CALDER Y LA INFANCIA DEL CIRCO

De vez en cuando los artistas retuercen los cables de la vida, transforman cuanto de establecido y rígido nos envuelve, conceden que las figuras se despierten a la libertad, al vuelo del viento, al impulso de las formas espontáneas. Entonces toman los objetos estables de la existencia y los hacen mobiles, con las manos le prestan gracia al movimiento, con los dedos modelan su imaginación. Se arrodillan ante la fantasía y juegan sobre la alfombra el juego de la creación: entonces los alambres viajan en el espacio, las cartulinas bailan oscilantes, los rasgos de humor que el aire trae enlazan de humor las construcciones, un hilo apenas perceptible nos hace soñar. Es el niño Calder disfrazado de Calder mayor que juega con el circo de la vida, con esos vaivenes que solemos hacer en el trapecio cotidiano, con el desfile de sonoros apellidos, con las falsas medallas de tantos payasos, con los caballos que giran dando vueltas y vueltas a un mismo sitio creyendo sin embargo avanzar. Son simples fuegos de artificio de la escultura viva, mitades de hojas, mitades de peces unidos con varillas de hierro, mitades de pájaros inmóviles que el artista hace continuamente mover y volar. Es la vida que nosotros intentamos mantener en constante equilibrio y que Calder logra desequilibrar en aires de formas invisibles. Nos recuerda que vivimos en movimiento. Nos recuerda que nos acuna la libertad.

(Imagen: Alexander Calder en 1971 -cortesía de la Fundación Calder)