“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (33): RELÁMPAGOS Y SONRISAS

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

———-

MEMORIAS (33): Relámpagos y sonrisas

 

30 mayo

en casa

Hace tres días, el lunes, de nuevo en “ La Central” con Ricardo Senabre. Una larga mañana muy interesante. Como nos ocurre siempre cuando conversamos tan agradablemente, pasamos de un tema a otros como hacen los amigos y acabamos hablando de nuestros lejanos años de Universidad, de los años de Zaragoza, cuando los dos estudiábamos los primeros cursos de Filosofía y Letras, aunque por muy poco tiempo no coincidimos en las aulas. Siempre nos lamentamos de eso, de no haber coincidido y de no habernos conocido entonces, pero lo cierto es que cuando Senabre llegó a Primero de Facultad yo ya vivía en Madrid, aunque a los dos nos unen recuerdos de grandes profesores. Enseguida hablamos de José Manuel Blecua y de sus conferencias sobre Góngora y Quevedo, pero sobre todo de Francisco Ynduráin que nos dio clase a los dos en años distintos, y yo aproveché para contarle a Senabre toda mi experiencia personal con Ynduráin, que él no conocía, cuando en el “examen de Reválida”, como se llamaba en aquellos años a la prueba final del Colegio para poder entrar en la Universidad y que era una prueba difícil (él también la sufrió), un examen oral ante una sucesión de catedráticos, tuve que ponerme en pie ante Ynduráin en el marco de un enorme escenario – era un salón en la Facultad de Medicina de Zaragoza – precisamente porque él me tocó como primer examinador, y enseguida me dijo nada más verme: “Hábleme sobre la generación del 98”. No titubeé, le expliqué a Senabre, pues la conocía muy bien. Me centré primeramente en Azorín, al que había leído casi por completo y añadí – además de opiniones sobre sus novelas, cuentos y ensayos -, rasgos personales de su figura, como por ejemplo el nombre de su mujer, Julia, y el célebre paraguas rojo que al parecer descansaba en el vestíbulo de su domicilio. Le conté igualmente a Ynduráin que Azorín solía escribir de noche en muchas ocasiones y añadí muchos detalles personales de aquel gran escritor que, desde “Blanco en azul”, siempre me había acompañado.

Don Francisco, como yo siempre le he llamado ( Senabre me confesó que él le llamó siempre don Paco) , creo que quedó muy asombrado, y seguramente complacido. El resto de los catedráticos sentados junto a él me fueron también examinando, pasé luego al de Historia con el que también hice un ejercicio brillante, y cuando ya me coloqué para examinarme oralmente ante los titulares en Ciencias, el catedrático de Física y Química, sin duda creyendo que yo era el más distinguido alumno del Colegio por lo que hasta entonces había escuchado, me propuso enseguida: “Hábleme de lo que quiera”. Y naturalmente yo le hablé y le expuse la única fórmula de química que conocía, pues ya no me sabía ninguna más.

Senabre se reía y disfrutaba de todo aquello y evocamos juntos aquellas etapas lejanas que él también vivió. Después le conté las veces que Ynduráin y yo nos habíamos encontrado a lo largo de la vida, y cómo – ya en su casa de Zaragoza – me comentaba con aquella forma tan lúcida que él tenía los valores literarios, por ejemplo, que contenía “Luz de agosto” de Faulkner o “El Simplón le guiña el ojo al Frejus” de Vittorini; luego comenté su dirección de mi tesis doctoral sobre Gutiérrez Solana, y tantas y tantas cosas más, pero, sobre todo, le confesé a Senabre, cómo le había recordado de modo especial cuando subí a casa de Azorín la tarde de su muerte, en 1967, y en su casa de la calle Zorrilla le di el pésame a su viuda, Julia Guinda Urzanqui, de la que había hablado hacía muchos años en el examen de Reválida.

 

10 junio

– Me gustaría preguntarle – me dice hoy la periodista al entrar y nada más sentarse – : ¿ qué es para usted la vida?

– Pregunta muy difícil, señorita, es verdad. – le contesto bastante asombrado, y ante esa pregunta no tengo más remedio que guardar un largo silencio – . ¿ La vida? – repito pensando -. Pues mire usted – le respondo al fin -, la vida es un don y hay que aprovecharlo hasta el final, aprovecharlo en cada momento, hay que rendir y entregar las disposiciones que uno tiene, hacer rendir aquello para lo que uno cree que ha recibido unas aptitudes y cree que vale para ellas. Por otro lado, la vida nunca es trágica; sí, en cambio, dramática, en el sentido de que encadena una serie de tensiones y conflictos (si no, no sería vida), pero teniendo en cuenta que ante cualquier conflicto, sea el que sea, siempre hay salida, siempre hay esperanza. Incluso ante el conflicto final que cierra toda una vida siempre detrás está la esperanza. Esto no responde simplemente a una visión optimista de la vida sino a una creencia firme en la esperanza. Siempre hay salida. Un excelente dramaturgo francés, Jean Anouilh, se acercó a esto muy bien en el prólogo a una pieza suya, “Antígona”. Allí, al presentar a su heroína trágica decía: “piensa que va a morir, que es joven y que también a ella le hubiera gustado vivir. Pero no hay nada que hacer. Se llama Antígona y tendrá que desempeñar su papel hasta el fin…” En ese “no hay nada que hacer” reside la tragedia. Antígona no tiene escapatoria. Pero la vida, como digo, no es trágica, cada día esconde y muestra pequeños o grandes conflictos que hemos de resolver lo mejor o peor que sepamos y que a veces nos pueden llenar incluso de angustia, pero para ellos siempre hay salida, siempre hay esperanza. En eso reside el drama. A la vez, y ahora que usted me pregunta sorprendentemente qué me parece la vida, me viene a la memoria una frase de Becquer en sus Rimas que quizá pueda ayudarme para darle una respuesta. Es una frase que siempre recuerdo. Becquer escribe: “ Al brillar un relámpago nacemos y aún dura su fulgor cuando morimos: ¡tan breve es el vivir!”. Esta frase es una completa realidad. Muchas veces la tengo presente. Una gran realidad. Pero en medio de ese intenso y rápido relámpago que es toda existencia, al menos para mí ( supongo que aún no para usted porque es usted muy joven), hay una serie de relámpagos menores, también intensos, que iluminan de repente toda una escena y que nos dan el sentido de las cosas. Recuerdo, por ejemplo, uno de ellos, al aire libre, un relámpago en lo alto de una mañana de agosto, un relámpago en pleno día, un relámpago interior, si así puede llamarse: serían las ocho y media o nueve menos cuarto de la mañana, un viernes, yo caminaba sobre la arenilla de un sendero no lejos de Punta Umbría, en Huelva, al sur de España. Había tomado la tarde anterior, el día 15, una gran decisión y la había tomado en la confluencia de dos ríos, el Tinto y el Odiel , dentro de una barca, y ahora todas las piedras y árboles y setos que había en aquel camino aparecían inundados de sol, iluminados por el relámpago que siempre he visto allí; cada vez que he hecho memoria no he podido ver en aquel camino mas que la luz, un camino de luz blanca, un día blanco, mis pisadas sobre la arenilla y sobre las pequeñas piedras estaban invadidas de alegría, yo tenía en aquella mañana dieciocho años, las decisiones que se toman definitivamente y de pronto, es decir, tras una larga meditación, pero a la vez de pronto, a veces marcan un camino de luz, de insospechada alegría, entonces, uno no sabe por qué, ese sol y esa arenilla de los caminos que yo pisaba (es como si aún oyera ahora las suelas de mis zapatillas de verano sobre la arenilla) marcaban y rodeaban el resplandor de la mañana, una mañana fresca y limpia, había una luz, o creo que había una luz, parece que aún lo veo, sí, sí había una luz en la superficie de las flores, estoy casi seguro de que era así. Son iluminaciones que duran, le acompañan a uno toda la vida. Beckett revivió toda su vida una iluminación oscura y nocturna en un muelle irlandés y volvió una y otra vez sobre ella y yo vuelvo a mi vez a este camino de resplandor, lo opuesto a la iluminación oscura, una mañana limpia e interminable en la memoria; cada vez que mi memoria abre una compuerta aparece igual que un flash, como una escena, este caminar mío muy de mañana en estos senderos no lejos de Punta Umbría; pocas veces he visto casas tan radiantes, a lo mejor no eran en sí radiantes pero yo así las veía, eran blancas y azules, techos azules, paredes blancas, puertas abiertas, era verano y primera hora, la vida estaba ante mí, ¿qué había decidido?, a veces no se sabe bien lo que a uno le espera cuando ya ha decidido, sobre todo porque las sucesiones tras las decisiones felizmente permanecen ocultas, si no uno no andaría a tientas después de la decisión como suele ocurrir, uno toma una decisión que parece segura y definitiva, y en el fondo así es, pero cuando se creía ya todo resuelto sólo por haber tomado esa primera decisión, uno debe de seguir aún largo tiempo andando a tientas, empujado, sí, por la decisión, pero sin saber qué le aguardará a lo largo del camino. Es lo normal. Lo cierto es que esa escena que le estoy contando, ese relámpago vibrante en plena mañana de agosto siempre está ahí, no se cierra, y si yo creo que puedo cerrarlo y pienso en otra cosa, ese camino de arenilla invadido de sol y de luz lo que hace es apagarse momentáneamente, se queda escondido en mi memoria hasta que vuelvo a él otra vez, e instantáneamente vuelve a encenderse y me veo como siempre que me he visto andando sobre la arenilla en una mañana radiante de alegría y de sol. Estos son los pequeños relámpagos de los que le hablaba hace un momento dentro del gran relámpago que es la vida. Pero hay muchos otros relámpagos; otro, por ejemplo, que se abre es en París, en el Bois de Boulogne, en invierno, a media mañana, en diciembre, a final de los años sesenta: estoy ante el estanque, veo cruzar y venir e ir corriendo a mis tres hijos con sus diminutos abrigos azules y sus gorras rojas, son muy pequeños, tienen cinco, seis años, corretean, se persiguen, se empujan unos contra los otros, ríen, son felices, no saben qué les espera en la vida, no importa, nadie lo sabe, corretean, se ocultan, se empujan continuamente bajo ese pequeño relámpago del estanque que ilumina las aguas, un relámpago múltiple como este otro que se me aparece de pronto también iluminando un sofá de mi casa, o al abrirse la puerta de la calle, o en la mesa de un restaurante, ante la mujer que tengo enfrente. Esa es mi mujer. Al cabo de los años, esta mujer, de la que no quiero decir los años pero que ha cruzado conmigo muchas etapas de la vida, la encuentro sentada en el sofá, o escucho su voz llamándome cariñosamente al abrir ella la puerta de la calle cargada de paquetes y de compras, o la observo frente a mí escuchando una conversación en un restaurante. Ella no sabe que la observo. El relámpago es el mismo que se encendía en el camino cercano a Punta Umbría o en el Bois de Boulogne de París, lo que pasa es que el color de este relámpago es distinto. Aquí hay una iluminación de muebles, de trajes, de interiores, hay unos tonos ocres, grises, a veces blancos, hay unos almohadones, bastantes almohadones en el sofá, porque mi mujer los ahueca para proteger su espalda, para mantenerse cómoda y derecha; hay también unas grandes cortinas protegiendo los visillos, protegiendo a las ventanas. Apenas se escucha el ruido de la calle. Vivimos en un piso alto y el estremecimiento del relámpago, el paso del instante, no hace temblar los cristales, no transmite un color radiante como en Punta Umbría o como en el Bois de Boulogne sino que proporciona un tono gris, corriente, lo más corriente de la vida corriente y cotidiana. Yo amo lo corriente. Y usted me preguntará: ¿y a dónde quiere usted ir a parar con todo esto? Si lo pongo en el libro que estoy escribiendo, quizá eso también se lo pregunte en su momento el editor, o también algún lector: ¿a dónde quiere ir usted a parar con todo esto? ; pero le estoy contando, señorita, el paso simplemente de un relámpago por el comedor, nada más, no hay demasiadas filosofías porque no hay casi aquí ningún movimiento, parece que no hay ninguna emoción, tampoco tensión, pero es que en la vida felizmente no todo es tensión ni emoción: se presenta la escena de entrar en este comedor, de mirar al sofá: este sofá está escoltado e iluminado por dos lamparitas de luces tenues, amo las luces tenues de las lámparas, son luces de hogar, no me gustan las luces altas de los techos porque hacen frías las casas, y entonces, como le digo, sorteando estos muebles que ocupan el comedor, llego hasta ese sofá, hasta donde está mi mujer apoyada en los almohadones y la veo sonreír en cuanto entro y le doy un beso.Tendría que dedicar quizás un libro entero a esa sonrisa. ¿Pero cómo escribir páginas sobre una sonrisa? Ahora se vive a toda velocidad, se lee – cuando se lee- a toda velocidad, la levedad hace volar las frases, los libros, la atención, hay un pestañeo continuo dominando toda la atención, un deseo de fragmentación, una aceleración constante, entonces: ¿quién va a detenerse en un libro, en unas páginas sobre una sonrisa?; y sin embargo yo he de detenerme, me detengo, sigo de pie en la entrada de este comedor, es una sonrisa breve la de mi mujer, siempre he admirado esa sonrisa sobre todo cuando ha aparecido tras un enfado matrimonial, enfados intensos, a veces breves también, a veces largos, que duran una tarde, como ocurre en todos los matrimonios. Iba yo por el pasillo con mi enfado sobre los hombros, y de pronto, a mitad del pasillo me encuentro con la sonrisa inesperada de mi mujer, una esponja que borra el tiempo, que limpia el enfado, no me esperaba yo tan rápida y tan pronto esa sonrisa que me acaba de desarmar, una ausencia total de rencor, la limpidez total. Hablaría por tanto muchas veces de esa sonrisa, detendría quizás el relato para contemplar la sonrisa,, congelaría el movimiento y revelaría toda esa contemplación.

 

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (11)

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

—————-

MEMORIAS   (11)   :  La Historia  y las “Memorias”

 

 

 

29 abril.

 

Ayer con Ricardo Senabre en “La Central”

Le dejé a Senabre hace unos días algunas de las primeras páginas de este libro y ayer hablamos largamente de ellas. A Senabre, durante años catedrático en Salamanca y hoy reputado y a veces temido crítico literario de “El Mundo” le pregunté: “¿crees que alguien puede estar interesado en todo esto que voy contando, en todo lo que estoy escribiendo?”. Senabre, fino observador de la literatura y analista muy valioso, un hombre que no suele tratar ni con editores ni con escritores para conservar su independencia y que nunca hará, como ya me ha adelantado, la crítica de este libro precisamente en aras de nuestra amistad, me comentó tras leer esas páginas que quizá todo esto podrán verlo algunos como una mezcla de autobiografía y de ficción, algo singular y extraño, pero que ahora, me dijo, se suele practicar en algunas corrientes de la literatura, y me añadió que él necesitaba más tiempo para poderlo enjuiciar. Ricardo y yo hemos estado siempre unidos por muchos recuerdos, sobre todo por la luminosa sombra docente que extendió sobre nosotros Francisco Ynduráin, profesor y maestro incuestionable del que los dos fuimos alumnos aunque en distintos años en Zaragoza. Senabre ampliaría más tarde sus estudios en Salamanca y yo lo haría por mi lado en Madrid. Pero a pesar de la distancia que hemos mantenido en razón de las ciudades, solemos vernos de vez en cuando, siempre que él viene de Alicante, para sentarnos a charlar en el segundo piso de “La Central”, esa librería cercana a la plaza del Callao, en los dos sillones tan cómodos que allí tienen, y a ser posible lo hacemos a primera hora de la mañana de algún lunes, cuando aún no ha ido por allí demasiada gente.

-Entonces, le insistí ayer, ¿tú crees que esto le puede interesar a alguna persona? Yo a veces lo dudo.

 

Me habló entonces Senabre de la posible preferencia que tienen ciertos lectores por este tipo de historias: ¿son novela?, se preguntó en voz alta, ¿son Recuerdos?  ¿son Memorias? ¿son Diario?, qué importa, no lo sé, me dijo, no sé cómo lo clasificarán, ahora vuelven a decir, y tampoco lo sé, si la novela está en decadencia o si no lo está, es un viejo tema que retorna de vez en cuando, y por eso suelen añadir que se abren nuevos modelos híbridos de narración para probar otra vías, que ya están ahí, indudablemente, pero lo importante es que tú, que eres el autor, sepas qué es lo que quieres hacer con todo esto y qué es lo que quieres decir.

Por otro lado – añadió – me da la impresión de que quieres contar parte de la historia de tu vida, una especie de crónica de muchas cosas que has vivido. No sé si con eso querrás atenerte estrictamente a la verdad, a la realidad, porque pienso que como novelista también vas a tener la tentación alguna vez de adobar esa realidad con algo de ficción, lo hagas de una forma consciente o no, ya que eso es frecuente en muchas historias reales. Nos llevaría lejos ese tema de la realidad mezclada con la ficción. Precisamente en unas páginas que ahora estoy escribiendo sobre la novela – continuó Senabre -, hablo de las incursiones de la ficción en las crónicas totales de la realidad, como sucede, por ejemplo, con Truman Capote en “A sangre fría”, una obra que quiso ser una transcripción fidelísima de los interrogatorios y declaraciones que el autor llevó a cabo, pero donde Capote también se permitió introducir pasajes de ficción. Lo mismo se puede decir de Norman Mailer en “La canción del verdugo”, aunque todo esto se remonta a muy lejanos orígenes, nada menos que a Herodoto, considerado el padre de la Historia, que incorpora a su relato multitud de noticias y costumbres que pertenecen al terreno de la ficción, porque con ello intentaba atraer a los oyentes y fijar su atención, lo que le obligaba a inevitables concesiones.

 

Estuvimos más de una hora hablando agradablemente de literatura en la librería.

 

Ya en la calle, al despedirnos – me preguntó intrigado y con una pícara sonrisa –, “Por cierto; no te ofendas. Tampoco hace falta que me contestes: esa periodista que dices que va a verte por las tardes a tu casa para entrevistarte, ¿existe?, ¿ es auténtica o es un mero recurso literario tuyo?

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

RECUERDOS DE “LA ESTAFETA LITERARIA” (2)

 

 

(Continúo con mis evocaciones y recuerdos de aquellos años finales de los 50  y principios de los 60 en los que estuve de redactor- jefe de “La Estafeta Literaria” y agradezco a la profesora Ana Isabel Ballesteros su estímulo y atención investigadora que me anima a rememorar aquella época literaria.)

(Prosigo publicando en MI SIGLO evocaciones y recuerdos)

——————

Me pregunta entre otras cosas la profesora Ana Isabel Ballesteros si en aquella Tercera Etapa de “La Estafeta” (1957- 1962) descubrimos quienes hacíamos la Revista algún  nuevo valor literario. Naturalmente que sí. La Revista se abría a nuevos nombres que fueron apareciendo poco a poco en sus páginas.

Pero voy a fijarme en dos.

Creo que fue  en 1960, no recuerdo bien el mes exacto,  cuando  hice un viaje breve a León , creo que para dar una pequeña charla o conferencia, y allí, en la emisora “La voz de León”, conocí a Francisco Umbral que me hizo una entrevista en uno de los espacios radiofónicos de los que él era responsable. Los biógrafos de Umbral anotan que fue el 29 de mayo de 1958 cuando Francisco Pérez Martínez, que así se llamaba realmente el escritor, pronunció  por primera vez ante los micrófonos su nuevo nombre, Francisco Umbral, al terminar de leer su texto evocando a Juan Ramón Jiménez. Por tanto cuando yo lo conocí ya se firmaba con el nombre de Umbral. Recuerdo muy bien la conversación que mantuvimos en la radio porque el escritor me preguntó con mucho interés cómo era la vida literaria en Madrid,  puesto que él —me dijo —   deseaba venir pronto a la capital. Su primera visita a Madrid fue en diciembre de 1960, cuando, invitado por José  Hierro, responsable del Aula de poesía del Ateneo, hizo una lectura de sus cuentos a pocos metros de los locales de “La Estafeta Literaria”. Aquella visita de Umbral a Madrid fue muy breve porque su llegada definitiva a la capital se iniciaría el 6 de febrero de 1961. No podría fijar en qué momento, quizás en esa visita a Madrid en diciembre de 1960,  le ofrecí  las páginas de “La Estafeta” a Umbral ,pero él lo reconoció , citándome agradecido, en su libro “La noche que llegué al café Gijón”; también a Rafael Morales le dedicó  un recuerdo en otra obra suya.  Por todo ello, “La Estafeta Literaria” “descubrió”, si así puede decirse, un nuevo valor, o más bien le proporcionó una rampa de lanzamiento, ya que en 1961 Umbral no había conquistado Madrid, aún no lo conocía  casi nadie fuera  de León, empezaba a vivir en Madrid como podía gracias a dispersas colaboraciones, entre ellas en nuestra Revista.  Umbral publicó en “La Estafeta” durante  esa  Tercera Etapa  12 colaboraciones y con ellas y con ayuda de otras revistas fue abriéndose poco a poco camino.

El otro caso de “descubrimiento” personal, o  al menos de acogida y estímulo desde la Redacción de la Revista, fue el del novelista José María Sanjuán Urmeneta, que sería en su día Premio Sésamo de Cuentos en 1963, Premio “Hucha de Oro” de Cuentos en 1966 y Premio Nadal en 1967.  Yo lo conocía por coincidir en la Escuela de Periodismo, fuimos amigos, nos vimos muchas veces, y vino en varias ocasiones por “La Estafeta” y, aunque no publicó en la Revista, creo que le dimos siempre desde allí ánimos y compañía para su carrera de escritor.. No se me olvidará la noche en que , en 1966, le llevé hasta su casa, ya en su cama de enfermo — tenía una enfermedad incurable —, la Hucha de Oro que le concedimos en aquel jurado en el que aquel año estaba yo. Me miró agotado de sufrimientos . Murió en 1968 con 30 años.

 

 

Se interesa también la profesora Ballesteros por la persona que le pudo hablar a Rafael Morales de mí cuando  éste me propuso ser redactor- jefe de “La Estafeta” . Fue el catedrático ( y luego gran amigo mío) don Francisco Ynduráin Hernández, que había sido mi profesor de literatura en los Cursos de Comunes de Filosofía y Letras que cursé en la universidad de Zaragoza. Él me conocía muy bien y también conocía y apreciaba mis tres artículos, publicados en el periódico “Amanecer” de Zaragoza , en 1954. El profesor Ynduráin me había examinado antes en el llamado entonces “examen de Reválida” para entrar en la Universidad y luego tuve con él en Madrid  y a lo largo de muchos años una relación  muy personal y  emotiva  hasta pocos meses antes de su muerte. Él dirigió años más tarde mi Tesis Doctoral sobre “ la Muerte en la obra literaria de Gutiérrez Solana.“ Como he contado ya en MI SIGLO, en el texto “Francisco Ynduráin, mi maestro de siempre”, la amistad nos unió durante muy largo tiempo. En 1954, en Zaragoza, me movía yo en muchos ambientes literarios:  además de Ynduráin (en su casa, en charlas inolvidables en que me explicaba a Faulkner o al italiano Vittorini) y del profesor José Manuel Blecua, que también me dio clases de literatura,  compartía tertulias y conversaciones con el crítico Luis Horno Liria, miembro fundador del Jurado del “Premio de la crítica” años después, y con el escritor Ildefonso Manuel Gil, autor, entre otras obras, de la novela “La moneda en el suelo” , de 1951, que yo conocía bien.
También le interesa a la profesora Ballesteros  conocer si el Director de “La Estafeta” , Rafael Morales, y yo teníamos libertad para escoger temas y colaboradores.  Tuvimos siempre una absoluta libertad. Nos guiábamos únicamente  por criterios literarios y artísticos y cuando se fue ampliando el número de escritores, poetas, ensayistas o dibujantes, estos mismos fueron sugiriendo otros nombres. Así ocurrió, por poner un ejemplo, con Pepe Hierro,  que nos relacionó con Juan Ramírez de Lucas, y podría decir lo mismo de otros muchos. Personalmente he tenido siempre la fortuna de no recibir nunca a lo largo de mis años literarios y periodísticos ninguna presión de ningún tipo y tampoco ninguna censura. Nunca he escrito en todos estos años sobre la política nacional española y tan sólo he comentado la política internacional y, por supuesto, todo lo que se refiere al mundo literario y artístico.
(Aunque me aleje un momento de las evocaciones de “La Estafeta” y ampliando la lente de los recuerdos, decir que ni en mis años de Roma, cuando tenia que escribir sobre el comunista Pietro Nenni y sobre aquel Partido Comunista italiano  para “El Diario de Barcelona’” o ya en Paris, cuando la ‘revuelta de mayo del 68’,  tuve la menor censura por parte de los periódicos en los que trabajaba. Únicamente, en una ocasión, ABC  ,en 1969, presentó un editorial en el que señalaba que la dirección del periódico no compartía los puntos de vista de la crónica de ese día enviado por su corresponsal en Paris, que era yo;  pero el periódico publicaba en el mismo número mi crónica entera y a su vez el editorial. Creo que fue un ejemplo de honradez por parte del periódico.
Por otro lado,  y dentro también  de los recuerdos personales, la imagen que tengo del día en  que, en junio de 1969, conduciendo yo mi coche  en Paris por los Campos Elíseos y llevando a mi derecha al director de ABC, entonces Torcuato Luca de Tena, que realizaba una breve visita a la capital, Luca de Tena me sugirió que en las elecciones presidenciales francesas tomara más partido por el candidato Alain Poher, presidente del Senado, que por Georges Pompidou, ya que Poher , según su opinión, iba a ganar. Le respondí con toda amabilidad y cortesía que quien estaba en París era yo y que al seguir de cerca los acontecimientos, seguiría apostando por Pompidou porque iba a ser el vencedor. Y así fue.
Esta ha sido la única presión que en el plano periodístico y literario he sentido en mi vida.)
Ninguna indicación, por tanto,  ni censura tuve nunca  en “La Estafeta”.
(Continuará)

 

(Imágenes—1 y 2 – foto Ted Kinkaid)

CARLOS BOUSOÑO

Bousoño- nhy-fpa es

 

Conocí a Carlos Bousoño en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid al final de los años cincuenta. Eran sus clases, enlazadas con las de Ynduráin y Dámaso Alonso, una intensa inmersión en la esencia de la poesía. En aquellas aulas, a mi lado, le escuchaba también el gran poeta Claudio Rodríguez y juntos oímos muchas veces a Bousoño adentrarse en certeros análisis poéticos, que él reflejaría luego en libros importantes, como el dedicado a la obra de Vicente Aleixandre.

 

campos-yuun-paisajes-Rob van Hoek

 

“¿Sabe usted – le decía Pedro Salinas a Dámaso (y él lo reproduce enPoetas españoles contemporáneos“) – que el libro de Bousoño sobre Vicente es auténticamente bueno?”. “En “Historia del corazón” – escribía Bousoño prologando a Aleixandre -,  puede este libro situar la contemplación de la mano amada, y más aún, del poro de su piel, invisible al ojo normal. Parece como si el autor hubiese acercado una lupa al cuerpo de la persona querida y observase a su través con pausado deleite cada mínimo pormenor de su realidad física. En otras ocasiones son las propias reacciones psicológicas las sorprendidas en su minuciosidad. La imagen de la lupa no nos vendría bien aquí; en cambio, la técnica cinematográfica nos brinda otra inmejorable de entre su repertorio de procedimientos. Aludo a la “cámara lenta”. Aleixandre capta, en ciertos instantes, a cámara lenta su movimiento psíquico, alargándolo en otro acusadamente más despacioso que el normal”.

Hasta aquí el Bousoño estudioso, el analista preciso. Pero cuando Bousoño abre los ojos de su sueño y contempla España en su poesía nos entrega esta otra creación y esta otra luz:

 

paisajes-hhy-árboles- Vu Cong Dien- mil novecientos setenta y cinco

 

“Desde aquí yo contemplo, tendido,  sin memoria

el campo. Piedra y campo, y cielo, y lejanía.

Mis ojos miran montes donde sembró la historia

el dulce sueño amargo que sueñan todavía.

Pero el amor fundido en piedra día a día;

pero el amor mezclado con monte, o con escoria,

es duradero, y te amo, oh patria, oh serranía

crespa, que te levantas bajo el cielo, ilusoria.

Campos que yo conozco, cielos donde he existido;

piedras donde he amasado mi corazón pequeño;

bosques donde he cantado: sueños que he padecido.

Os amo, os amo, campos, montañas, terco empeño

de mi vivir, sabiendo que es vano mi latido

de amor.  Mas te amo, patria, vapor, fantasma, sueño”.

Carlos Bousoño.-“España en el sueño“.-(“Hacia otra luz”, 1952)

(Descanse en paz Carlos Bousoño que murió ayer)

 

paisajes-bbhu-Claude Monet

 

(Imágenes.- 1.-Carlos Bousoño- fpa/ 2.-Rob van Hoek/ 3.-Vu Cong Dien-1975/ 4.-Claude Monet)

VIEJO MADRID (56) : VIVENCIAS Y RECUERDOS (1)

 

ciudades.-5fr4tt.-Madrid 1953.-Francesc Catalá Roca

 

Sentado en este despachito de cortinas azules en el piso de Raimundo Lulio 22, en pleno barrio madrileño de Chamberí, se encuentra este hombre de los lentes alados sobre la nariz, un hombre menudo, de apenas pelo cano, silencioso, hablando con su nieto, que soy yo. El nieto tiene en esta escena de 1956 tan solo 2o años, viene de estudiar esta mañana en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid el Primer Curso de especialidad en Filología Románica – Tercer Curso entonces de Filosofía y Letras – y ha escuchado las lecciones de Francisco Ynduráin Hernández – su gran maestro -, de Rafael Lapesa y de Alonso Zamora Vicente. José Ortiz de Pinedo tiene en el mediodía de esta conversación familiar 75 años, el despachito de cortinas azules es su refugio, y en el silencio de la letra menuda de sus manuscritos y en el recogimiento de los libros ordenados y alineados, se concentra su vida entera consagrada a la poesía, al teatro y a la novela, pequeñas novelas como ésta que ahora – cuando pasa el tiempo y la fantasía en la distancia se desborda – tengo yo aquí, en la mano, porque acabo de extraerla con la imaginación de la estantería de su sencilla biblioteca.

El libro lleva por título “¡… Y la vida se va!”, lo publica la Editorial Paez, calle Ecija 6, Madrid, (está dedicado a “Joaquín Aznar, espíritu generoso – escribe Ortiz de Pinedo en su dedicatoria -, pluma maestra, con el cariño de muchos años”) (Joaquín Aznar había sido Director del periódico “La Libertad” desde 1925 a 1931, y fue uno de los íntimos amigos de José Ortiz de Pinedo, junto con Eduardo Haro y Emilio Carrere)

 

ciudades.-5f5.-Madrid.-1950.-la Gran Vía.-Frances Catalá Roca

 

Pero lo importante de esta corta novela de Ortiz de Pinedo  “¡…Y la vida se va!”  es quizá el título, es decir, cómo se va la vida por este pasillo del piso de Raimundo Lulio, cómo se va la vida hacia delante y hacia atrás, hacia la vida que vivió antes mi abuelo y hacia la vida que viviré yo más adelante – si Dios me ayuda -, como nieto.

Sí, en verdad se va la vida. Si nos asomamos a este balcón del segundo piso de Raimundo Lulio 22 veremos en el café de la esquina con la calle de Santa Engracia –  café hoy desaparecido – cómo mi padre, muy joven, espiaba a mi madre – la hija única que tuvo Ortiz de Pinedo – cuando aún eran novios, allá por los años 30, y la espiaba enamorado para ver en qué momento salía ella a saludarle al balcón.

Porque esta pequeña calle madrileña que baja desde Santa Engracia hasta la plaza de Olavide y donde vive José Ortiz de Pinedo es muy literaria. Galdós en “Fortunata y Jacinta hace que doña Lupe se mude a este barrio del mercadillo de Olavide, entonces unos tenderetes al aire libre, como nos lo muestra un dibujo de la “Guía” de Fernández de los Ríos. La Rubín – personaje galdosiano – va a habitar a la calle de Raimundo Lulio y el autor de “Fortunata” nos hace creer que la casa debió estar muy cerca del Paseo de Santa Engracia. Pedro Ortiz Armengol, sin duda el mejor especialista en la gran novela de Galdós, señala el número 11 de esa calle de Raimundo Lulio como lugar habitado por doña Lupe, y repasando el magnífico Plano del Madrid de 1874,  se ve que asomaban en Raimundo Lulio solamente dos casas de una planta ya que el resto eran solares y paseo hasta el mercadillo. Pues bien, Galdós coloca a uno de los personajes de “Fortunata quizá en el número 11 de esa calle y apenas un siglo después, casi enfrente, en el número 22, seguimos teniendo a Ortiz de Pinedo, otro personaje – esta vez de la vida -, sentado en su despachito de cortinas azules hablando conmigo, que soy su nieto.

 

ciudades.-57bn.-Madrid 1953.-foto Frances Catalá Roca

 

¿Y de qué hablábamos? No recuerdo de qué hablábamos. Los nietos de 20 años no recuerdan muchas cosas de las que hablan con sus abuelos de 75, pero sí las esenciales. Hay  unas coincidencias de vivencias y de lecturas rodeando a este pequeño despacho. Galdós prosigue. Está en la memoria de Ortiz de Pinedo. Si tomamos de esta estantería del despachito otro libro suyo, “Viejos retratos amigos” publicado siete años antes, en 1949 (y del que hablaré más adelante), aparece Galdós paseando por la madrileña carrera de San Jerónimo y Ortiz de Pinedo detrás de él. Ortiz de Pinedo tenía entonces – era cuando había llegado desde Jaén a Madrid, pasando (según sus biógrafos) por Guadalajara – 21 años, casi los mismos que ahora tengo yo sentado ante él en este despacho. “Don Benito – evoca mi abuelo en ese libro de recuerdos – , que caminaba solo, habíase detenido un instante a curiosear el escaparate de Fernando Fe, que brindaba al apetito intelectual las últimas novedades nacionales y francesas, y paróse luego en un grupo de amigos a la puerta de Llardy, cuyo escaparate tentaba otra clase de apetitos. Breves momentos nada más conversó Galdós con aquellos señores, continuando su paseo entre la multitud al anochecer.

Mi curiosidad – sigue Ortiz de Pinedo – no se daba por satisfecha y fuíme detrás del genial creador sin perder un solo movimiento suyo, con la ilusión del enamorado que sigue a una mujer. Cuando lo dejé, al fin, en la calle de Hortaleza, donde tenía la administración de sus obras, sentí algo así como la satisfacción del deber cumplido mediante aquel acto de humilde y anónimo homenaje”.

 

Madrid-rrcg- capa-  Federico Chueca- archivo general de la Administración

Son los seguimientos devotos de lectores y admiradores que han existido siempre en la historia de la Literatura, gentes como José Ortiz de Pinedo que seguían a Galdós por la calle, gentes como el yerno de Ortiz de Pinedo – mi padre, José Perlado – que seguía a Ramón y Cajal en el “Café del Prado”, en la madrileña calle del Prado, a dos pasos del Ateneo, o a Valle Inclán o a Benavente cruzando la Plaza de Santa Ana o paseando por la calle del Príncipe. Esos seguimientos anónimos detrás de las figuras de las letras han sido a lo largo del tiempo innumerables y de ellos han quedado muchos testimonios. Por citar uno de ellos, Vicente Aleixandre, en su libroLos encuentros”, cuenta cómo todos los personajes con los que quiso tropezarse en las calles de Madrid eran conocidos, menos uno: Antonio Machado.Pero daba la casualidad – comenta Aleixandre – que los dos teníamos el mismo barbero. Y un día me dijo: “Yo también sirvo a un señor que hace versos. Pero apenas conocido. Se llama Machado” ¡Machado” Fíjese usted. Para mí sólo su nombre ya era un fulgor… A Galdósprosigue Aleixandre – le vi una vez, en el “Teatro Infanta Isabel”, el día que estrenó “Sor Simona”. Yo tenía 17 años. Entré en el camerino – dice Aleixandre .-Galdós, ciego, estaba sentado, ausente. Se sacó un gran pañuelo, se secó el sudor. Yo le miraba… Salí sin decir nada”.

Son los 17 años de Vicente Aleixandre, son los veintitantos años de José Ortiz de Pinedo, son los 20 años míos. Sentado en aquel despachito de cortinas azules yo no sabía que a lo largo de la vida iba también a  seguir a muchos personajes. Por mi profesión, he tenido la suerte de vivir en Roma y en París varios años, y en la capital italiana, al principio de la década de los sesenta, más que seguir por la calle exactamente, conocí muy de cerca a relevantes personajes del mundo de la cultura. A Stravinsky y a Federico Fellini en Roma; a Ezra Pound, a Pier Paolo Pasolini y a Giancarlo Menotti en Spoleto; más tarde, en mis años de París, al filósofo Gabriel Marcel y al director de cine Robert Bresson. También Madrid fue escenario para mí de conocimientos. Sentado ante Ortiz de Pinedo, que ahora me sigue observando en este pequeño despacho rodeado de libros, no podía imaginar que unos años después yo charlaría ampliamente con Gerardo Diego en su casa de la calle Covarrubias, con Dámaso Alonso en su casa retirada (donde me dedicó su libro “Poetas españoles contemporáneos”), con el eminente historiador Pedro Sáinz Rodríguez, con el gran cuentista Ignacio Aldecoa, con la poetisa Ernestina de Champourcin, con el pintor Benjamín Palencia en su taller de la calle de Sagasta, con Luis Rosales en su habitación de la calle de Vallehermoso, con Camilo José Cela en su casa de Rios Rosas.

 

mADRID 24.-Gran Vía y Alcalá en 1945.-donado por María Santoyo.-Archivo

 

Este nieto de Ortiz de Pinedo que soy yo, no puede imaginar tampoco, aquí sentado en Raimundo Lulio y en 1956 – año en el que estamos -, que conocerá y dialogará largamente con dos grandes escritores argentinos, Julio Cortázar y Manuel Mujica Láinez, o con el uruguayo Juan Carlos Onetti. Son charlas que están en el aire del tiempo, que aún no nos llegan desde este pasillo, porque desde este pasillo y en este momento lo que nos llega, mientras abuelo y nieto seguimos hablando, es la voz de Julia Valdés, esposa de Ortiz de Pinedo, es decir, la voz de mi abuela materna que nos llama a comer. Viene a decirnos que ya tenemos preparados los huevos fritos con el pan cortado y tostado en el cuartito que hay al fondo del pasillo, muy cerca de la cocina, donde el sol suele dar sobre el tapete de la mesa camilla. Mi abuelo y yo solemos comer muchos días allí, y también desayunar los domingos un chocolate humeante en el que untamos puntas de pan crujiente. Es Julia Valdés, mi abuela, la que ahora nos llama y nos mira, y cuando la veo en este pasillo me acuerdo de otra Julia a la que conocí, Julia Guinda Urzanqui, la viuda de Azorín, que unos años después, en 1967, exactamente el 2 de marzo de 1967, me abriría la puerta de aquella casa de la calle de Zorrilla 21, segundo izquierda (muy cerca de las Cortes) muy pocas horas después de que muriera el maestro. “Vemos a Azorín en la lejanía, viviendo en un cuartito silencioso, junto a las campanas del Carmen – leemos otra vez que escribe Ortiz de Pinedo enViejos retratos amigos”-. Lo vemos asimismo perderse en la arboleda del Retiro o pararse ante un tenderete del Rastro. Un día lo vimos – un día de invierno – sentado tras el cristal de un café-cervecería, desaparecido ya, de la carrera de San Jerónimo. Años después lo hemos visto muchas veces en la trastienda de una librería selecta, hundido en un sillón, con los ojos medio cerrados”.

 

Madrid-vvnnd-calle de Sevilla- rayosycentellas.net

 

Eso es lo que evoca mi abuelo Ortiz de Pinedo de Azorín. Pero lo que él no puede imaginar en este despachito de cortinas azules – ni yo tampoco -, es que ese 2 de marzo de 1967 Julia Guinda Urzanqui, la viuda de Azorín, me abrirá la puerta y me hará pasar al saloncito donde está de cuerpo presente el autor de “Castilla” y de “Los Pueblos”.”Allí extendido, Azorín – escribiría yo al día siguiente en “El Alcázar”, un periódico madrileño– era ya el gran mudo de la pluma, como si tuviera amordazado los dedos. Me acerqué a él, acababa de entrar el Ayuntamiento de Monóvar, seguían acumulándose coronas, y creo que fue entonces cuando lo vi. Vi su ojo azul. El ojo derecho de Azorín quieto entre el párpado, como si nadie lo hubiera querido sellar, como si respetasen ese ojo sien tiempo”. Porque estábamos allí los dos solos, la recentísima viuda de Azorín y yo ( eran las cuatro de la tarde y el maestro había fallecido hacía muy pocas horas), ambos en silencio ante el cadáver de quien había escrito “Clásicos redivivos y clásicos futuros” o “Las confesiones de un pequeño filósofo”.

Sin duda nada podía decirle a mi abuelo Ortiz de Pinedo de todo esto porque faltaban once años para que aquello sucediese. Pero de lo que sí hablamos sin duda en aquel despachito es del entierro de Ortega al cual yo había asistido. Un año antes, el 19 de octubre de 1955 – tenía yo entonces 19 años – había querido ir con varios compañeros míos de la Facultad hasta la madrileña calle de Montesquinza – la casa donde había fallecido Ortega – y desde allí quisimos acompañar al cortejo fúnebre hasta la Sacramental de San Isidro. Recuerdo que aquel día, entre las muchas personalidades asistentes al sepelio, estaba cerca de mí Gregorio Marañón y también recuerdo que entre mis compañeros de Facultad de entonces, asistieron conmigo – estudiábamos en el mismo Curso de licenciatura – el gran poeta español Claudio Rodríguez y el que luego sería Director del Museo de Prado y gran especialista en pintura barroca, Alfonso Pérez Sánchez.

 

Madrid.-33woo.-calle Sevilla.-1900.-Hauser y Menet.-Museo Municipal de Madrid

 

(Imágenes.- 1, 2 y 3.- Madrid 1950-1953- Francesc Catalá Roca / 4.-Federico Chueca– Archivo General  de la Administración/ 5.-Gran Vía y Alcalá.-1945- donado por M Santoyo- Archivo General de la Administración / 6.-Madrid – 1900- Hauser y Menet- Museo Municipal de Madrid)

FRANCISCO YNDURÁIN, MI MAESTRO DE SIEMPRE

Se publica en estos días el Homenaje que Bilaketa ha querido dedicar a don Francisco Ynduráin, mi maestro de siempre. Unas páginas llenas de recuerdos, en las que coincidimos, con diversos testimonios personales, María del Carmen Bobes, José María Díez Borque, José-Carlos Mainer, Aurora Egido, Ricardo Senabre, Santos Sanz Villanueva, Charo Fuentes Caballero, Carlos Galán, Ángel Gómez Moreno, Juan Marín, María Antonia Martín Zorraquino, José Paulino Ayuso, Leonardo Romero Tobar, Ángel San Vicente Pino, Jesús Sánchez Lobato, José Javier Alfaro Calvo, Luis Antonio de Villena, la Casa-Museo Pérez Galdós y yo mismo.

Para mí ha sido muy emotivo colaborar en este excelente volumen, coordinado por Salvador Gutiérrez bajo el título “Como aré y sembré, cogí“, porque ha vuelto a mi memoria el elegante perfil de Ynduráin, caballero de consejos, amistad y lecturas, con el que tantas veces charlé y del que tanto aprendí. Enlazamos conversaciones múltiples a través de circunstancias y ciudades y hoy en Mi Siglo ofrezco las palabras que le dedico en este Homenaje:

MI    AMISTAD   CON   DON    FRANCISCO

“Conocí a Don Francisco con motivo de lo que entonces se llamaba “Examen de reválida”, el paso difícil e imprescindible para pasar del Colegio a la Universidad. Fue en Zaragoza – sería en 1951 o 52 -, tendría yo entonces dieciséis o diecisiete años y el lugar convocado para el examen oral era un antiguo y solemne salón de la Facultad de Medicina, en el centro mismo de la ciudad. Allí acudimos todos los alumnos del Colegio de La Salle, donde yo estudiaba, y en dicho Colegio, antes de dicho examen, hubo sus más y sus menos en torno a mi presentación a la prueba, pues algunos profesores consideraban que yo no estaba suficientemente preparado para superarla. Efectivamente, yo carecía de una formación científica adecuada y mis inclinaciones durante años se habían proyectado hacia las letras, devorando libros en Bibliotecas y escribiendo ya pequeños brotes de relatos.

Recuerdo que, por esas casualidades de la vida, al convocarme nominalmente el Tribunal, me indicaron que me colocara de pie ante don Francisco Ynduráin, catedrático de Literatura, que me indicó: “Hábleme de la generación del 98”. No titubeé, pues la conocía muy bien. Me centré primeramente en Azorín, al que había leído casi por completo y añadí – además de opiniones sobre sus novelas, cuentos y ensayos -, rasgos personales de su figura, como por ejemplo el nombre de su mujer, Julia, y el célebre paraguas rojo que al parecer descansaba en el vestíbulo de su domicilio. Conté igualmente que Azorín solía escribir de noche en muchas ocasiones y añadí muchos detalles personales de aquel gran escritor que, desde “Blanco en azul”, siempre me había acompañado.

Don Francisco, creo, quedó muy asombrado, y seguramente complacido. El resto de los catedráticos sentados junto a él me fueron escuchando, pasé luego al de Historia – quizá era entonces don Carlos Corona -, con el que también hice un ejercicio brillante, y cuando ya me coloqué para examinarme oralmente ante los titulares en Ciencias, el catedrático de Física y Química, sin duda creyendo que yo era el más distinguido alumno del Colegio por lo que hasta entonces había escuchado, me propuso: “Hábleme de lo que quiera”. Y naturalmente yo le hablé y le expuse la única fórmula de química que conocía, pues ya no me sabía ninguna más.

Aquel examen de Reválida lo superé con una gran calificación ante la perplejidad del Colegio, y ya mi rumbo se enfocó hacia las tareas de la literatura, que era lo que más me gustaba. Así, al año siguiente me matriculé en Filosofía y Letras, tuve como profesor a Don Francisco, y él me honró en muchas ocasiones con charlas inolvidables en su domicilio particular. Recuerdo muy bien una tarde en que me comentó los valores literarios de “Luz de agosto” de Faulkner y, en otra ocasión,  su semblanza ante la frescura literaria de “El Simplón guiña el ojo al Frejus” de Vittorini.

Por ese tiempo, Don Francisco colaboraba también de algún modo con temas humanísticos en Radio Zaragoza – en donde mi padre era Director – y, gracias a don Francisco y a las enseñanzas y amistades que mantuve con Don José Manuel Blecua, por entonces también en Zaragoza, y a las conversaciones con Luis Horno Liria, mis inquietudes en lecturas y en autores crecieron de modo indudable.

Tras mis dos años de Comunes en Zaragoza llegué a Madrid para cursar los tres años de especialidad en Filología Románica – acudiendo por las tardes a la Escuela de Periodismo para lograr al fin el título en esa profesión. En Madrid volví a encontrarme con Don Francisco y reanudamos la amistad. Los profesores en la Facultad de la Universidad Complutense de  Madrid eran excelentes, pero quizá Don Francisco – con su sabiduría y afecto – fue quien más me marcó. A la hora de elegir un Director de Tesis le escogí a él y así fui trabajando en lo que sería más adelante mi Tesis Doctoral – “La muerte en la obra literaria de José Gutiérrez Solana” – que defendí en Madrid años después.

Mientras tanto, mis ocupaciones periodísticas me habían llevado – desde “La Estafeta Literaria” hasta la corresponsalía en Roma, y más tarde a la corresponsalía de ABC en París. Conocí en esos años a muchos intelectuales y escritores – Cortázar, Mujica Láinez, Onetti, Scorza, Gabriel Marcel, Robert Bresson, Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Camilo José Cela, Luis Rosales, Pedro Sainz Rodríguez, Benjamín Palencia – y recuerdo que, años después, con motivo de un viaje al Pirineo aragonés, tuve la fortuna de coincidir en el mismo vagón con Don Francisco. Fuimos charlando todo el viaje, y yo le fui contando mis entrevistas con destacados novelistas, artistas y poetas. Le entregué en esa ocasión un libro suyo, que en aquel momento iba leyendo, ya que él me comentó que de ese libro no conservaba ningún ejemplar y, como siempre, con su amabilidad e inteligencia, me animó a recoger en un volumen todos los conocimientos literarios que había ido teniendo en aquellos años. De ahí nació “Diálogos con la cultura”, reunión de entrevistas prologadas con páginas teóricas en un intento de clasificación y análisis del género.

En 1983, al haber concluido yo mi novela “Contramuerte”, la presenté al Premio de Novela Ateneo de Santander, estando Don Francisco como Presidente del Jurado y formando parte del mismo, entre otros, José Hierro y Juancho Armas Marcelo. De nuevo, al conseguir el Premio, las conversaciones con don Francisco se reanudaron. La presentación de la novela en la Biblioteca Nacional fue el marco para escuchar otra vez las enseñanzas de Don Francisco.

Charlaríamos después muchas veces en su domicilio madrileño muy cercano al Estadio Bernabeu y allí, una vez más, sus conocimientos y su permanente afabilidad para conmigo se mantuvo entrañable.

La última vez que me encontré con él, pocos meses antes de su muerte, fue con motivo de un acto en la Residencia de Estudiantes de Madrid.

Como puede advertirse por este rápido recorrido de magisterio y amistad, la figura alta y elegante de Don Francisco Ynduráin Hernández, su sabiduria y su afabilidad, no puede separarse de mi biografía. Tengo delante en mi memoria sus precisiones de gran profesor, por ejemplo, sobre el uso de la segunda persona en las voces de la novela, sus páginas “de lector a lector”, sus estudios sobre novela, su “Antología de la novela española” o sus profundas y exactas aportaciones a muchos autores de la novelística norteamericana.

Nunca pude imaginar que aquella mañana, de pie ante él por primera vez, al hablarle de los detalles de Azorín, del primor de los detalles en su obra y en su casa, se iniciara una amistad por encima de los años, enseñanza y amistad constantes.

Cuando en 1967 estuve en casa de Azorín la tarde en que el escritor aún estaba allí de cuerpo presente y pude acompañar en las primeras horas de soledad a Julia, su viuda, recordé aquella mañana lejana de Zaragoza, cuando Don Francisco me indicó de repente: “Hábleme de la generación del 98”.

Y yo empecé a hablar”.

Indudablemente – como se señala en este libro- Homenaje – la vida de Francisco Ynduráin bien puede resumirse en ese título: Como aré y sembré, cogí”.

(Imagen: Francisco Ynduráin en 1987.-archivo Bilaketa)