AMANTES DE LA LECTURA

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Recibo el número 88 de la Revista «Turia», nacida en Teruel hace 25 años, un número mágico para una revista literaria cuando estas publicaciones cuentan fatigosamente el tiempo y suben pesarosas la cuesta de la edición creyendo que cada número va a ser el último de su vida. No ha sido así felizmente en el caso de «Turia», dirigida por Raúl Carlos Maícas y Ana María Navales. Logró esta excelente Revista el Premio Nacional al fomento de la lectura y esa lectura viene y va siempre por sus páginas induciéndonos a sumergirnos en las letras, a recostarnos en los párrafos y a pasear entre creaciones y pensamientos. Nada más abrir la presentación de este número se acerca Virginia Woolf a recordarnos: «He soñado a veces – dice la novelista inglesa – que cuando amanezca el día del juicio, y los grandes conquistadores y abogados y juristas y gobernantes se acerquen para recibir su recompensa, el Todopoderoso, al vernos llegar con nuestros libros bajo el brazo, se volverá hacia Pedro y dirá, no sin cierta envidia: «míralos; estos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles. Son los amantes de la lectura».turia-3-adenes

Son palabras del ensayo de Virginia Woolf  que con el título «¿ Cómo hay que leer un libro?» aparece en «La torre inclinada» (Lumen), una muy interesante recopilación de las reflexiones creadoras que la autora de «Las olas» hizo en su vida.

Allí se complace la escritora inglesa en la atmósfera que puede rodear a la lectura, como en otro sentido se complace Italo Calvino en todo esa intimidad lectora en «Si una noche de invierno un viajero» ( Bruguera), o igualmente analiza o comenta Armando PetrucciHistoria de la lectura en el mundo occidental») de Roger Chartier ( Taurus) hasta las posturas y lugares para leer, muy distintos a los silencios cómodos de Calvino. «Sobre ochenta entrevistados – dirá  Petrucci -, sólo algunos desean leer al aire libre; doce de ellos señalan que prefieren leer sentados ante una mesa o un escritorio; y cuatro indican también la biblioteca como lugar de lectura. De todos modos, el espacio favorito es la casa y dentro de ella su habitación (el que la tiene), mientras que la forma de leer varía entre la cama y el sillón; la mayoría considera el tren como un óptimo lugar para la lectura, prácticamente equivalente al sillón casero».

Pero si nos volvemos al texto de Virginia Woolf descubriremos incluso otros matices. «Podemos leer estos libros – advierte ella – con otra finalidad, que no es la de arrojar luz sobre la literatura, ni la de conocer de cerca a gente famosa, sino la de refrescar y ejercitar nuestra propia capacidad de creación. ¿No está abierta esa ventana a la derecha de la biblioteca? Qué delicia es dejar de leer y mirar hacia fuera. Cuán estimulante es la escena, en su carencia de conciencia, en su trivialidad, en su perpetuo movimiento. Los potros galopan alrededor del campo, la mujer llena el cubo en el pozo, el asno echa la cabeza atrás y emite su largo, acre gemido».

Es el ojo humano el que lee y el que ahora descansa de leer, el que está leyendo la naturaleza y  el que seguramente escribirá sobre ella un libro muy parecido al que está leyendo.

(Imágenes: foto: Suzanne DeChillo.-The New York Times/ portada del número 84 de «Turia»)

LOS RECUERDOS Y EL TIEMPO

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A veces el tiempo acerca los trazos de los recuerdos, aquellas pistas que uno creía desaparecidas, los pasos que uno dio. El tiempo trae los rostros que nos miraron, aquellos oídos que nos escucharon en clase, los ojos que leyeron nuestros libros. El tiempo – aquel instante en que vibramos -, el tiempo – aquella escena que vivimos -, el tiempo con su andar precipitado y su lento rimo, el tiempo, siempre el tiempo.

En menos de un mes he recibido tres comentarios que el tiempo trajo y que están depositados en el apartado «sobre el autor» de este blog. Mi Siglo recibe de repente comunicaciones del anterior siglo que uno vivió y en el que escribió y habló y publicó e intentó dejar alguna huella.

Ahora la sombra de esa huella viene en forma de cartas que me envían Javier, Noelia y Avelina. Merece la pena no escribir hoy sobre nadie – sobre ningún poeta, músico ninguno, ningún artista .

Escribir sobre los que me escribieron.  Agradecerles su tiempo.

Cómo abrieron un día su tiempo humano para entrar en el mío.

(Imagen.-foto: Ryan McGinley.-Imagery our world)

JOB Y BECKETT

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Veo las estanterías de las librerías, paseo por las mesas de novedades, hojeo las páginas recien salidas de las editoriales y recuerdo aquellas palabras de Ionesco hablando de nuestra época y de todas las demás, del esfuerzo creador, de la simplicidad de los lenguajes:

«Para pertenecer a su época – escribía Ionesco en  «Notas y contranotas» (Losada) – basta una presencia, una sinceridad ciega y, por eso mismo, clarividente: se pertenece (por el lenguaje) a ella o no se pertenece, casi naturalmente. Se tiene la impresión asimismo, que cuanto más se pertenece a su época más se pertenece a todas las epocas ( si se rompe la cáscara de la actualidad superficial). El esfuerzo de todo creador auténtico consiste en deshacerse de las escorias, de los clisés de un lenguaje agotado para recuperar un lenguaje simplificado, esencializado, renaciente, que pueda expresar las realidades nuevas y antiguas, presentes e inactuales, particulares y a la vez, universales.

Las obras de arte más jóvenes, las más nuevas se reconocen y hablan a todas las épocas. Sí, el rey Salomón es mi guía; y Job, ese contemporáneo de Beckett».

EL OJO DEL ARTISTA

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El ojo del artista no ve el mundo como el resto de cualquier otro ojo humano.  La famosa frase de La Bruyère, «todo está dicho, y llegamos demasiado tarde, pues hace ya siete mil años que existen hombres, y que piensan«, no parece afectar al ojo del artista, ni tampoco a su mano, que lo mismo se desliza sobre la pintura, la música o el papel. El ojo del artista ve siempre el mundo por primera vez como si nadie lo hubiera visto nunca. Incluso ve los matices del mundo, todas sus capas, lo que el mundo esconde bajo una visión superficial.  Muchos filósofos y científicos lo han recordado. Entre ellos el norteamericano Charles S. Peirce al comentar un paisaje: «Cuando el suelo está cubierto de nieve en la que el sol se refleja brillantemente excepto donde caen las sombras, si preguntas a cualquier hombre corriente cuál parece ser su color, te dirá que blanco, blanco puro, más blanco a la luz del sol, un poco grisáceo en la sombra. Pero no es lo que está ante sus ojos lo que está describiendo; es la teoría de lo que debería verse. El artista le dirá que las sombras no son grises sino de un azul pálido y que la nieve a la luz del sol es de un rico amarillo.»

Así se queda largo rato mirando la nieve el ojo del artista. Así se queda mirando siempre el mundo el ojo que lo acaba de descubrir.

(Imagen.-foto: Charles Rex Arbogart.-Associated Press.-The New York Times)

LAS HISTORIAS COMIENZAN

 Las historias comienzan. No se sabe cómo se desarrollan, no se sabe cómo acaban. De un pequeño grano de trigo puede nacer un mundo posterior, de la simiente se eleva un árbol y con  un diminuto grito apenas perceptible podría incendiarse un Palacio. Ya hablé en Mi Siglo el 28 de octubre del 2007 del interesante libro de Amos Oz «La historia comienza». En el cine es lo mismo. Cuando los labios de Marlon Brando pronuncian el nombre de Emiliano Zapata el círculo de la amenaza se cierne sobre el papel y el drama cinematográfico comienza. Elia Kazan va trazando su historia y los inicios y titubeos en la creación son los mismos en un film que en una escritura. Es el pánico escénico de la página en blanco, sea en un guión o en una novela. «Una página en blanco es en realidad una pared encalada sin ninguna puerta ni ventana. Empezar a contar una historia es como tontear con una persona totalmente desconocida en un restaurante. ¿Recuerdan al Gurov de Chéjov en «La dama del perrito«? – sigue explicando Amos Oz -. Gurov hace al perrito un gesto monitorio con el dedo una y otra vez, hasta que la dama le dice, ruborizándose: «No muerde», y entonces Gurov le pide permiso para dar un hueso al can. Tanto a Gurov como a Chéjov se les ha dado así un hilo que seguir; empieza el coqueteo y el relato despega. El comienzo de casi todos los relatos es realmente un hueso, algo con lo que cortejar al perrito, que puede acercarlo a uno a la dama (…) Así pues, uno se sienta y se pregunta qué debe ir primero y cómo llegar a ese comienzo en medio del camino. Sentándose. Garabateando en la hoja. Arrugándola. Tirándola. Garabateando en la hoja siguiente: formas, flores, triángulos, rombos, una casa con una pequeña chimenea, un gato sin pelo. Arrugándola de nuevo. Tirándola». Todas esas cuestiones de indecisión de escritura, de tanteos, aciertos y desaciertos se las plantea Oz. Pero luego llegan las preguntas de todo creador: «¿Qué es, en última instancia, un comienzo? ¿Puede existir, en teoría, un comienzo adecuado para cualquier relato? ¿No hay siempre, sin excepción, un latente «comienzo antes del comienzo»? ¿Algo previo a la introducción, al prólogo? ¿Un acontecimiento anterior al Génesis?».

Amos Oz se hace todas estas preguntas como se las hizo sin duda Elia Kazan ante la página en blanco antes de decidir que Marlon Brando iba a revelar su nombre – Emiliano Zapata – destacándose de entre todos los campesinos de la sala.

(Imagen: escena de «¡Viva Zapata!», de Elia Kazan, (1952)

LA BLOGOCAMPAÑA CONTRA LA PORNO INFANTIL

1.115 Blogs y webs de todo el mundo se han unido en la blogocampaña contra la porno infantil. Aporto aquí el último apunte leído en Scriptor. org cuyos argumentos sobre este tema comparte completamente Mi Siglo :

A proposito de la blogocampaña contra la porno infantil, sobre una raiz del problema

Campaña 20-NOV» Por razones de viaje no pude contribuir explícitamente, el pasado día 20, día previsto, a la exitosa Blogocampaña contra la pornografía infantil.

Algo quería decir, a propósito de lo expresado en la convocatoria, que arrancaba así: «La pornografía infantil en la Red es una lacra imparable que ensucia nuestras vidas cada día. La presión policial con macroredadas no es suficiente para detener las malas prácticas de estos individuos, que actúan desde el anonimato que puede brindar la Red golpeando las vidas de cientos de niños, incluso bebés, en busca de un deseo sexual depravado y enfermizo

Para abundar en lo que sobradamente han dicho y hecho los 1.115 blogs y webs de todo el mundo que han participado, sólo quiero aquí  y ahora destacar unas ideas de un artículo de J.M. de Prada, que algo tienen que ver con las raíces de esta cuestión.

Las tomo, precisamente, de «La raíz del problema» (ABC, 4 Octubre, 2008):

«EL fariseísmo contemporáneo ha encontrado en la condena de la pederastia uno de sus ejercicios retóricos predilectos. Hace un par de días, la Policía Nacional desmantelaba una red de pornografía infantil -y van…- y detenía a más de ciento veinte personas que intercambiaban a través de Internet imágenes en las que niños de muy corta edad, casi bebés, eran sometidos a las sevicias más aberrantes; todos nos hemos indignado muchísimo, nos hemos rasgado las vestiduras y hemos solicitado que a tales tipejos infrahumanos se les castigue con el máximo rigor. 

Nadie se ha molestado, en cambio, en describir el caldo de cultivo en el que tales tipejos infrahumanos florecen, tal vez porque, si lo hiciéramos, nos veríamos obligados a reconocer que se parecen demasiado a nosotros mismos. Probemos aquí a describir ese caldo de cultivo: por una parte, hallaremos que los niños, antes de nacer, han sido relegados a la condición de «amasijos de células» sobre los que nos hemos arrogado un derecho de disposición absoluta que incluye su destrucción física; por otro, descubriremos que los niños, una vez nacidos, son sometidos a agresiones diversas que anhelan su destrucción espiritual.

Los niños que se salvan de ser despedazados en los abortorios son arrojados a una máquina trituradora que avasalla su inocencia y pisotea su dignidad. En esta guerra inmisericorde contra la infancia vale todo, con tal de que se disfrace con los ropajes de los sacrosantos derechos y libertades: y así, en el hogar, se les condena a una vida escindida, mediante el sacrosanto «derecho al divorcio» que asiste a sus padres; en la escuela, se les obliga a recibir adoctrinamiento ideológico y se les inocula el veneno de la llamada teoría de género, todo ello, por supuesto, en aras de que puedan vivir plenamente su «libertad sexual». 

Y por si aún las agresiones que reciben en el hogar y la escuela no hubiesen sido suficientes para desnaturalizar su infancia, por si aún su alma no estuviese suficientemente arruinada, la propaganda mediática se encarga de arrebatarles el pudor y convertirlos en adultos precoces, escamoteándoles las realidades más esenciales de la condición humana y sustituyéndolas por un batiburrillo de risueñas escabrosidades que incluyen, por supuesto, todo tipo de reclamos sexuales(…)»

«La Blogocampaña – sigue leyéndose en Scriptor. org – no tenía nada de lo que Juan Manuel de Prada llama con razón «fariseísmo contemporáneo». Es más, pienso que todos los que participamos en difundir la «blogcampaña» estamos en el mismo campo que JM de Prada.

Sirva este recordatorio para recordar lo intrincado -y en el fondo sencillo- de los asuntos realmente vitales». 

GIULIETTA DE LOS ESPÍRITUS

«Al Fellini auténtico lo había visto pasar en 1963 por una Via Veneto auténtica, no por el escenario construido para la Via Veneto ficticia en donde se rodó La dolce vita. Ahora, en los estudios  Rizzoli, en ese 24 de febrero de 1965, estaba Federico Fellini ante mí con la gabardina puesta, ultimando sus asuntos para marcharse. ¿Se acordaba? Sí, se acordaba de mí. Se despoja de la gabardina: nos hemos quedado solos en este despacho.

Me habla Fellini de su resistencia a los periodistas. De su resistencia a las preguntas. Le recuerdo que él fue periodista. Hace un gran esfuerzo por concentrarse, por salir de esa película que ahora está rodando, Giulietta de los espíritus. Se le ve que Fellini, recostado en este sillón, mira los exteriores del bosque donde Giulietta Masina está bajando del árbol, descendiendo de la casa de ramas, descubriendo con ojos de payaso el suelo. El despacho en que charlamos huele a bosque, el bosque huele a decorado, los decorados los clavan los carpinteros, a los carpinteros les pagan los productores. Huelen los productores a bosque, esperan en la sombra, con sus puros habanos encendiendo sortijas en la oscuridad, a que nosotros terminemos. Suena el teléfono. Fellini se levanta, habla, cuando vuelve dice que Giulietta de los espíritus quiere tenerla montada pasado mañana.

Hablamos de la libertad. Condena las dictaduras y defiende la libertad de expresión en el juicio, en el pensamiento, en la cultura. Su discurso es el discurso de la libertad. Está recostado en su butaca, su grueso cuerpo envuelto en un chaleco, en una chaqueta, se ha vuelto a poner encima un impermeable. Tiene los ojos grandes y blandos, la voz que oí por teléfono aguda y atiplada, ahora se ahonda algo más y es un poco más grave. Llovía fuera, en Roma, cuando llegué, y quizá Fellini note la lluvia en este cuarto, la libertad hincha y encoge estas paredes, y en algún sitio, tal vez los hombres de los efectos especiales estén volcando cubos de lluvia sobre esta habitación hasta que salga agua por el auricular del tegiulietta-de-los-espiritus-1léfono.

Soy un periodista español que en esta jornada de frío y lluvia está ante el director de Las noches de Cabiria mientras Giuletta Masina sube y baja asombrada de cómo asombra Federico, cómo dirige, el bosque de los espíritus es real y la casa encantada de Giulietta cuelga entre las ramas de los árboles, los árboles los sostienen los decoradores, los decoradores irán a cobrar semanalmente a la cola de los comparsas, esperarán ante la ventanilla donde vuelan los billetes de banco que reparten los productores, esas calvas orondas, brillantes, lustrosas, los ojos cegados por el incendio de los habanos, los habanos que crujen mientras hablamos Fellini y yo en este despachito». («Diálogos con la cultura», págs 175-176)

(En estas semanas en las que se evocan en muchos sitios – entre ellos en el Círculo de Bellas Artes de Madrid – los quince años de la muerte del director italiano, este pequeño recuerdo de aquella inolvidable entrevista que mantuve con él)

(Imágenes: Marcello Mastroianni y Claudia Cardinale en  «8 1/2», de Federico Fellini/  Giulietta Masina en el cartel de la película «Giulietta de los espíritus«)

PREGUNTAS

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¿Hace al hombre feliz la lectura? ¿Hace al hombre feliz la televisión? ¿Qué se busca cuando uno se sumerge en la lectura? ¿Qué se busca ante la televisión? Vienen las sabias frases de Péguy a la memoria:

     «Lectores; lectores puros, que leen por leer, no para instruirse, no para trabajar; puros lectores, como para la comedia y para la tragedia hacen falta puros espectadores, como para la escultura hacen falta puros espectadores, que de una parte sepan leer y de otra parte quieran leer, que, en fin, únicamente lean, y lean todo únicamente; hombres que miren una obra unánimemente para verla y para recibirla, (…) para alimentarse, para nutrirse como de un alimento precioso, para hacerse creer, para hacerse valer interiormente, orgánicamente, no para trabajar con ni para hacerse valer socialmente, en este siglo; hombres en fin que sepan leer, ¿y qué es leer?, es entrar dentro; entrar en la lectura de una obra, entrar en una vida, en la contemplación de una vida, con amistad, con fidelidad, incluso con una especie de complacencia indispensable, no solamente con simpatía sino con amor; es lo que hace falta para entrar como en la fuente de la obra; y literalmente colaborar con el autor; no hay que recibir la obra pasivamente; la lectura es el acto común, la operación común del que lee y de lo leído, de la obra y del lector, del libro y del lector, del autor y del lector; como el espectáculo es el acto común, la operación común de la obra dramática y del espectador, del autor dramático y del espectador.» («Dialogue de l´histoire et de l´âme païenne«.-(La Pléiade,1961)rostros-1000-foto-desiree-dolron-michael-hoppen-contemporary1

Los ojos de otros siglos asomados a la lectura de los libros, los ojos de este siglo asomados a la pantalla del televisor. ¿Leer por leer, como decía Péguy? ¿Mirar por mirar, como suele hacerse hoy ante la televisión? «El zapping  – ha recordado Armando PetrucciLeer por leer. un porvenir para la lectura» en «Historia de la lectura» de Roger Chartier (Taurus) – es un instrumento individual de consumo y de creación audiovisual absolutamente nuevo. Esta práctica mediática, cada vez más difundida, supone exactamente lo contrario de la lectura entendida en sentido tradicional, lineal y progresiva; mientras que está muy cercana a la lectura en diagonal, interrumpida, a veces rápida y a veces lenta, como es la de los lectores desculturizados. Por otra parte, es verdad que el telespectador creativo es en general también capaz de seguir, sin perder el hilo de la historia, los grandes y largos enredos de las telenovelas, que son las nuevas compilaciones épicas de nuestro tiempo, síntesis enciclopédicas de la vida consumista, cada una de ellas puede corresponder a una novela de mil páginas o a los grandes poemas del pasado de doce o más libros cada uno».

(Me viene a la memoria todo esto cuando leo un informe de Springer Science + Business Media en el que se dice que el consumo de televisión es un 30% superior en las personas infelices y que las personas que no están contentas en su matrimonio emplean más tiempo delante del televisor, un 10% por encima del consumo de aquellas personas felices)

¿Hace más feliz la lectura? ¿Hace más feliz la televisión?

¿O la felicidad se lleva dentro?

(Imágenes: foto: Valerie Belin.-Michael Hoppen Contemporary./ foto: Desiree Dolron.-Michael Hoppen Contemporary.)

COCINEROS Y PALABRAS

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«En 1814, cuando el príncipe de Talleyrand invita al zar Alejandro de todas las Rusias a Viena y le enseña la casa que ha alquilado – una noble mansión del que fuera ministro de la emperatriz María Teresa, el príncipe Wenceslao de Kaunitz   -, el zar, fascinado por la calidad de los platos que le acaban de servir en el banquete, quiere visitar la cocina. Entra en ella e inmediatamente todos se descubren. Únicamente Antonin Carême, que se toca con un gran gorro de raso blanco con pequeñas flores de oro, permanece orgullosamente cubierto. “¿Quién es este insolente?”, pregunta el zar sorprendido. “La cocina, Majestad”, responde Tayllerand. El zar aprende la lección. Y la aprende tan bien que se lleva a Carême como cocinero suyo a San Petersburgo».

(Esto escribía yo hace unos meses – en mayo de 2008 – en la Revista Alenarte y aquí lo evoco de nuevo ahora cuando, en medio de la crisis, intentan que vayamos aspirando ya un mes antes el olor gastronómico de la Navidad.

Y allí continuaba):

 

«Esta es, pues, LA COCINA. No solamente un espacio físico sino toda una representación. Debajo de ese gorro blanco – cuyo origen se remonta para unos a las grandes cocinas del siglo XlV en Avignon, para otros al siglo XVll, cuando el abate Croyer pinta al cocinero como hombre que viste ricamente, luce diamantes en los dedos, saca de vez en cuando una caja de plata o de oro de rapé y “se distingue del duque de Orleans por el gorro que usa, y no más”, e incluso para otros, ya en el XlX, en grabados en los que los cocineros se presentan con blancos gorros puntiagudos según el modelo frigio -, aparecen los ojos, el paladar, las manos y los cuidados de grandes cocineros célebres que a su vez se hiceron famosos escribiendo importantes libros, como así lo hizo el citado Antonin Carême, nacido en 1784 en la rue Du Bac en París y fallecido cincuenta años después, “quemado, a la vez por la llama de su genio y el fuego de sus hornos” y  dictándole aún recetas a su hija».cocina-antigua-1

En estos días, «Le Magazine Littéraire» dedica un número especial a  la literatura y a la gastronomía. Siempre ha atraído el tema. Los escritores se han asomado a los banquetes y a las cocinas y  con la cocina de su literatura – entre lápices, plumas, ordenadores y pantallas – han ido elaborando platos exquisitos. Y como sigo diciendo en mi artículo, «si  un novelista quisiera asomarse a uno de esos espacios históricos para hacer realidad su fantasía no tendría más que acercarse el 13 de septiembre de 1513 al banquete que tuvo lugar en Roma, en la Plaza del Capitolio, celebración organizada en honor a Julio de  Médicis, a quien acababan de nombrar patricio romano. La mesa, que reunió a unas veinte personas, se levantó sobre una especie de estrado y todo alrededor quedaron dispuestos graderíos en los que se admitió a cuanta muchedumbre  quiso contemplar el festín. El novelista no tendría más que observar el espectáculo. Cada invitado encontró nada más sentarse una fina servilleta donde aparecían envueltos pajaritos vivos. Presentada el agua a los comensales para que se lavaran las manos, liberaron, al desplegar sus servilletas, a los pajaritos que comenzaron a revolotear sobre la mesa. Los entremeses consistieron en pasteles de piñones, mazapanes, bizcochos con vino de malvasía, cremas azucaradas en tazas, higos y vino moscatel. Con el primer servicio aparecieron enormes bandejas llenas de codornices y tórtolas asadas, tortas, perdices a la catalana, gallos cocidos y revestidos de su piel y sus plumas, que  sostenían  sus patas sobre capones hervidos recubiertos de salsa blanca, hogazas de mazapán, patés de codornices y un cordero con cuatro cuernos, igualmente escalfado y revestido de su piel y colocado sobre un centro de mesa dorado, y de pie, como si estuviera vivo».

(Sorprenden estas imágenes, que unas veces hemos leído en los libros y otras hemos contemplado en históricos escenarios de películas)

(Imágenes: dibujos de cocineros/ cocina antigua.)

LA CASA BLANCA

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¡Qué lejos – felizmente – están los tiempos en los que el escritor negro Richard Wright escribía en «The Black Boy«! («El negrito») (Edit. Afrodisio Aguado, 1950):

«- Tú has visto esto? – preguntó señalando una siniestra caricatura.

-No, señor; nunca leo más que el suplemento.

– Bueno, pues fíjate en eso. Con calma. Y dime después lo que piensas – dijo.

Era el número de la semana anterior, y contemplé un dibujo que representaba un enorme negro, de cara grasienta y sudorosa, gruesos labios, nariz aplastada y dientes de oro, sentado en un sillón giratorio ante una mesa reluciente. Tenía puestos unos zapatos de color amarillo, chillones, y apoyaba sus pies sobre la mesa. Entre sus gruesos labios tenía un enorme cigarro puro negro, con una pulgada de ceniza blanca. Un deslumbrante alfiler de corbata en forma de herradura brillaba ostentosamente en su corbata de lunares rojos. El individuo llevaba unos tirantes encarnados; su camisa era de seda rayada, y mostraba enormes sortijas de brillantes en sus dedazos. Una cadena de oro cruzaba su vientre y de la leontina de su reloj colgaba como dije una pata de conejo. En el suelo, al lado de la mesa, se veía una escupidera rebosante de mucosidades. En la pared del cuarto se veía un gran cartel, que rezaba:

 

«La Casa Blanca.»

 

Bajo este título había un retrato de Abraham Lincoln, cuyas facciones distorsionadas le hacían tener la cara de un «gangster». Mis ojos subieron a la parte superior de la caricatura y leí:

«El único sueño de un negro es llegar a ser Presidente y acostarse con mujeres blancas. ¡Americanos!, ¿consentiremos esto en nuestra hermosa nación? ¡Organizaos y salvad la feminidad blanca!»

Permanecí con los ojos clavados en el dibujo, intentando adivinar el sentido del dibujo y del texto, extrañado que todo ello me pareciese tan raro y sin embargo tan conocido.

– ¿Sabes tú lo que quiere decir esto? – me preguntó el hombre.

-¡Ja!, pues no lo sé – confesé.

-¿Oiste hablar alguna vez del Ku-Klux-Klan? – me preguntó con suavidad.

-Claro. ¿Por qué?

– ¿Sabes lo que hace el Ku-Klux-Klan a la gente de color?

-Nos matan. No nos dejan votar y nos impiden tener buenos puestos – contesté.»

¡Qué lejos felizmente están aquellos tiempos y aquellas frases de Richard Wright! Publicado en 1945,  de «The Black Boy» se dijo que fue una novela que descubría las raíces del pasado inmediato del autor, las tensiones raciales, la denigración del hombre negro como ente social y el cansancio y el deterioro existencial de una raza. Wright – nacido en 1909 cerca de Nat, en el Mississipi, autodidacta, criado en Memphis, que perteneció unos años al Partido Comunista norteamericano y que murió en 1960 -, mantuvo en este libro una sorprendente actitud de rechazo cuando aludía a la comunidad negra, no quiso mostrar aquí simpatía alguna por sus hermanos de raza.

Han pasado sesenta y tres años desde aquellas palabras sobre la Casa Blanca. Wright no podía imaginar que un negro estaría un día sentado en el Despacho Oval.

(Imagen.-George Bush y Barack Obama en el Despacho Oval.- foto: Eric Draper.-The New York Times)

LAS UVAS DE LA IRA

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«El viñedo pertenecerá al banco. Sólo los grandes propietarios pueden sobrevivir porque también son suyas las conserveras.(…) La podredumbre se extiende por el Estado y el dulce olor de una desgracia para el campo. Hombres que pueden hacer injertos en los árboles y hacer la semilla fértil y grande, no saben cómo hacer para dejar que gente hambrienta coma los productos. Hombres que han creado nuevos frutos en el mundo no pueden crear un sistema para que sus frutos se coman. Y el fracaso se cierne sobre el Estado como una enorme desgracia. (…)

Y esto era bueno porque los salarios seguían cayendo y los precios permanecían fijos. Los grandes propietarios estaban satisfechos y enviaron más anuncios para atraer todavía a más gente. Y los salarios diminuyeron y los precios se mantuvieron. Y dentro de muy poco tendremos siervos otra vez.

Y entonces los grandes propietarios y las compañías inventaron un método nuevo. Un gran propietario compró una fábrica de conservas. Y cuando los melocotoneros y las peras estuvieron maduros puso el precio de la fruta más bajo del coste de cultivo. Y como propietario de la conserva se pagó a sí mismo un precio bajo por la fruta y mantuvo alto el precio de los productos envasados y recogió sus beneficios. Los pequeños agricultores, que no poseían industrias conserveras, perdieron sus fincas, que pasaron a manos de los grandes propietarios, los bancos y las compañías, que al propio tiempsteinbeck-swisseducch1o eran los dueños de las fábricas de conservas. Con el paso del tiempo, el número de las fincas disminuyó. Los pequeños agricultores se trasladaron a la ciudad y estuvieron allí un tiempo mientras les duró el crédito, los amigos, los parientes.Y después ellos también se echaron a las carreteras. Y los caminos hirvieron con hombres ansiosos de trabajo, dispuestos incluso a asesinar por conseguir trabajo.

Y las compañías, los bancos, fueron forjando su propia perdición sin saberlo. Los campos eran fértiles y los hombres muertos de hambre avanzaban por los caminos. Los graneros estaban repletos y los niños de los pobres crecían raquíticos, mientras en sus costados se hinchaban las pústulas de la pelagra. Las compañías poderosas no sabían que la línea entre el hambre y la ira es muy delgada. Y el dinero que podía haberse empleado en jornales se destinó a gases venenosos, armas, agentes y espías, a listas negras e instrucción militar. En las carreteras la gente se muvas-de-la-ira-22-flickr1ovía como hormigas en busca de trabajo, de comida. Y la ira comenzó a fermentar.(…)

Luego algunos fueron a las oficinas de ayuda estatal y regresaron tristemente a su propia gente.

Hay unas normas… Tienes que haber estado aquí un año para poder recibir la ayuda. Dicen que el gobierno nos va a ayudar. No saben cuándo.

Y gradualmente llegó el terror más grande de todos.

No va a haber nada de trabajo en seis meses.

Y la lluvia cayó sin cesar y el agua inundó las carreteras porque las alcantarillas no podían llevarla».

John Steinbeck: «Las uvas de la ira» (1939).

(«Me gustó y nada más – dijo John Ford sobre su película de 194o -. Había leído la novela – que era buena- y Darryl Zanuck tenía un buen guión basado en ella (…) Me gusta la idea de esa familia que se marchaba, y trataba de encontrar un camino en el mundo (…) Gregg Toland trabajó estupendamente en la fotografía cuando no había nada, pero nada que fotografiar, ni una sola cosa bonita, siquiera una buena fotografía. Le dije:

«Parte quedará negra, pero vamos a fotografiar. Vamos a correr un riesgo y hacer algo que resulte distinto». Salió bien».)

Steinbeck, 1939; Ford, 1940; el mundo, 2008

(Imágenes: Henry Fonda, 1940, en «Las uvas de la ira»/ John Steinbeck.-swisseduc.ch/ cartel de «Las uvas de la ira».-flickr.

¿ PERIÓDICOS FUTUROS ?

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Leo en Mediablog la receta que propone Philip Meyer, profesor emérito de periodismo en la Universidad de Carolina del Norte (su artículo está publicado en American Journalism Revue ) para que los periódicos entren en una nueva etapa y adquieran un rostro nuevo. Meyer presenta seis fórmulas para obtener distintos resultados a los que hoy está manteniendo el periodismo:

1.-Los periódicos deberán ser menos «pesados» – dice -, es decir, reducidos no sólo en su formato sino también en su número de páginas;

2.-podrán tener una periodicidad no necesariamente diaria;

3.-deberán contener principalmente análisis, interpretaciones e investigaciones;

4.-deberán abandonar la cobertura de comunicados de agencias que carezcan de  profundidad para dedicarse principalmente a informaciones elaboradas que siempre suponen un valor añadido en la era de la información;

5.-deberán colocar los hechos en su contexto, explicarlos, y sugerirle al lector caminos para actuar con respecto a ellos;

6.-deberán experimentar una cada vez más estrecha interacción con el lector pendiente de la web.

Meyer piensa entonces en periódicos concebidos «a la medida» de un público más de élite, que aspire a consumir una buena información.  Estos diarios reducirían necesariamente la tirada, pero mantendrían su influencia sobre la comunidad, volviendo a o posicionarse como el medio más fiable para la información local y los análisis y las investigaciones periodísticas ante las administraciones públicas.

Tras señalar que Internet ha dejado obsoletos los viejos modelos de diarios, Meyer piensa que «los periódicos con una alta credibilidad tendrán un mayor éxito a la hora de resistir a largo plazo contra el declive en la difusión entre los lectores».

Nada nuevo bajo el sol y todo nuevo bajo él, la velocidad de Internet persigue los pasos del periodismo tradicional. El oído en la radio, el primer ojo en el televisor, la segunda mirada en la pantalla del ordenador, la mirada tercera hojeando las páginas de un periódico. A veces los sentidos cambiarán su dirección y será el ojo y su pestañeo primero en Internet, el ojo segundo en la Televisión, la mente sobre un análisis – siempre que esté bien hecho – en el periódico y al fin, en la noche y en la orilla del sueño, el oído escuchando el último suspiro del día en la información.

(Imagen:- foto: Tina Modotti.-Imagery our  World)

APRENDIZAJE DE ESCRITOR

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«Yo creo que ser escritor es una muestra de gran humildad – dice Elio Vittorini en «Diario en público» (Gadir)-.

Lo veo como lo fue en el caso de mi padre, que era herrador y escribía tragedias y no consideraba que su escritura de tragedias fuera superior a su herrado de caballos. Es más, cuando estaba herrando caballos, nunca aceptaba que le dijeran «Así, no, sino así. Te has equivocado». Miraba con sus azules ojos y sonreía o reía y meneaba la cabeza, pero, cuando escribía, daba razón a cualquiera a propósito de cualquier cosa.

Escuchaba lo que cualquiera le dijese y no meneaba la cabeza, daba la razón. Era muy humilde en su escritura; decía que la tomaba de todo el mundo y, por amor a ella, procuraba ser humilde en todo: tomar de todo el mundo en todo.

Mi abuela se reía de lo que él escribía.

«¡Qué tonterías!»

Y mi madre, igual. Se reía de él por lo que escribía.

Sólo mis hermanos y yo no nos reíamos. Yo lo veía ponerse colorado, cómo agachaba, humilde, la cabeza y así aprendía yo. Una vez, para aprender, me escapé de casa con él.

De vez en cuando mi padre lo hacía: escapaba de casa a escribir en la soledad. Yo lo seguí una vez: caminamos ocho días por el campo de alcaparras, entre las flores blancas de las soledades, y nos detuvimos bajo una roca para estar un poco a la sombra, él, con sus azules ojos, que escribía, yo, que aprendía, y al regreso mi madre me apaleó por mí y por él.

Entonces mi padre me pidió perdón por los golpes recibidos en su lugar.

Recuerdo cómo fue. Yo no le respondí.

Y él me dijo con una voz terrible: «¡Responde!» ¿Me perdonas?» Parecía el espectro del padre de Hamlet cuando quiere venganza. No es que quisiera perdón.

Pero de ese modo aprendí lo que es escribir (…)».

(Esto cuenta de su infancia y de su aprendizaje el gran escritor italiano Vittorini, el autor de «Conversación en Sicilia» y, sobre todo, de ese delicioso libro, «El Simplón giña un ojo al Fréjus» (Gadir) . Aprendizajes siempre nuevos, infancias siempre aleccionadoras, oficios – herrador y escritor -llenos de paciencia y de cuidado, artesanos de las manos o del pensamiento.)

(Imagen.-Antonio J. «Camino de leña».-Flickr)

VIAJE A LA CAMA

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Ahora que veo en «El tinglado de Santa Eufemia» que Ángel Duarte ha atravesado las estancias de la gripe, con todo lo que ello significa de transformaciones y de variaciones en el cuerpo e incluso a veces en el espíritu, recuerdo el espléndido texto de César González Ruano, «Viaje a la cama», un prodigio de observación siempre que lo leo: 

 

                             “Se dispone uno a encamarse cuando el aviso de la fiebre es ya bien concreto, como se dispone uno a emprender un viaje (…)

                             ¿Cuánto tiempo vamos a permanecer en esa compleja ciudad que es la cama? Nunca se sabe. A cierta altura de la vida se adquiere cierto escepticismo y una como moderación en las impaciencias. Igual puede ser cuestión de tres o cuatro días que tener mala suerte. Escribimos algunas cartas. Ordenamos algunos papeles. Hacemos, en la biblioteca, una buena selección de volúmenes: lectura fácil y, sobre todo, relectura. Releer es un lujo para un profesional de las letras. En el tiempo en que volvemos a leer un libro ya conocido, podíamos descubrir o aprender algo en otro. Pero, ¿y la enfermedad misma, no es un lujo fabuloso en esta profesión? Pues unamos dos delicias onerosas. La conciencia ‑esa forma elevada de la educación‑ no nos acusa esta vez. Uno no tiene la culpa de todas sus debilidades.

                             La mesilla de noche se va llenando de una manera ordenada y calculadísima: el pañuelo; los dos frasquitos con pastillas; la pitillera y las cerillas por si se puede, de cuando en cuando…; la cartera; las gafas para leer de tan reciente costumbre.

                             En la silla quedan los libros por el orden en que suponemos que nos van a interesar. Al respaldo, la bata, la vieja bata de lana, y las zapatillas en el suelo. Ya está todo. Miro aún a la calle. Me llevo la instantánea de su atardecer. Y entro en la cama lo mismo que tantas veces de mi vida he entrado en el vagón de un tren. Ahora viajaré también por la pesada y a veces voluptuosa geografía de la fiebre alta, y dentro de unos días, si Dios quiere, volveré a la estación de término, un poco cansado y pálido, y todos estos libros serán como nuevos libros comprados en ese viaje, y saldré a la calle y volveré al café; y para que sea mayor la ilusión allí me preguntarán que si he estado fuera tan infaliblemente como cuando vengo de fuera me preguntan que si he estado malo.

                             La primera noche ha sido bien incómoda: sudores, pesadillas y aún toda una rebeldía física un tanto estúpida como la que nos hace, las primeras horas de viaje, no encontrar postura. Aun el cuerpo no está bien domado por la fiebre. Todavía no ha entrado la imaginación en el mundo fabuloso de su abandono y de no pensar casi en las cosas de este mundo. Pero me conozco bien y me río de mí mismo pensando en que aún estoy demasiado entero. (…)

                             El día, mediocre en su mañana. La fiebre ha subido ya seriamente por la tarde. (…) Me importan muy pocas cosas en estos momentos. No me importan ni los libros que me traje para leer. En realidad, no sé lo que me importa. Tal vez me gustaría tener entregados veinte artículos, para no pensar tampoco en esto. (…)

                             La fiebre aumenta. Llega hasta cerca de cuarenta. Mañana será atacada con piramidón o con lo que sea. Pero esta noche hay que hundirse en ella con voluptuosidad. El alma se va haciendo infantil: “Estoy muy malo, estoy muy malo…” Es como el ruido de la máquina del tren. ¡Qué ingenua vanidad tenemos los enfermos! Esta sensación de encontrarme con la piel ardiendo, la boca seca, la cabeza poco segura…, todo esto es como el premio Nobel de nuestra alma infantil. Podemos quejarnos un poquito, pedir tonterías, decir vaciedades y todos nos darán la razón. ¡Ah, qué estado de raro privilegio! (…)

                             Hace frío aquí dentro. Se tirita ahora. ¿Qué serranía está pasando el tren? ¿Qué ventana se ha abierto?”.

(Se lo dedico a Ángel Duarte y a cuantos han salido o van a entrar – todos entramos – en ese laberinto personal de la cama y la fiebre, un universo inesperado)

(Imágenes: paisaje.-flickr)

LAMPEDUSA, CINCUENTA AÑOS

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«Ante todo, nuestra casa. –confirma y reafirma Lampedusa cuando habla de «Los lugares de mi infancia» («Relatos«) (Bruguera) -. La quería –dice–  con entrega absoluta y la quiero aún hoy, cuando hace ya doce años que no es más que un recuerdo. Hasta hace pocos meses antes de su destrucción, yo dormía en la habitación en que nací, a cuatro metros de distancia de donde pusieron la cama de mi madre durante los dolores del parto. Y me alegraba estar seguro de morir en aquella casa, y tal vez en aquella misma habitación. Todas las otras casas (pocas, por lo demás, si se exceptúan los hoteles) han sido techos que sirvieron para resguardarme de la lluvia y del sol, pero no casas en el sentido arcaico y venerable de la palabra».

Giuseppe Tomasi di Lampedusa, al abordar distintos textos suyos, va describiendo su palacio de Palermo, o bien la casa de campo, preferida de su madre, la casa de Santa Margherita Belice, en la Sicilia interior, convertida en el palacio de Donnafugata.

«Las casas están al final de nuestra infancia – he escrito yo no hace mucho tiempo -. Al fondo del pasillo de los recuerdos, cuando corremos tiempo abajo, hacia atrás, empequeñeciéndonos hasta hacernos niños, cada uno de nosotros conserva intacta la casa de la juventud o de la adolescencia, aquella casa de nuestros abuelos o de nuestros padres, casa de campo o de ciudad, verano o invierno de paredes y sueños, casas de nuestras primeras letras y de nuestros primeros castigos, casas quizá del amor inicial y del aprendizaje del dolor, fachadas y ventanas y cuartos y escaleras que se nos siguen presentando envueltas en brumas, levantadas en la nostalgia». («Palermo de Lampedusa» en «El artículo livisconti-1iicbuenosairesesteriitterario y periodístico», pág 244)

Esa nostalgia nos trae ahora el baile de Tancredi y Angélica, la contemplación de la muerte que el Príncipe tiene en la biblioteca, los amores furtivos y la partida al alba. Cuando en El Gatopardo -de cuya publicación se cumplen en este noviembre cincuenta años -el cine abre la puerta de Villa Salina en Donnafugata, el ojo cinematográfico se cuela por la cerradura de la cámara y lo que vemos es la estancia literaria que escribió Lampedusa y, avanzando más, lo que leemos en su novela es la verdad de su historia, y la puerta de esa historia, al abrirse, nos lleva de la mano al retrato familiar, a esa Casa que el escritor tuvo en sus campos de niñez, un paisaje de muros evocados que en la realidad fue el Palazzo en Santa Margherita.

Donnafugata de su memoria, en ella entraría luego por sus salones el ojo del lector admirando el estilo en los adjetivos, el mobiliario de los pronombres, los verbos colgados de los muros en la descripción. Luego entraría el ojo cinematográfico hasta colarse por la cerradura de la cámara y nos mostraría su espionaje de amores y su rumor de conversaciones familiares antes de que la Casa entera como paisaje se derrumbara en ruinas.

(Imágenes: escena de «El Gatopardo»./-Luchino Visconti.-iiccbuenosaires.esteri.it)

LA SILLA

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Ahora que se debate la silla cedida en una reunión internacional, la silla negociada, la silla conquistada, la silla pasiva o activa, la silla desde la que se oye la voz o no se la escucha, la silla sencilla y la doble silla de las intervenciones vacías o transcendentales, me voy con Ramón Gómez de la Serna al Rastro de Madrid a ver sillas, «sillas de pueblo, sillas de esas campesinas, de palos apenas torneados, blancas,con asiento de paja… Da contento al ánimo el verlas con su aire campestre, sin presunción, sin mal cariz, cándidas, fuertes, en pie casi siempre en los puestos al descampado… Dan a esto –me dice Ramón en «El Rastro» – un aire optimista, el aire de las eras… Sólo son comparables con ellas las altas sillas de los niños, joviales y expresivas… Luego las hay de todas clases, como huérfanas, como vástagos de familias burguesas que tuvieron una mansa época de diálogos y silencios en su tertulia casera… Algunas rotas, astrosas, lastimosas, imitan la actitud de los pobres limosneros mancos, sentados con tiesura e inmovilidad sobre una silla de tijera…»

Ahora que se debate la silla cedida en una reunión internacional, la silla negociada, la silla conquistada, recuerdo el secreto que guardan ciertas sillas. Aquella silla baja, por ejemplo, de madera dorada y ricamente esculpida, época Luis XVl que, como los seres humanos, escondía su personalidad. Al volver la silla al revés, se veía la firma de Jacob y la marca C.T., castillo de Trianón. En esa silla, ni cedida ni negociada ni conquistada, se sentaba nada menos que María Antonieta.

(Imagen: silla.- Carlos ZZ zerpa.-flickr)