EL ESCRITOR QUE NUNCA ESCRIBIÓ UN LIBRO

 

 

‘El escritor Joseph Joubert nunca escribió un libro. Sólo se preparaba a escribir uno —recuerda Maurice Blanchot—, buscando decididamente las condiciones justas que le permitieran escribirlo. Luego olvidó también ese propósito. Más precisamente, lo que buscaba, esa fuente de la escritura, ese espacio donde poder escribir, esa luz que debiera circunscribirse en el espacio, exigió de él y afirmó en él disposiciones que lo hicieron inepto para cualquier trabajo literario ordinariamente o lo desviaron del mismo. En esto fue uno de los primeros escritores totalmente modernos, prefiriendo el centro antes que la esfera, sacrificando los resultados para descubrir las condiciones de éstos y no escribiendo para añadir un libro a otro, sino para apoderarse del punto de donde le parecía que salían todos los libros, y el cual, una vez alcanzado, lo eximiría de escribirlos.”

Singular personaje y singular destino.

 


 

(Imágenes —1-Twombly- 1970/ 2-Saul Leiter-paris- 1959)

EL PRINCIPITO

 

 

“La aparición de unos esbozos de los dibujos para “El Principito” me llevan a releer una de las páginas del libro:

”Este es, para mí, el paisaje más hermoso y el más triste del mundo. Es el mismo paisaje de la página precedente, y lo he dibujado una vez más para mostrároslo bien. Aquí es donde el Principito apareció sobre la tierra, y luego desapareció. Mirad atentamente este paisaje, para que estéis seguros de reconocerlo, si viajáis un día, en África, por el desierto. Y, si llegáis a pasar por allí, os lo suplico, no tengáis prisa; esperad un poco; ¡Justo bajo la estrella! Si entonces va hacia vosotros un niño, si sonríe, si tiene el cabello de oro, si no responde cuando se le pregunta, sin duda adivinaréis quién es. Entonces, ¡sed buenos! No me dejéis tan triste: escribidme enseguida diciéndome que ha regresado…”

 

 

(Imágenes- : dibujos de “El Principito’)

EVOCACIÓN DE LOS OLORES

 

 

“La infancia tiene sus olores— evocaba Jean Cocteau—. Yo recuerdo, entre otros, el del engrudo con que pegaba las estampas recortadas en la habitación cuando estaba enfermo; el de los tilos que se volvían locos al aproximarse una tormenta; el delicioso de la pólvora de los cohetes disparados que, clavados a su armazón, podía recoger sobre la hierba al día siguiente de los fuegos artificiales; el olor del árnica para las picaduras de avispas; el del papel mohoso de una vieja colección de revistas; el que despedía el viejo y antiguo ómnibus que llevaba a toda la familia a misa, desenganchado en la cochera, donde, en revuelto montón, se apilaban regaderas, picos, juegos de “croquet” y tragabolas. Y puedo añadir el  tufo penetrante del estiércol en el corral. Sin olvidar el aroma de las macetas de geranios del invernadero ni el olor del estanque con sus ranas muertas en actitudes de tenor con una mano sobre el corazón. Andando el tiempo, había de conocer el olor de Marsella, que da esperanza; el ámbar gris, que irrita la piel y hace enrojecer; el de lirios mustios de las alcobas.

 

 

Pero ninguno de estos olores eclipsa el olor del circo, el olor del Circo Nuevo, el gran olor maravilloso. Sabíamos que estaba compuesto por excrementos de caballos, barreduras de alfombras y de cuadras y sudores cuantiosos; pero, además, algo indescriptible, algo que escapa al análisis, mezcla de ilusión y de júbilo que se agarraba a la garganta, que la costumbre alzaba, en cierto modo, sobre el espectáculo y que hacía las veces de telón. Y la riqueza profunda del estiércol de mi infancia me ayuda a comprender que ese olor de circo es un estiércol sutil que vuela, un polvo de estiércol dorado que sube bajo la cúpula de cristales, irisa los globos de luz y pone un nimbo de gloria alrededor del trabajo de los acróbatas; luego desciende y ayuda poderosamente  a que florezcan los payasos multicolores.”

 

 

(Imágenes—1- Flores- lobusgratis/ 2- Camille Bombois/ 3- Augusto Giacometti – 1923)

VISIONES DE NOTRE-DAME

 

 

Innumerables visiones de Notre-Dame. Ocuparían varios libros. Julien Green, entre otros, comenta bajo recuerdos de infancia y de ocupación : “He vuelto el otro día a Notre- Dame. Estábamos en noviembre. Un frío glacial caía sobre mis espaldas y yo avanzaba en la penumbra como por en medio de un bosque. Aquí recuerdo una  especie de temblor maravilloso que inundaba mi ser cuando, mi mano cogida a la de mi madre, entraba en la vieja iglesia. Todo niño es un poco un pequeño bárbaro y cómo bárbaro yo deambulaba aburrido ante tanta grandeza. Aun hoy, y a pesar del amor que  le tengo a esta iglesia, me siento intimidado por Notre- Dame, por su profundidad, por sus ecos y por toda esa noche que ella presenta.

Levanto los ojos hacia la rosa septentrional y constato que allí está siempre. Mis ojos van enseguida a la torre de la iglesia y de pronto se detienen. Algo me oprime la garganta. Esto que estoy viendo no esperaba verlo, pero enseguida lo reconozco. Alta y desnuda y con una simplicidad asombrosa, aparece la cruz de madera destinada a los muertos de Buchenwald. Ahí está, esperando y mirando como las cosas suelen esperar y mirar.  Me quedo largo tiempo cerca de ella, me alejo y vuelvo a considerarla de nuevo. Se parece a un gran grito de dolor y de indignación;  sin duda la Edad Media no habría encontrado  nada parecido para decir esto que las palabras nunca pueden decir y yo no puedo sustraerme de creer que a la pregunta angustiada de marzo de 1940  se me daría una respuesta  en noviembre de 1945.”

 

 

(Imágenes-1-París por los pintores/ 2- Matisse – Notre Dame al atardecer – 1902 – di ket org)

OBJETOS EN MI MESA DE TRABAJO

 

 

Una mesa limpia, una mesa cargada de objetos. Dos mundos distintos. Georges Perec en “Pensar/ clasificar” nos va contando lo que ocupa su mesa de trabajo: “una lámpara, una cigarrera, un florero, una caja de cartón que contiene pequeñas fichas multicolores, un gran secante de cartón duro con incrustaciones de carey, un portalápices de vidrio, varias piedras, tres cajas de madera torneada, un despertador, un calendario, un bloque de plomo, una gran caja de cigarros ( sin cigarros, pero llena de objetos pequeños), una espiral de acero donde se pueden deslizar las cartas en espera, un mango de puñal de piedra tallada, registros, cuadernos, volantes, múltiples  instrumentos o accesorios de escritura, una gran almohadilla, varios libros, un vaso lleno de lápices, una cajita de madera dorada, tres ceniceros, es decir, dos de más, que por otra parte están vacíos: uno es el monumento a los mártires, de reciente adquisición; el otro, que representa un encantador panorama de los tejados de la ciudad de Ingolstad, acaba de ser encolado; el que sirve tiene un cuerpo de material plástico negro y una tapa de metal blanco con agujeros.”

 

 

Una mesa limpia, una mesa cargada de objetos. Dos mundos distintos. Rudyar Kipling, en su Autobiografía – como lo recuerda Alberto Manguel en “Diario de lecturas” – enumera los objetos de su escritorio: “un largo plumero lacado, con forma de canoa, lleno de cepillos y de estilográficas difuntas; una caja de madera con clips y gomas; otra, de hojalata, con alfileres; en otra más, en un posabotellas, guardaba cosas que no necesitaba, desde papel de lija hasta pequeños destornilladores; un pisapapeles, una diminuta foca de piel con un peso en el interior y un cocodrilo de cuero que descansaban sobre algunos de los papeles; una regla de treinta centímetros manchada de tinta y un limpiaplumas decorativo que una criada a la que queríamos mucho nos regalaba todos los años, componían la guardia de honor de aquel ejército de pequeños fetiches.”

Una mesa limpia, una mesa cargada de objetos. Dos mundos distintos. Dos maneras de trabajar los escritores.

 


 

(Imágenes-1- Juan Gris – la mesa – 1914- Philadelphia museum/ 2-Aldo Calabresi/ 3-Catalina Keohe)

NO SÉ QUÉ ES UN LIBRO

 

 

“No sé qué es un libro – contaba Marguerite Duras -. Nadie lo sabe. Pero cuando hay uno, lo sabemos. Y cuando no hay nada, lo sabemos como sabemos que existimos, no muertos todavía (…) Creo que lo que reprocho a los libros, en general, es eso : que no son libres. Se ve a través de la escritura: están fabricados, están organizados, reglamentados, diríase que conformes. Una función de revisión que el escritor desempeña con frecuencia consigo mismo. El escritor, entonces, se convierte en su propio policía. Entiendo, por tal, la búsqueda de la forma correcta, es decir, de la forma más habitual, la más clara y la más inofensiva. Sigue habiendo generaciones muertas que hacen libros pudibundos. Incluso jóvenes: libros “encantadores”, sin poso alguno, sin noche. Sin silencio. Dicho de otro modo: sin auténtico autor. Libros de un día, de entretenimiento, de viaje. Pero no libros que se incrusten en el pensamiento y que hablen del duelo profundo de toda vida, el lugar común de todo pensamiento.”

 

 

(Imágenes-1-Felix Vallotton/ 2- Jonathan Wolstenholme)

BIBLIOTECARIOS DE BABEL

 

“Como los borgianos bibliotecarios de Babel, que buscan el libro que les dará la clave de todos los demás, oscilamos entre la ilusión de lo alcanzado y el vértigo de lo inasible. En nombre de lo alcanzado, queremos creer que existe un orden único que nos permitiría alcanzar de golpe el saber; en nombre de lo inasible, queremos pensar que el orden y el desorden son dos Palabras que designan por igual al azar.

También es posible – seguía diciendo Georges Perec en “Pensar/Clasificar”- que ambas cosas sean señuelo, engañifas destinadas a disimular el desgaste de los libros y de los sistemas.

Entre los dos, en todo caso, no está mal que nuestras bibliotecas también sirvan de cuando en cuando como ayudamemoria, como descanso para gatos y como desván para trastos,”

 

Estos días se vuelve una vez más a recordar a  Borges y a su biblioteca personal. “ El autor argentino – se ha escrito –  reverenciaba la literatura y entendía que el paraíso, de existir, sería algún tipo de biblioteca. La suya, en concreto, era un tesoro que todavía hoy puede disfrutarse y que se guarda en la Fundación Jorge Luis Borges: más de dos mil ejemplares ordenados a su capricho, que no era cronológico ni alfabético, y que contiene más títulos de filosofía y religión que de obras maestras de la literatura. Ahora, parte de ese patrimonio queda recogido en «La biblioteca de Borges» (Paripébooks), un libro elaborado por Fernando Flores Maio que reúne algunos de los ejemplares más queridos del escritor, con sus anotaciones personales.”

 

 

(Imágenes-1-Borges -Todo el- ac3b10/ 2-Borges – foto Sylvia Plachy – Nueva York – 1982)