FRANCISCO YNDURÁIN, MI MAESTRO DE SIEMPRE

Se publica en estos días el Homenaje que Bilaketa ha querido dedicar a don Francisco Ynduráin, mi maestro de siempre. Unas páginas llenas de recuerdos, en las que coincidimos, con diversos testimonios personales, María del Carmen Bobes, José María Díez Borque, José-Carlos Mainer, Aurora Egido, Ricardo Senabre, Santos Sanz Villanueva, Charo Fuentes Caballero, Carlos Galán, Ángel Gómez Moreno, Juan Marín, María Antonia Martín Zorraquino, José Paulino Ayuso, Leonardo Romero Tobar, Ángel San Vicente Pino, Jesús Sánchez Lobato, José Javier Alfaro Calvo, Luis Antonio de Villena, la Casa-Museo Pérez Galdós y yo mismo.

Para mí ha sido muy emotivo colaborar en este excelente volumen, coordinado por Salvador Gutiérrez bajo el título “Como aré y sembré, cogí“, porque ha vuelto a mi memoria el elegante perfil de Ynduráin, caballero de consejos, amistad y lecturas, con el que tantas veces charlé y del que tanto aprendí. Enlazamos conversaciones múltiples a través de circunstancias y ciudades y hoy en Mi Siglo ofrezco las palabras que le dedico en este Homenaje:

MI    AMISTAD   CON   DON    FRANCISCO

“Conocí a Don Francisco con motivo de lo que entonces se llamaba “Examen de reválida”, el paso difícil e imprescindible para pasar del Colegio a la Universidad. Fue en Zaragoza – sería en 1951 o 52 -, tendría yo entonces dieciséis o diecisiete años y el lugar convocado para el examen oral era un antiguo y solemne salón de la Facultad de Medicina, en el centro mismo de la ciudad. Allí acudimos todos los alumnos del Colegio de La Salle, donde yo estudiaba, y en dicho Colegio, antes de dicho examen, hubo sus más y sus menos en torno a mi presentación a la prueba, pues algunos profesores consideraban que yo no estaba suficientemente preparado para superarla. Efectivamente, yo carecía de una formación científica adecuada y mis inclinaciones durante años se habían proyectado hacia las letras, devorando libros en Bibliotecas y escribiendo ya pequeños brotes de relatos.

Recuerdo que, por esas casualidades de la vida, al convocarme nominalmente el Tribunal, me indicaron que me colocara de pie ante don Francisco Ynduráin, catedrático de Literatura, que me indicó: “Hábleme de la generación del 98”. No titubeé, pues la conocía muy bien. Me centré primeramente en Azorín, al que había leído casi por completo y añadí – además de opiniones sobre sus novelas, cuentos y ensayos -, rasgos personales de su figura, como por ejemplo el nombre de su mujer, Julia, y el célebre paraguas rojo que al parecer descansaba en el vestíbulo de su domicilio. Conté igualmente que Azorín solía escribir de noche en muchas ocasiones y añadí muchos detalles personales de aquel gran escritor que, desde “Blanco en azul”, siempre me había acompañado.

Don Francisco, creo, quedó muy asombrado, y seguramente complacido. El resto de los catedráticos sentados junto a él me fueron escuchando, pasé luego al de Historia – quizá era entonces don Carlos Corona -, con el que también hice un ejercicio brillante, y cuando ya me coloqué para examinarme oralmente ante los titulares en Ciencias, el catedrático de Física y Química, sin duda creyendo que yo era el más distinguido alumno del Colegio por lo que hasta entonces había escuchado, me propuso: “Hábleme de lo que quiera”. Y naturalmente yo le hablé y le expuse la única fórmula de química que conocía, pues ya no me sabía ninguna más.

Aquel examen de Reválida lo superé con una gran calificación ante la perplejidad del Colegio, y ya mi rumbo se enfocó hacia las tareas de la literatura, que era lo que más me gustaba. Así, al año siguiente me matriculé en Filosofía y Letras, tuve como profesor a Don Francisco, y él me honró en muchas ocasiones con charlas inolvidables en su domicilio particular. Recuerdo muy bien una tarde en que me comentó los valores literarios de “Luz de agosto” de Faulkner y, en otra ocasión,  su semblanza ante la frescura literaria de “El Simplón guiña el ojo al Frejus” de Vittorini.

Por ese tiempo, Don Francisco colaboraba también de algún modo con temas humanísticos en Radio Zaragoza – en donde mi padre era Director – y, gracias a don Francisco y a las enseñanzas y amistades que mantuve con Don José Manuel Blecua, por entonces también en Zaragoza, y a las conversaciones con Luis Horno Liria, mis inquietudes en lecturas y en autores crecieron de modo indudable.

Tras mis dos años de Comunes en Zaragoza llegué a Madrid para cursar los tres años de especialidad en Filología Románica – acudiendo por las tardes a la Escuela de Periodismo para lograr al fin el título en esa profesión. En Madrid volví a encontrarme con Don Francisco y reanudamos la amistad. Los profesores en la Facultad de la Universidad Complutense de  Madrid eran excelentes, pero quizá Don Francisco – con su sabiduría y afecto – fue quien más me marcó. A la hora de elegir un Director de Tesis le escogí a él y así fui trabajando en lo que sería más adelante mi Tesis Doctoral – “La muerte en la obra literaria de José Gutiérrez Solana” – que defendí en Madrid años después.

Mientras tanto, mis ocupaciones periodísticas me habían llevado – desde “La Estafeta Literaria” hasta la corresponsalía en Roma, y más tarde a la corresponsalía de ABC en París. Conocí en esos años a muchos intelectuales y escritores – Cortázar, Mujica Láinez, Onetti, Scorza, Gabriel Marcel, Robert Bresson, Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Camilo José Cela, Luis Rosales, Pedro Sainz Rodríguez, Benjamín Palencia – y recuerdo que, años después, con motivo de un viaje al Pirineo aragonés, tuve la fortuna de coincidir en el mismo vagón con Don Francisco. Fuimos charlando todo el viaje, y yo le fui contando mis entrevistas con destacados novelistas, artistas y poetas. Le entregué en esa ocasión un libro suyo, que en aquel momento iba leyendo, ya que él me comentó que de ese libro no conservaba ningún ejemplar y, como siempre, con su amabilidad e inteligencia, me animó a recoger en un volumen todos los conocimientos literarios que había ido teniendo en aquellos años. De ahí nació “Diálogos con la cultura”, reunión de entrevistas prologadas con páginas teóricas en un intento de clasificación y análisis del género.

En 1983, al haber concluido yo mi novela “Contramuerte”, la presenté al Premio de Novela Ateneo de Santander, estando Don Francisco como Presidente del Jurado y formando parte del mismo, entre otros, José Hierro y Juancho Armas Marcelo. De nuevo, al conseguir el Premio, las conversaciones con don Francisco se reanudaron. La presentación de la novela en la Biblioteca Nacional fue el marco para escuchar otra vez las enseñanzas de Don Francisco.

Charlaríamos después muchas veces en su domicilio madrileño muy cercano al Estadio Bernabeu y allí, una vez más, sus conocimientos y su permanente afabilidad para conmigo se mantuvo entrañable.

La última vez que me encontré con él, pocos meses antes de su muerte, fue con motivo de un acto en la Residencia de Estudiantes de Madrid.

Como puede advertirse por este rápido recorrido de magisterio y amistad, la figura alta y elegante de Don Francisco Ynduráin Hernández, su sabiduria y su afabilidad, no puede separarse de mi biografía. Tengo delante en mi memoria sus precisiones de gran profesor, por ejemplo, sobre el uso de la segunda persona en las voces de la novela, sus páginas “de lector a lector”, sus estudios sobre novela, su “Antología de la novela española” o sus profundas y exactas aportaciones a muchos autores de la novelística norteamericana.

Nunca pude imaginar que aquella mañana, de pie ante él por primera vez, al hablarle de los detalles de Azorín, del primor de los detalles en su obra y en su casa, se iniciara una amistad por encima de los años, enseñanza y amistad constantes.

Cuando en 1967 estuve en casa de Azorín la tarde en que el escritor aún estaba allí de cuerpo presente y pude acompañar en las primeras horas de soledad a Julia, su viuda, recordé aquella mañana lejana de Zaragoza, cuando Don Francisco me indicó de repente: “Hábleme de la generación del 98”.

Y yo empecé a hablar”.

Indudablemente – como se señala en este libro- Homenaje – la vida de Francisco Ynduráin bien puede resumirse en ese título: Como aré y sembré, cogí”.

(Imagen: Francisco Ynduráin en 1987.-archivo Bilaketa)

7 comentarios en “FRANCISCO YNDURÁIN, MI MAESTRO DE SIEMPRE

  1. José Julio, tuviste un gran maestro. Llegué a conocerlo en Santander y he leído una gran parte de sus trabajos, pero tuve mucho más trato con su hijo, Domingo, Chomin. Saludos.

  2. Pingback: FAULKNER « MI SIGLO

  3. Baratech, Ynduráin, Blecua padre, Corona, Vicente Blanco, Eugenio Frutos, Albiñana, .. y luego Lázaro Carreter, Senabre, Ruipérez. A todos me los encontré entre el instituto Goya y la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza (años 50-60) y la universidad de Salamanca (años 60 y más allá). Más o menos siguiendo una parte de tu ruta con un poco de retraso. Ya nos hemos hecho mayores y casi todos aquéllos han cruzado el horizonte hamletiano, hacia ese país del que jamás regresa nadie. Pues es un placer, José Julio, leer tu reseña de Ynduráin (antes escribíamos su nombre con I latina). Recomiendo a los lectores nostálgicos que pasaron por Zaragoza que lean el siguiente estudio: EL INSTITUTO «GOYA» ENTRE 1931 Y 1970: UN DESTACADO REFERENTE DE LA ENSEÑANZA SECUNDARIA EN ZARAGOZA, por ARTURO ANSÓN NAVARRO (pdf gratis por internet).

    Un cordial saludo

    Emilio García Gómez (no el arabista)

    • Emilio,

      ha sido muy grato para mi tu evocación de aquellos años y aquellos nombres de Zaragoza. Nacido en Madrid, viví en Zaragoa desde 1938 a 1954, año en que me vine a Madrid para ampliar la carrera. Numerosisimos nombres, calles, personajes, tertulias,teatros, revistas, primeras colaboraciones periodísticas, me acompañaron. Por encima de todo ello, el magisterio y la amistad de Francisco Ynduráin durante años. A Domingo Ynduráinn lo conocí de pantalón corto en Jaca. Recibí enseñanzas de Frutos, Torralba, Blecua y muchos más.
      He leído el largo y muy completo testimonio de Arturo Ansón sobre aquella época, y he revivido también muchos nombres.
      Gracias por todo. Antes que las calles de Zaragoza llevo presentes a maestros y grandes profesores.
      De nuevo mi agradecimiento por tanta evocación y por tu amable y oportuno comentario.
      Un abrazo
      José Julio Perlado

      • Un honor y un placer leer tu comentario, José Julio. Con la familia Blecua nos juntábamos algún verano en un hotel de Ágreda. José Manuel padre solía sentarse reflexivamente en una silla de la pequeña terraza del edificio, con un grueso libro en las manos. Mi madre me decía en voz baja: “Mira qué hombre tan sabio debe ser; siempre está leyendo el mismo libro.” Se trataba de El Quijote. José Manuel hijo, joven, alto, elegante, sosegado, salía de paseo con gente de su edad. Luis Alberto, sin embargo, formaba parte de las caminatas de la muchachada hasta las faldas del Moncayo y participaba activamente en los bailes festivos a la sombra de la alameda. Yo era un poco más joven, y en ningún momento se me ocurrió pensar en qué sería de aquella familia ni mucho menos qué sería de mí.

        Sobre Ynduráin -a quien yo veía como un coloso- hablo de vez en cuando con un amigo natural de Aóiz. A Ynduráin le pasó algo parecido a Laín Entralgo, de Urrea de Gaén. La casa familiar de este último sigue en pie, y el pueblo hasta le ha levantado un monumento; pero aquella gente vivió en otros mundos y el pueblo les quedó pequeño. Mi padre me repetía una y otra vez: “Laín Entralgo nunca ha hecho nada por el pueblo.” Claro que, de haberse quedado en Aóiz, Ynduráin no sería él; ni un Láin de Urrea un Laín universal; ni María Moliner una Moliner, sino una modesta mujer de Paniza.

        Con los años he llegado a la conclusión de que Zaragoza fue y sigue siendo mi ciudad emblemática: aquellos viejos tranvías a cuya plataforma trasera me aferraba para viajar gratis Gran Vía arriba abajo; el viejo cine de Torrero, el estudio de Radio Juventud, adonde acudía los domingos por la mañana a rezar el rosario con los curas de mi colegio (los Dominicos del Xavierre, en cuyo internado pasé unos años), los talleres del Heraldo de Aragón, en los que soñé por primera vez en convertirme en periodista -sueño estéril-. Tiempo de nostalgia, pero tiempo aprobado con nota, ¿no te parece?

        Saludos cordiales

        Emilio García

      • Emilio,
        de nuevo muy agradecido por tu comentario y tus recuerdos. No me extraña que Blecua padre leyera siempre El Quijote. Evoco a Blecua explicándonos con enorme detalle la poesía de Góngora, deteniéndose con devoción y atención en la forma con la que Góngora escondía y a la vez mostraba una maravillosa joya en el verso de una sortija.
        Yo iba a leer muchas tardes a una biblioteca pública ( en mis tiempos de colegio, el colegio La Salle) que estaba frente a frente, pero en el otro extremo de la plaza donde estaba la Universidad. Allí leí a todo el 98, especialmente a Baroja y a Azorín, sin imaginar que un día charlaría con Baroja y vería a Azorín de cuerpo presente. Por mi familia (abuelos, padres) recibí un amor hacia los libros y la lectura, y aparte de esa biblioteca pública tuve buena biblioteca en casa. Como he escrito en algún lado, Francisco Ynduráin fue un guía excepcional de lecturas durante años. Mi maestro de siempre.

        En Zaragoza, y en el teatro Principal, descubrí a Tenesse Williams, Anouilh, Arthur Miller y tantos otros que traían las compañías de Madrid. En Zaragoza traté con Ildefonso Manuel Gil y otros novelistas y poetas. También en Zaragoza publiqué con 18 años mis primeros artículos: uno sobre Gabriel Miró y Azorín y otro sobre Moguer y Juan Ramón.

        Zaragoza para mí va unida a muchas lecturas y amistades literarias, a una formación y dedicación literaria. Gracias a los maestros que tuve descubrí muchos secretos de la literatura.

        Siempre agradecido por tu comentario y tus recuerdos.
        Un abrazo
        José Julio

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