
El último número en español de National Geographic está dedicado a Venecia y yo recuerdo que cuando la mano se posa sobre el lomo de aquellos canales podemos notar, como dice en su delicioso y pequeño libro Tiziano Scarpa, que «Venecia es un pez» (Minúscula), una ciudad de agua, silencio escurrido sobre ese «lenguado colosal tendido al fondo». Venecia igualmente es tortuga, los pies de Venecia levantan escalones al costado de alcantarillas y canales, Venecia es mano sobre piedras y parapetos, Venecia son olores, «como en el arsenal de los venecianos (dice Dante en «El Infierno«) hierve en invierno el pegajoso alquitrán para embrear los barcos averiados que no pueden navegar«. «Los más hediondos canales – recuerda Scarpa ( y él ha nacido en Venecia )- son el río delle Muneghéte, en la frontera entre los barrios de Santa Croce y San Polo, y el recodo apestoso entre la Fondamenta del Remedio y el Sotopòrtego de la Stua«; Venecia es también oído, oído del acordeón y de la góndola, escucha de la cadencia del agua, cabeceo de los vaivenes sobre los que en alguna ocasión hablé ya en Mi Siglo.

Venecia es ojo. «La belleza te asalta a fachadas – dice Scarpa -, te abofetea, te golpea. (…) Las ventanas de las casas están exageradamente cerca de las esquinas, asoman al máximo por la proa angular de los edificios para captar la mayor cantidad de luz posible, reflejarla de inmediato sobre la pared adyacente y proyectarla dentro de la habitación».
Venecia es boca también. Se muerden los bocados de su alfabeto y se disfruta a la vez con los «bìgoli in salsa«, los espaguetis agujereados con salsa de sofrito de cebolla y anchoas en salmuera.

Y por fin – entre muchas cosas más – Venecia son libros, autores, obras. Musset y George Sand, Chateaubriand, D ´Anunnzio, Balzac, Dickens, Proust, Mann, Henry James, Mark Twain, Saul Bellow, Ruskin, Dino Buzzati, Kafka, Walter Benjamín…, la lista sería interminable. Hotel San Marco, Hotel Sandwirth, Hotel Gritti Palace, Hotel de Europa, Hotel Danieli, Hotel Bellevue et de Russie…; por allí estuvieron las mentes y las plumas creando anotaciones, llenando cuadernos… El pez de la ciudad bajaba mientras tanto entre canales, manso, pasaba despacio bajo el puente de Rialto y, para no distraer a quienes escribían, apenas hacía ruido.
(Imágenes. 1.-Venecia.-foto de Arno Rafael Minkitten.-2005.-arnet/ 2 .-siesta de los gondoleros-por John Singer Sargent-.10904.-Fundación Beyeler/ 3.-gondolero-por Anders Zorn.-1894.-Fundación Beyeler)



Cuando me acerco al escaparate de Botín parece que viniera Galdós por esta acera y con él toda la novela española del XlX. «La novela está en las calles y en las casas de Madrid, en cada calle, en cada casa. Allí hay que verla», dijo uno de sus mejores estudiosos. Efectivamente estoy aquí, delante de Botín, pero sobre todo en medio de «Fortunata y Jacinta«, asomado al capítulo lV de la Primera Parte, y oigo decir a Galdós hablando de Barbarita, que «como supiera la dama que su hijo frecuentaba los barrios de Puerta Cerrada, calle de Cuchilleros y Cava de San Miguel, encargó a Estupiñá que vigilase, y éste lo hizo con muy buena voluntad llevándole cuentos, dichos en voz baja y melodramática:

Al entrar enseguida en este Mercado de San Miguel, el único mercado de hierro que ha llegado hasta nuestros días, el siglo XXl es ya plena gastronomía. Galdós hubiera escrito páginas memorables sobre este recinto de planta baja con estructura metálica de soportes de hierro fundido que ahora se ha remozado y desde cuyo interior se mezclan colores y olores inusitados. Los turistas que se han asomado al XlX en Botín y que han cruzado platos y mesas del XX vienen ahora a ver qué se come aquí, en el siglo XXl. Madrid siempre ha brillado en gastronomía. Por la mañana -según el tiempo – la ciudad se ha desayunado con aguardiente y churros, con chocolate y buñuelos; las comidas Madrid las ha hecho muchas veces con sopa de pan, cocido madrileño, requesón de Miraflores con azúcar, rosquillas de Fuenlabrada, vino de Arganda. Otros madrileños han preferido la tortilla de escabeche de bonito con ensalada de huevos, tomate y pimientos; al fin, si era también su tiempo, una sandía. Otros, en la mesa de al lado, escogieron callos a la Madrileña, ensalada, bartolillos de crema, melón de Villaconejos. Y aún hubo quien se decidió por la ensalada de berros del Lozoya, el besugo a la Madrileña y acabó con el requesón de Miraflores con fresas de Aranjuez y unas almendras de Alcalá, de las monjas de San Diego.
















