EN EL JARDÍN

Olí. Olí, sí, el magnolio. Pero no sólo el magnolio. Levanté la mirada de la mesa donde escribía y vi el jardín. Mi mano vuelve a tomar la pluma, vuelvo a inclinarme sobre el papel. Vi las dalias a mi alrededor con sus cabezuelas dobles y sencillas y sus formas extrañas. La viveza del color de sus flores rojas rozaban la mesa de madera verde en donde yo escribía. Ahora noto confusamente que alguien se acerca. Un vestido verde se confunde con este verde de la mesa en donde yo escribía, su cara blanca se mezcla con la tela blanca de la silla en que yo estaba sentado, con la blancura de la página que yo intentaba redactar. No sé qué me dice. No sé qué me susurra ni me pregunta. Sí, le contesto o creo contestarle, me levantaré. Me levanté entonces y me fui a ver las zinias y las caléndulas, las hojas rígidas y erectas de los gladiolos con sus grandes flores reunidas en espigas bajo el sol del verano. Di lentamente la vuelta. ¿Dónde estaba la gente? ¿ Había pasado el tiempo? No, el tiempo no había pasado porque allí estaba intacto el jardín. Me acerqué a ver la hiedra cubriendo la fachada de ventana a ventana, y luego me alejé para verla mejor. Era una operación de perspectiva, el paso atrás para contemplar la pintura, el ojo atrás para ver la literatura, calibrar el conjunto de lo que yo había escrito. Sin perspectiva, sin aquel paso atrás para valorar, yo no podría nunca abarcar toda la hiedra, la planta de lianas trepando, un verde intenso de hojas y de ramas jaspeadas. Creí ver asomado a alguien en un balcón, alguien que intentaba decirme algo. Y aun antes de entrar pude oler el aroma del espliego con sus flores de color violáceo y sus largas espigas en el aire de la tarde.”

José Julio Perlado

(Imagen- Renoir- 1876)

EN AQUEL PAÍS


En aquel país estuvo cruzando el paisaje un tiempo que yo no sabría definir, la velocidad del paisaje era tan lenta que yo creo que aquella mañana, al despertar, siguieron pasando despacio paisajes y animales y plantas que yo había conocido en diferentes épocas de mi vida, así como calles y ciudades, también olores, por ejemplo aquel olor a tierra mojada que a mí me gustaba de niño. De las paredes comenzaron a desprenderse fotografías de amarillento oro de mis antepasados, cada uno enseñándome el cuarto donde había vivido: muebles sostenidos por alfombras de nudos, jarrones rozando cortinas y la risa de mi madre niña conservada en una caja de cristal. Ya he escrito muchas veces que en aquel país no hay cansancio y cuando aparecieron todos mis amigos, sobre todo aquel con quien yo había compartido tantas cosas, el atardecer se alargó y el camino que salía de mi mismo descendió cuesta abajo hasta el mar y aquel ir y venir de las olas me recordó al mar antiguo. Me di cuenta de que aquel era el mar de mi juventud, el mismo azul y verde y la misma agua salada, el mismo que había visto en mi vejez, sentado en aquel banco, con mi sombrero blanco y mi bastón de mimbre.

En aquel país las tardes solían tener un color violáceo bellísimo, el sol suspendido entre nubes y las nubes detenidas entre la luz y la sombra, esperando a que yo acabara de mirarlas. Después pude disfrutar con toda la familia. Los niños iban y venían trayéndome cosas que arrastraban con hilos de magia, corrían hasta el umbral para hacerse mayores pero volvían más niños aún, señalando con los dedos los porqués. La ausencia de dolor en aquel país era tan presente que al dolor nadie lo nombraba jamás, ni siquiera para recordarlo en el pasado porque nadie sabía muy bien cómo había sido el dolor, ni tampoco el olvido, ni la separación, porque la sensación que hay es que de este país uno no ha salido nunca, ni existe otra cosa, ni la hubo, ni la volverá a haber, y hay un gran sosiego de seguridad en el que los limites se pierden, y uno va caminando entre los niños y los mayores, y el primer amor y los amigos y mi madre y las charlas con mi padre, y el campo va oscureciéndose sin notar en qué día se está porque no hay día, tan sólo una luz que es la misma con la que hemos soñado siempre, una luz que se adelgaza en el horizonte y que siempre quisimos retener.

Luego vinieron los viajes en aquel país. Las carreteras, como ya en otras ocasiones he explicado, tienen aquí la sorpresa del riesgo, pero es un riesgo aventurado y sin peligro, el punto de emoción por descubrir un nuevo paisaje, sobre todo cuando cada estrella es un ángel y de los árboles van cayendo angelillos arracimados y el polen es una seda de ángeles transparentes
También en aquel país los objetos ruedan con sonidos que nunca revelaron antes, como la fidelidad anillada que lleva mi mujer en el dedo y que giró como un espejo, y entraron y salieron de ella conversaciones que habíamos tenido los dos, cuando hablábamos de nuestro futuro y hacíamos planes para desempolvarlos de la fatiga.

También vi en aquel país los artesonados de las nubes en tempestad y el trazo del arco iris, una media luna hecha de música en donde cada color era un sentimiento y la franja del arco iris tenía una balaustrada donde estuvimos apoyados toda la tarde viendo pasar los siglos

José Julio Perlado

( Imágenes— 1- Gabar Jonas/ 2-Robert Mccall/ 3-Ibex nebula/ 4- foto Andrew Council- the new york times/ 5- Foto NASA- Science institute- the new york times)

EL OJO SIN RUIDO

Cada vez que me canso, el campo me descansa. El ojo sobre lo verde. Ayer estuve en el campo, sentado en una hamaca, y el ojo se fue tumbando, reposando en lo verde. Una vez más comprobé que el mar no suele relajarme: la monotonía del agua me fatiga. En cambio, el campo verde, abierto a espacios que se van reduciendo en el horizonte, verdes entrelazados y superpuestos, verdes brillantes, mates, oscuros, matices en capas, extensiones de césped, hace que mi ojo resbale en las laderas de la densidad, que la pupila se alargue por las ramas, los arbustos, aquel gusanillo adormecido sobre una hoja, esa mariposa que vuela, el polvillo de la luz en los troncos, el sol, la tibieza, la calma. Violetas, ortigas, musgos, helechos, a todo desciende el ojo en la umbría. Luego el ojo se estira elevándose a la nube, pasea por la blancura de la nube, la pupila absorbe el aire del paisaje, bebe los colores, se alimenta. Así estuve largo tiempo, el ojo sin ruido, yendo y viniendo del silencio al silencio, cabeceando en soledad.

José Julio Perlado

¡MIS MEJORES DESEOS DE UN FELIZ AÑO 2022 PARA TODOS!

(Imagen— Andrew Wyeth- 1931)

A LA VERA DEL ARLANZÓN

Van caminando palabras y silencios por el paseo del Espolón, a la vera del río Arlanzón en Burgos, los silencios van más rápidos que las palabras, las palabras suelen ir del brazo o con las manos juntas, los dedos de las palabras se anudan con los dedos de otras manos, se hacen confidencias matrimoniales, se respetan las pausas, se sellan amores, se espera que los dedos tengan paz, no se separen, lleven bien sinsabores y sabores, el andén central de este paseo se llamaba antaño paso de las Acacias y por aquí pasaba la carretera de Bayona a Madrid, aquí acudían los burgaleses a pasear presenciando el paso de las diligencias. Ahora el ruido y la polvareda de aquellas diligencias lo sustituye el agua, este agua del Arlanzón es afluente del río Arlanza, nace en la sierra de la Demanda y atraviesa Castilla y León pasando por Burgos, acompaña el agua a los silencios y a las palabras, los silencios a la vera del río van deprisa, se han comprado zapatillas deportivas para andar a buen paso, cada silencio marcha derecho hacia su destino, apenas habla con sus pensamientos, va con los ojos fijos, las rodillas ágiles, los pensamientos dentro de cada cabeza aceptan este ritmo de marcha, este ir y venir por el Espolón, el agua mansa atraviesa los puentes, lame los pies de las estatuas, refleja las copas de los árboles, de vez en cuando un silencio al pasar levanta la cabeza y corresponde al saludo que le ha hecho una palabra al cruzar a su lado.

José Julio Perlado

(Imágenes— paseo del Espolón en Burgos

ESTE HOMBRE NO HA MUERTO NUNCA, NO SABE LO QUE ES MORIR

“—¿ Ha visto? ¿Ha visto usted esto? —pronunció absorto, sin levantar su mirada hundida.
Miré aquella fotografía.

—Este hombre al que se le acaba de decir que va a morir en los próximos minutos — murmuró el profesor como si hablara consigo mismo — no ha muerto nunca. No sabe qué es el morir.

Guardó un instante de silencio, y ambos recorrimos aquella figura de rasgos orientales.

— Pienso que si antes hubiera muerto este hombre alguna vez — dijo de pronto Vial— igual que muchas veces ha tenido que sufrir, amar y fracasar, como ha tenido oportunidad de llorar y de reír y de realizar todos los actos de la vida, este rostro tendría ahora una expresión distinta, impensable para mí. — prosiguió el profesor — ; para mí — repitió — , para él y para el resto. Pero este hombre — dijo Vial sin dejar de mirarlo — como todos los hombres, va a morir — esperó —, ¿lo ve?, va a morir por primera y última vez. — Ahora hablaba muy lentamente — . No conoce ”su” muerte. Ni siquiera conoce la muerte, sino por cuantas muertes ( no suyas) ha llegado él a ser testigo. Y ese grupo de hombres a su lado, todos los hombres del mundo menos él, ése que le va a disparar, así como los millares de millones de ojos que estamos observándole a través de la fotografía, es decir, todos los que no somos él y le contemplamos, nada sabemos tampoco del morir — guardó silencio — Es esta ”una muerte” más — hablaba con enorme lentitud —: estampido, fogonazo, caída, inmovilidad perpetua — aguardó — , pero no es la ”esencia de la muerte”.

¿Quién puede comprender tal ”esencia”?— añadió—. Únicamente aquellos que ya han muerto, suponiendo que la conserven consigo tal y como en vida se guardan esencias y vivencias. Ninguno de los que han muerto ha revelado sin embargo esa ”esencia“ al resto. — hizo una pausa—¿La conservan? Nada se sabe. — terminó con tremenda lentitud — Nada se comunica a los hombres con vida.”

José Julio Perlado

(del libro ”Contramuerte”)

(Imagen— foto Eddie Adams- un oficial de policía ejecuta a un presunto miembro del Viet Cong- 1968)

HABITACIONES DEL SUEÑO

“Abrió la puerta del sueño y ya se fue encontrando con las aves, las plumas, los erizos, los olores, los pozos, el hablar de las mariposas mezclado con elefantes pesados, las violetas de lava, los mil pies distintos, hormigas, volcanes de nubes, himalayas de libros, el vuelo de pájaros exóticos, aquello que su ojo no veía nunca por las mañanas ni su oído oía por las tardes, y nadie podía imaginar que ahora, en plena noche, recorriendo el pasillo, tuviera que ir pisando bosques de agua y conversaciones revividas y perdidas, los viajes con familia bajo las estrellas, ciudades huyendo de las ventanillas, campanarios abandonados, y de repente, pensando en todo esto, tropezó sin querer con un mueble que se había atravesado en el sueño, un mueble de caoba, una pequeña consola francesa sostenida por cuatro patas de bronce decoradas con sarmientos y máscaras de faunos, y allí vio apoyada la blanca mano de Angélica y a su lado la mano de Tancredi antes de que iniciaran el vals en el salón de Donnafugata, vals y vaivén de la falda abombada de ella bajo las lámparas, y tuvo entonces que apartarse para dejar pasar aquel vuelo alegre bajo el techo de rosetones, y se sentó para verlos bailar desde la esquina de un sofá y allí estuvo largo rato mirando y contemplando los giros de la música y los dedos de la mano de Tancredi tocando el aire y el campo de florecillas de la falda de ella que se desparramaban por los muebles. Hasta que decidió levantarse y pasar a la siguiente habitación de la que tanto le habían hablado porque decían que era una habitación vacía con sólo un abanico en el suelo, y efectivamente así era, nada más abrir la puerta, allí se encontró el abanico medio caído hacia un lado, aquel abanico que había sido de su madre cuando ella conoció a su padre muy joven en el teatro de palcos dorados y donde había dejado caer a propósito el abanico de tela blanca para que su padre lo recogiese y la conociese, y enseguida vio el cuerpo de su madre tendido en el suelo, no lejos del abanico, su madre con los ojos cerrados, vestida con un elegante chal azul de noche, el corazón rojo y desnudo palpitando encima del chal, el cuello de su madre adornado de perlas, el cabello rubio recién peinado, los labios rosados, los brazos desvaídos, uno de los brazos intentaba llegar al abanico pero no podía, la enfermedad le impedía recoger aquel recuerdo, y entonces vio que el abanico se erguía y se abría y se iba acercando a ella, y la tela del abanico de repente se desplegó y el abanico comenzó su vaivén en las mejillas de su madre para reanimarla sin conseguirlo. Aunque en la tercera habitación, sin embargo, nada más abrir la puerta, lo que le deslumbró fue la luz. Una luz blanca que venía de las ventanas de las casas, casas blancas, piedras y matorrales blancos, una arenilla blanca que sus zapatillas iban pisando, arenilla de luz, de serenidad y de alegría, las suelas blancas de sus zapatillas se curvaban a cada descubrimiento y lo que descubría era la cinta de la luz, la cinta de la vida.”

José Julio Perlado

(relato inédito)

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(Imagen- Turner- 1843)

HORAS DE MADRID (3) : ONCE DE LA MAÑANA

Ya habían dado las once, horas que pasan, se había extendido un ambiente nuboso con ciertas posibilidades de tormenta, especialmente frecuentes en la zona de la sierra, el triángulo de la provincia madrileña con su pico apuntando hacia Burgos bajaba manso, por su costado derecho rozando la extensión de Guadalajara, y también bajaba más tierno, algo quebradizo y saltarín, por los pueblos del costado izquierdo, dejando a un lado Segovia y Ávila.  Vientos flojos o en calma llegaban hacia el área de Madrid  y soplaban a la cigüeña tanto por Aranjuez como por San Martín de Valdeiglesias,  al pato por Fuentedueña del Tajo y Brunete, al zorro lo mismo entre Chinchón y Alcalá de Henares que en la media y alta montaña, entre Buitrago y Villalba;  vientos flojos eran acariciados por el águila cerca del río Lozoya y del Jarama, el gato montés era perseguido por los vientos hacia la altura de Torrelaguna, al nordeste, y el azor los recibía no lejos de la Pedriza

No puede contarse bien la historia porque a esa misma hora por los últimos reductos de la sierra norte de Madrid, allí, hacia el valle de Lozoya, hacia Cercedilla o hacia El Escorial, pinares y robledales extendían su vida y alzaban al aire su sudor, vida enhiesta de los árboles, mientras que por Navalcarnero, Pelayos de la Presa y Cadalso de los Vidrios, es decir, en la punta noroeste que se afilaba hacia extensiones de Toledo y Ávila, se concentraban, casi invisibles para el hombre,  valiosa población de rapaces, así el águila imperial o el buitre negro y leonado, o bien ratoneros y milanos. En Madrid, en el centro mismo de la ciudad, la máxima temperatura iba a llegar ese día hasta veintiún grados y la mínima bajaría a los nueve, buen clima, aire y aroma, un frente silencioso tendría que pasar durante esa jornada de oeste a este de la península y cruzaría por su mitad norte; los frentes, excepto los de guerra, y guerra felizmente no había ese día, ese mes, ni ese año en España, extienden sus suavidades sin alambradas ni fronteras, y las precipitaciones y lluvias dejan manar sus aguas desde los cántaros de las nubes, y así ocurriría ese día en distintas regiones españolas, aunque fueran de muy escasa cuantía en las proximidades del mar Mediterráneo y en cambio mojaran con moderada intensidad, aquí y allá la corteza del norte, por las brumosas tierras de Galicia.

José Julio Perlado-— “Ciudad en el espejo”

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(Imagen— catedral de la Almudena)

HORAS DE MADRID (2) : SIETE DE LA MAÑANA

Entra el aire y llega la luz y pasan inmensas, silenciosas y blancas las nubes del cielo de Madrid. El polen de la atmósfera invisible asciende en poros diminutos y veloces, una brisa sutil, ahora, a las siete de la mañana, envuelve la claridad del jardín y este chalé con su pequeño pórtico de columnas está rodeado por motas de primavera que parecen de nieve, copos minúsculos de un algodón extraño y apenas perceptible, copos que sobrevuelan las hojas de los arboles y vagan blandamente, sin norte, entre algún pájaro furtivo. Están viniendo pájaros de una a otra zona verde de Madrid, de uno a otro espacio. Son pájaros del Retiro, de la Casa de Campo, pájaros que bordean árboles de la Castellana y Recoletos, pájaros que han dormido recogidos en si mismos, acariciados por su plumón, y que ahora cortan el aire en vuelo veloz, una cinta de alas que nadie percibe, a la que nadie ve, pájaros con su mundo propio en la frondosidad de las ramas y a los que nadie escucha cuando cantan entre sí, picoteo de comunicación cada vez mas sonora, con su lenguaje exacto y puntiagudo, y al que ninguno oye ni nadie, o muy pocos, entienden bien, casi nadie percibe el amor de los pájaros cantando enamorados.

José Julio Perlado —-“Ciudad en el espejo”

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(Imagen—Madrid—plaza Mayor- wikipedia)

CONFIDENCIAS

Lento escribir.. Cada vez me acuerdo más de los pintores y de su trabajo. Cuando ellos pasan y repasan su mezcla de colores muy despacio con el pincel para ir consiguiendo el matiz de una sombra o perfilar o suavizar un tono, comprendo su paciencia reiterada que no decae hasta que poco a poco se va consiguiendo lo que quieren.  Vuelven y vuelven otra vez para conseguir el matiz o el claroscuro. O el efecto de luz. Así la escritura. Al menos así se me ocurre. Hay que releer mil veces todo lo anterior, suavizar las fisuras, ir mezclando la historia y los datos con la invención propia, con la prosa que luego discurrirá y se elevará con sencillez. Por eso no se avanza a veces en toda la mañana más que cuatro o cinco líneas. 

Y hay días también en que un texto parece difícil de corregir y conviene esperar y adquirir perspectiva. Pero mejor no hablar de ello. No me imagino a un carpintero hablando de cuando una mesa o un mueble se le resiste. Trabaja o no trabaja pero no cuenta nada.

José Julio Perlado

(Imagen – Paul Klee)

BAJAR A LA SELVA

“Iba leyendo a Carmen Martín Gaite mientras bajaba las escaleras del metro y efectivamente, cuando ella me decía en ”Lo raro es vivir” que aquellos viajes en metro de la mano de su madre los llamaba ”bajar al bosque” vi que aquello era cierto, no sólo por la cantidad de extraños rostros que subían y bajaban conmigo las escaleras mecánicas sino por las lianas tendidas de los cables y por la oquedad de los rincones en las esquinas que, en principio, parecían espacios reservados para los funcionarios del metro, tal como me habían dicho, rincones clausurados con puertas para ser utilizados por los empleados, o al menos eso parecía, pero que no era así: fijándose bien al pasar, aquellas planchas negruzcas, con un dibujo circular concéntrico, como un anillo del tiempo sobre la hoja metálica, me recordaban los troncos oscuros de los bosques silenciosos de mi niñez, los rostros de madera aserrada de tantos árboles. Pero tuve que cerrar el libro porque ya estaba yo abajo, en el andén, pendiente de la boca del túnel y aguardando la llegada del tren entre la gente, cuando apareció primero en la lejanía una luz, y enseguida la luz fue agrandàndose, anunciando cada vez con más urgencia que el largo tronco tendido se acercaba, y efectivamente fue así, porque era un tronco que salía de la noche y en el que se distinguían aquí y allá otros rostros iluminados y transparentes. Indudablemente los ruidos eran distintos. Si se prestaba atención era un movimiento sedoso en las puertas del tronco cuando estas se abrieron y ya en el interior, al volver a arrancar, la variedad de ojos mirando desde todas las partes, razas y colores sentados, posturas de mujeres y de hombres a media altura, unos erguidos y otros descansando, hacían olvidar que viajáramos por el río de la oscuridad, por la oscuridad de la vida, y la variedad de expresiones cruzadas mostraba, tal como me habían dicho, la riqueza de los árboles, el tronco dentro del bosque y el bosque dentro de la selva.”

José Julio Perlado

(del libro ”La mirada”)

(relato inédito)

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(Imagen- Hari Roser)

EL HOMBRE QUE CORRÍA

“Durante años le había visto correr por mi acera enfundado en su chandal azul, cubierta la cabeza con una capucha. Salía a primera hora. Era grande, alto, grueso, tenía cara de opositor, con grandes ojeras cansadas. Conocía yo a su padre como vecino pero nunca me había atrevido a dialogar con él. Un día, sin embargo, al volver del trabajo, me decidí y charlamos largamente, él apoyado en la portezuela de un coche, contándome toda su vida. Tenía dos hijos, uno fuera de España y aquel que corría. Le pregunté qué estudiaba y Eduardo, el padre, me miró asombrado: ”Es un vago. ¿Cómo estudiar? Estudió en su tiempo. Ahora duerme en casa, ve la televisión y no hace nada más.” Me contó apenado — yo creo que vencido ya por aquella realidad que aceptaba —todo el drama. de su casa. Desde hacía años era viudo, sólo vivía con aquel hijo que corría.

Al despedirnos y él meterse en su portal y yo en el mío, me di cuenta de que era todo un sueño. En vez de meterme en el ascensor me levanté de la cama y miré la hora. Había dormido pesadamente, quizá producto de la cena de la noche anterior. Llovía. Las calles estaban desiertas y brillantes. Olvidé poco a poco la pesadilla y aquella conversación.

Al cabo de unos días vi salir a correr al chico del chandal azul. Unas semanas después me dijeron que había ganado unas difíciles oposiciones. Hoy es un destacado notario que sigue corriendo con su capucha los ratos libres. No he hablado jamás con su padre. No me he atrevido. Cada vez que pasa con su capucha sobre la cabeza un joven vestido con un chandal me pregunto si será un sueño. Sí, no me atrevo a detener a un sueño.. Entonces, en vez de saltar de la cama con esa pesadilla, me meto silenciosamente en el ascensor.”

José Julio Perlado

(Imagen— Feliz Boeck)

VIAJES DE BASHŌ ( Y 2)


Hisae seguía escuchando todas aquellas  vicisitudes del largo viaje de Bashō, apenas se atrevía a intervenir ni a interrumpir. Estaba fascinada por el relato.

Cuando escriba todo esto  — comentó  Bashō — lo titularé “Sendas de Oku” porque así es como ocurrió. 

Entonces prosiguió Bashō durante muchas tardes contándole  a Hisae, allí, en la pequeña cabaña,  algunas de las  cosas más singulares que había visto o que  le habían sucedido. Por ejemplo, la visión del paisaje de Matushima y de sus  islas. Es imposible — le dijo Bashō algo emocionado—  contar el número de islas que hay allí. Una se levanta como un índice que señala al cielo; otra se tiende boca  abajo sobre las olas; una  parece desdoblarse en otra; la de más allá se vuelve triple; algunas, vistas desde la derecha, parecen ser una sola y vistas  del lado contrario, se multiplican. Hay unas que dan la impresión de  llevar un niño a la espalda, otras como si lo llevaran en el pecho ; algunas parecen mujeres acariciando a su hijo. El verde de los pinos es sombrío y el viento salado tuerce sin cesar sus ramas de modo que sus líneas curvas parecen obra de un jardinero. Dicen que este paisaje fue creado en la época de los dioses impetuosos, la divinidad de las montañas. Ni pincel de pintor ni pluma de poeta pueden copiar estas maravillas.”

Jose Julio Perlado

( del libro ”Una dama japonesa”)

(relato inédito)

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(Imagen— Yamatame- museum of art)

LOS VIAJES INTERIORES

El escritor irlandés del siglo XVlll Laurence Sterne dividía los viajes como viajes ociosos, viajes curiosos, viajes embusteros, viajes vanidosos y viajes melancólicos, y a los viajeros como viajeros por necesidad, viajeros delincuentes, viajeros inocentes e infortunados, simples viajeros y viajeros sentimentales. El simbolismo del viaje, como señala Chevalier en su ”Diccionario”, se resume en la búsqueda de la verdad, de la paz y de la inmortalidad y en la búsqueda también y en el descubrimiento , si ello es posible, de un centro espiritual. La navegación, el curso de los ríos, la ruta hacia las islas, han estado muchas veces vinculados al viaje. Estudiar, investigar, buscar, vivir intensamente lo nuevo y lo profundo, son modalidades del viaje. Los héroes son permanentemente viajeros, es decir, inquietos.

Pero hay otro viaje que nos sorprende siempre y que nos alecciona. Sucede a la mitad y a veces casi al final de nuestra vida. Cuando vamos doblando una a una las vueltas del camino y creíamos hasta entonces deslumbrarnos con tantas verdades solapadas y nos encontramos de bruces y de pronto con la única y auténtica verdad.

José Julio Perlado

(Imágenes: 1– Abbott Handerson Thayer/ 2- Lee Lawson)

EL VIENTO Y LAS PALABRAS

“El viento fue limpiando las palabras empañadas, todas las voces y los diálogos que se habían quedado prendidas en los jirones de los escaparates, entre acera y acera, en callejuelas pobladas de susurros y gritos, palabras destrozadas y desgarradas, despedazadas, despegadas del aire, y que el viento fue empujando, como cada mañana, mientras todos dormían, antes de que nadie hablara otro día y otra vez, y el viento se fue llevando las hojas revoloteadas de las frases y de las discusiones, el remolino de los suspiros amorosos de los novios, los ruidos, los frenazos, los pasos cruzados entre semáforos, las bienvenidas y los adioses de lejos. El viento empezó, como cada mañana, barriendo de palabras todas las calles, rebañando cada portal y cada quicio y limpiando todo el muro del aire entre las casas hasta dejarlo vacío y preparado, una ciudad de huecos transparentes y radiantes, embellecidos, dispuestos para la inminente jornada. Y el viento fue llevándose las palabras en trocitos pequeños, cuesta abajo, poco a poco, como en cada amanecer, las fue vaciando al fin de la capital, donde la ciudad acababa, en el mar.”

José Julio Perlado

(Imágenes :1- Mondrian/2-Jean Francois Millet)

LOS VIAJES DE BASHÖ (1)

Le estuvo comentando muchos días  Bashō a Hisae Izumi cosas de su último viaje.  Sentados en su cabaña, pasaban las tardes charlando y Bashō le fue contando que  aquel largo viaje le había durado  dos años y medio. “ Pensaba  — le confesó Bashō—que con las penalidades del viaje mis canas se multiplicarían en lugares  tan lejanos y tan conocidos de oídas como nunca vistos. Pero me decía también que la violencia misma del deseo de ver aquellos sitios apartaba toda preocupación y me repetía ¡he de regresar vivo! Así uno de esos  días llegué a la posada de Soka. Me dolían los huesos, molidos por la carga que llevaba. “ Repose sosegado esta noche — me dijo  el posadero —: aunque su almohada sea un manojo de hierbas.” Por la mañana descubrí una cascada. Existe allí una cascada en el pico de una cueva y cae la cascada en un abismo verde de mil  rocas. Penetré en la cueva y desde el fondo vi a la cascada precipitarse en el vacío. Comprendí por qué la llamaban “ Cascada – vista — de – espaldas”. Me senté y escribí:

Cascada – ermita:

devociones de estío

por un  instante.

Luego seguí viaje. Visité el Señorío de Kurobane. Cerca de allí se encuentra la Piedra que mata. El administrador del Señorío me prestó un caballo y también un ayudante que me acompañara. Detrás de la montaña, junto al manantial de aguas termales, se halla  la Piedra que Mata. El veneno que destila sigue siendo de tal modo activo que no se puede distinguir el color de las arenas en que se extiende, tan espesa es la capa formada por las abejas y mariposas que caen muertas apenas la rozan.  Unos días después llegué al Paso de Shirakawa. El paso de Shirakawa es uno de los tres más famosos del Japón, el más querido por los poetas. En mis oídos soplaba el viento del otoño y en mi imaginación brillaban las “hojas rojeantes” de las que habla el poema de Yorimasa, del siglo Xll:

En la capital

Vi los arces verdes;

Hoy veo caer

rojeantes sus hojas:

paso de Shirakawa.

Pasé luego por el río Abukuma. Bordeé la Laguna de los Reflejos, pero como el día estaba nublado nada se reflejaba en ella. En la posada del río Suga lo primero que hicieron al verme fue preguntarme : “ ¿Cómo atravesó el paso de Shirakawa?”. En verdad, estaba desasosegado por un viaje tan largo y mi cuerpo tan cansado como mi espíritu Además, la riqueza del paisaje y tantos recuerdos del pasado me impedían la  paz  necesaria para la concentración. Y sin embargo allí mismo escribí:

Al plantar el arroz

 cantan:  primer encuentro 

con la poesía.

Hisae seguía escuchando todas aquellas vicisitudes del viaje, apenas se atrevía a intervenir ni a interrumpir, y estaba fascinada”

José Julio Perlado

(del libro ”Una dama japonesa”)

(relato inédito)

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(Imágenes— 1- Sciobo japonese/ 2- estampa japonesa)


)

CÓMO SE VIVÍA EN El SIGLO XXll

“Las máquinas iban tan por delante de los hombres en ese siglo que las máquinas lo decidían todo y declaraban las guerras ellas solas y ellas solas hacían las paces, y marcaban las pautas del amor y de los odios sin la menor consideración para los hombres, que aparecían congregados y asustados en los rincones, sin saber cómo parar a las máquinas ni atreverse a acercarse. Sería muy interesante contar cómo las máquinas succionaban los cuerpos de los pocos hombres que se acercaban a ellas, y tragándoselos, se los pasaban de unas máquinas a otras por unos pasillos blancos como laberintos para reflejarlos luego de pantalla en pantalla y arrojarlos vivos a las tinieblas exteriores.

Había llegado el hastío del amor hasta ese siglo XXll, y ese hastío había llevado a los hombres que allí viven al olvido y a la ignorancia, de tal modo que no pueden recordar ya cómo deben enamorarse ni qué tienen que hacer con su corazón ni con sus sentimientos. Los corazones en siglo XXll están llenos de válvulas y de membranas y cuando los hombres vuelcan su músculo para ver qué hay dentro — para ver si pueden hallar allí algo de amor —, se encuentran con la cáscara del vacío. Pero alguno entonces se preguntará: si el corazón está vacío, ¿de dónde sale la envidia y el rencor y el cariño y el impulso y la compasión y tantas cosas más que todos solemos tener dentro del corazón? De ningún lado, porque allí ya no existen esas cosas, han sido pulverizadas y machacadas y con ellas se han hecho semillas que el viento del siglo XXll ha esparcido, un viento que viene de la puerta entreabierta del siglo y cruza las máquinas en movimiento y vuelve a salir en todas direcciones.”

José Julio Perlado

(Imagen-~Andrew Wyeth- philadelphia museum)