PUENTES DEL MANZANARES

«Duélete de esa puente, Manzanares;

mira que dice por ahí la gente

que no eres río para media puente,

y que ella es puente para muchos mares.

Hoy, arrogante, te ha brotado a pares

húmedas crestas tu soberbia frente,

y ayer me dijo humilde tu corriente

que eran en marzo los caniculares».

Así iba cantando Góngora al madrileño río por donde hoy paseo.

«Y después que a Manzanares

vi correr por tus arenas,

y que aun murmurar no osa

por ver que castigan lenguas;

considerad a tu puente,

cuyos ojos claros muestran

que aún no les basta su río

para llorar esta ausencia».

Así iba cantando Quevedo al Manzanares que hoy contemplo.

«La puente soy toledana,

que ciñendo a Manzanares

para encubrir su flaqueza

le sirvo de guarda-infante.

Cualquier gota de agua suya

un ojo dicen que vale.

Para mí que no los tengo

es el precio intolerable»-

Así iba cantando Quiñones de Benavente al agua del río madrileño.

«Sabed, pues, que Manzanares

no como solía humilde,

sino ambicioso pretende

que a Madrid se pongan diques.

Porque sobervio, sus muros

dizque ha de inundar, i dizque

ha de tocar de su puente

con las aguas los pretiles».

Así iba cantando  Pantaleón de Ribera  en el siglo XVll al célebre río.

Me alejo poco a poco, a mitad de mañana, de este Manzanares tantas veces descrito, atacado y festejado en la literatura.

Asombrado ahora con sus nuevos, modernísimos puentes.

Asombrado siempre con sus viejas, permanentes poesías.

(Imágenes: puentes y río Manzanares.- Madrid-8-10-2011.-fotos JJP)

DESHIELO A MEDIODÍA

«El aire matinal repartió sus cartas con sellos incandescentes.

La nieve iluminó y todos los pesares se alivianaron: un kilo pesaba apenas setecientos gramos.

El sol estaba alto sobre el hielo, volando por el lugar, caliente y frío a la vez.

El viento avanzó lentamente como si empujase un cochecillo de niño frente a sí.

Las familias salieron, vieron cielo abierto por primera vez en mucho tiempo.

Estábamos en el primer capítulo de un relato muy intenso.

El resplandor del sol se adhería a todos los gorros de piel,

como el polen a los abejorros,

y el resplandor del sol se adhirió al nombre INVIERNO

y se quedó allí hasta que el invierno hubo pasado.

Una naturaleza muerta de troncos, en el lago, me puso pensativo.

Les pregunté;

«¿ Me acompañan hasta mi niñez?» Respondieron: «Sí».

Desde la espesura se escuchó un murmullo de palabras en un nuevo idioma:

las vocales eran cielo azul y las consonantes eran ramas negras

y hablaban

muy lentamente sobre la nieve.

Pero la tienda de saldos, haciendo reverencias con su estruendo de faldas,

hizo que el silencio de la tierra creciese en intensidad».

Tomas Tranströmer : «Deshielo a mediodía» ( traducción de Roberto Mascaró)  (Nórdicalibros)

(Imágenes:- 1.- Edward Weston-1936.- Center of Creative Photography.-Arizona.-Master of Photography/ 2.-Edward Weston.- 1938.-Chris Beetles Galeries)

GRANADA, SOROLLA, JARDINES

«La frondosa vega, el marco de montañas, la confluencia de los ríos, las colinas coronadas de pinos y ceñidas de arbustos, las pirámides volcánicas de Sierra Elvira, esmaltadas por la luz de Andalucía; el cristal veneciano de Sierra Nevada, que toma tantos reflejos y tiene tantos resplandores; los contrastes del color, la variedad de la vida en aquel resumen de la Creación, le encontraton indiferente, que ni la Naturaleza ni el Arte lograban penetrar en su aborbente misticismo».

Así iba contando Emilio Castelar en 1876, en «La cuestión de Oriente«, cómo un árabe iba descubriendo la belleza de  Granada por primera vez en su vida.

«Subieron al cerro de la Alhambra seguía Castelar -. Pasaron las umbrosas alamedas, por donde bajan susurrando los claros arroyuelos. Detuvieron un momento la vista en las torres bermejas doradas por el sol, en los mármoles del interrumpido palacio imperial, en los bosques del Monte Sacro, en las quebradas márgenes del aúreo Darro, en los blancos miradores y minaretes del Generalife, que se destacan sobre el cielo azul, entre adelfas, cipreses y laureles. Por fin, atravesaron la puerta del árabe alcázar y dieron con el patio de los Arrayanes. La fisonomía del árabe se contrajo, sus ojos se oscurecieron y sólo se aumentó su silencio. De aquella alberca ceñida de mirtos, con sus ajimeces bordados como encaje, sus galerías ligeras y aéreas, sus aleros incrustados, sus frisos de azulejos, sus pavimentos de mármol, pasaron al Patio de los Leones, al bosque de ligeras columnas, sostenes de arcos que parece prontos a doblarse, como las hojas de los árboles, al menor soplo del aire que pasa por los inersticios de su gracioso y transparente alicatado. El árabe, pálido como la muerte, se apoyó en una columna para poder continuar en aquella visita».

«Por fín, cuando penetró en las estancias y alzó los ojos a las bóvedas compuestas de estalactitas empapadas en colores brillantísimos, y leyó las leyendas místicas o guerreras que esmaltan las paredes, semejantes a visiones orientales, y se detuvo en aquel camarín incomparable que se llama el mirador de Lindaraja, a través de cuyas celosías se esparce la esencia del azahar y se oye el rumor de la vega, su emoción iba rompiendo toda conveniencia y mostrándose en sacudimientos del cuerpo, semejantes a los espamos de la epilepsia. Ya en el salón de Embajadores, con el Darro a un frente y al otro el Patio de los Arrayanes, las paredes de mil matices, adornadas con los escudos de los reyes; los ajimeces, bordados con todos los prodigios de la fantasía asiática; las puertas, recuerdos de los días de esplendor y de la fortuna, cuando desde las tierras más remotas venían, unos, a recibir luz de tanta ciencia, y otros, de tantas artes, placeres y encantos; las bóvedas, incrustadas en marfil y oro; las letras, semejantes a las grecas de una tapicería persa, repitiendo entre las hojas de parra y de mirto y de acanto, cincelados, los nombres de Dios, el corazón le saltaba en pedazos y un inmenso lloro, un largo sollozo, que semejaba a la elegía de los abdibitas en Africa al perder a Sevilla o las lamentaciones de los profetas en Babilonia al perder a Jerusalén, llenó aquellos abandonados espacios, henchidos de invisibles sombras augustas, con el dolor de toda su triste y destronada raza».

Azorín recoge íntegra esta larga cita de Castelar y colocándola en «El paisaje de España visto por los españoles«, tras calificar de belleza insuperable este texto, se pregunta:  «si volviéramos a Granada, ¿perduraría luego en nosotros la primitiva impresiòn? ¿ No sería borrada aquella imagen por la imagen nueva? No – se contesta – ; hay imágenes imborrables, hay sensaciones que no se desvanecen nunca en nuestro espíritu».

Treinta y tres años después de este texto de Castelar, el 22 de noviembre de 1909, Joaquín Sorolla le escribe desde Granada a su mujer, Clotilde, al acercarse a la ciudad para pintarla: «la llegada es de noche, y el coche te lleva largo rato cuesta arriba por estos laberínticos jardines, produciendo igual efecto que si entraras con los ojos vendados… y si mañana hay sol es maravilloso el espectáculo, pues si como me dicen hay una gran nevada en esta estupenda sierra, entonces no dudo superará esta vez a la primera que vine».

Pintará así Sorolla la ciudad de Granada con enorme plasticidad y lo hará en varias ocasiones. Ahora, la exposición recién inaugurada en el Museo Sorolla  de Madrid dedicada al tema de Granada en Sorolla, recoge la belleza de todas aquellas horas, del sol y los jardines.

(Imágenes:– Joaquín Sorolla: -1.- Sierra Nevada en invierno.–Museo Sorolla/ 2.-Patio de Comares.-Alhambra de Granada.-1917.-Museo Sorolla/ 3.-Patio de la Justicia.– Alhambra de Granada.-Museo Sorolla/4.- Sierra Nevada en otoño.-1909.-Museo Sorolla/ 5.- calle de Granada.-1910.-Museo Sorolla/ 6.- Torre de las Infantas.-1910.-Museo Sorolla)

VIEJO MADRID (29) : EL «TAPÓN DEL RASTRO»

«El Rastro – escribe RAMÓN en su célebre libro del mismo título – no es un lugar simbólico ni es un simple rincón local, no; el Rastro es en mi síntesis ese sitio ameno y dramático, irrisible y grave que hay en los suburbios de toda ciudad, y en el que se aglomeran los trastos viejos e inservibles, pues si no son comparables las ciudades por sus monumentos, por sus torres o por su riqueza, lo son por esos trastos filiales.

Por eso donde he sentido más aclarado el misterio de la identidad del corazón a través de la tierra, ha sido en los Rastros de esas ciudades por que pasé, en los que he visto resuelto con una facilidad inefable el esquema del mapamundi del mundo natural».

Pero el Rastro de Madrid tiene, como todas las cosas, una vida anterior que es interesante investigar. Indagando en ella, María Isabel Gea, al estudiar el Plano de  Madrid de Teixeira, descubre que » el llamado «Tapón del Rastro» era una manzana de casas que obstruía la entrada al Rastro, conocida popularmente como»tapón del Rastro«. Las calles que circundaban la manzana eran las del Cuervo (al oeste), travesía del Rastro (al sur) y San Dámaso (al oeste). El tapón del Rastro fue derribado en 1905 dando lugar a la actual plaza de Cascorro y facilitando así la entrada al Rastro«.

«El matadero del Rastro y Carnicería Mayor se hallaba junto al llamado Cerrillo del Rastro, en la actual plaza del General Vara de Rey. El 14 de mayo de 1569 se acordó la instalación del Rastro junto a un cerrillo, entre las calles Ribera de Curtidores y Piñón . Para ello – sigue contando Gea – se compró un terreno propiedad de Antonio de Rojas y Pedro de Quintana por 60.000 maravedies a los que se unió, en 1585, la tierra de Miguel Pérez para degolladero de carneros. En 1583 se construyó un edificio en la zona más alta, con vistas a un cerrillo que gozaba de buena ventilación natural. Debido a su emplazamiento fue conocido como «Casa Cerrillo«. El matadero era un edificio grande. Según Jerónimo de la Quintana tiene «de largo ciento setenta y cuatro pies y de ancho ochenta y seis, dentro tiene dos patios grandes de igual proporciones, alrededor de ellos hay soportales grandes y capaces que sustentan columnas con capiteles y piedra berroqueña; debajo de las cuales están las escarpias con la carne. Se entra a él por cuatro puertas correspondientes en cruz, en cada lado la suya, es obra de mucho aseo, y costa«, escribe. Una puerta con un escudo de Madrid esculpido en piedra – continúa explicando Gea  -daba acceso al caserón del matadero y cerca se hallaba una fuente con un pilón y tres caños. El degüello se realizaba durante la madrugada y un reguero o rastro –El Rastro – de sangre salía por la puerta del matadero y bajaba por la Ribera de Curtidores«.

Son los inicios o prólogos del Rastro tal como lo conocemos hoy. Paseaba RAMÓN por las páginas de su Rastro personal de 1900 a 1914.  Allí  «las golondrinas – iba contando en sus greguerías – juegan sobre la calle de cielo que corresponde a nuestra calle de tierra como párvulos en vacaciones o al salir de las escuelas» . «¡Qué deseo queda en uno de nuevos paseos por el Rastro, de más lentas andanzas hasta morir de repente un día y que eso nos absolviese de tener que terminar lo interminable, lo que debía consumarse en el silencio y en el secreto, viviéndolo más vastamente que escribiéndolo!«.

Y así iba hablándose RAMÓN, contándose cosas a sí mismo por la cuesta de la larga calle, doblando la última esquina del Rastro en 1914.

(Imágenes:- 1.- El Rastro.- Fundación Saber.es.-Ferias y mercados/ 2.-El Rastro en 1929.-Museo Municipal de Madrid/ 3.-El Rastro.-Plaza de Cascorro en 1912)

LAS HOJAS MUERTAS

«Alrededor del seis de octubre, las hojas suelen empezar a caer, en sucesivos chaparrones, tras una lluvia o una helada, pero la principal cosecha de hojas, el súmmun del otoño, suele ser alrededor del  dieciséis» –  así lo va contando en sus paseos solitarios el norteamericano Henry David Thoreau. enamorado, como tantos otros, de los movimientos de la naturaleza. «Las calles están cubiertas por una capa espesa de trofeos, y las hojas caídas de los olmos crean un pavimento oscuro bajo nuestros pies. Tras uno o varios días especialmente cálidos del veranillo de San Martín, percibo que es el calor inusual lo que provoca, más que nada, la caída de las hojas, quizá cuando no ha habido lluvia ni heladas durante un tiempo. El calor intenso las madura y marchita repentinamente, igual que ablanda y pone a punto a los melocotones y otras frutas y las hace caer».

«Las hojas del arce rojo tardío, brillantes aún, están esparcidas sobre la tierra, con frecuencia como un fondo amarillo con manchas rojas, como manzanas silvestres, pero sólo conservan esos colores sobre la tierra uno o dos días, especialmente si llueve. (…) Los nidos de los pájaros en los arándanos y otros arbustos, y en los árboles, ya están llenos de hojas marchitas. Han caído tantas en el bosque, que una ardilla no puede correr tras su nuez sin que la oigan. Los niños las rastrillan en las calles, sólo por el placer de tratar con un material tan fresco y crujiente. Algunos barren los senderos y los dejan escrupulosamente limpios, para quedarse a mirar el siguiente soplo que esparza nuevos trofeos».

«Aquí no se trata sólo del mero amarillo de los granos – sigue diciendo Thoreau al hablar de los «Colores de otoño» (Centellas) -, sino de casi todos los colores que conocemos, sin exceptuar el azul más brillante: el arce temprano ruborizado, el zumaque venenoso enarbolando sus pecados escarlata, la morera, el rico amarillo cromado de los álamos, el rojo brillante de los arándanos que pinta el fondo de las montañas. (…) La tierra está engalanada. Y, a pesar de todo, las hojas siguen viviendo alli en el suelo, a cuya fertilidad y volumen contribuyen, y en los bosques de los que vienen. Caen para elevarse, para subir más alto en los próximos años, por medio de una química sutil, trepando por la savia a los árboles y a los primeros frutos que caen de los árboles jóvenes, trasmutadas al fin en una corona que, al cabo de los años, las convierten en el monarca de los bosques».

«Es agradable caminar sobre  este lecho de hojas fresco y crujiente – continúa Thoreau -. ¡Con qué belleza se retiran a su sepultura! ¡Con qué suavidad yacen y se convierten en mantillo, pintadas de mil colores, perfectas para ser el lecho de nosotros, los vivos!. Así desfilan hacia su última morada, ligeras y juguetonas. No caen sobre las hierbas, sino que corretean alegres por la tierra, eligen un terreno, sin vallas de hierro, susurrando por todos los bosques de los alrededores. Algunas eligen el sitio donde hay hombres que yacen debajo enmoheciendo y se reúnen con ellos a medio camino. ¡Cuántas revolotean antes de descansar en silencio en sus tumbas!».

Y luego a las hojas las recogen voces y canciones antes de morir.

(Imágenes:- 1.-otoño en Ontario.-foto Ellioy Eskey/ 2.-mrhayata.-amayakeer/3.-Lynn Geesaman.-Parque de Sceaux.-París.-1997.-artnet/4.-la melancolía de la caída.-foto Balduino)

GRITO Y SILENCIO EN MUNCH

«Una noche anduve por un camino – escribió Edvard Munch -. Por debajo de mí estaban la ciudad y el fiordo. Estaba cansado y enfermo. Me quedé mirando el fiordo, el sol se estaba poniendo. Las nubes se tiñeron de rojo como la sangre. Sentí como un grito a través de la naturaleza. Me pareció oir un grito. Pinté este cuadro, pinté las nubes como sangre verdadera. Los colores gritaban”. Este grito, tan comentado en la historia del arte, ha evocado otros gritos en la historia de la literatura, como el que cita el estudioso George Heard Hamilton al hablar de la pintura en Europa desde 1880 a 1940 (Cátedra): «sólo algunos años más tarde que Munch, y en un ambiente muy diferente, el grito de la naturaleza resonaría misteriosamente en un acto de «El jardín de los cerezos» de Chejov (1904), donde también una sola persona lo oiría».

Gritos y rotos silencios en obras teatrales memorables: silencio  final sobrecogedor en «La voz humana» de Cocteau; silencio definitivo y dramático en «Monólogo antes del desayuno» de O`Neill.  Gritos de seres humanos que unas veces llegan desde la naturaleza y otras se enroscan en gargantas desesperadas. Silencios ahogados, gritos estremecedores.

Cirlot recuerda en «Del expresionismo a la abstracción» que el color en Munch « es sordo y crepitante, con reflejos de masa en ignición, rojos y carmines intensos en contraste con rosados y masas de negro. Sus formas siguen esquemas de masas y líneas horizontales o se enroscan en torno a centros atractivos, operando por condensaciones y dilataciones. Todo eso está presente en la creación de Munch, que parece puesta al servicio de una tendencia profética: la de delatar el «grito» no proferido«.

Ahora el Museo Pompidou de París expone la pintura de este célebre noruego expresionista. Aunque no está «El grito«, allí aparecen, entre otros, sus «Caballos al galope«.

Fue en 1896, mientras el dramaturgo Strindberg publicaba un artículo favorable a la labor de Munch, cuando las reseñas periodísticas aparecieron en cambio muy críticas: «Munch tiene todo y nada – declaraba un periódico- , cielos iluminados con tintas violentas a la manera de Gauguin, ásperas litografías que recuerdan a Vallotton, paisajes informes y seres humanos que parecen gusanos. Alguien le preguntó a Toulouse- Lautrec, ese artista supremo, lo que pensaba de esos caprichos noruegos, y él comentó:

«Hablaba yo el otro día con un entrenador en Longchamp acerca de uno de esos caballos, que estaba a punto de participar en una carrera, y él rezongó: «Es más bien malo que bueno, pero estoy seguro de que armará cierto lío en la pista«.

Son los ruidos de Munch en las reyertas callejeras.

Son las soledades del pintor en su estudio.

Son los silencios de sus resplandores.

(Imágenes: 1.- «El grito»/ 2.-«Caballos al galope».-1910-1912.-Museo Munch.-Adagp.-París/ 3.-la bagarre.-1932-1935.-Museo Munch.-Adagp.-París/ 4.-autorretrato. muelle 53.-Am Strom, Waenemünde.- 1907./ 4.- Solem.-Museo Munch.-Adagp-París)

BAHÍA ILUMINADA

«El mar tranquilo, la bahía iluminada de estrellas,

el halo del atardecer cada vez más menguado,

la playa silenciosa, las cuevas goteando,

todo a su alrededor les oprimía uno hacia otro

como si no hubiera más vida bajo el cielo

que la suya…

Se miraron uno a otro, y sus ojos

brillaron a la luz de la luna».

Lord Byron: «Don Juan»

(Imagen: David Hockney.- noche lluviosa en el Paseo Bridlingtom.-Annely Juda Fine Art)

VIEJO MADRID (28) : VIDA EN LAS CALLES, VIDA EN LOS CAFÉS


«El Buen Retiro es paseo para poetas – escribía Costa Goodolphim, viajero portugués del siglo XlX paseando por Madrid -, que a la sombra de aquellos hermosos y copudos áboles, sienten la poesía renacerles en el alma. Los cafés de Madrid son también sorprendentes tanto por la elegancia como por el extraordinario movimiento a todas horas y todos los días. Cuando llegué a Madrid y al día siguiente creí que aquella extraordinaria concurrencia que veía en la Puerta del Sol era debida a la fiesta popular de San Isidro. Pero no, porque todos los días, y aun después de haberse vuelto a Lisboa casi todos los portugueses, había siempre el mismo movimiento. A las once de la mañana, a la una y a las dos de la madrugada, los cafés están completamente llenos de gente. La gente tiene ocasión de preguntarse, ¿qué hace toda esta población que vive paseando desde la mañana hasta la más alta hora de la noche? En Madrid se vive en las calles, en los cafés y en los teatros, la casa es para comer y dormir. Quien quiera descansar de las fatigas del día, acabada la comida va a sentarse al Prado. Quien quiera charlas va a los cafés, quien quiera reir a los teatros. De este modo no se presenta la falta de los que mueren, y lo que es más, allí ha de encontrarse un hombre en el otro mundo sin saber cómo, porque aún la víspera estaba en el café».

«Al salirnos de la estación y llegar a Madridcontinúa -nos vimos asaltados por un grupo de mozos, todos queriendo llevarnos las maletas, gran cantidad de pueblo, guardias civiles y los malditos cocheros de los ómnibus con un griterío infernal, los chiquillos sin cesar nunca de su ejercicio, las cabalgaduras llenas de campanillas, en fin, el día del juicio. Después el pícaro cicerone, que en todas partes es siempre lo mismo, estorbándonos el paso y queriendo llevarnos a las fondas de donde era agente. Mas una invasión de trescientos y tantos pasajeros, además de los que venían de otras partes de España para asistir a la romería de San Isidro, llenaron los hoteles, de forma que muchos de los viajeros hasta las ocho no hallaron, como yo, un albergue».

«LLegando a la Puerta del Sol me sorprendí del extraordianrio movimiento. En aquel punto cruza toda la población que, según nota que tenemos presente, se eleva a 457.905 habitantes, todos los vehículos, vendedores de agua fresca, distribuidores de periódicos, en fin, de todo lo que se hace comercio en una plaza. Por un momento perturba e incomoda el ver a tanta gente atravesando de un punto a otro. (…) La calle de Alcalá, no toda, tiene un bonito aspecto y muchos edificios encantadores, y además en el extremo se principia como a formar una nueva ciudad, lo que debe más tarde disminuir la gran concurrencia que tiene la Puerta del Sol, adonde afluye toda la poblacióón madrileña, a toda hora del día y de la noche».

Cafés de Madrid, paseos por Madrid. Hoy como ayer, la vida en las calles.

(Imágenes:- 1.- «La Primavera en Madrid».- La fuente de la Salud en el Paseo del Prado.-dibujo de Daniel Perea.- La Ilustración Española y Americana.- 3o de mayo de 1885.- arte en Madrid/2.-el Paseo del Prado en 1825.-kalipedia/ 3.- el café romántico.-Parnasillo.-1836.-ierasmus. com)

LONDRES EN LA MAÑANA

«El nocturno azul y oro del Támesis se ha transformado en una armonía grisácea: una barcaza cargada de heno de color ocre se ha separado del embarcadero; desapacible y fría, la niebla amarilla se arrastra bajo los puentes, hasta que los muros de las casas parecen convertidos en sombras, y San Pablo asoma como una burbuja sobre la ciudad.

Luego, de repente, despierta el ruido de la vida; llénanse las calles de carretas campesinas y un pájaro vuela hacia los relucientes tejados y canta.

Pero una mujer pálida, completamente sola, cuya cabellera descolorida besa la luz del día, vagabundea bajo la llama de los faroles de gas, con labios llameantes y corazón de piedra».

Oscar Wilde

(Imagen .- Thomas Hosmer Shepherd.- catedral de San Pablo.- wikipedia)

OTOÑO EN EL PARDO

«Contra el macizo negro y plata de Guadarrama, que asoma imponente, mina de hierro, entre sus nubes grandes, al fin del río, el agua gris viene al puente viejo, entre chopos deshojados, que aún conservan un festón amarillo.

El terreno bello, lomeado, hace un oleaje de verdeazul y sombras negras, y por las negras encinas sin bellotas, andan los cuervos negros.

El dramatismo de El Pardo no es nada ascético, como se ha dicho tanto, ni nada místico. Su trájico es sano, su fatídico saludable y con quien debiera concertar mejor que con Felipe ll, Felipe lV y Carlos lV, es con Carlos lll.

El Pardo se ha aconsejado como sanatorio. Sí, es sanatorio de sanos, concentrador de dispersos, arraigador de volubles, pedazo ejemplar de esta gran España otra – ¡ qué lejos de ésta! – con su Guadarrama de hierro y plata, sus encinas de hierro y fecundidad y su sueño de hierro y vida».

Juan Ramón Jiménez: «Otoño en El Pardo» («Madrid posible e imposible»)

(Imágenes:- 1.- Mary Cassatt.-1880/ 2.- Lynn Geesaman-.-parq de Scaux.-France.-1997)

DEGAS, DANZA, DIBUJO

Las tres DDegas Danza Dibujo – (Paul Valéry en el título de su texto sobre el pintor no las quiso separar con comas)  parece que bailaran y se mezclaran unas con otras representando de alguna forma uniones y trazos del gran impresionista francés. La Royal Academy of Arts de Londres nos lo acerca ahora en una exposición y podemos seguir atentamente evoluciones, pasos y movimientos. Es siempre Degas y el Ballet, o el Ballet y Degas, o Degas delante del Ballet, o el Ballet pintado por Degas. De los caballos de Degas hablé ya en Mi Siglo, y hace más tiempo aún de su ballet de medusas.


Me llaman el pintor de las bailarinas -confesaba Degas -. No comprenden que, para mí, la bailarina es un pretexto para pintar hermosas telas y representar el movimiento». Valéry, en sus «Piezas sobre arte» (La Balsa de la Medusa), separa de nuestros movimientos voluntarios ( los que tienen por fin una acción externa, es decir, alcanzar un objeto o lugar ) los otros movimientos, cuyas evoluciones no nos llevan a ningún objeto determinado. Y ahí se encuentra la Danza. Ahí van las tres D unidas en sus evoluciones y en sus ritmos – Degas Dibujando Danza; Dibujos de Danza de Degas –, a veces acompañadas por la música, «el universo de la Danza y de la Música tienen relaciones ímtimas que todos notamos – decía Valérysin que nadie sin embargo haya captado hasta ahora su mecanismo ni demostrado su necesidad. En los ballets se ven instantes de inmovilización del conjunto durante los cuales el grupo de ejecutantes ofrece a las miradas una decoración fija, mas no duradera, un sistema de cuerpos vivos limpiamente detenidos en sus actitudes y que da una singular imagen de inestabilidad.

En ese universo de la Danza – seguía diciendo Valèry el reposo no tiene lugar: la inmovilidad es cosa impuesta y forzada, estado de paso y casi de violencia, en tanto saltos, puntas, rotaciones vertiginosas son materia totalmente natural del ser y el hacer».

Y así vemos el movimiento del dibujo y cómo baila la Danza de la mano de Degas.

(Imágenes:- 1.-Degas:  bailarina posando para un fotógrafo.- Museo Pushkin de Bellas Artes de Moscú/ 2.- Degas.-bailarina.-Museo d`Orsay/ 3.-Degas: bailarinas vestidas de azul.- Museo Pushkin de Bellas Artes de Moscú)

DEL CONOCIMIENTO Y LA INFORMACIÓN

«Se cierne el águila en la cumbre del cielo,

El cazador y la jauría cumplen su círculo.

¡Oh revolución incesante de configuradas estrellas!

¡Oh perpetuo recurso de estaciones determinadas!

¡Oh mundo del estío y del otoño, de muerte y nacimiento!

El infinito ciclo de las ideas y de los actos,

infinita invención, experimento infinito,

Trae conocimiento de la movilidad, pero no de la quietud;

Conocimiento del habla, pero no del silencio;

conocimiento de las palabras e ignorancia de la Palabra.

Todo nuestro conocimiento nos acerca a nuestra ignorancia,

Toda nuestra ignorancia nos acerca a la muerte,

Pero la cercanía de la muerte no nos acerca a Dios.

¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?

¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?

¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?».

(…)

T. S. Eliot :–  (versión de Jorge Luis Borges)

(Imágenes:- 1.- Sergei Parajanov.-1968/2.-Pamela J Crook.-Saturday.-Loch Gallery-artnet)

DEL GOZO Y LA ALEGRÍA

De vez en cuando la alegría y de vez en cuando el  gozo. El mar, las flores, las montañas, el agua, los colores, la vida y la muerte se van entrelazando en Claudio Guillén como temas a estudiar en la literatura comparada y en los contraluces del dolor y la satisfacción. Así  los va elevando también el compositor francés Gabriel Fauré, en su especial «Requiem» apartándose de todos los llantos y abriendo al mundo todas las puertas, tocando las puntas del gozo.

«Yo he querido escribir algo diferente» dijo en aquella ocasión Fauré. El cántico, los colores, el agua, las montañas. Todo se extiende sobre la música de Fauré cubriéndola de una alegría serena, abriendo unos ámbitos de paz.

(Imagen.- Vela.- Milton Avery.-1958)

«DENTRO DE CARAVAGGIO»

» Al entrar dentro del cuadro «La vocación de San Mateo» de Caravaggioconfesó el director de cine Vittorio Storaro – se me quitó el aliento. Hay un rayo de luz que va desde la cima hasta el fondo de la pintura y la divide en dos partes. Por un lado es la luz del día y el otro está en la oscuridad. Recuerdo haber pensado que representa lo humano y lo divino de los dos lados de la vida y nuestro ser consciente e inconsciente. Esa fue la primera vez que vi la luz y la oscuridad utilizadas como metáforas de la vida y la muerte. También recuerdo haber leído un libro de William Faulkner «Absalón, Absalón!» , donde uno de los personajes principales explica cómo un rayo de sol penetra y divide una habitación como si fuera separando períodos en la vida de otro personaje. Fue el mismo concepto que encontré en «la vocación de San Mateo«.

«Dentro de Caravaggio«, el reportaje visual que sobre el pintor ha realizado Maurizio Calvesi como experto en su obra, va demorándose en los pliegues y en los gestos. Como recuerda Kenneth Clark cuando explica «¿Qué es una obra maestra?» (Icaria)no hay Caravaggios menores ni triviales. Cada uno de sus cuadros es un puñetazo en la boca del estómago, y cuando gradualmente nos vamos recuperando del impacto, vemos que la maestría se ha sostenido descendiendo hasta los menores detalles. Las revoluciones eficaces – dice – se basan en los detalles convincentes«, y precisamente a la importancia e intensidad de esos  detalles me he referido varias veces en Mi Siglo.

Evoca Matteo Marangoni ante «La muerte de la Virgen«- a la que considera el punto mas alto a que hayan llegado el arte de Caravaggio y la pintura italiana del Seicento – que esta pintura fue rechazada por los que la encargaron a causa de que Caravaggio se había servido, como modelo para la Virgen, de una mujer ahogada en el Tiber. Rubens, que se encontraba como embajador en Roma, no se dejó escapar tan buena ocasión y la adquirió, iba a decir – comenta Marangoni – … a ojos cerrados.

Todo ese tema de la entrada de la luz en Caravaggio, que impresionaba tanto al director de cine, ha sido muchas veces estudiado. En esa habitación de «la vocación de San Mateo» hay una ventana abierta, pero la luz más importante que ilumina la habitación no entra por la ventana – y así lo cuenta Lionello Venturi -, sino que proviene de algo que se encuentra fuera de la pintura, a la derecha. La función de  esta luz consiste en atraer la atención del observador hacia el grupo de figuras sentadas alrededor de la mesa; tiene por objeto evidenciar la historia y ocultar el resto. Caravaggio no emplea la luz universal, sino una luz particular que ha sido interpretada por varios escritores como luz nocturna.

«Pero el descubrimiento del estilo luminístico consiste para Caravaggiosigue diciendo Venturi –  precisamente en el hecho de que su luz no es natural, ni diurna ni noctura, porque es luz artística. Por eso, dicha luz obra como una palanca moral. Penetra en la habitación por la derecha e ilumina la mano de Cristo, la mano que realiza el milagro. La imagen de Cristo no se encuentra en primer plano, y está muy sombreada para sugerir el misterio de su aparición. Mateo, sentado en el banco, recibe de lleno la luz, comprende su mensaje y se asombra».

(Imágenes:- 1.- Caravaggio: «La vocación de San Mateo».-iglesia de San Luis de los Franceses.-Roma/ 2.- «La dormición de la Virgen».- Louvre.-París-/ 3.- «El prendimiento de Cristo».-Museo Estatal de Arte Occidental y Oriental.-Odessa / 4.- «La incredulidad de Santo Tomás».- antes en Potsdam, Neues Palais)

CAFÉS CON WILLY RONIS

Cuando se empuja esta puerta del café en rue Montmarte, las brumas, el pitillo, los cristales en niebla, el anuncio pegado a la puerta, toda esa atmósfera en blanco y negro, nos trae la voz de Willy Ronis cuando dice, «yo, cuando salgo con mi cámara, no parto en busca del Grial. No me siento investido de ningún mensaje que deba transmitir a nadie ni siento el estremecimiento de ninguna transcendencia.(…) Mis fotos no son revanchas contra la muerte y yo no conozco ninguna angustia existencial. No sé incluso donde voy, salvo al encuentro – más o menos fortuitamente –  de las cosas y gentes que amo, que me interesan».

Es así como entramos en otro café. La luz de la cerilla y el cigarrillo encendido, mejillas iluminadas ante el hombre solícito, lumbre de amor que el espejo refleja. «La naturaleza – nos sigue diciendo Ronis mientras paseamos entre las mesas – me ha atribuido, por azar, un tipo de sensibilidad que me ha procurado bastantes disgustos pero también inmensas alegrías. ¡Gracias por todo! Yo me he clavado en mi sillón gracias a mi instinto, a mi pequeña honestidad, he disfrutado con frecuencia, y eso compensa el resto, que con buen humor se olvida fácilmente».

Después nos asomamos a este otro café. Juegan a las cartas. Juegan a los recuerdos y a la jubilación, juegan a los naipes de la vida arrojando dobladas y manoseadas las estampas del azar. Los contemplamos desde la escalera y Willy Ronis comenta: «¿ hace falta decir que mirar una fotografía no es un acto pasivo? La palabra «lector» supone una actividad lenta y reflexiva, aquella que requiere un texto escrito. Desde mi viejo Larousse aprendí que la lectura es el primer grado de la enseñanza moderna. Sin embargo, en nuestra civilización de la imagen, muchas fotografías son merecedoras de más de una ojeada. Opciones para una extensión de la palabra lectura. Aprendamos a leer las fotografías».

Aún al salir queda otro café – una madre y un niño alejándose entre lluvias y nieblas  -, y París viene sobre nosotros. «Ahí en París están todos los compañeros – dice Ronis -, todas las maravillas antiguas y nuevas, los quais, las hermosas muchachas que se cruzan, los cines, el metro, el Louvre, los bistrots, los escaparates, el paso de las estaciones. Ciudad de la belleza que se hace indestructible, yo me pregunto temblando si es cierto que yo no quiera ya vivir allí».

Y al fin, Willy Ronis nos quiere despedir haciéndonos un retrato, haciéndose a si mismo una fotografia.

(Imágenes:- 1.-Willy Ronis.- rue Montmartre.- 1955/ 2.-Willy Ronis.- café de la Bidule.- 1957/ 3.-Willy Ronis.- café de la rue des Cascades.-Ménilmontant.- 1948/ 4.-Willy Ronis.- café.-Ménilmontant.-1947/ 5.- Willy Ronis.- autorretrato.- 1951)

FUNCIÓN DE LA POESÍA

«Si existen libros de provecho – recordaba Leopardi – pienso que los más provechosos son los poéticos, digo poéticos tomando este vocablo en su sentido más amplio, es decir, libros destinados a estimular la imaginación, ya sean éstos de prosa  o de versos. Ahora bien, ninguna estima le tengo a la poesía que, después de leerla y meditarla, no deja en el ánimo del lector un sentimiento noble que, por media hora, le impida tener un pensamiento vil o realizar una acción indigna».

«Un poema – decía a su vez Eliot – no es lo que el poeta se propuso ni lo que el lector concibe, ni su funciòn queda por completo restringida a la que el autor se proponía o a la que realmente cumple cerca de los lectores. Aunque la cantidad y la calidad del placer que una obra de arte ha proporcionado desde que fue creada no es irrelevante, no la juzgamos a esa luz; lo mismo que no nos preguntamos, tras conmovernos hondamente con la contemplación de una obra arquitectónica o la audición de una pieza musical, ¿qué provecho he sacado de este templo, de esta música?».

Temas constantes sobre utilidad y contemplación – ese «estar- fuera-de- sí» -, varias veces comentados en Mi Siglo.

(Imagen: Maxfield Parrish.-ilustración para Tolonia.-1903.- colección privada)