PAPELERAS DE RECICLAJE

“Ahora, con la crisis, han aparecido muchas gentes rebuscando en las papeleras de reciclaje. Yo las suelo ver con los prismáticos, cuando me levanto del ordenador. Antes, mientras el ordenador se iba apagando lentamente, tenía por costumbre, como puro entretenimiento, mirar la plaza desde el ventanal, pasear los prismáticos por la noche desierta, y seguir los movimientos de los harapientos que venían en grupos a husmear los restos de comestibles o los trastos viejos que se amontonaban en los portales. Pero ahora es distinto. Nunca me había fijado en que el ventanal es como una pantalla y la pantalla como la ventana del comedor. Apartando un poco las sillas y corriendo los visillos se puede uno asomar a la noche, con los prismáticos en los ojos y sin que nadie pueda sospechar que le estamos mirando. Así, la otra noche, observando vagamente lo que ocurría en la plaza, descubrí a los nuevos harapientos, que tampoco deberían llamarse así en rigor, ya que no van vestidos como ellos. Algunos aparecen hacia las doce, cuando ya ha pasado el último autobús, y lo hacen con su traje de calle o de oficina – un traje algo sucio ya y polvoriento, quizás el único que les queda -; ellas suelen llevar algunas bolsas, seguramente vacías. Suelen estar  repartidos en grupos por la plaza, yo creo que muchos de ellos no se conocen, y pienso que quizá se ha corrido la voz de que, con la crisis, muchas gentes están desembarazándose con premura de las papeleras de reciclaje y vienen a ver qué pueden encontrar. Lo cierto es que a la puerta de los grandes almacenes que tengo bajo mi balcón y también congregadas en las esquinas, unas sobre otras y amontonadas de cualquier modo, aparecían medio reventadas las papeleras de reciclaje de los ordenadores, muchas de ellas con sus fondos blanquecinos y grisáceos y con esas virutas de alambres cenicientos que suelen desprender y que no son otra cosa que residuos provocados al destruirse los documentos. Yo siempre he escuchado, cuando he tenido que pulverizar definitivamente una documentación que creía inservible y en el momento en que la máquina me preguntaba “¿está seguro de que desea mover este archivo a la Papelera de reciclaje?”,  siempre he escuchado, tras mi “click” oportuno oprimiendo el SÍ, un pequeño y confuso ruido de astillas consumidas, como si se entrecruzaran al fondo de alguna lejana habitación las entrañas mismas del archivo, como si se hiciera trizas el tamaño del documento, su fecha de modificación y sus páginas. Todo había terminado al fin, me decía instantáneamente. Pero no era así. Existen, al parecer, documentos que aún se pueden aprovechar, o al menos, si no documentos enteros, restos de documentos, porque ahora, desde mi ventana, podía comprobar a través de los prismáticos la habilidad que tenían aquellos nuevos harapientos o mendigos de ideas (no sé cómo llamarlos) para rebuscar con prontitud, incluso, diría yo, con cierta pericia y hasta con avidez, escogiendo rápidamente  lo que podía serles útil.

Lo que asomaba de aquellas papeleras reventadas eran, naturalmente, cosas sueltas, esas cosas que ya no nos interesan o nos fastidian, antiguos correos obsoletos o absurdos, o bien publicidad inadecuada y engañosa. Uno no tiene tiempo de leerlo todo, muchas cosas del correo habitual a veces no se abren, y si se abren se mandan pronto a la papelera y en paz. Pero sin duda esas cosas pueden servir aún a otros (yo nunca lo había pensado) porque, graduando ahora más mis prismáticos y enfocándolos más cerca desde mi ventana, llegué a distinguir a varios individuos inclinados y con sus espaldas curvadas, iluminadas por el farol, hasta que poco a poco descubrí en uno de ellos sus facciones. Era un hombre de unos cuarenta y cinco o cuarenta y siete años, no creo que llegara a los cincuenta, con rostro huesudo, una barba incipiente y una gran calvicie, vestido con un traje azul de ejecutivo y llevando en su mano una gran cartera. En el fondo, un hombre común. Y precisamente por no destacar en nada, me recordó a uno de esos prejubilados a los que el Estado o las empresas están poniendo prematuramente en la calle y que deambulan por la ciudad de parque en parque, procurando matar el tiempo, a veces acodándose ante las zanjas de las obras municipales para ver trabajar a los obreros y distrayéndose como pueden hasta volver a casa a la hora de comer. Este hombre, al que yo ahora miraba desde la ventana, hurgaba en los restos de una papelera de reciclaje ayudándose con una especie de bastón metálico, algo parecido a una de esas armas cortas que suele llevar a veces la policía, y con aquel instrumento tan pequeño, y además con sumo cuidado, con una habilidad enorme, iba separando aquí y allá lo que encontraba, que en verdad no eran más que puntas de cables cortados y quemados, algunos de ellos hechos ya ceniza, pero entre los cuales, quizá – no puede saberse con seguridad -, podía aparecer de cuando en cuando un resto de papel aún sin destruir. Entonces aquel hombre, con la punta de su bastón metálico, iba pinchando el trozo de papel elegido y, tras arrastrarlo por la acera, lo colocaba bajo el farol. No sé si lo leía o  lo distinguía bien, yo creo que no, que la lectura, si la hacía, la quería dejar para más adelante, en un sitio más seguro. Ahora únicamente apartaba lo que quizá creía que en su momento le pudiera servir.

Debí hacer yo, sin querer, un pequeño ruido en el cristal de la ventana porque de repente, en el silencio de la noche,  él levantó la cabeza y, asombrado, miró hacia arriba. Metió rápidamente en su gran cartera todo lo que había encontrado y se alejó en la crisis.”

José Julio Perlado: (del libro “La vida cotidiana“)  (relato inédito)

(Imagen: Lucie & Simon.-photographers gallery.-artnet)