OTOÑO 2010 (2) : LA VÍA LACTEA

“Es igual que un arroyo, la Vía Lactea,

a cuyos lados lucen las margaritas.

Medio anillo, el Creciente.

Y una mano, las Pléyades, que le señalan.

Mira la luna: es

barca de plata,

que acusa el peso

de la carga de ámbar.

Las Pléyades parecen

el lento palanquín de una camella

a la que el camellero

azuza, fastidiado, hacia Occidente.

Refulgen, tan brillantes,

que son igual que frascos

en que tiembla el azogue.

Tu talle es una rama sin fisuras.

Y tu rostro es un sol,

con el día en tu cuerpo”.

Ibn Al-Mutazz:Firmamentos” (Samarra 861-  Bagdad 908)

(Imagen.- foto: Rhys Logan.-National Geographic)

MÚSICA Y LITERATURA

Vinteuil en Proust, el compositor fantástico en “En busca del tiempo perdido“, Adrián Leverkün en Thomas Mann, el compositor imaginario en “Doktor Faustus” – la figura en la que se reconoció Arnold Schönberg -: músicos y escritores entrelazados en obras y en historia. En el caso de Proust sus conocimientos musicales fueron acompañados por los gustos familiares, por la frecuentación de los salones donde se celebraban conciertos, por las veladas musicales en el Ritz, las listas de representaciones de óperas, los ballets a los cuales asistió o la invitación para escuchar cuartetos. César Franck, Debussy, Fauré, Wagner, Chopin y Beethoven, entre otros, serán nombrados siempre por Proust con admiración. Ante ese “discurso sin palabras” – que así llamará él a la música – se trataba de reconstruir en cierto modo la obra musical dentro de la gran novela que con ecos y  ritmos propios participaría igualmente de la poesía.

En el caso de Thomas Mann podemos leer en “La novela de una novela“: “No he de olvidar una magnífica interpretación del cuarteto de Busch, en Town Hall, con la perfecta ejecución del opus 132 de Beethoven, esa obra suprema que yo, como por disposición del destino, oí por lo menos cinco veces en los años del “Faustus. Muy numerosas veces la música ha penetrado en la poesía y en muchas otras ocasiones ha sido ésta la que ha penetrado en la música. En “Il vento de Debussy“, como se ha demostrado certeramente,  la música influyó decisivamente en la poesía del italiano Montale. Como se han mantenido juntas – según varios autores – las poesías de Goethe y los Lieder de Schubert, la poesía de Mallarmé y la pieza de Debussy.

Igual que en en las relaciones entre música y pintura – al que alguna vez me he referido en Mi Siglo al hablar de Chopin y Delacroix -, la música ha transportado a escritores y pensadores, elevándolos por encima del tiempo. El francés Charles Du Bos contaba en su “Diario” (Emecé) al escuchar a César Franck: “Yo no tengo ninguna esperanza de traducir con palabras lo que significa para mí desde hace veintisiete años el quinteto. Desde los primeros compases me siento como girando, enviado de un lado a otro en el espacio, entre cielo y tierra, en una gigantesca hamaca donde, sin embargo, la misma opulencia reviste el valor y la coloración del heroísmo. Uno se siente “transportado” en el sentido etimológico y fuerte de la palabra. Sí, es esto lo que hace el quinteto de Franck: transportar“.

(Pequeña evocación cuando han aparecido una serie de volúmenes de la colección “Los escritores y la música“.-Ediciones Singulares)

(Imágenes:-1.-el violonchelista.-1957.-Robert Doisneau.-all-art.org/2.-Schönberg.-tres piezas para piano. op 11.-nº 1.-wikipedia/3.-trabajo de músico.-Siegerland, Alemania.-August Sander.-all-art.org)

EL VIAJE INVEROSÍMIL

“Estaba la mujer como desvaída, el rostro largo, bello, afilado de deudas. Estaba la mujer en el pasillo del “Mistral”, del “Ligure”, del “Saphir”, del “Helvetia”… Miraba la nada de los días encontrando la vida; miraba el sentido del hueco, la  belleza de Niza, de París, de Milán; miraba a Basilea sobre Francfort, Bruselas bajo Hamburgo y en Zurich… Alta, la frente clara, las arrugas internas, secciones transversales de hierro fundido, rieles de hierro forjado, rieles de acero suavemente invisibles entre capas de piel, máquinas de vapor silenciando rumor de pensamientos… Anduvo, (conforme el tren y la edad se  lanzaban), y al final del pasillo, abrió la puerta. Un viento  negro, de 1804, pasó desde Merthyr hasta Abercynon, y el viento se llamaba Trevithick, y con vapor a alta presión, le dio en la  cara. Cerró la puerta y cruzó como pudo hasta el otro vagón. Casi  sonrió al leer el anuncio: “El viajero que quiera cambiar de  asiento o prolongar su viaje lo manifestará al jefe del tren, el cual le expedirá un billete de suplemento, retirando el  ordinario”. Ella quería cambiar de asiento, alguien le impelía a  prolongar su viaje. Se arregló el pelo alborotado. Había  encanecido cincuenta años y miró la hora: 1854. Los relojes  en todas las estaciones se arreglan al de la catedral de  Valencia, decía aquel tablero. Entonces se apoyó en la  ventanilla y notó el ritmo y la intensidad del tren, la sangre  proyectada desde el ventrículo izquierdo a la aorta, provocando  una onda de presión que dilataba brevemente las paredes de las  arterias, la brillante lámina de las vías, el agua estancada en  la retina. ¿Habría rejuvenecido?. Sentía la lenta rapidez de “La  Fusée” de Stephenson a 47 kilómetros por hora. La vía óptica  transmitía la sensación de estar recorriendo de Stockton a  Darlington, por el condado de Durharn, cruzándose las fibras  nerviosas internas en el quiasma óptico, marchando paralelas al cerebro las fibras externas, 40 kilómetros de trayecto hasta la  corteza visual. “Siempre me dijo él que cuidara mis ojos, que  acabaría con gafas”, pensó. De repente notó un escalofrío: estaba casi envejeciendo, conquistando el «record» en la misma  Inglaterra, en 1846, con los 120 kilómetros por hora. Se apretó  fuerte a los salientes del vagón. Corría blanquecina, blanca,  veloz en cabellos y sienes por toda Francia, 1890, a 144  kilómetros por hora. Ni un alma en el pasillo: era su pelo en  América, hebras cenizas a 160 kilómetros en el reloj 1893. Se  agarró fuerte a cuanto pudo: 202 kilómetros por hora en  Inglaterra, 203 sobre Italia. El viento ‑sin humo, sin color, sin  gruñidos daba en la cara de la mujer roturada por dentro, a punto  de estallar, contenida… Dos locomotoras eléctricas la  arrastraban por 1955  a 331 kilómetros de vértigo. Cerró los  párpados. Los abrió asustada. Oscuro. Negrura como el primer  carbón. “¿Me he quedado ciega?“. Pasaban junto a su oído dos  kilómetros de túnel Huntington‑Lake de California, uno del Simplón italiano, otro ahogado kilómetro del Lotschberg en  Suiza…

A tientas, caminó por los pasillos‑túneles de Otira, el  Transandino de Argentina y Chile, el Hoosac de Massachussets, el  Sutro de Nevada… Extendía los brazos esqueléticos en la  oscuridad.

‑¿Signora?…

La luz volvió a las cuencas, y un empleado del “Settebello” le  ofrecía un lugar en el departamento panorámico a la cabecera del  tren. “No. La puerta. Esa puerta. Huir de las miradas. Escapar.  Dejar a todos cuanto antes. ¿Sabe?, odio estas fiestas de resplandor“. Abrió aquella puerta la mujer, y el aire la arrolló  en juventud. Tuvo que sujetarse a unos barrotes y golpear,  golpear con ellos fieramente hasta matar: ser asesina de su  propio mareo. Tenía ante sí una locomotora de carro giratorio y  una larga caldera horizontal, unida a una caja de fuego. Ella era  entonces muy joven. Delgada y elegante, no se parecía en nada a  la dama del tren. De ilustre familia, no le agradaba sin embargo,  el “snobismo” de cierta aristocracia inglesa, cuya feminidad  distinguida solía alternar amantes y bebidas con apuestas y  juegos. Miraba ahora a los alabarderos formados, y oía en los  cercanos desmontes, salvas de artillería: su mente estaba lejos  de la elegante playa de Bringhton, del gran balnerario de Bath, y  de los salones de Almack’s donde se  probaba, puntualmente, el  thé. Ante aquella solitaria locomotora, el tren de su vida  avanzaba a buen ritmo. No era ilusión óptica viajar tras una  máquina de Baldwin quizá por Filadelfia, ir seguido por el primer  ferrocarril de lujo ‑el “Experiment” de Stephenson, con su convoy  de coches adornados con asientos de seda, acolchados sillones y  brillantes espejos‑, y dirigirse al fin, desde Madrid hasta  Aranjuez, todo ello evocado en un 9 de febrero de 1851, cuando  alcanzó la línea, desde la estación terminal hasta la puerta de  Damas del propio palacio, ‑tendidos los carriles por los amplios  jardines‑, para detenerse allí donde desembocaba la galería de  las capillas, de fácil comunicación con la principal entrada de  la real residencia de Isabel.

‑¿Madame?…

La mujer volvió la cabeza. Un giro…, y la hizo encanecer. El  empleado del “Brabant” parecía hablarle a una velocidad media de  123 kilómetros por hora. No conseguía ser el tren diesel  Nueva  York‑Los Angeles, ‑el más rápido del mundo‑: 165 kilómetros de  velocidad media; tampoco se acercaba al tren experimental,  accionado por motores diesel, que en el curso Chicago‑Burlington‑  Quincy, había recorrido el más largo trayecto sin pararse: 1.658  kilómetros, al ritmo de 125 kilómetros por hora.

‑¿Madame?…

El empleado del “Edelweiss” mostraba la diferencia de los Países  Bajos, el acento de Bélgica, el tono de Luxemburgo. Atravesaba  cinco naciones, pero no conseguía el «record» de la “Union  Pacific Railway“, su tren compuesto por una locomotora diesel y  diecisiete vagones que unían Salt Lake City con Caliente: 520  kilómetros, sin parada intermedia.

La mujer quiso abrir la puerta del Berlin de los Emperadores, del  San Petersbusgo de los Zares, la puerta de la Viena de Francisco  José…

Dobló una manilla, y asomó el “Transalpin“; entreabrió un poco  más y sorprendió al “Sud‑Express“; empujó a fondo y, vislumbró a  la vez, al japonés “Hikari“, al turco “Bogazici” y al danés “Syd‑  Vestjyden”

De repente le asombró el tremendo frenazo. Un fondo azul sobre  luz vaporosa descubría la estación “Saint‑Lazare” de París.

‑Es maravilloso. Una verdadera fantasmagoría. En el momento de la  salida de los trenes, el humo de las locomotoras es tan denso que  casi no se distingue nada ‑decía Monet instalado ante su  caballete.

Asentía Renoir. Tendría el óleo, Caillebotte. Por fin, lo  adquirirá Durand‑Ruel.

La mujer miró extasiada el cuadro. Recordaba el motivo del  ferrocarril en paisajes de Turner; pensaba en los trenes que  pintaba Manet, Pisarro, Sisley.

De improviso los cuadros se animaron. Lo fijo se puso en  movimiento. Era el Discóbolo, el Choque del Futuro. “¿Realmente  habrá próximas fuentes de energía?… ¿La pila combustible…, la  propulsión por campo electromagnético?… ¿El motor a  reacción?… ¿La turbina?”…

El vagón que acababa de pisar era un vacío inmenso: un mensaje  sentado, viajaba a la velocidad de la luz; tardaba cincuenta mil  años en llegar desde el centro a la periferia.

La mujer se detuvo invisible ante el mensaje inerte.

El mensaje tardaría en volver otros cincuenta años: para  entonces, no existiría ya quien lo había enviado, no existiría  quien esperaba respuesta. Tampoco la mujer. Ni siquiera el tren.  Quizá ni la misma Galaxia. Ni el Hiperespacio. Ni el  Superespacio. El mensaje podría perderse por todas las entradas y  salidas que existirían en todas partes: en los espacios entre las  galaxias; en los espacios entre las estrellas; en el agujero  central de la curva interior del anillo sólido. En el Algo de la  Nada de Alguien.

Era allí y en infinitas veces, donde podría perderse el inmenso  contenido vacío del minúsculo mensaje invisible.

‑¿Madame?…

Un tren interminable.

‑¿Signora?…

Silencios opacos en los vértigos.

“¿Estaba el tren en marcha?”

“¿Estaba quieto?”

Puertas, ventanillas, pasillos, maderas alargadas, bloques de  acero sin que se viera el fin…

Voces en eco repetido.

‑¿Madame?…

‑¿Signora?…

No contestaba. De modo etéreo, surcaba por el tren sin final. No  podía verse, ‑no podía detenerse‑, pero en sus células volvió a  sentir la juventud. Las preguntas le parecían utopías: “¿Llegaría  un instante en que podría definirse y producirse objetos  económicos «a medida»…, y ello gracias a utilizar  calculadoras por análisis…, gracias a procedimientos  automáticos de fabricación?… ¿Se lograría un control limitado  del tiempo?…, ¿del clima?… ¿Habría una etapa donde el empleo  efectivo surgiera de la comunicación electrónica directa, a  través de la estimulación del cerebro?”… ¿Y ella? ¿Y sus  estímulos? ¿Y el anhelo exasperado del tren por alcanzar la  cordura, estabilidad, velocidad, seguridad?… Oyó gritos lejanos  en niebla de vapores. Proseguía vertiginosamente pasillos  adelante, en vagones enlazados: un viaje interminable. Todo, era  un frío tren vacío sin sentido, y ella no conseguía detenerse en  su búsqueda de puerta  a ventanilla, de picaporte a uno, y otro,  y otro compartimento. Inesperadamente se sintió fuertemente  sujeta.

‑¿Madame?‑ decía una voz.

Era Nadie. Un murmullo de júbilo la hizo volver la cabeza. Era  ella una mujer viejísima, las sienes plateadas como una abuela.  Asomó la cabeza y vio la radiante mañana del miércoles 15 de  septiembre de 1830. Parecía la inauguración oficial de un  acontecimiento: el ferrocarril entre Liverpool y Manchester, con  asistencia del primer ministro , el duque de Wellington. Miró  asombrada a casi un millón de personas apiñadas entre los dos  terminales y a lo largo del trazado. George Stephenson había  seleccionado ocho locomotoras para tal ocasión.  A la primera  “Northumbrian“, le seguían a intervalos siete trenes encabezados  por “Fénix”, “Estrella del Norte”, “Cohete”, “Dardo”, “Cometa”,  “Flecha” y “Meteoro“. Era la estación de Crown Street, en  Liverpool. Una banda de música acompañó el deslizamiento por  gravedad de los vagones que marchaban a lo largo del túnel que  conducía desde Liverpool hasta Edgehill, allí donde se  enganchaban las locomotoras y avanzaba el ferrocarril.

El viaducto construido sobre el Sankey Brook y el Sankey Canal,  hizo que la atención del duque manifestara exclamaciones de  asombro. Los trenes, entonces, ‑la mujer anciana lo veía‑,  alcanzaron la velocidad de 38 kilómetros, mientras que las  primeras locomotoras pronto llegaron a Parkside, a 17 kilómetros  de Liverpool.

En el hueco aislado de su ventanilla, la mujer oyó un grito. Era  un escalofrío. Los trenes se habían detenido para tomar más agua,  y a pesar de los avisos insistentes, alguien había desobedecido.  Carreras, pánico, chillidos. El ex‑ministro “tory” liberal,  William Huskisson, parecía haber mantenido el picaporte de una  puerta, a pesar de su reciente operación en una pierna que le  llevaba a la parálisis. La mujer no consiguió ver la llegada de  “Cohete”, cuarta locomotora que se acercaba a Parkside por vía  paralela; sin embargo sí oyó cómo el duque de Wellington gritaba:  “Huskisson, ¡vuelva a su sitio! ¡Por el amor de Dios, vuelva a su  sitio!“. Pero Huskisson, mantenía, al parecer, la puerta del  vagón de par en par abierta para que subiese la gente. No logró  cambiar su movimiento y retirarse a tiempo. El largo grito le  llegó a la anciana como un silbido de estremecimientos.  Huskisson, tropezando, había caído bajo el vagón segundo.  Mientras apresuradamente le oprimía un tenso torniquete el conde  de Wilton, la mujer escuchó una voz de temblores. “Voy a morir,  Dios me perdone“. George Stephenson hacía desenganchar dos  vagones de la “Northumberland” y los transformaba en ambulancia.  El propio Stephenson tomó el mando de la locomotora, subió a dos  cirujanos y al enfermo, y velozmente partió para Eccless Bridge,  hacia la vicaría del reverendo Blacburne. A 56 kilómetros por  hora salió hacia Eccless; luego reunió en Manchester a cuatro  cirujanos y volvió al moribundo.

William Huskisson, señora ‑escuchó ella a alguien‑, ha fallecido  a las nueve de esta noche.

El tiempo espléndido de Liverpool se nubló, y un viento portador  de lluvia rebotó en mil gotas sobre las locomotoras de  Manchester.

Entonces la mujer corrió y corrió, sabiéndose alada y alocada de  vagón a vagón, de vacío a vacío. El pasillo inaudito tenía ahora  todas las puertas abiertas. Era un túnel desierto. La mujer  envejecía y hacíase joven: era una niña, una anciana, una dama de  arrugas…, una adolescente. Lo notaba en sus poros. Viajaba  hacia Marte por el canal del espacio. Del espacio. Del  Superespacio de Galaxias unidas por cabinas.

Al fin, sintió una puerta. Algo hermético. Cerrado. Ella era una  vieja sin fuerzas que ya no podía más.

Abrió la puerta doblando sus esfuerzos.

Era Munich, Belgrado,Lausanne, Venecia, Zagreb, Ljublajna,  Sofia… Sentados charlaban animadamente, Proust, Morand,  Guatier, Cendrars, Zola, Greene, Flaubert... Se escuchaba música  de Strauss y de Berlioz. Los hermanos Lumière rodaban una  instantánea. John Ford preparaba su “The Iron Horse“. Buster  Keaton se vestía de Maquinista de la General. Tourjanski y  Bragaglia disponían sus cámaras.

‑Messieurs, présentez los billets si’l vout plait.

La mujer parada en el umbral, lo admiraba todo.

‑¿Signora?.. ‑escuchó.

‑¿Madame?…

Dio un breve paso.

‑Desearía saber si esto es…

En la esquina, dos ojos perspicaces la observaban.

‑…Estambul ‑pudo oír‑ El cementerio del “Orient‑Express”

‑¡Agatha! ‑escuchó la mujer de Ian Fleming.

‑¿Y usted?… ‑proseguían los ojos inquietantes‑ ¿Usted quién  es?…

La mujer dio un paso atrás estremecida.

‑¿Yo?…

Los ojos clavaron de un golpe la frase:

‑Señora…, me intriga quién puede ser usted… ‑e hizo una  pausa‑ ¿No sabe usted que esto es un cementerio?… La tumba de  Estambul

La miró y dijo suavemente:

‑Esta es una vía muerta… Señora, ‑con perdón‑, pero creo saber que usted se ha equivocado desde siempre, y para siempre, de tren  y de vida”.

José Julio Perlado: “El viaje inverosímil“.-(Finalista del Premio de Narraciones Breves “Antonio Machado”).-Fundación de los Ferrocarriles Españoles, 1996

(Imágenes:-1.-tren nocturno-shastaunset.com/2.-Pullman británico.-irtsociety.com/3.-Monet.-Saint-Lazare.-1877.-artchive.com/4.-Pullman británico.-cortesía de Orient Express.-irsociety.com/5.-Alfred Stieglitz.-all-art.org/6.-Orient Express.-latin.es)

MIRÓ EN NUEVA YORK

“Yo pinto como si fuera andando por la calle-declaraba Miró -. Recojo una perla o un mendrugo de pan; es eso lo que doy, lo que recojo, cuando me coloco delante de un lienzo, no sé nunca lo que voy a hacer; y yo soy el primer sorprendido de lo que sale”.

“Ir de mejoramiento en mejoramiento, en el sentido extremo de la palabra, es ir hacia una pura decadencia. Por donde hay que ir perfeccionándose es por dentro, a pesar de que ello comporte, como sucede con frecuencia, un fracaso exterior”.

“Considero que para hacer algo en el mundo se ha de sentir amor al riesgo y a la aventura y, sobre todo, saber prescindir de eso que el pueblo y las familias burguesas llaman “porvenir”.

“No creo que el arte haya llegado a ningún callejón sin salida. El hombre siempre irá abriendo nuevas puertas; lo importante es saber a dónde conducen esas puertas. Y luego tener fuerza para emprender el camino que se vea desde ellas”.

Revista de homenaje J. Morral, Tarrasa 1949.-Declaraciones a “La Estafeta Literaria” 13-Xll.1958

( El Museo Metropolitano de Nueva York ha anunciado la exhibición de trabajos realizados por el pintor Joan Miró,  que se iniciará el 5 de octubre próximo y culminará el 17 de enero de 2011)

(Imágenes:-1.-Miró.-Algoritmos de cifrado y constelaciones en el amor de una mujer, 1941.-Art Institute.-Chicago.-Olga ´s Gallery/2- Miró ante una de sus litografías.-AFP.-google.com/3.-Constelación: despertar de la aurora.-1941.-Olga ´s Gallery/ 4.-baño de mujer.-1925.-Centro Georges Pompidou.-Olga ´s Gallery)

OTOÑO 2010

“A través de la paz del agua pura,

el sol le dora al río sus verdines;

las hojas secas van, y los jazmines

últimos, sobre el oro, a la ventura.

El cielo, verde, en la más libre altura

de su ancha plenitud, deja los fines

del mundo en un estremo de jardines

de ilusión.  ¡Tarde en toda tu hermosura!

¡Qué paz! Al chopo claro viene y canta

un pájaro. Una nube se desvae

sin color, y una sola mariposa,

luz, se sume en la luz…

Y se levanta

de todo no sé qué hálito, que trae,

triste de no morir aún más, la rosa”.

Juan Ramón Jiménez:Octubre“.-Sonetos espirituales.- Segunda antolojía poética (1898-1918)

(Imagen.-otoño en bosques de Virginia.-foto Christopher Burkett.-1991.-Michael Ingbar Gallery.-New York.-artnet)

CRÍMENES Y GASTRONOMÍA

Poirot agarró con brusco ademán el martillo de azúcar que se encontraba en la biblioteca, lo hizo girar y lo abatió…como si fuera a partir el cráneo de Robin. El gesto había sido tan terrorífico que más de uno exhaló un grito”, se lee en La señora McGinty ha muerto. Agatha Christie, en uno de sus viajes por el mundo acompañando a su segundo marido, quedó pasmada ante aquel objeto que tenía ante sí sobre la mesa del comedor: un martillo de azúcar adornado con dibujos de pájaros y una cabeza de gamo. Aquello le proporcionó el germen de la acción que en una de sus novelas ejecutaría Hércules Poirot. La gastronomía rodeó a la escritora en muchas ocasiones de su vida. En 1961 la autora de “Muerte en el Nilo”  invitaba así a su casa a una amiga suya: ” ¿Quieres venir a las ocho y media? Degustaremos una gran cantidad de caviar. No habrá nada más que café solo, pero es posible que comamos una cantidad de caviar suficiente como para no desear otra cosa. De todas maneras, siempre habrá jamón”. En su novela Después del funeral“, la escritora señala con ironía: “tras el delicioso caldo de pollo y las carnes frías regadas con un excelente vino de Chablis, la atmósfera fúnebre se aligera bastante“.

Agatha Christie fue durante toda su vida una infatigable consumidora de manzanas, una de sus frutas preferidas junto con los melocotones que cultivaba en su propiedad de Greenway House. Fue allí, al cumplir los ochenta años, cuando quiso recibir de manera especial a sus familiares y amigos: ” anoche – contaba la escritora al día siguiente -, picnic en la landa con cinco perros y un magnífica cena: aguacates a la vinagreta, langosta con crema, helado de moras y auténticas moras con mucha nata y, ¡oh, qué delicia!, una gran jarra de verdadera nata para mí y champán para los otros...”.

Se ha dicho que cierta glotonería en la novelista pudo surgir ya en casa de sus padres, cuando éstos invitaban a cenar a Henry James o Rudyard Kipling. Igualmente se ha escrito que, poco tiempo después de casarse con Archibald  Christie, su primer marido, cuando ella trabajaba como enfermera voluntaria, le intrigaba la presencia de “unas botellitas azules y verdes con etiquetas rojas” que llegaron a inspirarle un poema:

“Se halla el sueño, el reposo, el reflujo de los dolores,

pero también la amenaza, el asesinato y la muerte repentina,

en esos frascos verdes y azules…

Entre otras numerosas investigaciones se encuentra la tesis de Farmacia “Estudio crítico del uso de los tóxicos en la obra de Agatha Christie. Son los venenos extraídos de frascos azules y verdes, a veces disueltos en sabrosas recetas de gastronomía. Es el asesinato líquido, apenas desvelado, aquel que sabrán descubrir pacientemente los detectives. Mientras tanto Agatha Christie, levantando su cabeza de la máquina de escribir, parece que nos invitará a desgustar su menú personal.  Su biógrafa nos lo recuerda muy bien: “eran platos simples pero deliciosos: huevos con bacon, pollo frío con mayonesa (una de sus especdialidades), tortilla o tostada con anchoas, algo que sus invitados no olvidaban así como así”.

(Pequeña evocación ahora que se comentan los 120 años de Agatha Christie)

(Imágenes:-1-la escritora en su casa.-travelnauta. com/2.-Agatha Christie.-librosgratis)

UN CLAVEL EN EL LABIO

“Bastábale al clavel verse vencido

del labio en que se vio (cuando, esforzado

con su propia vergüenza, lo encarnado

a tu rubí se vio más parecido),

sin que, en tu boca hermosa, dividido

fuese de blancas perlas granizado,

pues tu enojo, con él equivocado,

el labio por clavel dejó mordido;

si no cuidado de la sangre fuese,

para que, a presumir de tiria grana,

de tu púrpura líquida aprendiese.

Sangre vertió tu boca soberana,

porque, roja victoria, amaneciese

llanto al clavel y risa a la mañana”.

Francisco de Quevedo: “A Aminta, que teniendo un clavel en la boca, por morderle, se mordió los labios y salio sangre

(Imagen.-clavel.-jardinería.com)

VIEJO MADRID (20) : CIUDAD A VISTA DE PÁJARO

“Qué magnífico sería abarcar en un solo momento toda la perspectiva de las calles de Madridescribe Galdós desde la torre del periódico, desde la torre de la iglesia más alta de Madrid, la iglesia de Santa Cruz -; ver el que entra, el que sale, el que ronda, el que aguarda, el que acecha; ver el camino de éste, el encuentro, la sorpresa del otro; seguir el simón que es bruscamente alquilado para dar cabida a una amable pareja; verle divagar como quien no va a ninguna parte; verle parar depositando sus tórtolos allí donde un ojo celoso no se oculta entre el gentío; ver el carruaje del ministro, pedestal ambulante de dos escarapelas rojas, dirigirse a la oficina o a Palacio, procurando llegar antes que el coche del nuncio, mirar hacia la Castellana y ver la vanidad arrastrada por elegantes cuadrúpedos, midiendo el reducido paso como si el premio de una regata se prometiera al que da más vueltas; sorprender las maquinaciones amorosas que en aquel laberinto de ruedas se fraguan durante el momentáneo encuentro de dos vehículos; ver al marido y a la mujer arrastrados en dirección contraria, rodando el uno hacia el naciente y el otro hacia el poniente, permitiéndose, si se encuentran, el cambio de un frío saludo; ver la gente pedestre en el paseo de la izquierda contemplando con envidia la suntuosidad del centro; seguir el paso incierto del tahur que se encamina al garito; ver descender la noche sobre la villa y proteger en su casta oscuridad la pesca nocturna que hacen en las calles más céntricas las estucadas ninfas de la calle de Gitanos; oir la serenata que suena junto al balcón y contemplar la rendija de luz que indica la afición musical de la beldad que vela en aquella alcoba; esperar el día y ver la escuálida figura del jugador que, tiritando y soñoliento, entra en el café a confortarse con un trasnochado chocolate; (…) ver de quién es el primer cuarto que recoge el ciego en su mano petrificada; ver salir de una puerta un ataud gallegamente conducido, y saber dónde ha muerto un hombre; ver salir al comadrón y saber dónde ha nacido un hombre; ver…, pero a dónde vamos a parar.

¡Cuántas cosas veríamos de una vez, si el natural aplomo y la gravedad de nuestra humanidad nos permitieran ensartarnos a manera de veleta en el campanario de Santa Cruz que tiene fama de ser el más elevado de esta campanuda villa del oso! ¡Cuántas cómicas o lamentables escenas se desarrollarían bajo nosotros! ¡Qué magnífico punto de vista es una veleta para el que tome la perspectiva de la capital de España!”.

(Benito Pérez Galdós en “Revista de la Semana“, octubre 1865)

El ojo de Galdós, que aún no se ha inclinado sobre sus novelas, mira atentamente como periodista la ciudad de Madrid desde la altura de esta torre de 144 pies, atalaya de la Villa según el Diccionario de Madoz, que descuella sobre todas las demás de la población,” aunque por su forma cuadrada, sencilla y sin ornato alguno – y así lo recoge Mesonero -, sea por otro lado un objeto digno de la atención del viajero que se acerca a la capital”.

Pero ha habido otro ojo sobre Madrid, metido en la pupila del demonio, el ojo de Vélez de Guevara dos siglos antes que Galdós, escondido en El Diablo Cojuelo, que mira desde la altura a Madrid. Lo mira desde la torre de la iglesia de San Salvador donde se contempla la ciudad a vista de pájaro, levantando con la vista los tejados:

«Vamos, don Cleofás -le dijo El Diablo cojuelo -. que quiero comenzar a pagarte en algo lo que te debo». Salieron los dos por la buharda como si los dispararan de un tiro de artillería, no parando de volar hasta hacer pie en el capitel de la torre de San Salvador, mayor atalaya de Madrid, a tiempo que su reloj daba la una, hora que tocaba a recoger el mundo poco a poco al descanso del sueño; treguas que dan los cuidados a la vida, siendo común el silencio a las fieras y a los hombres; medida que a todos hace iguales; habiendo una prisa notable a quitarse zapatos y medias, calzones y jubones, basquiñas, verdugados, guardainfantes, polleras, enaguas y guardapiés, para acostarse hombres y mujeres, quedando las humanidades menos mesuradas, y volviéndose a los primeros originales, que comenzaron el mundo horros de todas estas baratijas; y engestándose al camarada, el Cojuelo le dijo:

Don Cleofás, desde esta picota de las nubes, que es el lugar más eminente de Madrid, mal año para Menipo en los diálogos de Luciano, te he de enseñar todo lo más notable que a estas horas pasa en esta Babilonia española, que en la confusión fue esa otra con ella segunda de este nombre.

Y levantando a los techos de los edificios, por arte diabólica, lo hojaldrado, se descubrió la carne del pastelón de Madrid como entonces estaba, patentemente, que por el mucho calor estivo estaba con menos celosías, y tanta variedad de sabandijas racionales en esta arca del mundo, que la del diluvio, comparada con ella, fue de capas y gorras. (…)

-Dejémoslos cenar -dijo don Cleofás-, que yo aseguro que no se levanten de la mesa sin haber concertado un juego de cañas para cuando Dios fuere servido, y pasemos adelante; que a estos magnates los más de los días les beso yo las manos y estas caravanas las ando yo las más de las noches, porque he sido dos meses culto vergonzante de la proa de uno de ellos y estoy encurtido de excelencias y señorías, solamente buenas para veneradas.

-Mira allí -prosiguió el Cojuelo– como se está quejando de la orina un letrado, tan ancho de barba y tan espeso, que parece que saca un delfín la cola por las almohadas (…)  Allí, más adelante, está una vieja, grandísima hechicera, haciendo en un almirez una medicina de drogas restringentes para remendar una doncella sobre su palabra, que se ha de desposar mañana. Y allí, en aquel aposentillo estrecho, están dos enfermos en dos camas, y se han purgado juntos, y sobre quién ha hecho más cursos, como si se hubieran de graduar en la facultad, se han levantado a matar a almohadazos. (…) Pero mucho más nos podemos entretener por acá, y más si pones los ojos en aquellos dos ladrones que han entrado por un balcón en casa de aquel extranjero rico, con una llave maestra, porque las ganzúas son a lo antiguo, y han llegado donde está aquel talego de vara y media estofado de patacones de a ocho, a la luz de una linterna que llevan, que, por ser tan grande y no poder arrancarle de una vez, por el riesgo del ruido, determinan abrirle, y henchir las faltriqueras y los calzones, y volver otra noche por lo demás; y comenzando a desatarle, saca el tal extranjero (que estaba dentro de él guardando su dinero, por no fiarle de nadie) la cabeza, diciendo: «Señores ladrones, acá estamos todos», cayendo espantados uno a un lado y otro a otro, como resurrección de aldea, y se vuelven gateando a salir por donde entraron”.

(Luis Vélez de Guevara.-“El Diablo cojuelo” año 1651.–Tranco 1 y 2)

Lo miran todo los ojos de los escritores, siempre lo han mirado.

Los ojos de Galdós en 1865 y los de Vélez de Guevara en 1651.

Ojos sobre Madrid atentos, husmeando vidas. Levantan los tejados con la literatura.

(Imágenes:-1.-Madrid a vista de pájaro.-calles alrededor de la Plaza de la Villa.-bing maps/2.-Plano de Texeira.-1656.-señalado con B se encontraba la iglesia del Salvador, donde Vélez de Guevara sitúa parte de la acción de “El Diablo cojuelo”, hoy es el número 70 de la  calle Mayor/3.-iglesia de Santa Cruz de Madrid)

CONVERSACIÓN CON MUJICA LÁINEZ

“Lo que me ha importado al escribir sobre Buenos Airesme dice Mujica Láinez – ha sido tratar de exaltarla, creándole los mitos de los cuales esa ciudad carece, porque las grandes ciudades europeas los tienen hace mucho tiempo;  la mía, tenía elementos con los cuales se la podía rodear de un hálito mítico; en los cuentos de Misteriosa Buenos Aires, una de las cosas que busqué fue el vincular esta ciudad tan remota con ciertos temas universales: así escribí un cuento en el que un hombre, al fallecer hacia 1800, sólo entonces se da cuenta de que él es el hijo de Maria Antonieta; en otra narración, unos pilletes le envían una carta al niño enano del cuadro de Las meninas para entregarle una receta que quitara el embrujo del rey Carlos, etc.”.

“Yo no he tenido nunca seguridad como escritor – me sigue diciendo el autor de Bomarzo -. ¿Qué escritor la tiene? Yo no marqué ningún camino, pero lo que sí es cierto es que he podido ver cómo los libros míos se dividen en distintos períodos: el período porteño; luego, los libros de reconstrucción histórica; después los libros en que despego de la historia; por fin, el retorno a los tiempos primeros. Esas distintas etapas se conjugan en cierto modo y sin duda crean una unidad: son como peldaños.

Pienso que una de mis grandes características ha sido quizá la inconsciencia; gracias a eso todavía ahora miro hacia delante como si me faltaran treinta o cuarenta años de existencia. Me ha ayudado mucho mi gran vitalidad, como también me perjudicó el periodismo, y respecto a la ilusión siempre he pensado que la justificación de mi paso por el mundo era la obra que pudiese hacer, puesto que no soy de los que anhelan sobre todo plantar un árbol o tener muchos hijos; los tengo, y por supuesto los quiero, pero algo ha habido en mí más principal”.

“Quien conozca mis novelas verá cómo me gusta jugar con el tiempo – sigue diciéndome -. En Bomarzo o en El Unicornio voy y vuelvo hacia adelante y hacia atrás con el tiempo; lo mismo va a suceder con El escarabajo, donde van a tener tanto papel los dioses egipcios, como Mercurio, o como la Musa, o como los ángeles…, todos van a estar en el mismo plano. Para mí, la ciudad es menos inportante que las casas: las casas me importan mucho; las casas y lo que ellas encierran: lo mismo el castillo y el parque de Bomarzo que la vivienda de mi novela La Casa o la quinta de Aquí vivieron. Lo del pasado reconstruido, creo que proviene de tradición familiar; cuando escribo los libros sobre Buenos Aires, mucho elemento de la reconstrucción nace del anecdotario; en el caso de Bomarzo y El laberinto ellos me han exigido muchísimo estudio y rigor, los he ido haciendo como podía elaboraralos un historiador, y después se sumará a él un narrador, calculándolo todo para que no pese”.

“Lo que más ha influido en mi obra literaria – me continúa diciendo – ha sido mi adolescencia. Mi primerísima juventud ha influido sobre las novelas, puesto que yo me dediqué a reconstruir un poco lo que fue la sociedad tradicional de Buenos Aires; como yo era un muchacho muy andariego y frívolo, iba de aquí para allá; eso luego me fue muy útil para escribir novelas. Me pasó algo parecido a Proust. Con todo ese material escribí libros de la sociedad de Buenos Aires e inluso esa novela que transcurre en el teatro Colón, tiene por origen aquellas épocas mías primeras.

Otra novela mía, en cambio, El escarabajo, es un libro aparte de lo que he hecho hasta ahora. (…) En cualquier cosa que he escrito, antes de empezar un capítulo trazo de modo exacto un plan, y me atengo a él; los personajes no me conducen, como a tantos otros autores les sucede; los reduzco a que vivan dentro del mismo plan; y lo mismo, los capítulos”.

“Hay una tendencia en mí –me dice Mujica -a todo lo invisible, desde niño siempre he tenido la impresión de vivir rodeado de presencias invisibles. Me han sucedido en la vida cosas curiosas. No he podido apartar la idea de que algunas de esas ideas curiosas eran muy reales; por ejemplo, que cuando se apaga la luz y está la oscuridad todo cambia, y quién sabe qué habrá ahí en lugar de lo que había; eso me asusta un poco”.

De repente se apaga la luz. ¿Estamos en 1979 o en 2010? ¿ Soy yo el que está presente y Mujica Láinez es el desaparecido, o es él el que se me aparece en la oscuridad evocándome aquellas frases que me dijo en Madrid hace ya 31 años? Del  cansancio de los objetos me habló aquel día y lo reproducí en Mi Siglo. Como me habló de la misteriosa desaparición de su sortija y también lo conté. Le miro ahora fijamente con la luz apagada al autor de El Laberinto y parece que no hubiera pasado el tiempo, parece que fue ayer.

(“Diálogos con la cultura”, pás 205-212)

(Recuerdo del gran escritor argentino en el centenario de su nacimiento: septiembre 1910-2010)

(Imágenes: 1.-Manuel Mujica Láinez.-foto Aldo Sessa.-lanación.com/2.-Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato y Mujica Láinez.-lanación.com/3.-Mujica Láinez en la presentación de su novela “El gran teatro”, con Mirtha Legrand y Nicolás García Uriburu, en 1979.-foto La Nación.-lanación.com/4.-casa de Mujica Láinez en “El Paraiso” La Cumbre.-Córdoba.-alacumbre.com/5.-foto La Nación.-lanación.com)



CHABROL

“El problema del cineasta es doble – dijo Claude Chabrol -: hacer que su pensamiento lo comprenda la mayor cantidad de gente, lo que supone un problema de forma, y desmontar el mecanismo de esta realidad, huir del falso sentimiento, mostrar que el progreso de una sociedad alienada se encuentra en la putrefacción de sus valores fundamentales”.

(Pequeño recuerdo del director de cine que hoy ha muerto en París)

(foto.- Claude Chabrol.-crosstidelarc. fileave)

CALIGRAFÍA

“He intentado esta mañana hacer una pausa en la oficina, tomar aliento y no contestar mal al subdirector general y pensé en mi madre, en aquella cocina bajo la campana de la chimenea, los cacharros limpios y refulgentes colocados en las paredes, las sartenes, las ollas, los cuchillos y en el centro la mesa con su mantel de hule y la lámpara de pantalla verde con la luz cayendo sobre mi mano y también sobre su mano, rodeándome su mano los nudillos, la mano de mi madre es sonrosada y cálida, nunca me ha dado una bofetada, la mano de mi madre me cubría la mía sobre el cuaderno de caligrafía y la voz de mi madre hablaba muy cerca de mi oreja, tiene una voz firme y suave a la vez, cuando quiere se enzarza con los vecinos e incluso les grita, tiene razón, porque la convivencia es difícil y ella sabe defender su territorio, defender a mi padre, a mi hermano y a mí, aunque cuando me cubre con su mano y me lleva el pulso de la caligrafía en el cuaderno cuadriculado su voz junto a mi oreja es decidida y dulce, más decidida que dulce, ten cuidado con las eles, hijo, me va diciendo, tienes que seguir hasta arriba sin separar el lápiz del papel porque son como árboles, ¿ los ves?, son palos, hay que subir despacio, así, ahora te llevo yo, no, no sueltes el lápiz, luego afinaremos la punta porque se está poniendo gruesa, pero ahora estate en lo que estás, tiene que subir hasta arriba la ele y luego bajar sin parar ni separarte, así, bien, yo creo que ahora sí lo estás haciendo bien.

He intentado luego salir del despacho del subdirector general sin dar un portazo, procurando incluso que encajaran bien las hojas de las puertas al cerrarse y no soltar el pomo de la puerta bruscamente como hago siempre, dejar que los nudillos se apartaran del pomo suavemente, como si no pasara nada aunque todo está pasando, porque me han encargado por cuarta vez el mismo informe, había que repasarlo y consultarlo en el ordenador y además él dejó caer la crisis de la empresa, que, en principio, dijo, no me afectaría a mí porque llevo ya años, pero que las empresas, y eso sí lo dijo mirándome a los ojos, no son sitios para toda la vida, tienen sus vaivenes igual que las personas, y así salí caminando deprisa por los pasillos, no quise bajar por la escalera principal para no encontrar a compañeros, iba nervioso y bajé la escalera lateral que casi nunca uso, bajé con las páginas del informe en la mano descendiendo deprisa, huyendo de no sé qué, sin duda de mí mismo, con esta vena que se me pone en la sien y esta aceleración del corazón como si se desbocase, como si me fuera a caer por la escalera, y aquello me hizo otra vez volver a los recuerdos.

Recuerdo la paz de aquella cocina en la noche, la cortinilla que nos separaba de los dormitorios, el silencio de la casa y la pausa, la pausa con la que mi madre acercaba su silla a la mía, acercaba su olor limpio a mi cuerpo, a mí me tiraban un poco los pantalones cortos, había veces en que me caía de sueño, intentaba apoyar mi cabeza doblada en el hombro para escribir más descansado pero mi madre, recuerdo, con su mano izquierda me iba enderezando la derecha mía, nada decía, no me regañaba, comprendía que no eran horas para estar atento, pero había que hacerlo, repetir una vez más el trazo de la ele como repetiría yo ahora por cuarta vez el mismo informe mientras bajaba deprisa las escaleras. Pero no corras, hijo, no vayas deprisa, recuerdo que ella me decía, tengo el recuerdo de mi madre a mi lado sujetándome el pulso, no es cuestión de correr sino de hacerlo bien, ahora vamos con la b, que tiene un trazo grueso, ¿lo ves?, has de apretar aquí el lápiz sobre el papel, nos saldría mejor con una pluma, mañana lo haremos con una pluma, pero yo ya me aterrorizaba de pensar que al día siguiente, a la noche siguiente después de cenar, tendría otra vez que enfrentarme con la b, ya estaba avisado, había que repasarlo con la pluma, volver por el mismo camino y a lo mejor mancharse de tinta, pero lo importante no era la pluma ni tampoco la tinta sino repetir, repetir, que me anunciaran ya el día anterior que había que hacer lo mismo al día siguiente, ¿por qué me lo decías madre?, mi madre no contesta, la veo ir y venir de la lavadora al lavaplatos, inclinarse a coger la ropa, dar un vistazo al horno, sacar las ropa al patio e ir cargada con el cesto en la cadera, tender, meterse las pinzas en la boca mientras estira los brazos y abre las sábanas, al otro lado de la cuerda se ven las montañas y el mar, el mar hoy está azul y manso, transmite una ligera brisa y una leve espuma, pero el mar es el paisaje o el decorado, como el reloj de cuco que tenemos en la cocina, el mar es la monotonía, mi madre no lo ve, extiende las sábanas blancas y va sacando y metiendo de su boca las pinzas de tender y abriendo los brazos y estirándolos en una operación siempre igual, la misma que mi pluma o mi lápiz hace subiendo y bajando la b, ¿lo ves?, dice mi madre con su boca en mi oreja, ahora nos ha salido mejor, a mí siempre me anima ese “nos” que pronuncia porque parece que trabajáramos juntos, y que yo no estuviera como esta mañana solo con el informe, llegando ya al primer piso, al pasillo, a la cuarta puerta que es la de mi despacho. A mi despacho en la oficina nunca vino mi madre ni nunca vendrá. Las madres no saben el lugar donde trabajan sus hijos, les basta conque trabajen y que no pierdan su empleo. Yo pienso no perderlo, arreglaré este informe, arreglaré la mesa, colocaré los recuerdos en su lugar y no me preocuparé cuando mi padre me llame a su despachito azul, ese pequeño cuarto con cortinillas y con dos sillones grandes, ese despachito cálido y silencioso donde mi padre escribe poemas que es su diversión, un entretenimiento, no quiere ver televisión, me niego a ver televisión, dice, y se levanta del comedor nada más conocer el titular de las noticias y se mete en este despachito azul a escribir, a leer, a consultar cuadernos, a veces a hacer los crucigramas de los periódicos.

¿Y la caligrafía?, me pregunta mi padre. Yo estoy sentado en el sillón frente a él, apenas me llegan las piernas al suelo, tengo en mi mano el cuaderno cuadriculado en el que están trazadas muchas veces la ele y la b y mi padre, lo recuerdo, sonreía, tendía su mano para recoger el cuaderno, lo hojeaba y me felicitaba, ¿lo has hecho solo o te sigue ayudando mamá?, solo, solo, le digo con los ojos brillantes, y es verdad, después de tantas sesiones nocturnas, la última línea del cuaderno la he hecho yo solo, eso sí, afilando la punta del lápiz y apretando fuerte en las subidas de la letra para aflojar después en las bajadas, y lo que no he hecho es escribir con la pluma. Me gusta este despacho. Cuando murió mi padre tuve que ser yo, por ser el mayor, el que abrí los cajoncitos del escritorio, aparté los sillones y extendí en el suelo, encima de la alfombra, todos los papelitos que él había escrito, papeles que eran trozos de sobres, papeles cortados en tiras largas, papeles que asomaban de sus cuadernos. Mi padre nunca publicó nada de eso porque era funcionario, vivíamos de su sueldo del Ayuntamiento y él venía en el metro y en autobuses como un sonámbulo, como un autómata, venía con su sombrero flexible y gris y su bigotito canoso, soplaba, soplaba al subir las escaleras, pero soplaba muy despacito, juntaba los labios en un hueco, miraba al frente, y soplaba leve y continuamente como si apagara una vela, yo creo que estaba cansado de la vida, iba soplando y diciendo “¡qué vida, qué vida!”, yo no se lo oí nunca, lo imagino aunque no se lo oí, pero de la forma con que él soplaba al subir no creo que le cansaran las escaleras sino todo lo que había hecho y lo que aún le quedaba por hacer, se levantaba muy temprano, se afeitaba con esmero, desayunaba en una mesa camilla al lado de la cocina, mojaba unos pedazos de pan en el café, los domingos mi madre se los tostaba o se los freía, entonces me llamaba mi padre, Siéntate aquí, y me extendía sobre las piernas las faldas de la mesa camilla, yo esperaba el chocolate, los domingos mi padre, mi hermano y yo tomábamos chocolate con aquellos torreznos, no había Ayuntamiento para mi padre, no había clase, no había nada que hacer, en los veranos y en la primavera pasaban por la ventana abierta muchos pájaros, se veían los tejados rojos de la ciudad, un pájaro venía al olor del desayuno y se posaba en el borde de la madera y yo le veía en el reflejo del cristal pero me dedicaba a sorber despacio la taza de chocolate que ya no humeaba porque la habían enfriado los torreznos, y yo miraba al pájaro, le veía ir y venir por el alfeizar moviéndose nervioso, el pico alto, el pico bajo, esperando una miga de pan y yo miraba también a mi padre que había abierto las hojas del periódico sobre el mantel blanco de la mesa camilla porque mi madre lo cuidaba todo, sacaba los domingos un pequeño mantel para el desayuno, un mantel que yo había visto tender, planchar y recoger y ella seguía en la cocina oyéndonos desayunar tranquilamente, oyendo seguramente al pájaro, haciendo mil cosas en la casa para que nosotros tuviéramos un domingo tranquilo, mi padre con sus gafitas de leer siguiendo las noticias del periódico y yo moviendo ya las piernas porque me quería ir, ¿qué hacía ya allí?, el pájaro se había cansado de esperar, no sé cómo lo hacen pero de pronto se hunden en sí mismos, se concentran y se unen, unen sus plumas, no sé si presionan las patas, no sé cómo lo hacen, pero hay algo instantáneo en los pájaros que les hace de pronto volar, están quietos, nadie les llama, nada les urge, ¿hay un olor al otro lado de los tejados? ¿ es una luz?, de pronto emprenden vuelo inesperado, se les ve, ya no se les ve, entonces aprovecho para quitarme la servilleta, hago una seña a mi hermano para que nos vayamos y nos vamos los dos a jugar al fútbol al patio de abajo.

Entonces lo que voy a hacer ahora es corregir este informe, darle la vuelta, sentarme y darle a las teclas, mirar la pantalla, todos estamos mirando a pantallas y el mundo va deprisa, sí, aquí en este despacho hay nada menos que cuatro pantallas para los que trabajamos y nos turnamos, no se sabe bien en qué escribiremos dentro de cincuenta años, las pantallas seguramente serán más finas, más pequeñas, ya las hay más pequeñas, a lo mejor existirán menos oficinas, me acuerdo de un cuento de ciencia-ficción en el que las oficinas eran precisamente los relojes, las gentes llevaban la oficina portátil en la muñeca y según los timbres que sonaban llamaba al reloj el jefe de sección o el responsable de inversiones o quien llevaba los pedidos, los relojes eran de distintos colores y tamaños según las empresas y al cruzar una calle o ir en el metro a uno no sólo le podían llamar desde cualquier sección sino que, apretando un botón y dando a una clave, uno mandaba instantáneamente el documento solicitado, la oficina y el archivo estaban siempre dentro de la esfera del reloj, y no sólo era agenda y soporte del texto y de mensajes como lo es ahora sino pantalla en la que aparecían los rostros de los jefes, el movimiento de sus manos, si estaban iracundos o pacíficos, una relación tan intensa, tan superior a los móviles actuales, que era difícil de eludir. Un agobio. Pienso para qué sirve la caligrafía de las primeras letras, aquel ir y venir cuidadoso de la muñeca y de los dedos cuando ahora sólo se usan las yemas tecleando, la pantalla nos entrega las correcciones ortográficas y no importa el grosor o la finura de los trazos. Pero sí, sí que importa, me decía mi madre llevándome de la mano en la escritura, importa saber las reglas de las sumas, importa aprender qué hora es en el reloj, importa doblar bien las colchas de las camas, apagar correctamente las luces para no gastar, aprender a ir despacio. ¿Cómo a ir despacio, le preguntaba yo a mi madre, si nadie va despacio? ¿ quién va despacio por la calle?, sólo los viejecitos. Y años después me dí cuenta de que era verdad, como tantas cosas de los padres los recuerdos me vinieron mirando un paisaje, yo no era un viejecito, falta mucho para que llegue a viejecito, a lo mejor no llego nunca, pero mirando aquel paisaje, recuerdo que era un valle soleado, también recuerdo que había sombras de montañas, rebaños lejanos en un fondo amarillo, pueblos de techos de pizarra, techos grises y ladeados en torno a una iglesia de tejado metálico, campos sembrados, unas masas de árboles, un riachuelo, pero sobre todo la hondonada, el ir y venir blanco de la carretera, la calma, el sol en la calma, y me dije que había que mirar todo aquello despacio, no huir corriendo a la ciudad, no escapar enseguida, si te vas ahora, si te subes deprisa a esos automóviles aparcados ¿ a dónde vas?, vas al tumulto de la procesión de coches, vas a la larga caminata de vehículos, a la gente nerviosa, al atasco a la entrada de la gran ciudad, vas a las calles repletas, a las ruedas girando para encontrar aparcamiento, vas a los semáforos en rojo, a los pitidos nerviosos, después subes mirando el reloj en el ascensor, habrán empezado la reunión, el jefe ya estará de pie dando instrucciones, el móvil sonando, tú te dices y se lo dices también a tu madre que no puedes ir despacio, no se lo dices porque eres un niño, porque estás en la cocina inclinado en tu cuaderno, porque aún no sabes el concepto de velocidad ni de lentitud, pero algún día se lo dirás, algún día lo sabrás, ¿te acuerdas cuando descubriste en aquella cena romántica con Lidia, a la luz de unas velas, el concepto de lentitud?, había que ir despacio con la mujer del pelo castaño que era tu mujer, al otro lado del mantelito rojo y de las velas rojas, al otro lado de los altos vasos de cristal, de los cubiertos deslumbrantes y de los platitos para el pan, descubriste aquella noche dos conceptos: el concepto de lentitud y el concepto de tiempo, las mujeres quieren tiempo, que les regales tiempo, vienen acicaladas y perfumadas, han ido a la peluquería, después se han esmaltado las uñas, antes se han acercado al espejo, han levantado las cejas, se han pintado cuidadosamente el ojo, han fruncido los labios, han pasado su lápiz en la curva de los labios, han vuelto a fruncir, se han ladeado, Lidia antes de cenar contigo se había ladeado ante el espejo, había retocado su melena, después se colocó un vestido rojo y un pañuelo negro de seda, aún se acercó y se alejó varias veces en el espejo del cuarto de baño, luego en el del dormitorio, y aún se dio otra vuelta, llevaba unos zapatos elegantes y un diminuto bolso negro de noche, aún se perfumó un poco antes de salir, ¿qué quería?, tiempo, que le dedicaras tiempo, no que le compraras grandes cosas sino que le regalaras tiempo, ¿ lo hiciste?, dime, ¿lo hiciste?

Y entonces, además de este informe, habrá que arreglar los armarios, además de perderme en esta navegación de cifras, archivos, copias, carpetas, teclas, comprobaciones, además de ver cómo bajan y suben las ventas por la pantalla, cómo descienden y desaparecen los números, cómo desfilan las marcas de las empresas, cuáles son los acreedores y los proveedores y dónde están guardados los informes de los presupuestos, además de todo eso, hijo mío, ahora vamos a arreglar tú y yo los armarios, tú no sabes arreglar armarios porque crees que es cosa de mujeres pero yo te voy a enseñar, te servirá para cuando vivas solo. Mi madre me va abriendo los armaritos de la cocina, me va mostrando cómo se ordenan las cacerolas, en qué lugar se ponen las sartenes, cómo deben estar dispuestas las botellas, el vinagre, el aceite, el tarro de la sal, el pequeño bote con especias. Después vamos al dormitorio y luego al comedor e incluso luego al cuarto de baño y mi madre va abriendo armarios pequeños y grandes, los de los calcetines, los de las camisas, los de los cubiertos, los de las medicinas de mi padre, veo en mi pantalla todos los armarios abiertos y cerrados, la mano de mi madre me enseña a ordenar por colores los calcetines de mi hermano, los de mi padre y los míos, si le doy al clic del ratón aparecen las camisas colgadas en sus perchas, esas camisas que yo he visto a mi madre tender en el patio e ir sacando y abriendo y extendiendo aún mojadas del cesto de la ropa.

Ven, ven por aquí.

¿Pero aún no hemos acabado?

No. Tú te cansas enseguida. Voy a enseñarte más cosas.

¿Más cosas?

La tarea de una casa es interminable.

Mi madre me enseña cómo están ya la orquídea y la azalea del salón, el modo de regarlas, la azalea queda en el centro de la pantalla del ordenador, toma relieve, la mano de mi madre aparece en primer plano enseñándome el modo de regar y así el video que mandaré a mis amigos de este verano les dejará sorprendidos porque no pueden imaginar que se haya conseguido tal calidad, seguro que me preguntarán ¿pero tan joven es tu madre?, a mí me enorgullece cuando me lo dicen y cuando veo así a mi madre, en este video que está filmando ahora mi hermano pequeño desde la puerta del comedor y en el que estamos los dos, mi madre y yo, ella enseñándome a regar la azalea y diciéndole a mi hermano mientras se ríe “¡Pero no nos filmes!”, y lo dice casi enfadada aunque entre risa y risa, “¡lo que importa es que tu hermano aprenda! ¡Y tú, tú también tenías que aprender!” le repite a mi hermano, lo dice contenta y despreocupada, es alegre mi madre, en este video se la ve cómo deja la azalea y la orquídea y abre ahora de par en par la puerta de la terraza para que nos dé bien el aire del mar, mar que viene de lejos, del otro lado de las casas, el olor a mar que ningún video puede recoger porque los videos de YouTube no tienen olor, ya pueden descubrir e inventar lo que quieran que por ahora el olor sólo se puede imaginar, por ejemplo, olor de lluvia sobre el campo, o el olor a pan recién hecho, si pulso play escucho el chasquido de esta corteza del pan, cómo se abre la corteza para que se esponje la miga y cómo esta miga blanca queda desmenuzada en pedacitos jugosos que se mete mi madre en la boca mientras se inclina hacia mi caligrafía, “A ver, no te distraigas”, dice mi madre, porque a ella le gusta masticar pequeñas migas de pan que va pellizcando de la mesa de la cocina, se mete esas pequeñas migas en la boca y las saborea y las da vueltas entre los dientes y las encías sin tragarlas, yo creo que no las traga, que las lleva ahí, entre las encías y la lengua y cuando yo me río se le escapa un coscorrón, recibo un coscorrón con la palma de su mano, un coscorrón dulce en mi nuca, ni siquiera es coscorrón, una palmada, es más una caricia que una palmada porque me he desviado en el trazo, he confundido las ventas con los proveedores, las carpetas con los presupuestos y luego tendré que bajar a buscar más archivos al sótano, pero suena el móvil, ¿entonces, vendrás tarde?, me dice Lidia, pues no sé, creo que no, sí, le digo, pienso que no, aún me queda trabajo, no me esperes, suelo salir con todos por los ascensores a las seis en punto, no sé, hoy no creo que pueda salir, y me vienen otra vez recuerdos de los autobuses, ahora que pienso de repente en el autobús, no sé por qué me vienen tantos recuerdos.

El autobús llegaba en la curva, venía a toda velocidad, siempre hacía el mismo trayecto y a la misma hora, yo estaba esperándole en la parada junto a los carteros, los carteros con sus sacas vacías, siempre los mismos carteros, todos volvíamos a casa, volvían los cristales y las luces rojas y azules del autobús girando en la curva, los comercios iluminados, caía una fina lluvia, venía el autobús abarrotado, las gentes adormiladas contra las ventanillas, y de repente la muerte, tú no la verás, te la contarán, la imaginarás pero no la verás, si eres capaz de acordarte te quedarán en la memoria aquellos periódicos mojados cubriendo el cuerpo junto a las ruedas del autobús, no, no verás aún a la muerte pero te contarán que ha sido un niño al cruzar y un golpe seco, chillidos, no te unirás a los curiosos porque te quedarás paralizado junto a aquellos carteros y sus sacas vacías, entre las gabardinas y los paraguas verás aquellos periódicos que tapan el cuerpo, los verás fugazmente, y sin embargo la muerte te acompañará, será tu amiga, una amiga limpia que te habla de la fugacidad de la vida, hoy está aquí tu madre junto a ti, en la mesa de la cocina, cuidadosa con tu caligrafía, y mañana no está, hoy está aquí tu padre con sus gafas de leer inclinado en su despachito sobre poemas y crucigramas y mañana no está, ¿dónde está?, comprendes que haya gente que cambie de ciudad para olvidar la muerte, que cambie de barrio, que cruce por otras calles, que dé la vuelta para huir de los recuerdos, pero los recuerdos son buenos, a mí me acompañan, vas hacia ellos o ellos vienen hacia ti, a este comercio entrabas con tu madre, ella bajaba los dos escalones y en un momento de descuido tuyo, para darte una sorpresa, te compraba chocolate, no el chocolate de taza de los domingos sino un chocolate especial, una tableta fina, olorosa y crujiente de chocolate negro envuelto en papel de plata, entonces ¿cómo es que te acordabas, mamá? quisieras preguntarle, pero no se lo preguntas, te asombras, en este cuarto junto a la terraza extendía mi madre la tabla de la plancha y le daba a su mano lentamente de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, lentamente hacía lo que menos le gustaba, era su mayor aburrimiento, planchar, planchar, ahora pasas deprisa por ese rincón donde estaba la plancha y está el recuerdo, pero no te distraigas ahora, hijo mío, no te distraigas, no me mires tanto planchar que ahora enseguida vamos a ponernos tú y yo otra vez con la caligrafía”.

José Julio Perlado:- “Caligrafía“.-relato publicado en la Revista TURIA.-número 95.-junio-octubre 2010, págs 88-96) (perteneciente al libro “Caligrafía”, de próxima publicación)

(Imágenes:- 1.-emocionado por la música -lV. – Alfred Gockel.-globalgallery.com/ 2.-Byrant Hunt.2001.–artnet/3-Byran  Hunt.-199o.-artnet/4.-Byran Hunt.-artnet/5. Georgia O `Keeffe-globalgallery.com/ 6–este camino ya nadie lo recorre salvo el ocaso.-Matsuo Bashô.-japonesecaligraphy. eu/7.-pintura japonesa.-foto Harry G. C. Packard.-Collection of Asian Art.-The New York Times)

ESTAMPAS DE TOLSTOI (2) : EL BOLSO DE ANA KARENINA

¿Qué contiene el bolso de Ana Karenina?, se pregunta con Nabokov la profesora Anna Caballé. A su vez el argentino Ricardo Piglia se interroga e intriga sobre la pequeña linterna que lleva en el tren la heroina de Tolstoi. Son  los reveladores detalles de los que ya hablamos en Mi Siglo tanto en la literatura, la pintura o el periodismo. El detalle preciso cuya importancia siempre la consideró decisiva Flannery O`Connor. “Abrió con sus manos pequeñas y ágiles el saquito rojo – se lee en el capítulo 29 de la primera parte de la novela rusa -, sacó un almohadón que se puso en las rodillas y, envolviéndose las piernas con la manta, se arrellanó cómodamente. Le pidió a Aniuska la linternita que sujetó en el brazo de la butaca y sacó de su bolso un cortapapeles y una novela inglesa”.

Ana Karenina se dispone a leer. Y Ricardo Piglia en “El último lector” (Anagrama) se acerca hasta esa linterna que ilumina la realidad y la ensoñación de la lectura, la entrada en lo irreal y en la ilusión de un libro cuyas páginas alumbra esta mujer con su propia luz. Los detalles han hecho siempre viva la literatura y gracias a ellos casi se la puede tocar. Alexandra Tolstoi en Una vida de mi padre (Sudamericana) habla de que el gran novelista ruso necesitaba saber – para su Guerra y Paz – que Napoleón tenía manos cortas y gruesas, que durante la batalla de Borodino estuvo resfriado y que era mal jinete. Tenía también que saber que el general Kutuzov era hombre muy impresionable y que de vez en cuando le gustaba soltar palabrotas rusas, así como que le costaba mucho subir al caballo. De todo ello quiso documentarse Tolstoi al detalle, como igualmente se  fijó en la importancia de los apellidos de sus personajes: “Rostov” empezó llamándose “Prostov” en sus primeras versiones pero Tolstoi le quitó una letra ya que ese apellido le iba muy bien a la familia que había imaginado.

Entonces, ¿qué llevaba dentro de su bolso la heroina de Tolstoi? Anna Caballé en “El bolso de Ana Karenina” (Península) alude a lo que Nabokov comentaba en su Curso de Literatura Rusa (Bruguera) : “al fino pañuelo de batista que había servido para enjugar sus lágrimas antes de salir de casa de su hermano, hay que añdir – dice Caballéuna pequeña almohada para apoyar la cabeza, la redecilla que protegerá su peinado durante la noche, una novela inglesa con las páginas todavía por abrir y un abrecartas. ¿Es un inventario completo? La respuesta es imposible (ah, el misterio del bolso de las mujeres…), pero no parece que lo sea: cabe suponer también un pequeño recado de escribir (dada la frecuencia de las notas que se envían los personajes a lo largo de la novela), una linterna para poder leer sin molestar al resto de los viajeros, un  espejo de bolsillo y los indispensables artículos para la toilette de una dama“.

Estos son los detalles que se desperdigan, siempre precisos y muy desmenuzados, en toda la obra de Tolstoi. Detallles que él perfilaba, luego recomponía, después tachaba a lo largo de sus páginas de creación. Ilia Tolstoi, en “Tolstoi en la intimidad(Futuro) cuenta cómo trabaja su padre cuando revisaba “ Ana Karenina“: “en los márgenes aparecían primero los signos de corrección, la puntuación, las letras omitidas; después mi padre cambiaba palabras, luego frases enteras. Tachaba una línea, agregaba otra; las hojas de pruebas terminaban por estar abigarradas y, en ciertos lugares, quedaban tan negras, que no era posible volver a entregarlas en ese estado, puesto que nadie, salvo mamá podía descifrarlas. Mamá pasaba noches enteras recopiando esas correcciones. Por la mañana, las hojas cubiertas por su escritura fina y legible, estaban cuidadosamente plegadas sobre su escritorio esperando el momento en que “Liovochka” se levantara para enviar las pruebas al correo”.

Ahí estaban, retocados y corregidos durante el día, vueltos a corregir y a retocar por la noche, esos detalles tan necesarios para describir la existencia: objetos ocultos en el fondo del bolso de Ana Karenina,  manos gruesas de Napoleón o palabrotas que soltaba el general Kutuzov al subir torpemente al caballo.

(pequeña evocación a los cien años de la muerte de Tolstoi: 1910-1010)

(Imágenes:-1.-Greta Garbo en el papel de Ana Karenina, película digida por Clarence Brown en 1953.-elpais.com/2.-Tolstoi arando.-por Repin.-wikipedia/3.-Troubetzkoy esculpe a Tolstoi el 23 de agosto de 1899.-Museo estatal de Tolstoi)

LECCIONES SOBRE LA NUEVA COMUNICACIÓN

Antes de abrir – un año más – las puertas de las aulas universitarias ante un nuevo Curso, copio de eCuaderno esta importante y atrayente lección – con vídeo incluido – impartida por José Luis Orihuela .

“El fragmento, editado, recoge – dice el profesor Orihuela – mis 10 consejos para estudiantes de Comunicación:

1. Especialízate en temas, no en medios
2. Aprende a convertir tus ideas en proyectos
3. Aprende a convertir tus proyectos en negocios
4. Concéntrate en los lenguajes y en la narrativa, no en la tecnología
5. Comienza a construir tu identidad profesional ahora
6. Aprende a trabajar con otras personas
7. Aprende a pensar creativamente”,
8. Aprende a trabajar rápido y bien
9. Comienza un blog
10. Pregunta”.

“Extracto en vídeo de la lección Estudiar Comunicación cuando todo ha cambiado que impartí – dice el profesor Orihuela – a estudiantes de la Universidad de los Hemisferios (Quito) el 17 de abril de 2009“.

Tras una lección tan atrayente e importante nada más hay que añadir.

(Imagen:- mujer sentada leyendo el periódico.-1912.-Rik Wouters.-artnet)

RIGOLETTO Y MANTUA

La representación de Rigoletto en los escenarios de Mantua, paseando ante el Palazzo Ducale o el Palazzo Te, trae la voz de Plácido Domingo entre disfraces y  amores, vendas y burlas, nobles y  cortesanos, calles oscuras y grandes lugares escogidos por Verdi

Las cámaras siguen a las voces, abren las puertas de las estancias, espían lo gestos… La ópera se expande.

“El dúo entre Rigoletto y el sicario Sparafucileescribió La Gaceta Oficial de Milán sobre Rigoletto -es nuevo de forma, de concepción y de melodía; encierra un acompañamiento de un efecto admirable. Cuando el padre recomienda a  Juana que guarde cuidadosamente a su hija, la expresión musical no puede ser ni más verdadera ni más admirable. El dúo entre Gilda y el duque es elegante y patético. La “cavaletta” es mordaz, llena de vivacidad, hecha en un conjunto de voces con un efecto prodigioso. El coro de los cortesanos que secuestran a la hija de Rigoletto tiene cadencias admirables”.

(pequeña evocación de Rigoletto, interpretado por Plácido Domingo desde los escenarios de Mantua, emitido estos días por varias televisiones)

(Imagen:-Giuseppe Verdi.-wikipedia)

LA SOLEDAD DE KEATS

“¡ Oh, Soledad ! Si he de morar contigo,

que no sea entre este hacinamiento de oscuros edificios;

sube conmigo la escarpada senda,

y llegando a esa atalaya de la naturaleza,

veremos, en la distancia, como un pequeño espacio

donde el valle acrece su verdor y el cristal de su río;

que tenga tus vigilias bajo el fino ramaje,

allí donde el ciervo con su salto tan leve

asusta de la dulce campánula a la abeja.

Pero, aun gustando de compartir contigo esas escenas,

la plática con un ser puro cuyas palabras

espejan una mente exquisita, es mi mayor deleite,

porque, sin duda, la dicha de la tierra reside

en dos almas afines que vayan hacia ti”.

John Keats: Soneto.- “Poesías“.-(traducción de Clemencia Miró).- Colección Adonais.-1950


(Imágenes:- 1 – Abbie Cornish en la película Bright Star sobre la vida de Keats, dirigida por Jane Campion.-outnow.ch/ 2.-escena de la misma película.-outnow.ch)

FÚTBOL Y AJEDREZ

“Ya antes incluso del inicio de la partida las piezas, en las que parece insinuarse sutilmente una malevolencia casi humana – escribe Steiner en “Campos de fuerza: Fisher y Spasski en Reykiavic (La Fábrica) -, se miran al acecho en medio de un silencio electrizante. Con la primera jugada el silencio da la sensación de rasgarse con un chasquido, como la seda tal vez, ya que tu contrario abre las alas, la masa y la energía interactúan por completo para formar un encaje tan finamente tejido, tan multidimensional, que no podemos concebir su patrón. (…) Cuando empiezas a respirar el aroma de la victoria – una aura almizclada, embriagadora, levemente metálica, indescriptible, pues no la puede comprender quien no sea ajedrecista -, la piel se te tensa en las sienes y tus dedos tiemblan“.

Es el silencio del ajedrez, la gran concentración del deporte mental, un especial juego de guerra que entablan los dedos en el aire moviendo con táctica las piezas. El escritor británico Martin Amis, que además de reconocido novelista es excelente constructor de críticas y reseñas, va relatando esta atmósfera al describir en “La guerra contra el cliché : escritos sobre literatura.- (Anagrama), algunos libros de Nabokov, de Steiner y de otros varios apasionados a este juego. Añade también juicios en torno a otros libros sobre  fútbol – el de Bill Buford, por ejemplo, y el vandalismo a veces que los seguidores de este deporte propagan -, y es casi inevitable acodarse sobre el borde de los estadios –  el pequeño del ajedrez y el grandioso del campo de fútbol – para comparar el vocerío y el silencio, el alarido de las muchedumbres y el mutismo cerebral de quienes observan el tablero. Es la competición, el azar, el simulacro, el vértigo en el balón y en la pieza, el aguante, la rapidez, la lentitud, el vigor y la memoria, la ingeniosidad y la destreza. Cada uno mira de distinta forma los saltos calculados de un caballo o el arco que traza una pelota hasta los pies de un extremo. Es la oportunidad, la atención, el equilibrio de un torneo. Es la invitación, el desafío, la persecución, el duelo.

¡La vamos a armar…! ¡La vamos a armar…! – gritan ciertos hinchas después del partido, según recuerda Buforf en Entre los vándalos¡La energía…, la energía es elevadísima! ¡Sentid la energía! (…) ¡La ciudad es nuestra…, nuestra, nuestra, nuestra!“. Son algunos gritos tras salir de los estadios con la victoria en las manos, exultantes alegrías eléctricas enardecidas tantas veces por el alcohol. Detrás queda una tarde de esfuerzos sostenidos, la voluntad de vencer, el haber sido reconocido desde la grada por la excelencia. Detrás queda, en otros tableros, la caída del adversario cercado en un jaque mate premeditado y conseguido, certero movimiento último que los espectadores admiten admirados y aplauden en silencio.

(Imágenes:- 1.-Man Ray.-autorretrato ante el ajedrez.-all-art.org/2.-Will Barnet– 1975 -The Old Print Shop.-arnet/ 3.-Zhong Biao.-9 masterpiece. París-artnet)