VIAJES POR EL MUNDO (39) : RESIDENCIAS DE MOSCÚ

 

 

“La mansión está construida alrededor de un gran patio donde se recoge la basura y se almacena  la leña. — describía el poeta Batiushkov en el siglo XlX —; más atrás  hay un huerto con verduras, y en el frente un gran porche enrejado, como los que había en las casas de campo de nuestros abuelos. Al entrar en la casa, uno se encuentra con el portero jugando a las cartas, lo hace desde la mañana hasta la noche. Las estancias no están empapeladas; las paredes están cubiertas con grandes cuadros ; de un lado retratos de zares rusos, del otro una pintura de Judith sosteniendo la cabeza cortada de Holofernes en una bandeja de plata de gran tamaño; maravillosas creaciones hechas por algún sirviente doméstico. Vemos la mesa dispuesta con tazones de sopa de col, puré de guisantes dulces, setas horneadas y botellas de “kvas”. El anfitrión está vestido con un abrigo de piel de carnero; la anfitriona con una capa. En el lado derecho de la mesa está el sacerdote de la parroquia y el profesor de la parroquia; a la izquierda, una multitud de niños, el viejo hechicero, una madame  francesa y un preceptor alemán.”

 

 

 

(Imágenes—: 1— Arkhangelelskoye/2- niebla en un estanque de Moscú- Wikipedia)

“MI OVNI DE LA PERESTROIKA”

 

He vivido el nacimiento de la llama de este libro y la viveza de su intuición. Después — durante cuatro años — esa llama vertical que es el inicio de toda obra literaria se colocó lógicamente horizontal para extenderse sobre la mesa de trabajo, y tuvo que rodearse de viajes, escritura, indagaciones, evocaciones, remembranzas y esfuerzos. Durante esa etapa a esa llama no la vi. Los libros no se cuentan mientras está uno escribiendo, y mucho menos antes, cuando aún no han surgido. De vez en cuando su autor levantaba un poco el velo de su labor y en la distancia me confesaba  sus naturales zozobras, averiguaciones y ánimos. Al final, este amigo mío al que di clase hace años, ha llegado brillantemente al término de su viaje a la semilla. Daniel Utrilla, con “Mi ovni de la perestroika”(Libros del K.O), ha cubierto personalmente numerosos recorridos humanos e intelectuales: su amor a Rusia desde hace tantos años, la descomposición y transformación de la etapa política y social de un gran país, su recapitulación evocadora del antiguo periodismo que hoy ya casi no existe —un periodismo de rostro humano directo, sin pantallas, sembrado de conversaciones, emociones y descubrimientos: el periodismo de la morosidad y de los detalles —; a la vez, y siguiendo el hilo de sus averiguaciones en busca de los testigos de un ovni en la alejada ciudad rusa de Vorónezh, el cumplimiento también de su tenacidad y de su fe como escritor empeñado en descubrir la verdad;  y a todo eso hay que añadir las lecturas  copiosas y los autores que le han ido acompañando durante años, como él se hace ahora acompañar por sus lectores a través de una especie de Diario investigador y viajero que recorre el presente y los recuerdos.

 

 

Es un libro abierto a muchos senderos. Se camina por la investigación periodística, pero también  por el humor como piedrecillas sembradas en la prosa, también por el fluir de las experiencias y por lecciones de vida. Daniel Utrilla ha vaciado los armarios de su memoria  y, queriendo o sin querer, al introducir su mano en el tiempo,  ha encontrado la niñez. El eco de un ovni en un telediario de 1989 se une en el cielo del libro con  este ovni de Vorónezh. Dibujos, mapas, fotografías, escoltan sus recuerdos contados con algo muy valioso en un libro: la amenidad y el interés. El lector lo valorará y lo agradecerá.

José Julio Perlado

 

 

(Imágenes— 1-Alexander Rodchenko- 1926/ 2- Konstantin Smilga-2002/3- Kandinsky- Moscú- 1912)

LA TRASTIENDA DE “GUERRA Y PAZ”

 

“No se puede imaginar  usted — le escribía Tolstoi  a un amigo — cómo me cuesta este trabajo preparatorio de labor preliminar sobre el campo que me veré forzado a sembrar hacia fines  de 1864.  Reflexionar, pensar en todo lo que podía acontecer a esos futuros héroes de una obra tan vasta y combinar  los millones de proyectos de todo orden para escoger un millonésimo, es terriblemente difícil.” Todo el invierno de 1863-1864 lo consagró Tolstoi a familiarizarse  con la época que quería resucitar en su obra. Su suegro le enviaba de Moscú documentos  de primera mano. Ėl mismo compraba sin discriminación todas las obras referentes a las guerras napoleónicas. Tras un paréntesis forzado por una caída montando a caballo cuando iba cazando liebres y durante la convalecencia , como no podía escribir, su cuñada Tania le servía de secretaria. Ha contado en sus ‘Recuerdos’ cómo le dictaba durante horas, presa de una  especie de fiebre hasta que , compadeciéndose de su fatiga,  le decía bruscamente : “¡ Basta por hoy,  vete a patinar! “.
Volvió a retomar su trabajo. Aprovechaba sus visitas a Moscú  para continuar la caza de documentos Rebuscaba en las librerías, tomaba prestados libros  a profesores amigos, visitaba la biblioteca Rumiantzev, se hacía comunicar, por favor especial, piezas importantes de los Archivos de Palacio, interrogaba a los viejos sobre sus recuerdos del año  1812. La abundancia de materiales lo exaltaba y lo atemorizaba a la vez. Temía perderse  en los detalles. En todo momento debía realizar un esfuerzo mental para olvidarse de los datos históricos y volver a sus personajes. “ Ni Napoleón, ni Alejandro serán los héroes de mi novela — decía—. Escribiré la historia de gentes que viven en las mejores condiciones,  libres de las preocupaciones de la pobreza o de la estrechez, gentes libres, gentes que no tienen ninguno de los defectos necesarios para dejar trazas en los anales”.

 

 

(Imágenes— 1– Tolstoi descansando – Ilya Repin- galería estatal – Wikipedia/  2- Tolstoi en Yasnaia Poliana- 1910- wikipedia)

RUSIA, 1917

 

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“A cada semana –escribe John Reed enDiez días que estremecieron al mundo” – escasean más víveres. La ración de pan disminuyó de una libra y media a una libra, luego a tres cuartos de libra, media libra y un cuarto de libra. Por fin llegó una semana entera en que no dieron absolutamente pan. De azúcar correspondían dos libras al mes, pero estas dos libras había que conseguirlas y eso era raro quien lo lograba. La pastilla de chocolate o la libra de caramelos insulsos costaba de siete a diez rublos, o sea, un dólar por lo menos. La mitad de los niños de Petrogado no probaba la leche; en muchos hoteles y casas particulares no la veían durante meses enteros. Aunque era la temporada de la fruta, las manzanas y peras se vendían en las calles casi a rublo cada una…

Por la leche, el pan, el azúcar y el tabaco había que permanecer largas horas en las colas bajo la lluvia friolenta. Al volver a casa de un mítin, que se había prolongado toda la noche, vi cómo a la puerta de una tienda había comenzado a formarse una cola, principalmente de mujeres; muchas de ellas llevaban en brazos niños de pecho…(…) ¡Imagínense lo que suponía para aquellas personas vestidas de cualquier manera permanecer estacionadas días enteros en las calles de Petrogrado, aprisionadas y blanqueadas por la helada en el terrible invierno ruso! Yo prestaba oído a las conversaciones en las colas del pan. A través de la sorprendente bondad de la gente rusa se abrían paso de vez en cuando biliosas y amargas notas de descontento…

 

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Por supuesto, los teatros estaban abiertos todas las noches, incluyendo los domingos. Karsávina actuaba en un nuevo ballet en el Mariinski y toda la Rusia apasionada del ballet acudía a verla. Cantaba Shaliapin. En el Alexandrinski, Meyerhold había reestrenado el drama de Tolstoi “La muerte de Iván el Terrible“. El Ermitage y todas las demás galerías de pintura habían sido evacuadas a Moscú; sin embargo, en Petrogrado se inauguraban todas las semanas exposiciones de arte. Multitudes de mujeres de los medios intelectuales frecuentaban asiduamente las conferencias de arte, literatura y ensayos filosóficos(…)

 

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Como sucede siempre en tales casos, la pequeña vida cotidiana de la ciudad seguía su curso, esforzándose lo más posible por no reparar en la revolución. Los poetas escribían versos, pero no sobre la revolución. Los pintores realistas pintaban escenas de la historia antigua rusa, de todo lo que se quisiera, menos de la revolución. Las señoritas provincianas llegaban a Petrogrado a estudiar francés y canto. Por los corredores y vestíbulos de los hoteles se paseaban jóvenes oficiales, elegantes y alegres, presumiendo de capucha escarlata y con repujados sables caucásicos. Al mediodía, las damas de los funcionarios de segundo orden alternaban tomando el té, para lo cual llevaban en el manguito un pequeño azucarero de plata o de oro y medio panecillo; estas damas soñaban en voz alta lo bueno que sería si volviera el zar, o llegasen los alemanes, o sucediera cualquier otra cosa que pudiese resolver el problema acuciante de la servidumbre… La hija de un conocido mío volvió una vez al mediodía a su casa presa de un ataque de histeria porque  ¡la cobradora del tranvía  la había llamado “camarada!”.

 

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(Imágenes.-1-Levitán-otoño dorado- 1895- wikipedia/ 2.-Kámenez- el estanque Krasnj de Moscú- Wikipedia- 1875/ 3.-miniatura de  Fedóskino/ 4.-San Petersburgo- 1869 – Wikipedia)

PLA Y CUNQUEIRO

Varias veces he hablado de estos dos excelentes escritoresCunqueiro y Plaen MI SIGLO.

Ahora, con motivo del año Cunqueiro, reproduzco aquí el artículo que en su momento escribí para el Centro Virtual Cervantes:

” Ambos escritores – decía entonces hablando de Pla y de Cunqueiro – proporcionan y proponen una vuelta a los orígenes de las cosas, a la sabiduría del hombre, a ese inspirar y aspirar de la persona cuyo aliento es el humanismo.Está aconsejando Pla —en un mundo de veleidades vertiginosas— a los jóvenes que le preguntan, por ejemplo, «¿Qué hemos de hacer? ¿Podría usted tener la amabilidad de darnos una orientación y decirnos qué podríamos hacer?» Entonces Pla les contesta: «Yo les aconsejaría un viaje a pie […] Su viaje debería tener un objeto: informarse, enterarse de lo que es el país, de cómo vive en él la gente, empaparse de la manera de ser básica, inalienable, insoluble, del material humano […]: pasear y hablar con la gente […] Nada hay, me parece, que ofrezca tanto interés para el ciudadano como saber exactamente en qué consiste su país» (Josep Pla, «Invitación al viaje», en Viaje a pie, Madrid: Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros, 1979, pp. 7 y 9).

Estamos, pues, aquí, no sólo en el suelo y en la tierra de los caminos, sino también andando por las veredas del sentido común —un sentido muy del payés y del mundo de Pla—, un camino sembrado de recomendaciones que nos marcan el ritmo del paso del hombre.

Tomemos otro ejemplo, éste de Cunqueiro: «La inmensa cantidad de noticias que al hombre le es suministrada es inadmisible. Tal cantidad termina formando insensiblidad. Puede decirse que la información que se le suministra al hombre en 1977 es infinitamente superior a la que ese hombre necesita, y por ese mismo exceso lo transforma en un hombre desinformado» (Álvaro Cunqueiro, «Sin agua y con noticias», Arriba Dominical, 12 de junio de 1977, p. última).

Y otro texto, también de Cunqueiro: «Recientemente aludía Giovanni Ansaldo a la disminución de la capacidad de asombro en las gentes de la inmensa cantidad de varia noticia que se le suministra diariamente y señalaba la creciente pérdida de credulidad y, finalmente, la indiferencia» (Álvaro Cunqueiro, «Noticias y prodigios», El Progreso, 1 de septiembre de 1960).

Ambos textos —el de Pla y los dos citados de Cunqueiro— nos proyectan hacia la paradoja. ¿Cómo es posible que Pla —en una civilización en la que viajar es global y meteórico, fulminante en velocidades— nos aconseje la sabiduría de un viaje a pie? ¿Cómo es posible que Cunqueiro —en un mundo de saturación informativa y de multiplicidad de medios (y eso que él se refiere aún a la frontera de 1977; ¿qué diría en 2011?—, denuncie que cada vez se es más insensible como lector y como persona y cada vez se pierde más la capacidad de asombro?

La respuesta no es la paradoja sino —como decíamos al principio— el recordatorio y la llamada de atención al sentido común. No se conoce Nueva York sino viajando a pie por la Gran Manzana, no se conoce Estados Unidos sino paseando y hablando con las gentes de esos pueblos escondidos entre cordilleras y llanuras y que únicamente intuimos por el cine o por la televisión; así se conoce Bombay, entre los olores, los colores y los pliegues que cubren las callejuelas, y así se conoce Moscú, deteniéndose en las esquinas desoladas, a veces alcoholizadas, frecuentemente heladas y abiertas a la urbe gigantesca. Es decir, al hombre lo conoce el otro hombre entrecruzando los pasos con él, entrecruzando las palabras: en resumen, yendo a pie por el tiempo que nos circunda y por el espacio que nos envuelve. En un siglo de velocidades aéreas sólo conocemos al hombre en la distancia corta, en la conversación personal, en el interés por el otro que se descubre en la cercanía, en el sosiego y hasta en la lentitud.

Por su parte, Cunqueiro nos pregunta para qué nos inundamos de información si bajo esa cantidad nos ahogamos entre la indiferencia y la falta de asombro. La calidad de nuestras respuestas debe recibir y asimilar las calidades que nos proporcionan los medios, no las cantidades. Por tanto, habría que educar siempre al periodismo en las calidades que nos suministra y no en el copioso vertido de la cantidad. Y habría que mantener en la educación del hombre —del receptor— esa llama, también de calidad, denominada interés, sensibilidad y asombro.

Siempre el hombre, dando vueltas al hombre, el hombre que no acaba nunca de encontrarse a sí mismo. Dos periodistas vuelven al humanismo. El hombre olvida que debe leer el periódico con el corazón para estar informado”.

(Imágenes: 1.-Josep Pla a los veinte años.-asacademic.-Fundación Josep Pla.-colección Josep Vergés/ 2.-Álvaro Cunqueiro.-laregion.es)

PROFESOR Y ALUMNO CON RUSIA AL FONDO

Es la misma literatura rusa– recordaba Angelo Maria Ripellino, al que alguna vez cité en Mi Siglocon sus cumbres tempestuossas, con su continuo apostar sobre las últimas cosas del hombre, con su propensión a mudar el amor en fuego y tormenta, sus despiadadas artiméticas, su repudio de las pequeñas arcadias y su afecto por toda criatura maltratada y temerosa, la que impide que se pierda, al estudiarla, en fríos análisis y ejercicios de bravura sin alma“.

Ahora Rusia vuelve a mí en las palabras de un corresponsal en Moscú, alumno mío hace años y hoy brillante periodista. Es muy satisfactorio oirle hablar de Tolstói con amoroso conocimiento y en abanico de anécdotas y valoraciones amplias. Vive Daniel Utrilla desde hace once años en Rusia y muy probablemente allí se quedará. Rusia le ha atrapado. “El hombre tiene sed de belleza – recordaba Dostoievski y tal vez sea en esto donde se encuentra el más grande misterio de la creación artística, en que la imagen de su belleza que brota de sus manos se convierte inmediatamente en un ídolo incondicionalmente”.

Tolstói o Dostoievski, comparaba Steiner.

Tolstói y Dostoievski puede completarse.

Para un profesor, escuchar en el tiempo las capacidades desplegadas de un antiguo alumno amigo aporta siempre una satisfacción honda.

(Imagen: programa “Las Noches Blancas” del 8 del 11 de 2010.- entrevista a Daniel Utrilla (segunda parte)

ESTAMPAS DE TOLSTOI (3) : INTIMIDADES

“Con los pequeños (sus propios hijos o los hijos de sus hijos) – cuenta Francois Porché en su  “Retrato psicológico de Tolstoi” – le gustaba bastante jugar, cuando estaba de buen humor. Bailar la “danza de Numidia” alrededor de una mesa para celebrar la partida de algún huesped inoportuno; o bien, al final de una jornada de trabajo, sentar a Vánichka y a Sacha en una canasta vacía, taparla y arrastrarla por los cuartos para que adivinaran en qué habitación se encontraban”.

“Eran juegos que gustaba hacer de buen grado, pero que podían corresponder tanto a un deseo egoísta de tranqulidad personal como a un amor particular por la infancia”.

“Una noche de febrero de 1895 – recuerda a su vez Daniel Gillès en su “Tolstoi” -, estalló en Moscú una de esas escenas violentas y penosas que Sonia hacía a su esposo.(…) Como León, muy sulfurado ( en relación con su relato “Dueño y servidor” que él había prometido a la revista “El Mensajero del Norte” en vez de reservárselo para “El Mediador“) hablaba de abandonar el hogar conyugal, ella se le adelantó y, en plena noche, en camisón de dormir, con los pies desnudos en las zapatillas, se precipitó a la calle. León, medio vestido, corrió tras ella, la alcanzó, la agarró por el brazo y consiguió, no sin esfuerzo, porque ella se resistía y tropezaba en la nieve, volverla a casa”.

“Al día siguiente por la tarde, la querella volvió a encenderse, y Sonia, arrojando esta vez las pruebas que estaba corrigiendo, se lanzó a la calle y, resuelta a dejarse morir de frío en el bosque, se dirigió hacia el Monte de los Gorriones. Esta vez fue su hija Macha quien la obligó a volver a casa. Sonia pasó allí dos días sumida en el abatimiento y en la postración; luego fue bruscamente asaltada por su idea fija; llamó a un coche de caballos y se hizo conducir a la estación de Kursk. Sergio y Macha, que se habían lanzado en su seguimiento, la alcanzaron en el instante en que pagaba al cochero. La volvieron a conducir una vez más a casa”.

Sonia tuvo que meterse en cama – sigue contando Gillès -, y en ella permaneció durante semanas; los médicos consultados prescribieron quién agua de Vichy, quién bromuro. Pero entre tanto Tolstoi había capitulado. “Entró en la habitación – escribió su mujer – , se inclinó ante mí hasta dar con el suelo, se puso de rodillas, me hizo juramentos y me suplicó que lo perdonase“. Y ella lanzaba este grito de triunfo : “¡”El Mediadory yo hemos obtenidoDueño y servidor“, pero a qué precio!”. En cuanto a Tolstoi, él se sentía casi feliz por haberse doblegado. “Dios ha venido en mi ayuda – confiaba en su “Diario” -; se ha manifestado en mí por la voz del amor…Sentir amor por ella; me ha bastado eso para comprender sus móviles. No he tenido necesidad de excusarla; no había ya nada que excusar“.

Peleas matrimoniales, trifulcas familiares, temperamentos, explosión, desgarros, reconciliaciones.

Intimidades que revelan vidas.

(Pequeña evocación a los cien años de su muerte: 1910-2010)

(Imágenes:- con mi agradecimiento a mi buen amigo, el periodista y corresponsal Daniel Utrilla que, desde Moscú, me ha guiado hacia estas fotografías:-1.-Tolstoi con su nieta Tatiana.-1909.-Ria “Novosti”.-rian.ru/2.-Tolstoi con sus nietos Sonia e Ilia.-1909.-Ria “Novosti”.-rian.ru/3.-Tolstoi discutiendo un manuscrito con su esposa Sonia.-1909.-Ria “Novosti”.-rian.ru/4.-Tolstoi con su esposa Sonia.-1908.-Ria “Novosti”.-rian.ru/5.-Tolstoi con su esposa Sonia.-puskinmuseum.ru)

NIEVE Y LITERATURA

Copio del blog que ayer escribe en El Mundo mi amigo, el periodista Daniel Utrilla, desde Moscú, y en el que tiene la amabilidad de citarme:

“(…) yo me alegro de que (por el momento) no haya cuajado el plan anti-nieve de Luzhkov, conocido por sus propuestas faraónicas, que van desde voltear el curso de los ríos siberianos para regar las tierras de Asia Central, hasta la idea de rescatar a bañistas en apuros con flotillas de dirigibles. Y digo que me alegro porque el alcalde (que ha declarado la guerra a la nieve por cuestiones de ahorro financiero) no parece calibrar el daño espiritual que para los escritores y pintores moscovitas supondría borrar las nevadas, un fenómeno que -como recuerda José Julio Perlado en su libro ‘El ojo y la palabra’– ha derretido la sensibilidad de todos los escritores, “bien sea del siglo IX antes de Cristo o del siglo XX de nuestra era”.

Una infancia sin nieve es como una vejez sin brasero. Sobre todo para la imaginación de genios como Vladimir Nabokov, que cuando de pequeño veía nevar desde el balconcillo cerrado del segundo piso de su casa petersburguesa sentía que se elevaba como en una cesta de globo aerostático, sensación harto distinta de la que sintieron anoche los conductores atrapados en el monumental atasco de Moscú, obligados a circular a una velocidad entre 3 y 7 kilómetros por hora (desesperante pero apropiada no obstante para la contemplación).

La levitación que Nabokov refiere en su biografía novelada ‘Habla Memoria’ (1967) aparece cristalizada en forma de literatura en un pasaje de su cuento ‘Batir de Alas’ (1923): “Las suaves y sordas partículas de nieve crujían en susurro contra los cristales de la ventana, mientras caían y caían y no dejaban de caer. Si uno se quedaba mirando durante un rato, tenía la impresión de que todo el hotel había empezado una lenta ascensión hacia las alturas“.

Boris Pasternak espolvoreó con nieve su novela mítica ‘Doctor Zhivago’, como ocurre cuando los personajes se disponen a salir de Moscú en tren rumbo a los Urales (“grandes copos aterciopelados descendían perezosamente y a poca distancia del suelo parecían vacilar un instante, no sabiendo si posarse en él”) o como cuando ya en el tren el protagonista se fija en la nieve que cae pausadamente sobre las vías “como si los copos se quedasen inmóviles en el aire y se posaran luego lentamente, como descienden en el agua las migas de pan dadas a los peces“.

(Mi agradecimiento a Daniel Utrilla en esta cercanía de la distancia)

Imagen.- nieve.-flick)

KANDINSKY O EL MOMENTO ESTELAR

pintores.- 22nb.-Kandinsky.-Mujer en Moscú.-1912.-Museum Syindicate

 “Un día, en Munich, Kandinsky ha entrevisto en el espacio de un instante un cuadro de una belleza extraordinaria – cuenta Brigitte Hermann en la biografía del pintor (Hazan) -. La extraordinaria impresión no ha durado mucho tiempo: se trataba de uno de sus propios cuadros que, colocado de lado y visto desde otro ángulo, se ha transformado instantaneamente en la imagen tornasolada de un azul sutil revelando el crepúsculo. El artista no lo había reconocido”.

Todos los comentaristas de Kandinsky recuerdan ese momento. Es un momento estelar, de los que le hubiera gustado fijar en la Historia a Stefan Zweig. En ese instante de Munich el pintor – recuerda otro crítico -“al ver a través de la ventana de su estudio sus cuadros al revés, le provocan una inmediata sensación de extrañeza, una profundísima emoción, prueba irrefutable de que lo esencial en un cuadro no era el reconocimiento de unas figuras concretas, sino precisamente de una sensación, en su caso, de una suerte de resplandor azul”. Este incidente, sin embargo, no fue fortuito. Se ha dicho que Kandinsky llevaba tiempo dando vueltas a nuevas posibilidades. Una representación de Lohengrin en Moscú le hizo pensar que la pintura podía tener la misma capacidad que la música para transmitir sensaciones a través de lo abstracto: en música, ritmos, intensidades, pausas; en pintura, color, forma, composición.

pintores.-Kandinsky.-Amarillo, verde, azul.-1925.-Museum Syindicate

1909  es el año en el que Kandinsky empieza a elaborar en su mente lo que escribiría en 1910, su gran libro – “De lo espiritual en el arte” -, publicado en 1912.  “Las almas son diferentes, sus sonoridades son diferentes, y por consecuencia, las formas artísticas son diferentes”.- dirá ese año al comentar una exposición -. “De ahí, una gran variedad en los colores, en la construcción, en el grafismo. Lo que no impide que todo obedezca a un deseo común, aquel del diálogo entre las almas. Y he aquí lo que explica la grande, feliz unidad de esta exposición“.

pintores.-77bvg.-Kandinsky.-Improvisación 11.-1910.-Museum Syndicate

Diálogo entre las almas. Diálogo entre diversos colores y diálogo entre la pintura y la música. Lo que Kandinsky llamará sus “impresiones” son los estudios que él pinta o dibuja tomados de la naturaleza exterior; sus “improvisaciones” serán en cambio la expresión de acontecimientos interiores: ambas obras nacidas de anotaciones directas. En cuanto a lo que él designa como “composiciones” serán expresiones interiores elaboradas muy lentamente para producir un efecto conscientemente organizado. Convencido de que los colores tenían correspondencia con sonidos, y en general, con sentimientos y sensaciones, Kandisnky veía todo el cuadro dentro de él antes de ponerse a pintarlo. También Kandinsky es atraído por el poderío de una especial montaña, como Cézanne  Si Cézanne quedó imantado por la “Montagne Saint Victoire“, Kandinsky pinta también su personal “Montaña azul“. 

pintores.-989nbm.-Kandinsky.-La montaña azul.-1908.-Museum Syindicate Pero todo nacía de aquel momento estelar fulgurante que él había vivido. Momento estelar o – también podría quizá llamarse  ( como se ha denominado especialmente en literatura) -, epifanía.

(Imágenes:-1.-Mujer en Moscú.-1912/2.-amarillo,rojo,azul.-1925/3.-Improvisación 11.-1910/4.-La montaña azul.-1908.-Museum Syindicate)

LA NOVELA DE UNA NOVELA EN SOLZHENITSIN

A veces en Mi Siglo no hay más que reproducir un texto que vive por sí solo, sin necesidad de comentarios. La novela de una novela en la vida de Solzhenitsin y sus asombrosos vericuetos los ha contado minuciosa y excelentemente ayer en el “El Mundo” mi buen amigo desde hace años Daniel Utrilla, corresponsal de ese periódico en Moscú, y aquí está su apasionante relato:

AP)

” Pelotones de letras, millones de caracteres aprisionados sobre fondo blanco. Su monumental historia de los campos de reclusión en la Siberia estalinista permaneció durante casi una década comprimida en una estrecha cárcel de papel antes de ser publicada en Francia en 1973 por la editorial Ymca-Press, en dos volúmenes de más de 1.000 páginas.

En cada folio mecanografiado de forma clandestina por Alexander Solzhenitsin entre 1958 y 1968, las letras se fueron apelotonando sin espacios entre sí, uncidas en un renglón infinito como hilera de reos encadenados sobre el horizonte blanco de la cuartilla.

En 1968 había sido expulsado de la Unión de Escritores de la URSS, y en febrero de 1974 Solzhenitsin fue expulsado de la URSS tras la publicación en Francia de su ‘Archipiélago Gulag’. Sus 8 años de reclusión en Sharashka, su destierro de 3 años en Kazajistán y sus 6 años de escritor clandestino confluían en aquella obra terapéutica sobre las cloacas del estalinismo. Para completar su macabro retablo de mártires, Solzhenitsin recabó el testimonio de 227 represaliados que dieron voz a los millones de víctimas del comunismo que entre 1919 y 1956 fueron barridas bajo la alfombra de la taiga siberiana.

“Sólo en el tercer día de la trinidad supe del éxito. ¡Libertad!, ¡ligereza!, ¡todo el mundo fundido en abrazos! ¿Tengo las esposas puestas?, ¿soy un escritor amordazado? ¡En todas partes son libres mis caminos! ¡Yo soy el más libre de todos los escritores estimulados del realismo socialista!“. Así relata Solzhenitsin en su ensayo El roble y el ternero la sensación liberadora que sintió cuando supo que su obra magna -que había escrito con Rena, como llamaba cariñosamente a su máquina de escribir- había sido publicada en Francia.

Desde las mismas entrañas del monstruo, encorvado como un monje amanuense que multiplicara en secreto terribles herejías, Solzhenitsin se había consagrado a la redacción minuciosa de una obra que abrió una mirilla en el Telón de Acero para que Occidente entreviera la tramoya sangrienta del monoteísmo soviético.

Una elaboración de infarto

La escritura del libro fue una peripecia casi tan sobrecogedora como su lectura. Como un archipiélago de legajos, los capítulos del libro se diseminaron en casas de amigos que encubrieron su redacción y corrección. El carácter soterrado de la obra se materializó cuando Solzhenitsin tuvo que ocultar algunos capítulos bajo tierra, en el huerto de su dacha, una casucha de madera sin calefacción en Rodzhdetsvona-Istie. Allí, con ayuda de su segunda esposa, Natalia Svetlova, y de su ayudante Elena Chukovska (ambas prepararon la copia mecanografiada definitiva) el autor completó su tercera y última redacción, la obra definitiva tal y como llegó a Francia.

A continuación ordenó a todos sus amigos cómplices que quemasen las copias que tenían en su poder. Inesperadamente, el lanzamiento editorial de este sputnik literario hubo de ser adelantado después de que Elizabeta Denisovna, ayudante del autor, fuera interrogada por el KGB, que le sonsacó dónde escondía una de las redacciones del texto que, contraviniendo la orden del autor, no había destruido. Tras el interrogatorio, Denisovna se ahorcó. Pero para cuando el KGB halló el texto, una grabación magnetofónica del libro hecha por su esposa Natalia ya estaba en Francia.

Sobre la cubierta de aquel libro, que afloraba en Occidente como el mensaje de un náufrago, emergía una palabra extraña y críptica a la vez: gulag, un acrónimo que restalló en Occidente como una exclamación gutural susurrada por miles de bocas sin voz desde el vientre de Siberia. Oculta bajo este acrónimo (Glavnoe Upravlenie Laguerei), se escondía la dirección general de campos de reclusión y de trabajo forzado de la URSS, y la palabra se incorporó al vocabulario político de Occidente.

Torturas sobrecogedoras

Con un estilo apasionado (abundan las frases exclamativas de estupor), Solzhenitsin presenta un cuadro de El Bosco de lectura torturadora donde los reos son enterrados hasta el cuello en cubículos excavados en la tierra, son pasto de los piojos en nichos de piedra, o sometidos a torturas para lograr confesiones, como la aplicación de un rallador por la espalda o de agujas bajo las uñas.

El purgatorio de este camino hacia el infierno blanco lo representaba la Lubianka, la mítica sede de los servicios secretos en Moscú (un edifico de fachada amarilla que hoy acoge a los herederos del KGB, el FSB), dónde él mismo fue recluido tras ser arrestado en 1945 cerca de Konigsberg (hoy Kaliningrado).

Fue trasladado a Moscú. Mientras era conducido por dos agentes a la Lubianka, en la estación de metro Belaruskaya, el autor se contuvo de gritar para pedir ayuda porque “presentía vagamente que un día podría gritar a 200 milones” y no sólo a los que en ese momento subían por las escaleras mecánicas.

Condenado a trabajos forzados, en 1950 Solzhenitsin fue a parar a Sharashka -un campo especial de investigación científica para prisioneros políticos-, donde pasó ocho años, experiencia que le inspiró su obra ‘El Primer Círculo’ (1968). En 1953 fue desterrado a Ekibastuz, en Kazajistán, donde pasó tres años como minero, albañil y fundidor en un campo de trabajos forzados.

Superación milagrosa de un cáncer

No lejos de allí, en aquellas mismas estepas semidesérticas de Kazajistán donde la URSS levantaba en ese mismo momento el cosmódromo de Baikonur (la plataforma R-7 de donde despegó el sputnik en 1957 que encendió la carrera espacial), Solzhenitsin superó una experiencia traumática que contribuyó a su ignición religiosa: se sobrepuso milagrosamente de un tumor e inspiró ‘Pabellón de Cáncer’ (1969).

Después vinieron los seis años de escritor clandestino, periodo en el que criticó la persecución censora del Estado soviético y halló refugio durante algún tiempo en la dacha de su amigo, el compositor Mstislav Rostropovich. En 1970 le fue concedido el Premio Nobel, pero no lo recogió hasta 1974, ‘año cero’ del exilio desencadenado por la publicación de Archipiélago Gulag y que se prolongó dos décadas.

Su anticomunismo nunca cedió. Solzhenitsin pensaba que el marxismo engendraba violencia en sí mismo allí donde fuera aplicado, y rechazaba que las características del alma rusa tuvieran que ver con la deriva sangrienta del comunismo soviético.

En junio de 2007 recibió de manos de Putin el Premio Estatal. ¿No suponía una contradicción que el sumo disidente aceptase un premio de un ex agente del KGB? “Nadie le reprochó a Bush padre que su pasado en la CIA fue negativo”, esgrimió entonces Solzhenitsin, no sin antes puntualizar: “Si bien Putin fue el oficial de los servicios especiales, no fue el juez de investigación del KGB ni jefe de un campo de trabajos en el gulag”.

Aquí termina el relato de Daniel Utrilla y pienso que no hay nada más que añadir.

(Imágenes: “Solzhenitsin.-solche.pravaya.ru/Solzhenitsin, en una imagen de archivo de 2007, cuando recibió de manos de Putin el Premio Estatal (Foto: Ap) .-elmundo.es)

CARTAS A CHEJOV

A veces la vida supera al arte y cuando vemos a Olga Knipper, la viuda de Chejov, escribir a su marido casi cincuenta días después del fallecimiento del gran autor ruso, pensamos que eso es precisamente un cuento de Chejov, esa mujer desolada escribiendo al infinito como si la ausencia estuviera muy presente.

“Por fin puedo escribirte, mi querido, mi lejano y al mismo tiempo mi cercano Antón. Hoy llegué a Moscú y fui a ver tu tumba…¡ Si supieras qué bien se está allí! Después del árido sur, aquí todo parece tan jugoso, aromático, hay olor a tierra, todo está verde, los árboles murmuran suavemente ¡Es incomprensible que tú no estés entre los vivientes! Tengo que contarte muchas cosas, debo relatarte todo lo que yo sufrí últimamente durante tu enfermedad y después del instante en que cesó de latir tu corazón, tu dolorido y sufrido corazón. Me parece extraño escribirte y sin embargo tengo un fuerte deseo de hacerlo. Pues cuando te escribo, me parece que tú vives y en algún lugar estás esperando mi carta. Querido mío, deja que yo te diga palabras cariñosas y tiernas. En Yalta sentí tu presencia en todas partes, en el aire, entre los árboles, en el soplo del viento. Durante los paseos me parecía que tu liviana y transparente figura, con bastoncito, se me acercaba y se alejaba de mí, caminaba sin tocar la tierra…”

Es la primera de las cartas de Olga al Chejov ya desaparecido, y a ella seguirán muchas más porque el cuento de la realidad imaginada debe continuar en ese matrimonio entre la actriz y ese escritor a quien nadie vio escribir, aunque se sabía que lo hacía desde la mañana hasta el mediodía, ese escritor al que se le podía ver sentado en un banco, junto a unas blancas paredes en las que se alineaban macetas de adelfas. Sí, allí estaba Chejov durante más de una hora mirando el mar.

Ahora se acaban de reeditar las cartas -“Correspondencia Chejov-Olga Knipper (1899-1904)” (Páginas de Espuma) -, pero no están todas. Faltan todas las que Olga escribió a su marido durante los 56 años que le sobrevivió. No se publican porque aún no se encuentran. Alguien en nombre de Olga las está escribiendo. Se ha hablado de que es un cuento largo en el que la actriz le habla de la aventura del teatro, de cómo ella representa una vez más, en diciembre de 1908, “El jardín de los cerezos“, de lo que le parece América en 1922: (“Oh – le dice– el ruido aquí es tremendo; todo vuela, galopa, alcanza y sobrepasa”), de su encuentro en Nueva York con Rachmaninov.

Cuando estas cartas se publiquen se descubrirá que en la última – fechada en febrero de 1959, un mes antes de morir Olga – ella quiso copiar las palabras de Sonia al acabar “Tío Vania” para que Chejov las volviera a recordar:

“Y bien, ¿qué podemos hacer? ¡Debemos seguir viviendo! Seguiremos viviendo, tío Vania. Viviremos a través de una larga, larga sucesión de días y tediosas noches. Soportaremos pacientemente las tribulaciones que nos imponga el destino; trabajaremos para los demás, ahora y en nuestra vejez, y jamás descansaremos. Cuando llegue el momento moriremos sin protestar, y una vez allí, en el otro mundo, diremos que hemos sufrido, que hemos vertido lágrimas, que hemos tenido una amarga vida, y Dios se compadecerá de nosotros. Y entonces, tío querido, ambos comenzaremos a conocer una vida brillante, hermosa y adorable. Nos regocijaremos y recordaremos nuestros problemas con ternura, con una sonrisa, y podremos descansar. Creo en ello, tío, lo creo con fervor, con pasión…¡Podremos descansar!”.

EL ALMA RUSA


A veces veo el gran mapa de Rusia, me adentro con la mirada en sus extensiones de historia y recuerdo de nuevo su alma, aquella que cuentan los grandes testigos – no sólo los novelistas, no sólo los directores cinematográficos -, como así ocurre con la descripción que relata Vera Kharuzina, la primera mujer que se convirtió en profesora de etnografía en Rusia, aquella que describió al detalle cómo un icono era recibido un lunes de Pascua en la casa de un rico comerciante de Moscú durante la década de 1870:

“Había tantas personas que querían recibir en casa el icono de la Virgen Celestial y del Mártircuenta Kharuzina – que siempre se hacía una lista y se establecía un orden para organizar el recorrido de la procesión por la ciudad. Mi padre siempre iba a trabajar temprano, así que preferí recibir el icono y las reliquias a la mañana temprano o tarde en la noche. El icono y las reliquias llegaban por separado y casi nunca coincidían. Pero sus visitas nos dejaban una impresión profunda. Los adultos de la casa no se iban a dormir en toda la noche. Mi madre se acostaba un rato en el sofá. Mi padre y mi tía no comían desde la noche anterior para poder beber el agua bendita con el estómago vacío. A nosotros, los niños, nos mandaban temprano a la cama, y nos levantábamos mucho antes de la llegada. Se apartaban las plantas que estaban en una esquina de la sala principal y en su lugar se colocaba un diván de madera, donde podía ubicarse el icono. Luego se ponía una mesa frente al diván con un mantel blanco como la nieve. Se le añadía un cuenco de agua para que la bendijeran, una bandeja con un vaso vacío, para que el sacerdote vertiera en él el agua bendita, velas e incienso. Toda la casa quedaba cargada de expectativa. Mi padre y mi tía iban de una ventana a la otra, esperando la llegada del carruaje, que era muy sólido y aparatoso. La ama de llaves esperaba en el vestíbulo, rodeada de sirvientes, que estaban preparados para cumplir sus órdenes. El portero vigilaba por si llegaban los invitados y sabíamos que correría a la puerta apenas viera el carruaje en la entrada y daría un golpe fuerte para advertirnos de su llegada. Luego oíamos el estruendo de seis fuertes caballos que se acercaban al portal. Un joven, en el papel de postillón, se sentaba en la parte delantera y un hombre corpulento en la parte trasera.

A pesar de las fuertes heladas propias de esa época del año, ambos viajaban con la cabeza descubierta. Un grupo de personas dirigidas por nuestra ama de llaves cogía el pesado icono y subían con él los escalones de la entrada con mucha dificultad. Toda la familia recibía el icono en el umbral, postrándose ante él. Una corriente de aire helado entraba por las puertas abiertas y nos resultaba vigorizante. Comenzaban las oraciones, y los sirvientes, a veces acompañados de sus parientes, se apiñaban frente a la puerta. Mi tía cogía de las manos del sacerdote el vaso de agua bendita que estaba junto a la bandeja. Daba un sorbo del vaso a todos, que también mojaban los dedos en el agua y se tocaban la frente con ellos. El ama de llaves seguía al sacerdote por toda la sala, con el aspersorio y el cuenco de agua bendita. Mientras tanto, todos se acercaban a tocar el icono; primero nuestro padre y nuestra madre, luego nuestra tía, y a continuación nosotros, los niños. Después de nosotros venían los sirvientes y quienes los acompañaban. Cogíamos algodón sagrado de unas bolsas adosadas al icono y nos limpiábamos los ojos con él. Después de las oraciones, se llevaba al icono a las otras salas y al patio. Algunos se arrodillaban cuando lo veían. Los que cargaban el icono pasaban por encima de ellos. Lo llevaban directo hacia la calle donde había personas que esperaban para tocarlo. Aquel momento de una breve plegaria común nos unía con esas personas, a las que no conocíamos y a las que probablemente jamás volveríamos a ver. Todos se ponían de pie y hacían la señal de la cruz y una reverencia cuando volvían a guardar el icono en el carruaje. Nos quedábamos en la puerta con abrigos de piel sobre los hombros; luego regresábamos corriendo a casa para no resfriarnos. Había quedado un ánimo festivo en la casa. En la sala todos estaban listos para el té, y la tía se sentaba junto al samovar con una expresión de alegría”. (Orlando Figes: “El baile de Natacha”. Una historia cultural rusa.-Edhasa, 2006.)
(Fotos: Icono de la Madre de Dios de Kazan; icono de la Madre de Dios, de Vladimir.-chile.mid.ru).

¿QUÉ ES LA VIDA?

Pasó de repente Federico Fellini ante él y le preguntó : ¿ Puede explicarse la fantasía?. Pasó enseguida André Roussin a su lado y le interrogó: ¿Qué es la belleza?. Daba vueltas y vueltas con las preguntas, giraba con todas las cuestiones. Vio que se acercaba Galina Ulanova, la primera bailarina del Bolshoi de Moscú, y le lanzó : ¿Qué sentido tiene bailar?. El gran periodista italiano Enzo Biagi no se cansaba nunca de preguntar. Veía apasionantes respuestas por las calles, en los rostros, en los ojos inteligentes. ¿Por qué yo soy blanco y él negro?, le interrogó un día a Margaret Mead. Como vio que llegaba también a toda velocidad Enzo Ferrari le detuvo un segundo: ¿Por qué el hombre quiere ganar?. Y nada más salir disparado Ferrari hacia las curvas le interesó saber además qué son las ideas, por qué lloran los árboles, cuándo es hermosa una obra de arte o cómo se convence más a los animales, ¿con la dulzura o con la fuerza?

En cuanto le contestaron todos corrió a preguntar más: Por favor, ¿ cree usted que pueden fabricarse Mozart y Einstein?, le consultó a Asimov. ¿ Por qué reímos?, le dijo a Jacques Tati.

No se detenía. Vivió con la curiosidad abierta los ochenta y siete años que ha vivido, muerto ayer en Milán tras una larga carrera de preguntas.
Dicen que al entrar en la eternidad preguntó enseguida : Entonces, ¿ cómo puede definirse la vida?