DETALLES DE VIRGINIA WOOLF

“Nunca ha estado el jardín tan bonito, todo en llamas incluso ahora; deslumbrando los ojos con rojos y rosas y púrpuras y malvas: los claveles en grandes ramos, las rosas iluminadas como lámparas”, escribe Virginia Woolf en su “Diario” del 22 de septiembre de 1929. Los detalles – como aconsejaba Flannery O`Connor y ya recordé en Mi Siglo – se encadenan en esta descripción del jardín, ante la mesa y el cuaderno abierto fotografiado por Gisèle Freund, ese jardín observado aparentemente a vuela pluma, en la escritura de la mañana inglesa del domingo. Un año antes, el 18 de diciembre de 1928, son también los detalles de un rostro, los de un anciano de nombre Max Beerbohm, que Virginia ha conocido en casa de una amiga: “Su cara está solidificada; tiene un espeso bigote; venillas rojas en la piel, profundas arrugas; pero sus ojos son perfectamente redondos, muy grandes, azul cielo. Sus ojos se vuelven soñadores o alegres mientras el resto de su persona está extremadamente atildada y decorosa”.

Siempre los detalles. Clarice Lispector recordaba que hacer cosas abstractas es lo menos literario. “Si dibujo en un papel, minuciosamente, una puerta, y no le agrego nada mío, estaré dibujando objetivamente una puerta abstracta”. El 11 de octubre de 1929 Virginia Woolf, también en su “Diario“, pasa los rasgos de su pluma sobre otro rostro, el de Arthur Studd: “hablaba por la nariz y tenía una voz suave y gutural; la parte frontal de la cabeza calva y unos hermosos ojos castaños, como los de un perro; era canino, en algunos aspectos, viajado, distinguido, rico”. Chejov le confesaba por su parte a su hermano el 10 de mayo de 1886: “en las descripciones de la naturaleza, hay que tratar de recoger pequeños detalles y agruparlos de tal forma que, después de leerlos, se pueda ver el cuadro con sólo cerrar los ojos. Por ejemplo, podré comunicar la impresión de una noche de luna si escribo que en el dique del molino un casco de botella centelleaba como una estrella y la sombra de un perro o de un lobo rodaba como una peonza”.

Los detalles son siempre los que dan vida a la descripción. “Pensamos en generalidades, pero vivimos en los detalles“, escribió Alfred North Whitehead. Se ha insistido mucho en que recordamos a través de los detalles, reconocemos por los detallles, identificamos y recreamos desde los detalles. Y los detalles llegan con la observación; se entregan luego inevitablemente en las conversaciones, en la escritura. En las esquinas de las calles del mundo dos amigas se cuentan las peleas o reencuentros de la cotidiana convivencia gracias al abanico de detalles, se intercambian colores, gritos, gestos, “él me dijo”, “pero yo le contesté“, “entonces yo, dándome la vuelta, le repetí...”, y los detalles se multiplican, su sonido se transmite de una voz a un oído, el oído anhela aún más detalles, nunca se cansa de escucharlos, y la voz desea desahogarse, nunca se cansa de entregarlos.

(Imágenes:- 1.- mesa de trabajo de Virginia Woolf en el jardín de la casa de Monk, Sussex, Inglaterra.-1967.-foto de Gisèle Freund/ 2- Virginia Woolf a los 18 años /3.- Virginia Woolf.-foto Gisèle Freund/ 4.-Virginia Woolf.-Gisèle Freund.-1939.- Galería Nacional de Retratos, de Londres.- foto: los Bienes de Gisèle Freund, por cortesía de la National Portrait Gallery.-Londres)