JULIETTE GRÉCO

 

— ¿Ha dejado usted el existencialismo? — le preguntaba Manuel Del Arco a Juliette Gréco.

—No he cambiado, desde pequeña soy la misma de siempre.

— ¿Triunfó usted por ser bonita o por inteligente?

—No soy bonita ni me considero inteligente; si la gente cree que soy una u otra cosa, mejor para mí.

— ¿ Usted qué prefiere ?

— Según. Hay momentos  que se precisa la inteligencia; otros es preferible ser bonita.

— ¿ Mas actriz que cantante?

— No lo sé, yo procuro dar vida a mis canciones.

— ¿Edith Piaff?

— Ella puede hacer lo que quiere.

— ¿ La envidia?

—La admiro.

— ¿ Usted cómo se juzga?

— Sincera.

— ¿ No miente nunca?

— No; ¿ para qué?

— Usted ha nacido artísticamente en Saint Germain des Pres, .¿ podría resumirme ese trozo de París en una frase?

—Antes era como una pequeña ciudad donde todos nos conocíamos en la calle; hoy es un lugar de turistas extranjeros donde nadie se saluda.

— ¿ Siente haberse hecho así?

—No, soy hija de Saint Germain.

— ¿ Qué idea tiene de los hombres?

— Magnífica en general.

—¿ Y de las mujeres?

—Lo mejor que ha hecho la Naturaleza.

— ¿ Qué compositor le gusta?

— George Brassens.

— ¿ Dónde reside su personalidad?

— Aquí, en mi frente.”

(en el día de la muerte de Juliette Gréco)

(Descanse en paz)

 

 

(Imágenes — café du Dome— – 1929 —national geographic/ 2- café de Flore- 1953)

SENSACIONES EN UN TRANVÍA

 

“Esperando el tranvía en una ciudad extranjera, rodeado de gente a la que nunca volveré a ver — escribe en su Diario “La tentación del fracaso” el peruano Julio Ramón Ribeyro desde Munich en 1955 —, viendo las tiendas, los letreros, el suave sol de la primavera esmaltando los tejados, he sentido uno de esos efluvios de plenitud, de optimismo, de amor a la vida que para los demás son una  norma y para mí una excepción. Mi felicidad era tan grande que no cabía en mi corazón. Con los ojos empañados miraba a la gente como si quisiera abrazarla y contagiarle mi gozo y decirles que no se preocuparan por nada, que no se torturaran, que ya todo iba a pasar, que la dicha estaba allí en las veredas, en los árboles, en las campanas, al alcance de todos los que quisieran inclinarse y arrancarla como se arranca una rosa.

Media hora más tarde, sentado en el tranvía, sentí mi pecho cansado, pastoso e insensible el rostro de la gente, triste e inhumano el paisaje: por las ventanas desfilaban los galpones de un viejo campo de concentración.”

(Imagen — Vigo es)