SED DE MAL

¿De dónde nace el mal? ¿Cuál es su origen? Cuando Orson Welles encarna en la gran película “Sed de mal” al corrupto jefe de policía de un pueblo norteamericano junto a la frontera de Méjico que ha de pelearse con un íntegro inspector mejicano de la Brigada de Estupefacientes, y cuando en la pantalla seguimos los giros de la sucia gabardina de Hank Quinlan por habitaciones y pasillos y adivinamos los gestos ocultos de su rostro tendiendo toda clase de trampas al personaje que interpreta Charlton Heston , estamos viendo al mal en movimiento, un mal calculado, frío, rápido, envolvente y creciente. Allí contemplamos cómo el mal abre puertas de continuas sospechas y siembra falsas pistas acusadoras y nos asombra la inteligencia de ese mal que parece increíble, pero es el mismo mal de otra película reciente, el mal en el film de Sidney Lumet, (“Before the devil knows you´re dead“) “Antes que el diablo sepa que has muerto“, historia de odios entre hijos y padres, inquietante argumento en el que Philip Seymour Hoffman es asesinado por Albert Finney tras sórdidas aventuras de avaricia, envidia y de ambición que han sido muy comentadas e interpretadas, entre otros en el excelente blog de Juan Pedro Quiñonero, Una temporada en el infierno.

El mal es el mismo siempre, con sus variantes de rencor, astucia, venganza, frialdad y cuantos detalles tenebrosos puedan añadirse.
El mal existe desde el principio y su mecanismo implacable nos lleva hasta aquellas palabras que pronuncia El Coro en la “Antígona” de Anouilh:

“Eso es todo. Después, basta dejarlo. Nos quedamos tranquilos. La cosa marcha sola. La máquina es minuciosa: está siempre bien aceitada. La muerte, la traición, la desesperanza están ahí, bien preparadas: los estallidos, las tormentas, los silencios, todos los silencios: silencio cuando el brazo del verdugo se levanta al fin. (…) La tragedia es limpia. Es tranquilizadora, es segura…En el drama, con sus traidores, la perfidia encarnizada, la inocencia perseguida, los vengadores, las almas nobles, los destellos de esperanza, resulta espantoso morir, como un accidente. Quizá hubiera sido posible salvarse; el muchacho bueno tal vez hubiera podido llegar a tiempo con la policía. En la tragedia hay tranquilidad. En primer lugar, todos son iguales. ¡Todos inocentes, en una palabra! No es porque haya uno que mata y otro muerto. Eso es cuestión de reparto. Y además, sobre todo, la tragedia es tranquilizadora porque se sabe que no hay más esperanza, la cochina esperanza; porque se sabe que uno ha caído en la trampa, que al fin ha caído en la trampa como una rata, con todo el cielo sobre la espalda, y que no queda más que vociferar – no gemir, no, no quejarse -, gritar a voz en cuello lo que tenía que decir, lo que nunca se había dicho ni se sabía siquiera aún. Y para nada, para decírselo a uno mismo, para saberlo uno. (…) Pero ahora se acabó. A pesar de todo, están tranquilos. Todos los que tenían que morir han muerto. Los que creían una cosa, y los que creían lo contrario, y aún los que no creían nada y se vieron envueltos en el asunto sin comprender nada”.
Hay momentos en la película de Welles y también en la de Lumet en que el drama – que siempre tiene esperanza- es sustituido por la tragedia. El mal se desencadena implacable. ¿De dónde nace el Mal? ¿Cuál es su origen?
(Fotos: Orson Welles y Sidney Lumet).