LA PARTITURA MÁS VALIOSA

 

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“He llamado al primer movimiento Totenfeier; si le interesa saberlo – escribe Mahler a Marschalk en 1896 – es el héroe de mi sinfonía en re, al que conduzco a la tumba… Paralelamente se plantea la cuestión central: ¿por qué has vivido? ¿Por qué has sufrido? Es preciso que de una u otra forma resolvamos este problema para poder continuar viviendo o, incluso, muriendo. Aquel que, siquiera una vez, se haya planteado esta cuestión está en condiciones de responder: y esta respuesta la doy en el último movimiento… El segundo movimiento, un recuerdo. Un rayo de sol en la vida de mi héroe… La vida vuelve a tomarte y ocurre que, en su vana agitación, te produce horror; es como una sala de baile bien iluminada donde se agitan siluetas móviles y danzantes que tú, oculto en la noche, observas desde lejos sin oír la música ¡Así es el tercer movimiento! Lo que sigue ya lo conocéis”.

Ahora se habla de la partitura más valiosa al referirse a la Segunda Sinfonía de Mahler. La correspondencia del compositor alumbra en gran parte sus intenciones creadoras. Marc Vignal en su “Mahler” incorpora aún otro documento más que nos adentra en la composición. “Había buscado en toda la literatura mundial, incluida la Biblia, – escribe Mahler en febrero de 1897 – tratando de encontrar la palabra redentora…

 

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Entonces murió Bülow, y yo asistí a un servicio religioso conmemorativo. El estado de ánimo en el que me encontraba allí, pensando en el difunto, correspondía exactamente a aquel de la obra que me preocupaba de modo incesante. En ese instante el coro entonó la coral de Resurrección. Me estremecí como ante un relámpago; todo era ahora límpido, evidente. El artista vive esperando ese relámpago: es su Anunciación. Me quedaba traspasar a música esta experiencia. Y sin embargo, si no hubiera llevado ya esta obra dentro de mí, ¿cómo hubiera podido vivirla?”.

 

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(Imágenes.- 1-Segunda Sinfonía de Mahler- Sothebys-el país/ 2.-Mahler- foto picture aliance/ 3- Mahler en 1903)

LA PACIENCIA

 

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“De las muchas virtudes que tenemos a nuestra disposición. – decía el poeta ruso Joseph Brodsky -, la paciencia es la más conocida por obtener recompensa. De hecho, la paciencia constituye parte integral de cualquier virtud. ¿Qué es una virtud sin paciencia?: tan sólo buen carácter. En algunos trabajos, sin embargo, no resulta aconsejable; de hecho, podría ser mortal. Otros trabajos requieren paciencia, mucha, mucha paciencia; y quizá por ser la única virtud detestable en ellos, sus profesionales se dedican a fondo a cultivarla”.

Joseph Brodsky– “Pieza de coleccionista” (1991) – “Del dolor y la razón”

(Imagen.-Otto Piene- 1978)

SOBRE LA CARICATURA

 

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“La caricatura es una forma de estudio eficaz. Una caricatura pone de relieve los rasgos más característicos, los que sean, sin tener en cuenta la variedad del modelo. Pero no dejes que la caricatura se apodere de todos tus dibujos. Caricaturiza tanto la acción como el animal.

Si tienes dudas respecto a las articulaciones, trabájalas por analogía con el esqueleto humano, cuando esto sea posible – aconsejaba el gran escultor y dibujante Alexander Calder -. Muchos de los esqueletos animales se corresponden estrechamente con los de la osamenta humana. Sé consciente de los músculos de todas las partes del cuerpo. Éstos hacen que todas las grandes líneas del cuerpo sean convexas. La actividad constante es la mejor receta para cualquier tipo de dibujo. Lleva siempre papel y lápiz. Y úsalos. No seas tímido.

Dibuja en el transporte público. Ahí sólo habrá personas, pero si te paras a pensarlo te darás cuenta de que la mayoría se parecen a algún animal. Estúdialos atentamente y descubre cuáles de sus rasgos o gestos te recuerdan al animal. Entonces dibújalos, haciendo que se parezcan más que nunca al animal”.

Baudelaire decía de la caricatura: “la sorpresa de que ese arte caricatural produzca risa o diversión cuando debiera producir miedo o compasión es debido a que la caricatura, como lo cómico en general, nace de una equilibrada dialéctica entre nuestra necesidad de sentirnos superiores y nuestra conciencia de ser inferiores”.

(Imagen.- Daumier– oldbookilustration)

 

CUATRO CUARTETOS

 

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“Lo que llamamos principio es con frecuencia el fin

y llegar a un fin es llegar a un principio.

El fin es desde donde partimos. Y cada frase

y cada oración correctas (donde cada palabra está en su lugar,

asumiendo su puesto para sostener a las otras,

la palabra ni tímida ni ostentosa,

un comercio natural de lo antiguo y lo nuevo,

la exacta palabra común sin vulgaridad,

la esencial palabra precisa pero no pedante,

el completo consorcio bailando a un tiempo)

Cada frase y cada oración  es un fin y un principio.

(…)

Estos versos, que corresponden a la parte final de los “Cuatro cuartetos” de T S Eliot, vuelven ahora a la actualidad con la aparición de esta célebre obra en una nueva y acaso definitiva versión en la editorial Lumen. Eliot revisó innumerables veces todas las cadencias, estructura e imágenes del poema. Los numerosísimos borradores culminaron con su publicación el 19 de septiembre de 1942 en el New English. Como en tantos creadores, Eliot habló a sus amigos de sus dudas respecto al mérito y valor de sus actividades poéticas, aunque las reseñas críticas le fueron generalmente muy favorables. Son las seguridades e incertidumbres de todo escritor, desde los principiantes hasta los más excelsos y notables.

 

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(Imágenes.-Eliot- John Loengard- 1956/ 2.-Anna Atkins)

EL OTRO YO

 

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“No escribo yo…

el otro que hay en mí

pide aflorar constantemente.

.Mas si me apresuro a volverme y mirarlo

él vuelve a escabullirse

al momento y lugar

en donde estaba antes

pues sin saberlo entorné la puerta

y lo dejé salir.

A veces un grito encendido lo llama;

comprende que lo necesito,

y yo también. Su tarea

será decirme quién soy bajo la máscara.

Él es Fantasma, yo fachada

que oculta la ópera que él escribe con Dios,

en tanto yo, ciego del todo,

espero impávido a que su mente

se me deslice brazo abajo,

por la muñeca, hasta la mano

y las puntas de los dedos

y furtiva encuentre

esas verdades que caen de las lenguas

con sonido quemante,

todo surgido de una sangre secreta

y alma secreta de secreto suelo.

 

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Con alegría

él se asoma a escribir, y luego corre

a esconderse una semana

hasta que reanuda el juego

en el cual yo finjo, diligente,

que no es mi propósito tentarlo.

(…)

 

Ray Bradbury .- “Zen en el arte de escribir”

(Imágenes.- 1- David Bowers-all- art- org/ 2.-Paul Serusier)

“LA COCINA” DE WESKER

 

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Se presenta en el teatro “Valle Inclán” de Madrid la obra del británico Arnold Wesker “La cocina”, una pieza de 26 actores a la que me referí  aquí hace ya algún tiempo. Wesker, uno de los autores “airados” de la escena inglesa en los años cincuenta, plantea desde el marco de una cocina una serie de problemas sociales, de convivencia cotidiana elevada y cruzada a través de una relación tensa e intensa entre los  personajes. “La cocina” fue escrita, como recuerda Russell Taylor, con un ojo puesto en la televisión y fue enviada – sin éxito- a todas las compañías de televisión. Más tarde, cuando Wesker tenía nombre, todos la quisieron y el autor tuvo la satisfacción de rechazar todos los ofrecimientos. Aunque en apariencia “La cocina” constituye una diversión, es predominantemente un drama naturalista, que también tiene momentos de fantasía. El tráfago de la hora del almuerzo, el interludio del drama, nos llevan a la cocina como vida. “¿Sabes qué quiero decir? – se escucha en la obra-, la cocina y la vida es demasiado rápida para saber qué sucede. La gente va y viene, gran excitación, gran alboroto. ¿Para qué? Al final, ¿a quién conoces? Entablas una amistad, quieres ser el amigo del otro para toda la vida, pero cuando sales , ¡te olvidas! ¿Por qué te quejas de esta cocina?”.

(Imagen: La Cocina”, foto marcosgpunto- el Mundo)

EL CUADRO DENTRO DEL CUADRO

 

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“Vi allí telas de gran valor y que, en su mayoría, había admirado en colecciones particulares de Europa y en exposiciones de pintura. Las diversas escuelas de los antiguos maestros estaban representadas  – escribía  Julio Verne en “Veinte mil leguas de viaje submarino“- por una Madona de Rafael, una Virgen de Leonardo da Vinci, una ninfa de Correggio, una mujer de Tiziano, una Adoración de Veronese, una Asunción de Murillo, un retrato de Holbein, un monje de Velázquez, un mártir de Ribera, una kermesse de Rubens, dos paisajes flamencos de Teniers, tres pequeños cuadros de género de Gérard Dow, Metsu y Paul Potter, dos temas de Gèricault y de Proudhon y algunas marinas de Backuysen y Venut. Entre las obras de pintura moderna aparecían cuadros firmados por Delacroix, Ingres, Decamps, Troyon, Meissonier, Daubigny…”

Esta cita es la introducción que coloca Georges Perec al inicio de su novela “El gabinete de un aficionado” (historia de un cuadro). El cuadro siempre ha atraído numerosos e interesantes comentarios. Ahora la exposición en el Prado vuelve a ponerlo de actualidad. “A comienzos del siglo XVl – recordaba Francastel,- ya se observan en Venecia

 

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algunas colecciones privadas de pintura, en tanto que durante todo el siglo XV la pintura aún cumplía con su papel tradicional de decoración: las pinturas iban destinadas de antemano a un emplazamiento preciso. La diferencia es esencial. Mientras que la pintura concebida como ornamento realza la capilla, la iglesia, el altar o el salón ( y, por lo tanto, el “cuadro” se concibe según la función adscrita en el encargo), en el caso de la colección es el propio cuadro lo que debe ser realzado: debe instalarse allí en donde brille con mayor intensidad. A partir de ese momento, el cuadro cambia de naturaleza: de objeto costoso pasa a ser objeto precioso. Y como tal, se comercializa. Mientras la pintura se mantuvo atada al lugar de su destino en la mentalidad general, nadie pudo pensar que podía cambiar de lugar, y, por lo tanto, circular de mano en mano. Pero a partir del momento en que se concibe el cuadro como un valor en sí, independiente del lugar donde se encuentre, su comercialización no sólo era posible sino inevitable”.

La fascinación por contemplar un cuadro ejerció, por ejemplo, en Proust  el hecho de que “La vista de Delft” de Vermeer, que le había cautivado veinte años antes, necesitaba, según él, una nueva y definitiva  visión.  Así, a pesar de estar muy enfermo, a pocos meses de su muerte, a las nueve y cuarto de la mañana del 24 de mayo de 1922, en lugar de meterse en la cama, después de haber estado toda la noche escribiendo, abandona su cama de enfermo y acompañado por un amigo  va al museo para ver el cuadro y a su vuelta escribe en “La Prisionera“: ” por fin llegó al Vermeer, que él recordaba tan esplendoroso, más diferente de todo lo que conocía  (…) Se le acentuó el mareo, fijaba la mirada en el precioso panelito de pared  como un niño en  una mariposa amarilla que quiere coger. “Así debiera haber escrito yo”, se decía . “Mis últimos libros  son demasiado  secos, tendría que haberles dado varias capas de color, que mi frase fuera preciosa por ella misma, como ese pequeño papel amarillo”.

 

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(Imágenes -1- Pere Borrell-1874/ 2.-Elliot Erwitt/ 3.-Hank Conner)

LA MEMORIA Y EL ARTE

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“Lo que tienen en común la memoria y el arte es el don de la selección, el gusto por el detalle. Aunque esta observación puede parecer halagadora para el arte (el de la prosa en particular), parece ofensiva para la memoria. Y la ofensa es merecida. La memoria contiene detalles precisos, no la visión de conjunto: los momentos culminantes, por decirlo así, no la totalidad del espectáculo. La convicción de que de algún modo recordamos todo de una manera total, la convicción que permite a la especie hunana seguir existiendo, es infundada. Más que a ninguna otra cosa, la memoria se asemeja a una biblioteca en desorden alfabético y sin obras completas de nadie en particular”.

Joseph Brodsky -“ Less Than One” (1986)

 

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(Imagen.1.–Dave Muller- 1999/ 2 Dave Muller- Blum Poe

ESCRITORIOS

 

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“Buscaba un archivo que se conservaba en una biblioteca del norte de Europa – describe Clara Janés su escritorio – y con la ayuda de un amigo mío que había conseguido que me  lo mandaran. Eran unas páginas sobre Calderón de la Barca. Saqué el cuaderno de notas y la  foto del autor ( me encanta ver las caras de aquellos sobre los que trabajo). Pero cuando el archivo llegó eran puros números. ¿Qué había pasado? Sin duda la cita por la que me había guiado y con tanta dificultad había logrado localizar el supuesto texto estaba equivocada. Me dio un rapto, imprimí las páginas y puse el gato encima. Hace años, en Egipto pillé la gripe del Nilo y la pasé en el hotel de El Cairo acompañada por esa estatuilla del gato. Desde entonces lo tengo siempre cerca”.

Dedica Clara Janés estas palabras para mostrarnos el rincón y la mesa donde escribe dentro del volumen “Proyecto escritorio”, que ha reunido y editado Jesús Ortega (“Cuadernos del vigía”, Granada 2016). Allí aparecen setenta y siete lugares desordenados y perfectos, recibiendo luces del día o de la noche, austeros o barrocos, silenciosos o incluso batidos por los ruidos. Son los pequeños santuarios de la creación en soledad, con sus manías, fotos o estanterías, con sus paredes desnudas o cuajadas  de libros.

“Volví a mirar los números – prosigue Clara Janés dibujando su mesa y sus hábitos – y se me ocurrió convertirlos en un soneto en el que empapelaría con ellos mi cerebro, dejando estar las letras, para alcanzar lo que encierra “la verdad intemporal”. No es de extrañar la idea, de hecho estaba corrigiendo pruebas de una antología de poesía antigua: la página que tenía delante – la última leída – era un poema de Cervantes sobre Santa Teresa. A la derecha de mi mesa, en cambio, estaba  el resultado de una curiosa propuesta: participar con un poema en un congreso sobre la circulación de la sangre. Hacia arriba, algo a la izquierda, bajo el cuaderno y la foto, las imágenes de un power point para una lectura…Más allá un libro que quería lograr entender bien, lo que suponía ficharlo…Y por ahí en medio, debajo de la cajita de los “tesoros” ( una piedra de Wadi Ram, un fósil de Montalbán, una hoja de laurel del Carmen de los Mártires, una estatuilla casi prehistórica que me regaló Ilhan Berk…), ¡santo cielo!, la carta de un japonés ¡aún sin contestar!

¡Y pensar que hacía tres días había puesto orden en la mesa! Pero la carta llevaba ahí mucho más, mucho, mucho más”.

 

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(Imágenes.- 1-Ad Reinhardt/ 2.-Hans Reichel)

UN POEMA DEL METRO

 

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A veces en la literatura se escriben cosas singulares. Para muchos, experiencias extrañas y desconcertantes; para otros hallazgos. Entre las tentativas creativas del grupo o laboratorio literario Oulipo ( el Taller de Literatura Potencial francés, fundado en 1960 por el escritor Raymond Queneau y el matemático Francois Le Lionnais y al que pertenecieron, entre otros,  Italo Calvino y Georges Perec), figura este poema del metro, cuyo autor es Jacques Jouet:

“Un poema del metro es un poema compuesto en el metro, a lo largo del tiempo de un trayecto.

Un poema del metro tiene tantos versos como estaciones, menos una, tiene el trayecto.

El primer verso se compone mentalmente entre las dos primeras estaciones del trayecto (contando desde la estación de partida)

Se transcribe en el papel cuando el metro se detiene en la segunda estación.

El segundo verso se compone mentalmente entre la segunda y tercera estación del trayecto. Se transcribe al papel cuando el metro se detiene en la tercera estación. Y así sucesivamente.

No hay que transcribir cuando el metro está en marcha.

No hay que componer cuando el metro está detenido.

El último verso del poema se transcribe en el andén de la última estación del trayecto.

Si el itinerario supone una o varias combinaciones de línea, el poema tendrá por lo menos dos estrofas.

Si por desgracia el metro se detiene entre dos estaciones, se produce un momento muy delicado en la escritura del poema del metro”.

Jacques JouetAnthologie de l Oulipo – Gallimard, 2009

 

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(Imágenes.- 1.-Martin Lewis/ 2.-Pierre Jahan -1930)

ROPA DE MUJER

 

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Virginia Woolf, además de sus Diarios y novelas, proyectó su interés a muy diversos temas de costumbres, como por ejemplo el de la moda y los modales en el siglo XlX. “La vestimenta de una mujer –escribe – es tan sensible que, lejos de buscar una determinada influencia explique sus transformaciones, hemos de buscar millares. La inauguración de una línea férrea, la boda de una princesa, el prendimiento de un canalla, son acontecimientos externos que dicen mucho de la ropa femenina (…) Despertamos una mañana y encontramos las tiendas llenas de lo que está de moda; pronto inunda las calles. Al pasar las páginas ilustradas de las revistas se vé cómo interviene el espíritu. Viaja sin cesar sobre el cuerpo. Comienzan a crecer las faldas, hasta formar una cola de más de un metro y medio, que se arrastra por el suelo; de pronto el espíritu salta al cuello y crea una gorguera gigantesca, al tiempo que la falda se acorta hasta las rodillas; entra en el cabello, que de inmediato se alza como los pináculos de la catedral de Salisbury; aparece una cierta hinchazón a la altura de la falda; crece de un modo alarmante; al final es preciso insertar un bastidor para que soporte tantos volantes; acto seguido son los brazos, que imitan pagodas chinas; los aros de acero hacen lo posible por darles alivio. El cabello, entretanto, ha vuelto a su ser. A la dama se le han quedado pequeñas todas las capas y capellinas y solo un echarpe de gran tamaño valdrá para abrigarla. Sin previo aviso, todo el tejido se arruga; el espíritu impregna a la emperatriz Eugenia una noche, en enero de 1859, y le aconseja que prescinda del miriñaque. En un visto y no visto, las faldas de toda Europa desaparecen, y con un fruncimiento en los labios, con modales cáusticos, las damas pasan por las calles con faldas bien ceñidas a la altura de las rodillas, en vez de nadar como antes.

 

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La moda trató  con más discrección a los hombres, y sobre todo se fijó en sus piernas. No obstante, existía una gran empatía entre ambos sexos. Cuando las faldas se parecían a los globos, los pantalones se henchían; cuando menguaban, él usó corsé; cuando el cabello femenino era gótico, el masculino era romántico; cuando ella llevaba vestido de cola, él arrastraba la capa por el suelo. Hacia 1820, el chaleco era más ingobernable que ninguna de las prendas femeninas; en cinco ocasiones a lo largo de ocho meses cambió de forma; durante mucho tiempo la corbata preservó un lugar para las joyas cuando hubo que rivalizar con las gargantillas..”

Y así proseguía evocando la moda Virginia Woolf para The Times Literary Supplement en 1910, sentada en su butaca cerca de la pequeña ventana donde  ella solía ponerse a escribir.

 

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(Imágenes .- 1-espacio Madrid/ 2.-imagen de la película “Ana Karenina”-Wall Street international/ 3.-trajes- wikimedia)

MIRAR Y VER

 

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“Dibujar es mirar, examinando la estructura de las experiencias. Un dibujo de un árbol no muestra un árbol – afirma John Berger -, sino un árbol que está siendo contemplado. Si bien la visión de un árbol se registra casi instantáneamente, el examen de la visión de un árbol (un árbol que está siendo contemplado) no sólo lleva minutos u horas en vez de una fracción de segundos, sino que tiene que ver con la experiencia previa de mirar, deriva de ella y a ella se refiere”.

Comenta estas palabras el redactor de The New Yorker y profesor de crítica literaria en Harvard, James Wood, en “Lo más parecido a la vida”(Taurus), y recuerda  que al igual que al artista le cuesta un esfuerzo – y muchas horas – examinar el árbol, la persona que mira con atención el dibujo, o lee una descripción de un árbol sobre una página, también aprende a dejar de ver para empezar a mirar.

Mirar y ver son cosas bien distintas. Berger afirma – explica  Wood – que todo buen dibujo de un árbol guarda relación con todos los buenos dibujos anteriores de un árbol, ya que los artistas aprenden tanto mirando el mundo como mirando lo que otros artistas han hecho con el mundo. Nuestra mirada siempre está matizada por otras representaciones de la mirada.

Árboles cèlebres ha habido en la literatura. Wood se detiene ante el famoso árbol de “Guerra y paz” junto al que pasa  el píncipre Andréi dos veces: una a comienzos de la primavera, y otra un mes más tarde, a finales de la primavera. En esta segunda ocasión,  Andréi no reconoce el árbol, que ahora está en plena floración. “Unas hojas verdes y jugosas, sin ramas – escribe Tolstoi – habían brotado de su dura corteza centenaria, y era imposible creer que aquel despojo las hubiera producido”. En parte, el príncipe Andréi se fija en el árbol porque también él ha cambiado: el saludable florecimiento del árbol es equivalente al suyo.

El príncipe “mira” – no sólo ve – el árbol y el lector atento “mira” – y no sólo ve – lo que quiere decir Tolstoi.

 

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(Imágnes.- 1- Flora Mclachlan/ 2.- Gustav Klimt

DUNCAN, LA BAILARINA

 

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“Yo pasaba días y noches enteras en el taller, buscando una danza que huía, gracias a los movimientos del cuerpo, la expresión divina del espíritu humano – confesaba Isadora Duncan enMí vida“-. Durante horas yo permanecía en pie, inmóvil, las manos cruzadas a la altura del pecho. Mi madre frecuentemente se asustaba al verme así, inmóvil y como en éxtasis. Pero yo buscaba, y al fin lo encontré, el resorte central de todo movimiento, el núcleo de la potencia matriz, la unidad de donde nace toda la diversidad del movimiento, el espejo de visión de donde surgía toda la danza, todo lo creado. Es desde este descubrimiento de donde nació la teoría sobre la cual fundé mi escuela. La Escuela del Ballet enseñaba a los alumnos que este resorte se movía en el centro de la espalda, en la base de la columna vertebral. Es desde ese punto, dicen algunos maestros del ballet, de donde parten los movimientos de los brazos, de las piernas y del tronco, y el resultado da la impresión de una marioneta articulada. Pero este método produce un movimiento mecánico, artificial, indigno del alma. Yo buscaba al contrario la fuente de la expresión espiritual desde donde se irradiaban por los canales de los cuerpos la fuerza centrífuga que refleja la visión del espíritu.

Aparecen en estos días, en el teatro y en el cine, el tema de las bailarinas. “La danza, según mi opinión- decía también la Duncan – tiene como propósito expresar los más nobles y profundos sentimientos del alma humana, aquellos que vienen de Pan, de Baco o de Afrodita. Ella debe establecer en nuestra vida una armonía vivificante y calurosa; y no pensar que la danza es un mero divertimento frívolo o agradable”.

 

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Como recuerda Adolfo Salazar hablando de la Duncan, ” ella creyó desde muy jovencita haber descubierto el secreto de una danza virgen. Se llamaba Grecia. En un estudio de eruditos concienzudos, se quiso mostrar con exactitud, a veces excesiva pero sorprendente, la convicción de que el sentido de la belleza en los movimientos del cuerpo humano existía en Grecia tanto como en París, hace más de dos míl años o ahora mismo. ¿Hubo un desarrollo o un progreso en el arte de la Duncan?, se pregunta Salazar. Alrededor de ella pulularon las admiraciones sinceras, los snbos y los amateurs. El peligro fue tan grande como las ventajas, y la pobre Isadora, que tuvo que sufrir los accidentes más dolorosos en sus hijos y en ella misma, vio perecer como destino inevitable su propio arte en manos de sus imitadores demasiado contentadizos”.

 

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(Imágenes.-1.-Isadora Duncan.- foto Arnold Genthe-library of Congress- Wikipedia/ 2.-Duncan.-el mundo/ 3.-Isadora Duncan- babelio com)

CORTÁZAR EN EL BOSQUE

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” Recuerdo aquella visión que yo tuve hace años entre los árboles de los montes de Galicia, cuando levanté mi mirada desde el interior del automóvil. Durante mucho tiempo los automóviles han sido mi despacho. En ciudades y en campos. En Galicia, por ejemplo, solía conducir muy despacio por un camino de robledales y castaños hasta encontrar un mismo lugar como refugio. Recuerdo que brillaban gotas de lluvia en los helechos y allí permanecía largas horas estudiando y escribiendo junto a cortezas agrietadas y hojas verdes y oscuras. Un día, escuchando en el coche la voz de Cortázar que hacía años llevaba guardada en mi grabadora, aún me parecía ver su alta figura cuando tuve el encuentro con él en Madrid un año antes de su muerte. “Un cuento – me había dicho entonces y ahora lo escuchaba – es como andar en bicicleta. Mientras se mantiene la velocidad el equilibro es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad ahí te caes y un cuento que pierde velocidad al final, pues es un golpe para el autor y para el lector”. Me impresionaba escuchar de nuevo su voz, una voz argentina, cadenciosa, deslizando las erres y las eses, pero como me impresiona siempre oír la voz de alguien que ya no está con nosotros. La voz humana es algo muy profundo, singular, muy personal, con sus timbres y tonos únicos; algo que, al menos para mí, me conmueve más que una fotografía. Cortázar, con sus largas piernas, sus grandes barbas y sus grandes gafas, me hablaba del cuento porque yo le preguntaba y ahora le volvía a ver en aquel hotel madrileño donde charlamos sobre su libro “Deshoras” y en ese momento, en el monte silencioso de Galicia, sobre suelos de humedad brillante, en aquel despacho móvil y personal que yo me había fabricado con las ventanillas abiertas y un aroma fresco a madera rodeando el automóvil, volvía a escuchar al autor de tantos cuentos recordándome que nadie había definido hasta entonces un cuento de manera satisfactoria porque cada escritor tiene su propia idea del cuento. El cuento para Cortázar era un relato en el que lo que interesaba era una cierta tensión, una cierta capacidad de arrastrar al lector y llevarlo de una manera que se podría calificar casi de fatal hacia una desembocadura, hacia un final. Escuchaba su voz en el silencio del bosque y recordaba también la experiencia que él me había narrado al hablarme de su “Diario para un cuento”, un relato incluido en “Deshoras“, un experimento, me dijo, para ver si frente al problema de no encontrar un camino para escribir un cuento, al describir esas dificultades en forma de Diario (es decir, todos los problemas del escritor que no encuentra el camino), el cuento quedaba atrapado dentro del Diario. Cortázar me había confesado que había tenido que dar vueltas en torno a ese cuento, mirándolo por todos lados, y hablando continuamente de los problemas que le impedían escribirlo. Al recordar aquellos problemas de creación del escritor argentino volvía yo a levantar la vista desde el automóvil hacia el aire húmedo de los árboles, paseaba mi mirada sobre el musgo y las hojas, y evocaba los momentos en que había querido estar muy cerca de creadores y artistas preguntándoles por sus dudas y dificultades”.

José Julio Perlado – ( del libro inédito “Relámpagos”)

 

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(Imágenes.-1.-Cortázar/ 2.-Luca Pignatelli- 2006)

ELOGIO DE LAS “MEMORIAS”

 

 

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“¡Cómo me alegra – dice Montaigne elogiando lasMemorias” – escuchar a alguien que me contara las costumbres, el semblante, la actitud, las palabras más comunes y las fortunas de mis ancestros! ¡Qué atención le prestaría!  A decir verdad, sería propio de una mala naturaleza desdeñar siquiera los retratos de nuestros amigos y predecesores, la forma de sus vestidos y de sus armas. Conservo de ellos la escritura, el sello y una espada peculiar, y no he sacado de mi gabinete unas largas varas que mi padre solía llevar en la mano. El vestido del padre y su anillo son tanto más apreciados por los hijos cuanto mayor es el afecto filial.

(…)  Y aunque nadie me lea – prosigue Montaigne defendiendo lasMemorias”-, ¿he perdido acaso el tiempo dedicándome durante tantas horas ociosas a pensamientos tan útiles y agradables? Al moldear en mí está figura, he tenido que arreglarme y componerme tan a menudo para reproducirme, que el modelo ha cobrado firmeza y en cierta medida forma él mismo. No he hecho más mí libro de lo que mí libro me ha hecho a mí. ¿Acaso he perdido el tiempo por haberme rendido cuentas de mí mismo de manera tan continua y meticulosa? Quienes se repasan sólo con la fantasía, y con la lengua alguna vez, no se examinan, en efecto, tan exactamente, ni se descubren, como quien hace de ello su estudio, su obra y su oficio, como quien se obliga a un registro duradero con toda su fe, con toda su fuerza”.

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(Imágenes-1-Jean Baptiste Chardin– autorretrato- 1771/2.-Kazimir Malevich-1915)

LA CAMA DE VAN GOGH

 

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Se busca estos días la cama de Van Gogh, célebre en su famosa habitación. “El suelo de tarima – recordaban Steven Naifeh y Gregory White Smith en suVan Gogh” al describir “La habitación” – es como un libro abierto que contuviera la alegría de vivir; una cama lo suficientemente grande para dos personas, hecha de  madera de pino color naranja, tan maciza como un barco, y un par de sillas. Sobre el cabezal, el humo turquesa del fumador y su sombrero de paja colgando de un clavo. Sobre la cama, los retratos del desaparecido Boch y de un Millet a punto de irse. La luz amarilla del sol se colaba por entre las contraventanas cerradas arrojando una luz color limón sobre las fundas de las almohadas y las sábanas. Las desafiantes pinceladas de color que Vincent había utilizado para las páginas de la Biblia, escapan de su prisión de gris y llenan el lienzo de un cúmulo de contrastes: una palangana azul sobre una encimera naranja, un suelo rosa con algo de verde; el fondo amarillo y las puertas color lila, una toalla verde menta apoyada contra una pared turquesa y, sobre la cama, una colcha color escarlata. En la parte trasera de la pequeña habitación, junto a la ventana, colgaba de la pared un pequeño espejo para afeitarse”.

Toda la multitud de ojos de los museos del mundo que se han asomado a este umbral se han llevado para siempre este recuerdo vivo en color de una de las habitaciones más irrepetibles, un cuarto que nunca olvidarán. Esta es una de las grandes habitaciones de la Pintura. Es la habitación de Van Gogh.

(Imagen: La habitación-google art projet- Wikipedia)