SI LAS HABITACIONES HABLARAN

 

 

“¿Por qué existirán habitaciones que estrangularán en quien las habita toda tentativa de creación? — escribía en su “Diario” el peruano Julio Ramón Ribeyro en París, en 1961 —.Esta que tengo ahora en la Avenue des Gobelins es el nicho del ingenio: estrechísima, larga, oscura, amenazada por el bullicio de tanta carrocería. No se trata, sin embargo, de una habitación miserable (la sordidez a veces estimula la imaginación ) sino de una pieza donde se ve con demasiada evidencia la mano ecónoma del previsor e insoportable patrón de hotel parisino. Es lo que se puede llamar una habitación mezquina. No hay la posibilidad  de dejar correr el agua en el lavabo, ni la de conectar un tocadiscos porque los plomos estallan. No hay una repisa donde poner libros, ni un escondrijo donde sepultar la maleta para evitarnos la impresión de ser los eternos viajeros. Por el contrario, toda la configuración de la pieza parece destinada a recordarnos que somos pasajeros, que no tenemos la más remota esperanza de estabilidad y que debemos eliminar de nuestra imaginación el proyecto de establecer aquí nuestro domicilio. Si las habitaciones hablaran, ésta diría: “Extranjero, te consiento que duermas, pero vete lo más pronto que puedas y no dejes el menor recuerdo de tu persona. “

 

 

(Imágenes—1- Máxime van de Woestyne -1972/ 2-Carl Holsoe)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (13)

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se  están publicando desde el 30 de marzo los  lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (13)  :  el Bois de Boulogne,  Proust y Joyce

 

 

—Usted llegó a París en abril del 68 según he leído en alguno de sus libros. ¿Cómo fue esa llegada? ¿Qué impresión le causó París?

– Bueno, ahora que me cita usted esa concreta circunstancia de mi llegada a París me vienen muchas imágenes a mi memoria. Sobre todo la de aquella tarde de abril del 68 en que París me recibió bajo la lluvia. Si el primer recuerdo que tengo de Madrid, como le comentaba el otro día, fueron quizá los olores, aquí en París en cambio creo que fue la lluvia, algo por otro lado muy corriente en casi todas las primaveras de esa gran capital. Nada más detener mi automóvil que me había conducido desde España (pienso que serían las seis o seis y media de la tarde), cansado como estaba del largo viaje ( no había parado más que tres veces desde España y dos de ellas para reponer gasolina), lo primero que escuché de la ciudad de París fue un goteo incesante de la lluvia, una lluvia muy suave, y enseguida, muy pronto, enormemente torrencial, una lluvia cuyas gotas golpeaban con fuerza como granos de arena el techo de mi coche aparcado obligatoriamente bajo los árboles del Bois de Boulogne. Acababa de llegar a París por primera vez en mi vida. Las incertidumbres del tráfico en una tarde tormentosa me habían llevado hasta allí, aún no sé bien por qué, seguramente por unas desviaciones apresuradas de los automóviles o por mi falta de pericia para saber entrar en una ciudad desconocida. Lo cierto es que en aquel punto exacto me encontraba completamente aislado. Tampoco supe en principio que todo lo que me rodeaba pudiera ser precisamente el Bois de Boulogne dada la oscuridad de la tarde y sólo cuando me fui haciendo al ambiente adiviné frente a mí un cartel semiborroso bajo la lluvia que apenas podía distinguir entre los árboles. Allí estaba escrito el nombre del lugar: y sí, era el de una avenida secundaria cuyo nombre exacto en este momento no recuerdo pero que pertenecía, según decía el cartel de modo muy general, al Bois de Boulogne. Aún tuve que esperar allí sentado dentro del coche muy largo tiempo, quizá cerca de una hora, no lo sé bien, apoyadas las manos en el volante, oyendo repiquetear la constante lluvia en el techo y aguardando con paciencia a que escampara, y también recuerdo que durante todo esa hora de larga espera, al observar de modo permanente frente a mí aquel cartel borroso, comencé a evocar sin querer algunos tiempos pasados y algunas lecturas, y también tiempos de imágenes, muchos de ellos relacionados con la ciudad de París y con ilusiones que yo siempre había tenido ante la gran capital. Evocaba en aquellos momentos estampas y grabados sobre aquel célebre parque que yo ya había contemplado alguna vez en postales antiguas, e igualmente antiguas lecturas de mis tiempos de universidad, pero también me vinieron a la memoria cuadros, dibujos, y sobre todo una imagen concreta, una imagen que sin duda había pertenecido a mi abuelo materno y que yo había visto muchas veces en su casa, colocada sobre una repisa de su despacho: era una fotografía de principios del pasado siglo, quizá se remontara a 1905 o 191O, y presentaba a ciertas damas parisinas en bicicleta pedaleando por un rincón del Bois, ataviadas con blancos pantalones anchos y abombados, algunas de ellas adornadas con sombreros de flores e iniciando con entusiasmo sus divertidas carreras. Eran indudablemente los tiempos de Proust, no había ninguna duda al reconocerlo, tiempos de Proust tan largamente evocados por el novelista.

 

– ¿Había leído ya usted mucho a Proust?

-Sí, lo había leído con bastante frecuencia, quizá nunca de un tirón, pero siempre deteniéndome en pasajes que me gustaban.

– ¿Y qué impresión le dejaba?

– Pues el descubrimiento de un gran escritor, un escritor excepcional, que escondía páginas memorables. Por ejemplo, no se me olvidan nunca unas reflexiones suyas sobre la lectura que, aunque no se encuentran en su gran novela sino en una obra anterior, son unas consideraciones de una total lucidez y belleza.

—¿Le gusta más Proust que Joyce?

—Indudablemente. De Joyce sólo me interesan sus “Cuentos de Dublin”. La parálisis de Dublin que él describe muy bien. Casi todos sus cuentos me interesan. Especialmente “Los muertos”, un relato magnífico que llevaría al cine John Huston de modo magistral.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius’ – (Memorias)

(Continuará )

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

 

ANTE UN PARÍS VACÍO

 

Bernard  Buffet y su ciudad sin  habitantes. Como así la estamos viendo y viviendo . Día a día.

“Bernard Buffet — comentaba el académico Gérard Bauer hablando del pintor —, ha suprimido los aspectos directos de la vida y  ha hecho desaparecer, en sus cuadros, a los habitantes de la ciudad, para ceder el lugar y la expresión a la piedra, a los monumentos, a las casas, únicos testigos del pasado y del presente. Bernard Buffet no acepta ni siquiera un pájaro, cuervo, mirlo o gorrión. Sólo lo inanimado, pero un inanimado aparente, pues un alma vela sobre esas extensiones de piedra, tejados o chimeneas.

La realeza, por ejemplo,  de la plaza de los Vosgos se afirma en una disposición magistral que sólo un maestro del dibujo podría transcribir con esta infalibilidad. Esas altas ventanas con marcos de ladrillo y de revoque blanco son las que han presenciado el desfile de la Historia.”

Ahora las atraviesa el virus.

 

 

“La isla de Sant-Louis, en el recodo del Quai d’Anjou, perfila sus casas antiguas, rostros impasibles y confidentes, en el pasado, de la nobleza aventurera y de la poesía.”

Ahora las visita el virus.

 

 

“Este París en estado puro — sigue diciendo Bauer de Buffet—, sin estorbos, sin adornos humanos, incluso sin la gracia de una primavera ni la caída de hojas de un otoño, es la ciudad tal como los hombres la han hecho. Este París lineal, sin embargo, tiene un alma. El pasado reside en ese inmenso silencio.”

 

 

 

(Imágenes —París – por Bernard Buffet)

VENDER DESCRIPCIONES

 

 

“Según “Le Fígaro”, existe en París un literato que, desesperando de los obstáculos que encuentra para alcanzar la celebridad pero decidido, sin embargo, a vivir de su pluma pues no conoce otra herramienta —así lo va anotando Bioy Casares en su cuaderno de apuntes —, ha descubierto el oficio de “hacer descripciones”. Sucede que muchos autores tienen en carpeta novelas con una sobra de acción, pero la escuela moderna y aún los libreros exigen descripciones, largas descripciones que esos autores no saben escribir. Entonces los escritores , y también los editores, se dirigen al literato de marras — discreción garantizada — en demanda, mediante cientos de francos al contado, de descripciones de París matinal; París nocturno; París a vuelo de pájaro; los alrededores de las fortificaciones; la fiesta de Saint Cloud ; bastidores de saltimbanquis, etc. Todos estos artículos se pagan a altos precios. Pero el mismo autor tiene descripciones más baratas, como las de hogares pobres, las de castillos en que se pasa una vida modesta, y otras más.”

 

 

 

(Imágenes—1- Johnathan  Wolstenholme/ 2- Willy Ronis)

LO QUE ME GUSTA Y NO ME GUSTA DE PARÍS

 

 

“Me gusta que en este París los cafés y las librerías se apiñen unos contra otros como si se apoyaran (el encuentro del espíritu y de los hombres) – escribe el serbio Danilo Kiš en 1982 -: no me gustan las argucias literarias estructuralistas pseudocientíficas, ese esfuerzo noble y vano de reducir el pensamiento a una fórmula de Einstein y sé que una obra puede desmontarse como un mecanismo de relojería y puede volverse a montar para que lata como un corazón humano; no me gusta la politilización general de la cultura francesa, su “compromiso”, el envenenamiento de los manantiales poéticos puros; me gusta  cómo reacciona París ante los acontecimientos actuales: con viveza, pasión, parcialidad; no me gusta el egocentrismo, el maniqueísmo parisino, francés, que reduce todo a una absurda fórmula simplificada de izquierda y derecha, como en el día del Jucio Final; me gusta la biblioteca ambulante que es el metro, este anexo de la Biblioteca Nacional sobre raíles;

 

 

me gusta mucho la tolerancia de París, donde hay sitio para cada tendencia ideológica, política o literaria, ese amplio espectro de posiciones antagónicas que viven bajo el mismo techo como una gran familia ruidosa y peleona ; no me gusta la memoria corta de la “intelligentsia” parisina que ha rechazado la duda, la brújula intelectual más valiosa, y durante años ha pecado desenfrenadamente contra la verdad, contra la evidencia y contra la libertad; me gusta su preocupación por la libertad, porque incluso cuando ha pecado contra la verdad, lo ha hecho porque la libertad le preocupa; no me gusta ver a la multitud de chicos y chicas que en la librería, en la FNAC, se reúnen alrededor de la ‘fuente de la sabiduría” y, en silencio solemne, religioso, leen sus cómics, ausentes y obnubilados; me gusta la generosidad de París que celebra a Joyce, que ha comprendido el genio de Faulkner, que ha revelado al mundo la literatura latinoamericana;

 

 

me gusta que en París cohabiten editoriales, restaurantes y librerías, uno tras otro, igual que se suceden una tras otra las secciones de “Libros” y “Restaurantes” de los periódicos y revistas parisinos, porque París, a pesar de todo, sigue siendo la gran cocina europea, la gran cocina mundial de las ideas; no me gusta que en esta cocina de vez en cuando se cuezan a fuego lento guisos dudosos que se ofrecen al mundo como especialidades de primera clase, nacionales o exóticas;

Pero, discúlpenme, esto ya no es el París literario, no es más que una barca que ahora baja por el canal de Saint-Martin…. Porque, fíjense, aquí, en París, al menos para mí, todo es literatura. Y París, a pesar de todo, sigue siendo la capital de la literatura.”

 


(Imágenes- 1- Jean Fusaro/2-Konstantin Korovin  – 1908/ 3-Gustave Caillebotte/ 4- Rik Wouters)

VISIONES DE NOTRE-DAME

 

 

Innumerables visiones de Notre-Dame. Ocuparían varios libros. Julien Green, entre otros, comenta bajo recuerdos de infancia y de ocupación : “He vuelto el otro día a Notre- Dame. Estábamos en noviembre. Un frío glacial caía sobre mis espaldas y yo avanzaba en la penumbra como por en medio de un bosque. Aquí recuerdo una  especie de temblor maravilloso que inundaba mi ser cuando, mi mano cogida a la de mi madre, entraba en la vieja iglesia. Todo niño es un poco un pequeño bárbaro y cómo bárbaro yo deambulaba aburrido ante tanta grandeza. Aun hoy, y a pesar del amor que  le tengo a esta iglesia, me siento intimidado por Notre- Dame, por su profundidad, por sus ecos y por toda esa noche que ella presenta.

Levanto los ojos hacia la rosa septentrional y constato que allí está siempre. Mis ojos van enseguida a la torre de la iglesia y de pronto se detienen. Algo me oprime la garganta. Esto que estoy viendo no esperaba verlo, pero enseguida lo reconozco. Alta y desnuda y con una simplicidad asombrosa, aparece la cruz de madera destinada a los muertos de Buchenwald. Ahí está, esperando y mirando como las cosas suelen esperar y mirar.  Me quedo largo tiempo cerca de ella, me alejo y vuelvo a considerarla de nuevo. Se parece a un gran grito de dolor y de indignación;  sin duda la Edad Media no habría encontrado  nada parecido para decir esto que las palabras nunca pueden decir y yo no puedo sustraerme de creer que a la pregunta angustiada de marzo de 1940  se me daría una respuesta  en noviembre de 1945.”

 

 

(Imágenes-1-París por los pintores/ 2- Matisse – Notre Dame al atardecer – 1902 – di ket org)

LA PUESTA DE SOL

 

 

”Cuando el sol de la tarde va por las Tullerías

y arroja a los vitrales del castillo sus fuegos,

¡Soy la Gran Avenida y soy sus dos estanques,

ensimismado en mis ensueños!

Desde allí, amigos míos, hay una vista digna

de ver, cuando la noche iza en torno su velo,

¡La caída del sol, cuadro inestable y rico,

que enmarca el Arco de la Estrella!”

Gérard de Nerval- “La puesta de sol– “Las quimeras y otros poemas” -(traducción de Pedro Gandía)

 

 

 

(Imágenes -1- Rik wouters – 1912/ 2-Eugene Atget- 1921)

PARÍS, BALZAC

 

 

“Para mí, París es una hija, una amiga, una esposa, cuya fisonomía  me encanta siempre porque para mí siempre es nueva. La estudio a todas horas y cada vez descubro en ella bellezas nuevas. Tiene caprichos, se esconde bajo la lluvia , llora, reaparece brillante, iluminada por un rayo de sol que cubre de diamantes sus tejados. Es majestuosa aquí; coqueta, allá; pobre, algo más lejos. Se duerme, se despierta, es tumultuosa y tranquila. ¡ Ah, mi querida ciudad, cómo ella es luminosa y orgullosa en una noche de fiesta; luminosa, ella salta, ella tiembla!”.

Balzac, “Le Mendiant”, 1830

 

 

(Imágenes -1- París – Konstantin Korovin/ 2- París –  boulevard Montmartre- Camille Pisarro)

HOTEL LUTÉTIA

 

Rilke, James Joyce, Jean Anouilh, Nina Berberova, entre otros muchos, pasearon o vivieron en este Hotel parisino, situado en el Boulevard Raspail, y que ahora vuelve a abrir sus puertas tras cuatro años de remodelación. Numerosas anécdotas sorprendentes y pintorescas en torno a este Hotel Lutétia. Nathalie de Saint Phalle, cuando recorre los grandes hoteles literarios del mundo (Alfaguara), cuenta  que en 1929, “Nina Berberova está enganchada con un periodista menesteroso, aunque de esmoquin, a una calesa que deben arrastrar a todo gas entre las mesas, llevando como pasajeros a un acordeonista rumano y un abogado moscovita que, al bajarse, los gratifica con un billete de cien francos por lo mucho que se ha reído. Forma parte todo ello de los festejos anuales del Año Nuevo  ruso que desde 1926 montan espectáculos para recibir donaciones que ayuden a los sabios y a los escritores refugiados…”

 

 

 

Pero años antes, en febrero de 1913, Rilke se impacienta en el Lutétia mientras está instalando un estudio en París. “Toda esa instalación me agobia – escribe -, me despoja de la sensación de estar “en casa” en un sitio cualquiera . Hoy, jueves de la tercera semana de Cuaresma, la gente no quiere trabajar, pero mañana me traerán mis  muebles del almacén. Me quedaré en este hotel absurdo hasta que mi piso pueda acogerme…”

Las paredes y las alfombras de los hoteles guardan una memoria sorprendente. También el Lutétia donde el dramaturgo Jean Anouilh, con ansiedad mal disimulada tras las páginas desplegadas de un periódico, pidió la mano de su mujer...

 

 

(Imágenes -1- Nenad Bacanovic/ 2- Rilke- wikipedia/ 3- Williy Ronis-1953- hackel bury fine art)

MIRÓ EN LOS TIEMPOS DE PARÍS

 

 

“Fue André Masson quien me presentó  a Hemingway– contaba Joan Miró – . Enseguida se interesó por mi obra y sobre todo por “La Masia”. Hicimos gran amistad. Él vivía entonces en rue Notre Dame – des- Champs. Era cordial, simpático. Pobre como yo. Los dos lo pasábamos muy justo. Y para ganar algún dinero, Hemingway hacía de “sparring” de los pesos fuertes. Yo también hacía deporte. Me ayudaba a mantenerme en forma y a tener la cabeza despejada por completo. Solía acudir al gimnasio del Club Americano en el boulevard Raspail, y boxeaba con Hemingway.”

 

 

Se lo contaba así  Miró a Lluís Permanyer y él lo recogió años más tarde en “Los años difíciles” . “Yo boxeaba con Hemingway – decía el pintor – al igual que los demás. El pegaba. Pegaba duro. No a mí, claro. Formábamos una pareja muy divertida: él tan fornido y yo tan chico. Entonces mi horario de trabajo era el de siempre. Siempre he sido muy metódico. Solía  levantarme temprano, bastante temprano. Hacía yo mismo la limpieza del taller. Lo tenía muy ordenado. Yo trabajaba sin descanso, cada mañana y cada tarde. Me costaba concentrarme. El taller de Masson era contiguo al mío, sólo nos separaba una delgada pared. Se oía todo. El vivía entonces con Odette, la que fue su primera mujer, y solían mantener, con admirable regularidad, acaloradas discusiones. Parecía como si los tuviera en mi propio taller. Tenía que hacer grandes esfuerzos para poder concentrarme en mi trabajo.

 

 

Mis diversiones eran el deporte y salir con los amigos. A unos pocos metros del taller de la rue Blomet había un café en cuya trastienda funcionaba un baile negro. Allí acudíamos a menudo. También nos pasábamos horas y horas charlando en la Rotonde. Fue centro de reunión de los Picasso, Modigliani… Recuerdo también que solía ir a cenar “Au Nègre de Toulouse”. Joyce iba casi cada día. Hemingway me lo presentó. Era un tipo un poco raro, poco comunicativo. Le acompañaba siempre su hija, que le hacía de secretaria. Él estaba muy mal de la vista. Frecuenté la librería Shakespeare and Company. Hemingway acompañó a Sylvia Beach a mi taller.

 

 

Es difícil explicar lo que yo sufría cuando tenía que trasladar mis telas de un lado a otro de París. Al oír el ruido que hacían, colocadas sobre el techo del taxi, lo pasaba muy mal, porque temía que se estropearan.

Por mediación de Hemingway conocí a Gertrude Stein. A ella nunca le interesó lo que yo hacía, pero siempre se mostró muy hospitalaria. Stein, tan gorda, en todo momento iba acompañada de su amiga Toklas, que era como un pajarillo”.

 

 

(Imágenes -1-Joan Miró – 1927- metropolitan museum/  2- Hemingway/ 3- Joan Miró- 1934- metropolitan Museum/ 4- James Joyce y su hija Lucía/  5- Joan Miró -1925)

LOS QUAIS DEL SENA

 

 

“Me paseé por los quais del Sena. Cada cosa parecía en su verdadero lugar. La luz sobre el río, la belleza de las piedras, la armonía de cada forma ofrecida, de los álamos, de las fachadas, de los puentes… A cada paso, tenía la impresión, mirando mejor, de descubrir un nuevo detalle, tan perfecto como el anterior, el dibujo de una cornisa, un balcón de hierro forjado, el perfil de una chimenea, el vestido de una paseante, o tal libro raro que había buscado desesperadamente. Todo ello era de una belleza imperiosa  y vivísima casi insoportable”.

Jean Clair.-“Breve defensa del arte francés”– 1989

(Imagen- París city visión)

VIAJES POR EL MUNDO (14) : PARÍS Y LOS AUTOBUSES

 

 

París está sin coches de alquiler – escribía el portugués Eca de Queiroz desde la capital francesa -, lo cual es, sobre todo en estos momentos, como el desierto sin camellos. Si en esta supercivilizada ciudad el servicio de ómnibus fuese fácil, exacto y rápido, la falta de carruajes no causaría disgustos, y hasta sería una saludable instigación para la economía. Mas el ómnibus, en París, es una institución rudimentaria. Es más fácil para un parisino entrar en el cielo que en un ómnibus. Para obtener el lugar de la bienaventuranza basta, según afirman todos los Santos Padres, tener caridad y humildad. Para obtener  el sitio del ómnibus, estas dos grandes virtudes son inútiles y hasta contraproducentes. Antes bien, el egoísmo y la violencia. Después de conquistar el sitio, la otra dificultad insuperable es salir de él por  aquel medio natural y lógico que consiste en apearse. Nunca se llega, sino cuando ya es necesario. Yo y un amigo partimos un día de la estación de Orleans: yo, en el tren para Portugal; él, en el ómnibus para el Arco de Triunfo. Cuando yo llegué a Madrid, supe por un telegrama que mi amigo iba aún por la plaza de la Plaza de la Concordia. Pero iba bien. El ómnibus en París es el gran refugio y el local del enamoramiento. Cuanto más larga la jornada, más duradero, por lo tanto, el encanto. Mi amigo encontró en el ómnibus la criatura de sus sueños. Era una rubia con pecas prometedoras. Cuando, por fin, llegaron al Arco de Triunfo, eran novios o algo peor. Son  esas pequeñas comodidades de la vida sentimental las que conservan la parroquia de los ómnibus”.

 

 

(Imágenes-1 wikimedia commons/ 2- topdeshnmag)

EL CAFÉ DE FLORE Y EL DEUX MAGOTS

cafés-nnwqw-Frank Horvat- cafe de Flore- París mil novecientos cincuenta y nueve

 

El Café de Flore – cuenta Léon Paul Fargue en su “Peatón de Parīs” ( estamos en 1939) , es conocido entre los parisinos, con toda la razón del mundo, como una de las cunas de la Acción Francesa y de las “Soirées de París” de Apollinaire… Hoy en día, el Café de Flore ha sido abandonado por los cabecillas del movimiento, pero los mercachifles responsables de pegar pasquines por el barrio no han dejado de aparecer por allí: beben a sorbitos el aguardiente con sirope de grosellas de las clases medias y se cruzan con Monsieur Lop, pequeño preceptor de un colegio. La casa se distingue por sus jugadores de bridge y su pelotón de literatos, puros o bohemios, que acarician con la mirada a unos pocos tránsfugas de Lipp, comerciantes letrados que se vieron obligados a emigrar ante la falta de terraza de la brasserie.

Por su parte (seguimos a finales de los años treinta),  el Café de Deux Magots es un establecimiento asaz pretencioso y solemne donde cada consumidor representa un literato para el vecino, donde unas americanas casi ricas y bellas acuden para bostezar e insinuarse a los últimos surrealistas, cuyo nombre salva océanos a pesar de no trascender del bulevar. Como consecuencia de su inmensa terraza, tan agradable con la marea creciente de las mañanas o en el declinar del crepúsculo estival, y del elevado precio de sus consumiciones  – las más caras de todo París -, el Deux Magots es muy codiciado por los esnobs… Cada mañana, Giraudoux tomaba allí su café con leche y recibía al puñado de amigos que no podīan pillarlo en ningún otro momento. A la una de la mañana, los mozos empiezan a empujar las mesas contra la panza de los clientes nocturnos – que a esas horas ya son sólo aguerridos burgueses del distrito Vl -, a pasarles la escoba por los zapatos, a meterles en el ojo los picos de las servilletas. Media hora más tarde, el Deux Magots se cierra como una trampa, sordo a las súplicas murmuradas de dos o tres alemanes que se plantan en el local, atraídos por los cuarenta años de vida literaria y alcoholes políticos del lugar. Pasados unos minutos, el Café de Flore, otra esclusa del cruce, se acurruca también, con los ojos ya legañosos…”

 

café- unu- Les Deus Magots - wikipedia

 

(Imágenes.-1.- Frank Horvat– café de Flore- 1959/ 2.-Les Deux Magots- Wikipedia)

LA DÉCADA PRODIGIOSA

 

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“Los nombres bailan. Las fechas pasan a los archivos. Si se pulsa Internet saltan en la pantalla de la ventana de la Historia los iconos de la navegación y uno va navegando hacia atrás o hacia delante con el pálpito en la yema del dedo y el ratón que va y viene bajo la mano acercando y alejando sucesos. Los sucesos, para los más jóvenes, están en la lejanía, han oído hablar de ellos y muchos que no los vivieron entonces desearían revivirlos, sueñan con aquellos años sesenta, la “década prodigiosa” como se la llamó entonces, la década de las canciones, los olores, los “beatniks“, los hippies y la Luna. “Las visiones, las alucinaciones, los milagros, los sueños, las iluminaciones, el éxtasis – se decía – todo está siendo arrastrado por la corriente del río americano”. “He visto a los más grandes

 

Rolling- nht- Rolling Stones- diariodecultura com ar

 

espíritus de mi generación – se escribía – destruidos por la locura, hambrientos histéricos desnudos (…), incomparables calles sin salida de escalofriantes nubes y relámpagos del espíritu saltando por postes del Canadá y de Paterson, iluminando todo el inmóvil mundo del Tiempo entre ellos (…), se hundieron toda la noche en la luz submarina de Bickford flotando a la deriva o en sus asientos durante toda la tarde de cerveza en la desolada Fugazzi escuchando el estampido del Apocalipsis en la “jukebox” de hidrógeno”.

 

Hendrix-nun- Jimi Hendrix- rollingstone com

 

El pelo, en los sesenta, se hizo largo. Los Beatles y sus melenas; el pelo de los Rolling Stones o de Jimi Hendrix. Melenudos, desaliñados. “No hay palabras que canten – se cantaba precisamente en 1968 – la belleza, el esplendor, la maravilla de mi pelo, pelo, pelo, pelo, pelo, pelo, pelo. / Ondearlo, mostrarlo, tan largo como Dios lo pueda hacer crecer, mi pelo./ Lo quiero largo, liso, rizado, alborotado, enredado, áspero, / hirsuto, opaco, aceitoso, grasiento, lanoso, brillante, resplandeciente, humeante, / linoso, ceroso, nudoso, alunarado, / retorcido, abaloriado, trenzado, empolvado, florecido y conffetiado, / ajorcado, enmarañado, lentejuelado y espaguetiado”.

 

Dallas- mun- Kennedy en Dallas- Main Street- wikipedia

 

Es el canto al pelo, el canto a las pupilas dilatadas, el canto de las canciones con guitarras a la luz de la luna en las playas desiertas. Casi al acabar la década – en 1969 – el hombre pisa esa Luna por primera vez en la Historia y el ruido de la planta de su pie hace que Armstrong entre en todas las habitaciones del mundo. Casi al empezar la década – en 1963 – Abraham Zapruder pone su ojo pegado al visor de su cámara de cine 8 mm “Bell and Howell” modelo 414 y filma sin querer el asesinato en Dallas de Kennedy. También los disparos entran en las habitaciones y en las casas, salen a los pasillos, se asoman a las terrazas y desde entonces la violencia en directo la recogerán los ojos hasta muchos años después, cuando esa violencia desplome en el polvo las Torres Gemelas ante la mirada del mundo”.

José Julio Perlado.-París, mayo 1968″

 

Dallas- vcy- cá,ara de Abrahan Zapruder- wikipedia

 

(Imágenes.- 1.-los Beatles- taringa net/ 2.- los Rolling Stones- diariodecultura com/ 3.-Jimi Hendrix- rollingstones com/ 4.-Kennedy en Dallas- wikipedia/ 5.- cámara de Abraham Zapruder- wikipedia)

PARÍS ( ERA ) UNA FIESTA

 

París-dgh-Gisele Freund- mil novecientos sesenta

 

París no tiene fin y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí difiere del de todas las demás. Siempre regresábamos a Parísasí lo escribía Hemingway -; no importa quiénes fuéramos ni lo que hubiera cambiado ni cuán difícil, o fácil, fuera llegar. París siempre valía la pena y siempre te daba algo a cambio de lo que tú le dieras. Pero París era así en los viejos tiempos, cuando éramos jóvenes y pobres y muy felices (…)

Con tanto árbol en la ciudad, uno veía acercarse la primavera de un día a otro, hasta que después de una noche de viento cálido venía una mañana en que ya la teníamos allí. A veces, las espesas lluvias frías la echaban otra vez y parecía que nunca iba a volver, y que uno perdía una estación de la vida. Eran los únicos períodos de verdadera tristeza en París, porque eran contra naturaleza. Ya se sabía que el otoño tenía que ser triste. Cada año se le iba a uno parte de sí mismo con las hojas que caían de los árboles, a medida que las ramas se quedaban desnudas frente al viento y a la luz fría del invierno. Pero siempre pensaba uno que la primavera volvería, igual que sabía uno que fluiría otra vez el río aunque se helara. En cambio, cuando las lluvias frías persistían y mataban la primavera, era como si una persona joven muriera sin razón.

En aquellos días, de todos modos, al fin volvía siempre la primavera, pero era aterrador que por poco nos fallaba”.

 

río- nyuu- París- Albert Marquet- mil novecientos ocho

 

“La prosa de estos párrafos – quiso comentar Anthony Burguess – es Hemingway puro, sencilla y muy evocadora, aceptando la vida, pero, como siempre en su obra, matizándola de melancolía. La melancolía reside en la forma misma de las frases que, siempre evitando el ritmo periódico, no pueden huir de una cadencia doliente La melodía de Hemingway es elegíaca incluso cuando más enaltece la alegría. La melodía de Hemingway fue una contribución nueva y original a la literatura mundial. Está en los oídos de todos los hombres y mujeres que empiezan a escribir”.

 

París-nhu- Tsuguharu Foujita

 

Con esta melodía atravesamos hoy calles desgarradas de esta ciudad, leyendo despacio las prosas en “París era una fiesta“.

 

París- ness- Brassaï- mil novecientos cuarenta y cuatro

 

(Imágenes.- 1.-Gisele Freund– 1960/ 2- Albert Marquet- 1908/ 3.- Foujita/ 4.-Brassaï– 1944)