HABLANDO CON C. S. LEWIS

Me cuentan que estando un día en animada tertulia C. S. Lewis, Kingsley Amis y Brian W. Aldiss, tras haber paladeado el primer whisky en aquel despacho del Magdalene College que usaba el profesor Lewis hasta poco antes de que su enfermedad le obligara a retirarse, el autor de las “Crónicas de Narnia” comentó que alguna ciencia-ficción solía abordar con acierto temas mucho más serios que los de la novela realista, problemas reales sobre el destino del hombre.

Brian W. Aldiss no contestó. Se estaba dando cuenta de que las palabras de Lewis no habían sido pronunciadas con normalidad aunque él acababa de oirlas perfectamente porque ahora las veía avanzar con lentitud hacia él, viniendo desde el sillón de cuero en el que se sentaba Lewis hasta su propio sillón y transformadas en cubitos de hielo transparente.

Lo mismo le ocurría a Kingsley Amis. Las palabras de Lewis poseían en cambio para él un eco enorme y rozaban las maderas nobles del despacho, crepitaban un momento en la chimenea encendida y al fin eran recogidas, abrazadas y cuidadosamente envueltas en la suavidad de las cortinas.
Lewis habló toda la tarde. Habló de la terra incognita, de los paseos espaciales, de la radiación solar. Amis le comentó que los escritores serios que todavía no habían nacido o que aún estaban en el colegio pronto considerarían la ciencia-ficción un medio natural para escribir.
De repente la moqueta del cuarto empezó a temblar. La habitación se elevó muy lentamente y el sillón de C.S. Lewis ascendió empujado por la voz del novelista que se vio levantado sobre tejados, torres y jardines. El Magdalene College contempló extasiado aquella habitación en la noche en la que seguían conversando los tres escritores. Lo más impresionante fue oir perfectamente cómo allá arriba los cubitos de hielo eran palabras que Lewis se bebía tomando el whisky.