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Posts Tagged ‘Henri Matisse’

 

 

“l Qué lejos el ayer! Nuestro pasado

a infinita distancia del presente.

Lo que se ha ido, próximo o lejano,

hoy nos parece a similar distancia.

Lo que ha de ser, qué lejos de este sitio

en que podrá decir : yo soy ahora.

Como una ola que a otra ola engulle

antes que nos alcance, así es el tiempo

cuya esencia consiste en no ser nada.

Por igual tiraniza nuestra suerte,

que no puede evitar ni un sol destruido

ni retrasar un truco en su llegada.

Así es el tiempo que a morir nos lleva.

Lo sabe el corazón y de ahí su miedo.”

Fernando Pessoa-“ 35 sonetos” (traducción de Francisco Barrionuevo)

 

 

(Imágenes -1- Kandinsky – 1910/ 2- Henri Matisse- 1938)

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“Ella está de pie sobre mis párpados

con sus cabellos en los míos,

tiene la forma de mis manos,

tiene el color de mis ojos,

se ha sumergido en mi sombra

como una piedra en el cielo.

Ella tiene los ojos siempre abiertos

y no me deja dormir.

Sus sueños a pleno día

evaporan los soles,

me hacen reír, llorar y reír,

hablar sin tener nada que decir”.

Paul Éluard “La enamorada” – “Capital del dolor” ( traducción de Eduardo Bustos)

(Imagen -Henri Matisse – 1920 -artnet)

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“A lo largo de los años he podido observar que el auténtico maestro suele ser dos cosas: severamente exigente, por un lado, y por otro, afectuosamente generoso.” Estas palabras, pronunciadas por Claudio Guillén el 24 de febrero de 2000 en la “cátedra Jorge Guillén” de la Universidad de Valladolid, y reunidas en “Entre el saber y el conocer”, retratan el perfil del maestro tal y como el autor lo vivió a lo largo de años. “El maestro es hoy por hoy – continuaba– quien impulsa bien a las claras el mecanismo de ejemplaridad que ha sido fundamental en nuestra civilización, lo mismo occidental que oriental. La ejemplaridad  es algo que acontece, como un proceso interior a la trayectoria de unas relaciones reales entre hombres y mujeres diferentes. Es todo lo contrario de la norma, el dogma abstracto, la idea vista como esquema elevado y remoto. Es la encarnación de las normas a través del influjo personal, del individuo que da “buen ejemplo” a quienes conviven con él. Sin sermones ni ademanes autoritarios, esa persona ofrece no ya una orientación sino una inspiración. No es, muchas veces, que no sepamos qué hacer o qué imitar. Pero el influido, el inspirado, necesita un ejemplo concreto para llegar a hacer lo que viene deseando hacer, para perfeccionar no sus conceptos sino su comportamiento. Un influjo humano, una experiencia vivida, acaso inolvidable, consigue actualizar lo que quedaba latente anteriormente. Y lo que se viene transmitiendo, claro está, es unos valores.”

 

 

Claudio Guillén recordaba en esa conferencia a ciertos maestros – algunos  de ellos famosos – que él había tenido. Pero a su primer maestro, el profesor de Historia del Arte, Lane Faison, no lo olvidaría. “ El profesor Faisonevocaba – dedicaba cada clase a un artista individual, digamos Boticelli, o Manet, o Matisse. Escribía unos datos antes de empezar en la pizarra y presentaba sus diapositivas, perfectamente ordenadas, con mucha serenidad y una voz sorda, casi confidencial. Entonces se producía una prodigiosa iluminación, el tránsito de ver a mirar, de mirar a descubrir, y luego a sentir y entender y relacionar. Nos enseñaba a ser atentos. Pedía y despertaba la capacidad de atención del alumno, la paciencia minuciosa, la sensibilidad ante los pormenores del objeto de interpretación. Amigos, ¿qué conseguí yo tal vez, muchos años más tarde, si no acercarme en alguno de mis  trabajos a la obra literaria con la misma atención que me había enseñado aquella experiencia de la pintura?

 

 

Faison consagraba todos sus esfuerzos a la enseñanza, sin escatimarlos, sin ambigüedad alguna. Todo en él parecía sencillo y verdadero. ¿Cómo explicar la calidad personal del maestro que logra comunicar perfectamente la calidad del objeto de estudio?”

 

 

(Imágenes.-1-Bosco Sodi- 2017/ 2- Jeon Gwang Young/ 3-Jackson Pollock- 1950/ 4- Arshile Gorky- 1947)

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“En la vida hay una serie de relámpagos menores, también intensos, que iluminan de repente toda una escena. Recuerdo uno de ellos, al aire libre, un relámpago en lo alto de una mañana de Julio, un relámpago en pleno día, serían las siete y media u ocho menos cuarto de la mañana, un viernes, yo caminaba sobre la arenilla de un sendero no lejos de Punta Umbría, en Huelva, al sur de España. Había tomado la tarde anterior, una gran decisión y la había tomado en la confluencia de dos ríos, el Tinto y el Odiel , dentro de una barca, y ahora todas las piedras y árboles y setos que había en aquel camino aparecían inundados de sol, iluminados por el relámpago que siempre he visto allí, cada vez que he hecho memoria no he podido ver en aquel camino mas que la luz, un camino de luz blanca, un día blanco; mis pisadas sobre la arenilla y sobre las pequeñas piedras estaban invadidas de alegría, yo tenía en aquella mañana dieciocho años, las decisiones que se toman definitivamente y de pronto, es decir, tras una larga meditación, pero a la vez de pronto, a veces marcan un camino de luz, de insospechada alegría, entonces, uno no sabe por qué, ese sol y esa arenilla de los caminos que yo pisaba (es como si oyera aún las suelas de mis zapatillas de verano sobre la arenilla) marcaban y rodeaban el resplandor de la mañana, una mañana fresca y limpia, había una luz, o creo que había una luz, parece que aún lo veo, sí, sí había una luz en la superficie de las flores, estoy casi seguro de que era así. Son iluminaciones que duran, le acompañan a uno toda la vida. Beckett revivió toda su vida una iluminación oscura y nocturna en un muelle irlandés y volvió una y otra vez sobre ella y yo vuelvo a mi vez a este camino de resplandor, lo opuesto a la iluminación oscura, una mañana limpia e interminable en la memoria, cada vez que mi memoria abre una compuerta aparece igual que un flash, como una escena, este caminar mío muy de mañana en estos senderos no lejos de Punta Umbría, pocas veces he visto casas tan radiantes, a lo mejor no eran en sí radiantes pero yo así las veía, eran blancas y azules, techos azules, paredes blancas, puertas abiertas, era verano y primera hora, la vida estaba ante mí.”

José Julio Perlado – (del libro “Relámpagos”) (texto inédito)

 

 

(Imágenes -1- Thilda Blanche- 2017/ 2- Henri Matisse- 1938)

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“Yo quería traducir instintivamente, sin método – decía Vlaminck -, una verdad no tan artística como humana. Me atrevía con todos los tonos; rompía y aplastaba los ultramares, los bermellones. Sufría por no conseguir un máximo de intensidad”. La exposición sobre el fauvismo que se celebra en Madrid nos trae los colores de aquel movimiento en donde Matisse recordaba a Vlaminckcomo un joven gigante que expresaba su entusiasmo en tono dictatorial, declarando que había que pintar con cobalto puro, bermellón puro y verde esmeralda puro”, y a su vez Derain comentaba sobre su asociación con Vlamink: “estábamos siempre borrachos de colores, de las palabras que describen los colores, y del sol que da vida a los colores”.

 

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En aquel movimiento quedaron fijos los matices. “Lo que impide que Gauguin sea asimilado por los fauvistas – dijo Matisse – es que no emplea el color para crear espacios, sólo lo utiliza como medio de expresión del sentimiento”. Como recuerda Cirlot, el fauvismo “es, dentro de los estilos puros, el que más concesiones hace a lo circundante, entendiendo por tal no sólo la materialidad de los objetos, sino también la de las costumbres, ideas, etc, inherentes a la época, lo que conduce a esta tendencia a un tipo de elaboración que con placer “suprime” muchos rasgos de la realidad, por considerar que es una redundancia de mal gusto insertarlos puesto que se dan por sabidos”.

 

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(Imágenes.- 1.- Maurice de Vlaminck/ 2- Maurice de Vlaminck – l Etang de l Ursine- 1905/ 3 -Alfred Henry Maurer- 1912- paisaje-Provenza- Wikipedia)

 

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El silencio interior de una víctima que consiente”. Esto es lo quería captar Henri – Cartier Bresson cuando retrataba a un escritor – así lo recuerda el periodista francés Pierre Assouline -. A pesar de sus descripciones limitadas, Bresson nunca fue anecdótico. Había conocido a Truman Capote en Nueva York a finales de los años cuarenta. Capote en aquel tiempo no había publicado más que cuentos. El escritor tenía admiración por el fotógrafo. Y fue un Capote vegetal el que Bresson quiso  ver.

 

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Por otro lado, Cartier- Bresson nunca ametralló con su fotografía, no agredía, no bombardeaba. Apenas veinte minutos con cada escritor, una simple visita de cortesía, el tiempo de una conversación para conseguir mejor lo insólito.

 

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A Ezra Pound lo encontró Bresson en un palacio veneciano, en 1971, donde un aristócrata le estaba dando a Pound asilo poético. El fotógrafo se arrodilló casi una hora a los pies del poeta alucinado, sin que ni uno ni otro pronunciaran palabra. Una hora de silencio absoluto, cara a cara, mientras Pound se retorcía las manos y cerraba los ojos.

 

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Cartier-Bresson fue igualmente un gran lector. Amaba a los escritores y éstos le apreciaban puesto que el fotógrafo hablaba siempre bien de sus libros. Nunca había dejado de leer y sobre todo de releer. El gran fotógrafo llevaba siempre un libro de 10 francos en el bolsillo dispuesto a releerlo o a ofrecerlo a quienes visitaba.

 

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Como también una gran lectora y extraordinaria fotógrafa de escritores fue Gisèle Freund, que afirmaba: “el ojo no es nada si no hay alguien detrás“. Cada uno de sus rostros – así lo sigue recordando Assouline– cuenta una historia. Había planeado sus retratos una tarde de 1939 en la librería de Adrienne Monnier, en la rue Odeón. No usaba estudio, ni aplicaba retoques, solamente una cierta mirada. Su ambición era realizar una galería de retratos en colores de los escritores que se mostrara hoy como cuadros: el escritor destacando sobre el aspecto técnico de la fotografía.

Se ha dicho que la historia literaria del siglo XX tiene una deuda con estos retratos ya que lo que Freund  ha captado y restituido ningún otro lo ha sabido hacer, ni siquiera los ensayistas, los periodistas o los críticos. Ella leía a los escritores y los escritores lo sabían, siempre lo notaban cuando ella hablaba inteligentemente de sus libros. Victoria Ocampo, Henri Matisse, Marguerite Yourcenar, Eliot, Malraux, Virginia Woolf, Joyce… son algunos de sus ejemplos.

 

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(Imágenes- 1- Truman Capote- Cartier Bresson/ 2.- Carl Jung- mientras 59 rssing/ 3.- Ezra Pound- Cartier Bresson/ 4.- Henri Cartier-Bresson/ 5.- Henri Matisse- Gisèle Freund- intercepted by gravitation/ 6.- Virginia Woolf- Gisêle Freund.-garuy com)

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figuras.-7yhn.-Henri Matisse

 

“La lentitud de la escritura, de la pintura, de la música, va en dirección opuesta a la velocidad de las calles, a la velocidad de los corazones acelerados que suben y bajan por las escaleras, a la velocidad de los pies que entran y salen precipitados en metros y autobuses, a los oídos conectados constantemente a los móviles, a los dedos que teclean sin detenerse, y en cambio mi pluma debe ir mucho más despacio, la obligó a ir mucho más despacio, se trata de contar, por ejemplo, lo que ocurrió aquella noche en la mesa del hotel barcelonés al que me convocaron con motivo de un Premio literario. El editor me había anunciado hacía unos días: “Prepárate porque te vas a llevar el Premio”. Había leído un libro mío, él estaba convencido y casi quería convencerme a mí. Soy un ingenuo. Tardaré años en quitarme esa ingenuidad. Pero ahora estaba sentado en aquella gran mesa redonda en medio de la muchedumbre y bajo lámparas deslumbrantes, se apoyaba la tarjeta en la copa de vino blanco y en ella aparecía la lista del menú: un consomé primero, una carne asada de segundo y un postre flambeado con nombre espumoso y ligero.

 

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Pero no, aún tengo que describir mucho más despacio toda aquella escena porque son  varias escenas a la vez y cada vez que me veo allí sentado me descubro repetido en el tiempo, como en esos espejos dilatados que se perdían interminables en “La dama de Sanghai”. Estoy primero con un bigote incipiente a mis veintitrés años, estoy con una calva un poco avanzada a los cuarenta, estoy con más canas y más grueso a los cincuenta y seis. Pasan los camareros. Pasan continuamente. Pasan cuando tengo veintitrés, cuando tengo cuarenta, cuando tengo cincuenta y seis. Van retirando por la derecha la taza vacía del consomé, me introducen por la izquierda la carne asada, me colocan en el centro el blanco postre flambeado cuya llama enciende una onda azul. Siempre hay un alcalde de la ciudad que se va desdoblando en la tribuna de invitados y que sustituye al alcalde anterior presidiendo honoríficamente el acto mientras las lámparas iluminan los trajes de etiqueta y el rumor de las conversaciones se hace rumor vasto y vago, rumor intranscendente de cucharillas con conversaciones que apuestan por quinielas literarias, pero éstas son muy escasas, en general todas ajenas a la literatura. Las gentes han ido a este acto por compromiso, tal y como se va a un baile o a un espectáculo. Por allí, en algunas mesas desperdigadas, cenamos los autores finalistas, corazones palpitantes, creemos en la gloria, soñamos con la gloria, también con la fama; en vez de uno, o dos, o diez escritores por país, hay decenas, centenares en todos los países, todo el mundo escribe, todas las mesas de todos los hoteles concentran anualmente a centenares de finalistas literarios, los agentes están preparados, los periodistas al acecho, los crïticos aguardan asustados la variada,  difícil  elección que se les viene encima.

 

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Entonces se han apagado las luces de este gran comedor. Hay un foco penetrante, televisivo, que va recorriendo igual que un faro giratorio todas las mesas; el haz de luz sobrevuela vasos, manteles y cubiertos y de vez en cuando me sobrevuela a mí. ¿Tengo aún veintitrés años, tengo cuarenta?, no, tengo cincuenta y seis. El faro televisivo se entretiene en este momento en la emoción de las votaciones porque intenta desvelar a los espectadores las crispaciones ocultas de los que escribimos, que son crispaciones falsas porque las auténticas las sufrimos en el momento de la creación. Pero los focos  continúan. De repente se me acerca casi en penumbra, agachado junto a mi silla, uno de los miembros del jurado. ” Cámbiate de mesa  – me dice en un susurro -, ponte en esa otra de la esquina para salir cuanto antes, en cuanto digan tu nombre, porque te van a nombrar”.

Me coloco, pues, como puedo en la primera esquina de la primera mesa que encuentro y espero con el corazón en un puño. ” Esta vez sí, me digo, esta vez sí”. Creo en los premios. En la penumbra de esta enorme sala, creo en los premios. Por eso cuando pronuncian un nombre que no es el mío me quedo estremecido, atenazado en la oscuridad. Aplausos atronadores no me dejan oír de nuevo el nombre del ganador pero los focos de luz acuden celéricos a un rincón de la sala donde vislumbró la figura de una mujer que es la triunfadora.

-¿Y qué explicación le dieron? – me pregunta ahora la periodista.

-Ninguna. O mejor dicho, una explicación muy sencilla: que un Premio Nobel había telefoneado en el último momento al jurado y había pedido que ese Premio se lo dieran a una sobrina suya’.

José Julio Perlado ( del libro inédito ‘Relámpagos’)

(Imágenes -1-Matisse/ 2.- Dafna Kaffeman/ 3.- Serena Loewenberg- 1973)

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