EN EL MAS PLA

Me he ido una de estas tardes al Empordá, en Cataluña, a kilómetro y medio de Palafruguell, al lado de dos o tres carreteras, y poco a poco he llegado al Mas Pla, en Llofriu, he entrado en esta casa de campo escuchando el ladrido de los perros y me he sentado a esperar a que el escritor, bajo la gran campana, terminase de engomar y encender su cigarro ( en la mesa el café y la copa de coñac) antes de hablarle.

– Sabía que usted iba a venir – me dice Pla socarrón bajo su boina – porque, aunque estoy apartado de las nuevas tecnologías, sigo de vez en cuando su blog, por ese hábito de la curiosidad y de lo que se cuece por ahí. ¿Sabe usted ?- me dice mirando a la ventana y a la fuente de fruta que acaban de dejar sobre el mantel -, al mediar de la primavera llegan las primeras, pequeñas fresas de bosque y de jardín, y su perfume parece entremezclarse con el olor de las violetas. Luego aparecen los fresones que coinciden con las carnosas rosas rojas de San Poncio, con sus pétalos grandes y frescos. Las ciruelas aparecen en seguida, con su color de agua dormida, coincidentes con el apasionado y seco perfume del espliego. Y las cerezas, que son de tan diversas clases y de una gama de colorido que va del rojo negruzco a los carmines más evaporados, delicadísimos. Las mejores, ¿sabe usted?, son esas últimas, que llamamos de cor de colom, que tienen la carne dura y prieta. Los pájaros adoran las cerezas y me he entretenido a veces en los huertos contemplando los gorriones metidos en el follaje de los árboles acariciándose su pequeña cabeza en la mejilla de la fruta colgante, antes de hincarles en la carne el pequeño embudo de su pico. Las cerezas llegan con el menudo, morado tomillo y la retama amarillenta.
Después de hablar Jose Pla, de que nos tomáramos un café bajo la campana, de que el escritor diera el toque de gracia a su último cigarro, después de atusarse la boina y otear qué tiempo haría al siguiente amanecer, yo he salido despacio de este Mas Pla por las páginas de su “Viaje a pie“(Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libros), y los pies, sobre cada bellísima página de estas que llevo leyendo, me han llevado hasta aquí, hasta la puerta de Mi Siglo.
Aún continúa detrás de mí el aroma de la fruta.

LAS SEGUNDAS INTENCIONES


Me preguntan en un interesante comentario a una entrada mía del 24 de abril si el General De Gaulle, el 29 de mayo de 1968 – el día en que “desapareció” de Francia – fue a ver al general Massu para comprobar si podía contar con él, y con las tropas destacadas en Alemania, por si podía utilizarlas en esos momentos cruciales.

No puedo responder más que con las palabras de mi libro, tomadas a su vez del relato que hace Sitbon (“La primavera de París”) sobre aquella jornada:

“Por lo menos ( De Gaulle) ha verificado que hasta el general Massu, quizá el menos “seguro” de los jefes del Ejército francés, le asegura su apoyo indefectible.

Para explicar este famoso episodio de la vida de De Gaulle, Jean Lacouture ha recogido algunos extractos de una obra de juventud del General, Hacia el ejército profesional. Allí se puede leer:

El verdadero jefe debe saber “dar el pego en su propio campo…desorientar a propósito a aquellos que piensa emplear, hacer creer que está allí o que no está”.

Pues este 29 de mayo ha conseguido plenamente este efecto. Más allá de lo esperable. Hace varias semanas que el poder gaullista tiembla y hoy, cuando su cabeza ha desaparecido, en la cima del poder se desencadena una ola de pánico. Desde el Primer Ministro hasta el menor consejero del gobierno, pasando por todos los diputados y diversos notables del gaullismo, la totalidad de esta falange que ostenta el poder desde hace diez años, ha sido cogida desprevenida.

El secretario general del Elíseo, Bernard Tricot, llega a Matignon. Pompidou cuenta:

“Entra lívido en mi despacho diciendo:

El General ha desaparecido.

-¿Cómo que ha desaparecido?

-Pues sí… tenía que haber llegado a Colombey a las doce y media. Y a la una y media su helicóptero aún no estaba allí. Nadie sabe dónde está…”

Durante algo menos de dos horas, en efecto, “nadie” sabrá nada más sobre el tema. Pero estas dos horas de incertidumbre bastan para hacer tambalear el Estado.

Pompidou piensa inmediatamente que De Gaulle ha partido al extranjero. No para ver a Massu. Al contrario, cuando un allegado al General pronuncia esta hipótesis, se ríe. No. Pompidou ha imaginado a De Gaulle como un Luis XVl huyendo del populacho.

Las malas lenguas pretenden que, entre otras cosas, durante estas dos horas de incertidumbre, Pompidou se ha hecho preparar un avión…Como dirá Maurice Grimaud, “el miedo estaba instalándose en el corazón del Estado”.

18.00 horas. El General ya está de vuelta en Colombey. La escapada no ha durado demasiado tiempo. Llama a Bernard Tricot para informarle de una cosa importante:

– Me he puesto de acuerdo con mis segundas intenciones.

Tras lo cual, está impaciente por ver el noticiario televisivo. El presentador anuncia sobriamente que el Jefe del Estado está en Colombey. Esto lo tranquiliza”.

(Hasta aquí el relato de Sitbon. Quienes estábamos aquel día ejerciendo nuestro trabajo de corresponsales no podíamos imaginar que un helicóptero volara misteriosamente sobre París y sobre Francia. Detrás del piloto, al lado de Madame De Gaulle, viajaban tres personas; el General, sus primeras intenciones y también sus segundas intenciones. Las segundas intenciones se estaban poniendo de acuerdo con las primeras. Y al fin todos aterrizaron.
En mi crónica de aquel día escribí: puede que el General De Gaulle esté cumpliendo esa ley que se ha impuesto a sí mismo: “El silencio es deliberado, como la palabra es calculadora”.
Misterios. Pequeños secretos de la Historia).

CORRESPONSALES EN PARÍS

El periodismo y las ciudades hacen de repente amigos en el tiempo, ciudades que fueron vistas por ojos observadores, plumas que se inclinaron en hojas volanderas, yemas de dedos pulsando teclados. Los aparatos últimos para los periodistas son eso – simplemente aparatos, máquinas en continua ebullición (como el móvil, la más moderna pantalla, el ordenador ligero y casi transparente, y tantas cosas más). El ojo humano del periodista – si es ojo de verdad – no necesita estar al servicio del aparato sino servirse de él, como uno “se sirve” del automóvil rápido para cruzar los puentes del Sena y casi se olvida de que está conduciendo.

Ahora París – y el tiempo – me traen el recuerdo vivo de un amigo a quien no conozco pero a quien he leído muchas veces en libros y en periódicos, un amigo que cruza conmigo los Grandes Bulevares de París, se sienta a mi lado en la Brasserie Lipp, pasea junto a mis recuerdos y él me cuenta los suyos – acera derecha, acera izquierda – por Saint-Germain-des Pres, y luego los dos, en la noche, nos acodamos ante las barcazas a ver pasar el río. Ahora, ese amigo, Juan Pedro Quiñonero, actual corresponsal de ABC en París, me ha seguido y a la vez me ha precedido en lecturas, en su gran libro “El misterio de Ítaca” (Península), y en vueltas y revueltas por personajes literarios.

Ha tenido la amabilidad y la deferencia de comentar Mi Siglo y mi libro en su magnífico blog Una temporada en el infierno http: //unatemporadaenelinfierno.net/2008/04/25/mayo-68-y-los-corresponsales-espanoles/
Yo se lo agradezco. Paseé por París, estuve por los Grandes Bulevares, tomé una cerveza en la Brasserie Lipp, anduve por Saint-Germain-des-Pres y me acodé a esperar en los puentes del Sena. El tiempo me trajo despacio la amistad de Juan Pedro Quiñonero que venía en la gran barcaza del periodismo desde lo más profundo del río.

MAYO 68 : HISTORIAS DE LA HISTORIA

París, 29 de mayo 1968

“A las 11.30 horas el General, su mujer y su ayuda de campo dejan el Elíseo. En dirección a Issy-les-Moulineaux, donde esperan dos helicópteros. A mediodía, tras haber cargado numerosos bultos – entre ellos material completo para transfusiones sanguíneas, que acompaña al Presidente de la República en todos sus viajes -,despegan.
Escala en Saint-Dizier para saber noticias de Massu, que a estas horas ya debe haber sido prevenido por De Boissieu. No hay noticias. De Boissieau no ha podido localizar a Massu a causa de la huelga de Correos y Teléfonos…¿Qué se puede hacer ahora? El General reflexiona, con el ruido ensordecedor del helicóptero al fondo. Luego escribe en el dorso de un sobre que tiende a su ayuda de campo: “Residencia del general comandante en jefe de las FFA” (Fuerzas Francesas de Alemania). Así que De Gaulle se va a ir a Alemania, al extranjero, a casa del general Massu, que ayer, cuando se ventilaba la independencia argelina era su adversario, – sin avisar.
Se vuela raso para evitar los radares. El helicóptero sigue las curvas del terreno, sube y baja acatando los caprichos de la geología. Es discreto, pero cansado. El General y Madame De Gaulle ya no son jóvenes.
14.40 horas. Por fin consiguen contactar con Baden-Baden a través de la radio y se anuncian.
15.01 horas. El general Massu los espera en la pista de aterrizaje en posición de firmes. Apenas han bajado del helicóptero, mientras Madame Massu se hace cargo de Madame De Gaulle y se bajan las maletas de la pareja presidencial, el General ataca:
– ¡Se fastidió todo, Massu!
-¡No lo crea, mi General! Un hombre de su prestigio aún tiene posibilidades de actuar -le responde el militar.
De Gaulle explica:
– Se fastidió todo, los comunistas han provocado una parálisis total en el país. Yo ya no tengo ningún poder de mando. Así que me retiro, y como en Francia siento que estamos amenazados, yo y los míos, vengo a buscar refugio en su casa… Le he dicho a mi hijo que se reúna conmigo aquí, acompañado de su familia…Lo único que hay que hacer es avisar a las autoridades alemanas de mi petición de hospitalidad.
Y añade, catastrofista:
-¡Ahora que ya no estoy en Francia, el Consejo Constitucional anunciará mi destitución!
Massu no se deja impresionar: “Mi General, qué importa eso, está Ud. en una situación jodida y todavía lo estará durante algún tiempo. Vuelva. No se puede hacer otra cosa”.
Después de una tortilla, un vaso de agua y dos cafés, De Gaulle se siente mejor. A pesar de los sarcasmos de Madame Massu -“No se puede volver a vivir un 18 de junio a los setenta y ocho años” -, y por muy grande que haya sido su desconcierto, se ha recuperado en menos de una hora. Da la orden de realizar los preparativos para la partida”.
(Esto – que cuenta Sitbon en “La primavera de París” y que yo recojo en mi libro sobre “Mayo del 68” – no es indudablemente un “momento estelar de la humanidad“, por tomar la frase de Stefan Zweig, pero sí un “pequeño momento estelar” de ese mayo parisino que estos días se evoca. Aquella mañana, a las siete, el General había anulado una cita para comer, anunció que tenía el proyecto de descansar y “dormir un poco” en su casa de Colombey-les-Deux-Églises. Era la versión oficial, pero esa versión era falsa. A las ocho de la mañana De Gaulle pidió al director de su gabinete militar que partiera inmediatamente hacia el Este, llevando a su hijo, su nuera y sus tres nietos, que serían confiados – dijo – al general Massu en Baden-Baden.
Nadie en París supo ese día la verdad de aquella “desaparición” del Presidente de la República. El Elíseo estaba vacío de poder. La verdad no la conocían ni los políticosMendès-France, Mitterrand, Pompidouni tampoco nosotros, los corresponsales que estábamos allí.
Son las pequeñas historias de la Historia que se saben mucho tiempo después y que desvelan muy despacio sus curiosos enigmas).

LA NOCHE DE LOS LIBROS


Estaban muy ocupados charlando todos los libros. Cerré la puerta de Mi Siglo, entorné las ventanas del blog y estuve escuchando todo aquel rumor de estanterías en la noche de los libros, los volúmenes hablando unos con otros, los lomos de las filas altas encorvándose para susurrar habladurías a los de los estantes más bajos, los títulos comunicándose confidencias, las letras escapando de las portadas para correr a contar rumores de autores, fechas imprecisas, anécdotas secretas. Toda la biblioteca estaba en danza y la danza era bailada por libros infinitos, de todas las épocas, libros cruzados y encuadernados, libros rústicos, libros de mi niñez, libros recien comprados, libros subrayados, libros que yo no quería olvidar.
Estuve oyéndolos toda la noche.
– Los tontos – decía desde su alta estantería La Bruyere – leen un libro y no lo entienden; los talentos medianos creen entenderlo perfectamente; los grandes ingenios no lo entienden a veces del todo: encuentran oscuro lo que es oscuro y claro lo que es claro; los pedantes quieren encontrar oscuro lo que no lo es y no entender lo más inteligible.
Le contestó José de Maistre desde una esquina:
-Es cierto que recorriendo los libros reunidos por un hombre, se conoce en poco tiempo lo que es, lo que sabe y lo que ama.
Cicerón intervino de pronto desde otra repisa:
-Mis libros están siempre a mi disposición: nunca están ocupados.
Pero Swift casi le quitó la palabra:
-Estimo tanto los libros, que me los figuro vivientes, y que, al leerlos, converso con ellos.
Apareció una voz anónima, abriéndose paso por entre las maderas, encima casi de la puerta:
-Los libros antiguos -murmuró – son los libros de la juventud del mundo, y los libros nuevos son el fruto del tiempo.
Y Francis Bacon quiso añadirle desde un atril:
-La lectura hace maduro a un hombre; la plática lo hace desenvuelto, y el escribir lo hace exacto.
Después crucé el umbral de Mi Siglo y me alejé unos pasos de mi blog.
Aún estuve oyendo durante muchas horas los murmullos de los autores en la oscuridad. Vivían febriles. Se quitaban la palabra continuamente en la noche de los libros.

EL LIBRO ELÉCTRICO


Le pregunté si había oído hablar del libro eléctrico de salmos inventado por Happolatime dijo Knut Hamsun.

– ¿Qué libro eléctr…?

Un libro con letras eléctricas que lucían en la oscuridad! Una magnífica empresa, millones de coronas en circulación, fundiciones e imprentas trabajando sin descanso, un gran número de mecánicos empleados a sueldo fijo. Había oído decir que setecientos hombres.

Me sorprendí y me asusté porque creí que ya había sido inventado el libro del futuro, el libro transformado en pequeña caja metálica, un diminuto ordenador plateado que cada uno llevaba en el bolsillo, un dispositivo portátil para la lectura de textos digitalizados. Pero no, estábamos en 1899, no era posible, Knut Hamsun estaba a mi lado y sonreía.

Entonces cerré la novela “Hambre” donde se decía todo aquello, revisé la capacidad de su memoria, la duración de su batería y la conexión inalámbrica que me permitía la descarga por vía telefónica.

Luego me fuí tranquilo a esperar el futuro. Estuve toda la tarde feliz, leyendo en un banco del parque.

CAMPO DE SILENCIOS Y SILENCIOS

Esta mujer postrada en este hospital de Río de Janeiro, hoy, en esta mañana de invierno de 1977, intenta evadirse de las mantas y las sábanas y salir cuanto antes al pasillo. Muy enferma de cáncer, apenas puede erguirse y cuando la enfermera la retiene, ella contesta furiosa: “¡Usted ha matado a mi personaje!”.

Es ella su personaje y a la vez son personajes suyos todos los que pueblan sus cuentos y novelas. Esta mujer se llama Clarice Lispector, una de las escritoras brasileñas más importantes del siglo XX, una de las voces únicas e inimitables de la narrativa, personalidad sin duda misteriosa e indescriptible. En una ocasión anterior he hablado de ella en Mi Siglo. Siempre me fascinó su voluntad creadora, la forma singular que tenía de componer sus libros, no planificando nada sus construcciones de creación y en cambio añadiendo eslabones y fragmentos que podían surgir en su mente en un momento cualquiera y que ella recogía como piezas de oro, -“estados de gracia“, decía – nacidos en el marco de la vida corriente y doméstica, ideas que atrapaba viajando en un taxi o tomando un café.

He vuelto a leer esos esbozos absolutamente acabados de su prosa enigmática:

“-Mañana cumplo diez años. Voy a aprovechar bien mi último día de nueve años.

Pausa, tristeza:

Mamá, mi alma no tiene diez años.

-¿Cuántos tiene?

Sólo unos ocho.

No importa, es así.

Pero creo que deberíamos contar los años por el alma. Diríamos: aquel tipo murió con veinte años de alma. Y el tipo habría muerto con setenta años de cuerpo”. (“Para no olvidar”) (Siruela).

Sí, para no olvidar estos sorbos de prosa, expresiones y exploraciones que ella denominaba “campo de silencios y silencios”.

De origen ucraniano y judío, nacida en Tchetchelnik en 1920, reposa en el cementerio israelita de Cajú, en Río Janeiro.

Su mirada rasgada, de felino, no se extendía sólo a cuanto la rodeaba. Entraba con agudeza inusual en el corazón de todos sus escritos.

CÓMO NACEN LAS NOTICIAS

¿El aliento de Filípides expirando de fatiga al llegar a Atenas, corriendo desde Maratón, va a figurar como una de las primeras noticias del mundo? Este jueves se inaugura en Washington el “Newseum“, Museo de la Noticia, en la avenida de Pennsylvania. Cuatro pisos de altura, 14 galerías, 15 aulas, 2 estudios de televisión, 350 primeras páginas históricas. ¿Y el aliento del correo Filípides? ¿estará?. Es el primer entrenado para transmitir tras 225 kilómetros una noticia antes de morir, el mensajero de la boca entreabierta y los ojos en blanco, el heraldo que tiene que pronunciar antes de caer vencido que la victoria ha sido conseguida, que el resultado de la victoria lo entrega él nublada la vista y los brazos palpando la muerte, esa victoria que apenas pronuncian sus labios.

Después hay otras noticias transcendentales que cruzan el mundo como relámpagos. “Hitler ataca a los polacos“, anuncia el “Baltimore News Post” el 1 de septiembre de 1939. “El presidente Kennedy asesinado” (1963), “Cápsulas envenenadas de Tylenol” (1982). Furio Colombo en “Últimas noticias sobre el periodismo” (Anagrama) dedica páginas muy interesantes al nacimiento y a la muerte de una noticia, a cómo surgen y cómo desaparecen esos granos y esas nubes de noticias que estallan en los telediarios y que expanden su interés en la pantalla durante días y semanas: parpadean, fascinan, cansan y al fin desaparecen por mil motivos diversos, no siempre muy honorables. “El problema – dice Colombo – es que una cantidad de fuentes interesadas pueden crear literalmente una noticia, no inventándola sino, más simplemente, poniéndola a disposición de los media. El coste del trabajo, la velocidad del montaje y la necesidad de mantener disponible un bazar de informaciones asegura habitualmente que los media no desperdicien la oferta”.

El público tiene hambre de noticias y “el problema -sigue diciendo Colombo – tiende a hacerse más complejo con la irrupción de las redes electrónicas de libre acceso tipo Internet, en las cuales siempre es posible introducir nuevo material informativo que tiene por fuente a sí mismo. En el colmo de su complejidad organizativa, cultural y tecnológica, el periodismo parece volver a su origen: la opinión, el rumor, el viajero que cuenta, el paseante testigo, la opinión que se convierte en hecho”.

Sigo viendo a Filípides correr de Maratón a Atenas, de Atenas a la Avenida de Penssylvania en Washington, intentando llegar con los labios entreabiertos al “Newseum“, intentando balbucear antes de morir una de las primeras noticias del mundo.

EL MAGNETOFÓN CHINO

Abro la puerta de Mi Siglo, atravieso el umbral de este blog y entro en esta habitación parisina en donde dicta este hombre a oscuras. Es Gao Xingjian, nacido en Jangsu (China) en 1940, que fue Premio Nobel en 2000, poeta, director de teatro, dramaturgo, novelista y pintor, que vive en la capital francesa desde hace años y que casi no ha notado que yo he entrado en este despacho donde él trabaja. Está modulando su prosa en el oído de un magnetofón, como hacía, tumbado en un sofá y con las luces apagadas, el español Gonzalo Torrente Ballester, según cuenta él en Los cuadernos de un vate vago (Plaza-Janés), obra aleccionadora y divertidísima que cuenta los desahogos y la gestación -a veces cómica, a veces dramática – de muchos otros libros suyos.

Pero Gao Xingjian casi no ha oído que yo he entrado.

Mi primer borrador, ¿sabe usted? – me dice en la penumbra – procede de lo que le he contado al magnetofón, y cuando reviso el texto, lo recito en mi interior en silencio.

Es lo que oigo y lo que veo en este despacho cuando flota la musicalidad de la lengua china entre estos muebles y los caracteres vienen y van de la boca del escritor a la recepción del aparato para tornar nuevamente a este hombre que escribe tan enamorado de los significados como de los sonidos.

El lenguaje vivo, si usted se fija – continúa en voz muy baja -, tiene siempre un tono determinado, y someterlo a la prueba de la audición es un buen método para filtrar y pulir los desarreglos de estilo. Las palabras que el oído no acepta o entiende, o bien no han sido dichas con claridad, o bien no tienen razón de ser. Y ¿qué puede transmitir a los demás un autor que no se entiende a sí mismo? La musicalidad del lenguaje es muy importante. La inspiración que yo hallo en la música supera con creces la que pueda proporcionarme cualquier teoría literaria. Antes de escribir elijo bien la música que quiero escuchar, pues es la que va a ayudarme a adquirir la disposición de ánimo necesaria para la escritura, a encontrar el timbre y el ritmo de la lengua. Si la narración grabada en el magnetofón o las oraciones escritas sobre el papel se tornan frases musicales que se pueden palpar y sentir, la escritura deja de ser un mero conjunto de nociones y conceptos acuñados por el intelecto.

Pasan entre nosotros, en esta atmósfera del despacho de París, los vuelos de los signos con sus ademanes agudos y graciosos, los trazos suaves o vivaces que nacen en los orígenes de la lengua y que se precipitan enseguida sobre el lenguaje escrito.

La lengua está, por naturaleza, ligada al sonido; la escritura es posterior – me dice Xingjian -. El lenguaje escrito es un modo de registro de la lengua, y la caligrafía que evoluciona de los caracteres chinos pertenece a las artes plásticas y no tiene nada que ver con el arte del lenguaje. La búsqueda del tono, por otra parte, es, para mí, lo más importante de la escritura. El tema, los personajes, la estructura e incluso el pensamiento subyacente en la obra deben hallarse diluidos en el tono de la composición. La escritura comienza en la búsqueda del tono, y todo lo demás forma parte de los preparativos previos. Lo primero que yo hago al ponerme a escribir es intentar saborear de nuevo el lenguaje.

Salgo de este despacho parisino sin hacer el menor ruido para no interrumpir ese lazo secreto que está uniendo al magnetofón con la voz, el respirar del aparato con el respirar del escritor. Al entrar de nuevo en Mi Siglo y cerrar la puerta veo lejos, a través de las ventanas, el temblor de esa llama olímpica que es una lengua diminuta camino de China, esa China de la que un día salió Xingjian exiliado y a la que nunca sabe si volverá.

(Imagen: fotografía de Gao Xingjian)

EPIFANÍAS

Cuando Greta Conroy (Anjelica Huston) se detiene en lo alto de la escalera al fin de la velada en la casa de los Morkan no se da cuenta de que su marido la está mirando. “Gabriel no había salido a la puerta con los demás – escribe Joyce en su cuento “Los muertos“, del volumen “Dublineses” -. Se quedó en la oscuridad del zaguán mirando a la escalera. Había una mujer parada en lo alto del primer descansillo, en las sombras también. No podía verle a ella la cara, pero podía ver retazos del vestido, color terracota y salmón, que la oscuridad hacía parecer blanco y negro. Era su mujer. Se apoyaba en la barandilla, oyendo algo. Gabriel se sorprendió de su inmovilidad y aguzó el oído para oir él también. Pero no podía oir más que el ruido de las risas y de la discusión del portal, unos pocos acordes del piano y las notas de una canción cantada por un hombre.
Se quedó inmóvil en el zaguán sombrío, tratando de captar la canción que cantaba aquella voz y escudriñando a su mujer. Había misterio y gracia en su pose, como si fuera ella el símbolo de algo. Se preguntó de qué podía ser símbolo una mujer de pie en una escalera oyendo una melodía lejana. Si fuera pintor la pintaría en esa misma posición. El sombrero de fieltro azul destacaría el bronce de su pelo recortado en la sombra, y los fragmentos oscuros de su traje pondrían las partes claras de relieve. Lejana melodía llamaría él al cuadro si fuera pintor“.

La escena fue filmada por John Huston desde una silla de ruedas y asistido con una máscara de oxígeno a causa de su salud. “Estoy adaptando un cuento de Joyce – declaró – que tenía pensado llevar al cine desde hace treinta años, pero con tantos filmes que he tenido que hacer para poder pagar a mis ex-mujeres y mis médicos, hasta ahora no ha sido posible”.

Esa melancólica melodía lejana, “La joven de Aughrim“, que Greta escucha entre recuerdos en lo alto de la escalera (y principalmente todo lo que la envuelve y la hace inexpresable), intenta ser en Joyce una mini-epifanía, es decir, una visión momentánea, ese instante de misterio que se revela sobre nosotros y que manifiesta el secreto último de las cosas. ” Por epifanía – explicó Joyce en otra de sus obras – entiendo una manifestación espiritual repentina, ya sea en la vulgaridad del habla o del gesto o en una frase memorable de la mente. Creía que era propio del hombre de letras registrar esas epifanías con extremo cuidado, considerando que son los momentos más delicados y evanescentes”.
En “Dublineses“, en el “Retrato del artista adolescente” y en otros libros, Joyce aspira, por tanto, a revelar esas percepciones de la gracia y esas intuiciones de inmortalidad.
Después, Greta Conroy seguirá bajando la escalera. La epifanía se disuelve y la parálisis de Dublín, con sus calles y sus vidas, parece continuar. Las conversaciones entre Greta y su marido evocando aquel primer amor de juventud que tuvo ella y cuyo desenlace aún le persigue serán envueltos por la musicalidad de la nieve. “Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen, y más al Oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon.(…) Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oir caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos”.

¿ REVUELTA O REVOLUCIÓN ?

La revolución, incluso si no ha sido preparada, desemboca en un cambio radical en las instituciones. Es portadora de un proyecto de sociedad, que puede ser loco o delirante, pero que es coherente. La revuelta, al contrario, es un movimiento más eruptivo, más imprevisible, y que no está centrado necesariamente en el futuro. Así las revueltas son interesantes por aquello que revelan y aquello que las ha hecho nacer, mientras que las revoluciones son interesantes por aquello en que desembocan. Los movimientos de revuelta se han manifestado constantemente a través de la violencia pero siempre han conducido a un regreso al orden anterior. Es con la aparición de la idea de progreso que la revuelta se ha convertido en revolución, provocando los acontecimientos de 1789″.

Estas palabras del historiador francés Le Goff siempre han estado en mi mente cuando me han preguntado por los “sucesos” del mayo francés de los que fuí testigo. No hubo revolución – en el sentido estricto – en mayo del 68. Habría que añadir – como digo en mi libro – las palabras de André Malraux , al que yo ví aquellos días como ministro de De Gaulle – intelectual hoy debatido en muchos foros pero que posee un bagaje cultural extraordinario -, cuando señaló: “Mayo no fue sino una inmensa ilusión lírica, el problema estaba en saber qué saldría de allí…La imaginación al poder no quiere decir nada. Porque no es la imaginación la que toma el poder, sino las fuerzas organizadas. La política no es lo que se desea, es lo que se hace. Lo importante no es gritar “¡Viva la libertad!”; es conseguir que las libertades se realicen en el Estado. Para mí, la ilusión lírica, en una revolución, es algo que debe ser superado. Mayo no fue más que materia prima…Lo que los jóvenes deseaban de nosotros, ante todo, era una señal de esperanza, en el fondo de unos malestares que sentían más que nosotros aún…”

Cuarenta años después de todo aquello, vienen también a mi recuerdo aquellas frases del director de una famosa librería parisina de izquierdas: ” 1968 me dejó completamente sorprendido. Tenía cierta idea del proceso revolucionario, y no era en absoluto como aquello. Vi a estudiantes levantar barricadas, pero no sabían nada de la revolución. Eran chavales de instituto, que ni siquiera estaban metidos en política. No había organización, ni planificación de ninguna clase”.

Testimonios, declaraciones, puntos de vista, debates en el tiempo.

(Foto: una calle del Barrio Latino tras una noche de barricadas)

IMÁGENES CONTRA IMÁGENES

Como en el bello título de una novela del escritor italiano Guido Piovene,Piedad contra piedad“, en aquellas semanas de mayo de 1968 en París que comento en mi reciente libro al que me referí en Mi Siglo el 4 de abril, las imágenes lograron ir contra las imágenes, y las imágenes de los fotógrafos que se adentraron por las calles de la capital francesa haciendo parpadear constantemente sus cámaras en busca de la noticia se encontraron instantáneamente con otras imágenes que les estaban mirando y que les hablaban desde los muros.

En el mundo no existían entonces los móviles, por tanto tampoco el “pásalo” de las voces al oído, y lo que las paredes parisinas sí “pasaban” a los ojos de los transeuntes eran los trazos y el lenguaje de los “grafittis” elaborados por los estudiantes en el “Atelier populaire des Beaux-Arts” y en el taller Brianchon ( en Bellas Artes). La crisis de mayo, según un sociólogo francés, “no fue revolucionaria ni en sus objetivos políticos, ni en sus objetivos sociales, pero sí lo fue en los medios de expresión utilizados”.

En la noche del 13 de mayo de 1968 aparecieron en París los primeros “afiches” junto a “grafittis“, consignas y octavillas. Pertenecientes a la categoría de arte popular, tanto porque hacían hincapié en la idea de anonimato como porque se adaptaban a una determinada demanda social, se empleó el offset en los carteles en ciertas ocasiones, aunque resultaba caro. Otros carteles fueron tirados en serigrafía a partir de fotos de prensa.
París – sobre todo el Barrio Latino – fue inundado de “grafittis” diversos.
TODO ES DADA, se leía en el Teatro Odeón.
OLVÍDENSE DE TODO LO QUE HAN APRENDIDO. COMIENCEN A SOÑAR, se podía ver en la pared de la Sorbona.
VIVIR CONTRA SOBREVIVIR, se leía en Nanterre.
DIGAN NO A LA REVOLUCIÓN CON CORBATA , se escribió en Bellas Artes.

EL ARTE HA MUERTO, LIBEREMOS NUESTRA VIDA COTIDIANA, apareció en la Sorbona.
Imágenes contra imágenes.
El ojo de la cámara fotográfica mirando a la cámara del muro.
Los dos ojos mirándose. Los dos lenguajes intentando entenderse.
Ese fue otro aspecto del París de entonces en su célebre mayo.
(Imagen: uno de los carteles que apareció en una calle de París)

¿ESTÁ CERCA CHINA ?

– Me sorprende no advertir en Pekín, en esta ciudad tan lejana y diferente, nada o casi nada de extrañeza, sentirme mucho más a gusto de lo que yo pensaba .- me dice Claudio Magris sentado conmigo en este despacho de trabajo de Trieste, despacho fronterizo entre la realidad y la imaginación.

Vemos los dos juntos en los telediarios cómo va y viene dificultosamente la llama olímpica por las calles y manos del mundo, cómo vienen y van las relaciones entre China y Tibet, cómo se cruzan intereses, paces y conflictos.

Magris ha estado en China no hace muchos años y en diciembre de 2003 escribió el resumen de su viaje bajo el título “¿Está cerca China?”, que ahora recoge en el volumen El infinito viajar (Anagrama).

– Vivir significa hoy, más que nunca – me dice Magris -, viajar; la condición espiritual del hombre como viajero de la que habla la teología es también una situación concreta para masas de personas cada vez más considerables. En las vertiginosas transformaciones del vivir, el regreso a sí mismo – material y sentimental – se vuelve más y más incierto: el Ulises actual no se asemeja al homérico o al joyceano, que al final vuelven a casa, sino más bien al dantesco que se pierde en lo ilimitado, a al del Li Sao de Chü Yüan, una peripecia ulisiana china, que al final ve su pueblo desde lo alto pero no puede regresar a él. Viajar es una escuela de humildad – me sigue comentando el autor de Microcosmos -; nos lleva a tocar con la mano los límites de nuestra comprensión, la precariedad de los esquemas y los instrumentos con los que una persona o una cultura presumen comprender o juzgar a otra.

Mientras tanto seguimos viendo pasar la llama de mano en mano, la luz olímpica que atraviesa incierta el salón donde estamos, que sale luego al pasillo, que intenta ser arrebatada y a la vez protegida, esa llama que no sabemos si encenderá protestas o quemara conciencias, llama olímpica que va hacia China en un zigzagueo de Historia.

– Vivir, viajar, escribir – continúa Magris charlando conmigo en esta habitación -. Acaso hoy la narrativa más auténtica – me dice -, no sé si usted se ha fijado, sea la que cuenta no a través de la invención y la ficción puras, sino a través de la toma directa de los hechos, de las cosas, de esas transformaciones locas y vertiginosas que, como dice Kapúscinski, impiden captar el mundo en su totalidad y ofrecer una síntesis de él, permitiendo capturar, como el reportero en la barahúnda de la batalla, sólo algunos fragmentos. Por lo demás, él mismo crea una literatura vitalísima zambulléndose en la realidad, plasmándola con rigurosa precisión, aferrando como un perro de caza sus detalles reveladores aún más huidizos y componiéndolo todo en un cuadro, fiel y a la vez reinventado, que es el retrato del mundo y del viaje a través del mundo. Quizá el viaje sea la expresión por excelencia de esa literatura, de esa narrativa “non fiction“teorizada por Truman Capote.

Sigue la llama olímpica viajando de mano en mano por el pasillo, por la terraza, por el jardín. ¿Llegará a iluminar cuanto desea? ¿Está cerca China o está lejos?

¿O somos nosotros los que estamos muy lejos de China?

(Imagen: pintura de Gao Xingjian, Premio Nobel de Literatura 2000)

PARÍS, 1968

Esta vez en Mi Siglo he de hablar de una fecha personal. Hoy hace exactamente cuarenta años que publiqué mi primera crónica desde París como corresponsal del diario ABC de Madrid, puesto en el que estuve cerca de tres años.
Llegué a París un día de abril de 1968, una tarde lluviosa, y al aparcar desorientado en el Bois de Boulogne hasta esperar que la lluvia cesara y entrar en la ciudad oí repiquetear en el techo de mi coche cargado de libros todas las puntas de aquel 1968 que ya habían caído y algunas de las que aún iban a caer, maravillas de la historia y del periodismo. Caía 1968 con Dubcek en Checoslovaquia, nombrado primer secretario del partido; en Corea era capturado el buque estadounidense Pueblo en el mar del Japón; había una ofensiva del Thet en Vietnam del Sur; moría el cosmonauta Yuri Gagarin en accidente de aviación; y seguía lloviendo y moría también Jaume Sabartés, íntimo amigo y biógrafo de Picasso, disturbios estudiantiles agitaban España, concedían el Óscar a Rod Steiger y a Katherine Herpburn… y aún seguía lloviendo, aunque muy poco a poco fue amainando y aproveché entonces para arrancar de nuevo y bajar hasta la orilla del Sena – Avenue Kennedy, Avenue New York, Pont de l´Alma – hasta llegar a mi primera habitación en París, Hotel Gaillon, en la rue Gaillon, a pocos pasos de la Ópera.
Agradeceré siempre aquel cuartito del Hotel muy cerca de la place de la Bourse desde donde mandaría mis crónicas por “telex” y agradeceré ese enclave, tan vecino a los puentes del Sena, que también me permitió seguir el 10 de mayo hacia las tres de la tarde a la enorme multitud de estudiantes cruzando el río camino de la Sorbona en plena ebullición de los “sucesos” de aquellas famosas semanas.
Estos días en que aparece mi libro “París, mayo 1968. Crónica de un corresponsal” (Eunsa) y al que me referiré alguna vez más en Mi Siglo, la capital francesa me trae numerosos recuerdos. El 28 de aquel mes de mayo conocería en el Hotel Continental de París a un Francois Mitterrand que entonces tenía cincuenta y dos años, el 11 de mayo estaría con Daniel Cohn-Bendit entre el humo de las barricadas, en varias ocasiones – en conferencia de prensa en El Elíseo – con el general De Gaulle. Los domingos – sin duda para oxigenarme de tanta intoxicación política – charlaba largamente con intelectuales y artistas, como Gabriel Marcel o Robert Bresson, algunas de cuyas entrevistas las he incluido en los enlaces personales de este blog.
Escribir día a día las crónicas de la “revolución de mayo” – que ahora se recogen y comentan históricamente en este libro – supuso para mí el privilegio de estar en la primera fila de unos acontecimientos de enorme eco. A veces el periodismo aporta esas ventajas y transmite también esas responsabilidades. 1968 fue un año crucial en la célebre década de los sesenta. Eran los tiempos de los Beatles y sus melenas; el pelo de los Rolling Stones o de Jim Hendrix. Melenudos, desaliñados. Sin duda por eso fue el año en que se cantó:
No hay palabras que canten la belleza, el esplendor, la maravilla de mi pelo, pelo, pelo, pelo, pelo, pelo, pelo. /Ondearlo, mostrarlo, tan largo como Dios lo pueda hacer crecer, mi pelo./ Lo quiero largo, liso, rizado, alborotado, enredado, áspero,/hirsuto, opaco, aceitoso, grasiento, lanoso, brillante, resplandeciente, humeante, / linoso, ceroso, nudoso, alunarado,/ retorcido, abaloriado, trenzado, empolvado, florecido y conffetiado, / ajorcado, enmarañado, lentejueleado y espaguetiado“.
1968 y París en la memoria. 1968 y los recuerdos de París.

EL TIEMPO EN EL CINE

El tiempo intenta ser recogido por el cine, las películas poseen un “tempo” propio, el cine llega a ser muchas veces testimonio histórico y obra documental, otras veces consigue establecer un lugar para siempre en nuestra memoria, pero lo que sobre todas las obras cinematográficas ocurre – como sobre todas las cosas – es el paso del tiempo por encima de las cintas y de las salas, el tiempo que pasa silenciosamente en esa oscuridad desde la que miramos a la pantalla, el tiempo que va pasando mientras la pantalla nos mira.

Raymond Chandler, hablando del cine negro, afirmaba en una carta, en 1946, que “Bogart es tanto mejor que cualquier otro actor duro, que hace parecer vagabundos a los Ladd y los Powell. Bogart puede ser duro sin un arma. Además tiene un sentido del humor que incluye el resabio raspante del desprecio. Ladd es duro, amargo y ocasionalmente encantador, pero después de todo es la idea que se hace un niño de un tipo duro. Bogart es el artículo genuino. Como Edward G. Robinson cuando era más joven, todo lo que tiene que hacer para dominar la escena es entrar”.

En estos días en que nos ha abandonado el director anericano de origen griego Jules Dassin, repaso la visión que de él tuvo G. Caín ( o Guillermo Cabrera Infante). Cuando compara “Ciudad desnuda” con “Entre rejas” aplica la lente del tiempo que pasa y se pregunta, ya en 1958: “¿Está el lector entristecido por estas obras maestras que se deshacen en menos de diez años? No lo esté, por favor. Así es el cine. Además considere el aspecto espiritual: si se ha perdido una hija, se ha ganado un hijo: “Ciudad desnuda” no es tan buena como parecía, “Entre rejas” es mucho mejor de lo que nunca pareció”.

El tiempo, pues, pasa silencioso por las salas oscuras y por las blancas pantallas y también va respondiendo a las frases de Chandler o de G. Caín, dándoles o quitándoles la razón.

Como el tiempo pasa igualmente sobre aquellas palabras de Dassin a Francois Truffaut: “Lo que me interesa – le dijo el autor de “Rififí” – es la verdad. El cine es el arte de las masas, la diversión menos costosa. Una película debe ser divertida. Usted descubrirá en mis películas una mezcla de divertimento y de lirismo: es mi pobre aportación a una expresión de la verdad, limitada por el “cine negro“.

¿ LA IMAGINACIÓN AL PODER ?

Entro en este despacho italiano en donde el periodista veneciano Alberto Sinigaglia, sentado a pocos metros de Italo Calvino, le pregunta al autor deLas ciudades invisibles“:

– ¿El mundo será aún capaz de fantasía?

Calvino está un poco fatigado. Estamos en 1982. Faltan tres años para que el escritor fallezca.

-¿La imaginación al poder? A mí me parecía que era un eslogan muy hermoso. Pero pensando un poco en todo ello, el secreto está en que la imaginación no tome nunca el poder, es decir, no se transforme en palabra de orden, no se transforme en programa obligatorio. La imaginación, la fantasía, la creatividad de la que tanto se habla, deben de contraponerse a un elemento incluso de rutina, de algo predecible, que haga que la vida se pueda vivir.

Si todo es fantasía, no se realiza nada. Probablemente, si tenemos alrededor un escenario de grises paralelepídedos podremos decorarlo con lazos y banderitas. Pero si sólo tenemos lazos y banderitas no se consigue nada. Por ello yo soy algo desconfiado sobre todo eso del pacto de creatividad como fin de la educación, como principio primero, todo eso de que cualquier trabajo debe ser creativo…No. El trabajo debe ser exacto, metódico, hecho con unas ciertas reglas. Después, encima de todo eso, puede alzarse la creatividad.

Salgo de puntillas de este despacho italiano. Pienso en la fantasía y en el orden. En la invención y en la realidad.