ENFERMEDAD Y CREACIÓN

 

 

”Una semana tendida en el sofá – escribe Virginia Woolf en 1930 – . Hoy estoy sentada, en el habitual estado de irregular animación. Por debajo de lo normal, con espasmódicos deseos de escribir, luego de adormilarme. Hace un día frío y hermoso y si mi energía y sentido del deber persisten , iré a Hampstead en coche. Pero dudo de que pueda escribir con ningún propósito. Una nube flota en mi cabeza.  Está una demasiado consciente del cuerpo y bruscamente sacada de la rutina de la vida para volver a la narrativa.  Una o dos veces he sentido ese batir de alas que me viene tan a menudo cuando estoy enferma; el año pasado, por ejemplo, en estas fechas estaba en la cama construyendo “Una habitación propia”. Si pudiera quedarme en la cama dos semanas más (pero no hay la menor posibilidad) creo que vería “Las olas” entero. (…)  Creo que, en mi caso, estas enfermedades son –¿cómo lo expresaría? –parcialmente místicas. Algo sucede en mi mente. Se niega a continuar registrando impresiones. Se cierra en sí misma. Se convierte en una crisálida. Me quedo echada, muy aletargada, a menudo con agudo dolor físico, como el año pasado; éste es sólo malestar. Luego de pronto, algo salta.”

 

 

La enfermedad, pequeña o grande, da a los artistas – como así lo recuerda Philip Sandblom en “Enfermedad y creación” – material para describir las dolencias, como ocurre en Charlotte Brontë, Chejov,  Dostoievski, Goya o Virginia Woolf.  Beethoven y Smetana – añade Sandblom – nos permiten escuchar con el mayor realismo los desagradables sonidos provenientes de sus oídos enfermos. Pero Virginía Woolf continúa en 1930 : “ Entonces empiezo a inventar mi historia, sea la que sea; las ideas acuden en tropel; a menudo, sin embargo, esto ocurre antes de que pueda controlar mi mente o mi pluma.  Es inútil tratar de escribir en esta etapa. Me gustaría tumbarme y dormir, pero me da vergüenza. Leonard se sacudió la gripe en un día y siguió ocupándose de sus asuntos estando enfermo. Y aquí estoy haraganeando aún, sin vestir, cuando Elly viene mañana. Pero como decía , mi mente trabaja en la ociosidad. No hacer nada es con frecuencia lo más provechoso para mí.”

 

 

(Imágenes- 1-Virginia Woolf – Tullio Pericoli/ 2-Virginia Woolf a los 18 años/ 3- mesa de trabajo de Virginia Woolf en el jardín de su casa)

ENFERMEDADES EN EL MAR Y EN LAS CIUDADES

 

 

Escribía Camba : “hay un argumento muy sencillo para desacreditar al mar y al campo como elementos terapéuticos: el de que en el campo y a orillas del mar existen las mismas enfermedades que en Madrid. Parece que los médicos de Madrid se han puesto de acuerdo con los de provincias para enviarse unos a otros los enfermos incurables. Estos enfermos se van a Madrid atraídos por el prestigio científico de los médicos madrileños, los cuales los devuelven al poco tiempo a provincias, diciéndoles  que les hace falta paz, oxígeno y yodo. Por mi parte, yo nunca he creído en más yodo que el de la tintura de yodo. Si efectivamente sirvieran para algo el yodo marino y el oxígeno serrano, aquí no habría tisis ni neurastenia; pero llega uno aquí y se encuentra inmediatamente con veinte escritores regionales, que le dicen a uno:

—Este medio me ahoga. Tengo una neurastenia horrible…

 

 

¿Qué pensar de la terapéutica del mar y del campo?  Los madrileños se vienen a provincias a aspirar las emanaciones de los pinos y el yodo del mar, mientras los provincianos se van a Madrid a tomar el yodo en gotas de tintura y la savia de los pinos y de las hayas en un jarabe. Hay un doctor en Madrid  que ha establecido un consultorio de enfernedades pulmonares, a las que trata haciéndole respirar al enfermo aires marinos que el doctor dice que son frescos porque los fabrica a diario. Me parece un poco ridículo eso de que se ponga a soplarle a los tuberculosos con un fuelle lleno de sales y de algas. Si lo hace por distraerlos, muy bien; pero, en este caso, mejor sería que los mandase al estanque del Retiro.

El procedimiento de los medicamentos me parece bastante razonable. Yo gozo mucho con los medicamentos, sobre todo por la lectura de los prospectos. No conozco filosofía más consoladora que la de los prospectos de los medicamentos. Son siempre optimistas , y, si no curan, entretienen. Le recomiendo especialmente al lector los anuncios a base de creosota, en los que hay poéticas descripciones de los bosques septentrionales.”

 

 

(Imágnes-1- Aksell Gallen – Kallela/ 2-Amir Singray – 2008-craig Scott gallery – artnet/ 3-Jack Spencer)

LA INTELIGENCIA, LO NORMAL Y LO PATOLÓGICO

 

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¿Qué valor se concede a la inteligencia para probar si un hombre es normal o patológico? – así se lo pregunté hace años, lo recuerdo muy bien, al eminente profesor Pierre Pichot, ex- presidente de la Sociedad Francesa de Psicología. Nos encontrábamos los dos en San Sebastiàn, con motivo de un Congreso sobre “Psiquiatría y Sociedad” y aún tengo en la memoria sus  reflexiones.

– Hay una deficiencia de la inteligencia – me dijo entonces el profesor Pichot – considerada como patológica. El niño nace con una anomalía. Tenemos medios para medir la inteligencia. Hay dos tipos de patología de la deficiencia intelectual: por ejemplo, si un niño nace con una lesión de cerebro, su inteligencia está patológicamente baja. Pero otros casos se sabe que hay una inteligencia media y baja inteligencia, pues la inteligencia, como la estatura, depende de varias cosas. En el caso de la alimentación deficiente hay una inteligencia más baja que si recibe una buena alimentación; lo mismo ocurre respecto al ambiente; si se vive en un ambiente inteligente y culto se da un crecimiento de la inteligencia. Existe también el tema de la herencia: si el padre o la madre son de baja inteligencia hay gran posibilidad que los niños sean de inteligencia baja.

La inteligencia baja, aunque sea de causa normal, puede ser patológica por una razón muy sencilla: porque no permite una adaptación a la sociedad. Para vivir en nuestra sociedad se necesita un coeficiente de inteligencia de 7o o algo más, ya que la media es de 100. Hay personas cuyo coeficiente de inteligencia es de 60; desde el punto de vista de la sociedad estas personas son consideradas enfermas porque tienen una debilidad mental patológica.

 

 

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En resumen – prosiguió Pichot -, hay dos tipos de patología. Un tipo o comportamiento es patológico porque la causa es patológica; otro tipo es patológico porque desde el punto de vista social no permite un funcionamiento normal.

Si sigo con este mismo ejemplo, puedo decir que al principio del siglo XlX los psiquiatras conocían muy bien esta enfermedad mental y consideraban como retraso mental un nivel correspondiente a un coeficiente intelectual de 50 o incluso más bajo; 60 era ya normal, ¿por qué? Porque la civilización y la cultura de principios del XlX era esencialmente agrícola y uno podía ser más independiente y podía permanecer más en el campo y ganar su vida sin demasiadas complicaciones. A partir de finales del XlX se introdujo en todos los países de la Europa occidental la escuela obligatoria. Todos los niños tenían que estudiar por la simple razón de poder participar en una civilización industrial. En ese mismo instante se comprobó que ciertos niños que hasta entonces no eran considerados patológicos, se les calificaba así, y en ese momento entran en la patología aquellos niños que no alcanzan el coeficiente  60.

El límite que se traza entre la patología y la normalidad depende de factores sociales; y se puede decir de una manera general que esto es cierto, ya que existen variaciones culturales de la tolerancia social respecto a las desviaciones  mentales. Hay ciertas sociedades con una tolerancia mayor hacia ciertas desviaciones mentales y que, por tanto, no las considera patológicas, y otras en cambio no son tolerantes y las  consideran patológicas.

Incluso cuando no hay lesión cerebral se consideran patológicas las alucinaciones, como por ejemplo, aquellas personas que escuchan voces en la habitación contigua y creen que es una conspiración contra ellas.

El gran problema que a mi parecer existe – concluyó Pichot – es el de la alienación entre el límite desde lo normal a lo patológico influidos por la tolerancia social”.

 

 

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(Imágenes -1 – Groebli – 1946/2- Ljubisa Danilovic/ 3-hannes Kilian – 1965)

PALETA Y VIDA EN RENOIR

“La paleta de Renoir estaba limpia “como una tacita de plata” – recuerda uno de sus hijos y de él he hablado ya en Mi Siglo.” Era una paleta cuadrada – evocaba Jean, el gran director de cine – que encajaba en la tapa de la caja, que tenía la misma forma. En una de las salserillas dobles ponía el aceite de linaza solo, en la otra una mezcla de aceite de linaza y de esencia de trementina, a partes iguales. En una mesa baja, al lado del caballete, había un vaso lleno de esencia de trementina en el que enjuagaba el pincel casi después de cada aplicación de color. En la caja y encima de la mesa había unos cuantos pinceles de recambio. Sólo usaba dos o tres a la vez. En cuanto empezaban a estar muy gastados, o chorreaban, o por la razón que fuere, no le permitían ya un toque de precisión absoluta los tiraba. Exigía que se destruyesen los pinceles viejos, por si se volvía a topar con alguno mientras trabajaba”. Y ahora, al acercarnos a estos cuadros que se exponen actualmente en el Prado, esa paleta limpia de Renoir nos sigue revelando confidencias. “Sitúo mi tema como quiero – le decía a Walter Pach en 1908 -, después me pongo a pintar, como haría un niño. Quiero que un rojo sea sonoro y resuene como una campana; si no, voy añadiendo rojos y otros colores hasta conseguirlo. Esos son todos mis trucos. No tengo reglas ni métodos; quien quiera puede examinar lo que uso o mirar como pinto – verá que no hay secretos (…) ¿Quiere usted que le diga cuáles son para mí las dos cualidades del arte? Tiene que ser  indescriptible e inimitable…La obra de arte tiene que apoderarse de uno, envolverle, transportable. Así el artista puede expresar su pasión; la corriente que emana de él es lo que transporta a su pasión”.

Paleta y vida en Renoir, también paleta y decrepitud, también paleta y enfermedad.  En 1912, tres años después de la conversación con Pach, cuando la salud del artista estaba empeorando y llevaba dos años sin ponerse en pie, se encontraba como siempre sentado ante el caballete y preparándose para empezar a pintar. “Tenía la paleta bien limpia en las rodillas – cuenta nuevamente su hijo Jean -. El médico alzó a mi padre del sillón. Volvía a ver las cosas desde el ángulo de una persona que tiene los ojos al mismo nivel que los demás hombres. Y miraba a su alrededor con gran satisfacción. El médico lo soltó. Mi padre, dependiendo ahora sólo de sus fuerzas, no se cayó. (…) Entonces el médico ordenó a mi padre que anduviese. (….) Mi padre dio otro paso, y luego otro; y parecía que iba quebrando los hilos del destino. (…) Mi padre dio la vuelta al caballete y regresó a su silla de inválido. Aún de pie, le dijo al médico: “Renuncio. Me exige toda mi voluntad y ya no me quedaría voluntad para pintar. La verdad es que – e hizo un guiño malicioso – si tengo que escoger entre andar y pintar, prefiero pintar“. Volvió a sentarse y nunca más se levantó”.

Si esto lo evoca Jean en “Renoir, mi padre(Alba),  Ambroise Vollard por su parte escucha las confidencias del artista recordando que ” no pensaba más que en su pintura y había acabado resignándose a sus manos que se cerraban, a sus piernas que se agarrotaban un poco más cada día. “¡ A fin de cuentas- decía el pintor -. soy un hombre con suerte!”. “Débil y viejo ya – resume Perruchot al hablar de su vida -, lejos de de corromper y destruir su genio de artista, de reducirlo a la suerte común, a la inercia de la decrepitud, le ha permitido un supremo avance en el corazón de la realidad”.

“Blanco de plata, amarillo de cromo, amarillo de Nápoles – describía el propio Renoir la composición de su paleta -, ocre amarillo, tierra de Siena natural, bermellón, laca de granza, verde veronese, verde esmeralda, azul de cobalto, azul ultramar, cuchilla de paleta, rascador, esencia de trementina, lo preciso para pintar. El ocre amarillo, el amarillo de Nápoles y la tierra de Siena no son sino tonos intermedios de los que se puede prescindir puesto que se pueden hacer con los otros colores. Pinceles de marta, brochas planas de seda”.

(Pequeña evocación al inaugurarse en Madrid la exposición “Pasión por Renoir)

(Imágenes:-1.-autorretrato.-1899/ 2.-Pére Fournaise fumando en pipa.-1875.- Williamstrown Sterling and Francine Clark Institute/ 3.-En el concierto.-188o.-Wililamstown, Sterling and Francine Clark Art Institute)

MEDICINA Y LITERATURA

“La profesión médica no me interesaba, pero me ofrecía la oportunidad de vivir en Londres, y de adquirir así la experiencia mundana que tanto deseaba tener – cuenta Somerset Maugham en “Recapitulación” (Plaza & Janés), evocando el recorrido de su vida -. Ingresé en el hospital de Santo Tomás en el otoño de 1892.(…) Allí estaba en contacto con todo lo que más deseaba conocer: la vida en toda su crudeza. En aquellos tres años tuve ocasión de ser testigo de todas las emociones de que es capaz un hombre. Ello excitaba en mí mi instinto dramático. Y hacía surgir al novelista que había en mí“. La vocación y la raíz de la literatura ha surgido algunas veces en contacto con la enfermedad y la medicina, y en ocasiones, como en el caso de la mexicana Bárbara Jacobs al contemplar el primer cadáver, empujó radicalmente el rumbo de una decisión, tal como conté ya en Mi Siglo. Muchos médicos han sido personajes de grandes novelas. Sólo basta poner el ejemplo de que de los 2.472 personajes de Balzac, 31 son médicos. Por otra parte, a lo largo de la Comedia Humana se aborda la tuberculosis, las fiebres pútridas, los envenenamientos, numerosas apoplejías y varias dolencias de corazón. La salud y sus carencias siempre han interesado a los grandes creadores. La falta de salud, lógicamente, ha despertado la atención de los escritores y la extension de las grandes pandemias por la Historia suscitaron descripciones numerosas, entre otras, en Bocaccio, Samuel Pepys, Defoe o Camus. Las enfermedades cercanas, al visitar puntualmente a quienes escribían, provocaron también revelaciones en su correspondencia.  Flaubert , por ejemplo, le dice a Louise Colet mientras compone Madame Bovary que su dolencia nerviosa le había causado alucinaciones y es a partir de 1853 cuando desea comentarle que ya han pasado las épocas de sus ataques nerviosos: “eran pérdidas seminales de la facultad pintoresca del cerebro – le confiesa el novelista -, cien mil imágenes que saltaban al mismo tiempo, como fuegos artificiales“.

Medicina y literatura han ido muchas veces hermanadas, como lo han hecho de algún modo también arte y enfermedad melancolía y música, comentadas igualmente aquí. Keats en sus Cartas, en los últimos años de su vida, consumido por una enfermedad mal atendida  – como cuenta Lord Houghton estudiando la correspondencia del poeta (Imán) -, reflexiona en 1820 sobre la relación que existe entre enfermedad y creación artística: ¡ de qué asombrosa manera el riesgo de abandonar este mundo hace que sus bellezas naturales se impriman en nosotros! (…) Pienso en los campos verdes; medito con el más grande cariño sobre cada flor que he conocido desde mi infancia; sus formas y colores son tan nuevos como si acabara de crearlas con una fantasía sobrehumana. Y eso ocurre porque están relacionadas con los momentos más irreflexivos y más felices de nuestra existencia. He visto flores exóticas en invernáculos, flores de la más grande belleza, pero no me importa nada de ellas. Las simples flores de nuestra primavera es lo que necesito ver otra vez”.

Es la sensibilidad en la epidermis de la escritura, la evocación de la salud, el recuerdo de tantas alegrías pasadas.

(Imágenes: 1.- El boticario.-Pietro Longhi.-1752.- Galería de la Academia.-Venecia.-wikipedia/ 2. –Nora Heysen.- 1945.- f. feminine)

DIBUJOS BAJO EL COLCHÓN

Escondidos bajo un colchón para protegerlos, con herramientas apiladas en su mesita de noche, recluido en un espacio compartido en un rincón del pabellón en el De Witt State Hospital en Auburm, California, el artista autodidacta mejicano Martín Ramírez fue trabajando sus dibujos durante quince años y ahora se exponen en Madrid, en el Reina Sofía hasta el 12 de julio. Ramírez, que a veces mostraba sus rollos acabados en la puerta del porche del pabellón, colgándolos de las bisagras, no podía imaginar que un día caminara el mundo entero por los apretados senderos de estas múltiples líneas flexibles componiendo espacios creadores y atisbando rendijas por donde escapar.

Escapaba él a su modo de la enfermedad.”Las palabras lograrán aliviar la mente infeliz y podrán abatir la negra melancolía“, había dicho Horacio. No sólo las palabras, también el arte, también la pintura. Martín Ramírez trabajaba toda clase de materiales para realizar su obra: notas de las enfermeras, hojas de cuadernos, vasos de papel, sábanas de papel para camillas, periódicos, revistas, y luego con ceras aplastadas, lápices de colores y pintura de base acuosa que aplicaba con un palillo -así reza el programa que presenta la exposición -, adhería todo ese material con pegamento casero, que a su vez fabricaba con almidón de patata, masa de pan y su propia saliva. Enfermedad y arte, como he dicho alguna vez en Mi Siglo, se hermanaban en esa tarea y los motivos se multiplicaban.

Como señala Philip Sandblom en “Enfermedad y creación” (Tezontle),” algunos de los enfermos que tienen talento se convierten en verdaderos artistas. Por medio de su obra nos invitan a explorar su mundo interior, fantástico, y totalmente ajeno al nuestro, ya sea deprimente o angustiado. Esteart brut“,” esta visión sin elaborar”, ha atraído el interés de psiquiatras e historiadores del arte por igual y hasta, como recuerda Michael Thévoz, se le ha asignado un museo“.

(Imágenes:-Martín Ramírez: 1.- Signature motif.-1954.- Guggenheim Museum.- -The New York Times/2.-Nunca se termina un viaje.-American Folk Museum/3.-Man at Desk.-Colección of Stephanie Smither.-The New York Times/4.-ciervo sentado con rostro abstracto.-1950-1963.-Centro Reina Sofía)

ENFERMEDAD Y ARTE

MATISSE.-FRFR.-Interior con violín,.1919.

Descubrí el color – decía Matisseno en la obra de otros pintores sino en la manera en que se revela la luz en la naturaleza. Me obsesioné con la pintura y ya no pude dejarla“.

En estos días en que Matisse inaugura una exposición en el Museo Thyssen de Madrid que durará hasta el mes de septiembre, sus palabras tras los lienzos nos recuerdan vicisitudes de su vida, salud y enfermedad enlazadas. Enfermo de apendicitis primero y con complicaciones posteriores, Matisse pasó luego a sufrir otra dolencia que le condujo a un cambio profundo del estilo de su pintura: de la invención aguda y radical al estudio sensible de la luz del Sur. “Dejé l`Estaque  – confesó – porque el viento me había hecho contraer una molesta bronquitis. Me trasladé a Niza para curarme, y aquí me he quedado casi toda mi vida”.Matisse.-C.-por Henri Cartie-Bresson.-1944.-fotos org

Posteriormente, Matisse demostró que una enfermedad grave puede dejar profundas huellas aun si el paciente se recupera. Cuando andaba por los 70 años, se le desarrolló un cáncer de colon. Aceptó de mala gana la operación que fue practicada por tres de los más célebres cirujanos de Francia. Lograron salvarle la vida pero quedó gravemente enfermo. El que fuera profesor de cirugía y miembro honorario del Colegio Norteamericano de Cirujanos, Philip Sandblom, mantuvo años después una conversación con Matisse mientras éste estaba en cama, con un gato a sus pies, e indicando con una varilla cómo debían pegarse sus grandes recortes en la tela, aquellas aguadas sobre papeles recortados, meclando pintura y lápiz, para vencer los obstáculos de sus limitaciones corporales.  “La enfermedad – dice Sandblom en su libro “Enfermedad y creación” (Fondo de Cultura) – había alterado su actitud ante la vida y hacia el arte. Quería llenar los años de vida que le quedaran con toda la felicidad posible. Durante sus primeros años, a fuerza de mucho esfuerzo y grandes dolores, a menudo había penetrado en nuevos caminos por el arte moderno; ahora deseaba darse el gusto de recorrer esos caminos nuevamente con corazón ligero y sin ningún esfuerzo. Su estado mental se refleja en sus cuadros. En sus últimas obras se adivina un aire feliz de tranquilidad y reposo. El mismo Matisse estaba tan convencido de la benéfica irradiación de sus colores y de su poder curativo que colgó sus cuadros alrededor de las camas de sus amigos enfermos“.

MATISSE.-Retrato de Matisse por André Derain.-1905.-museumsyndicate

 Paul Klee, cenando una noche de junio de 1939 con el marchante Kahnweiler y hablando de su próximo final, cuando ya tiene el brazo afectado por la dolencia y ya no puede sujetar ni su querido violín, ni el pincel y el lápiz, murmura: “Las enfermedades endurecen la pintura…”. Unas veces la endurecen y otras – como en el caso de Matisse – la suavizan. Recuerda Sandblom que la influencia de la enfermedad en el individuo creador puede comprobarse de diversas maneras: Pierre Ronsard empezó a hacer versos cuando su sordera le impidió seguir la carrerra diplomática, Vivaldi se dedicó a componer debido a que el asma le impedía decir misa; hasta la técnica puede resultar afectada, como en el caso de Monet, cuando ejecuta sus pinturas estando casi ciego. Otros en cambio utilizan la enfermedad para describirla, como en Charlotte Brontë, Chejov, Dostoievski, Virginia Woolf o Goya.

Sueño un arte equilibrado, puro, apacible -escribió Matisse -, sin motivo inquietante o turbador, que sea para todo trabajador intelectual, para el hombre de negocios como para el escritor, por ejemplo, un lenitivo, un calmante cerebral, algo semejante a un buen sillón que le descanse de sus fatigas físicas“.

(Imágenes: 1.-Matisse: Interior con funda de violín.-1918-1919.- essyart/2.- Matisse fotografiado por Henri-Cartier -Bresson.- 1944.-/3.-retrato de Matisse por André Derain.- 1905.-museumsyndicate)