«Alrededor del seis de octubre, las hojas suelen empezar a caer, en sucesivos chaparrones, tras una lluvia o una helada, pero la principal cosecha de hojas, el súmmun del otoño, suele ser alrededor del dieciséis» – así lo va contando en sus paseos solitarios el norteamericano Henry David Thoreau. enamorado, como tantos otros, de los movimientos de la naturaleza. «Las calles están cubiertas por una capa espesa de trofeos, y las hojas caídas de los olmos crean un pavimento oscuro bajo nuestros pies. Tras uno o varios días especialmente cálidos del veranillo de San Martín, percibo que es el calor inusual lo que provoca, más que nada, la caída de las hojas, quizá cuando no ha habido lluvia ni heladas durante un tiempo. El calor intenso las madura y marchita repentinamente, igual que ablanda y pone a punto a los melocotones y otras frutas y las hace caer».
«Las hojas del arce rojo tardío, brillantes aún, están esparcidas sobre la tierra, con frecuencia como un fondo amarillo con manchas rojas, como manzanas silvestres, pero sólo conservan esos colores sobre la tierra uno o dos días, especialmente si llueve. (…) Los nidos de los pájaros en los arándanos y otros arbustos, y en los árboles, ya están llenos de hojas marchitas. Han caído tantas en el bosque, que una ardilla no puede correr tras su nuez sin que la oigan. Los niños las rastrillan en las calles, sólo por el placer de tratar con un material tan fresco y crujiente. Algunos barren los senderos y los dejan escrupulosamente limpios, para quedarse a mirar el siguiente soplo que esparza nuevos trofeos».
«Aquí no se trata sólo del mero amarillo de los granos – sigue diciendo Thoreau al hablar de los «Colores de otoño» (Centellas) -, sino de casi todos los colores que conocemos, sin exceptuar el azul más brillante: el arce temprano ruborizado, el zumaque venenoso enarbolando sus pecados escarlata, la morera, el rico amarillo cromado de los álamos, el rojo brillante de los arándanos que pinta el fondo de las montañas. (…) La tierra está engalanada. Y, a pesar de todo, las hojas siguen viviendo alli en el suelo, a cuya fertilidad y volumen contribuyen, y en los bosques de los que vienen. Caen para elevarse, para subir más alto en los próximos años, por medio de una química sutil, trepando por la savia a los árboles y a los primeros frutos que caen de los árboles jóvenes, trasmutadas al fin en una corona que, al cabo de los años, las convierten en el monarca de los bosques».
«Es agradable caminar sobre este lecho de hojas fresco y crujiente – continúa Thoreau -. ¡Con qué belleza se retiran a su sepultura! ¡Con qué suavidad yacen y se convierten en mantillo, pintadas de mil colores, perfectas para ser el lecho de nosotros, los vivos!. Así desfilan hacia su última morada, ligeras y juguetonas. No caen sobre las hierbas, sino que corretean alegres por la tierra, eligen un terreno, sin vallas de hierro, susurrando por todos los bosques de los alrededores. Algunas eligen el sitio donde hay hombres que yacen debajo enmoheciendo y se reúnen con ellos a medio camino. ¡Cuántas revolotean antes de descansar en silencio en sus tumbas!».
Y luego a las hojas las recogen voces y canciones antes de morir.
(Imágenes:- 1.-otoño en Ontario.-foto Ellioy Eskey/ 2.-mrhayata.-amayakeer/3.-Lynn Geesaman.-Parque de Sceaux.-París.-1997.-artnet/4.-la melancolía de la caída.-foto Balduino)




Muchas gracias por “inaugurar” el otoño en Mi Siglo con Thoreau. Su carencia de falsedad y la delicadeza del “tacto” de su escritura, tamizada por su profunda y, a la vez, sencilla visión de la Muerte y la Vida, nos traen esta hermosísima cosecha de hojas y colores (‘casi todos los que conocemos’), fresca y crujiente como si fuera fruta. Adoro desde que le descubrí a este hombre…qué bueno poder soñar e imaginar así que en algún punto del continuo espacio-tiempo-imaginario puede encontrarse uno con él y darse un paseo por cualquier bosque…Hace de la muerte paz y de la Vida placer y encanto…
Una vez más, gracias por tan ‘plácida inauguración otoñal’, una entrada preciosa. Un abrazo del color de las hojas del arce rojo tardío…
Sí, la verdad es que con Thoreau la muerte y la vida de las hojas secas y cruijientes nos hacen entrar en el otoño con enseñanzas y nostalgias…
Gracias, maquinista ciego, por el comentario.
Un abrazo.
Cómo me gusta esta canción, y las fotografías, y los textos de Thoreau… Belleza otoñal, saludos otoñales, calor incluído!
Mariàngela,
el otoño con sus colores únicos siempre ha provocado textos como los de Thoreau, paseos contemplando la bellleza…
Gracias por tus palabras.
Un abrazo.