LOS ESPOSOS ARNOLFINI

Jan van Eyck, pudo él mismo, de buena fe y con ingenua modestia – recuerda Ramón Gaya en “Naturalidad del arte” (Pre-textos)  – pensar que trabajaba para unos comerciantes, pero hoy sabemos que no es verdad; el retrato de los esposos Arnolfini fue emprendido, no por honesto y vil encargo, sino porque necesitaba urgentemente pintarse, realizarse; pero no se trataría de una necesidad de los Arnolfini, y tampoco de una más extensa necesidad medieval, histórica, ni siquiera de una íntima necesidad del pintor como pintor, del artista como artista, sino de una primaria y tiránica energía del hombre como especie pura, bruta. Escuchar esa voz originaria, antigua, perenne, sustancial, esencial, y obedecer a ella, es lo propio del creador, pero la verdad es que esa voz suena para todos, y lo que pide – porque viene a pedir, a exigir -, nos lo pide a todos; no es una voz especialmente destinada a los artistas creadores, sino una imperiosa voz que suena para el oído total humano, aunque sea, eso sí, oscura, subterránea, que se oye apenas”.

Hace pocas semanas recogí en Mi Siglo  la frase del francés Duhamel sobre momentos claves de la creación. Ahora, añadiendo un testimonio más, habría que recordar las palabras del español Blasco Ibáñez  cuando confesaba: “Yo llevo en mí mi novela durante mucho tiempo, a veces dos o tres años, y, cuando llega el momento del parto, me asalta como una fiebre puerperal y escribo mi libro“. Tal urgencia esencial del creador es de la que habla Gaya cuando se refiere al trabajo de van Ecky. Una urgencia que él amplía al hombre común, al quehacer del ser humano.

Esa estancia en la que se representa al comerciante italiano Giovanni Arnolfini llegado a los Países Bajos en viaje de negocios en compañía de su esposa Jeanne de Chenany en 1434 ha sido visitada muchas veces por eminentes estudiosos del arte. Ha entrado en ella Panofsky para analizarla y entró también despacio, entre muchos otros, Gombrich para fijarse no sólo en el conjunto sino en objetos precisos, como la alfombra o las zapatillas, el rosario colgado en la pared, el pequeño sacudidor al lado de la cama y unas frutas en el antepecho de la ventana. Y de modo especial en el espejo, al fondo de la habitación. Mucho se ha escrito sobre los espejos en el arte, origen muchas veces del autorretrato. Como se sabe, Durero, a los trece años, dibuja su retrato con la ayuda de un espejo. Pero lo que Gombrich señala es que en ese espejo “vemos toda la escena reflejada y, al parecer, también la imagen del pintor y testigo con las palabras latinas: “Jan van Eyck estuvo presente. 1434. En esa estancia que confirma la intimidad ceremoniosa de los esposos “se quiso hacer uso – dice Gombrich – de la nueva clase de pintura que puede ser comparado al empleo legal de una fotografía oportunamente aportada por un testigo. (…) Por primera vez en la historia, el artista se convertía en un perfecto testigo ocular en el verdadero sentido de la palabra”.

(Imágnes: 1.-Jan van Ecky.-Retrato de los esposos Arnolfini.- National Gallery.-Londres/ 2.-Retrato de los esposos Arnolfini detalle del espejo.- scielo. iscii.es/ 3.-Retrato de los esposos Arnolfini.-detalle del perro)