Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Londres’ Category

Me contaba Mujica Láinez hace casi veinte años – ¿o fue ayer?-que estando un día en Londres vio de repente una pequeña librería cerrada y en su escaparate un libro abierto que mostraba a un hada. Le gustó y pensó comprarlo a la vuelta de su visita al Museo Británico. Una hora después, en la misma plaza le extrañó no ver la librería, preguntó a un guardia y le contestaron que jamás había existido una librería en esa zona. Volvió al día siguiente, pero nunca jamás pudo hallarla.
Todo ello lo cuento en mi libro Diálogos con la cultura, como relato también la historia de la sortija.
– Yo tenía una sortija – me dijo también aquella tarde el autor de Bomarzo – que me habían regalado entre veintisiete amigos, porque era extremadamente cara, era un ágata que tenía tallado el perfil de Shakespeare. Y ese anillo lo tuve siempre, siempre hasta hace unos dos años en que nadie sabe cómo desapareció. Como si fuera algo mágico. Era un día de mucho frío; yo no salí al jardín, me acosté a dormir la siesta, me puse una manta sobre mí…, y cuando me desperté noté que no tenía mi sortija… todo fue muy raro; no había nadie extraño en la casa, era el mismo servicio que ahora tengo…, se revolvió todo, incluso la chimenea, las cenizas por si se me había caído…, y jamás, jamás apareció…
Lo que nunca le confesé a Mujica Láinez era que yo fuí quien robó la sortija. Aprovechando su sueño, entré por el jardín e, inclinándome sobre el sofá del novelista, le extraje con gran cuidado el ágata. Es ese perfil de Shakespeare que la gente tanto envidia y que generalmente llevo yo.

Read Full Post »

Al bajar el otro día -como conté aquí el 9 de noviembre – de la cubierta de El espejo del mar y abandonar el ritmo de las aguas, Conrad quiso detenerse un momento conmigo, sentarse en un banco y confiarme – me dijo – aquella gran impresión que le había causado hacía ya años la ciudad de Londres, cuando desde lejos la ve su personaje, Verloc, protagonista de El agente secreto, el agitador asalariado y a la vez espía de embajada.
-En el prólogo a la segunda edición de aquella novela mía – me dijo Conrad rememorando – escribí que se me presentó entonces la visión de una gran ciudad, de una monstruosa ciudad más poblada que algunos continentes e indiferente, por su humano poderío, a la cólera o a las sonrisas del cielo: un cruel devorador de la luz del mundo. Allí, ¿sabe usted?, había espacio suficiente para situar cualquier historia, profundidad para cualquier pasión, variedad para cualquier argumento, suficiente oscuridad como para enterrar cinco millones de vidas. De manera irresistible – siguió diciéndome Conrad -, la ciudad se convirtió en el escenario para el siguiente período de profundas e insinuantes meditaciones. Interminables vistas se abrían ante mí en varias direcciones. Necesitaría años para encontrar el camino apropiado.
Me hablaba Conrad del Londres de 1907 y yo le comenté que aún hay otra visión de aquella gran capital que a mí siempre me ha impresionado. Es la del escritor ingles Thomas Hardy cuando describe a la muchedumbre como a un gran animal.
Hardy dice que allí la multitud pierde su carácter de agregado de unidades incontables y se convierte en un todo orgánico, una criatura como molusco negro que nada tiene en común con la humanidad, que va adquiriendo los perfiles de las calles sobre las que se ha extendido y arroja horribles excrecencias y miembros a las calles cercanas; una criatura cuya voz exuda desde la piel membranosa y que tiene un ojo por cada poro del cuerpo. Los balcones, puestos y andenes del ferrocarril están ocupados por pequeñas pero distintas formas del mismo tejido, pero de movimiento más suave, como si fuesen los huevos del monstruo de la niebla.- ¿A qué es impresionante?, añadí.
Ya más tarde, paseando solo por rincones de lecturas, me acordé de cómo habla Eliot de la belleza de Nueva York. El caos de puentes y rascacielos -escribe -, de tristes chimeneas, de lóbregas fábricas, de extraños mástiles industriales y de estrafalarias cabrias y grúas, de esa hedionda e infernal maquinaria que rodea a la ciudad de Nueva York, es, con todo, uno de los espectáculos más conmovedores – y bellos – del mundo.
Recordé el Nueva York de Melville, Edith Warton, Henry James narrando historias en Washington Square, el Nueva York de Dreiser, O. Henry, Scott Fitzgerald, Kerouac, Dorothy Parker, Capote ante el escaparte de Tiffany, Ralph Ellison en Harlem, Don DeLillo en el Bronx, Salinger en Central Park, Tom Wolfe, Auster y tantos otros.
Luego me fuí envolviendo en la ensoñación de las ciudades, en ciudades imaginadas, en ciudades que uno quisiera volver a ver.

Read Full Post »

Recuerdo perfectamente al contador de historias en mi infancia, cuando iba con mis hermanos al colegio y le veía allí, en aquel banco junto a la carpa de circo, levantar en el aire las palabras y hacer malabarismos con los acentos y las comas, comerse el fuego de las admiraciones y esconder verbos y adjetivos, taparlos con cubiletes de colores y cortar la cinta de la poesía en varias partes para pegar los versos sin trucos. Yo creo que desde ese momento quise hacerme escritor. Recuerdo que el mejor de sus relatos era aquel que contaba la vida de un contador de historias de Londres, al que situaba en Gordon Square, y del que decía que era el mejor embaucador de verdades porque cogía una verdad por la cola y la transformaba de pronto en fantasía, la hacía girar y girar varias horas ante los ojos y oídos de los transeuntes.

Años después, cuando estuve en Londres, le descubrí. En aquella esquina de Gordon Square el mismo contador de historias lograba recitar con los ojos cerrados y las manos extendidas, como si fuera un loco camino del destino, a Milton y a Shakespeare, sobre todo pasajes del Rey Lear, y dentro de su garganta y con facilidad enorme mezclaba continuamente parlamentos de Edmundo y de Gloucester.

Pero su gran relato siempre era el mismo. Que había un contador de historias en Venecia, en el mercado de Rialto, que se superaba a sí mismo ocultando su cara con disfraces y retando a la muchedumbre de los canales a adivinar dónde estaba el mejor contador de historias de todos los tiempos.
Lo encontré naturalmente en el mercado de Venecia, narrando bajo su máscara y su antifaz, que aún existía un contador de historias más fabuloso, que seguía viviendo en París, en la rue St-Louis en l`Ile, un hombre del que nacía la luz de la ciudad y que explicaba a la multitud embobada cómo en Praga, en la plaza Wenceslao, a las puertas del Hotel Europa, un contador de historias revelaba los secretos para ser feliz, que consistían en volver a la infancia, al camino de aquel viejo colegio, acompañando por las calles a los hermanos, hasta llegar a un banco, junto a la carpa del circo, en donde un hombre se iba tragando los sables de las interrogaciones, escupía el fuego de los adverbios, hacía volar los sustantivos en el aire y, entre aplausos, hacía que entre el público un niño asombrado fuera pensando que quizá un día, poco a poco, pudiera ser escritor.

Read Full Post »