EL ENTIERRO DE ORTEGA

Recuerdo aquella mañana del 18 de octubre de 1955, yo con diecinueve años, caminando por la calle Montesquinza siguiendo el féretro de Ortega. Iba con mi amigo Alfonso Pérez Sánchez, más joven que yo, que luego sería Director del Museo del Prado y gran especialista en pintura barroca. Estudíábamos juntos. Íbamos camino adelante, detrás de los coches, rumbo al cementerio. En la puerta del cementerio, entre muchas otras personas, sobre todo intelectuales, estaba Gregorio Marañón y Laín Entralgo y a aquel grupo nos unimos. Luego nos quedamos solos Pérez Sánchez y yo, mirando aquella sepultura por donde se iba la caza y los toros, Castilla y sus castillos, notas de andar y ver, los papeles sobre Velázquez y Goya, las reflexiones de “El Espectador”, las “ Meditaciones del Quijote”, y de modo especial las lecturas mías de aquellas tardes anteriores, cuando yo tenía quince o dieciséis años y en aquella ciudad de provincias donde yo entonces vivía antes de llegar a Madrid, saliendo del colegio y refugiándome pronto en una pequeña biblioteca pública leía a Baroja, a Ortega o a Azorín. .¿Entendía yo a Ortega con aquellos años? Seguramente no su pensamiento, pero sí su prosa, el ir conmigo de la mano por Asturias o por Castilla, la curiosidad, el descubrimiento de la inquietud. Ortega me enseñaba a observar, a desmenuzar, separar, analizar, resumir, concretar, que siempre me han acompañado. Es la gran asignatura intelectual del tener interés por lo que han escrito los otros, interés por cómo es mi país, sus gentes, sus ideas. Mostrar nuevos enfoques: aprender.

Estaba yo allí con Alfonso Pérez Sánchez mirando la sepultura y todas las lecturas mías anteriores venían y ellas darían paso a muchas lecturas posteriores.

José Julio Perlado

(Imágenes- wikipedia)