VIEJO MADRID (91) : EN TORNO A “POMBO”

 

 

“En 1916 Ramón fundaba la tertulia de Pombo —evocaba Juan Manuel Bonet —. Un sombrío café de la época de Larra, un espacio al que alguien le veía un algo de tartana, se convertía en  trinchera de la pequeña vanguardia madrileña. Al año siguiente —“Parade” y otros ballets rusos en el Teatro Real — iba a ser recibido ahí Picasso, con motivo del que sería su último viaje a la ciudad donde a comienzos de siglo había participado en la aventura noventayochista de “Arte joven”. Pero Madrid tiene mala memoria. A comienzos de los años cincuenta, poco después de la última visita de un Ramón ya dramático, exilado en Buenos Aires e irremediablemente nostálgico de Madrid, cerró sus puertas el café. En su lugar se instaló una tienda de maletas. Hoy —decía Bonet en 1992 — ni tienda queda: un solar siniestro ocupa el espacio del que fuera el lugar de convivencia y de banquete por excelencia. El cuadro de José Gutiérrez Solana “La tertulia de Pombo”, que a partir de 1920 presidió las tertulias sabatinas, es una de las obras maestras de su autor. Ramón iba a catalogar fantasiosamente a las vanguardias en su disperso y brillante libro “Ismos” (1931), reflejo de su comercio con los artistas de Paris, pero tuvo además la genial intuición de conservar de sus años simbolistas, la fe en en el brillo oscuro solanesco.”

(Imagen – José Gutiérrez Solana —“La tertulia de Pombo’

VIEJO MADRID (90) : GENTES DE LA PUERTA DEL SOL

 

 

“Los primeros días no sabía alejarme de la Puerta del Sol — escribía el italiano Edmondo de Amicis cuando era corresponsal deLa Nazione” de Florencia en su visita a España en 1871 —, allí permanecía horas y horas y me gustaba tanto que hubiera querido estar todo el día en aquella plaza. Y en verdad que es digna de su fama, no tanto por su grandiosidad y su belleza, como por la gente, por la vida, por la variedad del espectáculo que presenta a todas horas del día. No es una plaza como las demás;  es a la vez un salón, un paseo, un teatro, una academia, un jardín, una plaza de armas, un mercado. Desde que apunta el día, hasta después de media noche, hay allí una turba inmóvil y una muchedumbre que va y viene por las diez grandes calles que a la plaza afluyen, con tal movimiento de coches que aturde y marea.

Alli se encuentran los negociantes, los demagogos desocupados, los empleados cesantes, los viejos rentistas, los jóvenes elegantes ; allí se trafica, se habla de política, se pasea, se leen los diarios, se  caza a los deudores, se buscan los amigos, se preparan las manifestaciones contra el ministerio, se inventan las noticias falsas que dan la vuelta a España y se comenta la crónica escandalosa de la ciudad.

 

Por las aceras, que son tan anchas que podrían pasar por ellas cuatro coches de frente, es necesario abrirse paso a la fuerza. En el espacio que abarca una losa, veréis un guardia civil, un vendedor de fósforos, un corredor, un pobre, un soldado, todos formando un haz. Y pasan grupos de escolares, criados, generales, ministros, gente del pueblo, damas; pobres vergonzantes que os piden limosna al oído para que nadie los vea; sombreros que saludan , sonrisas, apretones de manos, frases alegres, voces de : “¡fuera!” a los mozos de cuerda, o los taberneros que atropellan con el barril a cuestas; gritos de vendedores de periódicos y de aguadores, campanilleo de diligencias, toses de viejo, punteos de guitarras y cantares de ciego. Luego pasan los regimientos con sus músicas; más tarde se riega la plaza con inmensos chorros de agua que se cruzan en el aire; y llegan los fijadores de los avisos teatrales, y los vendedores de suplementos, y sale un ejército de empleados del Ministerio, y vuelven a pasar las bandas; se iluminan las tiendas, la muchedumbre se hace más compacta, se multiplican los codazos y crece el vocerío, el estrépito y la algazara.

Y no es el rumor de un pueblo ocupado: es la vivacidad de gente dichosa, el ocio inquieto, un torbellino, una fiebre de placer que os contagia y allí os detiene u os hace dar vueltas como unas devanaderas sin dejaros salir de la plaza; una curiosidad que no se satisface nunca, un ansia inmensa de no hacer nada, de oír chistes, de bromear, de reír. Tal es la famosa plaza llamada Puerta del Sol.”

 

 

(Imágenes—1-Puerta del Sol -1887/puerta del Sol/ 3-puerta del Sol -1900)

VIEJO MADRID (89) : EL MUSEO Y EL AIRE

 


 

“A Madrid se llegaba, sobre todo, por la estación de Atocha ( y por la estación del Norte, por supuesto, lo que sucedía es que esa porción del mundo —el norte —no existía para mí )—recordaba Ramón Gaya —. También se llegaba por carretera, a pie, o montado en un carro, o en burro. No en automóvil. Todos aquellos que habíamos nacido en provincias acudíamos a Madrid  como moscas sin saber muy claramente por qué ni para qué.

 

 

 

 

En enero de 1928, casi un niño todavía, entraba yo temblando, sin respiración, sin aliento, en el museo de más…”sustancia pictórica” que existe. Nada más entrar en las salas de Velázquez me pareció sentir en las mejillas, en las sienes, en los párpados, el roce de un aire frío, como el que sintiera el día anterior en la calle. Era un frío limpio, de roca viva, no subterráneo, como  el de  Paris, por ejemplo; el frío de Paris es de sótano, de rata mojada, de alcantarilla . Madrid, a pesar de sus barrios pobres, de sus mendigos, de sus traperos, de sus basureros, no nos parecerá jamás un algo sin redención, pues todo se diría poder salvarse, elevarse, gracias a ese frío tan puro, tan desnudo, del aire de la sierra.

 

 

Pero eso tan  incorpóreo, tan delgado, es muy difícil de ver, de comprender;  sin la vigorosa ayuda de Velázquez era muy difícil caer, sin más , en el gracioso laberinto de lo castizo. Recuerdo  que venía de contemplar  en Goya algo mucho más visible: el madrileñismo, un madrileñismo que es cierto y verdadero, pero no esencial. El madrileñismo no es Madrid, sino, a lo sumo, su marco, el marco que lo estiliza, que lo caracteriza, que lo facilita, pero el carácter no es nunca la esencia de nada. La esencia de Madrid es el aire.

 

 

Y sólo el gran sevillano — la sensibilidad  más firme, más invulnerable que ha existido — podía darnos esos retratos de caza suyos.  Porque Velázquez nunca se dejó deslumbrar —equivocar — por esa primera corteza que tienen las cosas todas del mundo, sino que su mirada llegó hasta el centro mismo de la vida. Por eso en su retrato de Madrid no hay nada sino aire, un aire azulado, aristocrático, de altura. Velázquez comprendió  y nos hizo comprender que Madrid es el Guadarrama.  Existe, además, lo madrileño, o sea, un estilo; Madrid tiene, claro está, una figura, una figura garbosa, popular, muy elaborada: Goya y Galdós —acaso también Ramón —son, quizá , sus más grandes pintores. La verdad es que me gustan mucho esos retratos, pero siempre volveré al del  “Niño de Vallecas”; allí, en un rincón , asoman unas cuantas  manchas que no llegan a decidirse en árboles, montañas o nubes, es decir, que no son paisaje, sino aire solo, un aire vívido, un aire que no es de ciudad, sino de campo, un aire que le llega a Madrid por la plaza de Oriente y se abre paso Arenal arriba.”

 

 

(Imágenes —1-el bobo de Coria/ 2- perro en “Las Meninas” /3- Pablo de Valladolid/ 4/el niño de Vallecas / 5- don Diego de Acedo, el Primo)

VIEJO MADRID (88) : CALLE DE VENTURA RODRÍGUEZ

 

 

“Madrid empezó para mí en la calle de Ventura Rodríguez —recordaba Gonzalo Menéndez Pidal —. Eran tiempos en que las casas tenían: bajo, entresuelo, principal, primero, segundo…pues en ese segundo vivía mi familia. Aquella calle guarda para mí rasgos memorables; poco más abajo estaba el museo Cerralbo, de ese museo me era bien conocida su fachada, pero, como es natural, tardé muchos años en conocer su interior, y aún más en valorar aquellas colecciones que hoy todavía sigo descubriendo. Desde esa Ventura Rodríguez empecé a ir a la escuela en la calle del Obelisco (…)  era continuo el cruzarse entonces, en todas partes y a todas horas, con barrenderos que juntamente con el riego de los mangueros mantenían las calles madrileñas bien limpias; también era personaje de todos los días el farolero que, al atardecer, iba encendiendo los mecheros de gas. Alguna vez en la calle de Eloy Gonzalo pude ver parado un coche sin capota, y subido en él, un auténtico sacamuelas; cuando llegaba el momento en que gatillo en mano le hacía abrir la boca a su víctima, al pie del coche rompía a sonar una estrepitosa charanga, buena anestesia al menos para los mironcillos que estábamos en la acera.

El tranvía, aunque había trayectos de 5 céntimos, me era prácticamente desconocido. Luego vino la bicicleta y el estimar las calles con un nuevo criterio: la de Ventura Rodríguez fue tal vez la primera en que, a modo de ensayo, los adoquines se rejuntaron con cemento, pero pasada Princesa y antes de llegar a Conde Duque, había un tramo demoníaco para mi bicicleta, estaba engorronado con pedernal; en compensación, otras muchas calles por las que tenía que pasar eran de tierra, o cuando más de grava o de guijo.

La circulación callejera era por entonces más o menos por la izquierda, en verdad escasa y un tanto anárquica; pero llegó el día en que decidieron que tranvías, automóviles, coches de caballos, carros con sus mulas y carretas con sus bueyes, circulasen en las calles por la derecha; la cosa se hizo sin trauma. En la vieja carretera de Chamartín, que ahora lleva el pomposo nombre de Avenida de La Habana, hubo una casilla de peón camionero. Un conocido general paseaba a menudo a caballo por aquellos descampados, y se paraba a hablar con Apolonio Morales, el peón camionero, y un día dijo: “ Mi general, ¿ ve usted cómo he arreglado este lado de la casilla? , ¿ a que parece una calle? ¿Por qué no hace que le pongan mi nombre?” Y Madrid creció y surgieron casas y más casas en aquellos andurriales, y se abrieron calles, y se vio en el Ayuntamiento que allí figuraba una con el nombre de nuestro peón caminero.”

 

Museo Cerralbo / Cerralbo Museum (Madrid, Spain/España)

 

(Imágenes —1- metro de Ventura Rodríguez/ 2- museo Cerralbo)

EL AÑO DE GALDÓS (2) : MADRID Y “FORTUNATA”

 

 

“Mientras deambulaba por los Barrios Bajos — cuenta Berkowitz, biógrafo de Galdós—, por azar tropezaría con el prototipo de Fortunata, bajo circunstancias muy parecidas a las descritas en las páginas iniciales de la novela. Estaba ella de pie en el portal de una casa de viviendas, sorbiendo un huevo crudo. Su interés por aquella mujer trajo una relación de intimidad con ella que llegaría incluso a producir gran parte del rico contenido humano de los cuatro tomos de la obra maestra.”

La primera parte de “Fortunata y Jacinta” la concluye en enero de 1886 y la última parte en junio de 1887, cuando Galdós tiene entre cuarenta y dos y cuarenta y cuatro años. Mientras tanto y a lo largo de los cuatro tomos, la ciudad de Madrid se despliega como escenario intenso y viviente en toda la novela : el Palacio Real, el Congreso, los ministerios de Ultramar, Hacienda, Gracia y Justicia, Gobernación; los Tribunales, incluido el Supremo y el Ayuntamiento. Aparece también la Bolsa, la Aduana, varias Facultades de la Universidad; el museo del Prado, la Academia de la Historia, siete periódicos de la Villa, el Casino, el Rastro, el Hospicio, la Inclusa, varios asilos, varias cárceles (Saladero, la Modelo, Prisiones Militares), el Manicomio, el Retiro, los Almacenes de la Villa, cuatro conventos de la realidad y uno de la ficción ( “las Micaelas”), catorce iglesias, cinco teatros, un pequeño tratado de las aguas de Madrid —sus “viajes” y sus fuentes públicas—, estaciones de ferrocarril, tres mercados, 20 cafés, el Matadero municipal, casi todos los cementerios. Se extienden en la novela 97 calles, más de 20 plazas y plazuelas, 8 paseos además de Rondas, Costanillas,  Cavas, Campos y Campillos, aparte de “la Carrera” y “la Red” que en total llegan a 137 nombres de vías urbanas.

 

 

Y luego están los barrios. Y los ruidos. Hablando de Barbarita Arnáiz ( esposa de Santa Cruz, padre), Galdós escribe en “Fortunata”: “Ni trocara tampoco su barrio, aquel riñón de Madrid, en que había nacido, por ninguno de los caseríos flamantes que gozan fama de más ventilados y alegres. Por más que dijera, el barrio de Salamanca es campo… Tan apegada era la buena señora al terruño de su arrabal nativo, que para ella no vivía en Madrid quien no oyera por las mañanas el ruido cóncavo de las cubas de los aguadores en la fuente de Pontejos; quien no sintiera por mañana y tarde la batahola que arman los coches correos; quien no recibiera a todas horas el hábito tenderil de la calle de Postas, y no escuchara por Navidad los zambombazos y panderetazos de la plazuela de Santa Cruz; quien no oyera las campanadas del reloj de la Casa de Correos tan claras como si estuvieran dentro de la casa; quien no viera pasar a los cobradores del Banco cargados de dinero y a los carteros salir en procesión. Barbarita se había acostumbrado a los ruidos de la vecindad, cual si fueran amigos, y no podía vivir sin ellos.”

 

 

(Imágenes —1-viejo Madrid – foto donada por Ángel Rojo Gutiérrez/ 2-modelo del Palacio Real – 1830– museo de Historia de Madrid/ 3-Congreso de los diputados – Ch Clifford – 1853- Biblioteca Nacional)

VIEJO MADRID (87) : EL PARTERRE DEL RETIRO

 

Vista de EL PARTERRE, en los JARDINES DEL BUEN RETIRO de Madrid (España).

“Recuerdo un olor… simplemente el olor del arrayán cortado, lo recuerdo extendido por un gran espacio en el que la luz también se extendía con el furor de la mañana, ya cerca de las doce —evoca Rosa Chacel —. Entrar en el clima del arrayán era el final de algo y el principio de otro algo interminable. El ámbito del arrayán era — o es —el Parterre, atrio del Retiro, por la parte contraria a mi casa. La que me correspondía como entrada era la gran puerta del paseo de coches, principio de O’ Donnell. Esa entrada era como pasar corriendo: a la izquierda la Sociedad Colombófila y el laberinto, en el que se podía perder mucho tiempo. Luego se avanzaba según el móvil y sin móvil alguno: claro que predominando el de las exposiciones… Ansiedad por los grandes paseos que enfocan los dos Palacios y esos días, el trébol en flor, bien alto y junto al Palacio de Cristal el aroma del paraíso —olivo de Bohemia —breve árbol exquisito… Y otros rincones que se hacían íntimos por algún otro olor —tal vez celindas —o por el arrullo de las tórtolas. Avanzando se llegaba — antes de llegar se empezaba a oler el arrayán… Avanzábamos por el Parterre, lugar radiante, luminoso y oloroso con un olor duro, sugeridor de la tijera que disciplinó  los durísimos troncos casi tan duros como el boj, tan graves como el ciprés.

 

 

Bueno, ya estábamos en el Parterre, ya no había más que cruzar la calle y entrar en el Casón. Se impone la terrible evidencia: si hablo del Casón, tengo que pedir un crédito que no sé si mereceré, no sé si me será  posible dar una idea de algo realmente visto y que ya nadie verá porque ahí quedan las bellezas del Retiro, ninguna explosión las destruyó, pero lo que había en el Casón ya no existe, se lo llevaron a no sé qué aula escolar y allí quedó. (…) Ahora me pongo a revivir aquello sólo para clamar por su ausencia… para imaginar el aura de aquel tiempo vagando por la soledad de las mañanas radiantes que, sin duda, repetirán el juego de los rincones íntimos, con celindas y tórtolas, pero no derivarán a aquel templo en el que se vivía la libérrima —sagrada por absoluta —belleza del cuerpo que, por ser humano, destellaba el saber… digamos el secreto del hombre, la medida, que dibuja el parterre del conocimiento. Aroma —hálito — de hojas recortadas en regular armonía, hasta la estricta norma que hoy día explora la materia como la más exquisita y misteriosa flor”.

 

(Imágenes—1- parterre del Retiro / 2- el Casón / 3- el parterre)

VIEJO MADRID (86) : LA CALLE DE SERRANO

 

 

“En aquellos años a que me refiero—evoca Soledad Ortega , digamos 1915 a 1936 , la calle de Serrano no tiene apenas ningún comercio; a lo sumo, alguno de comestibles; una cacharrería, más tarde un estanco y, en la esquina con la calle de Lista, una florista regordeta y frescachona que se envuelve en invierno en un mantón de gruesa lana y monta todas las mañanas su negocio con un modesto banquillo de madera en el que se sienta, rodeada de una porción de recipientes heterogéneos llenos de flores. En la esquina opuesta, y con la misma sencillez de instalación, se venden periódicos o se coloca, en invierno, una castañera. Algún chiquillo vocea por la calle : “El Sol”, “ABC”, “El Debate” por la mañana; “La Voz”, “El Heraldo” por la tarde.

 

 

El tranvía número 3, de color amarillo, con su trole conectado a los cables eléctricos que no quedan a mucha altura que las copas de las dos filas de árboles que bordean las anchas aceras, recorre la calle en las dos direcciones. El estrépito de herrería que produce tal medio de locomoción ciudadana es notable; pero cuando se presenta en su camino una ligera cuesta abajo — Madrid es casi tan llano como la palma de la mano — el conductor, sacando el codo, realiza un cabalístico giro de la gruesa palanca metálica que hace de timón y el tranvía se desliza sobre sus rieles sin ruido alguno.

 

La calle es ancha, pero la vista de los niños, recién estrenada aún, es fina y aguda para gozar del espectáculo de la acera opuesta. A veces se asoma una loca que vive enfrente y se escapa, medio desnuda, a la vigilancia de los que la cuidan. Debajo del piso de la loca está la farmacia cuyo titular usa todavía el casquete bordado que acredita su condición de boticario. Una confitería que se sigue llamando “Pesquera” por su anterior dueño pero que ya entonces se titula orgullosamente “La Hispánica: Pedro González López, ex-repostero de SS. MM. y AA. Reales”, el cual, con su atuendo y su gorro de cocinero inmaculadamente blancos, saluda por su nombre, título o profesión a todos los parroquianos: mi General, Señora Condesa, Señora de Marañón, Señora de Ortega, Señora de Topete… La calle de Diego de León es casi el extrarradio y la  Puerta de Alcalá, con el Retiro, un lejano confín que se adscribe más bien a la Plaza de la Cibeles y al centro de Madrid. Es, el de la calle de Serrano, un mundo manso, familiar ¡en que uno se siente tan seguro!”

 


 

(Imágenes —1-paseo del Prado -urbanity es/ 2-calle de Serrano -pinterest/ 3-calles de Velázquez y Goya -1930/ 4-tranvías -vigo es)