LA A. DE RUBÉN DARÍO

 

Darío- bgt- Rubén Darío escultura de Edith Gron- wikipedia

 

 

«La Habana aclamaba a Ana, la dama más agarbada, más afamada. Amaba a Ana Blas, galán asaz cabal. Ya pasaban largas albas para Ana, para Blas, mas nada alcanzaban. Casar trataban, mas hallaban avaras a las hadas, para dar grata andanza a tal plan.

La plaza llamada Armas, daba casa a la dama; Blas la hablaba cada mañana, mas la mamá, llamada Marta Albar, nada alcanzaba. La tal mamá trataba jamás casar a Ana hasta hallar gran galán, casa alta, ancha arca para apañar larga plata.

Ana alzaba la cama al aclarar. Blas la hallaba ya parada a la bajada. Las gradas callaban las alharacas adaptadas a almas tan abrasadas. Allá, halagadas faz a faz, pactaban hasta la parca amar Blas a Ana, Ana a Blas. ¡Ah! ¡ráfagas claras bajadas a las almas arrastrada a amar!

 

 

Darío- boi- Rubén Darío- firma- David Torres Costales- wikipedia

 

Pasaban las añadas. Acabada la marcada para dar Blas a Ana las sagradas arras, trataban hablar a Marta, hablar al abad, abastar saya, manta, sábanas, cama, alhajar casa, ¡nada faltaba par andar al altar! Mas la mañana marcada, trata Marta ¡mala andanza! pasar a Santa Clara al alba, para clamar a la Santa adaptada al galán para Ana. Agarrada bajaba ya las gradas; mas ¡caramba! halla a Ana abrazada a Blas cara a cara. ¡Ah», nada basta para trazar la zambra armada. Marta araña a Ana, tal arañan las gatas a las ratas; Blas la ampara; para parar las brazadas a Marta, agárrala la saya. Marta lanza las palabras más mala a más alta garganta. Al azar pasan atalayas, alarmadas a tal algazara – ¡acá!, ¡acá!, ¡atrapad al rapaz! – Van a la casa: Blas arranca tablas a las gradas para lanzar a la armada; mas nada hará para tantas armas blancas. Clama, apalabra, aclara, ¡vanas palabras! nada alcanza. Amarra a Blas, Marta manda a Ana a Santa Clara; Blas va a la cabaña, ¡Ah! ¡Mañana falta!

¡Bárbara Marta! ¿Trataba alcanzar paz a Ana? ¡Ca!, ¡matarla! tal trataba la malvada Marta. Ana, cada alba, amaba más a Blas.

(…)

Rubén Darío.- «Cuentos y crónicas»

(pequeño recuerdo en el centenario de su muerte)

 

Darío- rec- Rubén Darío- paseo de los poetas- Rosedal de Palermo- Buenos Aires- wikipedia

 

(Imágenes.-Rubén Darío- escultura de Edith Gron- wikipedia/ 2.- firma de Rubén- David Torres Costales- wikipedia/ 3-paseo de los poetas- Rosedal de Palermo- Buenos Aires- Wikipedia)

 

NIEBLA

 

ciudades.-7juuj.- Londres.-21 enero 1939-foto Kurt Hutton.-Images Picture Post.-Getty

 

«La niebla es cómoda. Transforma la ciudad en una enorme bombonería. La niebla une e invita a la vida doméstica. El amor queda también favorecido por la niebla, encerrado y tibiamente humano (…) En la niebla pasan mujeres y jovencitas bajo sus capuchas. Un aliento ligero flota en torno a sus narices y a su boca apenas cerrada. Los ojos brillan bajo los sombreros. ¿Ha llegado el tiempo de las noches danzantes? ¡ Yo te conozco bonita máscara! Seguir a esas máscaras hasta las habitaciones, encontrarse con ellas ante los prolongados espejos de un salón, entre los muebles «graves» que hacen familia, mientras que la niebla fuera presiona contra la ventana y, discreta, silenciosa, protege el espacio.

Se comprende por qué en el Norte la voluntad de vivir es tan fuerte. La muerte también es menos brutal en las ciudades con niebla, ella que suele ser tan cruel en las ciudades con sol».

Alberto Savinio.- «Ciudad, escucho tu corazón» (1944)

 

ciudades.-ttynn.-Nueva York en la niebla.-Mike Dillingham

 

(Imágenes.- 1.- Kurt Hutton– Londres, enero 1939- images. picture-post. getty/ 2.-Mike Dillingham. Nueva York

CELA, 1967

 

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«La gente cree – me decía Cela en 1967 – que el libro más político que yo he escrito es La Colmena. Probablemente el libro más político que yo he escrito es La familia de Pascual Duarte. Ahora, también es probable que lo que yo entiendo por política no sea lo que los políticos llaman política, esto también es posible. Yo creo que éste es mi libro más político; Pascual Duarte, el bárbaro, el pobre criminal que es ajusticiado; en realidad, en él, la sociedad sanciona sus propias culpa, no las de Pascual, sino los de la sociedad misma; el hombre acorralado, el hombre acosado, el hombre sin una formación que no recibió porque no se la dieron, claro; esto es evidente. Uno es hijo de su tiempo, aunque no lo quiera; muchas veces, uno, implícitamente, dice o deja entrever cosas pero no lo hace de una manera deliberada. Ahora bien, el interés por mis contemporáneos creo que está demostrado, por ejemplo, en La Colmena y en La familia de Pascual Duarte».

 

Cela-ybbu- abc es

 

(La conversación fue de gran interés. Cela vivía ya para entonces en Mallorca pero seguía teniendo aquella casa en Madrid, en Ríos Rosas, 54, donde charlamos. Me abrió él mismo la puerta y me hizo pasar y esperar en un cuarto mientras terminaba de atender a una periodista. Siempre he dicho que había muchos Camilos dentro del mismo Cela: aquel bronco que yo oía a través del tabique, un Camilo empedrado de vocablos agrietados de improperios, y el otro Cela que habló conmigo. Comenzamos los dos solos, pero al final se nos uniría Charo, la que entonces era su mujer, para tomar un café los tres. La cordialidad de Cela conmigo se unió a su generosidad. Al final del diálogo me dijo: «Le enviaré a usted un libro dedicado». Hombre de gran memoria, no lo olvidó. Pocos días después recibí desde Mallorca un ejemplar numerado y dedicado de Fábula de gavillas sin amor, con las ilustraciones de Picasso)

 

Cela-nuii- eldiario es

 

«Yo me siento influido – me dijo Cela en otro momento de la conversación al hablar de las influencias en su estilo – por todo aquel que cogió la pluma antes que yo en lengua castellana. Yo creo que la literatura es una carrera de relevos, una carrera de antorchas: en ningún caso producto de la generación espontánea. Por otra parte, yo soy hombre de lecturas, y he procurado no hacer literatura sobre literatura. Los clásicos, los siglos XVl y XVll españoles, y después la generación del 98, han tenido en mí una manifiesta presencia. De la que yo, naturalmente, no sólo no estoy avergonzado sino que estoy muy orgulloso. Y de extranjeros, probablemente. Por ejemplo, yo tardé en leer a Stendhal y Balzac; sin embargo, Dickens lo leí muy joven, y Dostoievski también. Yo creo que todo eso está presente en mi obra literaria. Después, a medida que yo fui madurando, probablemente fueron quedando menos perceptibles estas influencias, y apareció una influencia de ambiente que yo fui captando poco a poco por los muchos viajes que hice por España, donde me di cuenta de que en el diccionario español, faltaban muchísimas voces vivas en castellano que usan los campesinos de Segovia, por ejemplo, los de Ciudad Real… Formas, que en ningún caso deben entenderse como arcaicas desde el momento en que están vivas, desde el momento en que la gente las usa; muchas, no aparecen en el Diccionario; yo he procurado incorporarlas en algunos libros míos: esto se puede ver por ejemplo en Judíos, Moros y Cristianos…»

 

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«He intentado reflejar la España de nuestro tiempo, siempre. El costumbrismo, no. El costumbrismo no es más que un ingrediente, a m juicio. Si uno se queda en el mero costumbrismo, pues la obra, claro, tiene menos interés, no sé si menos valor. Ahora bien, el reflejo inmediato de la realidad, sí. Y siempre con un trasfondo moral. Yo creo que la labor del escritor es la de fiscal de la sociedad que le tocó vivir y del tiempo que le tocó vivir».

(Pequeños recuerdos en el año en que se conmemora su nacimiento)

(Imágenes.-1.-Cela-retrato de Luis Mosquera/ 2 y 4- Cela- ABC es/ 3.- Cela y José Hierro- eldiario es)

CONSTRUIR, FUNDAR BIBLIOTECAS

 

libros.-56oiu.-el color de la granada.-dirigida por Sergei Parajanov.-1968

 

«Construir es colaborar con la tierra, imprimir una marca humana en un paisaje que se modificará así para siempre; es también contribuir a ese lento cambio que constituye la vida de la ciudades (…) Fundar bibliotecas equivalía a construir graneros públicos, amasar reservas para un invierno del espíritu que, a juzgar por ciertas señales y a mi pesar, veo venir. He reconstruido mucho, pues ello significa colaborar con el tiempo en su forma pasada, aprehendiendo o modificando su espíritu,, sirviéndole de relevo hacia un más lejano futuro; es volver a encontrar bajo las piedras el secreto de las fuentes. Nuestra vida es breve; hablamos sin cesar de los siglos que preceden o siguen al nuestro, como si nos fueran totalmente extranjeros; y sin embargo llegaba a tocarlos en mis juegos con la piedra».

Marguerite Yourcenar.- «Memorias de Adriano»

 

lectura-nbu-libros- Gerrit Dou

 

(Imágenes.- 1.- «El color de las granadas»-Sergei Parajanov– 1968/ 2.- Guerrit Dou)

VIAJES POR ESPAÑA (9) : SORIA Y MACHADO

Soria-reb- ermita de San Saturio, a orillas del Duero- wikipedia

 

«Que Soria, aislada, pobre, con su clima duro y a trasmano de las rutas importantes – escribía Dionisio Ridruejo en sus guías viajeras -, haya llegado a ser imagen familiar para los hombres de lectura se debe sobre todo a la peripecia biográfica de un gran poeta que vino a ella en los años de su primera madurez, amó, sufrió y encontró en sus paisajes el tema conveniente a su talante espiritual. Hoy se habla de la Soria de Machado más que de la Soria numantina, mito nacional indudable y que bastaría para explicar la atención de un cierto gremio de estudiosos. Si Soria es, sobre todo, la de Machado ello no sucede sólo por la mayor genialidad de nuestro poeta preferido, sino porque el sujeto se ajustaba bien a la óptica del contemplador, que era la dominante en un tiempo de crisis y esperanza. Por eso la imagen de Machado es ambigua. Su criticismo progresista, su patriotismo crítico, le llevará a convertir a Soria

 

Soria- bgu- Antonio Machado y Leonor- paradas es

 

en el paradigma extremo de la España menoscabada, sumergida bajo un pasado altisonante y debatiéndose por romper «hacia la vida» con la pesadumbre de sus tierras desnudas y de su resignación, tan mineral como la entraña de los páramos. Por otra parte, su intimismo de raíz idealista le llevará a la complacencia estética que la pena de amor y de ausencia dejará en su última depuración. Vista con uno de los focos, Soria será aislamiento, lucha casi imposible con los rigores del medio, postración consolada por la dignidad, esperanza de poco sostén y mucha intemperie. Vista con el otro, Soria será el paisaje subjetivable por excelencia, el paisaje-alma, con belleza que

 

Soria-unnhy- palacio de los Condes de Gómara- siglo diecisiete- wikipedia

 

apenas pide ayuda a los sentidos, impresionándonos desde la propia imaginación con el hayedo en el pinar, las hojitas del olmo o la mariposa del zarzal florido. Ni siquiera la referencia monumental le hace falta a Machado. La ciudad es «decrépita» y «bella bajo la luna». La sociedad es puramente tácita, mientras el paisaje más explícito va fundido a la tierra con algunos excesos de sombra. El alto llano con sus colinas próximas y sus montañas lejanas que tienen los colores del sentimiento – plateadas, cárdenas, azules, violeta, rosa – era lo suficiente».

 

Soria-nuuhn- ermita de la Virgen del Mirón- wikipedia

 

(Imágenes.- 1.- Soria: ermita de San Saturio, a orillas del Duero- Wikipedia/2- Antonio Machado y Leonor/ 3.-palacio de los Condes de Gomara – siglo XVl- Wikipedia/ 4.- ermita de la Virgen del Mirón- Wikipedia)

LAS ROSAS Y SAINT- EXUPERY

»

flores-nnbbt-Henri Fantin- Latour- rosas

 

«—Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.

El principito se fue a ver las rosas:

—No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

Las rosas se sentían molestas :

—Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por vosotras. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mi rosa es igual que cualquiera de las vuestras.. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.

Y volvió con el zorro.

—Adiós —le dijo.

—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : únicamente con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.

—Lo esencial es invisible para los ojos —repitió el principito para acordarse.

—Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.

—Es el tiempo que yo he perdido con ella… —repitió el principito para recordarlo.

—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa…

—Yo soy responsable de mi rosa… —repitió el principito a fin de recordarlo».

Antoine de Saint- Exupery«El principito»

 

flores.-tttbn.-rosas.-Nancy Guzik

 

(Imágenes.- 1.- Henri Fantin- Latour/ 2.-Nancy Guzik)

COLOQUIO SOBRE EL AGUA (1)

 

objetos-nhhu- vaso- Aldo Calabresi

 

«El presidente de la mesa abrió el Coloquio aquella mañana. Extendió la mano hacia el profesor Osamu Saito invitándole con amabilidad.

–Profesor Saito –le dijo–, si le parece podemos comenzar. El público está expectante.

El profesor Saito desplazó su quimono de seda amarilla del respaldo de su asiento, miró al presidente con ojos diminutos tras sus lentes redondos, y agradeció la deferencia con una inclinación de cabeza. Luego giró hacia la derecha, se situó en línea recta con el profesor Virgilio Virgili, hizo otra inclinación de cabeza y dijo con una sonrisa:

–Ante todo, quiero manifestar mi satisfacción por encontrarme aquí, ante una autoridad como la del profesor Virgili, y agradecer que se me permita exponer unas afirmaciones que son el resultado de muchos años de trabajo.

El profesor Virgilio Virgili acarició su barba blanca y aprovechó la pausa para intervenir muy cortésmente.

–Antes de que continúe usted, profesor Saito, decirle que es halagador escuchar sus palabras, profesor, porque yo soy lector ferviente de todas sus publicaciones, y me sumo al unánime reconocimiento de su prestigio internacional. Estoy seguro de que su intervención va a esclarecer mucho el tema que vamos a tratar aquí.

Luego se volvió hacia el presidente de la mesa:

–Aprovecho también estos primeros minutos para testimoniarle a usted, doctor Pavletic, que dirige este Coloquio, mi congratulación por la oportunidad que me brinda al poder debatir en este foro cuestiones sin duda apasionantes y que van a ser, estoy convencido, de un enorme interés.

Desde lo alto de su estrado, el presidente Pavletic se inclinó ante el micrófono:

–Perdón. Antes de que los dos prosigan, y para no interrumpirles más tarde y dejarles completamente libres en su diálogo, deseo devolverle su amable cumplido, profesor Virgili. Es esta Casa la que se siente honrada al tener hoy dos personalidades como ustedes, que tan amablemente han aceptado nuestra invitación. Si les parece, podemos comenzar.

El profesor Osamu Saito miró al presidente e hizo un leve gesto señalando la jarra de agua vacía sobre su mesa.

–Si se me permite sugerir… –indicó con una sonrisa, aludiendo a que le llenaran la jarra vacía.

El presidente Pavletic enarcó las cejas y tocó brevemente la campanilla. Cirili, el conserje, se acercó, y el presidente le susurró al oído:

Cirili, si hace usted el favor, sírvale agua en la jarra al profesor Saito, porque parece que se han olvidado de ponerla.

–Sí, señor presidente.

Cirili se acercó a la mesa de Osamu Saito.

–Perdone, profesor, que le moleste: ¿usted prefiere agua natural, o desea alguna marca especial?

–No le he entendido muy bien –murmuró en japonés Osamu Saito volviéndose hacia atrás, hacia Duyot, el intérprete.

Duyot, el intérprete, que estaba detrás de Saito, adelantó un poco su silla y se colocó junto a la nuca del japonés.

–Profesor Saito –le tradujo en voz muy queda–: le están preguntando si desea alguna marca especial de agua o prefiere agua natural.

–¿Hay agua mineral nacional? –le preguntó el profesor Saito en japonés a Duyot.

Philippe Duyot se dirigió a Cirili en el idioma del conserje.

–¿Hay agua mineral nacional? El profesor Saito desea saberlo. ¿Qué marcas tienen?

El conserje enumeró las marcas de agua. Duyot se las repitió a Osamu Saito, y el japonés escogió una.

–Gracias, profesor –dijo el conserje solícito–. Ahora mismo le traigo el agua.

 

objetos-nnbb-vaso- Laura Smith

 

–Cuando quieran entonces, podemos comenzar –dijo el presidente.

El profesor Virgilio Virgili miró al presidente, miró también al profesor Saito, y pareció dudar.

–Perdón, señor presidente, pero querría hacer una salvedad antes de comenzar la discusión, porque desconozco el protocolo. Mi pregunta es doble: ¿tenemos el tiempo fijado para cada intervención, y en ese caso, cuál es ese tiempo? Y mi segunda pregunta es la siguiente: ¿hay establecido algún orden para comenzar el debate? Lamento, señor presidente –sonrió–, plantearle ya desde ahora cuestiones de procedimiento, pero creo que si conocemos ya de antemano las reglas por las cuales hemos de guiarnos, la discusión podrá ser más fluida y no habrá riesgos de fricciones estériles. Al menos, por mi parte. No sé si con esto me estoy adelantando en algo al profesor Saito –terminó mirando al japonés.

El profesor Osamu Saito cruzó las mangas de su quimono amarillo, inclinándose hacia delante.

–En absoluto, profesor Virgili –sonrió–. Y me alegro de que sea usted el que expone con claridad esta observación, porque precisamente iba a proponerles yo eso mismo en este momento, en favor de lo que, muy bien señalado por usted, debe ser la fluidez en el contraste de pareceres. Me permito añadir que en cada Congreso al que he asistido ha sido lamentable el desorden, o quizá el desconocimiento de unas normas preestablecidas, lo que al final ha perjudicado el debate.

–Profesor Saito –le interrumpió Virgilio Virgili–, acaba usted de referirse a Congresos de modo explícito, y no sé si yo me atrevería a definir este encuentro nuestro como Congreso. Yo propondría a su consideración, profesor, como terminología básica y para poder entendernos esta mañana, la palabra debate. Simplemente debate. Sobre eso sí que creo que podremos edificar –se volvió hacia el presidente Pavletic–. No sé si está de acuerdo con esto, señor Presidente.

Lajos Pavletic separó ligeramente su espalda del respaldo de su alta silla y jugueteó con un lápiz entre los dedos.

–Eso es una cuestión de ustedes. Yo como presidente estoy abierto a cualquier terminología siempre que les facilite a ustedes las cosas. Creo que el tema que les ha traído hoy aquí es tan apasionante y puede tener tales repercusiones, que fijar con excesiva rigidez unos sistemas previos nos llevaría a una pérdida de tiempo. Sí, en cambio, me disculpo ante usted, profesor Virgili, por no haberle recordado antes el tiempo de que disponen. Cada uno de ustedes puede hacer uso de diez minutos para cada intervención, rogándoles no los sobrepasen, para así poder cumplir con holgura el programa trazado. No olviden –sonrió– que tenemos luego un almuerzo, almuerzo que es el que tradicionalmente celebramos como Institución –se volvió a apoyar en el respaldo de la silla–. Cuando quieran, señores, pueden comenzar.

–Voy a tomar entonces una palabra pronunciada por el profesor Osamu Saito, la palabra «desorden», para iniciar yo mi declaración –comenzó Virgilio Virgili–. Aunque realmente, no sé, en verdad, si yo estoy en el uso de la palabra, es decir –añadió buscando la aquiescencia del presidente–, si yo soy el que debe comenzar. Mi pregunta es, señor presidente: ¿debo comenzar yo, o es el profesor Saito el que debe empezar?. Esa cuestión pienso que no ha quedado suficientemente aclarada.

Lajos Pavletic se separó un poco de su silla.

–Indistintamente –dijo inclinándose. Y se volvió a echar para atrás.

–No he entendido bien –murmuró en japonés Osamu Saito buscando a Duyot, el intérprete.

Duyot acercó sus labios al oído del profesor Saito.

–Profesor Saito –susurró en japonés–, el presidente dice que «indistintamente», es decir que es indiferente que empiece uno u otro el debate. Que es lo mismo que comience uno u otro –le repitió.

–Muchas gracias –le contestó Saito al intérprete haciendo una inclinación de cabeza–. Entonces prefiero que el turno de intervenciones comience por el profesor Virgili. Me parece más correcto. ¿Es usted tan amable de traducirlo?

Duyot se dirigió a Pavletic:

–El profesor Saito prefiere que el turno de intervenciones empiece por el profesor Virgili, señor presidente.

Lajos Pavletic separó su espalda de la silla y se echó un poco hacia delante:

–De acuerdo. Muchas gracias, profesor Saito –luego miró hacia donde estaba Virgilio Virgili y extendió su mano con amabilidad–. Tiene usted la palabra, profesor Virgili. Cuando usted quiera.

Cirili, el conserje, atravesó por delante del profesor Virgili llevando en una bandeja una botella de agua mineral colocada en un plato, y a su lado un vaso vacío y una pequeña servilleta. Al llegar a la altura del presidente se detuvo, giró para mirar a la presidencia, hizo una inclinación de cabeza y siguió andando hasta llegar al sitio del profesor Saito.

–Muchas gracias –le murmuró en japonés el profesor Saito dirigiéndose al conserje.

El conserje depositó la bandeja en un extremo de la mesa de Saito, saludó con la cabeza al japonés y atravesó de nuevo la sala.

 

agua-unnh-Jean-Michel Folon

 

El profesor Virgili aguardó a comenzar su intervención a que saliera definitiva­mente el conserje y cerrara la puerta.

Lajos Pavletic levantó, sin embargo, su mano en el aire, hizo un gesto para que no comenzara aún Virgilio Virgili e irguiéndose en su sillón de presidente y elevando la voz, llamó al conserje

–¡Cirili!

Al haber desaparecido el conserje y quedar entreabierta una rendija de la puerta, el presidente Pavletic hizo sonar entre sus dedos la campanilla.

¡Cirili! –volvió a llamar repiqueteando con la campanilla– ¡¡Cirili!!

La hoja de la puerta se entreabrió un poco más y apareció en el umbral el conserje.

–Dígame, señor presidente.

Cirili, por favor –le dijo Pavletic en voz alta– ¿Sería usted tan amable de cerrar por completo la puerta?

–Sí, señor presidente.

–¡Ah! –prosiguió Lajos Pavletic– Y que a partir de ahora, nadie nos moleste. Vamos a empezar la sesión.

–Sí, señor presidente –Y el conserje dudó–: Hay más público afuera, señor presidente, que desea entrar. ¿Le indico que espere?

Como el profesor Osamu Saito había girado totalmente su quimono de seda amarilla para poder seguir mejor el diálogo entre el presidente y el conserje, y como el profesor Virgilio Virgili estaba también atento a aquella conversación, el presidente prefirió pedirles su opinión, a los dos.

–Aun a riesgo de que nos entretengamos algún segundo más, señores, como ustedes son los protagonistas y no yo, mi pregunta ahora va a ser muy escueta: me anuncia el conserje que se encuentra más público aguardando para entrar en la sala y asistir al debate. ¿Prefieren ustedes que entre ahora ese público o desean que espere hasta la primera pausa o receso que hagamos? Quizá prefieran que aguarden, ya que llevamos algo de retraso. Pero no quiero influirles. Ustedes tienen la palabra».

José Julio Perlado.- «Coloquio sobre el agua»- (del libro «Caligrafía, de próxima aparición) (relato inédito)

 

figuras-rvvv-pájaros- Tony Pinkevich

 

(Imágenes.- 1.-Aldo Calabresi/ 2.- Laura Smith/ 3.-Jean Michel Folon/ 4.- Tony Pinkevich)

COLOQUIO SOBRE EL AGUA ( y 2)

 

figuras-aldf- Elise Schierbeek- dosmil trece

 

–Por mi parte, señor presidente, dijo Virgilio Virgili,  yo preferiría no ser interrumpido ahora por una mayor afluencia de público, con el consiguiente retraso que ello supondría para todos. Sin embargo, como creo que esto es una simple cuestión de procedimiento, me permito insinuar que entra dentro de las atribuciones de la Presidencia y –sonrió– a ella me remito. No sé lo que pensará mi ilustre colega, el profesor Saito, pero, en este caso, y teniendo en cuenta el tiempo que ya estamos consumiendo, lo que el presidente decida creo que estará bien decidido.

Lajos Pavletic agradeció satisfecho las palabras de Virgilio Virgili e hizo sonar de nuevo la campanilla mirando al conserje que esperaba con su mano sobre el pomo de la puerta.

–¡Cirili! –le ordenó con solemnidad el presidente –¡Cierre bien esa puerta, que vamos a comenzar! ¡Al público que aguarda, indíquele que deberá esperar a la primera pausa que se abra en este Coloquio! ¡Y por favor, que no nos interrumpan!

–Sí, señor presidente –dijo respetuosamente el conserje y cerró por completo la puerta.

–¡Bien, señores! –exclamó el presidente Pavletic echándose hacia atrás en el sillón– ¡Cuando ustedes quieran! Mejor dicho –rectificó mirando a Virgilio Virgili–, cuando usted lo desee, profesor Virgili, porque es usted quien tiene la palabra.

Virgilio Virgili adelantó su cuerpo en la silla y comenzó:

–Gracias, señor presidente –Luego se giró levemente hacia la derecha– Gracias también a usted, profesor Osamu Saito, pues me permite iniciar esta sesión. Bien. Iré directamente al fondo de la cuestión, o al menos procuraré intentarlo. Confieso, profesor Saito –dijo mirando al japonés–, que yo traía para este Coloquio un discurso o ponencia muy preparado y que aún tengo aquí, encima de la mesa, como usted puede ver. En principio, me disponía a leer ese discurso. Sin embargo, cuando yo le he visto hace un momento, profesor Saito, recordarle al presidente que le sirvieran agua, me he dicho de inmediato: esto es que el profesor Saito se dispone a proponernos, o a presentarnos, una de esas aportaciones suyas en las que él es un renombrado especialista. Todos quienes le seguimos (y me incluyo humildemente entre ellos) conocemos esos hallazgos singulares, profesor Saito, que usted periódicamente nos ofrece en las revistas científicas. Mi pregunta es: ¿nos va a sorprender quizá, profesor Saito, en esta sesión con una aportación nueva sobre el tema del agua? ¿Me equivoco tal vez al suponer esperanzado que va a ser así? Solamente eso –y se echó para atrás con una amable sonrisa mirando fijamente al japonés–. Muchas gracias.

Osamu Saito dejó caer hacia los lados las anchas mangas de su quimono de seda amarilla, observó atentamente tras sus redondas lentes a su colega Virgili, sonrió enigmático y contestó:

–Son muy halagadoras para mí, profesor Virgili, sus palabras y quiero reiterarle mi agradecimiento por los inmerecidos elogios que usted me dedica. Pero de todos es conocido en los foros internacionales su exceso de amabilidad y su exquisita benevolencia en sus juicios, que le hacen a veces sobrepasar los límites.

 

figuras.-567jj.- Stanton Macdonald - Wright.- Oriental.- 1918.- Raíces de Madonald -Wright

 

El presidente Pavletic se inclinó ante el micrófono.

–Perdón, profesor Saito –le interrumpió.

–Sí, señor presidente –respondió el japonés mirando a Pavletic.

–Nada más recordarle, profesor Saito, que hemos establecido un turno riguroso de intervenciones, y que en cada una de esas intervenciones debe respetarse el tiempo, tiempo que no debe sobrepasar los diez minutos. Perdón de nuevo, profesor Saito –sonrió– por este recordatorio o aclaración, pero es un procedimiento que nosotros mismos hemos acordado y que nos lleva a mantener un orden para que discurra con más fluidez el Coloquio. La palabra la sigue teniendo el profesor Virgili que no ha consumido su turno.

Osamu Saito hizo una inclinación de cabeza.

–De acuerdo, señor presidente. Muchas gracias.

Lajos Pavletic giró y miró a Virgilio Virgili extendiendo su mano en el aire.

–Entonces, profesor Virgili, puede usted proseguir cuando quiera, ya que está en el uso de la palabra. Le recuerdo que es usted quien ha abierto el turno de intervenciones –se echó hacia atrás en el sillón–. Cuando usted quiera, pues, profesor Virgili.

El profesor Virgili miró a Lajos Pavletic.

–Gracias, señor presidente.

Luego se volvió ligeramente hacia el japonés.

–Bien, profesor Saito. Le decía antes de que amablemente nos interrumpiera el presidente Pavletic para encauzar y ordenar este Coloquio. Por cierto, ordenación y encauzamiento que, permítame señor presidente –dijo volviendo a mirar a Pavletic– es un modelo de rigor, y por ello deseo felicitarle. ¿Puedo? –sonrió– ¿Me permite que le felicite, presidente Pavletic?

Lajos Pavletic se adelantó un poco en su sillón y lo agradeció con una inclinación.

–Gracias, profesor Virgili. Muy reconocido a sus palabras. Puede continuar.

 

figuras.-evgg.-William Morris

 

Osamu Saito se recostó cerca del intérprete Duyot para que le tradujera al japonés el diálogo que estaban manteniendo Pavletic y Virgili, Duyot lo hizo velozmente inclinado en el oído de Saito y entonces el japonés se echó un poco hacia adelante con su quimono y tosió.

Lajos Pavletic se acercó al micrófono y miró a Osamu Saito.

–¿Sí, profesor Saito? –inquirió aguardando con gran interés.

Osamu Saito cruzó las mangas de su quimono de seda amarilla.

–Perdón, señor presidente. Aunque sé que yo no estoy en el uso de la palabra, acaban de traducirme la felicitación que mi colega Virgili ha dirigido a esta Presiden­cia, y adelantándome a la declaración que luego haré, quiero unirme también a dicha felicitación, puesto que me parece de absoluta justicia reconocer la forma impecable como esta Presidencia está llevando adelante este Coloquio.

Pavletic sonrió muy agradecido.

–Muy amable, profesor Saito –musitó, y se echó hacia atrás en el sillón mirando a Virgili– Profesor Virgili, puede proseguir cuando quiera.

Virgilio Virgili giró hacia la izquierda, se colocó en línea recta con el japonés y acariciando su barba blanca continuó:

–Yo no sé, profesor Saito, si ya que estamos de acuerdo como asistentes a este Debate en felicitar ambos al Presidente, no podría figurar ya esta resolución en las Actas. ¿A usted qué le parece?

El profesor Saito miró a Pavletic.

–Yo no me atrevo, señor Presidente, a proponer nada aún sobre este aspecto para que figure en las Actas, sin conocer su opinión, señor Presidente.

Lajos Pavletic se acercó al micrófono.

–¿Se refiere usted, profesor Saito, a la felicitación a esta Presidencia?

–Sí, señor presidente –respondió Osamu Saito–. A que figure en las Actas.

Pavletic se echó hacia atrás en el respaldo del sillón.

–Esta Presidencia prefiere que esa cuestión se debata al final. Conviene que prosiga el Coloquio. Sigue teniendo usted la palabra, profesor Virgili.

 

figuras.-55gn.-Ken Resen

 

Virgilio Virgili se situó frente a frente al japonés.

-Lo primero que deseo decirle, profesor Saito, y perdóneme que avance en esto tan directamente puesto que aún no hemos entrado en el auténtico Coloquio, es si usted, como especialista en la materia, va a utilizar en su intervención su lengua original o bien va a escoger otra lengua.

Como el profesor Virgili hizo una larga pausa y se quedó observando a Osamu Saito, éste miró a su vez hacia el Presidente y pareció dudar.

-¿Puedo, señor Presidente…? –preguntó a Pavletic con timidez.

Lajos Pavletic se inclinó hacia adelante.

-Profesor Saito, aunque usted realmente no se encuentra ahora en el uso de la palabra, entiendo que muy bien pueda intervenir. Sin que sirva de precedente, permítame que yo le ayude, si no tiene inconveniente –comentó muy amable. Y se giró luego hacia Virgilio Virgili–: Profesor Virgili, discúlpeme: esta observación que acaba usted de hacerle al profesor Saito, ¿supone una pregunta? Porque quizá para el profesor Saito no ha quedado suficientemente claro si es interrogación o no. Es decir, ¿desea usted que el profesor Saito le conteste ahora, o bien sus palabras son un mero comentario?

Virgilio Virgili asintió con la cabeza y dio muestras de querer especificarlo.

-Sí. Es una pregunta, señor Presidente –murmuró decidido.

Pavletic se volvió hacia Osamu Saito.

-Ya lo ha oído usted, profesor Saito: es una pregunta. Entonces, cuando usted quiera puede tener la amabilidad de contestar -y se echó hacia atrás en el sillón.

Osamu Saito movió un poco su quimono de seda amarilla y miró con ojos diminutos tras sus lentes redondos a Virgilio Virgili.

-Me halaga su interés ya desde el principio, profesor Virgili, por cuestiones, llamémoslas así, específicamente técnicas. O quizá mejor, podríamos decir, bastante más concretas de las que hemos tratado hasta ahora. Le responderé con mucho gusto a lo que usted me pide. La palabra que yo voy a utilizar a lo largo de este Coloquio he decidido que sea una palabra determinada: la palabra mizu, es decir, agua en japonés. He dudado mucho, se lo confieso profesor Virgili, si emplear, quizá por deferencia hacia su persona (usted sabe muy bien los vínculos que nos unen aunque sea únicamente por colaborar ambos en Water International o cuando mantenemos nuestra correspondencia a través de Scientific American); pues bien, como le digo, he dudado durante largo tiempo, en los meses de preparación para este Coloquio, si emplear la lengua japonesa para el tema que hoy nos ocupa, es decir, si usar concretamente la expresión mizu que, como usted sabe, significa agua en japonés, o bien (y aquí estaba mi duda), si inclinarme en cambio por otra expresión, la que corresponde precisamente a su lengua materna, profesor Virgili, es decir, el húngaro. Y entonces, en ese caso, si hablar de víz, palabra que corresponde –corríjame si me equivoco– a agua en húngaro.

El profesor Virgili se removió en su asiento y sonrió muy halagado:

-Le agradezco muy sinceramente esa duda y esa deferencia suya ‑se atrevió a decir.

-Y bien ‑prosiguió Osamu Saito colocándose mejor las mangas de su quimono e inclinándose más en la mesa‑, al llegar a este punto, es decir, reflexionando todos estos meses de preparación ante tal disyuntiva, he aquí que recibí (como usted seguramente la habrá recibido también), la Comunicación por la que se me informaba de que este importante Coloquio en el que ahora nos encontramos iba a ser brillantemente presidido o moderado por una autoridad de renombre internacional, el doctor Lajos Pavletic, aquí presente ‑y miró al Presidente con afecto.

El Presidente, Lajos Pavletic, al ser aludido, se adelantó un momento hacia el micrófono, pareció que fuera a hablar, hizo una breve inclinación de cabeza, pero se recostó de nuevo en el sillón.

 

figuras-nnyye-Adolph Gottlieb- mil novecientos sesenta y dos

 

-Entonces, profesor Virgili ‑continuó Osamu Saito‑, me planteé yo una pregunta (no sé si usted se la habrá planteado, pero yo sí se la formulo ahora): ¿Seríamos capaces usted y yo, un húngaro y un japonés, de ceder por un momento las preferencias sobre nuestras propias lenguas y adecuarnos a la lengua natal del doctor Pavletic? Al principio, se lo confieso, ante esto no encontraba respuesta. Usted y yo no nos habíamos encontrado en los últimos meses y era difícil sin duda tal comunicación, además de que era una cuestión muy delicada y personal. No cabía entonces más remedio que proponérsela aquí directamente, incluso delante mismo del doctor Pavletic, y aun a riesgo de ser inoportuno o indelicado ‑Hizo una pausa‑. Pero decididamente sí se la propongo ahora: yo pregunto, profesor Virgili, ¿podemos ceder nosotros la expresión mizu, es decir, agua en japonés, y a su vez la expresión víz, que corresponde a agua en húngaro en beneficio de voda, que como usted sabe bien, significa agua en croata? ¿No representaría esto una amable deferencia y un respeto hacia la autoridad croata que hoy nos preside? Piénselo bien. Contésteme sin prisas.

A pesar de que Osamu Saito, recostándose hacia atrás, pareció aguardar ávidamente una respuesta, Virgilio Virgili no dio muestras de querer responder y se hizo un largo silencio tan sólo roto por la breve tos del Presidente.

Lajos Pavletic se acercó al micrófono.

-Perdón, señores. Aunque este es un aspecto que tiene referencia a mi persona y yo no tengo por costumbre interferir en los Coloquios, sí me parece necesario avanzar en el diálogo. Por tanto, profesor Virgili ‑dijo dirigiéndose a él‑, yo le ruego que responda a las palabras del profesor Saito. Es necesario proseguir. No olviden que luego tenemos una comida.

Y se echó hacia atrás en el sillón.

Virgilio Virgili aprovechó la pausa para verter un poco de agua de la jarra en su vaso.

-Me pide usted una contestación, profesor Saito ‑respondió tras verter el agua‑ y con mucho gusto se la doy. Me pregunta usted si, a lo largo de este Coloquio, debemos utilizar, para designar el agua, la palabra mizu, que corresponde a su lengua japonesa, o bien es mejor que nos inclinemos, para entendernos mejor, por el término que en húngaro ‑mi patria‑ designa igualmente al agua, es decir, la palabra víz ‑Hizo una pausa‑ Pero aún dice usted más: dice usted que, valorando la personalidad y el renombre de nuestro Presidente, podríamos reemplazar esas dos formulaciones tan precisas por otra nueva, o bien por otra distinta: la que se refiere a la lengua materna del Presidente Pavletic, es decir, la lengua croata. Sugiere usted emplear el término voda, que como usted ha recordado muy bien, quiere decir agua en croata ‑y aquí hizo una nueva pausa y miró más atentamente al japonés‑. Pues bien, yo le diré algo, profesor Saito. Lo importante es el fondo de nuestro debate, no la terminología que empleemos. Lo importante es que nos estamos ya relacionando usted y yo, que nos estamos exponiendo con toda naturalidad cada uno de nuestros puntos de vista y que estamos estableciendo ‑como en todos los Coloquios‑ un fructífero diálogo. Eso, eso es lo que estamos haciendo en estos momentos. Lo importante es que nos estamos elevando por encima de cuestiones lingüísticas. Mizu, víz o voda podemos usarlas indistintamente: eso es lo accesorio. Es en lo que yo creo. Podemos usar indistintamente las tres fórmulas. Lo importante es el fondo. Pero, profesor, sí me gustaría saber su opinión sobre esto.

Virgilo Virgili se echó hacia atrás esperando una respuesta y Osamu Saito inclinó su quimono también hacia atrás buscando al intérprete.

Duyot, el intérprete, se inclinó hacia adelante y se acercó al oído de Saito:

-Profesor: el profesor Virgili ha dicho que mizu, víz o voda pueden usarse indistintamente, que eso es accesorio, que lo importante es el fondo.

-No le he entendido bien ‑le susurró Saito al intérprete‑ repítamelo otra vez.

El intérprete se acercó aún más al oído de Saito.

-El profesor Virgili ‑repitió Duyot‑ ha dicho que mizu, víz o voda pueden usarse indistintamente, que lo importante es el fondo.

-¿Qué quiere decir “indistintamente”? ‑preguntó Saito en japonés al intérprete.

Duyot, el intérprete, le tranquilizó:

-Indistintamente quiere decir que pueden usarse como se deseen las palabras, profesor Saito, que eso es indiferente.

Osamu Saito se inclinó hacia adelante con su quimono de seda amarilla y tomando su vaso de agua bebió ahora lentamente.

También bebió el profesor Virgili.

También el Presidente.

Luego prosiguió el Coloquio».

José Julio Perlado.- «Coloquio sobre el agua» ( del libro «Caligrafía», de próxima aparición) (relato inédito)

 

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(Imágenes.- 1.-Elise Schierbeek– 2013/ 2.-Stanton McDonald-Wright– 1918/ 3.-William Morris/ 4.- Ken Resen/ 5.- Adolph Gottieb- 1962)

EL POETA ES UN FINGIDOR

 

escritores.-5gyy.-Pessoa.-por Júlio Pomar

 

El poeta es un fingidor.

Finge tan completamente

que hasta finge que es dolor

el dolor que en verdad siente.

Y, en el dolor que han leído,

a leer sus lectores vienen,

no los dos que él ha tenido,

sino sólo el que no tienen.

Y así en la vida se mete,

distrayendo a la razón,

y gira, el tren de juguete

que se llama el corazón».

(…)

Fernando Pessoa.- Autopsicografía

 

escritores.-33c.-Pessoa.- Fernando Pessoa leyendo, a la derecha, con abrigo claro.-elmundo es

 

(Imágenes.- 1.-Pessoa.- por Julio Pomar/ 2.- Pessoa, con abrigo claro, leyendo- elmundo es)

KIMONOS

kimonos- noou- kimono tradicional- wikipedia

 

«A veces, cuando recorría su guardarropa, Shimamura se decía que alguno de sus kimonos de verano estaba confeccionado con casi un siglo de antigüedad. Cada año, enviaba todos sus kimonos a blanquear en la región, con el mismo procedimiento. Era toda una tarea el traslado de aquellas prendas hasta las montañas donde habían sido hilados originariamente, pero a Shimamura le gustaba la idea de que sus kimonos estuvieran en manos tan confiables, extendidos en la nieve al sol hasta eliminar el menor rastro de impureza acumulado durante cada verano. Al ponérselos de nuevo, se sentía él mismo blanqueado de toda impureza. Y de todas maneras, un negocio de Tokio se encargaba de retirarlos, enviarlos a la montaña y traerlos de regreso, impecables y a todas luces sometidos a la manera tradicional.

 

kimonos- nuy- Homongi-wikipedia

 

Desde tiempos inmemoriales había casas dedicadas exclusivamente al blanqueado. Muchas tejedoras preferían no hacerlo. El Chijimi  blanco se tendía directamente sobre la nieve luego de ser hilado; el Chijimi de color era blanqueado en los mismos marcos en los que se lo hilaba. La temporada de blanqueado comenzaba a fines de enero y se extendía hasta fines de febrero, mientras hubiera nieve en los prados de la región.

 

kimono-bre-brigdeman- national geograpic

 

La tela era sumergida durante la noche en agua con lejía y un puñado de ceniza. Por la mañana se la enjuagaba una y otra vez, se la escurría y se la ponía a secar al sol. El proceso se repetía sin variaciones ni desmayos hasta el momento indescriptible en que los rayos del sol comenzaban a tornar el blanco de la seda en rojo sangre. Ese momento señalaba el fin de las tareas invernales y el comienzo de la primavera, según había leído Shimamura en un libro antiguo. Un fenómeno tan desconocido como impactante para los que venían de regiones más cálidas».

Yasunari Kawabata.- «País de nieve»

 

Japón- Kawabata- mil novecientos treinta y ocho- wikipedia

 

(Imágenes.-1 y 2- kimonos- Wikipedia/ 3.- kimono- bridgeman nathional geograpic/ 4.- Kawabata en 1938- Wikipedia)

ROMA Y ETTORE SCOLA

Scola-nhy-gente de Roma- iicbelgrado esterit it

 

«Romadecía Ettore Scola – ambienta las historias de la mayor parte de mis filmes, pero hace mucho tiempo que yo quería hacer un retrato de la ciudad donde el personaje central fuera ella misma, Roma. No sólo como lugar, también como ánima, como mentalidad, como psicología».

«Roma tiene una población con muchísimos defectos como superficialidad, indiferencia, provocación, gusto por la ironía, pero sin el orgullo que tienen los franceses- confesó en «Clarín«, en 2005 -. Si uno en París le hace una crítica a un taxista sobre la ciudad, el taxista se rebela, mientras que en Roma, el romano agrega más cosas sobre Roma. El romano casi no ve a los extranjeros. Sabe que se irán como se fueron en dos mil años todos los extraños que pasaron por Roma desde los bárbaros, los Borbones, los de Anjou, franceses, americanos, liberadores. Saben que pasan y se van, en cambio, el romano se queda».

 

Scola-noo- Una giornata particolares- rbccasting com

 

«Hice una docena de filmes con Marcello, en la mayoría de los cuates yo fui guionista de otros directores. A Marcello lo recuerdo menos como actor que como amigo. Justamente por su naturaleza gentil se adaptaba a los directores. Y casi tomaba el lugar del director como hizo con Fellini. Pero también conmigo verdaderamente se identificaba».

 

Scola-noum- La Familia- pepecine com

 

«Gassman, al igual que Alberto Sordi, tenía una personalidad muy fuerte para conocer y respetar; era muy inteligente, muy dotado. Sus interpretaciones eran fuertes, mientras que las de Marcello eran interpretaciones naturales, psicológicas».

«La familia» ¿es la más autobiográfica de mis películas? La autobiografía no me gusta demasiado. Pero en cada filme están mis orígenes, mis recuerdos, mis experiencias, de ésas no puedo prescindir».

 

Scola-nhu- La sala de baile- densidadneutra wordpress com

 

«La sala de baile», a pesar de ser una película sin palabras, tuve un largo guión  que hice con Scarpelli y con Maccari donde cada personaje debía tener su psicología muy precisa, la misma a través de 50 años de historia, de vida. Entonces escribíamos todo el diálogo, todas las frases que cada personaje debía pensar mientras rodábamos. No las decía porque el filme era mudo. Esos personajes sinópticos son los que cada uno piensa diferente del otro.

(pequeña evocación del director italiano Ettore Scola, que acaba de morir. Descanse en paz)

 

Scola- bre- filmin es

 

(Imágenes.- 1.-Roma- iibelgrado esterit it/ 2.-escena de «Una giornata particolare»/ 3.- «La familia»- pepecine com/ 4.- «La sala de baile»- densidadneutra wordpress/ 5.-Ettore Scola- filmin es)

CHARLIE CHAPLIN

 

cine.-51qa.-Charlie Chaplin

 

«Charlie Chaplin – anota Somerset Maugham en sus «Cuadernos de un escritor» (Península) – es un hombre de aspecto agradable. Sus facciones son agradables, la nariz más bien grande, la boca expresiva y los ojos bonitos. Es tímido. Su acento conserva todavía una reminiscencia del cockney de su primera juventud. Tiene un espíritu bullicioso. Acompañado de personas entre las cuales se encuentra a sus anchas, es capaz de hacer las mil bufonadas. Tiene una inventiva fértil, una vivacidad incansable y el agradable don de la imitación; sin conocer ni el francés ni el español imitará a personas que hablan una u otra de estas lenguas con una minuciosidad humorística que hace el deleite de todo el mundo. Como todo humorismo, depende de una minuciosa observación, y su realismo, con todas sus implicaciones, es trágico, porque sugiere un contacto demasiado estrecho con la pobreza y la sordidez.

 

cine,.rrttbb-,.Charlie Chaplin.-1916

 

(…) Charlie Chaplin lo tiene a uno riendo durante horas enteras y sin el menor esfuerzo; tiene el genio de lo cómico. Su gracia es sencilla, dulce y espontánea. Y, sin embargo, da constantemente la sensación de que en el fondo de todo aquello hay una profunda melancolía. Es un hombre triste que no necesita hacer la siguiente declaración: «Anoche tuve tal crisis de tristeza que no sabía qué hacer conmigo mismo», para advertirnos que su humorismo está impregnado de tristeza. No da nunca la impresión de ser un hombre feliz. Tengo la idea de que siente la nostalgia de los antros londinenses. La celebridad de que goza su fortuna lo aprisiona en una forma de vida en la que sólo halla restricciones. Yo creo que piensa en la libertad de su turbulenta juventud, en su pobreza y sus amargas privaciones, con un ansia que no podrá jamás ser satisfecha.

 

Chaplin. nu- biography com

 

Para él las calles del sur de Londres son escenas de jolgorio, alegría y extravagantes aventuras. Tienen para él una realidad que las aseadas avenidas flanqueadas de lujosas casas en que viven los ricos jamás poseerán. Me lo imagino entrando en su casa y preguntándose qué diablos hace él en aquella extraña morada. Sospecho que el único hogar que para él tiene valor es un segundo piso trasero de Kennington Road. Una noche anduve rondando con él por Los Ángeles y nuestros pasos nos llevaron hacia los barrios paupérrimos de la ciudad. Había varias casas de huéspedes y pensiones y las sórdidas y tétricas tiendas en las que se venden los diferentes artículos que los pobres compran de día en día. Su rostro se iluminó al verlas y con un tono de intensa emoción en la voz exclamó: «Oiga, esto es la verdadera vida, ¿verdad? Todo lo demás es pura filfa».

 

cine.-8hyh.-Charlie Chaplin en Roma 1947.-Carlo Cisventi

 

(Imágenes.- 1. Charlie Chaplin/ 2.-Chaplin en 1918/ 3.-Charlie Chaplin- biopgraphy com/ 4.- Chaplin, en Roma- 1947- carlo cisverti)

LA LUZ Y LA SOMBRA

 

japón-rexx-Kabuki- teatro tradicional japonés

 

«¿Pero por qué esa tendencia a buscar lo bello en lo oscuro sólo se manifiesta con tanta fuerza entre los orientales? Hasta hace no mucho tampoco en Occidente conocían la electricidad, el gas o el petróleo pero, que yo sepa – dice Tanizaki -, nunca han experimentado la tentación de disfrutar con la sombra; desde siempre, los espectros japoneses han carecido de pies; los espectros de Occidente tienen pies, pero en cambio todo su cuerpo, al parecer, es translúcido. Aunque sólo sea por estos detalles, resulta evidente que nuestra propia imaginación se mueve entre tinieblas negras como la laca, mientras que los occidentales atribuyen incluso a sus espectros la limpidez del cristal.

 

japón-uyyn-Kawano Kaoru- mil novecientos sesenta

 

Los colores que a nosotros nos gustan para los objetos de uso diario son estratificaciones de sombras; los colores que ellos prefieren condensan en sí todos los rayos del sol. Nosotros apreciamos la pátina sobre la plata y el cobre; ellos la consideran sucia y antihigiénica, y no están contentos hasta que el metal brilla a fuerza de frotarlo. En sus viviendas evitan cuanto pueden los recovecos y blanquean techo y paredes. Incluso cuando diseñan sus jardines, donde nosotros colocaríamos bosquecillos umbríos, ellos despliegan extensiones de césped.

 

flores.-4fr.-Yoshitaka Amano.-Japón.-in The Garden Of Kinf Marques Castillo

 

¿Cuál puede ser el origen de una diferencia tan radical en los gustos? Mirándolo bien, como los orientales intentamos adaptarnos a los límites que nos son impuestos, siempre nos hemos conformado con nuestra condición presente; no experimentamos, por lo tanto, ninguna repulsión hacia lo oscuro; nos resignamos a ello como a algo inevitable: que la luz es pobre, ¡pues que lo sea!, es más, nos hundimos con deleite en las tinieblas y les encontramos una belleza muy particular».

Junichirö  Tanizaki.- «El elogio de la sombra»

paisajes.-3213.-Zeshin Shibata.-Japón 1807-1891.-Fondos Bell y Fondos Annenberg((Imágenes.- 1.-Kabuki- teatro tradicional/ 2.-Kawano Kaoru– 1960/ 3.-Yoshitaka Amano/ 4.-Zeshin Shibata- fondos Bell)

PROUST Y LA PEQUEÑA FRASE MUSICAL

 

música-yhh- William Merritt Chase

 

«De pronto, Francisca se levantó. Juan creyó que se acercaba a él. Pero se paró ante el piano, se sentó y se puso a tocar. A las primeras notas le sobrecogió una angustia extraordinaria, hizo una mueca para no llorar, pero le asomaron a los ojos unas lágrimas brillantes que, viendo la dureza glacial del exterior, se volvieron adentro sin permitirse correr. Había reconocido aquella frase de la sonata de Saint- Saëns que, en el tiempo feliz, le pedía casi cada noche y que ella le tocaba sin fin, diez veces, veinte veces seguidas (…)

 

música- unnhy- Carl Vilhelm Holsoe

 

Pasados diez años, un día de verano, al pasar por una callecita del Faubourg Saint- Germain, oyó tocar un piano y su destino lo detuvo. Escuchó la pequeña frase de Saint- Saëns sin reconocerla bien al principio, pero sentía en sí un gran frescor, como si hubiera rejuvenecido de repente. Y respiraba el aire cálido y fresco del verano en que había sido tan feliz, lleno de sombra, de rayos y de sueños, pues, aunque nunca había vuelto a sentir la dulzura de aquellas noches pasadas, ella había conservado dentro de él la edad que tenía entonces, y de aquel tiempo le llegaba ahora súbitamente, intacta y fresca. La pequeña frase se apresuraba, y ahora, como antaño, le era dulce. Así como en el tiempo de su felicidad se había anticipado con su tristeza al tiempo de la separación, en el tiempo de la separación se había anticipado con su sonrisa al tiempo de su olvido (…)

 

música.-5gyyu.-interiores.-Carl Vilhelm Holsoe

 

Y no intentó pensar en ella. Pero pensaba insistentemente, con un gran deseo, con una gran alegría, con un gran amor, en el verano de aquel año, en la profunda dulzura de las hora a orillas del lago del Bois de Boulogne, en la terraza de Saint- Germain, en Versalles, en todos los lugares donde ella le había tocado aquella frase, donde él había recordado aquella frase, adonde había deseado ir, mientras ella solía tocarla en su casa, antes de salir, porque hacía aún demasiado calor, para aquellos paseos».

Marcel Proust.- «Jean Santeuil»

(Imágenes.-1.-William Merrit Chase/ 2 y 3.- Carl Vilhelm Holsoe)

INGRES, LOS OBJETOS, LA MODA

 

Ingres-jui- Señora de Senonnes- museo de Bellas Artes- Nantes

 

Cuando el escritor italiano Roberto Calasso se acerca al retrato de la señora Senonnes pintado por Ingres en 1814 sus ojos precisan que «tras la señora, que parece levantarse sobre un montículo de cojines de seda, se percibe un gran espejo, en donde la vemos reflejada de perfil y casi no la reconocemos. Mientras, el resto queda en una profunda oscuridad como si los cojines en los que se apoya madame de Senonnes cayeran sobre un abismo. El cuerpo femenino presenta toda su evidencia, pero ya los cabellos no se distinguen apenas del espejo, en un negro compacto donde únicamente relucen las piedras de la diadema. Como en una alegoría, el reflejo añade la parte de las tinieblas a la plena luz de la figura».

 

Ingres- nju- señora de Moitessier- mil ochocientos cincuenta y seis- National Gallery- Londres

 

Son los detalles, los objetos, también la moda. «Ingres pinta el botón de una levita– comentará otra figura italiana, Bucarelli – y lo pinta ovalado porque así se ofrece, en perspectiva, a la percepción; pero se prohíbe reflexionar y hacer reflexionar que en realidad el botón es redondo y parece ovalado por su posición en el contexto (…) O también pinta el aplique dorado de un mueble imperio, los flecos de una alfombra, los bordados de un chal: los ejecuta con pocos reflejos de luz o pocas notas de color sobre un tono de fondo, sin describir nada; y sin embargo consigue dar a esos objetos una verdad aguda paralizante.»  De Ingres se ha dicho que su ojo se fija en el pormenor más que en el conjunto, dando un relieve muy fotográfico a los contornos. «Hay que hacer desaparecer las huellas de la facilidad –confesaba el pintor-; no son los medios empleados, sino los resultados los que deben aparecer».

 

Ingres-njo- condesa de Haussonville- mil ochocientos cuarenta y cinco-The Frick Collection- Nueva York

 

Ahora, la actual exposición en el museo del Prado nos lanza también al testimonio de Ingres respecto a la moda. Los novelistas y los pintores han ido dejando las huellas de cada sociedad sembrándolas en sus obras de ropajes, decorándolas en habitaciones precisas, representadas en diálogos y revelando costumbres. En el capítulo sobre la Europa napoleónica del interesante volumen «Historia del  mundo y del arte en Occidente» de Calvo Serraller y Juan Pablo Fusi, el pintor Ingres es recordado por su talento como retratista de mujeres, que jamás tuvo el menor desmayo a lo largo de su prolongada trayectoria (…) y cuando se dedica en otras obras a la plasmación de los minúsculos detalles – dice Calvo Serraller – se observan los exquisitos alambicados pliegues de los ropajes , el turbador carmesí de una zapatilla que se posa al desgaire, en el suelo…, y las tonalidades blancas, agrisadas, verdosas y beige de las sábanas, cortinas y lienzos colgantes.

 

Ingres-bhiu- señora de Riviere- mil ochocientos cinco- museo del Louvre

 

Todo ese mundo del siglo de Ingres, con los vestidos femeninos cuyas mangas continuaban agrandándose, donde los peinados de las damas se adornaban con flores, plumas o peinetas, donde los turbantes en las cabezas se hacían tan anchos que se convirtieron en auténticos sombreros (hasta el punto que el cronista Croker se quejaba de que, sentado a la mesa, en una comida, el tamaño de los sombreros de las damas sentadas a su lado le impedían ver su propio plato), donde las mujeres llevaban muchas joyas como cruces, brazaletes de oro, broches de mosaico, camafeos y cadenas de oro de las que colgaban pequeños frascos de perfume…, todo eso los novelistas y los pintores lo observan y retratan. Objetos, modas, detalles de cada época que huye en el tiempo y que se contemplará luego y se admirará en libros y en museos.

 

Ingres-nnuj- princesa Albert de Broglie- mil ochocientos cincuenta y tres- Museo metropolitano de arte

 

 

(Imágenes.-1.-señora de Senonnes- museo de Bellas Artes de Nantes/ 2.-señora de Moitessier- 1856- National Gallery- Londres/ 3.-condesa de Hausonville- 1845- The Frik collection- Nueva York/ 4.-señora de Riviere- 1805- museo del Louvre/ 5-  princesa Albert de Broglie- 1853-museo metropolitano de arte)

A UN CABALLLO BLANCO

caballos-eghj- Giovanni Boldini - mil ochocientos ochentay seis

 

«¿Es un corcel lo que ha pasado ante mis ojos, o una estrella fugaz, que cruzó rápida como el relámpago encendido por la tormenta?

La aurora le prestó su disco como velo, y huyó con él, pues le convino a maravilla.

Siempre que corre es porque piensa que la aurora viene a reclamarle el préstamo; pero la aurora no le da alcance.

Cuando se lanza contra el enemigo, los luceros se cansan de seguirlo y las nubes le pierden el rastro.

¡Oh, prodigio! Si tiene el rango de los planetas, ¿cómo mancha sus patas en el polvo?

Mírale: con razón es macizo, pues su manto es como oro fundido.

El almizcle ha trazado sobre él una línea, tinéndolo de negro por encima de sus cuatro pezuñas.»

Ben Abi -L-Haytam.– de Sevilla (1232).- «A un caballo blanco con manchas negras en las patas«- traducción de Emilio García Gómez

 

caballos.-2.-por Hein Gorny.-Bildarchiv.-4

 

(Imágenes.-1.-Giovanni Boldini.-1886/ 2.-Hein Gorny-Bildarchiv)