DEL CAFÉ AL TUIT

 

 

 

“ Al cara a cara de la imagen fija y el texto, característico de la enciclopedia  – señala el filósofo francés Pierre Lévy -, la cosmopedia opone un gran número de formas de expresión: imagen fija, imagen animada, sonido, simulaciones interactivas, mapas interactivos, sistemas expertos, ideografías dinámicas, realidades virtuales, vidas artificiales, etc. En última instancia, la cosmopedia contiene tantas semióticas y tipos de representaciones como se pueden encontrar en el mundo mismo (…) La característica principal de la cosmopedia, y lo que le da su valor, es precisamente la no separación. Para los intelectos colectivos el conocimiento es un “continuum”, un gran mantel de retazos del cual cada punta puede plegarse sobre cualquier otra. La cosmopedia desmaterializa las separaciones entre los conocimientos. Al ser Imagen plural del conocimento, la cosmopedia es el tejido mediador entre el intelecto colectivo y su mundo, el intelecto colectivo y él mismo.”

Por esa inmensa cosmopedia navegamos, alejándonos en cierto modo de aquella enciclopedia que antes nos amparaba y enriquecía, como así lo señala Ana Cuquerella en su interesante  libro sobre la literatura digital, esa nueva vanguardia resumida en su título: “Del café al tuit”.

 

 

(Imágenes-1- Naum Gabo/ 2- Gary Simmons- 2007)

SIN TIEMPO

 

 

”Los relojes no nos pueden dar la hora del día

para qué evento rezar

porque no tenemos tiempo, porque

no tenemos tiempo hasta que

sabemos qué hora rellenamos,

por qué la hora que es, es distinta a la que fue.

Ni puede satisfacer nuestra pregunta

la contestación en el ojo de la estatua,

Solo los vivos preguntan qué frente

puede llevar ahora el laurel romano:

los muertos dicen solamente cómo.

¿Qué sucede con los vivos cuando mueren?

La muerte no es entendida por la muerte: ni por ti ni por mi”.

W.H. Auden – “ Sin tiempo” – (Poemas 1939- 1947) ( traducción de Margarita Ardanaz)

(Imagen -Bruno Braquehais)

EN CONVERSACIÓN CON DOÑA EMILIA

La aparición de una nueva biografía, Emília Pardo Bazán”, de la historiadora Isabel Burdiel (Taurus) , nos lleva hasta los grandes salones donde trabajaba la escritora gallega, el escenario de su enorme mesa salomónica que mantenía en su centro una carpeta, un tintero y una papelera y que los ojos del “Caballero Audaz” retenían para contarlo después en una larga entrevista. “ De mi niñez –  decía Emília Pardo Bazán allí sentada – lo único que puedo decirle es que a los seis años leía “El Quijote” asiduamente… Yo no recuerdo haber pasado en mi vida un día sin leer. Escribí versos desde muy niña, pero nunca me hice ilusiones de ser poeta, porque comprendí que mis versos eran malos. En prosa tengo más de sesenta libros publicados. La obra que mayor éxito ha tenido ha sido “Los pazos de Ulloa”. Mis grandes amigos han sido, por de pronto, Castelar, que me quería como a una hermana. Otro gran amigo que tuve fue don Antonio Cánovas y su mujer, el duque de Rivas lo es en la actualidad, y Galdós. Galdós y yo nos queremos mucho. De los literatos actuales me gustan mucho Azorín y Unamuno.

Por otro lado – proseguía– yo soy una radical feminista. Creo que todos los derechos que tiene el hombre debe tenerlos la mujer, y es más, creo que hay una relación directísima  entre los derechos y privilegios concedidos a la mujer y el estado de cultura de las naciones. En Suecia, Noruega, Dinamarca y Finlandia es donde la mujer se halla casi al nivel del hombre, donde hay diputadas.; en cambio, en los países menos adelantados es donde se considera a la mujer bestia de apetitos y carga. No tenemos más que volver los ojos a Marruecos. En España, dudo que por mucho tiempo se abran paso las corrientes femeninas. Sin embargo, si miro atrás, tengo que reconocer que hemos avanzado en este aspecto de la vida, porque yo he conocido los tiempos en que unánimemente se decía que la mujer sólo debía zurcir calcetines; hoy ya, si se piensa, por lo menos no se dice. Los hombres en España alardean de aparecer siempre preocupados por el amor de las mujeres, y no puede haber mayor obstáculo que éste para que avance la mujer; para que la mujer adelantase aquí sería necesario, en primer lugar, que ella quisiese, y en segundo lugar que encontrase algún terreno preparado, alguna ayuda en el hombre también. Mi obra para abrir las puertas españolas al feminismo ha sido solamente personal, dando el ejemplo de hacer aquello que pude de lo que está prohibido a la mujer. He tenido el gusto de ser la primera socia de número del Ateneo, la primera mujer que ha sido profesora de la Escuela de Estudios Superiores en el mismo Ateneo; el prmer socio de número de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País. No cabe duda que, si las mujeres siguieran mi ejemplo, el feminismo en España sería un hecho.”

Esta conversación, en 1915, tenía lugar en aquel gran salón que ocupaba la enorne mesa, presidida por el tintero y la carpeta. Ante aquel escenario estaba doña Emília, con “su cara bermeja, sus cabellos plateados y una enorme perla de calabaza que, presa de un hilillo de platino, pende de su cuello carnoso, rebota y salta sobre su escote”, decía “El Caballero Audaz”.

(Imágenes -1-Emília Pardo Bazán – la Vanguardia / 2- pazos gallegos – clubcultural/ 3-pazos gallegos – zorro del ahorro)

LA PUESTA DE SOL

 

 

”Cuando el sol de la tarde va por las Tullerías

y arroja a los vitrales del castillo sus fuegos,

¡Soy la Gran Avenida y soy sus dos estanques,

ensimismado en mis ensueños!

Desde allí, amigos míos, hay una vista digna

de ver, cuando la noche iza en torno su velo,

¡La caída del sol, cuadro inestable y rico,

que enmarca el Arco de la Estrella!”

Gérard de Nerval- “La puesta de sol– “Las quimeras y otros poemas” -(traducción de Pedro Gandía)

 

 

 

(Imágenes -1- Rik wouters – 1912/ 2-Eugene Atget- 1921)

LECTURAS DE BENET

 

 

La Biblioteca Nacional acaba de adquirir 9000 libros, 600 manuscritos, fotografías y anotaciones sobre las obras que iba leyendo el escritor Juan Benet, y en ese universo se adentra uno para intentar averiguar el espacio íntimo de su creación. “ Salvo excepciones – decía Benet – , yo suelo escribir cuando no tengo nada que hacer, cuando llego a casa y no viene ningún amigo ni nadie me dice que vayamos al cine. Y claro, son pocos días. Son tres o cuatro a la semana, como mucho. Cuando no tengo  nada que hacer y está todo en orden, pues entonces, voy a la habitación, me pongo delante de la máquina y entre ocho y diez, escribo un par de folios. Ése es mi sistema de trabajo. Yo tengo la virtud de que – debe ser una virtud – , no tengo ningún esfuerzo para reescribir. Yo puedo haber abandonado, a la mitad de la página, un párrafo, hace quince días: vuelvo a Madrid y lo encuentro y sigo. Y lo sigo a los cinco minutos. No necesito mucha preparación  El pensamiento…. las novelas las tengo como un tanto maduradas previamente.

 

 

(…) En mi juventud, mis amores literarios eran los escritores contemporáneos. Es lo que pasa cuando eres joven; entonces  lo último es lo que se considera más valioso. Mis amores empezaron por la Generacion Perdida, por Faulkner, por Kafka, para pasar a Mann y a Proust. Pero luego he perdido contemporaneidad. Los escritores contemporáneos me llaman menos la atención. Supongo que es un signo de envejecimiento. Me llaman más la atención los clásicos, incluso los clásicos grecolatinos (…) Cada vez leo menos a los contemporáneos, y, sobre todo, nunca leo un éxito de venta. Ya tiene que venir un libro con muchas canciones eclesiásticas para que me meta con él si es extenso. Cuando eras joven no te importaba mucho meter la pata, porque los jóvenes, todos, meten la pata; pero cuando llegas a cierta edad comprendes que el tiempo que has dedicado a la lectura ha sido poco y se empleó mal. Se emplea mal porque se lee mucho para estar al día,  haciendo caso de la propaganda que te inclina a leer bazofia, y para encontrar un buen libro entre los premios , entre la publicidad de las solapas, entre lo que te dicen los amigos, pues pierdes el tiempo leyendo cosas que no tienen ningún interés, cuando sabes que si mañana vuelves a leer a Shakespeare o a Cervantes la inversión está garantizada.”

 

 

(Imágenes -1- lourania tumblr/ 2- Shakespeare and company/ 3- biblioteca del convento – Palacio  de Mafra – Lisboa curious  expeditiion)

CIUDAD EN EL ESPEJO (1)

 

Novela

 

JJ Perlado

 

“El psiquiatra oyó su despertador a las seis en punto de la mañana, cuando el enfermo aún estaba dormido. El sueño del enfermo vagaba en nubes superficiales, no podía conocer al psiquiatra, hasta esa tarde a las cinco y media no lo conocería, no pudo ver cómo iba el psiquiatra hasta el cuarto de baño, de qué modo inclinó su cabeza en el lavabo y empezó a remojar su rostro con agua fría, luego se enderezó, y comenzó a extender suavemente por las mejillas la crema de jabón, la luz blanca de neón le dio en la cara, la mano derecha tomó la cuchilla de afeitar, cosas que el paciente no sabría nunca, ambos no se conocían, los dos cerebros y los dos hombres no se distinguían en la distancia a pesar de vivir el mismo período de historia, habitar en la misma ciudad, Madrid a finales del siglo XX, el psiquiatra Doctor Don Pedro Martínez Valdés, el paciente Ricardo Almeida dormido en su cama, médico y enfermo, uno en cada punta de la capital, el doctor Valdés pasó su cuchilla primero sobre la mejilla izquierda y bajo la patilla, el sueño de Ricardo Almeida entró por campos de caballos blancos que trotaban en la playa de su niñez, el doctor Martínez Valdés elevó el mentón para rasurar la barbilla, los ojos semicerrados siguieron la inercia del movimiento, los caballos blancos de la infancia de Ricardo Almeida galoparon desnudos junto al mar, chapoteo de pezuñas en la espuma, el sueño que no se puede contar, la cuchilla que sube despacio por la mejilla del doctor, el caballo fantasma que brilla en el horizonte, cómo narrar todo esto, es imposible, o acaso es que es posible explicar bien lo que se ha soñado, no, no lo es. Usted, le preguntará esa tarde el psiquiatra al enfermo, sabrá tal vez dónde ocurría su sueño, podría quizá narrármelo, relájese un poco, póngase más cómodo; ese sueño del que usted me habla, esa playa con los caballos blancos, pertenece acaso a un paisaje determinado, o sufrió usted allí algún choque importante, algo sucedió en su vida, porque algo le tuvo que pasar en esa playa para que usted la recuerde tantas veces, podría hacer un esfuerzo, quizá adelantemos algo. No, no puedo, le dirá en su momento el enfermo, ni él mismo sabe que está enfermo y por qué lo está, ha ido a tientas, de la mano, le ha llevado un celador, Vicente, un hombre fornido, de blusón verde, una figura alta, de pelo rizado y con bigote, que le ha dicho, Pasa, siéntate ahí, el doctor Valdés quiere verte, y no ha dicho más, los caballos blancos en el sueño de la playa se introducen en el agua, parecen ahogarse, se ahogan, cada caballo se va sumergiendo, las patas, el vientre, la grupa, y sólo las crines quedan flotando como algas, muévense mansamente las crines, olas van y vienen como flecos salados, algunos pececillos se amontonan, arena muerta, nada, el mar está salpicado de crines de caballos ahogados y un viento levanta el oscurecer de la tarde, la llanura desierta, el peñasco violáceo con su castillo en ruinas, ermita que fue en otro tiempo, Ricardo Almeida da una vuelta en su cama, Las posturas, doctor, le dirá esa tarde, apenas las noto, Acaso se despierta usted sobresaltado, le preguntará el médico. Pocas veces, dirá Ricardo, es una sensación extraña, como si surgiera de otro mundo. Qué mundo, insistirá el médico.

Pero no adelantemos acontecimientos. Estamos el mismo día en que médico y enfermo se van a conocer, se encontrarán esa tarde, la locura y la cordura aún no se han acercado, acaso hay algo de locura en este doctor en Medicina, psiquiatra madrileño, nacido en la capital de España en 1940, antiguo profesor de psiquiatría en Barcelona, que fue profesor de psicología médica en Madrid desde 1980 a 1985, académico de la Real Academia de Medicina, pensionado en Austria, Alemania, Francia e Italia, especialista en neurología y patología psicosomática, con consulta privada lunes, miércoles y viernes en la calle de Jorge Juan, y con consulta martes y jueves, mañana y tarde, en una clínica de la calle Menéndez y Pelayo, aunque nada de eso aflora en su semblante mientras se seca con la toalla las mejillas, conforme contempla las primeras canas en sus cejas, cincuenta y cuatro años no son años en una existencia, la existencia pende de un hilo, no se sabe nunca cuándo se quebrará, hay sin embargo un poderío aparente en este hombre, Pedro Martínez Valdés, cuando se mira recién afeitado ante el espejo, es un cuerpo hercúleo, alto, proporcionado, aunque sin las gafas de concha tiene una expresión irreal, casi fantasmal, él a sí no se reconoce bien, es éste casi el único momento en que se quita las gafas excepto cuando duerme junto a Begoña Azcárate de Miguel, la mujer que conoció hace veinticinco años en un viaje a París, los seis meses que estuvo trabajando allí, estudiando con una beca sin saber en qué especializarse, aquella española, estudiante de enfermería, becaria también y con la que paseó y se enamoró y luego se casaría en Madrid, y que ahora duerme con la sábana cubriéndole la cabeza, abandonada al sopor y a unos sueños que él no sabría desvelar.

En la otra punta de la ciudad, lejos del chalé de Puerta de Hierro donde vive el doctor Martínez Valdés, atravesando ahora, a las seis y veinte de la mañana, las avenidas olorosas de principios de mayo entre las casas residenciales que ascienden silenciosas hacia la Ciudad Universitaria, salta la espuma de un riego manso y suave que gira como peonza sobre los jardines privados, el día no parece aún formar tumulto, es martes ocho de mayo y muchos martes, como todos los lunes del mundo, quisieran suprimirse; a veces, a Ricardo Almeida García, que duerme aún, se le ha ocurrido esta idea que a tantos otros les ha pasado por la cabeza, entonces los miércoles pasarían a ser martes y los martes a lunes y los amaneceres de estos martes serían tan tediosos y apartarían a las gentes como los albores de los lunes en los que se hace tan ingrato trabajar. Pero cuantas más vacaciones tengo, doctor, le dirá en su momento Ricardo Almeida al psiquiatra, mayor pereza noto en mí, un arrastrarme por la vida, una lentitud ahogada, una negación para vivir. Y esto le ocurre todos los meses del año, le preguntará Martínez Valdés, usted procure contarme lo que hace exactamente en la vida. Con la mirada fija en el enfermo y los ojos atravesando el cristal de sus gafas de concha, la mente del doctor Valdés nada dice y parece muda: sin embargo conoce bien el ritmo subterráneo de las estaciones y cómo las depresiones vienen o van en primaveras y otoños de modo aún más intenso, flujos y reflujos del carácter, de las sensaciones y emociones, el pulso inaprensible de la vida.

Pero ahora va despacio, por entre las casas de Puerta de Hierro, el primer tono de luz, un mayo gozoso en las primerísimas horas de la mañana y avanzan lentamente por la gravilla las ruedas del primer coche que llega con tiempo, recién lavado y brillante, el Mercedes gris conducido por el chofer de Don Luis Trías, el banquero que a las siete menos cuarto en punto saldrá de la urbanización seguido de sus escoltas hacia su alto edificio de la Castellana. No hay un gran movimiento de automóviles, los jardineros con su mono azul y sentados ante sus máquinas diminutas cortan cuidadosamente los brotes del cesped, igualan las puntas de las hojas y vigilan los colores de las flores, esos setos que se abren a una primavera casi millonaria. Madrid ha recibido la luz de mayo como una gracia que cayera del cielo y a esta hora, Juan Luna Cortés, amigo de Ricardo Almeida, camina desde Atocha hasta el Prado porque a las siete debe ir encendiendo las luces de los despachos del Museo, él se encarga de vigilar especialmente las salas de Velázquez y del Greco en la planta principal, fue portero y aún lo es en verano, haciendo suplencias en una casa de Cea Bermúdez, es hombre ya mayor, cerca de la jubilación, Quizás, le dirá Ricardo Almeida al médico, mi amigo Luna coja la jubilación anticipada, tiene a la mujer muy enferma. Pero tiene eso algo que ver con su vida, le dirá muy suavemente, muy delicadamente el doctor Valdés, se extraña y no se extraña, a los pacientes siempre hay que dejarles hablar, en la consulta no hay más que empujar ciertas palabras, es lo mismo que en la convivencia, a veces, con inteligencia y sutileza, si una palabra se deja resbalar en la conversación y a ella se añade un signo de asentimiento o una leve afirmación muda, por ejemplo un apoyo con la mirada, el otro se siente animado a continuar y el vagón de las palabras comienza a funcionar, arrastra tras de sí un convoy de pensamientos, vocablos-llave, signos y significados en el vientre de las frases que van abriendo un cauce y desvelando sentidos. Un psiquiatra debe saber escuchar, Pedro Martínez Valdés cuando compuso igual que se compone un cuadro ese despacho suyo en el sanatorio de Menéndez y Pelayo no pensó tanto en el tamaño de la habitación como en que la luz de la doble ventana acristalada para mitigar los ruidos cayera sobre su espalda y él quedara en penumbra, el doctor Valdés recostado en el respaldo de su sillón y el paciente ante él, sentado en una silla que nunca ha sido cómoda para que el visitante ni se adormile ni se apoltrone, esconde su reloj de arena entre los libros, un diminuto reloj de fina arena que deja desgranar sus copos de modo casi imperceptible durante un tiempo máximo que jamás supera los tres cuartos de hora.”

(Continuará)

(TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS)

“CIUDAD EN EL ESPEJO” (2)

Pale Blue II 1970 by Jules Olitski 1922-2007

Ahora son las seis y media de la mañana. Mientras el doctor Valdés se abrocha la camisa y se anuda la corbata, nada en su cálido dormitorio y ante el espejo de su armario desvela el fragor de la gran capital que hace ya tiempo despertó y que mucho antes de las cinco de la madrugada abrió sus ojos y sus faros y sus ruidos en los pueblos de cercanías, alumbrando sus ciudades-dormitorio mientras empiezan a moverse y a llegar trenes y automóviles y autobuses repletos, vehículos que avanzan solitarios o en caravana trayendo hasta el centro de Madrid cerebros semidormidos, miembros entumecidos, caras largas y mudas, mujeres y hombres con problemas que se agrandan o se empequeñecen según el temperamento, según las marcas que dejó la infancia, la educación, los tratos o la presión del entorno. Madrid en este final de siglo hace tiempo que ensanchó su pulmón y al fondo de sus arterias del norte aparece Fuencarral y el barrio del Pilar, al rordeste Hortaleza, Canillas y Barajas, al este Canillejas, San Blas y Vicálvaro, al sureste Vallecas, en el término sur San Cristóbal y Villaverde, mientras suben a la inversa de las agujas del reloj Carabanchel y Cuatro Vientos, y después se extiende por el oeste  Campamento y la Casa de Campo, para al fin, al noroeste, por Aravaca, antes de que se escape hacia arriba el pequeñito río Manzanares, la carretera de La Coruña quiere huir y no puede, apresado su asfalto bajo las ruedas de los automóviles. Qué será de Madrid en el futuro, en el siglo XXl, en el XXll, qué fue de Madrid en el XlX, en el XVlll, en el XVll, nada piensan de ello las multitudes que van y vienen por el Madrid subterráneo, cintas veloces del Metro que cruzan en negro y rojo andenes y túneles, avanzan los vagones desde Fuencarral hasta la Plaza de Castilla, se abren en vertiente los cauces por Cuatro Caminos y la Avenida de América, llega ciega e iluminada una máquina por la línea 4, desde la estación de Esperanza, la esperanza nunca se pierde al ver este caos circulatorio de Madrid que se anuda más, que se aprieta más aunque parezca ensancharse, es una cuerda de ahorcado que ahoga la libertad de la capital, aquellos carros de mulas por el Puente de Toledo, aquellas estampas cansinas que cubrieron amarillentas postales, los grabados valiosos, el tiempo venerable quedó asesinado por la celeridad y por el ruido, a veces sólo por el ruido y por el humo matando incluso a la velocidad. Madrid pende del árbol de la prisa a estas horas primeras de este martes ocho de mayo, parece que se fueran a matar las venas oscuras que suben de Legazpi en el Metro, parece que fueran a chocar con las que llegan de Portazgo, de Palomeras, del Alto del Arenal, de Miguel Hernández. Nada ocurre. El tejido subterráneo de Madrid tiene millones de pisos, escaleras mecánicas que bajan a sus infiernos, sótanos innumerables, capas superpuestas, inútiles, que se acoplan unas sobre otras en esta infraestructura móvil, como si se hubiera horadado el mundo de la ciudad y de su bajo vientre siguieran apareciendo a esta hora incansables y cansinas figuras.

El doctor Valdés acaba de ponerse su camisa, afloja un poco el nudo de su corbata, se viste un jersey fino para subir a su estudio. Begoña continúa durmiendo en la cama matrimonial, Lucía y Miguel, sus dos hijos, apuran sin saberlo su último

 

figuras.-66vv3.-Dirk Skreber.-o T.-2001.-Engholm Galerie

 

sueño antes de levantarse para ir a la Universidad, y el doctor Valdés aprovecha estas horas primeras del día para leer y tomar notas, para envolverse en el silencio. Tiene una doble, triple, cuádruple personalidad el doctor don Pedro Martínez Valdés, es hombre activo, filantrópico, temperamental, ha tenido muchos problemas, ha vivido muchas tensiones, él mismo ha sido tensión y solo a los cincuenta años parece haberse remansado un poco, tan sólo un poco su vida. Si sus enfermos supieran cómo es, si los enfermos del mundo descubrieran cómo son sus médicos, quedarían asombrados. A los médicos no se les puede preguntar nunca cómo están ni qué les pasa, a quiénes, entonces, se confiarán los médicos, ante quién consultarán los problemas de su existencia, qué les suele pasar a los médicos cuando ellos van al médico es algo misterioso, intrincado e inexplicable. Gracias a Dios, ningún enfermo del doctor Valdés le ve ahora subir las escaleras de su estudio, sólo le seguimos nosotros, escalón a escalón, son siete escalones de madera blanca que ascienden desde el mismo dormitorio, se abre una pequeña puerta, he aquí que estamos en el alto del chalé, la habitación reservada, una buhardilla desde cuya ventana se ven bien los árboles de las casas vecinas de Puerta de Hierro y se dominan perfectamente los jardines. Es habitación insonorizada, no muy grande, cuarto aislado del resto de la casa, con servicio propio, con un minúsculo cuarto de baño al lado, buhardilla con estanterías de libros y una mesa y una silla para escribir, un sillón cómodo para leer junto a una lámpara. El doctor Valdés es alto, ancho, de grandes espaldas, pesa ochenta y cuatro kilos y mide un metro ochenta: por eso esta buhardilla la construyó después de comprar el chalé, a la medida de su tamaño humano, la hizo construir cuando vino de Barcelona. Tiene su llave y cuando quiere se aisla del mundo. Ahora nadie en Madrid puede ver al doctor don Pedro Martínez Valdés con sus ojos tras las gafas de concha: viste un jersey azul muy elegante que no ha comprado sino que le tejió Begoña, gran tejedora, de las que ya no quedan entre las aficionadas al punto y la costura, ha tejido también disgustos y fracasos en su matrimonio, igual felicidades y parabienes, los chalecos que terminó a su marido los cosió en  interminables horas de espera junto al teléfono, confiando al silencio amarguras y desesperanzas.

Mira el doctor Martínez Valdés por la claridad de la ventana de esta buhardilla y la entreabre. Llega despacio, hasta las aletas de su nariz, hasta nosotros también, un olor a hierba recién mojada, el aroma peculiar de la tierra sembrada de lluvia artificial, las flores de mayo que despiertan a la única vida que vivirán, vida olorosa, fragancia en la aparente quietud de este

 

figuras.-397hh.-Uta Barth.-2005.-colección Magasin.-foto Christer Carlsson.-coretsía de Andéhn - Schiptjeko

 

jardín, los hombres no sospechan el movimiento interno de los tallos, de los capullos, el nerviosismo inquieto de los brotes, la sangre de la savia en la naturaleza tan bullente, el mapa madrileño del diminuto y gigantesco mundo de los gusanos y de las sabias hormigas, las idas y venidas de la tierra en primavera que abre su universo ante los ojos limitados de Valdés, este hombre interesado en la medicina, volcado en ella, No puede abarcarse todo, doctor, le dirá esa misma tarde, sentado ante él, Ricardo Almeida García, me pregunta usted si me atrae la naturaleza, claro que me atrae, pero no salgo a ella, apenas la miro, recuerdo las veces que he ido al campo y cómo me han asombrado y casi anonadado las alturas, el eslabón de las gigantescas montañas, no, no tengo vértigo, jamás lo tuve, el campo me tranquiliza, sí, pero reposo en su gran superficie, extiendo mi mirada, no me fijo en cambio en las pequeñas cosas, sólo cuando me siento en el suelo, cuando iba al bosque siendo niño, y aún después, ya mayor, aquel río de hormigas subiendo y bajando del tronco del roble me dejaban prendido, fascinado, eran alucinación para mí.

No habla así Ricardo Almeida, no es ese su especifico lenguaje, no escoge tanto los vocablos ni elige cuidadosamente las palabras, no es tan culto como aquí puede suponerse, pero si a Valdés le diera tiempo un día para rememorar esta consulta y pudiera acaso reescribirla a mano, en el cuaderno rayado que suele usar, lo haría así, con cierto aliento, elevando la calidad de la conversación y dignificando aún más lo que escuchó, aquello que le impresionó tanto, el doctor Valdés tiene una veta de literato y otra de médico, será que quizá es más escritor que doctor, acaso será mejor médico que escritor, tal vez querría haber sido un gran relator, lo conseguirá o lo ha conseguido alguna vez, esto es algo que nadie puede decir, aunque no, tal es el destino, pero nunca podrá reescribir esta consulta.

Madrid, pues, este martes de mayo es un caos circulatorio en su tráfico de hombres y automóviles y en su tráfago de hormigas, el doctor Martínez Valdés deja entornada la ventana de su estudio y volviéndose en el pequeño cuarto busca un libro en la estantería. Los libros, mi querido amigo, le dirá esa tarde al paciente Ricardo Almeida, son buenos amigos del

 

 

figuras.-5lala.-Sandy Skoglund.-all-art.org

 

 

hombre, y luego le preguntará interesado, Lee usted libros, Me dediqué a eso, doctor, durante tres años, antes de irme al Museo del Prado; más bien, se corrige algo avergonzado, yo hacía que los demás leyeran, ayudaba, serví libros durante tres años en la Biblioteca Nacional. Quedará algo sorprendido el doctor Martínez Valdés, ese día y en ese momento quedará ligeramente sorprendido, pero nada dirá. El ha tenido pacientes de todas las profesiones, abogados, maestros, militares, amas de casa, gente feliz y desdichada a la vez, las luces y las sombras entremezclándose en las vidas. Jamás, sin embargo, ha tenido frente a él a un hombre con este oficio. Nada dice y su rostro no se inmuta, apenas parpadea. Mira con curiosidad, tras las gafas de concha, a este hombre de frente grande y abultada, el mirar extraviado, cuerpo pequeño, encogido, actitud acosada, con las manos crispadas. El doctor Valdés ha conocido en su vida a muchos hombres y mujeres que se han sentado frente a él y han jugueteado, como lo hace Ricardo Almeida, con las plumillas colocadas a propósito sobre la mesa para comprobar la tranquilidad o la inquietud de las manos del enfermo, si las tocan o si las dejan, el juego nervioso de los dedos, la calma o el afán de esas extremidades de los seres humanos que suelen delatar a veces lo que revela o esconde el corazón.

Pero no estamos aún aquí. El doctor Valdés toma su agenda, pasa las páginas, consulta algo, luego deja la agenda sobre la mesa”.

José  Julio  Perlado

(Continuará)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

 

figuras-ttvvd-Ad Reinhardt

 

(Imágenes.-1.-Jules Olitski- 1970/ 2.-Dirk Skreber -2001- engholm galerie- kerstimengholm/ 3.-Uta Barth– 2005- colección Magasin- foto Christer Carlsson- cortesía de Andéhn Schiptjeko/ 4.-Sandy Skouglund- all- art- org/ 5.-Ad Reinhardt)