Cuando salgas a pintar—- decía Monet— , trata de olvidar los objetos que tienes ante ti, un árbol, una casa, un campo, o lo que sea. Piensa solamente: he aquí un cuadradito azul, un óvalo rosa, una franja amarilla, y píntalos tal y como los ves, con el color y las formas exactas, hasta que obtengas tu propia e ingenua impresión de la escena que tienes delante.
El hombre comedor — dice Balzac — cede al apetito de los sentidos, cede también al apetito de la imaginación.. Un bocado al pasar por su boca, deja una sensación muy ligera, cierto, pero al fin y al cabo, despierta una idea : es un clamor que puede producir la luz. Es un germen que, hábilmente fecundado por el arte, puede convertir al sujeto en un goloso de escaso mérito.
El hombre comedor es difícil de reconocer únicamente por el examen de su fisonomía: para emitir un juicio infalible, habría que verlo mientras come No obstante, algunos signos característicos pueden orientar al observador incipiente.
Es con frecuencia delgado y alto ; come rápido y mucho; pocas veces pone dificultades ; aún así no admite todos los platos. Suele preferir bocados sólidos, y hace poco caso de los entremeses y los postres. Le gusta bastante la costilla de buey y el asado, pero se niega a probarlos por temor a manifestar alguna analogía con el glotón.
El signo que distingue al hombre comedor es el de actuar lentamente, y tras masticar con bastante detenimiento, habla, con frecuencia: es a veces bastante jovial y alegre, pero estas valiosas cualidades no se revelan hasta el segundo servicio.
(Imágenes- 1,2 y 3- wikipedia/ 4- El gastrónomo Antoine Careme/ 5 – Jean Béraud – bistrot- colección particular)
Se veía perfectamente la mesa de la cocina en Canadá de Alice, y ella allí escribiendo de noche. Se veía muy bien desde la galaxia porque la bola del mundo era una especie de montículo oscuro, como un nacimiento salpicado de luces aquí y allá, exactamente igual que un nacimiento. El resto estaba oscuro. Los búfalos bramaban en la negrura, no se les veía, como tampoco se veía muy bien cuando los hipopótamos levantaban su cabeza en los ríos y soplaban con sus orificios al aire porque todo era opaco en el monte del mundo, pero no las luces de las casas de los artistas, que estaban encendidas, cada una en su soledad, envueltas en su noche, las luces por ejemplo de la cocina de Alice en Victoria, todos los trastos y cacharros recogidos, la cocina limpia, un silencio completo, las tres hijas ya acostadas, y ella escribiendo su cuento “Demasiada felicidad”. Lo hacía sobre un cuaderno y con una letra rasgada y sencilla, sobre todo auténtica y entregada..Desde la galaxia no se veía en cambio el ataque de unos leones con otros, la esbeltez aristocrático de la jirafa, el rastreo sinuoso de la serpiente porque todo estaba opaco y oscuro, pero no así la luz del enorme cuarto semivacío del Hotel Birón en Paris donde Rainer María estaba escribiendo sobre una mesa desnuda “Los cuadernos de Malte Laurids Brigge”.Desde la galaxia no se veían las carreteras cruzadas de coches, ni el remolino de las mariposas, ni la fluidez de las aguas, pero sí en cambio la luz de la hoja en la que Rainer María escribiría su testamento: “ Ese estar solo en el que me he justificado desde hace veinte años, no debe convertirse en una excepción, en unas «vacaciones» que debería pedir a una dicha que vela sobre mí, en medio de múltiples justificaciones. Debo vivir sin fronteras dentro de dicha soledad.”
En las calles de las ciudades populosas—escribe Liñán y Verdugo en su “ Guía de avisos de forasteros que vienen a la Corte”(siglo XVII) — se dice que estuviesen los nombres de las calles puestos en las esquinas, y los de las artes y oficios que en ellas se ejercitaban y usaban, y para que ninguno entrase por la calle que no había menester; hasta incluso las calles sin salida, que permitiese labrarlas y edificarlas, y sus barrios y cuarteles de tal manera que estaban edificados y repartidos. Así las calles de Madrid, de las que se ha escrito tanto. Répide,Ramón, Mesonero. De la calle Abada, entre la plaza del Carmen y la calle de Jacometrezo, hasta la calle Zurita, entre la calle de Santa Isabel y Valencia, el abecedario de la A a la Z nos va llevando al principio por vías insalubres y malolientes de siglos pasados que luego se asfaltarán y modernizarán, y donde la Historia de la capital ha dado sus pasos.
Sobre la calle Madrid, por ejemplo, Mesonero ( en 1861), solo dice de ella que es un «mezquino callejón que con el pomposo nombre de calle de Madrid corre a espaldas de las Casas Consistoriales.Répide añade a estos datos que, es tal su brevedad y angostura, que ni tiene portales que se abran a ella, ni permite el paso de carruajes por su empedrado.
Mesonero, entre otros, también nos va conduciendo en el antiguo Madrid por el arrabal de San Millán o de Santa Cruz, por el arrabal de San Ginés o por las Vistillas, por el Rastro o por Lavapies,por el Prado Viejo o por Recoletos, un Madrid histórico y legendario que han pisado tantas gentes con sus modas y disfraces y que nos da el alíento de esta ciudad.
(Imágenes- 1-calle de Toledo/ 2 – Bulevares de Madrid/. 3- calle de Atocha)
Habría que remontarse quizá para hablar del arte urbano a la calle como espacio de propaganda política. Habría que hablar de algún modo del muralismo mexicano.Igualmente de la grafonomía del pueblo. Lo mismo sobre la utilización de la vida cotidiana como propaganda, denuncia o aviso. Habría que hablar de los nuevos espacios de expresión en las calles con sus gritos singulares — como ocurrió en París en 1968– recordando que la belleza está en la calle y cómo se revela por tanto el espacio como un cuadro de adoquines y de grumos, de fachadas encaladas y de grietas arañando la piedra. Habría que hablar de ciudades fracturadas. También de un arte transitorio y efímero.
Habría que hablar de las Bellas Artes en el teatro de las calles y edificios.
Habría que hablar de un arte impopular. También de la caligrafía cuidadosa o exagerada.
Habría que hablar de las guerras contra los grafitis. De los grafitis blancos, azules o rojos. Del arte de la comunicación militante. Del grafiti como nuevo expresionismo.De la vida de la pintura.
Habría que hablar de los grafitis legales e ilegales. De la reconquista de los espacios.
De los nuevos muralismos. De las denuncias. De las persecuciones. De los embozados en pasamontañas huyendo. De las carreras y persecuciones nocturnas. De las sorpresas diurnas. De la pasión por el púrpura. De las sombras de medianoche. De los dedos amarillos, del dibujo de las manos. Del trazo verde, rojo o morado como firma de que uno estuvo allí, en la pared.
José Julio Perlado
(Imágenes- 11-Banksy/ 2- Keith Haring/3- Vigo, España / 4 pintura en Chile/ 5- metro de Nueva York 1973/ 6- aerosoles arabescos/ 7- Pintura en. México)
He ahí todos los recuerdos, las piezas desmontadas, una figurita de porcelana a la que le falta un brazo que un día conviene pegar. Es una bailarina azul, que levanta los ojos al verme y se sorprende de que haya metido por primera vez la mano en este baúl porque estoy buscando una lámpara antigua que no encuentro, pero así son los viajes, impredecibles, llenos de sorpresas, haber viajado por tantos países con este baúl me recuerda que iba siempre esta caja un poco ladeada, llevaban este baúl entre cuatro personas porque pesaba mucho y lo llevaban de barco en barco y de coche en coche, temblando de que pudiera romperse la vajilla, las copas de champán tenían en su vientre para protegerlas , y tal y como si llevaran forrados sus intestinos, recortes de periódicos pasados, la llegada a la Luna, por ejemplo, se veía al otro lado del cristal de una copa de champán la cara de la Luna pisada por una bota norteamericana y en otra de las copas, aquella hoja de periódico bien apretada y muy arrugada, muy prensada, aún más antigua, que daba la noticia de la muerte de Stalin, y así iba siempre el baúl algo ladeado por el peso, aquel baúl de tantos viajes. Yo creo que nunca se abrió este baúl porque creían que era un tesoro inexplorado, los restos de un tesoro o de un naufragio, no sé, ¿por qué nunca nadie lo abrió?, pero así son los viajes extraños, el baúl con su vajilla temblando y la figurita de porcelana azul entre las copas de champán y caída en el fondo y perdida una llave antigua, de gran tamaño, que debía de haber servido para cerrar la cancela del patio de mis abuelos. Y junto a la enorme llave, unas postales del siglo pasado, de color amarillento, de las primeras postales que hubo, mostrando reflejos dorados en el puente de Praga, cuando el baúl estuvo por allí, viendo y visitando castillos y algún pariente seguro que quiso escribir unas postales para la posteridad. De tal forma que la bailarina azul recorrió así varios países faltándole aquel brazo que alguien esperaba pegar y cuando me vio asomar para abrir por primera vez el baúl quedó asombrada de mi mano, y tal como estaba, abrió los ojos y me sonrió, apretada como estaba entre tantas copas de champán.
“Amadísima Jennifer», «vive tu vida plenamente, sin egoísmo. Sé comedida, respeta el esfuerzo ajeno. Esfuérzate por lograr lo mejor y el buen gusto. Manten el juicio puro y la conducta limpia. Da gracias por los rostros de las personas buenas y por el dulce amor que hay detrás de sus ojos… Por las flores que se mecen al viento. Un breve sueño y despertaré a la eternidad. Si no despierto como nosotros lo entendemos entonces seguiré viviendo en ti, amadísima hija».
Picasso heredó de su madre — cuenta Juan Eduardo Cirlot en “El nacimiento de un genio” — la tipología morena y vivaz que se combinó en su temperamento con el esteticismo paterno agregándole la fuerza como cualidad primaria. Pues el padre era un carácter más bien soñador y lánguido, con más interés por la obra de arte realizada que por su ejecución. Sin embargo tempranamente hubo de sentir el anhelo de que su hijo alcanzara las cimas a él vedadas y a partir de ese momento que no podríamos fechar— anterior a 1890 —,se convirtió en el primer maestro de Pablo. Especialista como era en la pintura de aves y en especial de palomas, hacía clavar en la pared las patas de una paloma muerta y obligaba al pequeño Picasso a dibujarlas hasta que lograse una exacta expresividad de la forma y su rictus.
De ahí, posiblemente, que los dibujos infantiles del artista se advierta una mayor seguridad y madurez cuando representa palomas mientras que en su fantasía y la deformación intervienen en otros temas, aunque ya se advierte
en ellos un evidente matiz artístico, una especial gracia en los ritmos y los ejes.
(Imágenes-1- Hoy de Málaga / 2. Picasso con su hermana en en 1899 / 3 casa. donde nació Picasso/ 4 palomas)
Aquella lágrima no venía del recuerdo ni de la ausencia, venía de la imaginación, del temor a lo que podía ocurrir. Una especie de adelantamiento a lo que le habían hablado del futuro. Era una lágrima pequeña, concentrada, que no estaba escondida en la memoria, que tampoco vivía de la evocación. Porque era una lágrima extraña, una en cada ojo, subía del sentimiento y del corazón aprensivo, de lo imaginario que aún no había ocurrido, era un brote de lágrima, una humedad cristalina que no tenía la capacidad del llanto ni se iba a desbordar en congojas. Era una presión de emociones, una alteración del espíritu que presionaba a las puertas del párpado como pidiendo salir a la pupila, impetuosa, intensa, imparable, no había que llorar, sencillamente había que presionar un poco el contenido de las emociones y horadar los sentimientos como una gota de agua, como si fuera un cristal sin aristas, un cristal, o mejor dicho, dos cristales, uno en cada pupila, brillantes, húmedos, agua extraña de sentimientos, agua quizá salada, no se sabía aún, proveniente sin duda del corazón y de sus estremecimientos, que había subido instantánea y eléctricamente por rápidos caminos hacia el cerebro, y de éste a los ojos, y en el interior de los ojos, por detrás de los ojos, esperaba aparecer sin que nadie la viera, pero alguien la vio, vio los dos brotes de lágrimas, cada uno en su pupila, que ya no podían aguantar más en el interior y brotaron, y alguien que lo vio enseguida le acercó un pañuelo.
José Julio Perlado
(Imágenes- 1- – iglesia del Arc- en – ciel Haute- Marne (Francia/ 2- wikipedia)
El escritor holandés Cees Nooteboom quiso recorrer diversos países del mundo buscando lo que quedaba de la vida en poetas y pensadores. Lo que quedaba de aquellas vidas eran unos triángulos y unos cuadrados — algunas veces solitarias cruces — que miraban al mar o a los prados, que se escondían en cementerios, que ascendían a picachos o descendían a sótanos. Allí estaban los restos aislados de Stevenson, de Balzac, de Spinoza, de Borges, de Goethe, de Kafka, de Beckett o de Simenon, numerosos nombres, numerosos triángulos y cuadrados como lápidas sobre sus sepulturas, numerosos recuerdos, numerosas fechas. En la soledad de los campos o al borde de las olas del mar quedaban los restos de los que tanto se habían esforzado por aportar su propia mirada, por añadir una belleza o un pensamiento singular e incorporarlo como poema o como prosa a la rueda giratoria del mundo. Los devotos de las tumbas célebres tienen en ese recorrido un mapa de evocación. Pero los devotos del aliento de los artistas saben que las obras — como hojas— están esparcidas por todos los países y guardan su riqueza en cada idioma y en cada edición. Lo que queda de la vida de esos autores , y en el fondo de la vida de todos los hombres y mujeres, es lo que se haya hecho _— consciente o inconscientemente — con amor. Todos los esfuerzos, las vigilias, los amaneceres, las correcciones, las equivocaciones reparadas, los desalientos vencidos, la soledad amada, todo eso se volcó en letras y papeles, eso quedó.No hay tumba que glorifique ese mundo de la contemplación porque nunca necesitará de un sepulcro.
Ese vuelo del velo blanco y gris que envuelve la cabeza de esta mujer anciana, muy posiblemente la madre del artista, de Guido Reni, pintor de Bolonia en el siglo XVl, muy valorado y reconocido, guarda y muestra a la vez la firmeza de una mirada, la decisión y determinación por sacar adelante — como tantas otras madres del mundo — la vocación que su hijo ha querido emprender, esos pinceles y colores que ahora la retratan Ella está quieta, su hijo le ha pedido que sea su modelo, pero mientras él la pinta él hijo piensa en el modelo de las. virtudes de su madre, no solo en sus facciones, y ella a su vez rememora las noches en vela, las discusiones y fricciones de la juventud y la pubertad, las rebeliones, la comprensión y los abrazos entre madre e hijo. Este. cuadro que está en la. Pinacoteca de Bolonia, tiene una capa de pintura excelsa que esconde el enigma de una vida.
Como todos los cuadros, esconde y enseña a la vez lo profundo de las existencias. Las existencias van por debajo de los pinceles, los pinceles recogen un instante o un aspecto, pero la vida tiene unas honduras que es difícil captar con la pintura. Como en este autorretrato de Guido Reni, esta faz con perilla blanca del hijo pintor, que mira para la posteridad. No sabemos si la madre lo vio, porque la madre — como todas las madres — recordaba a su hijo pequeño, al que enseñó a hablar y a estudiar, y también a comer, para que, andando el tiempo, le salieran esas mejillas abombadas y esos ojos bajo los cuales se esconde la chispa de la juventud.
Y luego el pintor creció como artista y se hizo amigo de San Mateo y el Ángel, y quiso pintar al ángel y a San Mateo mirándose a los ojos, uno escuchando al otro, revelándole esencias, la pluma en la mano para no desperdiciar palabra de cuanto se decía, la cabeza canosa de San Mateo y la infantil mirada del angel. Y así fue, pintando y pintando, como Guido Reni llegó hasta el final — 1642– y murió.
José Julio Perlado
( Imágenes- 1- Guido Reni : 1- Mujer anciana- Pinacotcca de Bolonia/ 2- autorretrato- Ufici- Florencia/ 3- San Mateo y un angel-museos vaticanos/ 4- Beatrices Cenci- galleria nacionale de arte antica)
Kodama alienta un personaje de engañosa fragilidad — decía el perista argentino Juan Gasparini— Algo etérea, a la defensiva, con un aire de dignidad herida, destila un halo de ausencia. Su rostro oriental de pómulos altos, labios finos y ojos alargados y acuosos muestran algunas pecas.
Poco importa su edad -decía Fanny, que toda su vida atendió a Borges—,el verdadero valor de las personas se mide por sus actos y no por los años que han vivido. La primera vez que la vi me sorprendió lo flaquita que era, tenía unos brazos muy delgados y una mirada que parecía llegar más allá de lo que proyectaban sus ojos.
( breves apuntes s obre María Kodama, uque acaba de morir)
Yo sí tengo un momento estelar. Ocurrió en Roma, el 20 de marzo de 1964, a las doce y media de la mañana, en una sala de estar con puertas de cristales, un sofá y dos butacas. Yo tenía 28 años. Y no puedo decir más. Si dijera más, el momento estelar desaparecería y Stefan Zweig me lo reprocharía. Él a mi lado — tan conocedor de momentos estelares y que en tantas ocasiones los ha recogido — me diría que ese momento estelar lo guardara como único y me lo llevara a la tumba. Eso hago. Todo el mundo tiene “momentos estelares”. Generalmente es un momento único, uno solo, no hay dos, muchas veces no corresponde a nuestra boda, ni a la muerte de nuestros padres, ni al nacimiento de un hijo. Tampoco al instante de nuestro enamoramiento. Porque nuestro enamoramiento no tiene un instante solitario sino que es una sucesión de instantes ardientes que configuran el amor. Entonces, ¿qué es un “momento estelar”? Es muy difícil describirlo porque es el tiempo, con su paso de años, el que lo va puliendo, aparta todos los otros momentos de nuestra vida — incluso los que celebramos en la intimidad o en familia – y lo va dejando como escenario único, imborrable, tan vivo como si ocurriera hoy y ahora, nada hay que recordar, es sólo vivir una y otra vez ese espacio, esas conversaciones, los gestos, todo lo que ocurrió y que ahora ocurre con sólo invocarlo, una imagen y una voz que no se borrarán y que cada uno, aunque cueste, ha de encontrar en su vida.
Si Stefan Zweig viviese hoy y leyera esto, lo confirmaría: “Sí, ese fue tu “momento estelar”. Cada uno tiene que buscar el suyo