LAS MANOS

“Amo estas manos. Destinadas por Dios para concluir mis muñecas, también son las privilegiadas que te acarician y tañen. Ante unos ojos las desperezo. Elevo el dedo meñique, tallo para la luna, espiga rematada en coraza de cal. Elevo otro dedo, el cordial y, ya con ambas manos en movimiento, diseño para mis hijas, en un muro de pronto habitado, animales de vívida sombra. Las niñas se asombran de que existan burritos negros capaces de correr por llanuras verticales, por la escoriada pared donde hasta hoy sólo moscas han reinado. Ellas están contentas de ver unas manos que contienen tantos animales como el Arca de Noé. Con esas manos entreabro el hijo más dulce; cojo al pez en la curva de su rizo relampagueante. A veces mis manos llegan a juntarse tanto que entre ellas el cadáver de una plegaria apenas cabe. A veces las arrojo al espacio con tal ira o alegría que no me explico por qué se quedan enclaustradas en el ademán. No me explico muy bien por qué no vuelan”.

Marco Antonio Montes de Oca

(Imagen: Dorothea Lange)

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