GRANADA, SOROLLA, JARDINES

“La frondosa vega, el marco de montañas, la confluencia de los ríos, las colinas coronadas de pinos y ceñidas de arbustos, las pirámides volcánicas de Sierra Elvira, esmaltadas por la luz de Andalucía; el cristal veneciano de Sierra Nevada, que toma tantos reflejos y tiene tantos resplandores; los contrastes del color, la variedad de la vida en aquel resumen de la Creación, le encontraton indiferente, que ni la Naturaleza ni el Arte lograban penetrar en su aborbente misticismo”.

Así iba contando Emilio Castelar en 1876, en “La cuestión de Oriente“, cómo un árabe iba descubriendo la belleza de  Granada por primera vez en su vida.

“Subieron al cerro de la Alhambra seguía Castelar -. Pasaron las umbrosas alamedas, por donde bajan susurrando los claros arroyuelos. Detuvieron un momento la vista en las torres bermejas doradas por el sol, en los mármoles del interrumpido palacio imperial, en los bosques del Monte Sacro, en las quebradas márgenes del aúreo Darro, en los blancos miradores y minaretes del Generalife, que se destacan sobre el cielo azul, entre adelfas, cipreses y laureles. Por fin, atravesaron la puerta del árabe alcázar y dieron con el patio de los Arrayanes. La fisonomía del árabe se contrajo, sus ojos se oscurecieron y sólo se aumentó su silencio. De aquella alberca ceñida de mirtos, con sus ajimeces bordados como encaje, sus galerías ligeras y aéreas, sus aleros incrustados, sus frisos de azulejos, sus pavimentos de mármol, pasaron al Patio de los Leones, al bosque de ligeras columnas, sostenes de arcos que parece prontos a doblarse, como las hojas de los árboles, al menor soplo del aire que pasa por los inersticios de su gracioso y transparente alicatado. El árabe, pálido como la muerte, se apoyó en una columna para poder continuar en aquella visita”.

“Por fín, cuando penetró en las estancias y alzó los ojos a las bóvedas compuestas de estalactitas empapadas en colores brillantísimos, y leyó las leyendas místicas o guerreras que esmaltan las paredes, semejantes a visiones orientales, y se detuvo en aquel camarín incomparable que se llama el mirador de Lindaraja, a través de cuyas celosías se esparce la esencia del azahar y se oye el rumor de la vega, su emoción iba rompiendo toda conveniencia y mostrándose en sacudimientos del cuerpo, semejantes a los espamos de la epilepsia. Ya en el salón de Embajadores, con el Darro a un frente y al otro el Patio de los Arrayanes, las paredes de mil matices, adornadas con los escudos de los reyes; los ajimeces, bordados con todos los prodigios de la fantasía asiática; las puertas, recuerdos de los días de esplendor y de la fortuna, cuando desde las tierras más remotas venían, unos, a recibir luz de tanta ciencia, y otros, de tantas artes, placeres y encantos; las bóvedas, incrustadas en marfil y oro; las letras, semejantes a las grecas de una tapicería persa, repitiendo entre las hojas de parra y de mirto y de acanto, cincelados, los nombres de Dios, el corazón le saltaba en pedazos y un inmenso lloro, un largo sollozo, que semejaba a la elegía de los abdibitas en Africa al perder a Sevilla o las lamentaciones de los profetas en Babilonia al perder a Jerusalén, llenó aquellos abandonados espacios, henchidos de invisibles sombras augustas, con el dolor de toda su triste y destronada raza”.

Azorín recoge íntegra esta larga cita de Castelar y colocándola en “El paisaje de España visto por los españoles, tras calificar de belleza insuperable este texto, se pregunta:  “si volviéramos a Granada, ¿perduraría luego en nosotros la primitiva impresiòn? ¿ No sería borrada aquella imagen por la imagen nueva? No – se contesta – ; hay imágenes imborrables, hay sensaciones que no se desvanecen nunca en nuestro espíritu”.

Treinta y tres años después de este texto de Castelar, el 22 de noviembre de 1909, Joaquín Sorolla le escribe desde Granada a su mujer, Clotilde, al acercarse a la ciudad para pintarla: “la llegada es de noche, y el coche te lleva largo rato cuesta arriba por estos laberínticos jardines, produciendo igual efecto que si entraras con los ojos vendados… y si mañana hay sol es maravilloso el espectáculo, pues si como me dicen hay una gran nevada en esta estupenda sierra, entonces no dudo superará esta vez a la primera que vine”.

Pintará así Sorolla la ciudad de Granada con enorme plasticidad y lo hará en varias ocasiones. Ahora, la exposición recién inaugurada en el Museo Sorolla  de Madrid dedicada al tema de Granada en Sorolla, recoge la belleza de todas aquellas horas, del sol y los jardines.

(Imágenes:– Joaquín Sorolla: -1.- Sierra Nevada en invierno.–Museo Sorolla/ 2.-Patio de Comares.-Alhambra de Granada.-1917.-Museo Sorolla/ 3.-Patio de la Justicia.– Alhambra de Granada.-Museo Sorolla/4.- Sierra Nevada en otoño.-1909.-Museo Sorolla/ 5.- calle de Granada.-1910.-Museo Sorolla/ 6.- Torre de las Infantas.-1910.-Museo Sorolla)

8 comentarios en “GRANADA, SOROLLA, JARDINES

  1. Después de leer el texto de Castelar y ver los maravillosos cuadros de Sorolla, pintor al que admiro profundamente, no me va a quedar más remedio que dedicarme a la contemplación…

    • Siempre Sorolla fascina, y más si Granada se une a él. Contemplar en Granada es bien fácil. Muy agradecido por el amable comentario. Saludos cordiales.

  2. Es una tríada mágica, la que da título a esta entrada, José Julio. Y después de leer a Castelar no cabe más que guardar silencio contemplando los cuadros de Sorolla que se imbrican entre las imágenes de mi propia memoria visual… ¿Cómo no iba a llorar Boabdil, ese al que llamaban “el Chico” y también “el Desdichado”, cuando tuvo que abandonar Granada?

    Muchas gracias, y un saludo afectuoso.

    • Doctor Doña,
      a veces las ciudades y las pinturas y los textos se unen, colaborando los unos con los otros para exaltar la belleza. Es eso lo que le pasa al árabe del que habla Castelar, al pincel de Sorolla y a los jardines y fuentes de la Alhambra.
      Gracias por tus palabras.
      Un abrazo

  3. Acabo de terminar los Cuentos de la Alhambra de Washington Irving, edición de Miguel Sánchez, con grabados anónimos que recogen los lugares más singulares de La Alhambra, el Generalife, las Torres, Puertas, Patios, Miradores y Jardines. Un deje romántico y exótico recorre sus páginas; un perfume de aguas limpias. Es tanto lo que se cuenta de su grandeza visible como de sus escondidos tesoros.
    Granada queda siempre en la idea de la perfección. Un reducto de colores, sonidos, cadencias y esplendores, también como convivencia nazarí y cristiana que habla de un pasado de hombres gentiles, de cautivas prendadas en su pena, de hechizos que se convierten en tertulias durante siglos.
    La luz de Sorolla en Granada vence en gran medida el olvido secular de la apotación árabe en España.

    • Javier,
      Granada siempre es única por su historia y su belleza permanente. Sí me alegro de compartir esa visión tuya ante una de las ciudades más hermosas del mundo.
      Muchas gracias por tu bello y oportuno comentario.
      Saludos cordiales

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