“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (32): COLOQUIO SOBRE EL AGUA

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS —(32) : Coloquio sobre el agua

 

 

 

Alejado unos días de la periodista y de sus diálogos, terminó hoy este nuevo relato que incluyo en mis Memorias:

 

COLOQUIO SOBRE EL AGUA

El presidente de la mesa abrió el Coloquio aquella mañana. Extendió la mano hacia el profesor Osamu Saito invitándole con amabilidad.

–Profesor Saito –le dijo–, si le parece podemos comenzar. El público está expectante.

El profesor Saito desplazó su quimono de seda amarilla del respaldo de su asiento, miró al presidente con ojos diminutos tras sus lentes redondos, y agradeció la deferencia con una inclinación de cabeza. Luego giró hacia la derecha, se situó en línea recta con el profesor Virgilio Virgili, hizo otra inclinación de cabeza y dijo con una sonrisa:

–Ante todo, quiero manifestar mi satisfacción por encontrarme aquí, ante una autoridad como la del profesor Virgili, y agradecer que se me permita exponer unas afirmaciones que son el resultado de muchos años de trabajo.

El profesor Virgilio Virgili acarició su barba blanca y aprovechó la pausa para intervenir muy cortésmente:

–Antes de que continúe usted, profesor Saito, decirle que es halagador escuchar sus palabras, profesor, porque yo soy lector ferviente de todas sus publicaciones, y me sumo al unánime reconocimiento de su prestigio internacional. Estoy seguro de que su intervención va a esclarecer mucho el tema que vamos a tratar aquí.

Luego se volvió hacia el presidente de la mesa:

–Aprovecho también estos primeros minutos para testimoniarle a usted, doctor Pavletic, que dirige este Coloquio, mi congratulación por la oportunidad que me brinda al poder debatir en este foro cuestiones sin duda apasionantes y que van a ser, estoy convencido, de un enorme interés.

Desde lo alto de su estrado, el presidente Pavletic se inclinó ante el micrófono:

–Perdón. Antes de que los dos prosigan, y para no interrumpirles más tarde y dejarles completamente libres en su diálogo, deseo devolverle su amable cumplido, profesor Virgili. Es esta Casa la que se siente honrada al tener hoy dos personalidades como ustedes, que tan amablemente han aceptado nuestra invitación. Si les parece, podemos comenzar.

El profesor Osamu Saito miró al presidente e hizo un leve gesto señalando la jarra de agua vacía sobre su mesa.

–Si se me permite sugerir … –indicó con una seña, aludiendo a que le llenaran la jarra vacía.

El presidente Pavletic enarcó las cejas y tocó brevemente la campanilla. Cirili, el conserje, se acercó, y el presidente le susurró al oído:

–Cirili, si hace usted el favor, sírvale agua en la jarra al profesor Saito, porque parece que se han olvidado de ponerla.

–Sí, señor presidente.

Cirili se acercó a la mesa de Osamu Saito.

–Perdone, profesor, que le moleste: ¿usted prefiere agua natural, o desea alguna marca especial?

–No le he entendido muy bien –murmuró en japonés Osamu Saito volviéndose hacia atrás, hacia Duyot, el intérprete.

Duyot, el intérprete, que estaba detrás de Saito, adelantó un poco su silla y se colocó junto a la nuca del japonés.

–Profesor Saito –le tradujo en voz muy queda–: le están preguntando si desea alguna marca especial de agua o prefiere agua natural.

–¿Hay agua mineral nacional? –le preguntó el profesor Saito en japonés a Duyot.

Philippe Duyot se dirigió a Cirili en el idioma del conserje.

–¿Hay agua mineral nacional? El profesor Saito desea saberlo. ¿Qué marcas tienen?

El conserje enumeró las marcas de agua. Duyot se las repitió a Osamu Saito, y el japonés escogió una.

–Gracias, profesor –dijo el conserje solícito–. Ahora mismo le traigo el agua.

–Cuando quieran entonces, podemos comenzar –dijo el presidente.

El profesor Virgilio Virgili miró al presidente, miró también al profesor Saito, y pareció dudar.

–Perdón, señor presidente, pero querría hacer una salvedad antes de comenzar la discusión, porque desconozco el protocolo. Mi pregunta es doble: ¿tenemos el tiempo fijado para cada intervención, y en ese caso, ¿cuál es ese tiempo? Y mi segunda pregunta es la siguiente: ¿hay establecido algún orden para comenzar el debate? Lamento, señor presidente –sonrió–, plantearle ya desde ahora cuestiones de procedimiento, pero creo que si conocemos ya de antemano las reglas por las cuales hemos de guiarnos, la discusión podrá ser más fluida y no habrá riesgos de fricciones estériles. Al menos, por mi parte. No sé si con esto me estoy adelantando en algo al profesor Saito –terminó mirando al japonés.

El profesor Osamu Saito cruzó las mangas de su quimono amarillo, inclinándose hacia delante.

–En absoluto, profesor Virgili –sonrió–. Y me alegro de que sea usted el que expone con claridad esta observación, porque precisamente iba a proponerles yo eso mismo en este momento, en favor de lo que, muy bien señalado por usted, debe ser la fluidez en el contraste de pareceres. Me permito añadir que en cada Congreso al que he asistido ha sido lamentable el desorden, o quizá el desconocimiento de unas normas preestablecidas, lo que al final ha perjudicado el debate.

–Profesor Saito –le interrumpió Virgilio Virgili–, acaba usted de referirse a Congresos de modo explícito, y no sé si yo me atrevería a definir este encuentro nuestro como Congreso. Yo propondría a su consideración, profesor, como terminología básica y para poder entendernos esta mañana, la palabra debate. Simplemente debate. Sobre eso sí que creo que podremos edificar –se volvió hacia el presidente Pavletic–. No sé si está de acuerdo con esto, señor Presidente.

Lajos Pavletic separó ligeramente su espalda del respaldo de su alta silla y jugueteó con un lápiz entre los dedos.

–Eso es una cuestión de ustedes. Yo como presidente estoy abierto a cualquier terminología siempre que les facilite a ustedes las cosas. Creo que el tema que les ha traído hoy aquí es tan apasionante y puede tener tales repercusiones, que fijar con excesiva rigidez unos sistemas previos nos llevaría a una pérdida de tiempo. Sí, en cambio, me disculpo ante usted, profesor Virgili, por no haberle recordado antes el tiempo de que disponen. Cada uno de ustedes puede hacer uso de diez minutos para cada intervención, rogándoles no los sobrepasen, para así poder cumplir con holgura el programa trazado. No olviden –sonrió– que tenemos luego un almuerzo, almuerzo que es el que tradicionalmente celebramos como Institución –se volvió a apoyar en el respaldo de la silla–. Cuando quieran, señores, pueden comenzar.

–Voy a tomar entonces una palabra pronunciada por el profesor Osamu Saito, la palabra “desorden”, para iniciar yo mi declaración –comenzó Virgilio Virgili–. Aunque realmente, no sé, en verdad, si yo estoy en el uso de la palabra, es decir –añadió buscando la aquiescencia del presidente–, si yo soy el que debe comenzar. Mi pregunta es, señor presidente: ¿debo comenzar yo, o es el profesor Saito el que debe empezar?. Esa cuestión pienso que no ha quedado suficientemente aclarada.

Lajos Pavletic se separó un poco de su silla.

–Indistintamente –dijo inclinándose. Y se volvió a echar para atrás.

–No he entendido bien –murmuró en japonés Osamu Saito buscando a Duyot, el intérprete.

Duyot acercó sus labios al oído del profesor Saito.

–Profesor Saito –susurró en japonés–, el presidente dice que “indistintamente”, es decir que es indiferente que empiece uno u otro el debate. Que es lo mismo que comience uno u otro –le repitió.

–Muchas gracias –le contestó Saito al intérprete haciendo una inclinación de cabeza–. Entonces prefiero que el turno de intervenciones comience por el profesor Virgili. Me parece más correcto. ¿Es usted tan amable de traducirlo?

Duyot se dirigió a Pavletic:

–El profesor Saito prefiere que el turno de intervenciones empiece por el profesor Virgili, señor presidente.

Lajos Pavletic separó su espalda de la silla y se echó un poco hacia delante: –De acuerdo. Muchas gracias, profesor Saito –luego miró hacia donde estaba Virgilio Virgili y extendió su mano con amabilidad–. Tiene usted la palabra, profesor Virgili. Cuando usted quiera.

Cirili, el conserje, atravesó por delante del profesor Virgili llevando en una bandeja una botella de agua mineral colocada en un plato, y a su lado un vaso vacío y una pequeña servilleta. Al llegar a la altura del presidente se detuvo, giró para mirar a la presidencia, hizo una inclinación de cabeza y siguió andando hasta llegar al sitio del profesor Saito.

–Muchas gracias –le murmuró en japonés el profesor Saito dirigiéndose al conserje.

El conserje depositó la bandeja en un extremo de la mesa de Saito, saludó con la cabeza al japonés y atravesó de nuevo la sala.

El profesor Virgili aguardó a comenzar su intervención a que saliera definitivamente el conserje y cerrara la puerta.

Lajos Pavletic levantó, sin embargo, su mano en el aire, hizo un gesto para que no comenzara aún Virgilio Virgili e irguiéndose en su sillón de presidente y elevando la voz, llamó al conserje:

–¡Cirili!

Al haber desaparecido el conserje y quedar entreabierta una rendija de la puerta, el presidente Pavletic hizo sonar entre sus dedos la campanilla. ¡Cirili! –volvió a llamar repiqueteando con la campanilla– ¡¡Cirili!!

La hoja de la puerta se entreabrió un poco más y apareció en el umbral el conserje

.Dígame, señor presidente.

–Cirili, por favor –le dijo Pavletic en voz alta– ¿Sería usted tan amable de cerrar por completo la puerta?

–Sí, señor presidente.

–¡Ah! –prosiguió Lajos Pavletic– Y que a partir de ahora, nadie nos moleste. Vamos a empezar la sesión.

–Sí, señor presidente –Y el conserje dudó–: Hay más público afuera, señor presidente, que desea entrar. ¿Le indico que espere?

Como el profesor Osamu Saito había girado totalmente su quimono de seda amarilla para poder seguir mejor el diálogo entre el presidente y el conserje, y como el profesor Virgilio Virgili estaba también atento a aquella conversación, el presidente prefirió pedirles su opinión, a los dos.

–Aun a riesgo de que nos entretengamos algún segundo más, señores, como ustedes son los protagonistas y no yo, mi pregunta ahora va a ser muy escueta: me anuncia el conserje que se encuentra más público aguardando para entrar en la sala y asistir al debate. ¿Prefieren ustedes que entre ahora ese público o desean que espere hasta la primera pausa o receso que hagamos? Quizá prefieran que aguarden, ya que llevamos algo de retraso. Pero no quiero influirles. Ustedes tienen la palabra.

Osamu Saito se echó ligeramente hacia atrás para que el intérprete Duyot le tradujese al japonés lo que acababa de decir el presidente, Duyot lo hizo con rapidez, Saito contestó con unas frases muy veloces y el intérprete le comunicó al presidente:

–El profesor Saito opina que se debería comenzar ya el debate sin esperar a más público. Sin embargo, como es el profesor Virgili quien ha de iniciar los turnos de intervenciones, el profesor Saito declina su opinión ante la que pueda expresar el profesor Virgili.

–Muy gentil, profesor Saito, y muchas gracias –dijo con una amable sonrisa Pavletic. Y se giró en su asiento mirando ahora a Virgilio Virgili– ¿Y usted, profesor Virgili? ¿Cuál es su opinión?

El profesor Virgili acarició su barba blanca.

–Por mi parte, señor presidente, yo preferiría no ser interrumpido ahora por una mayor afluencia de público, con el consiguiente retraso que ello supondría para todos. Sin embargo, como creo que esto es una simple cuestión de procedimiento, me permito insinuar que entra dentro de las atribuciones de la Presidencia y –sonrió– a ella me remito. No sé lo que pensará mi ilustre colega, el profesor Saito, pero, en este caso, y teniendo en cuenta el tiempo que ya estamos consumiendo, lo que el presidente decida creo que estará bien decidido.

Lajos Pavletic agradeció satisfecho las palabras de Virgilio Virgili e hizo sonar de nuevo la campanilla mirando al conserje que esperaba con su mano sobre el pomo de la puerta.

–¡Cirili! –le ordenó con solemnidad el presidente –¡Cierre bien esa puerta, que vamos a comenzar! ¡Al público que aguarda, indíquele que deberá esperar a la primera pausa que se abra en este Coloquio! ¡Y por favor, que no nos interrumpan!

–Sí, señor presidente –dijo respetuosamente el conserje y cerró por completo la puerta.

–¡Bien, señores! –exclamó el presidente Pavletic echándose hacia atrás en el sillón– ¡Cuando ustedes quieran! Mejor dicho –rectificó mirando a Virgilio Virgili–, cuando usted lo desee, profesor Virgili, porque es usted quien tiene la palabra.

Virgilio Virgili adelantó su cuerpo en la silla y comenzó:

–Gracias, señor presidente –Luego se giró levemente hacia la derecha– Gracias también a usted, profesor Osamu Saito, pues me permite iniciar esta sesión. Bien. Iré directamente al fondo de la cuestión, o al menos procuraré intentarlo. Confieso, profesor Saito –dijo mirando al japonés–, que yo traía para este Coloquio un discurso o ponencia muy preparado y que aún tengo aquí, encima de la mesa, como usted puede ver. En principio, me disponía a leer ese discurso. Sin embargo, cuando yo le he visto hace un momento, profesor Saito, recordarle al presidente que le sirvieran agua, me he dicho de inmediato: esto es que el profesor Saito se dispone a proponernos, o a presentarnos, una de esas aportaciones suyas en las que él es un renombrado especialista. Todos quienes le seguimos (y me incluyo humildemente entre ellos) conocemos esos hallazgos singulares, profesor Saito, que usted periódicamente nos ofrece en las revistas científicas. Mi pregunta es: ¿nos va a sorprender quizá, profesor Saito, en esta sesión con una aportación nueva sobre el tema del agua? ¿Me equivoco tal vez al suponer esperanzado que va a ser así? Solamente eso –y se echó para atrás con una amable sonrisa mirando fijamente al japonés–. Muchas gracias.

Osamu Saito dejó caer hacia los lados las anchas mangas de su quimono de seda amarilla, observó atentamente tras sus redondas lentes a su colega Virgili, sonrió enigmático y contestó:

–Son muy halagadoras para mí, profesor Virgili, sus palabras y quiero reiterarle mi agradecimiento por los inmerecidos elogios que usted me dedica. Pero de todos es conocido en los foros internacionales su exceso de amabilidad y su exquisita benevolencia en sus juicios, que le hacen a veces sobrepasar los límites

El presidente Pavletic se inclinó ante el micrófono.

–Perdón, profesor Saito –le interrumpió.

–Sí, señor presidente –respondió el japonés mirando a Pavletic.

–Nada más recordarle, profesor Saito, que hemos establecido un turno riguroso de intervenciones, y que en cada una de esas intervenciones debe respetarse el tiempo, tiempo que no debe sobrepasar los diez minutos. Perdón de nuevo, profesor Saito –sonrió– por este recordatorio o aclaración, pero es un procedimiento que nosotros mismos hemos acordado y que nos lleva a mantener un orden para que discurra con más fluidez el Coloquio. La palabra la sigue teniendo el profesor Virgili que no ha consumido su turno.

Osamu Saito hizo una inclinación de cabeza.

–De acuerdo, señor presidente. Muchas gracias.

Lajos Pavletic giró y miró a Virgilio Virgili extendiendo su mano en el aire.

—Entonces, profesor Virgili, puede usted proseguir cuando quiera, ya que está en el uso de la palabra. Le recuerdo que es usted quien ha abierto el turno de intervenciones –se echó hacia atrás en el sillón–. Cuando usted quiera, pues, profesor Virgili.

El profesor Virgili miró a Lajos Pavletic.

–Gracias, señor presidente.

Luego se volvió ligeramente hacia el japonés.

-Bien, profesor Saito. Le decía antes de que amablemente nos interrumpiera el presidente Pavletic para encauzar y ordenar este Coloquio. Por cierto, ordenación y encauzamiento que, permítame señor presidente –dijo volviendo a mirar a Pavletic– es un modelo de rigor, y por ello deseo felicitarle. ¿Puedo? –sonrió– ¿Me permite que le felicite, presidente Pavletic?

Lajos Pavletic se adelantó un poco en su sillón y lo agradeció con una inclinación.

–Gracias, profesor Virgili. Muy reconocido a sus palabras. Puede continuar.

Osamu Saito se recostó cerca del intérprete Duyot para que le tradujera al japonés el diálogo que estaban manteniendo Pavletic y Virgili, Duyot lo hizo velozmente inclinado en el oído de Saito y entonces el japonés se echó un poco hacia adelante con su quimono y tosió.

Lajos Pavletic se acercó al micrófono y miró a Osamu Saito.

–¿Sí, profesor Saito? –inquirió aguardando con gran interés.

Osamu Saito cruzó las mangas de su quimono de seda amarilla.

–Perdón, señor presidente. Aunque sé que yo no estoy en el uso de la palabra, acaban de traducirme la felicitación que mi colega Virgili ha dirigido a esta Presidencia y, adelantándome a la declaración que luego haré, quiero unirme también a dicha felicitación, puesto que me parece de absoluta justicia reconocer la forma impecable como esta Presidencia está llevando adelante este Coloquio.

Pavletic sonrió muy agradecido.

–Muy amable, profesor Saito –musitó, y se echó hacia atrás en el sillón mirando a Virgili– Profesor Virgili, puede proseguir cuando quiera.

Virgilio Virgili giró hacia la izquierda, se colocó en línea recta con el japonés y acariciando su barba blanca continuó:

–Yo no sé, profesor Saito, si ya que estamos de acuerdo como asistentes a este Debate en felicitar ambos al Presidente, no podría figurar ya esta resolución en las Actas. ¿A usted qué le parece?

El profesor Saito miró a Pavletic.

–Yo no me atrevo, señor Presidente, a proponer nada aún sobre este aspecto para que figure en las Actas, sin conocer su opinión, señor Presidente.

Lajos Pavletic se acercó al micrófono.

–¿Se refiere usted, profesor Saito, a la felicitación a esta Presidencia?

–Sí, señor presidente –respondió Osamu Saito–. A que figure en las Actas.

Pavletic se echó hacia atrás en el respaldo del sillón.

–Esta Presidencia prefiere que esa cuestión se debata al final. Conviene que prosiga el Coloquio. Sigue teniendo usted la palabra, profesor Virgili.

Virgili se situó frente a frente al japonés.

-Lo primero que deseo decirle, profesor Saito, y perdóneme que avance en esto tan directamente puesto que aún no hemos entrado en el auténtico Coloquio, es si usted, como especialista en la materia, va a utilizar en su intervención su lengua original o bien va a escoger otra lengua.

Como el profesor Virgili hizo una larga pausa y se quedó observando a Osamu Saito, éste miró a su vez hacia el Presidente y pareció dudar. -¿Puedo, señor Presidente…? –preguntó a Pavletic con timidez.

Lajos Pavletic se inclinó hacia adelante.

-Profesor Saito, aunque usted realmente no se encuentra ahora en el uso de la palabra, entiendo que muy bien pueda intervenir. Sin que sirva de precedente, permítame que yo le ayude, si no tiene inconveniente – comentó muy amable. Y se giró luego hacia Virgilio Virgili–: Profesor Virgili, discúlpeme: esta observación que acaba usted de hacerle al profesor Saito, ¿supone una pregunta? Porque quizá para el profesor Saito no ha quedado suficientemente claro si es interrogación o no. Es decir, ¿desea usted que el profesor Saito le conteste ahora, o bien sus palabras son un mero comentario?

Virgilio Virgili asintió con la cabeza y dio muestras de querer especificarlo.

-—-Sí. Es una pregunta, señor Presidente –murmuró decidido.

Pavletic se volvió hacia Osamu Saito.

-Ya lo ha oído usted, profesor Saito: es una pregunta. Entonces, cuando usted quiera puede tener la amabilidad de contestar —y se echó hacia atrás en el sillón.

Osamu Saito movió un poco su quimono de seda amarilla y miró con ojos diminutos tras sus lentes redondos a Virgilio Virgili.

-Me halaga su interés ya desde el principio, profesor Virgili, por cuestiones, llamémoslas así, específicamente técnicas. O quizá mejor, podríamos decir, bastante más concretas de las que hemos tratado hasta ahora. Le responderé con mucho gusto a lo que usted me pide. La palabra que yo voy a utilizar a lo largo de este Coloquio he decidido que sea una palabra determinada: la palabra mizu, es decir, agua en japonés. He dudado mucho, se lo confieso profesor Virgili, si emplear, quizá por deferencia hacia su persona (usted sabe muy bien los vínculos que nos unen aunque sea únicamente por colaborar ambos en Water International o cuando mantenemos nuestra correspondencia a través de Scientific American); pues bien, como le digo, he dudado durante largo tiempo, en los meses de preparación para este Coloquio, si emplear la lengua japonesa para el tema que hoy nos ocupa, es decir, si usar concretamente la expresión mizu que, como usted sabe, significa agua en japonés, o bien (y aquí estaba mi duda), si inclinarme en cambio por otra expresión, la que corresponde precisamente a su lengua materna, profesor Virgili, es decir, el húngaro. Y entonces, en ese caso sí hablar de víz, palabra que corresponde –corríjame si me equivoco– a agua en húngaro.

El profesor Virgili se removió en su asiento y sonrió muy halagado:

-Le agradezco muy sinceramente esa duda y esa deferencia suya  — se atrevió a decir.

-Y bien— prosiguió Osamu Saito colocándose mejor las mangas de su quimono e inclinándose más en la mesa —, al llegar a este punto, es decir, reflexionando todos estos meses de preparación ante tal disyuntiva, he aquí que recibí (como usted seguramente la habrá recibido también), la Comunicación por la que se me informaba de que este importante Coloquio en el que ahora nos encontramos iba a ser brillantemente presidido o moderado por una autoridad de renombre internacional, el doctor Lajos Pavletic, aquí presente y miró al Presidente con afecto.

El Presidente, Lajos Pavletic, al ser aludido, se adelantó un momento hacia el micrófono, pareció que fuera a hablar, hizo una breve inclinación de cabeza, pero se recostó de nuevo en el sillón.

-Entonces, profesor Virgili —continuó Osamu Saito —, me planteé yo una pregunta (no sé si usted se la habrá planteado, pero yo sí se la formulo ahora): ¿Seríamos capaces usted y yo, un húngaro y un japonés, de ceder por un momento las preferencias sobre nuestras propias lenguas y adecuarnos a la lengua natal del doctor Pavletic? Al principio, se lo confieso, ante esto no encontraba respuesta. Usted y yo no nos habíamos encontrado en los últimos meses y era difícil sin duda tal comunicación, además de que era una cuestión muy delicada y personal. No cabía entonces más remedio que proponérsela aquí directamente, incluso delante mismo del doctor Pavletic, y aun a riesgo de ser inoportuno o indelicado —Hizo una pausa —. Pero decididamente sí se la propongo ahora: yo pregunto, profesor Virgili, ¿podemos ceder nosotros la expresión mizu, es decir, agua en japonés, y a su vez la expresión víz, que corresponde a agua en húngaro en beneficio de voda, que como usted sabe bien, significa agua en croata? ¿No representaría esto una amable deferencia y un respeto hacia la autoridad croata que hoy nos preside? Piénselo bien. Contésteme sin prisas.

A pesar de que Osamu Saito, recostándose hacia atrás, pareció aguardar ávidamente una respuesta, Virgilio Virgili no dio muestras de querer responder y se hizo un largo silencio tan sólo roto por la breve tos del Presidente.

Lajos Pavletic se acercó al micrófono.

-Perdón, señores. Aunque este es un aspecto que tiene referencia a mi persona y yo no tengo por costumbre interferir en los Coloquios, sí me parece necesario avanzar en el diálogo. Por tanto, profesor Virgili —dijo dirigiéndose a él— , yo le ruego que responda a las palabras del profesor Saito. Es necesario proseguir. No olviden que luego tenemos una comida.

Y se echó hacia atrás en el sillón.

Virgilio Virgili aprovechó la pausa para verter un poco de agua de la jarra en su vaso.

-Me pide usted una contestación, profesor Saito —respondió tras verter el agua — y con mucho gusto se la doy. Me pregunta usted si, a lo largo de este Coloquio, debemos utilizar, para designar el agua, la palabra mizu, que corresponde a su lengua japonesa, o bien es mejor que nos inclinemos, para entendernos mejor, por el término que en húngaro, mi lengua, designa igualmente al agua, es decir, la palabra víz —Hizo una pausa —Pero aún dice usted más: dice usted que, valorando la personalidad y el renombre de nuestro Presidente, podríamos reemplazar esas dos formulaciones tan precisas por otra nueva, o bien por otra distinta: la que se refiere a la lengua materna del Presidente Pavletic, es decir, la lengua croata. Sugiere usted emplear el término voda, que como usted ha recordado muy bien, quiere decir agua en croata  —y aquí hizo una nueva pausa y miró más atentamente al japonés— . Pues bien, yo le diré algo, profesor Saito. Lo importante es el fondo de nuestro debate, no la terminología que empleemos. Lo importante es que nos estamos ya relacionando usted y yo, que nos estamos exponiendo con toda naturalidad cada uno de nuestros puntos de vista y que estamos estableciendo como en todos los Coloquios un fructífero diálogo. Eso, eso es lo que estamos haciendo en estos momentos. Lo importante es que nos estamos elevando por encima de cuestiones lingüísticas. Mizu, víz o voda podemos usarlas indistintamente: eso es lo accesorio. Es en lo que yo creo. Podemos usar indistintamente las tres fórmulas. Lo importante es el fondo. Pero, profesor, sí me gustaría saber su opinión sobre esto.

Virgilo Virgili se echó hacia atrás esperando una respuesta y Osamu Saito inclinó su quimono también hacia atrás buscando al intérprete.

Duyot, el intérprete, se inclinó hacia adelante y se acercó al oído de Saito: –

—Profesor: el profesor Virgili ha dicho que mizu, víz o voda pueden usarse indistintamente, que eso es accesorio, que lo importante es el fondo.

-No le he entendido bien— le susurró Saito al intérprete —,repítamelo otra vez.

El intérprete se acercó aún más al oído de Saito.

-El profesor Virgili —repitió Duyot — ha dicho que mizu, víz o voda pueden usarse indistintamente, que lo importante es el fondo.

-¿Qué quiere decir “indistintamente”? —preguntó Saito en japonés al intérprete.

Duyot, el intérprete, le tranquilizó:

-Indistintamente quiere decir que pueden usarse como se deseen las palabras, profesor Saito, que eso es indiferente.

Osamu Saito se inclinó hacia adelante con su quimono de seda amarilla y tomando su vaso de agua bebió ahora lentamente.

También bebió el profesor Virgili.

También  bebió el Presidente.

Luego prosiguió el Coloquio.

José Julio Perlado—“Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (28) : LOS SUEÑOS

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS  (28) :  Los sueños

17 mayo

– He traído aquí – me dice al entrar hoy la periodista y sentarse en la butaca, a la vez que me muestra unas páginas – unas anotaciones suyas sobre los sueños que están tomadas de una novela que usted publicó no hace muchos años. Hablaba usted de las noches en Nueva York, de la gente dormida, y decía así: “Hay millares, millones de cuerpos acostados, cada uno en su dormitorio, cada uno en su piso, todos los pisos de los rascacielos unos debajo de los otros, todos los cuerpos tendidos. Unos tienen colocada su cabeza a la derecha y los pies a la izquierda y otros han preferido colocar su cabeza a la izquierda y los pies a la derecha. Muchos no pueden dormir por preocupaciones, por disgustos, porque les dan vueltas a las cosas y creen que pensando en ellas las van a resolver”.
Le he leído estos párrafos porque varias veces ha escrito usted sobre los sueños y creo que es algo que le interesa. ¿Por qué no me habla de ello?

– Bien. El mundo de los sueños, sí, siempre me ha interesado. He escrito sobre ello en varias ocasiones. Lo cierto es que sobre el sueño en la literatura se ha escrito muchísimo. Un autor francés comentaba que es asombroso que cada mañana nos despertemos cuerdos, después de haber pasado por esa zona de sombras, por esos laberintos de sueños. Borges por su parte, como usted sabe, aseguraba que el sueño es una obra de ficción y que posiblemente sigamos fabulando en el momento de despertarnos y también después, cuando contamos los sueños . Quizá en el sueño seamos “la cosa que soy”, añadía Borges, quizá seamos nosotros. Esto se olvida al despertar. Sólo podemos examinar de los sueños su memoria, su pobre memoria, concluía el gran escritor argentino. A ese mismo sentido de relación entre creación y sueño se refería un día en Madrid el psiquiatra Rof Carballo cuando me comentaba que todos nosotros somos creadores en el sueño y que en el fondo, lo mismo que el misterio del sueño, la creación es muchísimas veces vaticinadora, es decir, anticipatoria, reveladora. Recuerdo también la pregunta que un novelista quiso hacerse: ¿qué soñaré mañana? Eso no podría nunca contestarse, es una pregunta casi surrealista, pero en cambio muchas veces uno puede sentirse atado por lo que soñó anoche, si es que lo recuerda, que a veces es difícil recordarlo. Me viene ahora a la memoria, en el momento en que usted me habla de ello, una curiosa historia que me contó un amigo mío, al menos me dijo que así había sucedido, no sé si había sucedido así o no, porque yo siempre pensé que me la contó por si quería aprovecharla para algún relato o para algún cuento.

-¿Y la aprovechó?

-No, no lo aproveché porque, tras escucharla, me pareció una historia casi imposible, una historia casi anclada en el absurdo. Para mí, algo difícil de escribir, y además con ciertos tintes de terror que no me gustaron.

-¿No le gusta el terror?

-No, no me gusta. A pesar de que mi mujer suele decirme que me gusta el terror, el terror en sí no me gusta. Me gusta la intriga, lo policíaco, lo misterioso, los caminos que llevan a un complejo desenlace, el suspense, pero no el terror. Me acuerdo, por ejemplo, cuando me salí del cine viendo “El resplandor”, que no aguanté.

-¿Y cómo era esa historia a la que usted se refiere?

-Pues sencillamente una tremenda historia de celos: una mujer que intentaba dominar a un hombre controlándolo hasta el límite, controlando incluso sus sueños, entrando en ellos.

-¿Cómo entrando en ellos?

-Sí, entrando en sus sueños. Aquella mujer poseía, podríamos decir, una disposición especial para absorber cuanto le iba contando su marido. Ella lo asimilaba, lo engullía todo. Estaba obsesionada. Quería saber todo lo de él. Como naturalmente no podía saber en qué soñaba, le preguntaba continuamente, al día siguiente ¿qué has soñado hoy? Le asediaba : ¿ qué has soñado esta noche pasada? ¿qué soñaste ayer? Generalmente el marido no recordaba apenas nada, hacía especiales esfuerzos por complacerla, aunque no recordaba sino cosas muy generales, pero otras veces, quizá porque estaba ya cansado del asedio de su mujer o tal vez por tener especiales momentos de lucidez, intentaba describirle el sueño que había tenido y lo hacía lo mejor que podía, aunque ella seguía siempre adelante, incansable, preguntándole una y otra vez,: ¿y con quién estabas? ¿cuánto duró ese sueño? ¿qué hiciste? ¿era el mismo lugar que me contaste el otro día? ¿estaban las mismas personas? ¿qué te decían? ¿qué les decías tú?, cuéntame como era el sitio, los detalles … Un enorme agobio. Quería saber qué había estado haciendo su marido mientras soñaba. En el fondo pensaba en su infidelidad, estaba obsesionada con su infidelidad incluso en el sueño. Una noche, sin embargo, el marido, al cerrar los ojos y disponerse a dormir y nada más abandonarse durante un rato a la tranquilidad del sueño, se incorporó de improviso en la cama con un grito angustioso, un tremendo grito de sobresalto y se quedó allí, sentado encima de la cama, temblando. Acababa de verla. Acababa de ver a su mujer de pie dentro del sueño de él. Estaba esperándole. Le esperaba con una sonrisa enigmática, casi siniestra. “Aquí estoy”, le había dicho mirándole fijamente, “ Aquí estoy esperándote “. Espantado, se despertó, se volvió al lado de la cama donde tenía que estar su mujer y allí no había nadie. Su mujer, me dijo mi amigo, seguía dentro del sueño de él. Y ese hombre nunca volvió a soñar más.

-¿Pero qué sucedió después, no le contó qué pasó con ese matrimonio? –

. No. No me contó nada más..

-¿Y no va usted a escribir nada sobre eso?

-No. No voy a escribir nada.

-Indudablemente, como usted dice, esa historia tiene un cierto punto de terror ¿ Nunca se ha animado a escribir algo de terror?

-No. Ya le he dicho que no me gusta el terror.

– ¿Y el humor? En cambio he leído cosas suyas escritas con gran sentido del humor…

– ¡Ah, el humor es una cosa muy distinta! Se lleva o no se lleva dentro. Se tiene o no se tiene. Creo que tengo sentido del humor, es una realidad, no es ningún mérito, pero nunca sé ni me planteo cómo he podido conseguirlo. El humor nace o no nace. No se puede inventar.

-¿Alguien en su familia tiene también sentido del humor?

-Sí, mi padre  en cierto modo lo tenía. También mis hermanos. Mis  tres hijos creo que también lo tienen, unos más que otros. No sé si lo han heredado de mí. Pienso que muchas veces están esperando una respuesta mía o una visión mía con algún rasgo de humor para saber que estoy perfectamente vivo, que soy yo, para reconocerme enseguida y comprobar que no estoy enfermo.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” -Memorias

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

 

AUTORRETRATO DE RAYMOND CHANDLER

 

“Sí —decía burlonamente Raymond Chandler—, soy exactamente como los personajes de mis libros. Soy muy duro y una vez me vieron romper un panecillo de Viena sólo con mis manos. Soy muy guapo, tengo un físico corpulento y me cambio de camisa regularmente todos los lunes por la mañana. Cuando descanso entre dos libros vivo en un castillo francés de estilo provenzal en Mulholland Drive. Es un lugar algo reducido de cuarenta y ocho habitaciones y cincuenta y nueve cuartos de baño. Como en vajilla de oro. Naturalmente, hay veces en que tengo que dejarme crecer la barba y vivir en una casa medio derruida de Main Street, y hay otras veces en que resido, aunque no a petición propia, en la celda de borrachos de la cárcel.

Tengo amigos de todas las clases sociales. Sobre mi mesa de trabajo hay catorce teléfonos, incluyendo líneas  directas con Nueva York, Londres, París, Roma y Santa Rosa. Cuando se abre mi archivo aparece un bar portátil muy conveniente,  y el “barman”, que vive en el cajón interior, es un enano llamado Harry Cohn. Soy un fumador empedernido y, de acuerdo con mi humor, fumo tabaco, marihuana, seda de maíz y hojas secas de té. Consigo mi material de varias maneras, pero mi procedimiento favorito consiste en registrar las mesas de otros escritores en las horas libres. Tengo treinta y ocho años desde hace veinte. No me considero un tirador infalible, pero soy un hombre bastante peligroso con una toalla húmeda. Pero bien pensado, creo que mi arma preferida  es un billete de veinte dólares.”

(Imagen —Raymond Chandler-)

SONREÍR EN UN BLOG (11) : BAÑOS DE BASTÓN

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“Bioy Casares, por indicación de Borges, se puso a leer párrafos de la biografía  de don Miguel De los Santos Álvarez, poeta español del siglo XlX: “ Don Miguel tiene  motivos particulares para no creer en la riqueza. El resultado de sus meditaciones a este respecto es la convicción de que andan por ahí 25 duros y algunos diamantes que van dando la vuelta al mundo de mano en mano. Los primeros los ha tenido en la suya una vez, según asegura. A los segundos no los conoce más que de vista todavía.

Don Miguel es uno de los hombres más frioleros del Viejo Continente. Nadie puede jactarse de haberlo visto en la calle como no ser en el mes de julio, sin levita, gabán, capa, bufanda y chanclos. Toma sin embargo en el estío sus “baños de bastón”, que consisten en hacer preparar la tina con agua templada, ponerse en mangas de camisa y meter en el líquido refrigerante el tercio inferior de su palo habitual. La impresión de la frescura absorbida por el bastón dice que le basta para tiritar un momento. Enseguida se abriga convenientemente y sale del cuarto con las mayores precauciones ( A esto él lo llama hidroterapia)”

 

(Imagen —1-Ansel Adams)

EL HUMOR ESPAÑOL

 

 

“El humor —me decía Pedro Sáinz Rodríguez charlando en su casa en 1977 — es la reacción  personal ante la realidad; esa reacción —según la categoría y la cultura del personaje — tiene unos valores u otros. La reacción , por ejemplo, que tiene el español ante la riqueza — que es una reacción de desconfianza a priori —no quiere decir que los españoles sean más honrados que otros (porque ya sabemos que esta mentalidad coincide con un estar templado por un sentido religioso y con la picaresca, que son los dos polos del genio español); sin embargo, las dos cosas se unen precisamente en “Guzmán de Alfarache”, un libro transcendental, porque en él hay una especie de síntesis de la preocupación moral y de la verdadera picaresca; allí están las dos cosas más o menos unidas: la filosofía del pícaro contradice su conducta, que es, en general, la posición del pecador. El pecador es alguien que sabe la moral y no la practica, pero es creyente, porque si no, no se sentiría pecador, ya que ignoraría la norma; no, la conoce y la vulnera, que eso es el pecador.

 


El genio humorístico español tiene una característica  que pudiéramos llamar benevolencia, humanidad, ternura: lo que impregna  todo El Quijote, y el humor de Velázquez: los enanos de Velázquez, todos esos personajes un poco monstruosos, no están descritos con amargura, sino con compasión, con benevolencia ; la amargura que hay en el humorista inglés Swift, ése es un tipo de humor amargo, acre, triste;  ése no es el humor español. Pienso que el humorismo es la flor de la cultura, porque es la reacción  del hombre ante la vida y ante lo que le rodea, hecha con benevolencia y con criterio propio.”

 


 

(Imágenes –1-Anthony Gomley/ 2-Vicki Sher/ 3-Víctor Vasarely)

SONREIR EN UN BLOG (7) : EL BOLSO

 

 

“De piel de cocodrilo

por la parte de fuera;

de seda, color Nilo,

por la parte de dentro

y tiene un espejo en el centro

y junto al espejo tiene una polvera.

Un tubito que lleva encerrado

el perfume de una esencia suprema

y cuatro butacas para ir a un cinema

del tres de febrero pasado.

Junto a un lapicero muy delgado y muy fino,

rodeado de un marco de satén

una foto preciosa de Rodolfo Valentino

hecha cuando tenía el apéndice bien.

Una caja de rímmel provista de un cepillo;

rojo para los labios para un caso de apuro.

Una medalla vieja llena de cardenillo

y un bolsillo de tela que encierra un solo duro.

Una tarjeta de visita:

”Juana Menéndez. Calle de Hita,

número siete, principal”

(las señas de una sombrerera),

y una vista de Orense desde la carretera

y una muestra de lana para un chal.

Retratos. Más retratos. Un último retrato.

Un sello de Correos de la China.

Y una cajita de bicarbonato

en cuya tapa dice: “Cocaina”.

Enrique Jardiel Poncela – “El bolso”- “Nueve historias contadas por un mudo”- “Para leer mientras sube el ascensor”

(Imagen -Yayoi Kusama -1998 – cortesía  robert miller gallery)

SONREÍR EN UN BLOG (10) : UN SABIO DE LA INDIA

 

 

“Un hombre sabio de la India – contaba Woody Allen –  apostó con un mago a que éste no le encantaría, pero el mago dio unas palmaditas en la cabeza al hombre sabio y le convirtió en una paloma. La paloma salió entonces volando por la ventana hacia Madagascar e hizo que le enviasen el equipaje.

La esposa del hombre sabio, que había presenciado esto, preguntó al mago si era capaz de transformar objetos en oro, y,  en caso de que así fuera, si podía convertir a su hermano en tres dólares en efectivo, para que el día no fuese completamente perdido.

El mago respondió que para aprender tal encantamiento era necesario viajar a los cuatro confines de la tierra, pero que esto debía de hacerse fuera de temporada, porque tres de los confines suelen hallarse completos.

La mujer reflexionó por un instante y prefirió entonces realizar una peregrinación a La Meca, olvidándose de apagar el horno.

Diecisiete años después retornó, tras platicar con el Gran Lama, e inmediatamente se dedicó a obras de beneficencia.

( Este relato pertenece a una serie de mitos hindúes que explican por qué tenemos trigo.)

(Imagen -Jim Tsinganos)

VIAJES POR EL MUNDO (14) : PARÍS Y LOS AUTOBUSES

 

 

París está sin coches de alquiler – escribía el portugués Eca de Queiroz desde la capital francesa -, lo cual es, sobre todo en estos momentos, como el desierto sin camellos. Si en esta supercivilizada ciudad el servicio de ómnibus fuese fácil, exacto y rápido, la falta de carruajes no causaría disgustos, y hasta sería una saludable instigación para la economía. Mas el ómnibus, en París, es una institución rudimentaria. Es más fácil para un parisino entrar en el cielo que en un ómnibus. Para obtener el lugar de la bienaventuranza basta, según afirman todos los Santos Padres, tener caridad y humildad. Para obtener  el sitio del ómnibus, estas dos grandes virtudes son inútiles y hasta contraproducentes. Antes bien, el egoísmo y la violencia. Después de conquistar el sitio, la otra dificultad insuperable es salir de él por  aquel medio natural y lógico que consiste en apearse. Nunca se llega, sino cuando ya es necesario. Yo y un amigo partimos un día de la estación de Orleans: yo, en el tren para Portugal; él, en el ómnibus para el Arco de Triunfo. Cuando yo llegué a Madrid, supe por un telegrama que mi amigo iba aún por la plaza de la Plaza de la Concordia. Pero iba bien. El ómnibus en París es el gran refugio y el local del enamoramiento. Cuanto más larga la jornada, más duradero, por lo tanto, el encanto. Mi amigo encontró en el ómnibus la criatura de sus sueños. Era una rubia con pecas prometedoras. Cuando, por fin, llegaron al Arco de Triunfo, eran novios o algo peor. Son  esas pequeñas comodidades de la vida sentimental las que conservan la parroquia de los ómnibus”.

 

 

(Imágenes-1 wikimedia commons/ 2- topdeshnmag)

CONTEMPLAR LA NATURALEZA

 

 

“Cada día, durante dos, tres o cuatro semanas, me siento delante del mismo paisaje – cuenta Marcel Bénabou enPor qué no he escrito ninguno de mis libros” -:  las pendientes secas de los Prealpes, los bosques del valle del río Chevreuse aún cubiertos por la niebla, las laderas peladas del Ventoux, o bien el árbol solitario del jardín de Vert, cuyo tronco muerto se ha vuelto casi invisible, debido a la  tupida y encarnizada profusión de la hiedra que lo atenaza y lo invade todo. Yo, que en mucho tiempo nunca había tenido la ocurrencia de mirar de verdad la naturaleza, voy iniciándome poco a poco en la contemplación minuciosa. Aprendo a distinguir las diferencias entre los grises y los ocres de los peñascos, entre las múltiples variedades de verde. Sé seguir, y hasta prever, el desplazamiento de las masas de sombra y de luz según los momentos del día: por aquí, el sol va a hacer surgir una larga tira de agua entre dos orillas desiertas, allá tan sólo una hilera de chopos, algo más lejos unas cuantas casas viejas separadas por jardines, setos de madreselva, de jazmín o de clemátides. Me he prohibido a mí mismo cualquier otro solaz o esparcimiento: ni cigarrillos, ni alcohol, ni periódicos ni música penetran en esta habitación de austera ambientación. Los techos carecen de molduras, las paredes están sin empapelar, ni siquiera hay una fisura que alegre la vista. Pero si el paisaje que tengo delante de los ojos se modifica sin cesar, la cuartilla de papel blanco que tengo ante mí no cambia como quien dice en absoluto”.

 

paisajes-byu-edward-steichen-mil-ochocientos-noventa-y-nueve

 

(Imagénes-1-  Eyvind Earle- 1976/2.- Edward Steichen– 1899)

SONREIR EN UN BLOG (8) : CORPUS BARGA

 

camas-yhhn-objetos- muebles- interiores- Michael Raedecker- dos mil nueve

 

El señorito Leopoldo.- ¿Es de día o es de noche?
El criado Canseco.- De día, señor marqués.
El señorito .- ¿Hace bueno o hace malo?
El criado.- No muy malo.
El señorito.- ¿Vale la pena abrir las persianas?
El criado.- Vale la pena, señor marqués.
El señorito.- Ábrelas.
El criado .- Ya están abiertas, señor marqués.
El señorito.-¿Me puedo o no me puedo levantar?
El criado.- El señor marqués se puede levantar cuando quiera.
El señorito.- ¿Tengo o no tengo pantalones?
El criado.- El señor marqués tiene una docena de pantalones.
El señorito.- ¿Me están o no me están bien de la entrepierna?
El criado.-Todos los pantalones del señor marqués le están bien de la entrepierna.
El señorito.- No, eso no es verdad, no hay ningún sastre que haga bien la entrepierna de los pantalones.
El criado.- El sastre del señor marqués es, con el señor marqués, una excepción; le hace pantalones con la entrepierna perfecta.
El señorito.- ¿Cuáles me debo o no me debo probar?
El criado.- El señor marqués se debe probar éste, o éste, o éste…
El señorito.- ¿Podía probar o no podía probar así a mis amigos?
El criado.- El señor marqués no necesita probar a sus amigos.
El señorito.- ¿Es que tengo o no tengo amigos?
El criado.- El señor marqués tiene muy buenos amigos, como por ejemplo el señor duque de Tal, el señor conde de Cual, Don Mengano y Don Zutano.
El señorito.- Para qué necesito tener amigos si no me prestan dinero, y para qué necesito tener pantalones si las mujeres no me quieren.
El criado.- La señorita Pura le quiere al señor marqués.
El señorito.- ¡Ay!, entonces ponme unos pantalones cualquiera”.
Corpus Barga.-Los pasos contados”
interiores-yyvvb-Alfred Eisenstaedt- mil novecientos sesenta y cinco

 

(Imágenes.- 1-Michael Raedecker– 2009/ 2.- Alfred Eisenstaedt– 1965)

SONREiR EN UN BLOG (7) : EL SÍNDROME POSTVACACIONAL

humor-ybbbn-David Merveille

 

Yo recuerdo aquel año en que todo arrancó muy despacio, con un enorme bostezo en las Bolsas y en las exportaciones, arrastrando sus goznes y ruedecillas muchas máquinas en las fábricas, ralentizándose los motores de los camiones, resistiendo para no ser levantados los cierres de los comercios, con una difusa desgana en los camareros que servían en los hoteles y un retraso paulatino en las reuniones, una abulia pegajosa que tenía ya su origen en un impuntual Congreso de coach que tenía que estudiar el síndrome postvacacional y aquel Congreso había empezado tarde y no muy bien porque los mismos coach no tenían demasiadas ganas de reunirse para atender a la larga lista de afectados por el síndrome postvacacional que estaban pidiendo ser orientados en una selva de desánimos e incertidumbres, asediados por las fechas de su vuelta al trabajo  y sin saber si acudir o no a él con alguna estabilidad emocional. Porque los mismos coach no acertaban bien a decidir quiénes de entre los afectados podían sentirse arrastrados por simple vagancia o desidia, la vagancia de toda la vida y la desidia de todos los domingos, y quiénes, en cambio, podían estar sufriendo el brote de una incipiente depresión. Se establecieron por tanto en el Congreso una serie de ponencias con sucesivas intervenciones contrastadas que comenzaron a mitad de agosto y que, por su complejidad, aún no habían concluido en las primeras semanas de septiembre, con lo cual el país decidió por su cuenta ir abriendo con energía las entradas de los comercios, ir poniendo en marcha los motores de los camiones y darle vigor y soltura a los camareros sin síndrome alguno, haciéndolos ir y venir con las bandejas con asombrosa diligencia y prontitud, como si el efecto postvacacional nunca existiese.

Poco a poco el país adquirió aquella velocidad y ritmo de otros tiempos, cuando las gentes trabajaban de sol a sol y no consultaban a psicólogo alguno porque era tanta la tarea sucesiva que no había un minuto que perder en contemplarse a sí mismos.

Las conclusiones del Congreso se publicaron a mitad de octubre cuando el país estaba ya a pleno rendimiento.

José Julio Perlado

 

humor-vvggu-Shintaro Kago alias Kago Shintaro.-japonés

 

(Imágenes. – 1.- David Merveille / 2.- Shintaro Kago alias Kago Shintaro)

¿ DE QUÉ NOS REÍMOS?

cine.-rtbbh.-Woody Allen.-por BlkerScout

“Mi padre era taxista – decía Woody Allen -. Mi madre trabajaba en una floristería. Mi hermana aún no había nacido. Yo… bueno, yo estudiaba. o por lo menos lo intentaba. Lo cierto es que iba a una escuela para profesores de mentalidad enferma y que al llegar a la enseñanza secundaria no estaba preparado y era tan tonto como uno que va al parvulario, y… bueno, quería otras cosas. Ser espía, por ejemplo. Ingresar en el FBI. Y entonces estudiaba huellas digitales y códigos secretos… después… bueno, después alguien me contó que cuando las cosas no salen bien los espías se tragan los microfilmes, y como mi médico me había prohibido el celuloide.., decidí ser mago. Pero pronto me cansé y decidí ser cow-boy. Aprendí a manejar el lazo. también me cansé de aquello y decidí escribir. Yo…, yo debo de tener algo físico, algo psicológico, algo anatómico, llamadlo como queráis; una especie de daltonismo, de estrabismo, que me hace ver lo ridículo de ciertas situaciones que para los demás son dramáticas, serias, turbadoras, alucinantes, patéticas y solemnes….

Pero tengo las ideas muy claras. Por ejemplo, sobre la revolución francesa, en la cual los campesinos tomaron el poder por la fuerza y en seguida cambiaron las cerraduras del palacio para impedir a los nobles que volvieran a entrar. Después organizaron una gran fiesta y comieron hasta reventar. Al final, cuando los nobles se apoderaron otra vez del palacio tuvieron que hacer una limpieza general y encontraron muchas manchas y quemaduras de cigarrillos”.

(una pequeña anotación en el Día Mundial de la Risa)

 

circo.-42sv.-Armand Henrion.-1875-1958

 

(Imágenes.-1.-Woddy Allen.-bikerscout/ 2.- Armand Henrion)

 

SONREÍR EN UN BLOG (7) : ENRIQUE JARDIEL PONCELA

humor-vgy-bicicleta-gentes-Marie Eve Tremblay

 

(UN ANUNCIO EN LA PRENSA) :

Librería SAÉNZ, calle del Pez 7

Todas las novedades literarias

¡YA NO PENSAMOS ANUNCIAR MÁS!

Porque vemos que es inútil

 

humor-mnnuun-Yann Kebbi

 

(SIETE   REGLAS  DE  URBANIDAD)

(Numeradas para que no se mezclen)

1ª.- Está muy feo decir a las visitas: “¡Vaya una lata que nos están dando ustedes esta tarde!”

2ª.- Es de un efecto deplorable en una persona que va invitada a un té quitarse el sombrero, llenarlo de sandwiches y volver a ponérselo.

3ª.- En la comida de esponsales, la novia no debe nunca levantarse a los postres para decir que se casa con el novio porque es rico.

4.- En caso de llevarse cubiertos de alguna casa amiga, la urbanidad manda que solo se lleven los de plata. Porque luego le dicen a uno: “¿ De dónde es este tenedor? ” “De casa de Fulano…” Y si el tenedor no es de plata, Fulano queda muy mal considerado.

5ª.- Cuando se habla con una persona recién salida de la cárcel resulta de mal gusto preguntarle a cuántos años le condenaron.

6ª.- Al organizar un paseo en automóvil y ver que en el coche no hay sitio para los invitados, no se les debe decir: “Vayan ustedes a pie por la carretera, que ya los alcanzaremos”, porque eso es una falta de urbanidad. Se les debe aconsejar que vayan corriendo al lado del auto, y así por el camino pueden continuarse con ellos las conversaciones empezadas al partir.

7ª.- También es una falta de educación preguntar por la salud de los hijos a las jóvenes solteras, porque puede ocurrir que no tengan hijos.

 

Nueva York -uubbwq-trenes- humor- Michael Crawford

 

Puntos de humor de Enrique Jardiel Poncela, cuya última y completa biografía con el título  de “¡Haz reír, haz reír!”  ha publicado Víctor Olmos (Renacimiento)

 

humor- nhy- Federica Bordoni

 

 (Imágenes.-1.-Marie- Eve Tremblay/ 2.-Yann Kebbi- / 3.- Michael Crawford/ 4.-Federica Bordoni)

EL DIARIO A DIARIO

periódicos.-5gyyh.-German Lorca.-1951

“Un señor toma el tranvía después de comprar el diario y ponérselo bajo el brazo. Media hora más tarde desciende con el mismo diario bajo el mismo brazo.

Pero ya no es el mismo diario, ahora es un montón de hojas impresas que el señor abandona en un banco de plaza.

Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en diario, hasta que un muchacho lo ve, lo lee, y lo deja, convertido en un montón de hojas impresas.

Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que una anciana lo encuentra, lo lee, y lo deja convertido en un montón de hojas impresas. Luego se lo lleva a su casa y en el camino lo usa para empaquetar medio kilo de acelgas, que es para lo que sirven los diarios después de estas excitantes metamorfosis.”

Julio Cortázar.- “El diario a diario”.– “Historias de cronopios y de famas”

periódicos.- rgyy.- Tshang- Yeul KIM.- pintor coreano-,. 1986

(Imágenes:- 1- German Lorca-1951/2.–Kim Tshang Yeul.- 1986/

LOS HUMORISTAS

fantasía.-5gyy.-dibujos.-humor.-David Fleischer.-1933.-Elephinks Silvester

“Sabemos qué es lo que hace reír a la gente. Lo que no sabemos es por qué se ríen”, dijo W. C. Fields, que durante sesenta años divirtió a la gente desde el escenario, la radio y las películas y que Paul Johnson en su volumen, “Humoristas” (Ático de los libros) quiere recordar. Sobre esta obra hice ya alguna referencia en Mi Siglo y sobre el humor y la risa, y desde enfoques muy distintos, hablé aquí en varias ocasiones.

gentes.-edcv.-René Magritte.-el espíritu cómico.-1928

Johnson reúne numerosas anécdotas sobre el reír a lo largo de la Historia y entre otras muchas destaca la del oficial al mando del regimiento Totenkopf de los húsares, antes de la Primera Guerra Mundial, que, molesto de la forma en que reían sus subordinados, convocó a todos los oficiales de rango inferior a capitán en la antesala del comedor de oficiales y les arengó así:

“Ustedes, los oficiales jóvenes, ríen de una forma que no me gusta ni voy a permitir. No quiero oír de ustedes risitas, risas ahogadas ni carcajadas. No son ustedes comerciantes, judíos o polacos. Un oficial de caballería sólo puede reír de una forma: con risa corta, afilada y masculina. Así : ¡Ja! ¿Me escuchan ustedes? ¡Ja! No toleraré ninguna otra risa. Ahora, quiero oír a todos ustedes ensayarla. Uno, dos tres, ¡ Ja! ¡Vamos, quiero oírles! Uno, dos, tres ¡Ja! Así está mejor. Ahora, otra vez, todos juntos. Uno, dos, tres, ¡Ja! Sigan practicándola entre ustedes. ¡Pueden retirarse!”.

Autographs On Set

El encadenamiento de opiniones sobre el humor, lo cómico, la risa y los humoristas se ha ido enlazando de un modo u otro con Bergson, Pirandello y tantos otros, y la voz de Ionesco ha querido participar también a su modo de tales enfoques. En sus “Notas y contranotas” (Estudios sobre el teatro), Ionesco reconoce que no se da del todo vencido por el gran desasosiego de la vida “y si, como espero, logro en la angustia y a pesar de la angustia introducir el humor – síntoma feliz de la otra presencia  – el humor es mi descarga, mi liberación, mi salvación. (…) Lo cómico me parece ser la expresión de lo 

humor.-ttbbnn.-Charles Chaplin el 11 de abril de 1915.-taringa. net

insólito. Pero lo insólito no puede surgir, a mi juicio, sino de lo más opaco, de lo más cotidiano, de la prosa de todos los días, siguiéndola hasta más allá de sus límites. Sentir lo absurdo de lo cotidiano y del lenguaje, su inverosimilitud, es ya haberla superado; para superarla, primeramente, hay que introducirse en ella. Lo cómico es lo insólito puro, nada me parece más sorprendente que lo trivial; lo suprarreal está ahí, al alcance de nuestras manos, en la charla diaria.

humor.-rvgyu.-risa.-Einstein.-ojocientifico com

(Imágenes:- 1.-David Fleisher.-1933.-elephinks silvester/ 2.-René Magritte.-el espíritu cómico- 1928/ 3.-Laurel y Hardy firmando autógrafos-1932/ 4.  Charles Chaplin el 11 de abril de 1915.-taringa. net/ 5.-Einstein.-ojo científico)

SOBRE LA RISA

humor.-uyu,.la risa,- por c Le Brun.-1750.-scrap oldbookillustrations com

Tiempos malos, en principio, para la risa en muchas partes del mundo. Y sin embargo la risa ha acompañado siempre al ser humano, lo ha iluminado y muchas veces lo ha llevado  – aunque fuera por un momento – a ser feliz. Alexander Herzen escribió a mitad del siglo diecinueve: “La risa no es una bagatela, y no pensamos renunciar a ella. En la Antigüedad se reía a carcajadas, en el Olimpo y en la tierra, al escuchar a Aristófanes y sus comedias, y así se siguió riendo hasta la época de Luciano. Pero a partir del siglo Vl, los hombres dejaron de reír y comenzaron a llorar sin parar, y pesadas cadenas se apoderaron del espíritu al influjo de las lamentaciones y los remordimientos. Después que se apaciguó la fiebre de crueldades, la gente ha vuelto a reír. Sería muy interesante escribir la historia de la risa. Nadie se ríe en la iglesia, en el palacio real, en la guerra, ante el jefe de oficina o el comisario de policía. Los sirvientes domésticos no pueden  reírse en presencia del amo. Sólo los de condición igual se ríen entre sí. Si las personas inferiores pudieran reírse de sus superiores, se terminarían todos los miramientos del rango”.

La risa, se ha dicho, es comunicable y difusiva, contagiosa. Muchas veces es explosiva e incontrolable. Nos invade sin quererlo. Con ella se conmociona el hombre en cuerpo y alma, en cuanto pasión o emoción. La risa acrecienta la jovialidad del riente y empuja nuevas oleadas de conmoción fisiológica. Comentaba Eca de Queiroz en su “Decadencia de la risa”: “yo aun recuerdo haber oído en mi infancia y en mi tierra, la “carcajada”, la antigua carcajada genuina, libre, franca, resonante, cristalina. Venía del alma, hacía temblar todas las vidrieras de la casa…Jamás la volví a oír. Lo que hoy se escucha, a veces, es una risa cascada, seca, dura, áspera, corta, que sale a través de una resistencia y que bruscamente muere. Nadie ríe; y nadie quiere reír…(…) Yo pienso que acabó la risa porque la humanidad se entristeció.Y se entristeció por causa de su inmensa civilización. Cuanto más culta es una sociedad, más triste es su faz…Desde el momento en que hombre de acción y hombre de pensamiento son paralelamente tristes, el mundo, que es obra suya, sólo puede mostrar tristeza”.

Bergson, en su ensayo sobre la risa, recordaba que “muchos han definido al hombre como “un animal que ríe“. Habrían podido definirle también como un animal que hace reír, porque si algún otro animal o cualquier cosa inanimada produce la risa, es siempre por su semejanza con el hombre, por la marca impresa por el hombre o por el uso hecho por el hombre. Nos reímos de un sombrero, por ejemplo, no porque el fieltro o la paja de que se compone motiven por sí mismos nuestra risa, sino por la forma que los hombres le dieron, por el capricho humano en que se moldeó. (…) No hay mayor enemigo de la risa que la emoción. No quiero decir que no podamos reírnos de una persona que, por ejemplo, nos inspire piedad y hasta afecto; pero en este caso será preciso que por unos instantes olvidemos ese afecto y acallemos esa piedad“.

Bergson cuenta también en esas páginas que una vez preguntaron a un hombre por qué no lloraba al oír un sermón que invitaba a gemir a todos los feligreses. Y el interpelado se limitó a contestar lacónicamente: “Es que yo no soy de esta parroquia”.

Dándole la vuelta, a lo mejor en algún momento podría aplicarse al reír.

(Imagen-1.-Charles Le Brun.-Ph. Coll Archives Larbor.-oldbookilustrations com)