ESCRIBIR : EL TIEMPO Y LOS RUIDOS

 

 

“Nunca hay tiempo suficiente para un escritor – recordaba David Bradley -. Por ello, los escritores debemos aprender a escribir cuando parece que no estamos escribiendo — cuando nos dirigimos al trabajo en autobús, o estamos en un avión o dirigiéndonos al supermercado —. Si esperas a sentarte ante la máquina de escribir para escribir, lo más probable es que te quedes mirando una hoja o pantalla en blanco hasta deprimirte por completo. La sensación de impaciencia, de que tienes que correr a casa para sentarte a escribir, empieza con la idea. Nadie lucha para conseguir el tiempo necesario para escribir algo si no se tiene antes una idea clara de lo que ese algo es.”

 

 

Sobre el silencio y el aislamiento para poder crear se ha comentado mucho. Pero también sobre la influencia de los ruidos. Richard Bausch  confesaba: “Lo mejor es rodear el trabajo de escritor de música, ruido y amigos. Cuando a un recién nacido lo aíslas del ruido, lo entrenas para el insomnio; luego todo le molestará y no podrá dormir. Sucede lo mismo con la escritura. Si te creas un área de expectación sobre cuándo y cómo serás capaz de realizar tu trabajo, te estás entrenando para no hacerlo. Shostakovic escribió su famosa “Séptima sinfonía” o “Sinfonía de Leningrado” durante el asedio de la ciudad. Las bombas caían a su alrededor, y sabía que había muchas probabilidades de que muriera en las próximas horas o días. Entrénate para escribir en lugares bulliciosos, bajo el bombardeo de ruidos que hace el mundo — trabaja en habitaciones donde juegan los niños, con la música puesta, incluso la televisión —. Trabaja con el convencimiento de que si se te ocurre algo verdaderamente bueno no se escapará hacia el olvido a causa de una distracción. Volverá a ti de nuevo. No hay una excusa conocida que sirva para no trabajar cuando deberías estar haciéndolo.”

Siempre que leo estas frases recuerdo a José HIerro cuando me contaba que se iba a escribir a un pequeño bar muy bullicioso. Allí, entre las voces de los camareros y el sonido de las cucharillas, encontraba su inspiración.

 

 

(Imágenes – 1-Mark Ulriksen – The New Yorker – 2015/2- Eve Arnold -1950/3- Robert Frank -1956)

“CIUDAD EN EL ESPEJO” (3)

 

 

CIUDAD  EN  EL  ESPEJO  (3)

 

“Después el doctor don Pedro Martínez Valdés mira hacia la ventana, ese cristal levantado de la buhardilla por donde entra el aire y llega la luz y sobre el que pasan inmensas, silenciosas y blancas las nubes del cielo de Madrid. El polen de la atmósfera invisible asciende en poros diminutos y veloces, una brisa sutil, ahora, a las siete menos cuarto de la mañana, envuelve la claridad del jardín y este chalé de dos plantas, con su garaje y su comedor, con su pequeño pórtico de columnas y sus tres dormitorios, está rodeado por motas de primavera que parecen de nieve, copos minúsculos de un algodón extraño y apenas perceptible, copos que sobrevuelan las hojas de los arboles y vagan blandamente, sin norte, entre algún pájaro furtivo. Estan viniendo pájaros de una a otra zona verde de Madrid, de uno a otro espacio. Son pájaros del Retiro, de la Casa de Campo, pájaros que bordean árboles de la Castellana y Recoletos, pájaros que han dormido recogidos en si mismos, acariciados por su plumón, y que ahora cortan el aire en vuelo veloz, una cinta de alas que nadie percibe, a la que nadie ve, pájaros con su mundo propio en la frondosidad de las ramas y a los que nadie escucha cuando cantan entre sí, picoteo de comunicación cada vez mas sonora, con su lenguaje exacto y puntiagudo, y al que ninguno oye ni nadie, o muy pocos, entienden bien, casi nadie percibe el amor de los pájaros cantando enamorados.

Pero Ricardo Almeida esta despertándose. Ha de llegar al Prado a la hora en punto, a las nueve de la mañana, ha de esperar rondando por sus salas a que se acerquen visitantes y turistas, hacerse el encontradizo con ellos, pasear por los alrededores del vestíbulo y aguardar. Hay una figura, doctor, le dirá al psiquiatra esta tarde, que siempre me persigue, Qué figura, le preguntará el medico. Sueño con ella, don Pedro, le añadirá con más confianza en esa sesión, parece que la viera incluso durmiendo, yo mismo soy ella. Pero a qué figura se refiere, insistirá Valdés. Sueño con ser, contestará Ricardo, ese perfil negro, asomado al dintel de la puerta, que aparece al fondo, en “Las Meninas”, Usted, sin duda, sí habrá visto “Las Meninas”, doctor, le preguntará Ricardo. Sí, sí las he visto, responderá el médico, y se le quedará mirando imperturbable. Y Ricardo preguntará aún con insistencia: cuántas veces las vio. Muchas, dice Martínez Valdés, y enseguida, pensando, se corrige, Bueno, varias, varias veces, añade. Hay que esperarlo todo, los psiquiatras han de esperarlo todo, la paciencia es aliada del tiempo y del tiempo van saliendo despacio los secretos: como ante un cazador que aguarda, las tripas de la paciencia comienzan a reventar al fin muy lentamente, las ha hinchado el aire y estallan unas veces despacio y otras con gran brutalidad. Yo trabajé sirviendo libros en la Biblioteca Nacional, dice Ricardo Almeida: estuve allí tres años, luego me pasé al Prado, ahora soy guía. Y de repente se revuelve y pregunta, Conoce usted, doctor, la Biblioteca Nacional. Entonces el psiquiatra contesta. Sí, entré una vez. Pero se da cuenta de la maniobra, Soy yo y no él quien ha de llevar las preguntas, mío es el interrogatorio. Me hablaba usted de “Las Meninas”, agrega, Qué quería decirme.

Ahora se va despertando en la bruma RicardoAlmeida García, son casi las siete de la mañana, y en la pensión donde vive, en pleno barrio de Chamberí, con balcones que dan a la plaza de Olavide, el primer sol va suavemente rozando el gran círculo de arena en el espacio que hace años fue mercado. En el siglo XlX esto lo describía Galdós como los aledaños de Madrid, afueras, escombros, descampados. Ahora es un barrio más de la capital, barrio castizo y céntrico, la glorieta del pintor Sorolla a dos pasos, la plaza de Quevedo muy cerca, a su lado calle de Bravo Murillo, en la otra vertiente, muy rápido, se alcanza Luchana, y si se sube por entre las casas pequeñas, casas que afortunadamente aún no han crecido y no son rascacielos, se llega hasta la calle de Eloy Gonzalo o hasta la calle de Santa Engracia. Mira entre las nieblas el despertador Ricardo Almeida, Son las siete, se dice, se yergue, se acerca al lavabo, se mira adormilado en el espejo. Fue una aparición, doctor, le dirá esa tarde al psiquiatra, yo estaba allí, en pijama, no me había lavado, miré el espejo y allí estaba él. Quién, preguntará Valdés, quién estaba allí. José Nieto, responderá Ricardo. Cómo, quién dice, insistirá el psiquiatra, repítame el nombre, no le he entendido. José Nieto, contestará Ricardo sereno. Y quién es ese hombre, dirá el psiquiatra. El que fuera jefe de la tapicería de la reina doña Mariana, el aposentador de Palacio, contestará Ricardo.

– ¿Cómo? – insistirá sin moverse el psiquiatra – ¿cómo dice?

 

figuras.-397hh.-Uta Barth.-2005.-colección Magasin.-foto Christer Carlsson.-coretsía de Andéhn - Schiptjeko

 

Efectivamente, ahora, a las siete o quizá ya siete y cinco de la mañana de este ocho de mayo, en la pensión Aurora” enclavada en el número seis de la plaza de Olavide y ante el espejo del minúsculo lavabo en que se mira Ricardo Almeida García, al fondo, en la claridad entornada de la puerta de madera, sosteniendo con su mano derecha el borde de una cortina, aparece José Nieto, una sombra y una precisión, una efigie negra que mira con intensidad a Ricardo, no pierde de vista su figura aún arrugada de sueño y envuelta en su pijama de rayas, la profundidad viva en el pequeño cuarto de la pensión. Muchas mañanas me había sucedido eso, doctor, pero hoy al despertarme fue algo tremendo, dirá Ricardo tranquilo: yo estaba allí, lavándome, tenía las manos bajo el grifo, levanté por primera vez la cabeza y vi con mis ojos en el espejo el cuadro entero de “Las Meninas”. Y así es exactamente: Ricardo Almeda nunca sabrá bien cómo explicarlo y no encontrará fórmulas para expresarse. De repente el espejo del lavabo cobra profundidad y adquiere una precisión tal como si la familia entera de Felipe lV, la familia real en pleno siglo XVll, se transformara en cuadro. Nadie puede imaginar en el Madrid del siglo XX, que en el cuartucho de esta casa modesta, en el piso segundo de la plaza de Olavide número seis, en la habitación número tres de la pensión “Aurora”, precisamente en el cuarto cuyo balcón da encima del bar “La Oliva” en donde el camarero Paco Gálvez, indiferente, lava sus primeros vasos, sirve los cafés con “porras” o con churros y arrastra con esfuerzo el primer barril de cerveza preparando el aperitivo del mediodía, este espejo rectangular junto a la ducha, este espejo que alguien creería inundado de vahos, da paso de la tibieza a la luz y del vacío a la presencia. Primero suele aparecer, doctor, José Nieto, aparece al fondo, es mi doble, soy yo mismo algo más avejentado, creo que tiene un principio de barba y que sonríe, me sonríe siempre, siempre ha sonreído. El psiquiatra se reclinará en la butaca y mirará con fijeza a Ricardo Almeida, le dejará hablar. Es lo primero que suelo ver, doctor, dirá Ricardo, lo primero que se me aparece muchas mañanas. Y qué más le ocurre, preguntará impávido el doctor Valdés. Me quedo extasiado, agarrotado, me quedo con las manos hundidas en el agua del lavabo, sin poder hacer nada. Todo el espejo es cristal, pero la parte superior de ese cristal, el techo, el techo de ese mismo cristal, dirá como pueda el pobre Ricardo al médico, va enseguida oscureciéndose. El doctor le animará con la cabeza y será como decirle, Siga, prosiga, continúe, qué más. El techo del cristal, doctor, añadirá Ricardo, va oscureciéndose, y al

 

figuras.-66vv3.-Dirk Skreber.-o T.-2001.-Engholm Galerie

 

fondo, en la claridad profunda del espejo, asoma la puerta entreabierta. Entonces quedará Ricardo Almeida callado y ensimismado, atraídos sus ojos por ese recuadro luminoso que aún parece seguir viendo, esa puerta entreabierta y entornada con su hoja de clara madera, aquellos seis peldaños que ascienden alumbrados, la figura en hábito negro recortada en la luz, toda ella vestida de capa, sombrero en la mano izquierda, la mano derecha pareciendo apartar una cortina, la pared blanca del pasillo al fondo, la luz, la hondura, el efecto misterioso del relieve, la atracción, el imán.

– ¿Y qué le ocurre más? – le preguntará el psiquiatra.

 

figuras.-5lala.-Sandy Skoglund.-all-art.org

He visto tantas veces ese cuadro, contestará Ricardo, lo he explicado en tantas ocasiones a los turistas, que no sé si yo mismo estoy en el Prado o continúo allí, en pijama, en el cuarto de mi pensión. Ricardo Almeida no lo sabe expresar bien, se aturulla, se queda mirando al médico y se ve impotente para contarlo. Y sin embargo es verdad: poco a poco el rectángulo del lavabo va oscureciéndose en lo alto. Queda auténtico y real, no pintado sino colocado sobre la misma vida, la superficie honda en la que Ricardo se lava las manos, el cuenco blanco del lavabo y al lado, sobre una repisa, el vaso de cristal, el dentrífico y el cepillo de dientes, la pastilla de jabón, la pequeña toalla, el peine, la máquina de afeitar y una caja con cuchillas. Si Velázquez hubiera de pintar esta pensión por encargo de Felipe lV lo haría con voluntad y magia, dando relieve maravilloso a los objetos y revelando en primer plano a este hombre en pijama mirando a Velázquez que le mira con la paleta en la mano en actitud de pintar. Porque la realidad, doctor, dice Ricardo, supera a la ficción, y yo no sé bien contárselo, discúlpeme, no sé, no sé cómo contarlo, murmura con angustia, usted no me creerá, e insiste, Créame. Es primero, repite como una obsesión, el blanco de la puerta al fondo, y luego va llenándose el espejo con la luz del vestido de doña Isabel de Velasco, una de las meninas o doncellas de honor de Margarita, la Infanta. El  doctor don Pedro Martínez Valdés pocas veces ha visto tan cerca de sí pupilas tan alucinadas en un hombre. Ricardo Almeida, parece contemplar una visión, pero es una vivencia, vivo recuerdo suyo, algo tangible que sus ojos buscan. Ha de creerme, don Pedro, le dirá esta tarde. Son esos blancos que inundan mi espejo los primeros que llegan: el vestido de la Infanta Margarita, el blanco de otra de las meninas, doña María Agustina Sarmiento, los rostros llenos de luz, doctor, y sobre todo, la puerta abierta al fondo, siempre la claridad de esa puerta abierta, y ese hombre, José Nieto, que mira.”

José  Julio  Perlado

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

(Continuará)

 

 

 

Imágenes.- 1.-(Imágenes.-1.- Ad Reinhardt/ 2.-Uta Barth– 2005- colección Magasin–foto Christer Carlsson- cortesía de Andéhn Schiptjeko/ 3.-Dirk Skreber-2001- engholm galerie–kerstimengholm/4.-Sandy Skoglund-all-art-org/ 5.-Jules Olitski.-1970)

“CIUDAD EN EL ESPEJO” (4)

 

 

CIUDAD  EN  EL  ESPEJO (4)

 

“Está brillando el día por la calle de Trafalgar esquina a la plaza de Olavide, coches que entran veloces por el subterráneo que alcanzará la calle de Eloy Gonzalo, automóviles que van y vienen bajo las planchas de acero y de tierra ignorantes de que un hombre queda perplejo ante el espejo de esta pensión, nunca serán conscientes de lo que ocurre. Hay un aroma a fritos de los primeros desayunos, cucharillas y tazas en cafés de Chamberí, tintineo musical en mostradores, la prisa de la hora, máquinas de café que humean su sofoco, voces, gritos, mandatos, órdenes de camarero a camarero, el Madrid de la lengua y de los ruidos, Ese ruido, doctor, me aturde, dirá Ricardo al médico. Yo amo el silencio, amo la soledad, amo el mutismo, lo aprendí en mi trabajo en la Biblioteca Nacional. Madrid no se oye a sí misma a causa de los ruidos. Parece que estuviera preparando su concierto de la jornada, el desconcierto de su concierto, no la calidad del rumor, no el ronroneo orquestado sino la algarabía envuelta en humo y coronada por la polución con la que no podrá ya la mansa primavera. Una gruesa paloma, pequeña, hinchada e impasible, recorre oronda, lanzando sus patas finas y sonrosadas, casi en carne viva, el borde del balcón de esta pensión en donde “Las Meninas” están apareciéndose, Fueron primero los blancos, don Pedro, le dirá Ricardo al psiquiatra, la amplia falda con guardainfante de la Infanta Margarita lo que me deslumbró, Al doctor Martínez Valdés le asombrará la expresión, “falda con guardainfante”, pero nada dirá. Tiene a un guía ante sí, guía del Prado, hombre que ha debido estudiar, que tiene sus expresiones peculiares, que posee, en fin, formas de expresarse. Fue la cara luminosa de esa infanta de cinco años, nacida en 1651, Velázquez pintó el cuadro a fines del verano del 56. Está hablando trastornado Ricardo Almeida, estará ante el psiquiatra mirándole, pero seguirá ante el cuadro, el pincel de Diego de Silva Velázquez aún en el aire parece a punto de tocar la paleta para pintar ese rostro demudado del guía, la palidez de sus mejillas, sus manos hundidas en el agua, los ojos desorbitados. Aparece inclinada y arrodillada en el espejo del lavabo una de las meninas de las que habló ya Ricardo, doña María Agustina Sarmiento, que queda de perfil y ofrece por los siglos de los siglos, hasta que acabe el mundo, hasta que arda el Prado, hasta que Madrid salte por los aires, Que ofrece, fíjese don Pedro, le dirá Ricardo Almeida a su médico, Ofrece a doña Margarita, la Infanta, encima de una salvilla plateada, un búcaro o harrita de barro coloreado, he ahí el contraste. Por qué contraste, interrogará en un murmullo Valdés, poco sabe de pintura este doctor pero está ya interesado, no apresado aún, todavía no imantado, pero sí interesado, Por qué contraste, vuelve a preguntar.

Todo el espejo del lavabo de este pequeño cuarto se ha ido llenando muy lentamente de personajes. Los blancos son distintos, la luz que ciega a Ricardo Almeida cuando mira fijamente el cristal, desvela una tonalidad muy clara en los trajes de las dos meninas que acompañan a la Infanta y un mayor esplendor, una rotundidad de tono crema en la anchura central del vestido que cubre a Margarita.

 

figuras.-397hh.-Uta Barth.-2005.-colección Magasin.-foto Christer Carlsson.-coretsía de Andéhn - Schiptjeko

 

Hay blancos también, salpicados y punteados, deslizados suavemente por el pintor, en las mangas y en los lazos conque se adorna Maribárbola, la enana macrocéfala, Usted sin duda la conocerá, doctor, seguro que la recordará, agrega Ricardo al médico, es Maribárbola, la enana de origen alemán. Por la derecha del espejo, saliendo de lo opaco e iluminada extrañamente por el resplandor de una alta ventana que alumbra el cuarto de esta pensión en la plaza de Olavide, Diego de Silva Velázquez, a las siete y diez de la mañana, va pintando sin querer, rápida y velozmente, con un realismo y precisión pasmosos, esta cabeza hinchada y a la vez aplastada, el rostro enorme y lleno, los ojos diminutos sobre los labios y la nariz juntos y machacados por la deformidad, el cabello largo y suelto, la estupidez, la inexpresividad. Me miró Maribárbola, don Pedro, le dirá Ricardo al psiquiatra, y entonces fue cuando saqué las manos del agua, empecé a no tener miedo, sabía que no me podía afeitar y que debía mirar todo lo que apareciera en el espejo, me aparté un poco. Ahora habla con naturalidad, como si lo viera, con un asomo de valentía. Y cuando menos puede esperárselo el médico, añade:

– Entonces, empecé a andar por el cuadro.

Y entonces usted empezó a andar, repetirá en su momento el psiquiatra Martínez Valdés, y lo dirá con toda sencillez, sin la menor extrañeza. A los pacientes hay que seguirles la conversación y el raciocinio, a los supuestos locos no hay que forzarles nunca, tampoco a los cuerdos, a los supuestos cuerdos de la vida, que la existencia es un ir y venir de asentimientos: el río de las conversaciones se desliza en un abrir y cerrar de labios, las conciencias suelen derramar casi sin querer cuanto llevan dentro y lo hacen con una ligereza y suavidad tan inauditas

 

figuras.-66vv3.-Dirk Skreber.-o T.-2001.-Engholm Galerie

 

que los médicos están para eso, para dejarse invadir por sus conversaciones y monólogos, los buenos médicos deberán ser, como así lo es el doctor Valdés, oídos atentos, órganos perceptibles y repetitivos, extremadamente sensibles cuando haga falta, aptos, muy preparados, años de consulta han hecho que lo más inverosímil de la existencia de un salto de repente y en su voltereta quede todo tranquilamente en pie, veraz, y tal y como si siempre hubiera ocurrido. Y es que ha ocurrido así: tiene esta galería de “Las Meninas”, dirá Ricardo Almeida a su médico y enseguida se corregirá, Pues de este modo lo escribe Palomino, y habrá de preguntar de inmediato, Sin duda, doctor, habrá leído usted a Palomino, su obra se titula El Museo Pictórico, e insiste, fijos los ojos en el médico, La leyó o no la leyó, es esencial. Don Pedro Martínez Valdés no sabe esta vez cómo escabullirse: No, no la ha leído, responde. Pero es como si nada hubiera dicho: seguirá su discurso Ricardo Almeida, le sale de dentro su erudición de guía, lo que aprendió, aquello que estudió, el poso de sus conocimientos. Tiene esta galería, sigue Ricardo mirando al médico, varias ventanas, así lo describe Palomino, ventanas que se ven en disminución y que hacen parecer grande la distancia; es la luz izquierda que entra por ellas, y sólo por las principales y últimas. El médico no se atreverá a interrumpirle y es Ricardo invadido de ideas y de luces el que proseguirá: el pavimento es liso, y con tal perspectiva, que parece se  puede caminar por él. Y el doctor Valdés aprovechando esta frase última, sugerirá:

– Y fue cuando usted se puso a caminar, me decía.

– Sí, don Pedro – dirá Ricardo -. yo eché a andar por el cuadro.

 

figuras.-5lala.-Sandy Skoglund.-all-art.org

 

Quédase embobado Ricardo Almeida García, va en pijama, son las siete y diez de la mañana en Madrid, las siete y diez en el espejo del lavabo de esta pensión en la plaza de Olavide número nueve, El perro no se movió, don Pedro, Me refiero al gran mastín echado a la derecha del cuadro, sus patas alargadas, soportando en su lomo el pie del enano Nicolasico Pertusato. Ahora hay un gran silencio en el cuadro, Las figuras que miran a los reyes que a su vez las están mirando o que quizá miran al pintor, tal vez al propio espectador, eso nunca lo sabrá nadie, dejan pasar inmóviles a este guía de cuarenta y seis años que avanza hacia el fondo. El autor de Museo Pictórico, Antonio Palomino de Castro y Velasco, no sabrá contar de modo preciso que entre las figuras maravillosas que hizo don Diego Velázquez, una fue la del cuadro grande con el retrato de la señora Emperatriz, entonces Infanta de España, Doña Margarita de Austria, siendo de muy poca edad, pero que hacia ella y sin inmutarse marcharía tres siglo después el guía del Prado Ricardo Almeida García, natural de Madrid, vecino siempre de la capital, hombre de contextura redonda y cabeza hinchada y muy grande, trabajador como pocos a fuerza de codos, autodidacta casi, estudioso a la luz de una lámpara en infancia y adolescencia, atormentado por su padre al que a la vez admiraba, maestro que fue de profesión, llamado su padre José Almeida López, hombre serio, enjuto y reconcentrado, que rumió muchos pensamientos y que poco dijo en la vida a su hijo, sumido en personales tenebrismos. A los pies de Doña Margarita de Austria está de rodillas Doña María Agustina, menina de la Reina, hija de Don Diego Sarmiento, como también contará Palomino, Pero fue por el otro lado, don Pedro, fue por entre el perro y entre la enana Maribárbola, apenas rozando la gran falda marrón de la otra menina y que luego sería dama, Doña Isabel de Velasco, hija de Don Bernardino López de Ayala y Velasco, Conde de Fuensalida y Gentilhombre de cámara de su Majestad, le dirá Ricardo a su médico, fue por allí por donde yo me metí, y lo hice muy despacio, no tenía prisa, sí, no lo escondo, algo había que me llamaba, algo me acuciaba, yo no tenía, sin duda, más que llegar.

Se queda, pues, a la derecha de este guía del Prado que hoy es paciente del doctor, en término más distante y en media tinta, en lo profundo del cuadro, Doña Marcela de Ulloa, señora de honor, y junto a él, en sombras, un guardacamas, como entonces se llamaba a esta penumbra que el pintor revela. Muy al otro lado, a la izquierda, está el mismísimo Don Diego Velázquez, en apariencia inmóvil, pintando: tiene él la tabla de colores en su mano siniestra, y en la diestra el pincel, y la llave de la cámara y de Aposentador en la cinta, que no sólo lo dice Palomino, sino que personalmente yo lo vi, dice Ricardo Almeida, y eso lo admiran todos, don Pedro, así como el hábito de Santiago, que después de muerto Velázquez, le mandó Su Majestad le pintasen.

– ¿Y qué hizo usted, Ricardo?- le dirá el médico muy interesado.

Hay que llamar por su nombre de pila a los pacientes,  así parece recomendado, hay algo singular en cada nombre, ellos mismos se muestran singulares, nunca se creen multitud.”

José  Julio Perlado

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(Continuará)

 

 

Pale Blue II 1970 by Jules Olitski 1922-2007

 

(Imágenes.-1.-Ad Reinhardt/ 2.-Uta Barth- 2005- colección Magazine- foto Christer Carlsson- cortesía de Andéhn Schiptjeko/ 3.-Dirk Skreber-2001- engholm galerie–kerstimengholm/4.-Sandy Skoglund-all-art-org/ 5.-Jules Olitski.-1970)

 

HISTORIA Y PERIODISMO

 

Prácticamente todo cuanto está escrito en el periódico de hoy es historia, lo que aparezca en cualquier jornada sea cual sea el diario, la revista y su periodicidad, la grabación televisiva o radiofónica, muchos de los textos distribuidos por las nuevas tecnologías, todo ello es utensilio capital en el taller del historiador. El historiador investiga, rastrea los hechos ocurridos, compara, coteja versiones, acumula y selecciona, complementa lagunas, descubre indicios reveladores y, entre mil operaciones más, a veces se queda con la incógnita en el aire, tal y como si el enigma, a pesar de los datos, no consiguiera desvelarse.

Recordaba todo esto cuando hace algún tiempo leí el libro de Raymond CartierHitler:  al asalto del Poder”. Allí aparecía un párrafo inicial del doctor judío Eduard Bloch: “En mis cuarenta años de práctica médica nunca había visto un dolor tan desgarrador como el del joven Hitler”. Naturalmente, Adolfo Hitler tenía en ese momento diecinueve años y la fecha era el 23 de diciembre de 1908. Acababa de enterrar a su madre en el cementerio de Leonding.

 

 

Cartier intentaba culminar una obra de histora ayudándose con el amplio bagaje del periodismo. Se le había proporcionado la documentación que provenía de multitud de fuentes en gran número de países, especialmente de archivos privados y de colecciones de diarios y revistas del mundo entero. Flor de un día parecía una noticia en cualquier periódico del mundo, pero no era así. La noticia y sus variadas interpretaciones, las omisiones y deformaciones, así como las fidelidades a la verdad se entrecruzaban continuamente. El periodismo, a veces sin darse mucha cuenta, lleva consigo el peso enorme de una responsabilidad inmediata, asimismo proyectada hacia el futuro. El pasado se va reconstruyendo pieza a pieza por el historiador que puede ir hasta el escondite de los archivos secretos cuyo sello en silencio el tiempo desvela y hasta hace poco consultaba esas hemerotecas quizá ya polvorientas y hoy sustituidas por bancos de imágenes.

Cartier, como tantos otros grandes periodistas, entregaba en aquel libro su gran caudal de amplios estudios y lo hacía con la minuciosidad y el rigor que une al periodismo con la Historia, reflejada en una de sus frases: “Nunca he tenido otra profesión que la de periodista”. Y sin embargo era con esa profesión cuando cruzaba el umbral del historiador.

 

 

(Imágenes- 1- webdeapplecom 2- Stuart Davis- 1924 -artnet/3- Alain Pontecorvo)

“CIUDAD EN EL ESPEJO” (5)

 

CIUDAD  EN  EL  ESPEJO (5)

 

“- ¿Qué hizo usted, Ricardo? – insistirá el doctor Valdés.

El médico sabe bien lo que hizo, pero a Ricardo Almeida lo han traído hasta alí para hacer confesión personal, que es la que vale, el vómito de la conciencia, la palabra en coágulos, frase en borbotón. Ricardo Almeida no parece ahora estar en el despacho del psiquiatra, avanza, se adelanta, Sobre la profundidad de Velázquez, añade el guía, se han escrito artículos, estudios, libros, hay infinidad de pareceres, yo andaba sobre esa profundidad, por encima de ella, don Pedro. Marcha ahora en pijama este hombre al que alumbra el resplandor último de esa puerta desde donde José Nieto le mira. Es que acaso va a cerrarse esa puerta del fondo, o tal vez es que se quiere abrir aún un poco más, entonces qué hace esa figura en el dintel, es que acaba de llegar o es que se marcha ya, quizá ni siquiera esperará a que avance este hombre, cómo es posible que Velázquez no la retenga. Pero Velázquez lo retiene todo, No le miraba yo a Velázquez, don Pedro, ni Velázquez tampoco me miraba, ese cuadro de “Las Meninas” posee tal profundidad y transparencia, añadirá Ricardo Almeida, y ahora ya no fija la vista en su médico sino que queda aturdido en lo infinito. Me miró entonces el paciente – querría escribir en su informe el doctor Valdés pero no podrá redactarlo nunca – con un estrabismo convergente y con beatífica sonrisa, y parecía, (así le hubiera gustado relatar cualquier ponencia), justamente el  bufón Calabacillas sentado ante mí, el llamado erróneamente Bobo de Coria. Me pareció un ciego feliz y acorralado por la vida que me dijo:

– Don Pedro, yo ya no sé si estaba en el espejo del lavabo del cuarto de la pensión, o caminaba hacia el espejo que hay al fondo del cuadro…

– ¿Pero dónde creía estar usted de verdad, Ricardo? – le preguntará realmente el psiquiatra.

Una iluminación desciende de los techos del Museo. Así al menos lo cree el enfermo. Espejos grandes, enmarcados en escudos dorados y emblemas bicéfalos, estampan un tibio vaho de empañado cristal. Hay finos aparatos modernos, estratégicamente situados a media altura en la mente de este hombre, aparatos que mantienen en perfecto equilibrio clima y ventilación en todas las salas. El Museo, dentro de la cabeza de Ricardo Almeida, tiende, de cuando en cuando, cordones de separación ante lienzos valiosos. Grandes losetas cubren el suelo y llegan los primeros adormilados vigilantes vestidos ya con su uniforme: blanca camisa, corbata, chaqueta azul, hombres de cuyos pantalones cae de la cintura hasta el pie una raya dorada. Aún no habían llegado, don Pedro, mis clientes, dice el guía, los de las lenguas extranjeras, Me aturde el inglés, doctor, más aún el alemán y el japonés, del japonés nada sé, conozco sólo el italiano y el francés, y comienza a balbucear este bobo de Coria ante la mesa del psiquiatra, Diego de Silva, né à Seville en 1599, mort à Madrid en 1660, àgé de 61 ans, elève de Francois Herrera le vieux et de Francois Pacheco, y con los ojos extraviados

 

figuras.-397hh.-Uta Barth.-2005.-colección Magasin.-foto Christer Carlsson.-coretsía de Andéhn - Schiptjeko

 

del Calabacillas y las manos crispadas y con la estúpida sonrisa de bufón, añadirá presumiendo, Ma quello che si è tenuto, e si tiene in grande stima, si è l`eccellente quadro istoriato della Infanta Donna Margherita Maria d`Austria ancor bambina assistita da altre della medesima età, e da differenti personagi, con due figure di nani, e dietro Don Diego Velázquez, che la ritrata.

Y calla Ricardo.

Ha aguantado Don Pedro Martínez Valdés toda esta retahila de cosas porque todo, o casi todo, en el despacho de un médico suele ser escuchar y atender, a veces asentir, siempre esperar. Es como si el paciente se encontrara ahora en la sala número quince de la planta principal del Museo del Prado, allí donde reposan “Las Meninas”. Mira el enfermo con ojos deslumbrados al doctor y sus pupilas parece que le gritan: Oh Velázquez, sus tres dimensiones, Sevilla, Madrid, Italia, los viajes, la Corte, O acaso ustedes no recuerdan que a Velázquez lo visitó Rubens en 1628 y que fue éste el que debió aconsejarle que viajara a Italia, Porque al principio, fíjense, Acérquense más aquí, lo escucharán mejor, En Sevilla, con el maestro Pacheco, fue el naturalismo tenebrista, propio de la mitad del XVll, Y luego sería la plenitud barroca de la segunda mitad del siglo…

Hasta que de repente arranca igual que un toro, a una velocidad increíble. Va por dentro del espejo, deja a un lado meninas, infantes, trajes y personajes. Van cayendo figuras mientras hunde su navaja de afeitar. Cree ver en el fondo a José Nieto inundado de sangre y es él quien está ya encharcado y dolorido, el espejo del lavabo se ha hecho añicos.

– Lo recogieron a usted medio muerto esta mañana, Ricardo.

Y el enfermo asiente.

-¿ Y por qué lo hizo?

Pero aún no estamos entre psiquiatra y enfermo. Son las ocho menos veinte de la mañana de un martes ocho de mayo, a la hora en que ocurrió el suceso. Don Pedro Martínez Valdés, que nada sabe, baja camino del garaje a sacar su coche, un Opel-Corsa blanco, pequeño, apto para conducir en la ciudad.

Mientras tanto se ha oído un chillido tremendo en la pensión “Aurora”, en la plaza de Olavide número nueve, en la otra punta de Madrid. Y un perro abandonado, quizá estremecido, ha levantado su cabeza y se ha quedado inmóvil, tan sólo un segundo, mirando al balcón.”

José  Julio  Perlado

(Continuará)

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figuras.-66vv3.-Dirk Skreber.-o T.-2001.-Engholm Galerie

 

(Imágenes.-1.-Ad Reinhardt/ 2.-Uta Barth- 2005- colección Magazine- foto Christer Carlsson- cortesía de Andéhn Schiptjeko/ 3.-Dirk Skreber-2001- engholm galerie–kerstimengholm)

CIUDAD EN EL ESPEJO (6)

 

CIUDAD  EN  EL  ESPEJO  (6)

 

“Por las mañanas los médicos aún no tienen la cabeza poblada de enfermos. A decir verdad, los médicos no quedan absorbidos  por los enfermos ni por la mañanas, ni por las tardes, ni siquiera a veces  por las noches: hay una agenda , un recorrido, se sabe que Jacinto Vergel, menudo nombre colocaron los padres a tal apellido, le han logrado al fin sentar en bata, con una bata azul celeste en el extremo de un pasillo del Doctor Jiménez, el sanatorio situado al fin de la calle Méndez y Pelayo, regido por unas monjas. El jardín es pequeño, pero lo que son largas y brumosas, inquietantes y plácidas a la vez son estas avenidas de cristal interior, puros cristales esmerilados en forma de intestinos en donde la luz de las residencias psiquiátricas son un fanal de miel alucinada, las cabezas y las vidas recorren o se quedan quietas en un punto, el punto se agranda, la grandeza adquiere dimensiones irreales y majestuosas. En lo que el cerebro del doctor Martínez Valdés  no se detiene ahora, mientras pasa con su coche al lado de la auténtica Puerta de Hierro de Madrid, la que fuera entrada al camino de acceso al coto real de caza, granito y piedra blanca pulimentada de Colmenar, tiempos aquellos del Rey Fernando Vl, cuando el coto real de El Pardo estaba vallado por un muro, conforme el doctor Valdés está remontando en estos momentos el tráfico por la Ciudad Universitaria, su pensamiento no está en Jacinto Vergel, o en Concha Cañas, o en Aurora Rodríguez Sanjuán, o en Máximo Silvestre, o en Lucía Galán, o en Alicia Madurga, o en Eufrosio López Sevillán, o en Don Pablo Ausin, o en Carmelo Torrent, o en Laureana Bosch, o en Silvia, o en el marqués de

 

 

Brujas. Hay  tantos nombres repartidos, tantos apellidos, se han concebido tantos seres, existen tantas camas, están bordados tantos  números en las solapas de las batas, las lavanderías de los hospitales giran en espuma, los ascensores de los sanatorios huelen a cenas y a comidas, cada uno posee sentimientos y pensamientos, los años pasan sobre la capital de España, una bruma delicada, primero vagorosa, nube enfermiza y doliente, viene muy suave por entre las rendijas del recuerdo y la memoria de Jacinto Vergel, mientras el doctor Martínez Valdés alcanza ya la Moncloa, subirá la Gran Vía hacia la Puerta de Alcalá, el vapor de los automóviles  esconde bajo una castiza capa al rey Carlos lll, el mejor alcalde de Madrid, el que dotó a la ciudad de alcantarillados y pavimento e iluminó sus calles, evocación de Carlos lll, halo misterioso que mirará el doctor desde el edificio de Correos, le llegará  desde el Museo del Prado y desde el Jardín Botánico, silbido oloroso de esta primavera que sube por los vericuetos de las calles desde la Puerta del Sol.

 

 

Jacinto Vergel casi no ha dormido. Al alba, mucho antes de que entraran las monjas en su habitación, ėl mismo se ha puesto la bata azul y ha empezado a caminar muy deprisa por los pasillos, casi siempre está en los pasillos, se acostó muy tarde, tienen que obligarle a que se acueste, acecha a cualquier viajero, interlocutor o trashumante que le escuche, Jacinto Vergel Palomar nació en Manzanares el Real hace setenta y seis años, es hombre flaco, nervudo, tieso, necesita gruesas gafas, parece solamente aldeano y en cambio tiene mucha sabiduría popular, ha leído algo, caminó mucho, es inquieto, sobre todo amoroso, el corazón se le escapa con picardía, guarda una risa seca e irónica como un tic que acompañara a sus silencios, un empujón de sorna igual a una tos. Cuando Jacinto Vergel Palomar se tumba en la cama de su habitación del Doctor Jiménez no puede cerrar los ojos de tanto que anduvo. Tiene en la cabeza todos los caminos de las cercanías de Madrid, sale de Manzanares el Real, al lado mismo del castillo, y echa a andar muy joven, Mire hermana, le dice en cuanto puede a Sor Benigna, Usted se viene conmigo hacia Cerceda, luego nos vamos los dos a Cercedilla, después doblamos tranquilamente a Miraflores y llegamos a Lozoya, a la izquierda dejamos Oteruelo del Valle, Alameda, Pinilla del Valle y Rascafría. A Sor Benigna no le encaja el nombre, es monja alta, austera, con un temple de acero y dirige el sanatorio del Doctor Jiménez con mano firme y sin contemplaciones. Mire, Jacinto, quédese quieto de una vez, usted y yo no nos vamos a ninguna parte, le dice la monja a Jacinto, déjeme en paz que tengo mucho que hacer, y sobre todo deje en paz a  Luisa. Luisa Baldomero González es mujer oronda y de anchas piernas, muy gruesos y encarnados tobillos, rostro redondo, sus varices le hacen caminar despacio por el sanatorio, nunca podrá seguir a Jacinto ni por el Soto del Real, ni llegará a Guadalix de la Sierra, ni menos alcanzará hasta Bustarviejo, ni tocará Valdemanco ni rozará Canencia. Son pueblos estos del noroeste de la provincia madrileña. Mire hermana, le repite incansable Jacinto a Sor Benigna en un rincón del pasillo, Mi padre me enseñó tan bien el castillo de Manzanares, que es como si fuera mío, Usted se coge de mi brazo y nos asomamos juntos a las torres para ver bien limpia la Pedriza, es decir, la piedra, esas paredes enormes que yo he subido hasta con mochila, y como la monja no le contesta y le dice que se calme, Jacinto se va pronto a la parte del sanatorio donde están las mujeres, su corazón sube y baja las escaleras cuantas veces sea necesario, es montañero, asciende escalones, baja peldaños, únicamente con Luisa Baldomero del brazo y con un amor y una dedicación pasmosos, tal como si llevara un cristal a punto de romperse, se mete en el ascensor y la acompaña igual que si fueran a casarse.”

 

 

José Julio Perlado

(Continuará)

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(Imágenes —1-Jerzy Grabowsky/ 2- Louise Bourgeois)

ANTONIO MACHADO, A LOS 80 AÑOS DE SU MUERTE

 

 

 

“… Visto desde nosotros, observado a nuestra luz medio falsa – escribía de Machado Juan Ramón en “Españoles de tres mundos” – , era corpulento, un corpachón naturalmente terroso, algo de grueso tocón acabado de sacar; y vestía su tamaño con unos ropones negros, ocres y pardos, que se correspondían a su manera extravagante de muerto vivo, saqué nuevo quizás, comprado de prisa por los toledos, pantalón perdido y abrigo de dos fríos, deshecho todo, equivocado en apariencia; y se cubría con un chapeo de alas desflecadas y caídas, de una época cualquiera, que la muerte vida equilibra modas y épocas. En vez de pasadores de bisutería llevaba en los puños del camisón unas cuerdecitas como larvas, y a la cintura, por correa, una cuerda de esparto, como un ermitaño de su clase. ¿Botones? ¿Para qué?  Costumbres todas lógicas de tronco afincado ya en cementerio.

 

 

(…) Y no hubiera sido posible una última muerte mejor para su extraña vida terrena española, tan mejor, que ya Antonio Machado, vivo para siempre en presencia invisible, no resucitará más en genio y figura. Murió del todo en figura , humilde, miserable, colectivamente, res mayor de un rebaño humano perseguido, echado de España, donde tenía  todo él, como Antonio Machado, sus palomares, sus majadas de amor, por la puerta falsa. Pasó así los montes altos de la frontera helada, porque sus mejores amigos, los más pobres y más dignos, los pasaron así. Y si sigue bajo tierra con los enterrados allende su amor, es por gusto de estar con ellos, porque yo estoy seguro de que él, conocedor de los vericuetos estrechos de la muerte, ha podido pasar a España por el cielo de debajo de tierra.”

 

 

“(…) Y mire, él quería vivir – le decía Madame  Figueras a Joaquín Gómez Burón cuando éste la entrevistó para escribir suExilio y muerte de Antonio Machado” -: se le notaba, porque alegraba sus ojos cuando llegábamos a verlo y a interesarnos por ellos. Luego, al marcharnos, muy entrada la noche, el semblante se le ensombrecía, como si temiera que esa fuera la última vez que podría vernos. A su madre la trasladaron a otra habitación, poco después, para que no viera morir al hijo. A la pobre mujer, cuando preguntaba que dónde estaba “su Antonio”, le respondíamos que lo habían llevado a un sanatorio. ¡Qué hombre tan educado! Agradecía todo y sentía no poder correspondernos como hubiera querido. Merci, merci, decía continuamente, ante cualquier gesto amistoso o cualquier palabra de aliento. Le disgustaba no disponer de dinero para cubrir los gastos que estaba ocasionando el Hotel; sin embargo, aunque había traído mucho dinero, ¡mucho! – y me contaba este detalle abriendo los brazos y alzándolos sobre la mesa junto a la que estábamos conversando – era dinero de la República, y no valía nada. Parece mentira, pero ese hombre supo ganarse el afecto de todos los que le tratábamos. Y es que era muy bueno. Pregunte, pregunte usted a quien quiera y le dirá lo mismo, lo mismo que le estoy diciendo yo.”

 

 

(Imágenes -1- Antonio Machado con Margarita Xirgu en el Teatro Español el 26 de marzo de 1932/ 2-Antonio Machado – por Joaquin Sorolla- wikipedia/ 3- Soria – el semanal/ 4- Antonio Machado en los últimos días de su vida -Nueva tribuna)