11 DE SEPTIEMBRE

Hace más de dos años – el 29 de junio de 2009 – publiqué en Mi Siglo «Ojo humano sobre el mal«. Hoy, a los diez años del tremendo atentado del 11 de septiembre, vuelvo a copiar aquí aquel artículo:

«Se estrella el segundo avión secuestrado por terroristas contra la segunda de las dos Torres Gemelas de Manhattan. La imagen del impacto es vista en directo por el mundo entero. El ojo humano queda hipnotizado por la incredulidad y el horror y la palabra no sale de los labios, sólo aparece el gesto. El ojo humano queda imantado en la pantalla y la pupila recorre esa humareda blanca y esa bolsa de sangre incendiada que envuelve a los rascacielos. Minutos después aparecen pañuelos de vidas en las ventanas despidiéndose o pidiendo auxilio a la existencia. Otras existencias caen ovillándose para siempre, rodando por el aire de la niñez al suelo, despavoridas, seguidas por el ojo humano que no las puede ayudar. El ojo de la cámara, el ojo del televisor sigue teniendo en su pupila una nube roja y blanca, una mancha o penacho en llamas que le impide ver con serenidad. Las dos Torres están llenas de vidas, es decir, de proyectos, de amores, vacaciones, fiestas, paisajes, niños en las casas, colegios, deudas, créditos, preocupaciones, lágrimas y carcajadas. Pocos minutos después, al caer derrumbadas toda esas vidas, el polvo se hunde haciéndose arena y esa arena expulsa una bocanada de pavor entre las calles, aliento caótico en Manhattan que apenas se huele y que sólo el ojo contempla mientras corre hacia atrás, intentando no ser alcanzado por el televisor. Es el triunfo del ojo sobre la palabra porque la palabra aún no se pronuncia, no ha tenido tiempo de pronunciarse. Sólo el grito y el gesto dominan entre exclamaciones y los diálogos apenas se inician, mucho menos las palabras impresas.

Pero las palabras impresas ‑primeras ediciones de periódicos‑ pronto aparecerán. Más tarde vendrán primeras ediciones de libros, segundas ediciones, volúmenes, palabras, palabras analizadas, palabras investigadas, encuadernadas, palabras doradas por el estilo, traducidas, bruñidas, repujadas, colocadas en estanterías, situadas en bibliotecas. El ojo no basta. La imagen no es suficiente. El ojo recibiendo imágenes no explica a sí mismo la Historia. Es excepcional, sí, como documento histórico, es importante testimonio ocular[, pero visto y no visto en esta increíble mañana neoyorquina, el ojo necesitará posarse también sobre la página, resbalar sobre el texto en papel como lo hace sobre la pantalla. A este día de terror no le es suficiente el ojo televisado. Este ojo tendrá que salir de esta habitación de imágenes y buscar un periódico, detenerse, volver a rebuscar entre las líneas del periódico, ávida y tenazmente, intentando encontrar el secreto bajo la tierra de las palabras. Después lo hará en el libro. Aquí sí, aquí una palabra clave vale siempre más que mil imágenes saliendo del Vesubio de Nueva York, fantasmas de arena como esculturas de barbarie. Esas estatuas de arena que andan sobre los puentes con sus carteras de ejecutivo y sus pañuelos de ocasión escapan maquilladas del polvo del espanto como saliendo de Nínive. ¿Por qué marchan hieráticas y sobrecogidas? ¿Qué ha ocurrido en esos edificios gigantes que ahora se derrumban? ¿Por qué, por qué? Los porqués quedan envueltos en los gases neoyorquinos, en el misterio de la polución americana, dentro de la cúpula del consumismo occidental. Antes de caer las innumerables oficinas, los papeles despiden en el aire las facturas y los balances revolotean suicidándose. Es el cielo de millones de papeles blancos, el cielo de existencias arrojadas desde las ventanas. Los qués siguen apareciendo en las pantallas de los televisores mientras los porqués se esconden aún en los libros. Durante siglos paces y odios entre civilizaciones se han prensado entre signos apretados que los copistas se pasaron unos a otros, que los lectores leyeron primero en voz alta y luego en la intimidad. Después la lectura cambió la intensidad y el silencio por la extensión y el afán de leer. Gran parte del mundo occidental leía en el siglo XIX. Luego, al entrar las imágenes en las habitaciones del siglo XX, al sentarse los hombres ante las pantallas y quedar extasiados por sombras y luces, el libro permaneció en otro cuarto y fue alejándose poco a poco al fondo del pasillo del esfuerzo y también del placer».

(José Julio Perlado: «El ojo y la palabra».- págs 11-13)

http://www.hbo.com/documentaries/beyond-9-11-portraits-of-resilience/index.html#/documentaries/beyond-9-11-portraits-of-resilience/index.html

(Imágenes: 1- vuelo 175 de United Airlines en dirección a la torre sur del World Trade Center el 11 de septiembre de 2001.- foto The New York Times/ 2.-Nueva York, 11 de septiembre.- foto Eric O`Connell.-cortesía de HBO.-The New York Times)

¿ESCRIBIRÍA USTED SI JAMÁS PUDIERA PUBLICAR?

«¿ Escribiría usted si fuera rico? ¿Escribiría usted si estuviera solo, por ejemplo, en una isla desierta con mucho papel y toda la tinta del mundo de que tuviera necesidad?. O bien: ¿escribiría usted si sus escritos fueran invariablememte puestos en ridículo? O la última y más insidiosa pregunta: ¿escribiría usted si supiera que jamás podría publicar?«. Estas palabras del escritor francés Julien Green las plantea en su libro «L´homme et son ombre» (Du Seuil) y podrían enlazar con las declaraciones que realizó Pierre Courthion hablando sobre dos pintores: «En una ocasión – dice – hice a Rouault una pregunta que ya le había hecho anteriormente a Matisse: «Si se viera separado de sus semejantes para siempre, condenado a vivir en una isla desierta hasta exhalar su último aliento, y supiera que su arte nunca volvería a ser visto por nadie, ¿continuaría pintando?». La respuesta de Matisse había sido que no. La de Rouault fue la siguiente: «Por supuesto que seguiría pintando; necesitaría de ese diálogo espiritual«.

Instalado con su familia en Versalles en 1912, Rouault da un nuevo paso hacia el asilamiento y reflexiona sobre su arte. «Vamos cada vez más deprisa, ni siquiera tenemos tiempo de suspirar en el momento en el que desaparecemos. El arte en este siglo mecánico ¿no sería un milagro?«.

Diálogo con uno mismo, diálogo con los demás. Como siempre, contemplación. Como siempre, comunicación.

(Imágenes: 1.-Georges Rouault.- nocturno de otoño.- 1952- pintura.aut.org/ Henri Matisse con su gato.-pinteret)

EL «BLOG» DE DOSTOIEVSKI

«Usted escribe directamente, sin ninguna forma literaria de aparato o ceremonia, como dirigiendo una carta a un amigo – le escribe un lector a Dostoievski siguiendo su «Diario de un escritor» -. Usted escribe lo que piensa y eso es raro, es bueno… Usted se hace visible en sus frases, lo conocemos, por decirlo así, nos relacionamos con usted leyendo el «Diario«. Y además, muy sencillamente y sin la apariencia de ser hombre culto, usted penetra en las cuestiones más profundas, las que son tan dolorosas para cada uno de nosotros, y trata esas cuestiones directa y francamente, sin una huella de afectación o de cultura libresca».

Es lo que podríamos llamar hoy el comentario de un lector a la especie de blog que Dostoievski mantuvo desde 1875 a 1877 titulado «Diario de un escritor«, «cuyas páginas – señala la edición hecha por la Academia de Cienciasdieron expresión a la impresiones de la vida personal del novelista ruso, sus reminiscencias de años anteriores, una relación de sus proyectos literarios y reflexiones sobre todos los temas importantes concernientes a la Rusia de la época que agitaban a DostoievskiConversando con sus lectores, el autor constantemente pasa de un tema a otro, y la transición a cada uno lleva consigo una corriente de reminiscencias y asociaciones… Pero entre toda esta variedad de temas y episodios, distintos entre sí y en constante cambio, el autor dirige su propia mirada y la del lector a las mismas «cuestiones malditas», las que forman el contenido filosófico y artístico, una especie de básico haz, nerviosamente sensitivo, de los pensamientos del autor«.

Del «Diario de un escritor» (Páginas de Espuma) y (Alba hablé ya en alguna ocasión  en Mi Siglo. Concretamente del relato titulado «La centenaria«. Como recuerda Joseph Frank en su monumental biografía de Dostoievski  (Fondo de Cultura) , entre los bocetos que el gran novelista ruso publica en su «Diario» aparecen por vez primera dos obras maestras: «La mansa» y «El sueño de un hombre ridículo«.  Pero lo más interesante quizá de este «Diario» sea descubrir – casi al final del siglo XlX –  esa relación entre autor y lectores, relación que hoy – tanto en  periódicos como en blogs y en redes sociales – se encuentra puesta al día de modo patente.

«Los lectores sentían que en verdad – cuenta Frank – estaban siendo admitidos a la intimidad de uno de sus grandes hombres. Esa constante interrelación entre lo personal y lo público (…) resultó una combinación irresistible, que le dio al «Diario» su incomparable sello literario (…) Aun si no es literariamente un cuaderno de notas, el «Diario» es auténticamente una herramienta de trabajo de un escritor en las tempranas etapas de su creación, de un escritor que busca (y encuentra) la inspiración para su obra mientras, pluma en mano, observa la escena que se desarrolla ante sus ojos e intenta sondear su significado más profundo».

(Imágenes:- 1.-Vasiliev.- iluminaciones en San Petersburgo.-1869.-wikipedia/ 2.-Mijaíl  Nésterov/ 3.-Chica campesina.- Fedor Slavyansky.-década de 1830.-Museo Ruso,.San Petersburgo/ 4.- miniatura en Fedoskino.-wikipedia)

UN MARTES EN MADRID

«Es difícil explicar la historia. El sol había salido de puntillas, rosado entre los tejados y rojizo en los aledaños de los barrios dormidos, y el sol se mantuvo y se paseó por el mundo, y quedó iluminada España hasta las veintiuna hora y veintidós minutos, y luego se marchó. Es difícil escribir la historia porque la luna, ese martes de mayo que contemplamos, salió también, como es lógico en ella, como jamás había fallado en su palabra, y fue la salida de la luna a la una horas y cuarenta y cuatro minutos cuando de su escondite surgió, y paseóse entre verdades y mentiras, en halos de nieblas, en un ser y no ser de deslumbramientos misteriosos, y se pondría la luna ese martes, pero de qué modo se pondría, acostóse o tal vez se esfumó, es que alguien sopló su globo blanquecino o ella misma, puntual más que avergonzada, se retiró en punto, a las diez horas y diez minutos, todo esto no es fácil de comprobar ni de predecir. En el área de Madrid, aunque nadie le hacía mucho caso, unas primeras camisas de manga corta por las calles, los inicios de ropa de primavera, colores vivos y blusas estampadas, algún jersey fino, la moda en fin, se había ya extendido aquella mañana, porque ya habían pasado las diez y media, las once, las doce, horas que pasan, se había extendido como estábamos diciendo un ambiente nuboso con ciertas posibilidades de tormenta, especialmente frecuentes en la zona de la sierra, pero de qué sierra se habla, es referencia quizá a la Sierra del Guadarrama o Somosierra, el triángulo de la comunidad

madrileña con su pico apuntando hacia Burgos bajaba manso, por su costado derecho rozando la extensión de Guadalajara, y también bajaba más tierno, algo quebradizo y saltarín, por los pueblos del costado izquierdo, dejando a un lado Segovia y Ávila. Vientos flojos o en calma llegaban hacia el área de Madrid y soplaban a la cigüeña tanto por Aranjuez como por San Martín de Valdeiglesias, al pato por Fuentidueña del Tajo y Brunete, al zorro lo mismo entre Chinchón y Alcalá de Henares que en la media y alta montaña, entre Buitrago y Villalba; vientos flojos eran acariciados por el águila cerca del río Lozoya y del Jarama, el gato montés era perseguido por los vientos hacia la altura de Torrelaguna, al nordeste, y el azor los recibía no lejos de la Pedriza, allí donde seguían caminando, incansables, los pensamientos de Jacinto Vergel, transformados en pasos, que ya había dado, sin él quererlo, doscientas dos vueltas al circular pasillo del sanatorio del doctor Jiménez.

No puede contarse bien la historia porque a esa misma hora en que el doctor Valdés ya había calmado algo a Luisa Baldomero, por los últimos reductos de la sierra norte de Madrid, allí, hacia el valle del Lozoya, hacia Cercedilla o hacia El Escorial, pinares y robledales extendían su vida y alzaban al aire su sudor, vida enhiesta de los árboles, mientras que por Navalcarnero, Pelayos de la Presa y Cadalso de los Vidrios, es decir, en la punta suroeste que se afilaba hacia extensiones de Toledo y Ávila, se concentraban, casi invisibles para el hombre, valiosa población de rapaces, así el águila imperial o el buitre negro y leonado, o bien ratoneros y milanos. En Madrid, en el centro mismo de la ciudad, la máxima temperatura iba a llegar ese martes hasta veintiún grados y la mísima bajaría a los nueve, buen clima, aire y aroma de mayo, un frente silencioso tendría que pasar durante esa jornada de oeste a este de la península y cruzaría por su mitad norte: los frentes, excepto los de guerra, y guerra felizmente no había ese día, ese mes, ni ese año en España, extienden sus suavidades sin alambradas ni fronteras, y las precipitaciones y lluvias dejan manar sus aguas desde los cántaros de las nubes. y así ocurriría ese día de mayo en distintas regiones españolas, aunque fueran de muy escasa cuantía en las proximidades del mar Mediterráneo y en cambio mojaran con moderada intensidad, aquí y allá la corteza del norte, por las brumosas tierras de Galicia«.

José Julio Perlado: (del libro «Ciudad en el espejo«) (novela inédita)

(Imágenes: 1.-cigüena.-wikipedia/ 2.-águila imperial.-elmundo es/3.-buitre leonado.-colomitas i escolomas)

PARÍS, DOISNEAU

«La imagen de uno de esos cuartos de portería con su pared llena de calendarios desde la guerra del 14 – le decía Robert Doisneau a Sylvain Roumette en una entrevista – no está nada mal para una fotografía. La foto está bien en su cometido dejando inscritas esas cosas ahí».

” La portera con mitones – comentaba Doisneau en otra ocasión –  forma parte de una especie en vías de extinción. Ya nadie conoce ese aroma a estofado que flotaba en la escalera de las casas modestas y hacía que a lo largo de tres pisos, y a veces más, la barandilla estuviera pegajosa, y las paredes grasientas”.

Son los objetos, los objetos reflejados en los espejos – como en el caso de la portera musical, como en el caso de la portera rodeada de llaves, gafas y relojes -, interiores a los que sin duda se asomaría Maigret para iniciar una investigación. «Nunca miro mis fotos – confesaba Desnois -, eso me hace la misma impresión que si fuera mi álbum de familia. Tengo verdaderamente el sentimiento del tiempo que pasa, con esa vejez que llega inadvertida, ese golpe que os toma bruscamente, que os da vértigo. La foto para mí es ese momento de felicidad que se dilata antes de que entre por los ojos».

Objetos, objetos de París, objetos reflejados en los espejos. La cámara del fotógrafo reflejando esos objetos y espejos quisiera reflejar también los olores, pero no puede hacerlo, transmitir los pasos de la vecindad, las idas y venidas de las vidas. Se queda sin embargo ahí, en la inmóvil visión del instante. Basta ese instante. Ese instante de la portera en su angosto escenario cobra un minúsculo valor de eternidad.

(Imágenes: 1.-Robert Doisneau.- concierge rue Dragon.-1945/ 2.-Robert Doisneau.- concierge rue Jacob.- 1945/ 3.-Robert Doisneau.- la portera musical.- 1953/ 4.- Robert Doisneau.-la chimenea de madame Lucienne.-1953)

MI PADRE EN EL TIEMPO

«Ya casi tengo un retrato

de mi buen padre, en el tiempo,

pero el tiempo se lo va llevando.

Mi padre, cazador,  – en la ribera

de Guadalquivir  ¡en un día tan claro! –

– es el cañón azul de su escopeta

y del tiro certero el humo blanco!

Mi padre en el jardín de nuestra casa,

mi padre, entre sus libros, trabajando.

Los ojos grandes, la alta frente,

el rostro enjuto, los bigotes lacios.

Mi padre escribe (letra diminuta-)

medita, sueña, sufre, habla alto.

Pasea – oh padre mío ¡todavía

estás ahí, el tiempo no te ha borrado!

Ya soy más viejo que eras tú, padre mío,

cuando me besabas.

Pero en el recuerdo, soy también el niño que tú

llevabas de la mano.

Muchos años pasaron sin que yo te recordara, padre

mío!

¿Dónde estabas tú en esos años?»

Antonio Machado: ( «En el tiempo». 1882. 1890. 1892.-«Mi padre».- 13 marzo 1916)

(Imagen : Milôs Budík.– cuento en un bolsillo – wikipedia)

MANHATTAN

«El cine nos divide la vida en secuencias y la inteligencia del espectador acostumbra a su pupila a desplazarse de una a otra escena, de una existencia a una ciudad, de una capital a una aventura, de un espacio a un tiempo. El cristal de la pupila del ojo del cine es un proyector literario en John Dos Passos que se mueve por el mosaico del Nueva York de los años veinte, distinto al Nueva York de los puntos de vista de Henry James, al viejo Nueva York que surge de Edith Wharton y a la modernísima hoguera de las vanidades que es el Nueva York de Tom Wolfe. El cristal nevado de la ciudad, los cubos de cristal iluminados en rascacielos fantasmas, los cristales en caleidoscopio de las vidas giran en torno a nuestro ojo devorador, el Ojo de la Cámara asomado al Noticiario múltiple que intenta entregarnos la selección de la esencia del siglo americano, la simultaneidad de las existencias cruzando las calles, el zumbido de la colmena neoyorquina.

Dos Passos, el escritor norteamericano nacido en Chicago en 1896 y muerto en 1970, nos presenta unas novelas simultaneistas o unanimistas –Manhattan Transfer y su trilogía USA: Paralelo 42, 1919 y El gran dinero– en donde el héroe es la muchedumbre y las mil cabezas de un personaje inexistente se llaman multitud. Esa multitud y esa muchedumbre están vistas desde la superficie, sin penetrar en psicologías, andando por avenidas de epidermis y mostrando de estas urbes gigantescas únicamente las cortezas. Pero entre cortezas, epidermis y superficies he aquí que John Dos Passos nos quiere dar unas instantáneas que perduren, un flash de Nueva York en un tiempo determinado, una singular fotografía americana en la época de la Gran Depresión.

«Toda la noche los grandes edificios permanecen callados y vacíos, sus millones de ventanas apagadas – se lee en «Manhattan Transfer» -. Babeando luz, los ferries devoran su camino en el puerto de laca. A medianoche los transatlánticos expresos de cuatro chimeneas zarpan de sus muelles luminosos para hundirse en la oscuridad. Los banqueros, con los ojos legañosos, oyen, terminadas sus conferencias secretas, los aullidos de los remolcadores cuando los vigilantes, gusanos de luz, abren las puertas laterales. Se instalan refunfuñando en el fondo de limousines y se dejan llevar rápidamente hacia la calle cuarenta y tantos, calles sonoras, inundadas de luces blancas como gin, amarillas como whisky, efervescentes como sidra.

Intenta ser un poema fotográfico sobre el corazón de la urbe, la toma del pulso a la gran ciudad cuya imagen hemos visto ya en tantas películas que nuestros ojos no parpadean en la costumbre. Pero un escritor, aunque use técnicas cinematográficas en sus habilidades y en sus talleres literarios, trabaja con la herramienta de la palabra, y Dos Passos hace todo un esfuerzo por captar momentos simbólicos, encuadres personales.» El joven sin piernas se ha parado en medio de la acera sur de la calle 14. Lleva un jersey azul y una gorra azul de punto de media. Sus ojos levantados se agrandan hasta llenar la cara blanca como el papel. Pasa un dirigible. Brillante cigarro de estaño, esfumado en la altura, perfora suavemente el cielo lavado y las blandas nubes. El joven sin piernas se queda inmóvil, apoyado en sus brazos, en medio de la acera sur de la calle 14. Entre piernas que andan a zancadas, piernas delgadas, piernas anadeantes, piernas con pantalones, con bombachos, con faldas, él sigue allí, perfectamente inmóvil, apoyado en sus brazos, mirando al dirigible·.

Nueva York aparece en su indumentaria de época, vestida con su moda costumbrista, y el dirigible pasa como están pasando por el cielo de la historia de esa ciudad unos años difíciles, años eminentemente sociales, meses de paro y de búsqueda, semanas largas de insatisfacción laboral. Ese Nueva York que será años después el del krack financiero en el que ciertas vidas desgraciadas abrirán sus ventanas y se arrojarán al vacío del desamparo, al espacio de una intemperie sin soluciones, es ya el Nueva York latente bajo los ruidos y las músicas que Dos Passos narra al contar el hormigueo de las aceras.

Manhattan Transfer es la novela de la gran ciudad americana, esa ciudad es el gran personaje y sobre sus calles caminan constantemente, en deambular incansable, sus numerosas figuras. Manhattan es el decorado y es el paisaje. Las tres partes del libro se subdividen en capítulos y como islas sobre las páginas permanecen los títulos de Embarcadero, Metrópoli, La ciudad alegre y confiada, Puertas giratorias o Rascacielos. El resto de los títulos complementan la visión de América: Dólares, Carriles, Apisonadora. Nos encontramos, pues, entre el ruido y el olor de esa modernidad en donde uno de los personajes, Jimmy Herf, será aquel a quien seguiremos desde la infancia hasta su enigmática partida. Pero serán las Calles –Cuarta, Sexta Avenida, Quinta Avenida, Novena, Tercera– quienes se hagan vida y muestren sus caminos de asfalto para el andar incansable de los hombres.

Dos Passos, que en sus inicios estuvo muy influido por las ideas socialistas y que al final se inclinaría hacia la derecha, tendió su mirada de escritor hacia la sociedad sin olvidar al individuo y quiso abarcar una ciudad inolvidable en unos años inolvidables. Su empeño fue aprehender la esencia de una moderna urbe.» Babilonia y Nínive eran de ladrillo –escribió–. Toda Atenas era doradas columnas de mármol. Roma reposaba en anchos arcos de mampostería. En Constantinopla los minaretes llamean como enormes cirios en torno del Cuerno De Oro…Acero, vidrio, baldosas, hormigón, serán los materiales de los rascacielos. Apilados en la estrecha isla, edificios de mil ventanas surgirán resplandecientes, pirámide sobre pirámide, blancas nubes encima de la tormenta».

¿Y el alma de Nueva York? ¿Y las almas que en Nueva York viven?. Los edificios se encumbran en verticalidad ascendente, pero en Dos Passos los hombres se presentan horizontales, sin un aliento aspirado, sin una profundidad, sin una accesis».

(J.J. Perlado: «El artículo literario y periodístico.-Paisajes y personajes», págs 284-286)

(Imágenes: 1.-Manhattan.- Cristopher Rini/2.- Manhattan 1967.- Andy Blair/3.- Times Square.- wikipedia/ 4-. Manhattan 2009.- Joe  Wigfall/

GUIJARROS DE HENRY MOORE

Todas las maternidades del mundo parece que estuvieran concentradas en las curvas envolventes de Henry Moore. El niño en bronce es amparado por el bronce de la madre recostada y todas las inseguridades de la vida quedan diluidas al amparo de la maternidad.

Pero hasta llegar a esto el gran escultor británico puso toda su atención – desde niño – en los guijarros perdidos en el suelo, desperdigados por los caminos. «Los guijarros y las piedras – decía Henry Moore en 1934 al hablar de «las características de la escultura» – nos muestran cómo trabaja la piedra la naturaleza. Los guijarros pulidos por el mar nos muestran cómo puede alisarse o frotarse la piedra y los principios de la asimetría. Las secciones y hendiduras de las rocas, por otra parte, nos muestran el vigor de un bloque irregular. Los huesos tienen una fuerza estructural maravillosa y un gran interés formal; los troncos de los árboles nos muestran principios como el desarrollo y la fuerza de las articulaciones, que permiten pasar ágilmente de una parte a otra; las conchas muestran las formas duras pero huecas de la naturaleza (la escultura en metal) y poseen una plenitud formal absolutamente única».

Todo era por tanto observación en Henry Moore, todo era atención. Paul Klee, al que recientemente me he referido en Mi Siglo, hablaba de las dos clases de atención en el artista, una atención normal y una atención con esfuerzo, las dos aplicadas – decía Klee – a la pintura o a la música. Pero naturalmente esta atención era permanente en Moore, le acompañaba en todos sus paseos.

En «La voz del escultor«, en 1937, confesaba: «durante muchos años he pasado temporadas en la misma parte de la costa, pero cada año la forma nueva de algún guijarro captaba mi atención, una forma que el año anterior no había visto aunque hubiera cientos de guijarros. De los miles de guijarros con que me topaba al pasear por la orilla, había uno cuya forma me entusiasmaba pues se adecuaba al interés formal que me ocupaba en aquella época«. También en 1937, al hablar de «la ceguera para las formas» en «The Listener«, se refería a las limitaciones de la atención. «La «ceguera para las formas» – decía – es más común que la ceguera para los colores. Cuando los niños aprenden a mirar, al principio sólo distinguen formas en dos dimensiones (…) Más tarde (…)  terminan desarrollando ( en parte mediante el tacto) la capacidad de juzgar rudimentariamente las distancias tridimensionales. Pero una vez satisfechas las exigencias de las necesidades prácticas, la mayoría de personas no va más lejos. Aunque pueden llegar a desarrollar una considerable agudeza en la percepción de las formas planas, no llegan a realizar jamás los esfuerzos intelectuales y emocionales necesarios para captar la forma en toda su realidad espacial».

Era Moore el hombre de la atención como artista, el hombre de la observación.»La observación de la naturaleza forma parte de la vida del artista – decía -, enriquece su conocimiento de la forma, le ayuda a mantener cierta pureza, evita que su trabajo se limite a meras fórmulas, y le proporciona inspiración«. Pero cuando en 1941 la naturaleza es violentada por la guerra y la serenidad del paisaje se agrieta en refugios, la atención de Moore se hace lúcida y dolorida y su mano dibuja las imágenes de los subterráneos, vidas dormidas en los miedos del metro.

Nace así otro tipo de atención al tremendo silencio de los cuerpos, al sopor de las bocas entreabiertas,

Nace así la atención a los pliegues, a los sueños apenas esbozados,

Nace así la atención a la hilera de túneles, esperas interminables bajo los bombardeos.

Se ha dicho de Moore que más que enseñar a dibujar enseñaba a mirar. Mirar huesos y conchas, mirar el nacimiento de bóvedas y gargantas, mirar agujeros y  huecos en maderas y en piedras, mirar guijarros en el dolor.

(Imágenes- 1.- madre y niño reclinados.-bronce – 1983.- foto Anita Feldman.- Fundación Henry Moore/ 2.-grupo familiar.- 1946.-fundido en bronce.- Fundación Henry Moore/ 3.- rosa y verde de Henry Moore.- Sleepers.-1941.- dormir en el metro de Londres durante los bombardeos.- Fundación Henry Moore.-Tate/ 4.- refugio/ 5.- la perspectiva del tubo refugio.- la extensión de Liverpool Street.- 1941.- foto Tate.-Fundación Henry Moore/ 6.-Henry Moore.- foto Jane Bown.- guardian. co. uk)

CUATRO AÑOS DE «MI SIGLO»

Mi  Siglo llega hoy a las 751. 620  visitas en su cuarto año de andadura sumando las lecturas que vienen desde Blogger y desde WordPress. Este post, que hace el número 957, no puede sino dedicarse únicamente a los agradecimientos. En los cuatro años de vida que hoy se cumplen los caminos de Internet me han traído mezclados muchos nombres desconocidos y conocidos que se han ido haciendo muy amigos. Como dije hace ya un año, se hace imposible confeccionar una lista en la que se den las gracias a todos. A algunos los nombré ya aquí el año pasado; otros quedan ahora incorporados. Gracias por tanto a Daniel Utrilla en Moscú, a los italianos responsables de «MFLarte», a varias Carmen, Mercè,  Ángel Duarte, Enrique MF y  «Carmina blog«, José María Matás, Jos Petit, Francisco DoñaTiempo para la memoria«, Angelina, Karmen, «Ana tirando del hilo», Sandro Oramas, «La noticia y yo«, Mariàngela Villalonga, Maty, Nicole, Solange, Alena, María, Aurora Pimentel, Carmen Manzanera, Juanma Blazquez, Alejandro, Juan Pedro desde “Una temporada en el infierno“, Shant Baghramian y Vane Galstian desde “Papier de Liberté“, Faycal desde “”Shgaga“, Juan José desde “Scriptor.org“, Antonio Ayuso, Don Cogito, Luis Rivera, Avelina, Dolors, Gasolinero, Fernando Valls, Enrique, Vagabunda, Noelia,»Músicaymás«, Georgia, Angie,» Mis objetos preciados«, Almudena, David, Montse, Lola, Jessica, «Ars Vitae«, Arancha, Luis, Amando, Javier Gómez,»Bibliotequear«, Joséluis, Nelson,» El maquinista ciego«, Miranda, Darío Lodi, J. Moreno, Isabel, Berenice,«Eltornaviaje«, Pilar, Patricia, Ioana,»Arte y artistas», Felipe Hernández, Helen,»Espéculo«, Lola, Enrique, «El jalabí rosado«, Joselyn, Julio, Alicia, Ioanes Xabier,»Entrespinos«, Eduardo, Jose, Lilia, Vicente, Jenny,»Al-juarismi«, Elvira, José Manuel Mora, Angel Feliciano,«Click en educación«, Damian, Jesús,»Sgironaroig«, Laura, Juanjo Muñoz, Gabriel,»El avión de papel«, Alexandra, Diego,Sandro, Manuel Faliero, Rhaida, José Antonio, Armando,»Sdel biombo», Aliux, Luisa, Miguel Ángel, …Quiero igualmente agradecer a los lectores de ArmeniaMarruecos, Israel, a los de Irán, Macedonia, Turquía, Australia, Corea, Eslovenia, Vietnam, India, Canadá, Serbia, Croacia, Japón, China, Rusia, Polonia, Pakistan, Cuba, Taiwan y a tantos otros, sin contar los países sudamericanosEstados Unidos o Europa, por las veces que han acudido a leer Mi Siglo.

(Imagen.- Katsumi Oyamada.-fotoblur. com)

PAUL KLEE, ENTRE MÚSICA Y PINTURA

Varias veces he hablado en Mi Siglo de la interrelación existente en el mundo de las artes. Música y literatura. Música y pintura. Chopin y Delacroix.  En el caso de Klee, al incidir en él también y de modo poderoso la pintura y la música, el artista bautiza a sus óleos con títulos extraños  – como recuerda Paul Westheim : «Sueño de dos mitades», «Encima y hacia arriba», «Máquina de trinar», «El árbol de las casas», «Flor de luna», «Moho y plata» y se los pone cuando ya están pintados. No indican el tema o el contenido del cuadro, tampoco son una descripción explicativa.» Son algo así como la clave – dice Westheimal principio del pentagrama, que sirve para determinar la designación de las notas«. Desde muy pequeño Klee escucha el concierto de Brahms y queda «destrozado«; posee igualmente cariño por César Frank, «una melancolía me invade como cuando oigo a Schubert«, dice.

Todo en torno a Klee está invadido de música. En sus muy interesantes «Diarios: 1898/1918» (Era) va enlazando los nombres y las obras: se acoge a Bach, a Mozart, a los grandes románticos; junto a Beethoven le acompaña también Brahms en primer lugar. «La música es para mí como una amante embrujada«, dirá en 1898. Nos llevaría todo esto a recordar cuando Chauteaubriand habla de una mujer música. «Parecía – la había definido Chauteaubriandcual si fuere ella misma melodía visible, y que diera vida a sus propias leyes«. En Roma, en noviembre de 1901, Paul Klee confiesa: «me conmovió el último movimiento de la Séptima de Beethoven. Varias voces principales quedaron ahogadas, pero en conjunto hubo energía y éxtasis a la vez. Se festejaron orgías de sonido sinfónico. Los golpes breves eran más convincentes de lo que estoy acostumbrado.  Además hace apenas poco tiempo que he madurado para esta obra. Nostalgia por Mozart«.

«La música me ha consolado a menudo – dirá en otra ocasión – y me consolará si es necesario«. En Berna, cuando ve aparecer a un joven Casals, escribirá: «En el quinto concierto sinfónico tocó Casals: ¡uno de los más maravillosos músicos que haya habido jamás! Su tono de cello es de la más conmovedora melancolía. Son ilimitados sus medios de expresión, tan pronto hacia el exterior, pero partiendo de la profundidad, tan pronto hacia el interior en la misma profundidad. Toca con los ojos cerrados, pero su boca se contrae ligeramente en el seno de semejante paz«.

Cuando nos acercamos a los colores de Klee parece que nos hablara Êtienne Souriau en «La correspondencia de las artes» (Fondo de Cultura):» podemos imaginarnos una rosa estilizada, en que tallo, hojas, flor, van apareciendo sucesivamente en el acorde verde claro, verde oscuro, rosa, sobre fondo azul turquesa, y después con estos colores arbitrarios: la rosa azul, las hojas color tabaco, el tallo negro, y el fondo amarillo. Y después, la rosa dorada, las hojas rojas, el tallo ocre, y el fondo verde ácido. Tendremos de esta guisa una variación bastante análoga a la de un mismo tema musical presentado sucesivamente en mi bemol mayor, en do menor, en sol mayor, en re mayor». Música y pintura. Pintura y música.

Alejándose y acercándose de sus cuadros, Klee se confiesa en 1912: «Hay unos principios primitivos del arte y se les encuentra en las colecciones etnográficas o en sus propias casas, que son las habitaciones de los niños. Los niños tienen ese poder, y es una lección de sabiduría que ellos pueden dar. Cuanto más ignorantes son, mejor pueden proporcionarnos ejemplos ricos en lecciones, y debe preservárseles cuanto sea posible de toda corrupción».

Nos acercamos así como niños hasta el rostro de Klee:

Nos acercamos también hasta su habitación:

(Imágenes:- 1.-Paul Klee.- ad marginen.-1930.-Museo de arte de Basilea/ 2.-Paul Klee.- metrópolis.- pinturayartistas/ 3.- Paul Klee.-el caballero negro.-1927/4.-Paul Klee.-conquistado.- 1930.-museo Paul Klee.-Viena.-wikipedia/5.-Paul Klee.-composición cósmica.-1919.- Kunstasammlunng Nordrhein Wesfalen/6.-Paul Klee.-Dessau.-1933.- foto Josef Albers.-Paul Klee Foundation/ 7.-Paul Klee.-mi habitación.-1896.-Foundation Paul Klee)

DEL CAMPO Y LA CIUDAD

«El hombre es un animal que forma parte del cosmos y que sufre los influjos naturales – me decía el filósofo y pensador francés Gustave Thibon en Madrid, en 1976 -, y al que la vida en las grandes ciudades le es necesaria quizá; de ella le es muy difícil evadirse, pero en gran parte constituye una vida antinatural: el hombre en la ciudad no está directamente influido por las estaciones, no contempla la naturaleza, no recibe entonces esa especial sabiduría que la naturaleza inspira… Los hombres de ciudad viven siempre apresurados, quieren ir muy deprisa, quieren resolver todos los problemas de modo extraordinariamente rápido, quieren recetas para solucionarlo todo…Esto es el aspecto mecánico de la civilización urbana.

Yo vivo en pueblecito – continaba diciéndome Thibon -. Bien. Cuando se vive en un pueblecito, se sabe muy bien que la vida de ese pequeño pueblo no es precisamente idílica, aquello no es el paraíso terrestre: existen los celos, los rencores…Conozco a uno de mis vecinos que sabe mucho mejor que yo mis idas y venidas: cuando yo paseo con una mujer, se cuentan historias en el pueblo: yo no voy a empezar a discernir sobre mis visitas masculinas o femeninas.., pero muchos no ven jamás las visitas masculinas, sólo espían las femeninas… Porque entre los campesinos, a un hombre que se da un paseo con una mujer ya se le considera extremadamente sospechoso. Se vive, pues, a veces en una atmósfera tal, que incluso podría llegar a suspirar por el ambiente de una gran ciudad.

Pero aparte de esto, al menos unos y otros nos conocemos; se habla mal del prójimo quizá, pero a ese prójimo se le conoce; al mismo tiempo, existe una solidaridad, esa solidaridad que es necesaria en las pequeñas comunidades…; los unos a los otros no pueden ignorarse: si un campesino está enfermo, alguien del pueblo le auxilia, se mantiene el lazo humano que permanece siempre, que puede respirarse… Y esto hace que ciertos excesos, que tienen lugar en las ciudades, no tengan cabida en un pequeño pueblo; por ejemplo el «gansterismo», la prostitución.., es la ventaja de las pequeñas comunidades, en contraste con las grandes ciudades donde los hombres se aprietan y aprisionan unos junto a otros y todo parece estar permitido, porque se hunden en el anonimato. En el campo, no; aún queda esa relación humana, el lazo humano… Creo, por todo esto, que es muy importante «ventilar» el aire de la sociedad; cuando los hombres están excesivamente cerca, excesivamente apasionados los unos contra los otros, no se mejoran».

Me decía todo aquello Gustave Thibon en Madrid, en noviembre de 1976, sentados en la madrileña calle de Velázquez ;han pasado los años, y siempre lo recuerdo. («ABC,»  5 de diciembre de 1976)

(Imágenes: 1.- Philipp Klinger.- taringa net/ 2.-Martin Lewis.- «Danza de las sombras».- Nueva York.-Park Avenue.-1930/ 3.-Gustave Klimt.-detalle de «Arttersee  Litzlberg».-1915/4.-T. F. Simon.-1887-1942.-Nueva York de noche.-ordchild-thief livejournal)

El CHELSEA Y LOS ESCRITORES

«Inmueble de ladrillo rosa y con balcones de hierro forjado iluminado con el neón azul de su nombre legendario, mágico, cerebralmente brillante, psicodélico en su travesía de decenios de alucinaciones y sueños más o menos sabiamente dosificados» – así va contando Nathalie de Saint Phalle cómo es el  Chelsea en los «Hoteles literarios«.

«El Chelseadice – albergó las pesadillas de todas las locuras, la muerte, dulce y violenta, las ilusiones y desilusiones de los extravagantes de su tiempo».

» Oh, que al fin pueda siempre yacer, leve, en la última colina atravesada, bajo la hierba, amando, y allí reverdecer entre largas manadas, y ya nunca extraviarse ni cesar en los días sin cifra de su muerte, aunque ansiaba ante todo el seno de su madre que era descanso y polvo, y en el afable suelo la oscura ley mortal, ciego y sin bendición – escribió Dylan Thomas en la habitación 206 del Chelsea, su último poema compuesto en ese Hotel – «Que no encuentre descanso, pero sí patria y sitio- rogué en su humilde cuarto, junto a su lecho ciego en la callada casa, bordeando el mediodía y la noche y la luz. Los ríos de los muertos inervaban su mano sobre la mía, y vi tras sus ojos cegados las raíces del mar».

Arthur Miller, que vivió en el Chelsea seis años, evoca que « pronto me dejé envolver por su fascinación, por su aire inequívoco de decadencia incontenible. No era parte de Norteamérica, no había aspiradoras, no había normas, no había gustos ni recato. (…) En la planta novena, en la otra punta del pasillo, un  compositor, George Kleinsinger, excitaba a sus amigas asustándoles con su colección de pitones, lagartos sudamericanos y tortugas que se pasaban el día soñando en sucios recipientes que llegaban hasta el techo. (…) Charles James, el célebre modisto de antaño, vagaba por los pasillos apesadumbrado porque la antigua decadencia del lugar la estaba suplantando una decadencia de nuevo cuño, de artistas vulgares y drogados que, auténticos o falsos, emponzoñaban el ambiente con sus extravagancias publicitarias, y sin que entre ellos hubiese ni una sola dama o caballero; y para mantener el orden en todo aquel circo, el diminuto detective del hotel se encerraba en su habitación con siete llaves y vivía rodeado de los televisores, los equipos de alta fidelidad, lad máquinas de escribir y los abrigos de piel que había ido robando a los huéspedes, según vino a saberse el día en que los bomberos tuvieron que echarle la puerta abajo porque en la habitación contigua un borracho se había quedado dormido con el cigarrillo encendido y se había declarado un incendio».


«El Chelsea
sigue diciendo Miller -, pese a todos sus inconvenientes – el polvo secular de cortinas y alfombras, las cañerías oxidadas, el frigorífico que chorreaba, el acondicionador de aire al que había que echar un jarro de agua tras otro -, era un desastre espantoso y saludable que me recordaba una frase de William Saroyan, norteamericana por demás, que suelta un árabe en un bar, una frase totalmente olvidada por los revolucionarios de los años sesenta, ocupados en idear una antisociedad nueva que desterrase de la memoria todo lo que había existido hasta entonces: «Ningún cimiento debajo de nada«.


En el  Chelsea trabajaron Elia Kazán y Robert Whitehead preparando «Después de la caída» de Miller, por el Chelsea pasaron, entre otros, Brendan Behan, Tennesse Williams, Bob Dylan, Leonard Cohen, Sam Shepard, Thomas Wolfe, Nabokov, Mark Twain, Jimi Hendrix, Milos Forman, Andy Warhol, Harry Everett Smith, Arthur C. Clarke encerrado en su habitación 1008 observando el cielo con telescopio y muchos más.» El decorado era sobrio, la fauna, extraña – recuerda Saint Phalle – El hotel es un monumento a la gloria de la decadencia, sin otra razón que el genio de los lugares, sin otra organización que unos cuantos principios libertarios y cierta idea de la armonía. (—) Es un hotel de psicosis, un hotel psiquiátrico, el hotel de la más delirante imaginación, un santuario de creación, con sus víctimas consentidoras».


(Imágenes:- 1, 2 y 4.- fachada, interior y vestíbulo del Hotel Chelsea.-wikipedia/ 3 – Dylan Thomas.-bbc. co. uk/ 5.- Elia Kazan y Robert  Whitehead trabajando en el Chelsea sobre «Después de la caída» de Miller/ 6- entrada del Chelsea.- G. Paul Burnett.- AP Photo)

SOBRE LA JUVENTUD

“Yo todos los años me quedo asombrado en la primera hora de la primera clase del curso universitario. Vienen ante mí todos los alumnos de todos los puntos del país y se posan como bandada de ideas y de cuestiones sentados en semicírculo, absortos ante las cuestiones e ideas que se les pueda plantear. Aún no han sido tocados por la sombra del escepticismo ni les ha caído encima una mota de aburrimiento. Están allí sentados, abierto su cuaderno virginal de ignorancias en espera del alimento que reciban. Y prácticamente todos ellos – aun sin formularla de manera explícita – guardan una pregunta escondida que no sé qué padre ni qué madre ni qué escuela les haya podido señalar y tampoco imagino en qué momento.

¿Qué es la verdad? ¿Y la bondad? ¿Y la ética? ¿Dónde está el bien en este mundo tan injusto? ¿ Y la belleza? Naturalmente esa briosa acometida que siempre es la juventud – generación tras generación – en su perpetuo anhelo de ir en busca de la felicidad, del bien, de la verdad y de la belleza toma un impulso ascendente que se mantendrá hasta ser tentado por los anzuelos de la utilidad o quedar fatigado por el cansancio. Entonces los caminos del ver se bifurcan -o a veces se entremezclan -, y unos ven únicamente la utilidad de las cosas y otros tan sólo la belleza. De cualquier forma, ese empuje continuo de la juventud por remontar las fuentes siempre me ha dejado asombrado y uno procura, en su pequeña medida, responder alentando y manteniendo cada vez más vivo ese entusiasmo por el asombro”.

«Recuerdo las frases de Kafka paseando por Praga con su amigo Janouch. Decía Kafka: «La juventud es feliz porque posee la capacidad de ver la belleza. Es al perder esta capacidad cuando comienza el penoso envejecimiento, la decadencia, la infelicidad». Janouch le preguntó: «¿Entonces la vejez excluye toda posibilidad de felicidad?»  Y Kafka respondió: «No. La felicidad excluye a la vejez. Quien conserva la capacidad de ver la belleza no envejece«.

(J.J. Perlado: «Diálogos con la cultura», págs 316-317)

(Publicado este texto en Mi Siglo hace tres años, lo recupero hoy nuevamente porque es lo que siempre pienso sobre la juventud)

(Imagen: Marc Chagall.- Lunaria.-1967.- colección privada)

SOÑÉ QUE ERA UNA MARIPOSA

«Soñé que era una mariposa. Volaba en el jardín de rama en rama. Sólo tenía conciencia de mi existencia de mariposa y no la tenía de mi personalidad de hombre. Desperté. Y ahora no sé si soñaba que era una mariposa o si soy una mariposa que sueña que es Chuang-tse«.

Chuang-tse«Sueño y realidad«.- (autor chino.-siglo lV antes de Cristo)

(Imágenes:- 1.- Odilon Redon.- mariposas.-1913.-bellswithin/ 2.-mariposas.- Gordon Beningfield.–Burlington Paintings.- Londres)

ESTRELLAS ERRANTES

«Una, dos, tres estrellas, veinte, ciento,

mil, un millón, millares de millares,

¡válgame Dios, que tienen mis pesares

su retrato en el alto firmamento!

Tú, Norte, siempre firme en un asiento,

a mi fe será bien que te compares;

tú, Bocina, con vueltas circulares,

y todas a un nivel, con mi tormento.

Las estrellas errantes son mis dichas,

las siempre fijas son los males míos,

los luceros los ojos que yo adoro,

las nubes, en su efecto, mis desdichas,

que lloviendo, crecer hacen los ríos,

como yo con las lágrimas que lloro».

Diego de Silva y Mendoza, conde de Salinas.- (1564 – 1630)

(Imágenes: 1.-foto Shalginandrey.-Dreamstime com/ 2.- lluvia de estrellas)