REFLEXIÓN DESDE EL MAR

 

 

«No hay soledad más grande que la del mar. La primera noche en que me hallé solo entre cielo y agua sobre la cubierta de aquella monstruosa amalgama de madera vieja y de hierro mohoso que se llamaba el Paraná, ha sido la más triste de mi poquísima alegre vida.

Toda la pasada, día por día, hora por hora, se me vino a la memoria: la casa de Valladolid en donde nací, con su jardín, desde el cual, atados a un hilo, que ella me echaba desde su balcón de la casa inmediata, enviaba yo a Nieves Masas un puñado de alelíes y unos capullos de rosas; la iglesia de San Martín, en donde me bautizaron y donde me llevaba a misa mi madre; las dos hermanas rubias hijas de la hermosa marquesa de Villasante, las cuales, cuando niño, me habían parecido dos ángeles, y cuando mozo y estudiante, dos figuras flamencas, vivas, arrancadas de un cuadro de Rubens; todas las mujeres a quienes por mi madre había conocido, y cuya imagen y cuyo recuerdo adoraba por el de mi madre, cuya imagen, de todas cercada, evocaba en mi memoria con la maravillosa lucidez del sonámbulo y con la tristeza desesperada del moribundo; todo cuanto había amado, cuanto por algo, aún por el pesar, me había sido tan caro en mi existencia;

 

 

todo lo bello, lo luminoso, lo poético de mi pasado, la gloria, la amistad, el favor; todo lo que había podido obtener y no había querido aceptar por merecer la estimación de mi padre; todo lo alegre y fantástico de mi niñez; todo lo revuelto y  afanoso de mi juventud; todo lo aislado, lo esquivo, huraño, misterioso y desesperado de mi edad madura ; todo lo inútil de mis versos; toda mi ingratitud para con mi pueblo, que por ellos me había aplaudido y coronado y glorificado en vida; todo el pandemonium de efectos mal sofocados, de pasiones mal concebidas, de facultades mal empleadas, que habían producido el desvarío descarriado de mi imaginación, el vacío de mi corazón …, todo esto surgió en el caos de mi alma, y dudé de mí mismo, y desconfié de Dios, cuya faz contemplaba tras aquel azul estrellado cielo, a través de las vergas del Paraná, que el mar tranquilo inclinaba de babor a estribor y de proa a popa, según sus ondas se hacían espuma en sus costados o se partían en su quilla, resbalando partidas bajo su viejo y panzudo casco».

José ZorrillaRecuerdos del Tiempo Viejo»

(en los doscientos años del nacimiento de Zorrilla)

 

 

(Imágenes -1- Rober Adams – ngagov/ 2- Chip Hopper– weston gallery – artnet/ 3- David Doubilet – National Geografic)