LEER EN VOZ ALTA

 

“Existe un vasto grupo compuesto por todos aquellos que alguna vez le leyeron a Borges —evoca Alberto Manguel —: pequeños Boswells que raramente conocen la identidad de los otros pero que, de forma colectiva, mantienen la memoria de uno de los más cabales lectores del mundo. En aquella época, yo desconocía su existencia; tenía dieciséis años. Acepté y, tres o a lo sumo cuatro veces por semana, visitaba a Borges en el estrecho departamento que compartía con su madre y con Fany, la mucama (…) Recuerdo el departamento como un ámbito abrigado, tibio y suavemente perfumado; todo esto debido a que la insistente Fany mantenía la calefacción bastante alta y rociaba con agua de colonia el pañuelo de Borges antes de guardarlo, las puntas asomadas, en el bolsillo del pecho de su chaleco.”

 

 

Esta lectura en voz alta a Borges,  consumado lector, nos lleva de algún modo a las palabras del novelista y profesor Daniel Pennac cuando habla de la importancia de la voz al leer.  “Nosotros “le leemos” —dice —  . El que escucha va a identificarse con los personajes que le presentemos  por el intermediario de nuestra voz, y estos personajes son a la vez el personaje del libro que nosotros leemos, pero de una cierta manera, la encarnación de la persona que él prefiere en el mundo, que es aquella que le lee.”

”Durante varios años, de 1964 a 1968 – prosigue  Manguel -, tuve la inmensa fortuna de contarme entre los muchos que le leían a Jorge Luis Borges (…) Desde mis primeras visitas, se me hizo que la casa de Borges existía fuera del tiempo o, mejor dicho, en un tiempo hecho a partir de experiencias literarias (…) Las pocas estanterías de libros que había en su casa, contenían lo esencial de sus lecturas, empezando por las enciclopedias y los diccionarios, gran orgullo de Borges. “Me  gusta hacerme cuenta de que no soy ciego, que me acerco a los libros como un hombre que puede ver—solía decir —. Ando curioso de nuevas enciclopedias. Me imagino que puedo seguir en sus mapas el curso de los ríos y que descubro maravillas en las descripciones.”

 

 

En las dos estanterías bajas del salón del comedor se hallaban las obras de Stevenson, Chesterton, Henry James y Kipling. De esas mismas estanterías Borges me hizo extraer los volúmenes de los cuentos de Chesterton y los ensayos de Stevenson, que leímos a lo largo de muchas noches y que él comentaba con extraordinaria perspicacia y agudeza, sin ocultar su pasión por estos grandes escritores y mostrándome además de qué manera habían trabajado para construir sus cuentos, desmontando algunos párrafos con la amorosa intensidad de un maestro relojero.”

 

 

(Imágenes—1-Borges y  la Biblioteca- foto Sara Facio/ 2- Anastasia  Lisitsyna/3- Karol Ferenczy – 1905/   3-Roxana Halls)

LA VOZ DE VAN GOGH

 

 

“Para huir de la desesperación me precipité en la pintura —le hace decir a Van Gogh Giovanni Papini en suJuicio Universal” —. Rechazado por las mujeres y por los hombres, me refugié en el amor por la naturaleza. La naturaleza se hacía amar, pero no respondía, no correspondía y a veces se rebelaba.

 

 

Someterla a mí poder, trasladarla toda entera al lienzo, con sus luces de paraíso, sus colores esplendorosos, sus candores insostenibles, era para mí demasiado difícil. Y de la pintura recibí las poquísimas horas de alegría pura que experimenté en la tierra. Apoderarme del amarillo apagado y quemado de un campo maduro; del verde envenenante de las hierbas y de los cardos; de los azulados de los horizontes; del amarillo agudo y ardiente de los girasoles; del rojo  descarado de un paño o de un geranio, era para mí un espasmo de poder fugaz, pero violento.

 

 

Me di cuenta, sin embargo, de que también la naturaleza me rechazaba. A pesar de todo mi paciente ímpetu no llegaba a conquistarla, a poseerla entera. También ella, con su taciturna imposibilidad, que es más dura que una repulsa, me rechazaba.

 

 

Y entonces tú sabes lo que acaece en el débil corazón de los débiles. Cuando todo el amor está encerrado y contenido, el hombre se siente desconcertado, perdido, perseguido, es decir, abandonado, enajenado. Los hombres le llaman loco, lo ahuyentan o lo encarcelan. Así fue de mí.”

Y la voz de Van Gogh volvió a callar.

 

 

(Imágenes—1- matas de lirios/ 2–ramas de almendro en flor/ 3/tronco de tejo/ 4-campo de trigo con un vuelo de cuervos/5-girasoles)

MÁS CARTAS DE HISAE IZUMI

 

 

“Una  tarde Hisae, mientras escribía, esperó ante el papel sin moverse y mantuvo su pincel inclinado tal y como si fuera a seguir,  tal y como si estuviera engañando al papel y como si fuera a cubrirlo. Siguió así sin moverse. Y de repente empezó a leer lo que el otro (o la otra) le estaba escribiendo:

“Aunque una carta – apareció escrito sobre el papel verde – no tenga nada que pueda calificarse de extraño, es sin embargo una cosa magnífica. Mientras se piensa con ansiedad en una persona que se halla en una lejana provincia y uno se pregunta cómo se podría ir hasta allí, he aquí que se recibe una carta de ella. Al leerla, se siente la misma impresión que si se la viera de pronto y cara a cara. Y eso es maravilloso.”

 

 

Procuró seguir quieta Hisae en aquella postura y mantuvo su pincel perfectamente inclinado esperando por si le decían algo más.

Y así siguió leyendo:

“Cuando se ha enviado una carta a la cual se han confiado nuestros pensamientos, uno siente el espíritu satisfecho, incluso si se piensa que esa carta podría muy bien no llegar nunca a su destino. ¡Cómo tendría yo el corazón triste y cómo me sentiría oprimida si las cartas no existiesen!”

 

 

Aquello parecía realmente un lamento y Hisae quedó impresionada. Esperó aún sin moverse. Parecía que la escritura se había detenido, que algo pasaba, pero de pronto aparecieron más frases sobre el papel:

“Y  cuando en una carta que se quiere enviar a una persona – seguía diciéndole aquella misteriosa escritura – se detallan todas las cosas que uno lleva en la cabeza, eso supone ya un consuelo, incluso aunque la llegada de esa misiva nos parezca incierta. Pero con más razón aún, cuando se recibe una respuesta la alegría de la que se disfruta es capaz de alegrarle a uno la vida. En verdad, lo que acaba de suceder sí parece increíble.”

José Julio Perlado —( del libro “Una dama japonesa” ) ( texto inédito)

 

 

(Imágenes —1– kimono gallery/ 2-Suzuki Harunobu/ 3-Kawano Kaoru/ 4-surinomo shinata zedkin)

UNA HABITACIÓN PROPIA

 

 

“Cuando se construyó “la habitación propia” con las ganancias obtenidas con el éxito de “Orlando”, Virginia aspiraba a tener por fin su estudio, pero la habitación resultó  no ser apropiada y terminó siendo sólo el dormitorio. —así lo cuenta la periodista italiana Sandra Petrignani en “La escritora vive aquí”, reedición actual de una primera versión publicada en 2006 —. El 26 de enero de 1930, al día siguiente de su 48 cumpleaños, anotaba Virginia  en su “Diario”: Aún no consigo escribir con naturalidad en mi nueva habitación porque la mesa no tiene la altura adecuada y para calentarme las manos debo agacharme. Necesito que las cosas sean totalmente conformes a mis costumbres”. Todo escritor se reconoce en este ser maniático; el rito de escribir tiene para cada uno su ceremonial y su utillaje. El de Woolf , dice Petrignani, requería una butaca desfondada, una tabla de contrachapado con el tintero incorporado, colocada sobre las rodillas, y grandes cuadernos con cubiertas de vivos colores que se fabricaba ella misma. Necesitaba también una mesa grande y sólida , que usaba muy poco para escribir, pero sobre la que acumulaba “montones de porquerías”: papeles varios, manuscritos, botellas de tinta, cartas, viejas boquillas para los cigarrillos, montones de plumines usados y nuevos, cajas de cerillas, los puros que fumaba de vez en cuando, clips oxidados y otras baratijas.

 

 

Sí, Virginia Woolf era muy desordenada. Por eso terminó por preferir como estudio el “lodge” que había al fondo del jardín, una caseta destinada a las herramientas del jardinero, a la que ella llamaba “mi casita”. Allí podía rodearse de silencio…y de  dejadez. “Su habitación no estaba solamente desordenada, tendía a menudo a estar “descuidada“, decía Leonard, que habla también de la “organización desorganizada y de la incomodidad” en la que su mujer se encontraba a gusto para trabajar. Es fácil imaginársela “tumbada en la cama mirando las estrellas, en esas noches de Monks House”.

 

 

Gerald Brenan — dice Petrignani — hace un retrato vibrante de los Woolf que, de paso por España, van a verle. “La primera cosa que me viene a la mente cuando pienso en Virginia Woolf es su belleza. Esqueleto fino y cincelado, ojos grises, “su conversación era como su prosa”, femenina y seductora, irónica, “inclinándose hacia un lado, un poco rígida en la silla, se dirigía al compañero en tono burlón. Leonard, sin embargo , era muy sólido, muy viril, fumaba en pipa, y no perdía nunca el hilo de la conversación y hablaba de una manera relajada y amigable”.

 

 

(Imágenes —1-Vein Magazine/ 2-Virginia Woolf y otros amigos en el verano de 1915 -avuelapluma/ 3-Virginia Woolf-   Enciclopedia británica/ 4-  reason vhy)

OTOÑO, CAÍDA

 

 

“Caen, caen los días; cae el año

desde el verano.

Sobre el suelo mullido por las hojas,

cae el aroma,

que errando solicita la atención

del soñador.

Atento el soñador, a pie, despacio

va contemplando

cómo en los amarillos de la flora

la luz se posa,

reconcentrada ya en la claridad

de un más allá.

Más acá se difunde por la atmósfera

casi una gloria

que es ya interior, tan íntima al amparo

de los castaños,

tan dulcemente abandonada al sol

del peatón.

Con ondas breves de silencio el lago

llega hasta el prado,

propicio a recibir algunas ondas

de remadoras.

 

 

Apariciones que a los sueños dan

cuerpo real.

Y el soñador y el sol, predestinados

por tanto hallazgo,

se exaltan con asombro ante las frondas

cobrizas, rojas

de esos arces divinos en furor

de donación.”

Jorge Guillén —“Cántico” (1928)

 

 

(Imágenes—1-Michael Yamashita- National a Geographic/ 2-Lynn Geesaman/ 3-foto Elliot Eskey)

HOJAS CAMBIANTES Y HOJAS MARCHITAS

 

 

“La mayoría confunde las hojas cambiantes con las marchitas—decía Thoreau —, como si uno confundiera las manzanas maduras con las podridas. Creo que cuando una hoja cambia de un color a otro más subido, da prueba de que ha llegado a una perfecta y última  madurez. Por lo general, son las hojas más bajas y las más viejas, las que primero se transforman. Pero así como el insecto de colores brillantes vive poco, así las hojas maduras no pueden menos que caer.(…) Las flores no son más que hojas de colores, y los frutos, sólo las que maduran. La parte comestible de la mayoría de las frutas es, como dicen los fisiólogos, el tejido carnoso de la hoja a partir de la que se forman. Nuestro apetito suele limitar nuestro concepto de la madurez, con sus fenómenos de color, suavidad y perfección, a las frutas que comemos, y solemos olvidar que la naturaleza madura una inmensa cosecha que no comemos y apenas usamos. En los alrededores y dentro de nuestras ciudades, todos los años se celebra otra exposición de frutas a escala infinitamente mayor que las de las ferias anuales, frutos que sacian sólo nuestra hambre de belleza.

 

 

(…) Un hombre puede correr y pisotear plantas que le llegan a la cabeza sin enterarse de que existen, a pesar de que las siegue a toneladas, las esparza por sus establos y alimente con ellas a su ganado durante años. Sin embargo, si se detuviera a observarlas, se sentiría cautivado por su belleza. Hasta la planta más humilde , o hierbajo, como solemos llamarlas, está allí para expresar alguna idea o estado de ánimo nuestro… ¿Pero cuánto tiempo  pasan allí en vano? He recorrido esos grandes pastizales tantos agostos y, a pesar de todo, jamás reconocí esas compañeras violáceas que tenía delante. Las rocé , las pisé  y ahora, al fin, se alzan ante mí y me bendicen. La belleza y la riqueza auténticas suelen ser baratas y despreciadas. El Cielo podría definirse como el lugar que los hombres evitan  ¿Quién puede dudar de que esas plantas, que el agricultor ni siquiera advierte, se sientan compensadas de que uno repare en ellas? Puedo decir que nunca las había visto antes, pero, cuando me acerqué a mirarlas cara a cara, me obsequiaron con un resplandor morado de años anteriores. Y ahora, cada vez que voy allí, apenas veo otra cosa.”

 

 

(mágenes —1-Ernest Bieler- 1909 / 2-Gyorgy Kepes- 1930 -museo de bellas artes- Boston / 3-Arkhangelskoye -1983)

LA QUE DESAPARECIÓ

 

“Ahora que hace calor como para sentarse hasta tarde en el porche

alguien se acordó de una vecina,

aunque han pasado más de treinta años

desde que salió a caminar un poco después de la cena

y nunca regresó con su esposo e hijos.

Nadie presente podía recordar gran cosa sobre ella,

excepto en la manera en que sonreía y se quedaba pensativa

de repente sin contar por qué,

cuando se le preguntaba, como si ya tuviera un secreto

o el corazón roto porque no guardaba ninguno”.

Charles Simic —“La que desapareció” -“Garabateado en la oscuridad”

(Imagen — foto Ken van Sickle)

COPPOLA Y “APOCALYPSE NOW”

 

“Yo estaba allí , en medio de la selva — recordaba Coppola evocando el rodaje de Apocalypse Now —, y  todo el mundo me miraba. Teníamos problemas, no sólo a causa de las terribles tormentas y las tensiones en el trabajo, sino porque habíamos llegado a un punto en el que no podíamos  continuar la película. Como  todo el mundo, yo había empeñado mi coche, mi casa y todo lo que tenía , incluyendo los derechos futuros de películas como El Padrino, como garantía ante el banco, de modo que si me pasaba del presupuesto ese dinero cubriría las diferencias. Tenía dificultades y a nadie a quien pedirle ayuda. No tenía productor, no tenía un protector, no tenía jefe. El jefe era yo. Había conseguido mi deseo, yo tenía todo el control. Al final llegué a un punto en el que dejé de luchar y me iba a la cama pensando : “Se acabó; no puedo, no puedo hacerlo.”

 

 

Estos días se recuerda que han pasado cuarenta años desde aquella película. El relato de Conrad era muy tentador cinematográficamente. Coppola había dicho al final: “la película no es sobre el Vietnam. Es el Vietnam.(Orson Welles, como anota Pere Gimferrer, se había planteado la posibilidad de adaptar “El corazón de las tinieblas” narrando enteramente la historia por el procedimiento de cámara subjetiva, es decir, de modo que la cámara se identificase con la mirada del narrador, traducción visual de una forma bastante usual del relato literario: la narración en primera persona)

 

 

Pero proseguía la voz de Coppola hablando sobre el rodaje: “una vez desperté y me di cuenta de que daba igual. Es como ese tipo que dice: no necesito el trabajo, no necesito un coche nuevo, no necesito triunfar en mi carrera: en la vida hay cosas más bellas e importantes que eso. Así que empecé  a pensar que podía convertir la película en algo personal, que podría seguir mis instintos sin preocuparme de nada más. Aunque fracasara, al menos habría rodado la película que quería.”

 


 

“La misma película — continuaba Coppola — se convirtió en una especie de Vietnam, no podía salir de ella y la única forma que tenía de salir de ella era a través de una escalada de estilo. Y el film se fue volviendo cada vez más mítico. Empieza como un film de guerra realista y acaba siendo algo más que eso. Si alguien viera el final de Apocalypse sin haber visto el principio, pensaría que es una locura. No se sabe si el protagonista es un loco o un héroe. Y seguramente era ambas cosas. Pienso que ése es el verdadero tema de la película, esa dualidad entre el bien y el mal.”

 


 

(Imágenes- -1-marca/2- collider/3–Coppola – hoy/ 4-Marlon Brando -huffi post/ 5- polígono)

MONTAIGNE ANTE LA MESA

 

 

“No me apetecen demasiado ni las ensaladas ni las frutas, salvo los melones —confesaba Montaigne —. Mi padre detestaba toda clase de salsas; a mí me gustan todas. El comer demasiado me sienta mal; pero no sé todavía con seguridad de ningún alimento que me perjudique por sus características; tampoco noto ni la luna llena ni la menguante, ni la diferencia entre otoño y primavera. En nosotros se producen movimientos inconstantes y desconocidos ; en efecto, los rábanos negros, por ejemplo, primero los encontré agradables , después molestos, ahora de nuevo agradables. En muchas cosas siento que mi estómago y mi  gusto van variando de este modo: he cambiado del blanco al clarete, y después del clarete al blanco. Me encanta el pescado. Creo en lo que dicen algunos: que es más fácil de digerir que la carne.

 

 

Desde joven me saltaba de vez en cuando alguna comida. A veces para avivar mi apetito al día siguiente; yo lo hacía con vistas a preparar mi placer para aprovecharse mejor y servirse con más alegría de la abundancia. O a veces ayunaba para preservar mi vigor al servicio de alguna acción del cuerpo o del espíritu , pues el uno y el otro se me vuelven perezosos por efecto de la saciedad. O a veces para curar mi estómago enfermo, o por carecer de buena compañía, pues sostengo que no debe mirarse tanto lo que se come, cuanto con quién se come. Para mí no existe condimento tan dulce ni salsa tan apetitosa como los que se obtienen de la compañía.

 

 

Creo que es más sano comer más despacio y menos, y hacerlo más a menudo. Pero quiero hacer valer el apetito y el hambre: no me daría placer alguno arrastrar, de forma medicinal, tres o cuatro miserables comidas al día forzadas de este modo. Para nuestras ocupaciones y para el placer, es mucho más cómodo perder la comida y aplazar los banquetes a la hora del retiro y del reposo, sin  interrumpir la jornada. Así lo hacía yo en otros tiempos. Para la salud, me parece después por experiencia, en cambio, que es mejor comer y que la digestión  se hace mejor despierto.

 

 

No soy muy propenso al deseo de beber, ni sano ni enfermo. Me suele suceder, entonces, que tengo la boca seca, pero sin sed. Y, en general, sólo bebo por las ganas que me surgen al comer, y muy al comienzo de la comida. Bebo bastante bien para un hombre de tipo común; en verano y en una comida apetitosa, no sobrepaso siquiera los límites de Augusto, que no bebía sino tres veces exactamente. Los vasos pequeños son mis predilectos, y me gusta vaciarlos, cosa que los demás  evitan como inconveniente. Por regla general echo la mitad de agua en el vino, a veces un tercio de agua. Y cuando estoy en casa, por un antiguo proceder que su médico prescribía a mi padre y a sí mismo, mezclan el que necesito ya en la bodega, dos o tres horas antes de servirlo. Cuentan que Cranao, rey de los atenienses, inventó la costumbre  de aguar el vino, útilmente o no, he visto debatirlo. Me parece más decente y más sano que los niños no lo tomen hasta después de los dieciséis o dieciocho años. El uso público legisla sobre tales cosas”.

 


 

(Imágenes—1-Ella  Kruglyanskaya/ 2- pan- Dalí – fundación Dalí / 3- Andrey Godyaykin/ 4- William Ratcliffe/ 5-Hugo Suter)

EL MISTERIO DE LAS COSAS

 

 

“El misterio de las cosas, ¿dónde está?

Si apareciese, al menos,

para mostrarnos que es misterio.

¿Qué sabe de esto el río, qué sabe el árbol?

Y yo, que no soy más, ¿qué sé yo?

Siempre que veo las cosas

y pienso en lo que los hombres piensan de ellas,

río con el fresco sonido del río  sobre la piedra.

El único sentido oculto de las cosas

es no tener sentido oculto.

Más raro que todas las rarezas,

más que los sueños de los poetas

y los pensamientos de los filósofos,

es que las cosas sean realmente lo que parecen ser

y que no haya nada que comprender.

 

 

 

Sí, eso es lo que aprendieron solos mis sentidos:

las cosas no tienen significación : tienen existencia.

Las cosas son el único sentido oculto de las cosas”.

Alberto Caeiro

 

 

(Imágenes—1- Claire Rothstein/ 2-Leonard Foujita – 1921- museo nacional de arte moderno/ 3-  Almedia Marcellus – art instituto Chicago)

CUANDO EL MUNDO SE DETIENE

 

 

“Ocurre muy de vez en cuando. Chirría el eje de la tierra y esta se para. Y entonces se para todo: tormentas, navíos y las nubes que pastaban en los valles. Todo. Incluso los caballos en los prados se quedan inmóviles como en una partida de ajedrez por jugar.

Y un instante después el mundo se pone de nuevo en movimiento. El océano traga y regurgita, los valles humean y los caballos pasan del campo negro al blanco. Se oye también un sonoro chasquido de aire contra aire.”

Zbigniew Herbert– -“Prosa poética”

 

 

(Imágenes –1 y 2 —-Mikalojus  Constantinas ciurlionis

EL ESPIONAJE Y LA VERDAD

 

 

La  reciente aparición/ desaparición  de un nuevo topo en el corazón del Kremlin y las intrigas internacionales en el tenebroso mundo del espionaje me vuelven —entre tantas novelas interesantes sobre los claroscuros de ese universo — a “La máscara de Dimitrios”, el gran relato firmado por Eric Ambler.

Hitchcok escribió sobre ella: “las críticas han señalado desde el comienzo que el señor Ambler le ha dado vida nueva y una mirada inédita al arte de la novela de espionaje, al que se pretende ver como un arte gastado al extremo, y que está infestado de clisés. Pero sus héroes no son ni heroicos ni brillantes, ni siquiera audaces. Son personas corrientes, más bien simpáticas, que se ven envueltas en una historia que las supera. De ese modo, al lector se le hace posible identificarse con estos héroes, lo que resulta completamente impensable en el caso de los “thrillers” corrientes… y así pueden experimentar exactamente las emociones que nosotros mismos experimentaríamos en parecidas circunstancias. Sería difícil, si no imposible, encontrar un novelista de espionaje entre los que hoy escriben, que combine tantas cualidades originales y admirables. Puede decirse que las obras del señor Ambler son únicas por su alto nivel de refinamiento. Pero eso no quiere decir que son refinadas, hasta el punto de que cualquier aficionado a las novelas de espionaje resulta atraído y conquistado por ellas.”

 

 

Eric Ambler confesaba a su vez : “desde mis primeros contactos con la realidad contemporánea, con el mundo secreto de la guerra y del dinero, de la alta y baja políticas, de los individuos que se ven llevados a ella, voluntariamente o no, adquirí una convicción que mis viajes y mis observaciones no hicieron más que reforzar: la verdad es indispensable para nuestra supervivencia inmediata. En el siglo XlX, la mentira, la falsedad, la ignorancia, la ceguera política eran sin duda deplorables, pero no tan destructoras como hoy. Ahora, con las armas de que disponemos, con los procedimientos que empleamos, si no comprendemos lo más pronto posible la importancia de la verdad, estamos perdidos. O más bien de las verdades, múltiples, relativistas, que constituyen la sociedad de los humanos. Así podremos resistir quizás el adoctrinamiento, la violencia de los hechos y de las emociones, todas esas causas de conflicto que nos llevarán fatalmente a la catástrofe. Por ello pienso que la verdad es tan importante en todo, incluso en la literatura de simple entretenimiento”.

 


 

(Imágenes —1-Luigi Corteggi/ 2- Arthur Tanner/ 3-Oscar Chichoni)

SER VIEJO ES REGRESAR Y YO HE VUELTO A SER NIÑO

 

 

“Ser viejo es regresar y yo he vuelto a ser niño.

Eché un poco de agua en una palangana

y oí toda la noche el croar de las ranas

como, cuando muchacho, pescaba yo en Fang- Kuo.

Palangana de barro, estanque verdadero:

el renuevo del loto es ya una flor completa.

No olvides visitarme una tarde de lluvia:

oirás, sobre las hojas, el chaschás de las gotas.

 

 

 

O ven una mañana : mirarás en las aguas

peces como burbujas que avanzan en escuadra,

bichos tan diminutos que carecen de nombre.

Un instante aparecen y otro desaparecen.

Un rumor en las sombras, círculo verdinegro,

inventa rocas, yerbas y unas aguas dormidas.

Una noche cualquiera ven a verlas conmigo,

vas a oír a las ranas, vas a oír al silencio.

Toda la paz del cielo cabe en mi palangana.

Pero, si lo deseo, provocó un oleaje.

Cuando la noche crece y se ha ido la luna

¡Cuántas estrellas bajan a nadar en sus aguas!”

Han Yü “La palangana”- poeta chino (año 800 después d. Cristo)

 

 

(Imágenes—1- Michael Kenna/ 2-Don Hong oai/ 3-Zhang daqian)

VIAJES POR EL MUNDO (26) : COLOR DE LISBOA

 

 

“Color. De Lisboa se puede decir que hasta los daltónicos discuten sobre su color —evoca Cardoso Pires en su “Diario de a bordo” —. Fíjese, lo que predomina es el ocre  advierte un byroniano que está de paso. El verde, el verde, contrapone alguien a continuación, con los ojos en el Terreiro do Paco:” hasta el caballo de Don José se va poniendo verde, comido por el mar”, decía Cecilia Meíreles. O el blanco, el blanco recuerda espumas del océano, cal de muros, Mediterráneo, “se siente una nostalgia blanca…”,  escribió Mary McCarthy en una “Carta de Portugal”, y Alain Tanner, cineasta civilizado, no se anduvo con rodeos y llamó a esto “Ciudad Blanca”.

 

 

Por esas y por otras razones es muy difícil para un pintor plasmar el color de nuestra ciudad. A veces aparece en las acuarelas de Bernardo Marques, sí, un poco: o en l a ingenua suavidad de Carlos Botelho. Está en aquel atardecer casi lúgubre del Largo de Camoes, de Abel Manta, en la Rua Augusta a Noite, de un modestísimo académico como José Contente, y, sin duda, en la descripción del Alto de Santa Catarina de Joao Abel. Podemos verla en azul en la versión de Vieira da Silva, como ya la habíamos visto en un célebre azulejo del siglo XVlll pero, en Vieira da Silva, Lisboa es un recuerdo que le quedó en el corazón porque, incluso en otros temas muy alejados de éste, muchos de sus discursos cromáticos son ecos de los azulejos lisboetas por su luz y su composición ”


 

(Imágenes—1-Abel Manta- largo Camoes/ 2-Bernardo Marques -Lisboa- artnet/3- Rui Palha)

LA MAGIA DEL RECUERDO

 

 

“Tras aquella frente calcárea, sucia, cubierta por un musgo gris, cada nombre y cada título que se hubiera impreso alguna vez sobre la cubierta de un libro se encontraban, formando parte de una imperceptible comunidad de fantasmas, como acuñados en acero. De cualquier obra que hubiera aparecido lo mismo hacía dos días que doscientos años antes conocía de un golpe el lugar de publicación, el editor, el precio, nuevo o de anticuario. Y de cada libro, al mismo tiempo la encuadernación, las ilustraciones y las separatas en facsímil (…)

 

 

Conocía cada planta, cada infusorio, cada estrella del cosmos perpetuamente sacudido y siempre agitado del universo de los libros. Sabía de cada materia más que los expertos. Dominaba las bibliotecas mejor que los bibliotecarios. Conocía de memoria los fondos de la mayoría de las casas comerciales, mejor que sus propietarios, a pesar de sus notas y ficheros, mientras que él no disponía más que de la magia del recuerdo, de aquella memoria incomparable que, en realidad, sólo se puede explicar a través de cientos de ejemplos diferentes.”

Stefan Zweig

 


 

(Imágenes—1-Emilyhowart/ 2-gabinete portugués de lectura/ 3-Anastasia Lisitsyna)