UN CUENTO ES COMO ANDAR EN BICICLETA

muro.-3

-¿Qué es un cuento para usted?.-le pregunté en 1983 a Julio Cortázar. Fue en Madrid, nueve meses antes de su muerte.

— Yo creo que nadie ha definido hasta hoy un cuento de manera satisfactoria, cada escritor tiene su propia idea del cuento. En mi caso, el cuento es un relato en en el que lo que interesa es una cierta tensión, una cierta capacidad de atrapar al lector y llevarlo de una manera que podemos calificar casi de fatal hacia una desembocadura, hacia un final. Aunque parezca broma, un cuento es como andar en bicicleta, mientras se mantiene la velocidad el equilibrio es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad ahí te caes y un cuento que pierde velocidad al final, pues es un golpe para el autor y para el lector.

Estos ocho cuentos, ¿cómo podrían clasificarse de alguna manera?

– Me parece a mí que hay dos tipos de cuentos bastante diferenciados. Algunos en donde predomina el elemento fantástico, que usted dabe bien que es una constante en casi todos los cuentos que he escrito. En otros cuentos, aunque también esté presente un factor fantástico, lo que me ha interesado a mí directamente ha sido una referencia directa a problemas que me angustian personalmente, a mí y a tantos más, concretamente a conflictos que afectan al tema de América Latina en general.

– En este libro (acababa de aparecer «Deshoras«)  aparecen cuentos llenos de nostalgia.

– Tal vez para un escritor la única manera de combatir ciertas nostalgias es escribiendo y, naturalmente, la nostalgia se abre paso en el tema del cuento y en todo el cuento, pero en estos de Deshoras yo creo que hay algo más que nostalgias. Hay denuncia, hay protesta y hay combate por lo que sucede en la Argentina, es decir, un clima de opresión, un clima de miedo, de desapariciones y de asesinatos, todo eso se refleja con bastante claridad, por lo menos, en uno de los cuentos.

– ¿Prima más la procupación por temas políticos que por los literarios?

– No. Depende de los momentos. La literatura es mi vocación, y lo que usted califica de política es una labor de interés militante. Mi vocación profunda es la literatura, pero yo no quisiera alejarme del todo del tema de Nicaragua sin decir que me parece que este es el momento que más que nunca Nicaragua necesita de la solidaridad de todos los pueblos que a su vez están luchando por una base social, como es concretamente el caso de este país. Tengo la impresión de que los intelectuales españoles y que todo el mundo en España puede hacer mucho más en el plano de la solidaridad con un país como Nicaragua. Estoy seguro de que lo van a hacer.

– Hay un cuento suyo en su libro Deshoras que da la impresión de acercarse más a un ejercicio de experimentación. ¿Cómo clasificaría usted este relato?

– Bueno, es un experimento para ver  si frente al problema de no encontrar un camino para escribir un cuento -al describir esas dificultades en forma de Diario (es decir, todos los problemas del escritor que no encuentra el camino)-, el cuento queda atrapado dentro del Diario. Digamos que puede haber un cierto elemento de trampa en eso, puesto que yo tenía conciencia de lo que estaba haciendo, pero soy muy sincero cuando digo que nunca hubiera podido escribir ese cuento directamente como un cuento, tuve que dar vueltas en torno a él, mirándolo por todos lados y hablando continuamente de los problemas que me impedían escribirlo, y sucedió que al ir haciendo eso, el cuento se fue armando por dentro, bueno, eso es, si usted quiere, la experiencia. Espero que el lector la sienta como tal y le agrade.

– En este momento, en 1983, tras haber escrito numerosos libros de cuentos, ¿cree usted que existe actualmente una evolución en la forma de contar o bien prosigue con los caminos ya iniciados anteriormente?

– No lo sé a ciencia cierta. Por un lado me doy cuenta de que con los años y por el hecho, quizás, de haber escrito ya tantos cuentos, estoy trabajando de una manera más seca, más sintética. Me doy cuenta al escribir que cada vez elimino más elementos, no diré de adorno, pero sí elementos de estilo que al comienzo de mi trabajo se hacían ver, se hacían sentir, y que tal vez le daban más follaje, más savia a los cuentos; algún crítico me ha señalado que estoy escribiendo de una manera muy seca, con lo que quiere decir, demasiado seca; no creo que sea demasiado. Tengo la impresión de que he llegado a un momento en que digo lo que quiero decir y no necesito agregar una sola palabra más. Tengo la impresión también de que los lectores actuales, los lectores que ahora se interesan por la literatura, sobre todo por la latinoamericana, están altamente capacitados para seguir ese estilo, ya no necesitan el floripondio romántico ni el desborde de tipo barroco. Yo creo que el mensaje puede llegar directamente y con toda intensidad, con lo cual no quiero decir que mi manera de escribir sea la única que me parece válida, muy al contrario. Pero desde luego hay una evolución, espero que los críticos no digan que es una involución, pero no me toca a mí saberlo.

– ¿El título de Deshoras lo ha escogido usted por algún motivo peculiar?

– Es el problema de encontrarle un título coherente a un volumen de cuentos, puesto que los cuentos son siempre tan diferentes entre sí; en este caso el cuento que se llama Deshoras hace una referencia, la palabra lo está indicando, al hecho de una no coincidencia en el tiempo, destinos que pasan uno al lado del otro sin encontrarse, sin juntarse, y los ocho cuentos de este libro, cada uno a su manera, están mostrando ese tipo de desajuste, de falta de armonía en una determinada situación; entonces me pareció que el título Deshoras se aplicaba bien al libro.

(…)Cortázar.-bibliotecasvirtuales

– Usted habla en su último relato de la «cosquilla del cuento». ¿Suele traerle ya esa «cosquilla», la manera de hacer cuentos?

– Puedo contestar afirmativamente a eso, sí, porque, claro, es más que una «cosquilla», es…

– ¿La «manera» o la «estructura»?

– Bueno, tal vez estamos hablando de la misma cosa, porque la estructura no puede ser una estructura si no contiene una opción previa sobre la forma en que se va a construir el cuento; y en general, la noción general del cuento, el tema en «grosso modo», en mí viene acompañado ya de la forma en que tengo que hacerlo. Es decir, yo sé automáticamente cuando me pongo a la máquina que tengo una idea general de un cuento que me obsesiona, esa es la «cosquilla», que me obliga a escribirlo; pero también sé, sin poder dar ninguna explicación racional, si ese cuento lo voy a escribir en primera persona o en tercera. Eso lo sé, lo sé sin razones, sé perfectamente que voy a empezar a hablar de mi «yo», o bien voy a empezar a hablar de algún punto o algún tema. Y eso no tiene explicación, eso se da así.

– ¿Le plantean muchos problemas los llamados «finales perfectamente cerrados» en los relatos breves? Y, ¿cuándo rompe la norma?

– Por lo que a mí se refiere, la idea que yo me hago del cuento y la forma en que lo realizo es siempre un orden muy cerrado. Por ahí he escrito que para mí un cuento evoca la idea de la esfera, es decir, la esfera, esa forma geométrica perfecta en la que un punto puede separarse de la superficie total, de la misma manera que una novela la veo con un orden muy abierto, donde las posibilidades de bifurcar y entrar en nuevos campos son ilimitadas. La novela es un campo abierto verdaderamente; para mí, un cuento, tal como yo lo concibo y tal como a mí me gusta, tiene límites y, claro, son límites muy exigentes, porque son implacables; bastaría que una frase o una palabra se saliera de ese límite, para que en mi opinión el cuento se viniera abajo. Y he visto muchos cuentos venirse abajo por eso, por destruirlo todo en el último momento, por ejemplo, con una tentativa de explicación de un misterio, cuando el misterio era más que suficiente en el cuento, cada uno podría encontrar allí su propia lectura, su propia interpretación. Hay gente que malogra cuentos, poniéndolos excesivamente explícitos, entonces la esfera se rompe, deja de ser el orden cerrado.palabras.-3

(Me dijo todo ello en mayo de 1983.

De paso por Madrid, el contraluz parisino de su máquina de escribir en la ventana, sus gatos, la cola enroscada de sus historias en Bestiario, en Todos los fuegos el fuego, en El perseguidor, los maullidos ronroneantes de sus cuentos soñados, de sus historias despiertas, las noches boca arriba dándole vueltas a un relato agazapado, la continuidad de los jardines de su memoria, su andar por los andenes del «Metro» de París como el argentino cabeceando un ritmo de jazz igual que una trompeta en el silencio, su trabajo de traductor, aquel arañazo mortal de la enfermedad última, todo había desaparecido y estaba a la vez presente en nuestro encuentro. Ahora sólo tenía ante mí, en aquel hotel madrileño cerca del Retiro, los ojos singulares de Cortázar, peces ahogados en cuentos) («Diálogos con la cultura«, págs 227-236) y Revista «Espéculo«)

(Pequeño recuerdo de Cortázar a los 25 años de su muerte)

(Imagen:-fotografía de Cortázar.-bibliotecasvirtuales)

BENEDETTI

Benedetti.-10.-ua.es

«Siempre he dicho que la realidad para mí ha sido la influencia prioritaria en todo lo que he escrito. Ya llegue a ésta a través de la observación corriente o llegue a través del inconsciente- dijo Benedetti -. Cuando tuve, en los años previos a la dictadura, aquella actividad política, tremendamente agobiante, no escribí nada. Sin embargo, luego que volví a mi trabajo como escritor, de pronto descubrí que escribía diálogos, situaciones que eran reflejo de cosas ocurridas en aquellos años. Yo no las recordaba, pero venían de allí. Cosas en las que nunca había pensado y que aparecían, salidas quién sabe de qué recoveco de la conciencia».

Luego le fue diciendo a María Esther Gilio:

«Escribir no sólo me permite entender cosas que están afuera mío. Escribiendo también logro entender problemas personales. De pronto los meto en un cuento o en un poema. Y así logro entender lo que era oscuro. (…) No suelo tomar notas de diálogos o situaciones que me interesan. Prefiero que esos diálogos o situaciones queden ahí dentro de una manera más difusa. Si tomo nota, corro el riesgo de escribirlo textual y creo que eso que recibí debe pasar por mi facultad de escribir. Es necesario que aquel personaje que existe en carne y hueso se convierta en personaje de ficción. Y para esto tiene que pasar por adentro mío. (…) Escribir me sirve para ordenar ideas y para entender. Y no me refiero a la novela, también a artículos, ensayos. Por ejemplo, en este momento, con todo lo que está pasando en el mundo. Lo que pasó en los países del Este, en la izquierda: una forma de ver claro en mí mismo es escribir. Porque escribir te lleva a concretar, a sintetizar, a reflexionar».

(Pequeña evocación ante el taquígrafo, vendedor, cajero, contable, traductor, librero, funcionario, periodista, poeta, novelista, cuentista, Mario Benedetti, que acaba de morir)

(Imagen:-Mario Benedetti.-ua.es.-Centro de estudios iberoamericanos Mario Benedetti)

REFUGIOS DE ARTISTAS

 

Barbizon.-8.-camino en el bosque de Fontaineblau.-Theodore Rousseau.-arnet

«Aquel que no ha visto bailar al padre Corot no puede hacerse de él más que una idea incompleta – escribe en 18881  Menard en «El mundo visto por los artistas» -. Es Camille Corot el que nos muestra cómo se practica la danza de las botellas. Se colocan botellas vacías en el suelo separadas irregularmente pero bastante alejadas entre sí para que pueda pasarse entre ellas sin volcarlas; únicamente, el espacio debe ser exacto. Cada uno se pone en fila, hombres y mujeres a continuación uno del otro, y al sonido de un rústico violón Corot abre la marcha. Al principio el movimiento es lento, pero después se acelera cada vez más hasta acabar siendo una galopada carrera; se trata de no hacer caer nunca las botellas para no ser expulsado del juego. El vencedor, en premio a sus habilidades, recibe una flor de manos de la recien casada«.

Son ocios y  diversiones a los que se entregan muchos artistas a mitad del siglo XlX en su refugio de Barbizon, junto al bosque de Fontainebleau, no muy lejos de París. Las casas aldeanas blanquedas de cal, los árboles cercanos, los caminos perdidos bajo las luces o las tormentas quedarán fijos en los paisajes de Théodore Rousseau, Millet o Díaz. Es la escuela de Barbizon , en el que el objetivo era reproducir exactamente la vida campesina en toda su crudeza. Rousseau diría que deseaba conservar intacta «la impresión virgen de la naturaleza«, y Baudelaire, sin embargo, reprocharía a Millet que «en lugar de extraer simplemente la poesía natural de su tema, se empeña en añadirle algo«.

En mis años de vida en París fuí en más de una ocasión a Barbizon y visité aquel refugio natural de artistas, las casas de la naturaleza y del cielo, los muros de los árboles, ventanas al atardecer. Asomándose a las nubes se comprobaba cuántos recintos propios construyen para sí mismos los creadores, páginas que son casas en el cuaderno de Auster o habitaciones que Patricia  Highsmith cerraba con llaves de aislamiento para proteger en soledad su escritura. Todo son casas, refugios, cuartos, bosques o cuadernos. Todos son árboles y caminos de letras, frases y pinceles andando a la vera del sol o de las sombras. Todo son cuestas y llanuras y jardines interiores como los que quiso hacerse para sí mismo el chileno Donoso en el silencio de Calaceite.Brabizon.-3.-Mujeres.-por Millet.-1857.-Museo de Orsay.-wikipedia

(Imágenes.-1.-Camino en el bosque de Fontainebleau.- Théodore Rousseau.- arnet/ 2.-Las espigadoras.-Millet.-1857.-Musée d´Orsay)

OREJA DE VAN GOGH, MIRADA DE VAN GOGH

van-gogh-1887par-de-botas-baltimores-museumof-art-museum-syndicate

Oreja de Van Gogh, mirada de Van Gogh

«He aquí unos simples zapatos de campesinos.

Simple naturaleza muerta de las botas.

Simple par de botas.

¿Simple de verdad?

La mirada de Van Gogh es mirada de pintura, está cargada de pintura. Es, a pesar de cuanto digan luego sus intérpretes, una mirada virgen que se acerca a la pesantez de este calzado desabrochado y se fija en él intensamente, y lo pinta, tal vez porque no tiene otra cosa. Por desgracia ‑le escribe Van Gogh en estos meses a su hermana Wilhelmina‑, no he tenido ocasión de encontrar modelos; en cambio, he tenido ocasión de profundizar en la cuestión del color. Más adelante, cuando pueda encontrar modelos para las figuras, espero poner de manifiesto que lo que busco es todavía diferente que pintar flores o paisajes verdosos.

Van Gogh no tiene dinero para pagar modelos. Es 1887; vive en París, en la rue Lepic, con su hermano Theo. Ha venido de Holanda y su mirada no se ha perdido aún en los violetas azulados de Arles ni se expande en destellos amarillos. Se detiene únicamente en estas suelas que a su vez se encuentran detenidas. Las titula Naturaleza muerta de las botas. Las naturalezas muertas ‑dicen los estudiosos‑ no son objetos inmóviles, sino cosas que se han parado en un instante o también, vida parada en un instante. Más aún: vida parada en un instante inmóvil, puesto que lo inmóvil es más bien el instante y la vida en sí misma es movimiento.

Detenidas, pues, estas botas en su caminar, no tienen ‑como toda naturaleza muerta‑ ningún horizonte: el fondo está borrado por una superficie opaca, por una pared. ¿Dónde se encuentran estos zapatos? ¿en qué suelo? ¿Están en un pasillo? ¿Son los zapatos de Van Gogh? Quizá sí, eso sea lo que ocurra en estos zapatos de suelas rotas que evocan la existencia del vagabundo. ¿Qué hay de más banal, de más vulgar que este par de zapatos? Y sin embargo ¡qué grandes, bellas y nobles imágenes nos ha dejado Vincent de estos objetos! No es sorprendente que se haya escrito tanto sobre esta naturaleza muerta que, si hemos de creer a los psicoanalistas, sería un espejo de su alma.

Los psicoanalistas miran por encima de esta mirada del pintor y deducen que Vincent, fiel al mito una vez más, parece pedir a estos viejos zapatos, símbolos de resurrección, una prueba de renacimiento. Es, en todo caso, un hecho establecido que Vincent consideraba su estancia en París, que tan ardientemente había buscado, como un nuevo comienzo.

Hay entonces mirada sobre mirada. Una mirada médica sobre una mirada artística y hasta una mirada filosófica sobre la mirada estética. Así las célebres palabras de Heidegger observando fijamente este calzado:

    » Un par de botas de campesino y nada más. Y sin embargo…

En la oscura boca del gastado interior del zapato está grabada la fatiga de los pasos de la faena. En la ruda y robusta pesadez de las botas ha quedado apresada la obstinación del lento avanzar a lo largo de los extendidos y monótonos surcos del campo mientras sopla un viento helado. En el cuero está estampada la humedad y el barro del suelo. Bajo las suelas se despliega toda la soledad del camino del campo cuando cae la tarde. En el zapato tiembla la callada llamada de la tierra, su silencioso regalo del trigo maduro, su enigmática renuncia de sí misma en el yermo barbecho del campo invernal. A través de este utensilio pasa todo el callado temor por tener seguro el pan, toda la silenciosa alegría por haber vuelto a vencer la miseria, toda la angustia ante el nacimiento próximo y el escalofrío ante la amenaza de la muerte. Este utensilio pertenece a la tierra  y su refugio es el mundo de la labradora. El utensilio puede llegar a reposar en sí mismo gracias a este modo de pertenencia salvaguardada en su refugio.

 

Pero tal vez todas estas cosas sólo las vemos en los zapatos del cuadro, mientras que la campesina se limita sencillamente a llevar puestas sus botas. ¡Si fuera tan sencillo como parece!».

Así mira Heidegger estos zapatos.(«El origen de la obra de arte«, en «Caminos del bosque«) (Alianza)

Da igual que él hable en femenino o en masculino. La psicoanalista Gilberte Aigrisse y el filósofo Heidegger miran dando vueltas en torno a lo que significan estas botas que Van Gogh ha pintado y sobre todo ha mirado. El estilo, para el escritor lo mismo que para el pintor, decía Proust, es una cuestión de “visión” y no de técnica. Lo importante en Vincent es, pues, mirar. Como Cézanne ante las manzanas colocadas sobre una colcha, como Kafka ante el castillo checo de Wossek, el pintor y el escritor se quedan fascinados e imantados, clavados los ojos en la manzana y en el castillo. La manzana es realista y el castillo es simbólico; a la manzana se llega con toques de pincel y al castillo se llega con toques de pluma saliendo de la aldea y dando infinitos rodeos. Lo esencial es mirar».

El ojo y la palabra«, págs 41-44)

La oreja izquierda de Van Gogh y el sablazo de Gauguin son estos días la actualidad; la mirada de Van Gogh es lo que permanece siempre.

(Imagen: par de botas.-Vincent Van Gogh.-1887.-Baltimore Museum of Art.-Museum Syndicate)

TEATRO EN LA RED

 

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«TEATRO: ¿Es posible que no me ves herido, quebradas las piernas y los brazos, lleno de mil agujeros, de mil trampas y de mil clavos?

FORASTERO: ¿ Quién te ha puesto en estado tan miserable?

TEATRO: Los carpinteros por orden de los autores.

FORASTERO: No tienen ellos la culpa, sino los poetas, que son para ti como los médicos y los barberos, que unos mandan y los otros sangran.

TEATRO: Yo he llegado a gran desdicha, y presumo que tiene origen de una de tres causas: o por no haber buenos representantes, o por ser malos los poetas, o por faltar entendimiento a los oyentes: pues los autores se valen de las máquinas; los poetas, de los carpinteros, y los oyentes, de los ojos».

Esto hablaban el Teatro y un forastero en el diálogo que escribió Lope de Vega en 1622, como Prólogo dialogístico a la Décimasexta parte de sus Comedias.

Ya en otra ocasión Lope – que en 1618 había escrito 800 comedias y en treinta y un meses 127 comedias más,es decir, más de una por semana – había dejado dicho: «Dadme cuatro bastidores, cuatro tableros, dos actores y una pasión«.

noche-ren-quin-detalle-de-la-noche-lyceo-hispanicoEra y es siempre el Teatro. La pasión por la vida y por el misterio del Teatro. Cuarenta y cinco años antes de estas frases de Lope , «un asiento en una silla de brazos en un teatro de Madrid  en 1575– cuentan Macgowan y Melnitz en «Las edades de oro del teatro» (Fondo de Cultura)  – costaba un real y medio; un balcón, 6 reales. El administrador del teatro desempeñaba a veces el papel de revendedor de billetes de entrada, y subía el precio de los balcones hasta 32 reales. El producto de la venta del equivalente a las palomitas de maiz de hoy en el siglo XVl – fruta, agua y dulces – aumentaba sus ingresos. El comediógrafo vendía su obra totalmente. Los mejores tal vez obtuvieron 300 reales por un auto y 55o reales por una comedia. Con la última de las sumas mencionadas podía vivir durante un año o comprar 10 burros. Una comedia nueva raras veces se representó en Madrid más de 5 ó 6 veces«.

Ahora los textos que pudieron disfrutarse en el Corral de la Pacheca, por ejemplo, en 1574,  aquellos textos escuchados bajo un toldo tras subir por galerías y balcones, los textos repetidos en camerinos, recitados tras cortinas, declamados en el fondo del escenario, aquellos textos que paseó el actor vestido con una capa de 3.6oo ducados que había sido bordada con primor, atraviesan el tiempo y penetran en lo profundo de nuestras casas a través de la Red. La Red nos muestra lo que la  Biblioteca Nacional ofrece ya desde estos días:  los mejores textos del teatro clásico español – desde Calderón, Lope, Tirso de Molina, Vélez de Guevara y tantos otros. La audiencia se amplía casi infinitamente, el interés queda prolongado en los siglos, la curiosidad hojea estas simples palabras pronunciadas que levantaron tanta sonoridad de aplausos.

(Imágenes: 1.-National Geographic Collection/ 2.-Ren Quin: Tumba de Giuliano.-La Noche.-(detalle).-Lyceo Hispánico)

LA LLAMA DE LA TOUR

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La llama de La Tour a la que mira extasiada la Magdalena, la llama de su pasado encendido, la llama de recuerdos y olvidos, escenas superadas, arrepentimientos contritos, ilumina todo el cuadro y alumbra a la vez el marco entero colocado hasta el 28 de junio en una sala del edificio Villanueva del Museo del Prado de Madrid. Ese «Maestro Georges de la Tour, pintor, que se hace odioso a la gente por el enorme número de perros que cría, como si fuera el señor del lugar – se atrevió a criticarle uno de sus contemporáneos -, ese pintor que caza liebres entre las mieses, destrozándolas y pisoteándolas…»  resulta que ha pintado esa llama para que la Magdalena la mire.  La llama de esta vela de La Tour que ha llegado del Louvre, obra invitada ahora del Prado, enciende también la sala, se abre a todas las salas del Museo donde ahora está expuesta, pero sobre todo imanta nuestros ojos. Los ojos de la Magdalena no nos miran sino que están posados sobre los efectos de la luz, quedan prendidos en esa candela encendida,  esa fuente luminosa enmarcada en el realismo familiar y así la humilde vida cotidiana de esta mujer pensativa es atraída por el centro de la composición. Es la simplicidad elaborada del pintor. Es – dijo André Chastel – «una envoltura de sombra rota por una llama.  Algo de inmemorial y de fascinante -al mismo tiempo símbolo del pensamiento, del silencio y de la fragilidad – vinculado al juego de las formas». Esta es la llama de Georges de La Tour.latour-magdalena-penitente-1

(Imágenes.-Georges de La Tour: La Magdalena.-Museo del Louvre)

HABITACIONES SECRETAS

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El gran músico español Manuel de Falla tuvo durante seis años una habitación secreta dentro de su casa, una habitación en la que sólo entraba él y que bautizó con el nombre de «Colón«. «De vuelta en Cádiz, – cuenta Roland-Manuel en su estudio sobre Falla -, por mucha ternura que conserve de su ciudad natal, la ciudad de hermosas noches, se encierra con sus sueños en una habitación retirada que llama «El Edén«. Allí construye una ciudad de Utopía donde recompone todos los encantos de la ciudad perdida, es decir, Sevilla. En la imaginación, puebla y gobierna «Colón«, mientras que en realidad la defiende contra la curiosidad del mundo exterior. Durante seis años, sin que su familia ni sus compañeros lo supieran, este niño meditativo y taciturno cumple con seriedad los deberes de los diferentes cargos que le impone el gobierno de su metrópoli. El consejo municipal, los redactores de periódicos, los académicos y los administradores de sociedades entran en «El Edén» por la puerta del armario. Nada deja al azar el joven Manuel de Falla en el mundo de «Colón«, todo está en su sitio y ordenado, hasta la tasa de contribución que debe pagar cada personaje de su teatro. Por ejemplo, un día de carnaval- sigue comentando Roland-Manuel -, reclaman a los cuatro vientos a Manolo para enseñarle las máscaras que pasan por debajo de las ventanas. Pero no hay manera de encontrar a Manolo, ocupado como está en fijar la tasa de contribución personal de sus administrados».falla-2-alrededor-de-1920

Es siempre el mundo imaginado de los artistas, las cuatro paredes de lo irreal hechas reales por voluntad del dueño que tiene las llaves de la ensoñación para poder entrar, hacer girar el pomo de la puerta y penetrar en un universo cerrado, que es sólo de él, ajeno a miradas extrañas, universo alejado de pasos que cruzan lo real al otro lado de la existencia. El autor de «El amor brujo«, aquel que compondrá en su día la danza del fuego fatuo en torno al cual bailará la gitanería, necesita una habitación apartada, como suele ocurrir en la infancia de muchos creadores, para poder soñar despierto lo que aún no sabe que un día nacerá. Años después será la coreografía la que extenderá sobre los escenarios la gracia del cuello en los bailarines, el aire del busto, el movimiento de las caderas y el deslizamiento insensible de los pies, un ballet en torno al fuego. Pero antes será esta habitación secreta, misteriosa urbe de «Colón», con sus palacios, baluartes y avenidas entre las tablas de un viejo armario la que guarde toda la imaginación de Manuel de Falla.bailando-con-el-fuego-coleccgulbenkian (Imágenes: 1.- foto de John McGolgan.-imagery our world/ 2.-Manuel de Falla, alrededor de 1920.-wikipedia/ 3.-Fernando Bellver: «Bailando con el fuego en Manhatan», 2007.-elcultural.es)

COMPONER HISTORIAS

lectura-roew-por-frederick-carl-frieske-1934-artnet«En efecto, lo que yo alcanzo, señor bachiller – leía con atención aquella muchacha sentada en la silla, con la puerta abierta de su librería por si alguien pasaba -, es que para componer historias y libros, de cualquier suerte que sean, es menester un gran juicio y un maduro entendimiento. Decir gracias y escribir donaires es de grandes ingenios: la más discreta figura de la comedia es la del bobo, porque no lo ha de ser el que quiere dar a entender que es simple. La historia es como cosa sagrada, porque ha de ser verdadera, y donde está la verdad, está Dios, en cuanto a verdad; pero, no obstante esto, hay algunos que así componen y arrojan libros de sí como si fuesen buñuelos».

Miguel de Cervantes: «Don Quijote de la Mancha», Segunda Parte, capítulo tercero)

(Imagen: «In the Library» (1934).-por Frederick Carl Frieseke.-artnet)

SENTIDOS DE JUAN MUÑOZ

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La mirada.  ¿Quién de verdad soy yo?munoz-9-figura-que-escucha-elmundoes

El oído. ¿A quién de verdad escucho?munoz1elmundoes

La lengua. ¿Qué palabras salen de mi boca?munoz-8-ventilocuo-mirando-un-doble-interior-1988-2001-elmiundo-es¿Qué miro del mundo, qué observo, qué pienso?munoz-b-pieza-de-conversacion-1994-foto-bernardo-diaz-elmndoes

¿Cómo es la sociedad en que vivo?

Todos estas preguntas y muchas otras parece que se hicieran continuamente las figuras de Juan Muñoz,  en la retrospectiva que se abre estos días en Madrid, en el Reina Sofía, cuando se cumplen 25 años de su primera exposición, en la galería de Fernando Vijande.

(Imágenes:  esculturas de Juan Muñoz :1.-Una figura.-2000/ 2.-Figura que escucha/ 3.-«Two Seated on the Wall».-2000/ 4.-Ventrílocuo mirando un doble interior.-1988-2001/5.-Pieza de conversación.-1994/ fotografías Bernardo Díaz.-elmundo.es)

BALLARD

ciencia-ficcion-frfr-por-kenny-scharf-1995-1996-artnet«No estoy seguro de tener algo que agregar a lo que todo el mundo ha estado diciendo durante años – contestó J. G. Ballard en 1984 cuando fue interrogado por Thomas Frick para The Paris Review (El Ateneo)-. La década de los sesenta era una época de multiplicación infinita de posibilidades, de verdadera generosidad en muchos aspectos, una enorme red de conexiones entre Vietnam y la carrera espacial, la psicodelia y la música pop, y todo ello relacionado de todas las maneras concebibles gracias al paisaje de los medios de comunicación. Todos nosotros estábamos viviendo dentro de una enorme novela, una novela electrónica gobernada por la instantaneidad. En muchos aspectos el tiempo no existía en la década del sesenta, era tan sólo un conjunto de infinitos presentes configurativos. El tiempo volvió en la década del setenta, pero no el sentimiento del futuro. Las manecillas del reloj ahora no van a ninguna parte. No obstante aborrezco la nostalgia y es posible que vuelva a producirse una mezcla igualmente ardiente. Por otra parte, al ser tan serio, el futuro puede resultar aburrido. Es posible que mis hijos y los suyos vivan en un mundo sin acontecimientos y que la facultad de imaginación muera o se exprese exclusivamente en el mundo de la psicopatología».ciencia-ficcion-aabbcc-foto-paul-nicklen-national-geographic-image-collection

«Aun en el caso de un escritor naturalista, que en cierto sentido toma su tema directamente del mundo que le rodea – prosiguió – es muy difícil comprender el proceso por el cual una ficción en particular logra imponerse. Pero en el caso de un escritor imaginativo, en especial de uno como yo con grandes afinidades con los surrealistas, apenas si me doy cuenta de lo que está sucediendo. Las ideas recurrentes se juntan, las obsesiones se solidifican, se genera un conjunto de mitologías operativas, como los cuentos que se inventan acerca del tesoro para inspirar a la tripulación. Supongo que uno está enfrentado con un proceso muy semejante al de los sueños, una cantidad de escenarios ideados para dar sentido a ideas aparentemente irreconciliables. Así como los centros ópticos del cerebro construyen un universo completamente artificial, tridimensional, a través del cual podemos desplazarnos con eficacia, del mismo modo la mente en general crea un mundo imaginario que explica satisfactoriamente todo, siempre y cuando se le actualice constantemente. Así el flujo de novelas y relatos continúa…Supuestamente, todo el tiempo uno está escribiendo el mismo libro».ciencia-ficcion-ptw-por-joseph-kosuth-2007-galeria-juana-de-aizpuru-madrid-artnet

«Escribo cada uno de mis libros de manera consecutiva, tal como se lee, nunca altero el orden. Creo que el uso de una sinopsis refleja para mí una fuerte convicción en la importancia de la historia, de la naturaleza objetiva del mundo inventado que describo, de la completa separación de ese mundo con respecto a mi propia mente. Es un punto de vista anticuado (o al menos eso parece) aunque yo afirmaría vigorosamente que no lo es y también es un punto que me aparta de la idea posmodernista de una ficción reflexiva y autoconsciente que reconoce explícitamente la inseparabilidad del autor y el texto».

Cuando le preguntaron qué consejo daría a un joven escritor, Ballard contestó:»Tal vez lo que está mal de ser un escritor es que uno ni siquiera puede decir «buena suerte»: la suerte no desempeña ningún papel en la escritura de una novela. Nunca hay accidentes felices como puede ocurrir con el pincel o el cincel. Creo que uno no puede decir nada, verdaderamente. Siempre he querido hacer malabarismos y andar en un monociclo, pero me atrevería a decir que si alguna vez le pidiera consejos a un acróbata él me diría: «Todo lo que tiene que hacer es subirse y empezar a pedalear…».

(Pequeña evocación sobre J. G. Ballard, fallecido ayer, 19 de abril)

(Imágenes: 1.-«Cosmic Cavern», por Kenny Scharf.-1995-1996.-artnet/ 2.-foto: Paul Nicklen.-National Geographic image Collection/ 3.-«Otro mapa para no indicar», por Joseph Kosuth.-2007.-Galería Juana de Aizpuru.-Madrid)

FLAUBERT, NOVEDAD Y CINE

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«Todo esto que se inventa es verdadero –le escribió Flaubert a Louise Colet antes de cumplirse los dos años de trabajo de Madame Bovary -. La poesía es una cosa tan precisa como la geometría». «Se llega al estilo con un trabajo atroz», le había dicho también el 15 de agosto de 1846. Y en diciembre de 1858, en otra carta dirigida a la señorita Leroyer de Chantepie había señalado: «Un libro nunca ha sido para mí más que una manera de vivir en un medio cualquiera. Esto explica mis dudas, mis angustias y mi lentitud».flaubert-capitulo-8-folio-151-los-comicios-agricolas

Estas dudas, estas angustias y esta lentitud las puede ahora consultar todo el mundo al verterse en la Red los manuscritos y borradores de Madame Bovary guardados hasta el momento en la Biblioteca de Rouen. Como recuerda el gran crítico Harry Levin, ( «El realismo francés«) (Laia), «entre el otoño de 1851 y la primavera de 1856 la tarea concentrada de Flaubert fue escribir Madame Bovary. Para quienes sostienen que la gestación del arte es más interesante que el producto acabado, ningún documento puede ser más fascinante que la correspondencia de Flaubert durante estos cuatro años y medio. Las vidas paralelas del autor y de la heroína, día a día, semana a semana, mes a mes, año a año, cargan a la novela con una notable tensión emocional. El esfuerzo imaginativo se vio reforzado por la documentación cuando Flaubert buscó el tono adecuado de las alucinaciones de Emma, sumergiendose en revistas femeninas. Importunando a su hermano con preguntas sobre cirugía y toxicología, consiguió los síntomas peculiares que su proyecto requería: «La agonía, precisos detalles médicos: por la mañana del veintitrés de nuevo una serie de vómitos…». Se familiarizó con las criaturas de su mente dibujando un plano de Yonville y disponiendo archivos de sus ciudadanos. Controló la trama – ¿o deberíamos decir calculó sus probabilidades? – elaborando y revisando cuidadosamente los guiones. El material embrionario para su novela comprendía unas 36oo páginas manuscritas».bovary-4

Estas páginas están ahora al alcance de todo el mundo. Vargas Llosa publicó un excelente estudio de esta novela en «La orgía perpetua» (Bruguera): («el único medio de soportar la existencia – había escrito Flaubert en otra carta – es aturdirse con la literatura como en una orgía perpetua«)  Tiempos y espacios, así como vicisitudes de personajes, le llevaron mucho esfuerzo. Un ejemplo de su trabajo está sin duda en la modernidad de su construcción novelesca. Levin destaca, entre otros, el capítulo 8 de la segunda parte – el episodio de los comicios agrícolas – en donde el novelista, dice, » construyó esta escena escribiendo diálogos continuos para los dos grupos de personajes, que luego descompuso y organizó de acuerdo con la disposición general que la situación requería.». Era una experiencia de narración simultánea del diálogo amoroso entrelazada con el devenir de la farsa electoral. Modernidad que, sobre el papel de la novela escrita, permanece casi completamente cinematográfica.

(Imágenes: estampas sobre «Madame Bovary» y manuscrito perteneciente al capítulo 8 de la segunda parte -los comicios agrícolas- folio 151.-Biblioteca de Rouen)

LO ETERNO

mar-55-por-robert-adams-ngagov«Rompe el mar

en el mar, como un himen inmenso,

mecen los árboles el silencio verde,

las estrellas crepitan, yo las oigo.

(…)

Es que quiere quedar. Seguir siguiendo,

subir, a contra muerte, hasta lo eterno».

(…)

Blas de Otero: «Lo eterno» («Ángel fieramente humano»)

(Imagen: fotografía de Robert Adams.-ngagov)

ÉXITOS Y FRACASOS

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«Los libros pueden ser éxitos. Qué deprisa, con qué presta decisión lo digo – escribe Robert Walser -. Tal como pienso para mí mismo, quizá este pequeño esbozo se convierta en un éxito de altura, a pesar de que la alegre esperanza puede albergar convicciones procedentes de la vanidad. Recuerdo haber dicho a una mujer hermosa con motivo de un banquete: «Quiero intentar ser atractivo a sus ojos». ¿Me creerán si explico que con esta frase pretendía cosechar un fracaso rotundo? En efecto, la mujer, argumentando su extrema torpeza, respondió a mi comentario que una persona simpática y elegante no intentaba ser atractiva, sino que o bien lo era por cualesquiera cualidades o le faltaba simpatía, y en ese caso carecía de interés y era soso. Puesto que el descuido de mis palabras me había hecho soso o, también cabe decir, aburrido, la convicción de resultar fastidioso me hizo recobrar el interés. Se me antojó que ahora la hermosa mujer casi lamentaba haberme reprendido».

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«Los fracasos invitan a la reflexión, los éxitos al descuido más seductor (…)- prosigue Walser en «Escrito a lápiz». Microgramas lll» (Siruela) – Hoy he rechazado la lectura de un libro que hace unos años cosechó un éxito clamoroso y por esa circunstancia me dejó totalmente frío, provocando en mí la necesidad de leer preferiblemente la obra de alguien carente de éxito. Con las personas y los libros sucede algo parecido, y de los éxitos surgen los fracasos, y de los fracasos germinan o florecen los éxitos. Hace algún tiempo me regalé una novela que no había conseguido un verdadero éxito, ¿y qué me pareció? Maravillosa, y me entusiasmó tanto la carente de éxito que rechacé la exitosa, que parecía gritarme con aplastante seguridad que era atractiva, cosa que no me apetecía nada creer. Los fracasos entrañan una suerte de amabilidad, de suavidad, de finura, de inteligencia, son simpáticos, y uno los transforma en éxitos con el mismo agrado con que los éxitos se pueden transformar en fracasos».

Todo este aparente malabarismo de las frases con las que juega este escritor suizo al que me referí hace pocos días en Mi Siglonos revelan certeras verdades que muchas veces olvidamos, entre ellas la fugacidad de los éxitos, el inestable desequilibro de las balanzas a la hora de los juicios, la subjetividad emocional con que recibimos en la vida triunfos y fracasos, y ya en el horizonte de las artes y las literaturas y en su línea final,  el sorprendente descubrimiento de que aquella obra desconocida que casi nadie aplaudió sigue en pie y luminosa mientras que los años han ido hundiendo en diccionarios de olvidos lo que en el fervor de un instante todo el mundo aclamó.

(Imágenes: 1.-«Bookcases» (1995-2004) por Martin Richman.-Aeroplastics Contemporary.-Bruselas.-artnet/ 2.-«Scholar» (America Series), 1991.-por Benny Andrews.-artnet)

LA CENIZA Y EL LÁPIZ

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«De hecho – dice el gran escritor suizo Robert Walser  hablando sobre la ceniza -, sólo con una penetración algo profunda de ese objeto aparentemente tan poco interesante pueden decirse muchas cosas, por ejemplo que, si se sopla la ceniza, no hay en ella lo más mínimo que se niegue a dispersarse al instante volando. La ceniza es la humildad, la intranscendencia y la falta de valor mismas y, lo que es más hermoso, ella misma está obsesionada con la creencia de no valer nada. ¿Se puede ser más inconsistente, más débil y más insignificante que la ceniza? Sin duda no es fácil. ¿Hay alguna cosa que pueda ser más transigente y paciente que ella? No, desde luego. La ceniza no tiene carácter y está más alejada de todo tipo de madera de lo que lo está la depresión de la alegría desbordante. Donde hay ceniza, en realidad no hay nada. Pon tu pie sobre la ceniza y apenas notarás que has pisado algo».

Estas palabras nos recuerdan el dorso de la vida, la superficie escondida bajo tanta vanidad y brillantez con la que  nos gusta convivir. Hace pocos días, hablando aquí de Gógol, lo veíamos por las calles de San Petersburgo con sus andares de loco pacífico. Extraordinarios escritores como W.G. Sebald han recordado que «Walser y Gógol perdieron poco a poco la capacidad de dirigir su atención al centro de los acontecimientos de la novela y se dejaron capatar, en cambio, de una forma compulsiva, por las criaturas extrañamente irreales que aparecían en la periferia de su campo de visión, sobre cuya vida anterior y ulterior nunca sabemos lo más mínimo.(..) Walser y Gógol tienen también la falta de hogar, lo horriblemente provisional de su existencia, su prismático cambio de talante, el pánico, el sombrío humor, impregnado de un negro dolor de corazón, la interminable profusión de papelitos y precisamente la invención de todo un pueblo de pobres almas, de un cortejo de máscaras que prosigue sin cesar, con fines de mistificación autobiográfica» («El paseante solitario. En recuerdo de Robert Walser«) (Siruela).cuaderno-cvcb-untitled-por-brigida-baltar-2004-galeria-nara-roesler-brasil-artnet

 Papelitos. Lápices. Sobre la «lapicería»  de Walser ya hablé en Mi Siglo. Lo mismo que sobre sus paseos. Y los papelitos en los que escribía sus microgramas me recuerdan a los papelitos escondidos en los bolsillos  que llevaba Stravinsky en los aviones para apuntar intuiciones, o a los papelitos con los que cruzaba las calles Juan Rulfo preparado para cualquier pensamiento.

(Imágenes: 1.-foto: Kevin Van Aelst.-The New York Times/ 2.-por Brígida Baltar, 2004.-Galería Nara Roesler.-Sao Paulo.-Brasil.-artnet)

LECTURA Y HORMIGAS

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«Sí, ella sí respiraba bien, en profundidad, respiraba ahora el aroma del mar, la vegetación de la montaña, veía las letras del libro que estaba leyendo bajo el sol, el borde de la sombrilla, las sombra sobre las hormigas, las consonantes caminando en hilera tras las vocales, – ¿cuántos años tenía entonces? ¿era el verano de sus treinta años? ¿qué edad tenía?.- Se acercó un poco más para leer mejor y las patas de las vocales, sí, iban detrás de las de las consonantes transportando las tildes y los acentos, acarreando las briznas de las comas y los huevecillos de los puntos suspensivos, las antenas de las palabras obreras se iban orientando en comitiva por la página hasta llegar al borde del margen y volvían ordenada, minuciosamente, saludándose unas a otras al cruzarse en el texto. Se veía ella entonces leyendo hacía varios años, en el mar, sobre la arena, oyendo los chapuzones de Clara, deslumbrando el blanco albornoz de Ágata a su lado, y las hormigas seguían desfilando por cada línea del libro, las mandíbulas de cada palabra trasladaban la carga de cada pensamiento, podían con cada pensamiento, llevaban larvas, los trocitos de hojas, los trocitos de madera de cada pensamiento para construir el hormiguero de ella como mujer, el ruido de su cerebro, su cavidad, las galerías de los razonamientos y las encrucijadas de la sensibilidad, pequeños trozos de argumentos y capas leñosas bajo la corteza de aquella frente que se inclinaba, que meditaba, que escudriñaba cada página para ver qué le quería decir.

Siguió así, absorta en el libro, protegida de la luz por la sombrilla, persiguiendo la paciencia de aquellas hormigas de las letras que iban y venían de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, líneas que estaban a punto de revelársele ya, de descubrir lo que le iban a decir un momento antes de que la llamaran y de que tuviera que cerrar el libro y ya no supiera cuándo lo volvería a abrir».

(JJP:- Fragmentos de una novela inédita)

(Imagen.-Under the Awning/Girl with Book.- por Frederick Carl Frieseke, 1916.-artnet)

NOCHE DE LOS TEATROS

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BERNARDO.-¿Quién vive?

FRANCISCO.-¡No, contestadme a mí! ¡Alto y descubríos!

BERNARDO.-¡Viva el rey!

FRANCISCO.-¿Bernardo?

BERNARDO.-El mismo.

FRANCISCO.-Llegáis muy puntualmente a vuestra hora.

BERNARDO.-Acaban de dar las doce. Vete a dormir, Francisco.

FRANCISCO.-Muchas gracias por el relevo. Hace un frío cruel, y estoy delicado del pecho.

BERNARDO.-¿Ha sido tranquila vuestra guardia?

FRANCISCO.-Ni un ratón se ha movido.

BERNARDO.-Está bien; buenas noches. Si halláis a Horacio y Marcelo, mis compañeros de guardia, decidles que se den prisa.

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Así comienza Hamlet. «Esto es suficiente para aleccionar al director de escena – ha dicho Gordon Craig-.Comprende que es medianoche, que la escena transcurre al aire libre, que se releva la guardia de un castillo, que la noche es muy fría, muy silenciosa, muy oscura».

Es la magia del teatro. Leyendo un texto, las palabras levantan por sí solas un mundo de formas y de movimientos. Luego, sentados en el patio de butacas, admitimos perfectamente que unos cuantos metros cuadrados del escenario se conviertan en toda la tierra y también en el cielo y el infierno. Como ha evocado Henri Gouhier  («La esencia del teatro«) (Artola), » esta luz que cae de un proyector es la del sol. Ese telón es un jardín. Ese ruido entre bastidores es la tormenta. Las fechas son tan falsas como lo demás: el tiempo mismo está desligado de su sustancia; cinco minutos entre dos actos han permitido que transcurran diez años».

Esto es siempre lo que sucede en la penumbra de la sala semioscura, los ojos fijos en los personajes, los personajes atentos a las réplicas, el actor y la actriz moviéndose en un espacio de luz. ¿Qué es más importante: el gesto, la palabra, las líneas y los colores o el ritmo? Quizá el gesto es lo más importante – señalaba Craig -: es al arte del teatro lo que el dibujo es a la pintura y la melodía a la música.Drawing of the head of Lear. ca. 1773-75.

Todo eso se verá en Madrid  -de modo más intenso desde las 5 de la tarde hasta las 2 de la mañana del 27 de marzo – en «la noche de los teatros«.

(Imágenes: 1.-Enrique lV.- Folger Shakespeare Library, Washington/2.- Macbeth consulta a la visión.-por Henry Fuseli, 1793.-Folger Shakespeare Library, Washington/ 3.-El rey Lear.-por George Rommey, 1773-75 -Folger Shakespeare Library,Washington)