«La cabeza es la pecera de las ideas«, escribió RAMÓN en una de sus greguerías. De la cabeza de Ramón y ayudada por su mano levantada se eleva la idea ante la multitud que sigue boquiabierta las evoluciones de las palabras, las alas de las frases yendo y viniendo por el aire, los engaños titiriteros de los brazos, la diversión pública de los volatines, las figurillas vestidas y adornadas de las metáforas, la mano verdadera que se introduce en la falsa para mover los resortes de la idea en su interior. ¿Es preferible oir – además de leer – a un escritor? Acaso es mejor sólo leerle, pero el imán de ciertas figuras queda en la historia con su voz, como en este video rodado en 1928, (ahora evocado en la exposición «Escrituras en libertad« del Instituto Cervantes en Madrid), dos años después de que Ramón editara un nuevo libro de los muchos que escribió, «Las 636 mejores greguerías«, y un año antes de que aparecieran sus «Novísimas greguerías».
Ramón Gómez de la Serna habla y escribe siempre con las mismas o parecidas imágenes porque la greguería la lleva dentro. Lo que aquí dice del monóculo lo repetirá en «Les Nouvelles Litteraires«, en la entrevista que le haga Federico Lefevre: «¡Mi monóculo! – le dirá al periodista -,¿dónde está mi monóculo? ¿Cómo voy a sufrir su interrogatorio sin monóculo?…Porque es un aro sin cristal, no quiere nadie comprender la necesidad que tengo de este monóculo; pero ustedes a quienes el trato frecuente con los «grandes» de la tierra ha tenido que conferir el don del humorismo, ustedes comprenderan: este monóculo me grita ¡atención! Me obliga a prestar a la vida una fijeza más humorística. Obligándome a mantener en tensión y despiertos algunos nervios, hace un llamamiento a todo mi ser para que esté vigilante… Cuando llego a los pasajes más importantes de mis libros, me armo con este aro, unas veces de metal y otras de concha, como un misterioso «sésamo» que debe revelarme el misterio y prestarme ideas geniales…»
Este es RAMÓN, al aire libre y en su despacho, el hombre que rodeó de humorismo sus intervenciones. Habló sobre el toreo o sobre Napoleón vestido de torero o tocado con el sombrero napoleónico; disertó sobre Goya con traje de época; sobre el café Pombo, con el cuadro de la tertulia como cartel de fondo; sobre el Greco, ante el Caballero de la mano en el pecho dispuesto con un artilugio mediante el cual aquel brazo «en cabestrillo durante siglos» se distendía y bajaba a voluntad, él fue el orador de la conferencia-maleta o de la conferencia-mariposa, el que soltaba greguerías con globos o con cascabeles…, el hombre que recordó una vez: «la ametralladora escribe los puntos suspensivos de la muerte«.





Los ojos emocionados de Hanna Schmitz (Kate Winslet) en la película «El lector» de Stephen Daldry cuando escucha a Michael Berg leyéndole pasajes de «La dama del perrito» de Chejov o de «La Odisea«, no se emocionan ni se compadecen sin embargo ante las vidas de mujeres condenadas a muerte en los campos de concentración, y esto nos lleva de la mano al gran debate sobre si las artes y la literatura pueden incidir en algún momento y de algún modo sobre las formas del mal.
El último fin de semana llegué con mi mujer al Hotel B., en la sierra de Madrid. Teníamos reservada habitación desde hacía bastante tiempo y el día, que contra todo pronóstico se había ido estropeando pocas horas antes, me hizo decir nada más dejar las pequeñas maletas en la habitación:

«¿Sabe usted? – le dijo la periodista Alice Bellony a Alberto Giacometti -, la primera escultura suya que yo he visto fue en Nueva York: Le Chariot. Me quedé muy impresionada. Aún lo estoy.



Ahora que tantos periódicos nos quieren vender el secreto para cargar de años nuestra ancianidad recuerdo que Benjamín Constant recordaba que «el emperador Live-Song, en el siglo lX, murió de continuos brebajes de inmortalidad».




«Yo mismo, cuando era niño – escribe Tanizaki en «El elogio de la sombra» (Siruela) -, si aventuraba una mirada al fondo del toko no ma de un salón o de una «biblioteca» adonde nunca llega la luz del sol, no podía evitar una indefinible aprensión, un estremecimiento. Entonces, ¿dónde reside la clave del misterio? Pues bien, voy a traicionar el secreto: mirándolo bien no es sino la magia de la sombra; expulsad esa sombra producida por todos esos recovecos y el toko no ma enseguida recuperará su realidad trivial de espacio vacío y desnudo. Porque ahí es donde nuestros antepasados han demostrado ser geniales: a ese universo de sombras, que ha sido deliberadamente creado delimitando un nuevo espacio rigurosamente vacío, han sabido conferirle una cualidad estética superior a la de cualquier fresco o decorado. En apariencia ahí no hay más que puro artificio, pero en realidad las cosas son mucho menos simples».
«Me gustaría resucitar – termina Tanizaki -, al menos en el ámbito de la literatura, ese universo de sombras que estamos disipando…Me gustaría ampliar el alero de ese edificio llamado «literatura», oscurecer sus paredes, hundir en la sombra lo que resulta demasiado visible y despojar su interior de cualquier adorno superfluo».