastaba poner los ojos entrecerrados como la cuchilla del mapa e ir cortando la idea sin hacer ruido. Luego la metí entre otras ideas fotocopiadas y la saqué, pasando entre los controles, hasta llegar a la calle. En el autobús la leí. Ya no era una idea de todos sino mía y la extendí ampliándola, viéndola en toda su dimensión. Hablaba de la rebeldía y del nihilismo de los años sesenta y, como todas las ideas robadas, al hacerla mía quedó por todos sus bordes una pigmentación amarilla, como si Malraux mismo hubiera puesto su pulgar al escribir. Siempre que robo ideas procuro al llegar a casa cambiarme de traje, disimular, pasar de un aire a otro, mentir, no decir de dónde vengo, ir haciendo esa idea mía como piel, como una segunda piel. Ya por la noche pensaba yo- lo había pensado siempre- cosas sobre el nihilismo y la rebeldía de los años sesenta que el mismo Malraux me había copiado.

Hacia las once vino a verme el ladrón de mapas. Los traía enrollados. Quería cambiarme mi idea por sus mapas. Me negué. Aún no me han detenido.