EL GERMEN DE JOSEF K.

“El 29 de diciembre de 1899, un mediodía de viernes — cuenta el historiador y biógrafo Reiner Stach en ” Los años decisivos” —-, un jornalero en paro entró en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo de Praga a solicitar apoyo económico. Después de un breve examen de su caso, fue rechazado. El peticionario empezó a insultar a voz en cuello a los funcionarios, tiró algunas sillas por la estancia y, cuando debido al ruido inusual entraron corriendo los celadores, sacó una navaja del bolsillo. Hubo que llamar a un policía, y sólo entonces fue posible, uniendo fuerzas, arrebatar el arma al hombre, presa del frenesí. Fue entregado al departamento de seguridad de la dirección de policía, donde se tomaron sus datos personales. El hombre se llamaba Joseph Kafka y procedía del pueblo de Rotof, en la Bohemia central. Como aún no existían normas reguladoras para la prensa, la historia llegó a los periódicos con plena mención del nombre. Hoy, ese hombre se habría llamado ’ Joseph K. ”: un héroe de la sección de Local.

Josef K. : la abreviatura — sigue diciendo Stach —, apareció por vez primera el 29 de julio de 1914, sólo un día después de que Kafka decidiera ” salvarse” acudiendo al trabajo literario (…) En torno al 10 de agosto se le ocurrió a Kafka la idea decisiva. Hizo, como solía, una breve raya horizontal en uno de los cuadernos de sus Diarios para marcar el inicio de un nuevo comienzo y escribió entonces una extraña frase: “ Alguien debía de haber calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue apresado una mañana.”

(Imágenes— 1- estatua de Kafka en Praga por Jaroslav Rona- wikipedia//2–Kafka— elmundo es/ 3- “El proceso” de Orson Welles)

ESCRIBIR QUE NO PUEDO ESCRIBIR

“Escribir que se querría escribir, ya es escribir. Escribir que no se puede escribir, también es escribir. Soñaba entonces — dice Marcel Bénabou en ”Por qué no he escrito ninguno de mis libros” — con un anonimato cerrado a cal y canto, con un juego sutil de seudónimos que llegaran a despistar incluso al sabueso de más fino olfato de toda esa jauría. Hasta había empezado a desplegar toda una batería de identidades imaginarias, de las que muy pocas han encontrado la ocasión de emplearse hasta la fecha. Mi procedimiento era de lo más sencillo. Concebía cada nombre no como una máscara, sino como una especie de yo experimental que, como un rostro primitivamente poco agraciado en el que la cirugía ha conseguido restablecer cierta armonía, plasmaría de mí unos cuantos rasgos coherentes, aptos para inducir al lector a tener la ilusión de estar tratando con una personalidad original. Habría puesto todos esos seudónimos conjuntamente en circulación por el mundo, como otros tanto globos sonda y habría observado cómo se comportaban (…) Para rodear los obstáculos que me habían detenido hasta entonces, habría necesitado encontrar una manera de escribir que no amenazara con descarriar ni con descubrir a su autor. Una escritura en suma que se engendra a sí misma.”

(Imágenes— 2- Maria Gato – Virginia Milles gallerie/ 2- foto Harold Davis)

CARTOGRAFÍAS

“… En aquel Imperio — escribe Borges— , el Arte de la Cartografía logró tal perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, esos Mapas Desmesurados no satisfacieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él.”
(Imágenes—: 1- Massai- Fernando Vicente Sánchez—bigthink com/ 2- Fernando Vicente Sánchez- bigthink com)

EL PRIMER TÀPIES

“Una noche sufrí una de aquellas crisis — le confesaba Tàpies a Lluís Permanyer recordando las primeras etapas de su vida—: la sensación era la misma que si me mantuvieran la cabeza bajo el agua, y unas extrañas alucinaciones me provocaron la visión de mi cuerpo entero por dentro, pero como si se incluyera también todo el universo. De aquella época tengo los recuerdos más tristes, y fueron los de mayor confusión mental de toda mi vida. Me pasaba las noches en vela.

Tenía diez años cuando un nuevo profesor que nos pusieron en la escuela me gritó en clase que no sabía expresarme y que hablaba tan mal como un albañil. Seguramente era cierto; yo estaba acostumbrado a hacerlo en catalán y no en castellano, como él nos exigió. Siempre he creído que no tengo facilidad alguna de palabra, quizás a causa del bilingüismo o motivado por aquella reprimenda que ciertamente me acomplejó muchísimo. Hasta que comencé a pintar no logré liberarme un poco de ello, y comprobé además que podía así expresarme sin necesidad de hablar.

Convencí a mis padres para que pudiera transformar a mi manera mi dormitorio. A menudo me veía reflejado en aquel armario de luna del cuarto: un joven pálido, ojeroso, sentado en la cama. La mirada parecía honda, y el conjunto era interesante y extrañamente intenso. Además se estaba quieto y era el modelo más barato. No es de extrañar que yo cogiera un lápiz o una pluma y lo copiara. Exageraba a conciencia los rasgos de la cara, sobre todo los ojos, siendo una motivación parecida a la intencionalidad del romántico, en un deseo de incorporar la magia interna del personaje.

Muchos años después, evocando ya 1952, recordaba Tàpies aquel tiempo pasado:” llegué a la conclusión — decía— de que tanto los colores como las formas tenían muchas limitaciones. Llegué a la conclusión de que la mancha azul acabaría por representar el cielo, y una roja, la sangre: la asociación de ideas es inevitable. Trabajé con una intensidad realmente agotadora. Empecé por hacer un arañazo en la tela, luego otro, y otro…, hasta mil. Tales arañazos quedaron como heridas, como cicatrices que testimoniaban mi esfuerzo, la efervescencia de mi obsesión por concretar alguna forma en el cuadro. La obra daba un resultado inquietante a causa de la lucha material que allí se reflejaba. Tenía el aspecto de una pared desconchada o de un viejo pergamino. Descubrí entonces que, cuando en lugar de un solo arañazo se realizan mil, se produce un cambio cualitativo: la obra da sensación de serenidad.

(…) Me negué a trabajar con los colores. Me refugié en el blanco y el negro. Después acabé por descartar incluso esos y trabajé sólo con grises. La tela se había convertido en monocroma. Yo no he sido un pintor abstracto: cada una de mis obras representa siempre algo. Yo no podría realizar un cuadro sin que en él hubiera una imagen, una idea.”

( Imágenes— 1- fundación Tapies/ 2- colección particular/ 3- wikipedia/ 4- Galeria antoni Tapies)

EVOCACIÓN DE LA CLASE

Mi recuerdo baja por estas escaleras de piedra en este enorme edificio gris. Es una Facultad dentro de la Ciudad Universitaria de Madrid. Aquí he pasado gran parte de mi vida. Desde la carretera de La Coruña, a la entrada de Madrid, este edificio no destaca gran cosa. Pueden verse en la noche las figuras de las mujeres de la limpieza inclinándose en las papeleras y empujando los carritos de la basura. Cuando las figuras se van, estos pasillos y estas clases quedan vacíos. Mi recuerdo sigue ahora descendiendo muy lentamente; es mi recuerdo de treinta años el que baja escalón a escalón. Rozo la barandilla, desciendo al primer piso. Largo pasillo. Departamentos. Aulas. Seminarios. Aquí fui profesor. Mis frases y mis comentarios sobre la vida y el periodismo, sobre autores modernos y sobre clásicos, recorrieron estos paseos entre los pupitres, observaban apuntes, reportajes. Lo misterioso de este edificio es que al cabo del tiempo se sigan oyendo las mismas o parecidas voces. ¿ Soy yo el que sigo explicando? Y si no soy yo, ¿ de dónde provienen y de quién son estas voces que ahora oigo?

— Bien. — escucho a lo lejos— . Vamos, entonces, a empezar la clase… .

—- Van ustedes a coger el papel, porque hoy vamos a hacer un ejercicio…

—-Les ruego que tomen bien los apuntes, porque de ellos se examinarán de teoría….

—- Y ahora guarden silencio, por favor, que empezamos…

Veo la mano que toma la tiza y los dedos que aprietan los signos contra el encerado azul. Sé que soy yo el que escribo en la pizarra, y cuando me vuelvo veo otra vez estos rostros y estos ojos que están mirándome desde hace años. Las espaldas de los alumnos se curvan a cada embite de mi explicación y sus espinas dorsales van y vienen tensas y flexibles sobre los apuntes. Siempre me ha impresionado ese movimiento. Es un concentrarse sobre el conocimiento y es un remar al unísono del papel. Reman a la vez que remo yo. Dejo la tiza en el borde inferior de la pizarra y levanto la mano para explicar mejor. Ahora de la palma de mi mano parece que salieran palabras como palomas que a su vez han salido de mi boca y antes aún de mi memoria y que ahora vuelan a refugiarse en los oídos de los alumnos trazando una curva de prestidigitación. Así, mientras yo sigo bajando las escaleras del edificio, oigo el revoloteo de las palabras que cruzaron estas aulas durante treinta años, los años que yo he explicado aquí.
Me despido de Luna al llegar al vestíbulo. Todas las tardes me llevaba un café. Me mira desde el otro lado del cristal del despacho de bedeles y levanta la cabeza.

Aún sigo envuelto en palabras.

— Adiós, don Julio, hasta mañana.— me dice.

—Adiós, Luna — le digo — Y gracias por el café.”

José Julio Perlado

(Imágenes— 1- Rothko/ Rothko 1948)

LA AMISTAD CON LOS VIENTOS

Una de las cosas que he admirado siempre en los chinos de los otros tiempos, leyendo las historias de aquella nación — decía Álvaro Cunqueiro -, es su gran amistad con los vientos. Los árabes del desierto también han sido amigos de estos errantes, pero no como los chinos. El sabio Hsia Yuming llegó a establecer la familia real de los vientos del Noroeste, que soplaban sobre la montaña de las Dos Fuentes, donde se había retirado con su nutria doméstica, su tetera y sus libros y los zapatos de su primera y única esposa, que los llevaba al cuello adornado con flores silvestres, color de la inmensa soledad. Eran cuarenta y dos los príncipes vivos de aquella estirpe, de Oeste a Norte, más un muerto, un fantasma de viento vestido de blanca niebla que acudía dos veces al año, al alba. Yuming amaba, sobre todos, el viento dieciséis, un lento y pacífico caballero que venía de visita a la montaña en abril, cuando ya estaba florida la viola odorata, y en llegando a la ladera de las violetas se quedaba dormido, con la abierta boca sobre ellas. Yuming se sentaba en él, a soñar.

Pero acaso nuestro vendaval, el vendaval de los lucenses, no quepa en un catálogo de vientos. Es como un enorme dragón de desplegadas alas. Yo lo conozco desde mis primeros años. Lo he visto abatirse sobre mi valle natal, despeñándose desde las altas montañas, ruidoso, y deshaciéndose en cien brazos por las estrechas calles de mi ciudad. Es como un dios de algo, terrible pero paternal, indolente, pero de una nobleza incomparable. La imagen que algunos, en un momento de optimismo histórico- político, tenemos de Carlomagno, es algo parecido. Golpea con su cabeza en los montes, barre la llanura, aventa el agua de las llamas, y se corona con las ramas que rompe en sus violentas y locas cabalgadas.”

( Imagen – Jean Francois Millet)

EL PRIMER DALÍ

“Un buen día — le confesaba Dalí a Lluís Permanyer— , mi familia decide comprar la mejor cubertería de plata. Durante algunos meses no se habla de otro tema. Optan por organizar la ida a París. Mi hermana, mi tío y yo emprendemos viaje. A la hora de la verdad la adquieren en Bruselas, pues, según me pareció entender, resultaba más barata que en París. Y, para no pagar impuestos, al llegar a la frontera francesa mi hermana y mi tía escondieron cucharillas, tenedores, cuchillos y demás entre los refajos, debajo del corsé… Pero cuál no fue su estupor cuando ven a una aduanera, ¡enorme y mal encarada aduanera! , que hundía una especie de sable que llevaba en la mano en paquetes y maletas para tratar de descubrir el contrabando. De pronto, mi tía y mi hermana desaparecen. Resultó que, muertas de miedo ante la perspectiva de que aquella concienzuda mujerona pudiera hallar la cubertería de plata que intentaban pasar sin declarar, decidieron ir al retrete: allí sacaron cucharillas, tenedores, cuchillos y… ¡ los tiraron agujero abajo!

Yo quería visitar a Picasso — seguía contando Dalí repasando sus recuerdos —. Llevaba un regalo para Picasso. Era una tela acerca de la que Alexandre Plana había escrito los pertinentes elogios. Por cierto: no he vuelto a saber nada más de ese cuadro. Lo voy a describir por si alguien sabe de su paradero. Medía un palmo cuadrado y se titulaba ”La noia de Figueres”. Lo pinté según el estilo de la escuela holandesa. La ”noia” aparecía con un vestido de encaje y estaba sentada en el comedor; a través de la ventana se veían las letras FORD en lo alto de una casa vecina. Eran calcadas de las que aparecían en la agencia Ford de Figueras. Las pinté de color azul. Este elemento, que hoy sería calificado de pop, destacaba de aquel conjunto netamente clásico y, como es lógico, causó un fenomenal escándalo en la ciudad.

Pues bien, cuando llegué a casa de Picasso yo llevaba esa tela, cuidadosamente envuelta, bajo el brazo. Picasso vivía en la rue de la Boétie. Lo primero que le dije a Picasso fue que había decidido visitarle primero a él que al Louvre. Picasso ni pestañeaba. Me respondió: ”Ha hecho usted muy bien”. Inmediatamente le entregué “ La noia de Figueres”. Lo examinó durante casi un cuarto de hora, sin decir esta boca es mía. Luego me condujo al taller y me mostró las telas que allí tenía. Así estuvimos dos horas. Yo tampoco hice el menor comentario- añadió Dalí—. Esa fue mi primera entrevista con Picasso. Años más tarde seguí relacionándome con él, y puedo decir que soy el único pintor que hasta el presente ha colaborado con Picasso. Fue cuando la revista ”Minotaure”.

Tiempo después, un día Picasso me dijo: ”Llévese esta plancha y añada lo que mejor le plazca”. Cogí la plancha y grabé dos huevos al plato, pero sin el plato. Entonces, cuando se la devolví, Picasso grabó a su vez en esa misma plancha. Así entablamos un fructífero e interesante diálogo artístico, y llegamos a realizar hasta cuatro intercambios. Tales obras no han aparecido jamás, y Picasso me confesó en una ocasión que se las habían robado; era cuando yo vivía en rue l’Université.

Dalí recordaba también sucesos de Madrid: ” cuando fue anunciada la visita de Alfonso Xlll a la Academia de Bellas Artes De San Fernando, el grupo revolucionario amenazó con no asistir. El Rey fue recibido con frialdad. Al final se preparó la foto de rigor: Alfonso Xlll entre los alumnos. Rechazó el sillón que le ofrecieron y se sentó en el suelo. Acto seguido atenazó con el pulgar y el índice el cigarrillo que fumaba, y lo proyectó con increíble y pasmosa precisión: la colilla describe una parábola perfecta y va a caer limpiamente en el centro mismo de una escupidera que estaba a más de dos metros de distancia. Nos quedamos estupefactos, atónitos — recordaba Dalí—. Alfonso Xlll acababa de realizar una hazaña que todos los presentes envidiaban y querían imitar, y además no hay que olvidar que, con aquel gesto típico de un chulo madrileño, Alfonso Xlll se había identificado con el pueblo. Provocó tal entusiasmo que prorrumpimos en un espontáneo y unánime: ” ¡Viva el Rey!”.

( Imágenes— 1-Dalí- foto Arnold Newman / 2- fundación Dalí/ 3- museo de San Petersburgo/ 4- Dalí – 1938- museum Boysmann – Roterdam)

DE LA OSCURIDAD

“La oscuridad es vertiginosa. El hombre necesita claridad. Cualquiera que se sumerja en lo opuesto al día siente el corazón oprimido – así lo escribía Victor Hugo—. Cuando el ojo ve lo negro, el espíritu se enturbia. En el eclipse, en la noche, en la opacidad, nace la ansiedad, incluso entre los más fuertes. Nadie camina solo en la noche a través de una selva sin temblar. Sombras y árboles, dos espesores temibles. Una realidad quimérica aparece en lo profundo del instinto. Lo inconcebible se presenta a algunos pasos de nosotros con una nitidez espectral. Se ve flotar en el espacio, o en el propio cerebro, no se sabe qué de vago e inaprensible como los sueños de flores dormidas. Se aspiran los efluvios de un gran vacío negro. Se tiene miedo y a la vez deseo de mirar hacia atrás. Las cuevas de la noche, los perfiles taciturnos que se disipan conforme uno avanza, el lúgubre reflejo en lo fúnebre, la inmensidad sepulcral de los silencios, los seres desconocidos posibles, los estremecedores torsos de los árboles, las largas hierbas temblorosas, intentan venir en defensa de todo esto. Se prueba como si el alma se adaptase a la sombra.”

(Imágenes— 1–Albert Bierstadt/ 2- Neujahrsnacht – 1905)

IMÁGENES Y PALABRAS

“Una fotografía vale mil palabras. ”Sí”, y admite el novelista americano William Saroyan, ” solamente si usted mira la imagen y dice o piensa mil palabras.” Esta frase, frecuentemente repetida — dice Jean Keim en ”La fotografía y el hombre”— , podría parecer evidente a primera vista. Es cierto que para describir y agotar un contenido ni mil palabras bastarían. Las palabras, leídas u oídas, necesitan, para ser entendidas, de un cierto lapso de tiempo. La fotografía, mucho más compleja, es vista en un abrir y cerrar de ojos y sería el medio de comunicación ideal. ¿Pero quién puede estar seguro de ver y además entender la imagen reproducida, sin haber recibido antes otras informaciones además de aquellas mostradas por la foto?.”

((Imagen— Tommy Hilding)

CON HILO BLANCO

“Con hilo blanco

hilvano las palabras nuevas

que caen en mis rodillas

como una lluvia de nubes sin tiempo,

los insectos oscuros

que se desprenden de las ramas

en las que nunca canta un ave,

las doradas astillas

con las que quiso arder un sol

que llegó tarde, los cantos rodados

y las burbujas del más hondo

arroyo de mi desconsuelo.

Con hilo blanco

voy formando un collar, una ristra,

que se enrosca al pecho, a los hombros,

a la garganta ; que pregunta

silenciosa y salvajemente,

que responde oprimiendo

para evitar las objeciones

y las preguntas indiscretas.

Con hilo blanco

hilvano palabras y sustos,

caparazones y fracasos,

cuanto no es por sí solo

nada que valga un nombre,

cuanto atormenta en las tardes inmersas

bajo un dios demasiado alto;

con hilo blanco,

con hilo negro.”

Ángel Crespo

(Imagen — Erwin Blumenfeld – 1938)

VIAJES POR ESPAÑA (25) : PEÑÍSCOLA

“Desde Benicarló se ve a lo lejos, unido a la costa como buque encallado, blanco y enorme — evoca el costumbrista Gonzalo Puerto Mezquita— el promontorio de Peñíscola ceñido de baterías, cercado de torres y murallas. El caserío, oprimido por círculos de piedra, va escalonándose hasta la cúspide. Una gaviota pasa en lo alto, sobre el cielo azul. Las tripulaciones de unas barcas descargan lo que han pescado durante la noche, mientras unas viejecitas de luto, con manos sarmentosas, pajizas, encendieron, cuando llegó el crepúsculo, una luz ante la Virgen para que velase por ellos. Los marineros con el pantalón subido van trasladando a la orilla unas cestas brillantes bajo el sol, con reflejos de plomo recién fundido.
Las marineras examinan ávidamente su interior. Las que contenían langostinos, con su transparencia de cristal blanco y denso están separadas como materia preciosa. Junto a la única puerta del pueblo brota una fuente de la roca. Peñíscola empina sus ventanas sobre el mar, es una población de calles pendientes y angostas. Dos hombres siguiendo a sus caballerías, que llevan herramientas agrícolas salen de este pueblo de pescadores para cultivar sus parcelas de campo en la zona continental. Aquellas viejecitas de manos pajizas van por estas calles pinas y tortuosas a las novenas, miran el cielo en días borrascosos y piden juntando las manos que se aplaquen las olas.

Las murallas escalonadas y los baluartes y torreones que se encaraman sobre el peñón, aprietan en lo más alto la mole del castillo. El mar, de un azul hermoso y amable, lanza contra los peñascales, como ramos de flores, las espumosas crestas del oleaje. El juego de luces y sombras es único en Peñíscola. Anochecido, cuando comienza el eterno coloquio entre el faro y el mar, las casas regalan a la bahía una sarta de luces que la bahía se prueba como collares. A nuestros pies, en lo hondo del acantilado, se percibe el rumor ronco incesante, de las olas que se estrellan contra los peñascos.”

(Imagen— Peñíscola — wikipedia)





















EL PERSONAJE

Lo más curioso de aquel cuento era que el escritor aún no tenía personaje. Iba y venía nervioso Andrés R. arriba y abajo del pasillo de su casa, y el escritor no alcanzaba a ver un personaje creíble para su historia, un personaje nítido que pudiera ser el eje central, o al menos un personaje marginal, una figura que poco a poco adquiriera en el relato un auténtico relieve.
Pero como ocurre, sin embargo, en muchos cuentos, la solución simplemente estaba cerca de allí, en una concreta calle de la ciudad, exactamente en el café de una plaza situada frente por frente a la casa del joven escritor, aquel Andrés R. que paseaba y volvía a pasear sin acertar a ver cómo empezaría de una vez su historia, ya que seguía sin tener el personaje.
Su personaje, sin embargo, llevaba tiempo sentado en el café de enfrente. Sin ser visto por el escritor, sin ser reconocido por nadie, el personaje había pedido una solitaria copa de coñac, una copa con la que jugueteaba sobre la mesa de mármol. De vez en cuando, apartando los visillos de la ventana del café, miraba hacia arriba, hacia el piso del escritor, al otro lado de la acera, y seguía aquel ir y venir tras aquellas luces encendidas donde se debatía inseguro el joven escritor cuya sombra pasaba una y otra vez tras la ventana.




Los personajes muchas veces son más astutos que los escritores, esperan, aguardan, intuyen más, conocen mejor los entresijos de una historia y por dónde ella puede deslizarse, saben disfrazarse, apostarse y ofrecerse al autor en situaciones muy cruciales, incluso pueden trabajar a la vez con distintos autores porque consiguen adquirir diversos tonos, emplean vocablos muy precisos, un léxico apropiado para cada novela o para cada cuento, asoman y de repente se esconden, son así, en el fondo juguetean con la imaginación del autor, porque se consideran imprescindibles, y realmente lo son, muchos de ellos quedan para siempre por encima de sus autores, y hasta a algunos se les recuerda en las calles con estatuas, como por ejemplo aquel célebre comisario de policía francés que se inmortalizó mucho más que su creador, un novelista belga.




Todo esto lo conocía muy bien el personaje del café que continuaba acariciando con los dedos su copa de coñac y seguía mirando con curiosidad y una mezcla de escepticismo la casa de enfrente, las idas y venidas del escritor incipiente El personaje de la copa de coñac sabía que él no era un personaje importante, era un personaje gris, había nacido hacía más de sesenta años en un puerto de mar, se había casado dos veces, tenía tres hijos de distintas mujeres y por culpa de la bebida y de los malos hábitos, estaba solo, apartado de la familia y de la sociedad y dormía desde hacía años entre cartones bajo los soportales de distintas ciudades aguantando el frío y la intemperie. Se llamaba Bruno pero no revelaba su apellido. El sí sabía que no era un personaje importante pero en cambio conocía bien la riqueza de su biografía, que era lo que realmente podía ofrecer a los escritores. Con su figura pequeña, sus ojos vivos y brillantes, y siempre envuelto en una vieja gabardina, poseía como una doble personalidad: en las épocas en que dejaba de beber, su cuerpo se enderezaba, se erguía, adquiría una digna estatura dentro de su pequeñez e incluso podía emanar de sus mejillas por fin afeitadas un olor a cierta colonia que él acababa de conseguir. En cambio, cuando se sumergía en la bebida, su cuerpo se achicaba, toda su columna vertebral se inclinaba hacia delante, arrastraba los pies, tan solo quedaban límpidos sus ojos que miraban la botella como si fuera su desahogo y su tormento. Recordaba muy bien aquellas reuniones nocturnas bajo el frío en que venían caritativos estudiantes a verle y a traerle café cuando dormía bajo los soportales y entreabriendo un poco los cartones como si de un cuarto de estar se tratara los iba recibiendo un poco emocionado, respondía amablemente a sus preguntas y todos, sentados en corrillo en el suelo, improvisaban una tertulia casi familiar en torno a un vaso caliente. Pero fue en una de aquellas reuniones nocturnas cuando le sucedió algo inesperado. En la segunda fila del corrillo, ocultándose en parte tras los cartones, con los ojos bajos, descubrió el rostro de uno de sus hijos, David, el mediano, a quien hacía años no veía. Era un muchacho espigado y bien vestido. David no levantó los ojos en ningún momento para saludar a su padre. Y cuando alguien del corrillo le preguntó a Bruno por qué no dejaba aquella vida desordenada y volvía a su casa, Bruno miró fijamente a su hijo y David en cambio siguió con los ojos bajos, sin pronunciar palabra.
Todo aquello, y mil cosas más, formaba parte de la vida del personaje que apuraba ahora su copa de coñac. Si el escritor incipiente hubiera conocido todo esto, Andrés R. habría dejado de pasear arriba y abajo de su piso buscando al personaje. Pero el personaje no llegaba. Al fin el personaje del café de enfrente se levantó de su silla, pagó su copa de coñac y salió a la calle. Cruzó la calle en la noche y la cruzó erguido y enderezado el cuerpo, como en sus mejores momentos de sobriedad. Cruzó y entró en el portal de la casa del escritor, subió silenciosamente los pisos y, encontrando la puerta entreabierta, vio al escritor de espaldas, aturdido, sentado ante su página en blanco. Entonces, como suelen hacer los personajes en muchas de estas ocasiones, el personaje se acercó muy despacio por detrás, puso las dos manos sobre los hombros del escritor, procuró transmitirle todas sus vivencias, y el escritor pudo así empezar su historia.”


José Julio Perlado


( del libro ”La mirada”)


(relato inédito)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS


(Imagen — Arthur Tanner— fox-trotskista)

PAISAJE DESPUÉS DE LA CAZA

¡ Y una mañana de verano en julio! ¿Acaso alguien, excepto un cazador, ha experimentado jamás el deleite de pasear entre los arbustos al amanecer? — escribía Turguéniev en sus “Relatos”— Los pies dejan marcas verdes en la hierba cargada y blanca de rocío. Apartas los arbustos mojados y el cálido aroma acumulado durante la noche casi te sofoca; el aire está impregnado con la fragancia fresca y agridulce del ajenjo, el olor a miel del alforfón y el trébol. Más allá se eleva un bosque de encinas como una muralla, que brilla con un resplandor púrpura bajo el sol; el aire aún es fresco, pero ya empieza a sentirse el calor. Semejante exceso de aromas dulces hace que la cabeza se sienta un poco mareada. Y los arbustos continuan sin fin. A la distancia el centeno maduro se ilumina de amarillo y hay estrechas franjas de alforfón rojo óxido. Luego se oye el sonido de una carreta; un campesino avanza a paso de hombre y dirige el caballo hacia la sombra antes de que el sol comience a calentar. Lo saludas, sigues de largo, y después de un rato oyes a tus espaldas el sonido metálico y chirriante de una hoz. El sol se eleva más y más, y la hierba se seca rápidamente. Ya hace calor. Pasa una hora, luego otra. El cielo se oscurece en los bordes y el aire inmóvil arde en llamas.”

(Imagen —Isaac Levitan)

CONRAD Y LA ESPERANZA

“No debe suponerse que reivindico para el artista en ficción la libertad del Nihilismo moral — decía Conrad en 1905–. Esperaría de él, más bien, numerosos actos de fe, el primero de los cuales sería el alimentar y mimar una esperanza eterna; y esperanza, incontestablemente, implica toda la piedad del esfuerzo y de la renuncia. Tendemos a olvidar que el camino de lo excelso es en lo intelectual, a diferencia de lo emocional, la humildad. Lo que uno siente tan irremediablemente estéril en el pesimismo declarado es tan sólo su arrogancia. Parece que el descubrimiento hecho por muchos hombres en diferentes momentos de la historia de que es mucha la maldad existente en el mundo fuera fuente de orgullo y de inconfesable alegría para no pocos autores modernos. Esta disposición de la mente no es la más apropiada para abordar seriamente el arte de la Ficción. Da al autor — Dios sabe por qué— una confortable sensación de superioridad, y no hay nada más peligroso que esa satisfecha comodidad para la absoluta lealtad para con los sentimientos y sensaciones que debiera poseer el autor, sobre todo en los más exaltados momentos de creación.

Ser esperanzado en un sentido artístico no implica necesariamente el creer en la bondad del mundo. Basta con creer que no es imposible que sea así.”

(Imagen-ptxabay)

¿LA GUERRA?

Cuando se concentra la comitiva de vehículos en el horizonte de la historia como sucede en estos días, los mapas nos traen también en el tiempo todas las armaduras anteriores, las lanzas, los escudos, los proyectiles, antiguas caballerías al galope, gemidos de pueblos enteros: toda la barbarie de defensa y ataque de los siglos. Ahí están, extendidos en el recuerdo, la guerra de Macedonia, la organización militar de los árabes, de los Normandos y del imperio romano de Oriente, el inicio de los mercenarios, la génesis de la infantería moderna, la caballería, las primeras armas de fuego, la influencia que tuvieron esas armas de fuego sobre las tácticas de la infantería, las armadas permanentes en Inglaterra , Francia, Austria y Prusia, en el fondo todo el despliegue del arte militar.

La guerra, en el sentimiento general desde la antigüedad, como señala Chevalier en su Simbología, revela la capacidad de autodestrucción en el fluir universal, el triunfo muchas veces de la fuerza ciega. En principio, la guerra tiene por fin la destrucción del mal, el restablecimiento de la armonía y de la paz tanto en el plano cósmico como vital, pero no siempre se cumple.

“Los hombres se tambaleaban agotados sobre los caminos de tablones — se escribía sobre la Primera Guerra Mundial del siglo XX – . Los heridos que cayeran de cabeza dentro de los agujeros de los proyectiles corrían el peligro de ahogarse. Las mulas se resbalaban fuera de los caminos y con frecuencia se ahogaban en los gigantescos agujeros que los flanqueaban. Los cañones se hundían hasta hacerse inútiles; los fusiles se atascaban y ya no disparaban; incluso la comida se echaba a perder en el inevitable barro.”

Años después se escribía sobre otra guerra:

“Hemos saqueado y perseguido, difamado, insultado y asaltado. Hemos privado vilmente a mujeres pobres de sus escasos ahorros; hemos detenido a un hombre por atravesar Londres con el fin de arrebatarle una caricia a su esposa y le hemos castigado como solo se castiga a los más salvajes gamberros.”

¿La guerra? Esto es la guerra mientras contemplamos la comitiva de vehículos en el horizonte.

José Julio Perlado

( Imágenes— 1- Sam Weber— soldado de invierno/ 2- Albrecht Altdorfer -1529)

VIAJES POR EL MUNDO (47) : SERRA AMARELA — (PORTUGAL)

“Todo el día por la Serra Amarela, visitando fosos cavados para cazar lobos — escribe el portugués Miguel Torga— . La Serra Amarela es uno de los parajes yermos más perfectos de Portugal. Situada entre Gerês y Lindoso, sus pliegues son amplios, profundos y solemnes. No tienen ermitas ni romerías y la cruzan los lobos, los jabalíes y las corzas. El mal de la repoblación oficial a base de pinos no ha llegado todavía aquí. De modo que vive en ella el soplo claro de las aves en libertad y la sonrisa abierta de los grandes soles. No hay más camino que los que hace el zorro, ni más posadas que las chozas de los pastores. Es el Portugal medular, la Iberia en su pureza esencial y granítica. Un acebo aquí, urces milenarias allí, un roble en una garganta. No hay corazón entre el Duero y el Miño que no se sienta arropado y reconfortado en un suelo como éste.”

(Imágenes— 2- Rui Palha/ 2- Winslow Homer- 1893)