ENFERMEDAD Y VOLUNTAD

 

“La enfermedad es un impedimento del cuerpo —dice el filósofo griego Epicteto—, no de la voluntad. Por ejemplo, el ser cojo impide a los pies de andar, más no embaraza la voluntad de hacer lo que ella quiere, si emprende tan solamente lo que puede efectuar. De esta misma manera puedes considerar todas las cosas que suceden y conocerás que a ti no te embarazan, aunque impiden a los demás.”

(Imagen—Johannes Carlson)

VACUNA Y ESPERANZA

”En Medicina se ha definido la salud —señalaba un médico contemporáneo — como “el silencio de los órganos”, como un vacío de sonidos corporales que hace que la corporalidad se sienta más ligera y volátil, una realidad muy próxima, pero casi ingrávida. Pero sería ingenuo pensar que “el silencio del cuerpo” es inerte. Sucede más bien lo contrario: no se advierte mientras todo marcha bien en él. “ La salud — recordaba el alemán von Gebstattel — es un trabajo constante. Salud consiste en la defensa victoriosa, pero sin pausa, de las posibilidades constructivas de la vida frente a su limitación , su hundimiento, su descomposición. Así es que cada aliento, cada latido, cada trago, cada comida, tiene también este aspecto de estar al servicio y dirigirse hacia la progresión vital, siempre amenazada. “

En oposición a la salud, la enfermedad proclama la presencia del cuerpo, como una de las formas privilegiadas en que éste se nos hace presente, reclamando la atención que casi siempre le hurtamos. El dolor viene a recordar al hombre lo limitado de su ser, proyectándolo hacia sí mismo, mientras se hinca la atención en la carne dolorida.”

 

La noticia de la vacuna es la noticia de la esperanza. El bien futuro puede apetecerse con esperanza. Lo propio del bien esperado es ser arduo y difícil, pero posible. La esperanza se funda en la seguridad de que alcanzaremos el bien, lo “vemos venir hacia nosotros”. Por otro lado, el miedo es un sentimiento de impotencia, un verse amenazado por un mal inminente que es más poderoso que nosotros. La propia vida humana tiene la estructura de la esperanza, ya que ésta se funda en la expectativa de alcanzar en el futuro el bien amado arduo. La ilusión se nutre de esperanza, de vitalidad y energía para emprender la acción. Es una motivación para actuar.

 

(Imágenes—: 1- Nora Heysen -feminine/2- Ansel Adam/  3- artista irani- 1700)

FRENTE AL INFORTUNIO

 

 

“Hay males horribles, desgracias espantosas en las que ni siquiera nos atrevemos a pensar —dice La Bruyère en sus “Caracteres” —, cuya sola idea nos hace estremecernos; si caemos en tales desgracias, hallamos en nosotros mismos recursos desconocidos, nos erguimos frente a nuestro infortunio y nos conducimos mejor de lo que esperábamos.”

(Imagen —Charles Burchfield)

ENFERMEDAD Y CREACIÓN

 

 

”Una semana tendida en el sofá – escribe Virginia Woolf en 1930 – . Hoy estoy sentada, en el habitual estado de irregular animación. Por debajo de lo normal, con espasmódicos deseos de escribir, luego de adormilarme. Hace un día frío y hermoso y si mi energía y sentido del deber persisten , iré a Hampstead en coche. Pero dudo de que pueda escribir con ningún propósito. Una nube flota en mi cabeza.  Está una demasiado consciente del cuerpo y bruscamente sacada de la rutina de la vida para volver a la narrativa.  Una o dos veces he sentido ese batir de alas que me viene tan a menudo cuando estoy enferma; el año pasado, por ejemplo, en estas fechas estaba en la cama construyendo “Una habitación propia”. Si pudiera quedarme en la cama dos semanas más (pero no hay la menor posibilidad) creo que vería “Las olas” entero. (…)  Creo que, en mi caso, estas enfermedades son –¿cómo lo expresaría? –parcialmente místicas. Algo sucede en mi mente. Se niega a continuar registrando impresiones. Se cierra en sí misma. Se convierte en una crisálida. Me quedo echada, muy aletargada, a menudo con agudo dolor físico, como el año pasado; éste es sólo malestar. Luego de pronto, algo salta.”

 

 

La enfermedad, pequeña o grande, da a los artistas – como así lo recuerda Philip Sandblom en “Enfermedad y creación” – material para describir las dolencias, como ocurre en Charlotte Brontë, Chejov,  Dostoievski, Goya o Virginia Woolf.  Beethoven y Smetana – añade Sandblom – nos permiten escuchar con el mayor realismo los desagradables sonidos provenientes de sus oídos enfermos. Pero Virginía Woolf continúa en 1930 : “ Entonces empiezo a inventar mi historia, sea la que sea; las ideas acuden en tropel; a menudo, sin embargo, esto ocurre antes de que pueda controlar mi mente o mi pluma.  Es inútil tratar de escribir en esta etapa. Me gustaría tumbarme y dormir, pero me da vergüenza. Leonard se sacudió la gripe en un día y siguió ocupándose de sus asuntos estando enfermo. Y aquí estoy haraganeando aún, sin vestir, cuando Elly viene mañana. Pero como decía , mi mente trabaja en la ociosidad. No hacer nada es con frecuencia lo más provechoso para mí.”

 

 

(Imágenes- 1-Virginia Woolf – Tullio Pericoli/ 2-Virginia Woolf a los 18 años/ 3- mesa de trabajo de Virginia Woolf en el jardín de su casa)

ENFERMEDADES EN EL MAR Y EN LAS CIUDADES

 

 

Escribía Camba : “hay un argumento muy sencillo para desacreditar al mar y al campo como elementos terapéuticos: el de que en el campo y a orillas del mar existen las mismas enfermedades que en Madrid. Parece que los médicos de Madrid se han puesto de acuerdo con los de provincias para enviarse unos a otros los enfermos incurables. Estos enfermos se van a Madrid atraídos por el prestigio científico de los médicos madrileños, los cuales los devuelven al poco tiempo a provincias, diciéndoles  que les hace falta paz, oxígeno y yodo. Por mi parte, yo nunca he creído en más yodo que el de la tintura de yodo. Si efectivamente sirvieran para algo el yodo marino y el oxígeno serrano, aquí no habría tisis ni neurastenia; pero llega uno aquí y se encuentra inmediatamente con veinte escritores regionales, que le dicen a uno:

—Este medio me ahoga. Tengo una neurastenia horrible…

 

 

¿Qué pensar de la terapéutica del mar y del campo?  Los madrileños se vienen a provincias a aspirar las emanaciones de los pinos y el yodo del mar, mientras los provincianos se van a Madrid a tomar el yodo en gotas de tintura y la savia de los pinos y de las hayas en un jarabe. Hay un doctor en Madrid  que ha establecido un consultorio de enfernedades pulmonares, a las que trata haciéndole respirar al enfermo aires marinos que el doctor dice que son frescos porque los fabrica a diario. Me parece un poco ridículo eso de que se ponga a soplarle a los tuberculosos con un fuelle lleno de sales y de algas. Si lo hace por distraerlos, muy bien; pero, en este caso, mejor sería que los mandase al estanque del Retiro.

El procedimiento de los medicamentos me parece bastante razonable. Yo gozo mucho con los medicamentos, sobre todo por la lectura de los prospectos. No conozco filosofía más consoladora que la de los prospectos de los medicamentos. Son siempre optimistas , y, si no curan, entretienen. Le recomiendo especialmente al lector los anuncios a base de creosota, en los que hay poéticas descripciones de los bosques septentrionales.”

 

 

(Imágnes-1- Aksell Gallen – Kallela/ 2-Amir Singray – 2008-craig Scott gallery – artnet/ 3-Jack Spencer)

LA INTELIGENCIA, LO NORMAL Y LO PATOLÓGICO

 

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¿Qué valor se concede a la inteligencia para probar si un hombre es normal o patológico? – así se lo pregunté hace años, lo recuerdo muy bien, al eminente profesor Pierre Pichot, ex- presidente de la Sociedad Francesa de Psicología. Nos encontrábamos los dos en San Sebastiàn, con motivo de un Congreso sobre “Psiquiatría y Sociedad” y aún tengo en la memoria sus  reflexiones.

– Hay una deficiencia de la inteligencia – me dijo entonces el profesor Pichot – considerada como patológica. El niño nace con una anomalía. Tenemos medios para medir la inteligencia. Hay dos tipos de patología de la deficiencia intelectual: por ejemplo, si un niño nace con una lesión de cerebro, su inteligencia está patológicamente baja. Pero otros casos se sabe que hay una inteligencia media y baja inteligencia, pues la inteligencia, como la estatura, depende de varias cosas. En el caso de la alimentación deficiente hay una inteligencia más baja que si recibe una buena alimentación; lo mismo ocurre respecto al ambiente; si se vive en un ambiente inteligente y culto se da un crecimiento de la inteligencia. Existe también el tema de la herencia: si el padre o la madre son de baja inteligencia hay gran posibilidad que los niños sean de inteligencia baja.

La inteligencia baja, aunque sea de causa normal, puede ser patológica por una razón muy sencilla: porque no permite una adaptación a la sociedad. Para vivir en nuestra sociedad se necesita un coeficiente de inteligencia de 7o o algo más, ya que la media es de 100. Hay personas cuyo coeficiente de inteligencia es de 60; desde el punto de vista de la sociedad estas personas son consideradas enfermas porque tienen una debilidad mental patológica.

 

 

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En resumen – prosiguió Pichot -, hay dos tipos de patología. Un tipo o comportamiento es patológico porque la causa es patológica; otro tipo es patológico porque desde el punto de vista social no permite un funcionamiento normal.

Si sigo con este mismo ejemplo, puedo decir que al principio del siglo XlX los psiquiatras conocían muy bien esta enfermedad mental y consideraban como retraso mental un nivel correspondiente a un coeficiente intelectual de 50 o incluso más bajo; 60 era ya normal, ¿por qué? Porque la civilización y la cultura de principios del XlX era esencialmente agrícola y uno podía ser más independiente y podía permanecer más en el campo y ganar su vida sin demasiadas complicaciones. A partir de finales del XlX se introdujo en todos los países de la Europa occidental la escuela obligatoria. Todos los niños tenían que estudiar por la simple razón de poder participar en una civilización industrial. En ese mismo instante se comprobó que ciertos niños que hasta entonces no eran considerados patológicos, se les calificaba así, y en ese momento entran en la patología aquellos niños que no alcanzan el coeficiente  60.

El límite que se traza entre la patología y la normalidad depende de factores sociales; y se puede decir de una manera general que esto es cierto, ya que existen variaciones culturales de la tolerancia social respecto a las desviaciones  mentales. Hay ciertas sociedades con una tolerancia mayor hacia ciertas desviaciones mentales y que, por tanto, no las considera patológicas, y otras en cambio no son tolerantes y las  consideran patológicas.

Incluso cuando no hay lesión cerebral se consideran patológicas las alucinaciones, como por ejemplo, aquellas personas que escuchan voces en la habitación contigua y creen que es una conspiración contra ellas.

El gran problema que a mi parecer existe – concluyó Pichot – es el de la alienación entre el límite desde lo normal a lo patológico influidos por la tolerancia social”.

 

 

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(Imágenes -1 – Groebli – 1946/2- Ljubisa Danilovic/ 3-hannes Kilian – 1965)

PALETA Y VIDA EN RENOIR

“La paleta de Renoir estaba limpia “como una tacita de plata” – recuerda uno de sus hijos y de él he hablado ya en Mi Siglo.” Era una paleta cuadrada – evocaba Jean, el gran director de cine – que encajaba en la tapa de la caja, que tenía la misma forma. En una de las salserillas dobles ponía el aceite de linaza solo, en la otra una mezcla de aceite de linaza y de esencia de trementina, a partes iguales. En una mesa baja, al lado del caballete, había un vaso lleno de esencia de trementina en el que enjuagaba el pincel casi después de cada aplicación de color. En la caja y encima de la mesa había unos cuantos pinceles de recambio. Sólo usaba dos o tres a la vez. En cuanto empezaban a estar muy gastados, o chorreaban, o por la razón que fuere, no le permitían ya un toque de precisión absoluta los tiraba. Exigía que se destruyesen los pinceles viejos, por si se volvía a topar con alguno mientras trabajaba”. Y ahora, al acercarnos a estos cuadros que se exponen actualmente en el Prado, esa paleta limpia de Renoir nos sigue revelando confidencias. “Sitúo mi tema como quiero – le decía a Walter Pach en 1908 -, después me pongo a pintar, como haría un niño. Quiero que un rojo sea sonoro y resuene como una campana; si no, voy añadiendo rojos y otros colores hasta conseguirlo. Esos son todos mis trucos. No tengo reglas ni métodos; quien quiera puede examinar lo que uso o mirar como pinto – verá que no hay secretos (…) ¿Quiere usted que le diga cuáles son para mí las dos cualidades del arte? Tiene que ser  indescriptible e inimitable…La obra de arte tiene que apoderarse de uno, envolverle, transportable. Así el artista puede expresar su pasión; la corriente que emana de él es lo que transporta a su pasión”.

Paleta y vida en Renoir, también paleta y decrepitud, también paleta y enfermedad.  En 1912, tres años después de la conversación con Pach, cuando la salud del artista estaba empeorando y llevaba dos años sin ponerse en pie, se encontraba como siempre sentado ante el caballete y preparándose para empezar a pintar. “Tenía la paleta bien limpia en las rodillas – cuenta nuevamente su hijo Jean -. El médico alzó a mi padre del sillón. Volvía a ver las cosas desde el ángulo de una persona que tiene los ojos al mismo nivel que los demás hombres. Y miraba a su alrededor con gran satisfacción. El médico lo soltó. Mi padre, dependiendo ahora sólo de sus fuerzas, no se cayó. (…) Entonces el médico ordenó a mi padre que anduviese. (….) Mi padre dio otro paso, y luego otro; y parecía que iba quebrando los hilos del destino. (…) Mi padre dio la vuelta al caballete y regresó a su silla de inválido. Aún de pie, le dijo al médico: “Renuncio. Me exige toda mi voluntad y ya no me quedaría voluntad para pintar. La verdad es que – e hizo un guiño malicioso – si tengo que escoger entre andar y pintar, prefiero pintar“. Volvió a sentarse y nunca más se levantó”.

Si esto lo evoca Jean en “Renoir, mi padre(Alba),  Ambroise Vollard por su parte escucha las confidencias del artista recordando que ” no pensaba más que en su pintura y había acabado resignándose a sus manos que se cerraban, a sus piernas que se agarrotaban un poco más cada día. “¡ A fin de cuentas- decía el pintor -. soy un hombre con suerte!”. “Débil y viejo ya – resume Perruchot al hablar de su vida -, lejos de de corromper y destruir su genio de artista, de reducirlo a la suerte común, a la inercia de la decrepitud, le ha permitido un supremo avance en el corazón de la realidad”.

“Blanco de plata, amarillo de cromo, amarillo de Nápoles – describía el propio Renoir la composición de su paleta -, ocre amarillo, tierra de Siena natural, bermellón, laca de granza, verde veronese, verde esmeralda, azul de cobalto, azul ultramar, cuchilla de paleta, rascador, esencia de trementina, lo preciso para pintar. El ocre amarillo, el amarillo de Nápoles y la tierra de Siena no son sino tonos intermedios de los que se puede prescindir puesto que se pueden hacer con los otros colores. Pinceles de marta, brochas planas de seda”.

(Pequeña evocación al inaugurarse en Madrid la exposición “Pasión por Renoir)

(Imágenes:-1.-autorretrato.-1899/ 2.-Pére Fournaise fumando en pipa.-1875.- Williamstrown Sterling and Francine Clark Institute/ 3.-En el concierto.-188o.-Wililamstown, Sterling and Francine Clark Art Institute)

MEDICINA Y LITERATURA

“La profesión médica no me interesaba, pero me ofrecía la oportunidad de vivir en Londres, y de adquirir así la experiencia mundana que tanto deseaba tener – cuenta Somerset Maugham en “Recapitulación” (Plaza & Janés), evocando el recorrido de su vida -. Ingresé en el hospital de Santo Tomás en el otoño de 1892.(…) Allí estaba en contacto con todo lo que más deseaba conocer: la vida en toda su crudeza. En aquellos tres años tuve ocasión de ser testigo de todas las emociones de que es capaz un hombre. Ello excitaba en mí mi instinto dramático. Y hacía surgir al novelista que había en mí“. La vocación y la raíz de la literatura ha surgido algunas veces en contacto con la enfermedad y la medicina, y en ocasiones, como en el caso de la mexicana Bárbara Jacobs al contemplar el primer cadáver, empujó radicalmente el rumbo de una decisión, tal como conté ya en Mi Siglo. Muchos médicos han sido personajes de grandes novelas. Sólo basta poner el ejemplo de que de los 2.472 personajes de Balzac, 31 son médicos. Por otra parte, a lo largo de la Comedia Humana se aborda la tuberculosis, las fiebres pútridas, los envenenamientos, numerosas apoplejías y varias dolencias de corazón. La salud y sus carencias siempre han interesado a los grandes creadores. La falta de salud, lógicamente, ha despertado la atención de los escritores y la extension de las grandes pandemias por la Historia suscitaron descripciones numerosas, entre otras, en Bocaccio, Samuel Pepys, Defoe o Camus. Las enfermedades cercanas, al visitar puntualmente a quienes escribían, provocaron también revelaciones en su correspondencia.  Flaubert , por ejemplo, le dice a Louise Colet mientras compone Madame Bovary que su dolencia nerviosa le había causado alucinaciones y es a partir de 1853 cuando desea comentarle que ya han pasado las épocas de sus ataques nerviosos: “eran pérdidas seminales de la facultad pintoresca del cerebro – le confiesa el novelista -, cien mil imágenes que saltaban al mismo tiempo, como fuegos artificiales“.

Medicina y literatura han ido muchas veces hermanadas, como lo han hecho de algún modo también arte y enfermedad melancolía y música, comentadas igualmente aquí. Keats en sus Cartas, en los últimos años de su vida, consumido por una enfermedad mal atendida  – como cuenta Lord Houghton estudiando la correspondencia del poeta (Imán) -, reflexiona en 1820 sobre la relación que existe entre enfermedad y creación artística: ¡ de qué asombrosa manera el riesgo de abandonar este mundo hace que sus bellezas naturales se impriman en nosotros! (…) Pienso en los campos verdes; medito con el más grande cariño sobre cada flor que he conocido desde mi infancia; sus formas y colores son tan nuevos como si acabara de crearlas con una fantasía sobrehumana. Y eso ocurre porque están relacionadas con los momentos más irreflexivos y más felices de nuestra existencia. He visto flores exóticas en invernáculos, flores de la más grande belleza, pero no me importa nada de ellas. Las simples flores de nuestra primavera es lo que necesito ver otra vez”.

Es la sensibilidad en la epidermis de la escritura, la evocación de la salud, el recuerdo de tantas alegrías pasadas.

(Imágenes: 1.- El boticario.-Pietro Longhi.-1752.- Galería de la Academia.-Venecia.-wikipedia/ 2. –Nora Heysen.- 1945.- f. feminine)

DIBUJOS BAJO EL COLCHÓN

Escondidos bajo un colchón para protegerlos, con herramientas apiladas en su mesita de noche, recluido en un espacio compartido en un rincón del pabellón en el De Witt State Hospital en Auburm, California, el artista autodidacta mejicano Martín Ramírez fue trabajando sus dibujos durante quince años y ahora se exponen en Madrid, en el Reina Sofía hasta el 12 de julio. Ramírez, que a veces mostraba sus rollos acabados en la puerta del porche del pabellón, colgándolos de las bisagras, no podía imaginar que un día caminara el mundo entero por los apretados senderos de estas múltiples líneas flexibles componiendo espacios creadores y atisbando rendijas por donde escapar.

Escapaba él a su modo de la enfermedad.”Las palabras lograrán aliviar la mente infeliz y podrán abatir la negra melancolía“, había dicho Horacio. No sólo las palabras, también el arte, también la pintura. Martín Ramírez trabajaba toda clase de materiales para realizar su obra: notas de las enfermeras, hojas de cuadernos, vasos de papel, sábanas de papel para camillas, periódicos, revistas, y luego con ceras aplastadas, lápices de colores y pintura de base acuosa que aplicaba con un palillo -así reza el programa que presenta la exposición -, adhería todo ese material con pegamento casero, que a su vez fabricaba con almidón de patata, masa de pan y su propia saliva. Enfermedad y arte, como he dicho alguna vez en Mi Siglo, se hermanaban en esa tarea y los motivos se multiplicaban.

Como señala Philip Sandblom en “Enfermedad y creación” (Tezontle),” algunos de los enfermos que tienen talento se convierten en verdaderos artistas. Por medio de su obra nos invitan a explorar su mundo interior, fantástico, y totalmente ajeno al nuestro, ya sea deprimente o angustiado. Esteart brut“,” esta visión sin elaborar”, ha atraído el interés de psiquiatras e historiadores del arte por igual y hasta, como recuerda Michael Thévoz, se le ha asignado un museo“.

(Imágenes:-Martín Ramírez: 1.- Signature motif.-1954.- Guggenheim Museum.- -The New York Times/2.-Nunca se termina un viaje.-American Folk Museum/3.-Man at Desk.-Colección of Stephanie Smither.-The New York Times/4.-ciervo sentado con rostro abstracto.-1950-1963.-Centro Reina Sofía)

ENFERMEDAD Y ARTE

MATISSE.-FRFR.-Interior con violín,.1919.

Descubrí el color – decía Matisseno en la obra de otros pintores sino en la manera en que se revela la luz en la naturaleza. Me obsesioné con la pintura y ya no pude dejarla“.

En estos días en que Matisse inaugura una exposición en el Museo Thyssen de Madrid que durará hasta el mes de septiembre, sus palabras tras los lienzos nos recuerdan vicisitudes de su vida, salud y enfermedad enlazadas. Enfermo de apendicitis primero y con complicaciones posteriores, Matisse pasó luego a sufrir otra dolencia que le condujo a un cambio profundo del estilo de su pintura: de la invención aguda y radical al estudio sensible de la luz del Sur. “Dejé l`Estaque  – confesó – porque el viento me había hecho contraer una molesta bronquitis. Me trasladé a Niza para curarme, y aquí me he quedado casi toda mi vida”.Matisse.-C.-por Henri Cartie-Bresson.-1944.-fotos org

Posteriormente, Matisse demostró que una enfermedad grave puede dejar profundas huellas aun si el paciente se recupera. Cuando andaba por los 70 años, se le desarrolló un cáncer de colon. Aceptó de mala gana la operación que fue practicada por tres de los más célebres cirujanos de Francia. Lograron salvarle la vida pero quedó gravemente enfermo. El que fuera profesor de cirugía y miembro honorario del Colegio Norteamericano de Cirujanos, Philip Sandblom, mantuvo años después una conversación con Matisse mientras éste estaba en cama, con un gato a sus pies, e indicando con una varilla cómo debían pegarse sus grandes recortes en la tela, aquellas aguadas sobre papeles recortados, meclando pintura y lápiz, para vencer los obstáculos de sus limitaciones corporales.  “La enfermedad – dice Sandblom en su libro “Enfermedad y creación” (Fondo de Cultura) – había alterado su actitud ante la vida y hacia el arte. Quería llenar los años de vida que le quedaran con toda la felicidad posible. Durante sus primeros años, a fuerza de mucho esfuerzo y grandes dolores, a menudo había penetrado en nuevos caminos por el arte moderno; ahora deseaba darse el gusto de recorrer esos caminos nuevamente con corazón ligero y sin ningún esfuerzo. Su estado mental se refleja en sus cuadros. En sus últimas obras se adivina un aire feliz de tranquilidad y reposo. El mismo Matisse estaba tan convencido de la benéfica irradiación de sus colores y de su poder curativo que colgó sus cuadros alrededor de las camas de sus amigos enfermos“.

MATISSE.-Retrato de Matisse por André Derain.-1905.-museumsyndicate

 Paul Klee, cenando una noche de junio de 1939 con el marchante Kahnweiler y hablando de su próximo final, cuando ya tiene el brazo afectado por la dolencia y ya no puede sujetar ni su querido violín, ni el pincel y el lápiz, murmura: “Las enfermedades endurecen la pintura…”. Unas veces la endurecen y otras – como en el caso de Matisse – la suavizan. Recuerda Sandblom que la influencia de la enfermedad en el individuo creador puede comprobarse de diversas maneras: Pierre Ronsard empezó a hacer versos cuando su sordera le impidió seguir la carrerra diplomática, Vivaldi se dedicó a componer debido a que el asma le impedía decir misa; hasta la técnica puede resultar afectada, como en el caso de Monet, cuando ejecuta sus pinturas estando casi ciego. Otros en cambio utilizan la enfermedad para describirla, como en Charlotte Brontë, Chejov, Dostoievski, Virginia Woolf o Goya.

Sueño un arte equilibrado, puro, apacible -escribió Matisse -, sin motivo inquietante o turbador, que sea para todo trabajador intelectual, para el hombre de negocios como para el escritor, por ejemplo, un lenitivo, un calmante cerebral, algo semejante a un buen sillón que le descanse de sus fatigas físicas“.

(Imágenes: 1.-Matisse: Interior con funda de violín.-1918-1919.- essyart/2.- Matisse fotografiado por Henri-Cartier -Bresson.- 1944.-/3.-retrato de Matisse por André Derain.- 1905.-museumsyndicate)

MÚSICA Y MELANCOLÍA

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 La Filmoteca Española ha programado un ciclo sobre la melancolía en el cine y ello me lleva a cuanto hace poco escribí sobre esa aflicción en una Revista : “La melancolía – recordaba – no es hermana exclusiva de los tristes y la “acedia” – la llamada “tristeza o melancolía del mundo”, (expresión también de una vacilación o  rechazo a devenir lo que la persona realmente es, por su propia naturaleza) -, aquello que Kierkegaard llamaba “la desesperación de la debilidad”, tiene unas hijas propias que el filósofo alemán Josef Pieper ha analizado muy agudamente. “Ningún hombre puede mantenerse en la tristeza”, se lee en la Biblia,  y una de las hijas de esa “acedia” o tristeza  es la vagabunda inquietud de espíritu, que a su vez se revela  (y esto, en principio, nos parecería sorprendente) en la abundancia de palabras en la conversación, es decir, en la verbosidad o charlatanería incesante,  en la ininterrumpida  búsqueda  de novedades – por tanto, en la curiosidad permanente -, como también  en la dispersión, en la ausencia de sosiego y de reposo, en realidad en el no parar  y en  la inestabilidad de lugar y de decisión.

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 Estudiada la melancolía por grandes autores  – son célebres los volúmenes  “Saturno y la melancolía” de Klibansky y Panofsky (Alianza) y el exhaustivo tratado de Robert Burton, “Anatomía de la melancolía  (Austral) -, se han analizado las múltiples causas que la provocan, se han enumerado sus  síntomas, se han aportado posibles remedios y curaciones, se ha contemplado la relación que ella puede  tener con el amor, los celos, la belleza del rostro o de los ojos, se ha considerado – y así lo hace Burton -cómo nos puede afectar la melancolía amorosa al traspasar las fronteras de los sentidos, de qué forma los encuentros, las conversaciones, los cantos, los engaños, las promesas, las quejas y las lágrimas trenzan muchas de esas melancolías que existen en el mundo, y cómo el miedo, la pena, la desconfianza, ciertas conductas extrañas, juramentos, juicios, ultrajes y gestos influyen en ella,  cercando  a la melancolía con  las pasiones y turbaciones de la mente – con  la envidia, la malicia, las preocupaciones, miserias, vanaglorias y tristezas de la existencia -, mezclándola con pavores, burlas, calumnias, necesidades y ausencias. El universo de la melancolía es amplísimo y por citar un aspecto entre mil  he ahí a la música como uno de los  remedios  – según Burton  – para apartar esa melancolía. “La música –señala él  – es la mayor medicina de la mente,  un poderoso golpe para elevar y reavivar un alma lánguida, “afectando no sólo a los oídos, sino a las propias arterias, los espíritus vitales y animales, eleva la mente y la agudiza” como así  dice  Lemnio. Juan de Salisbury, por su parte, indica que la música tiene su efecto sobre las almas más embotadas, severas y dolientes, “expulsa la pena con alegría, y si hay algunas nubes, polvo o escoria de las preocupaciones todavía latentes en nuestros  pensamientos, los barre poderosamente”.

 

 Muchos hombres – apunta también  Robert Burton – se ponen melancólicos al escuchar música, pero les causa una agradable melancolía, y por lo tanto, para quienes están descontentos, con pesar, miedo, dolor o están abatidos, es el mayor remedio presente. Plutarco a su vez  decía que la música vuelve a algunos hombres tan locos como tigres y  Homero, que la música hace a algunos despertar y a otros dormir, mientras Teofrasto profetizaba que las enfermedades tanto se pueden adquirir  como mitigar con la música”.

(Imágenes.-1- William Herschel por Julia Margaret Cameron.-Imagery Our World./ 2.-foto: Desiree Dolron.-Michael Hopper Contemporay)

VIAJE A LA CAMA

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Ahora que veo en “El tinglado de Santa Eufemia” que Ángel Duarte ha atravesado las estancias de la gripe, con todo lo que ello significa de transformaciones y de variaciones en el cuerpo e incluso a veces en el espíritu, recuerdo el espléndido texto de César González Ruano,Viaje a la cama”, un prodigio de observación siempre que lo leo: 

 

                             “Se dispone uno a encamarse cuando el aviso de la fiebre es ya bien concreto, como se dispone uno a emprender un viaje (…)

                             ¿Cuánto tiempo vamos a permanecer en esa compleja ciudad que es la cama? Nunca se sabe. A cierta altura de la vida se adquiere cierto escepticismo y una como moderación en las impaciencias. Igual puede ser cuestión de tres o cuatro días que tener mala suerte. Escribimos algunas cartas. Ordenamos algunos papeles. Hacemos, en la biblioteca, una buena selección de volúmenes: lectura fácil y, sobre todo, relectura. Releer es un lujo para un profesional de las letras. En el tiempo en que volvemos a leer un libro ya conocido, podíamos descubrir o aprender algo en otro. Pero, ¿y la enfermedad misma, no es un lujo fabuloso en esta profesión? Pues unamos dos delicias onerosas. La conciencia ‑esa forma elevada de la educación‑ no nos acusa esta vez. Uno no tiene la culpa de todas sus debilidades.

                             La mesilla de noche se va llenando de una manera ordenada y calculadísima: el pañuelo; los dos frasquitos con pastillas; la pitillera y las cerillas por si se puede, de cuando en cuando…; la cartera; las gafas para leer de tan reciente costumbre.

                             En la silla quedan los libros por el orden en que suponemos que nos van a interesar. Al respaldo, la bata, la vieja bata de lana, y las zapatillas en el suelo. Ya está todo. Miro aún a la calle. Me llevo la instantánea de su atardecer. Y entro en la cama lo mismo que tantas veces de mi vida he entrado en el vagón de un tren. Ahora viajaré también por la pesada y a veces voluptuosa geografía de la fiebre alta, y dentro de unos días, si Dios quiere, volveré a la estación de término, un poco cansado y pálido, y todos estos libros serán como nuevos libros comprados en ese viaje, y saldré a la calle y volveré al café; y para que sea mayor la ilusión allí me preguntarán que si he estado fuera tan infaliblemente como cuando vengo de fuera me preguntan que si he estado malo.

                             La primera noche ha sido bien incómoda: sudores, pesadillas y aún toda una rebeldía física un tanto estúpida como la que nos hace, las primeras horas de viaje, no encontrar postura. Aun el cuerpo no está bien domado por la fiebre. Todavía no ha entrado la imaginación en el mundo fabuloso de su abandono y de no pensar casi en las cosas de este mundo. Pero me conozco bien y me río de mí mismo pensando en que aún estoy demasiado entero. (…)

                             El día, mediocre en su mañana. La fiebre ha subido ya seriamente por la tarde. (…) Me importan muy pocas cosas en estos momentos. No me importan ni los libros que me traje para leer. En realidad, no sé lo que me importa. Tal vez me gustaría tener entregados veinte artículos, para no pensar tampoco en esto. (…)

                             La fiebre aumenta. Llega hasta cerca de cuarenta. Mañana será atacada con piramidón o con lo que sea. Pero esta noche hay que hundirse en ella con voluptuosidad. El alma se va haciendo infantil: “Estoy muy malo, estoy muy malo…” Es como el ruido de la máquina del tren. ¡Qué ingenua vanidad tenemos los enfermos! Esta sensación de encontrarme con la piel ardiendo, la boca seca, la cabeza poco segura…, todo esto es como el premio Nobel de nuestra alma infantil. Podemos quejarnos un poquito, pedir tonterías, decir vaciedades y todos nos darán la razón. ¡Ah, qué estado de raro privilegio! (…)

                             Hace frío aquí dentro. Se tirita ahora. ¿Qué serranía está pasando el tren? ¿Qué ventana se ha abierto?”.

(Se lo dedico a Ángel Duarte y a cuantos han salido o van a entrar – todos entramos – en ese laberinto personal de la cama y la fiebre, un universo inesperado)

(Imágenes: paisaje.-flickr)

EL LADO OSCURO DEL ESFUERZO

En general, se elude exigir esfuerzo a los niños – a  los hijos -, no vaya a ser que se molesten o que crean que esta vida es costosa. En general, se elimina el esfuerzo a los alumnos, permitiéndoles que pasen de curso con dos o tres asignaturas, no vaya a ser que les parezca difícil el Instituto. En general, no se pide  esfuerzo a los universitarios con un trabajo serio de investigación, no vaya a ser que abandonen por fatiga. En general, se oculta el lado oscuro del dolor, se elude el sacrificio o la renuncia, se escamotea la muerte, no vaya a ser que a alguno le parezca áspera la vida. En general…, siempre, siempre en general…, puesto que hay excepciones ocultas, existencias sencillas, vidas anónimas que van contracorriente y de las que nadie habla. En general, no se comenta nada de la lucha, del combate por existir, del esfuerzo por vivir un día más, del esfuerzo también por superar una enfermedad. En general…, siempre, siempre en general…, los aperitivos de la Televisión nos ofrecen la pasarela social de la juventud bronceada, del cuerpo sin grasa, de la elasticidad del gimnasio, del vientre perfecto tras la maternidad y de la sonrisa permanente y luminosa.

En general, siempre en general…,aunque lo general es lo cotidiano, esto que vemos todos los días.

Por eso comparto con alegría estas palabras encontradas en Una temporada en el infierno: “ los ejemplos de hombres y mujeres capaces de combatir y vencer el cáncer, cuando ha sido posible, se me antojan con frecuencia modelos admirables: hombres y mujeres capaces de resistir, luchar, a solas, contra el atroz fantasma de la muerte”.

Y más arriba, esta otra denuncia:

” no soportamos las imágenes públicas de la enfermedad, cuyo combate puede ser un modelo heroico, para los vivos y los muertos”.

(Imágenes: foto: John Bock.-Museum of Modern Art)

LA MÚSICA INAUDIBLE


Leo en la prensa la noticia de ese robot, ASIMO, de metro y medio de estatura, que ha dirigido a la Sinfónica de Detroit con “El hombre de la Mancha“. La actuación de ese androide que puede andar, subir escaleras y que está programado para manejar sus articulaciones con movimientos rígidos, capaz de seguir los mismos gestos de un director pero no de responder a los músicos – es decir, no poder escucharlos -, me lleva al silencio opaco de esa sordera en la historia, la cavidad de la sordera en los oídos de músicos célebres y en general de grandes artistas.

Keats escribió:

Dulces son las melodías que se oyen, pero más lo son

Las inaudibles; por eso, dulces flautas, tocad;

No al oído sensual sino, más bello aún,

Tocad al espíritu tonadas sin sonido.

Beethoven en sus últimos años se liberó de las “sonoridades comunes” y solamente percibía sus composiciones con el “oído interno“, con la música inaudible.

No sólo Beethoven sino Goya y Swift, entre otros, perdieron los sonidos familiares del entorno y hubieron de sumergirse en una opresiva atmósfera de un silencio mortal.

Swift confesaba:

“Estoy sordo; ¡oh!, cómo es posible aceptar la deficiencia del sentido que yo debería poseer en mayor grado que nadie (…) he de vivir como un proscrito; cuando me aproximo a un grupo de personas me atemoriza que vayan a darse cuenta de mi estado.

¡Cuánto me desespero si alguien junto a mí oye una flauta que yo no he oído o si alguien oye el canto del pastor y yo ni siquiera lo he escuchado! Estos incidentes me sacan de quicio y hasta he estado a punto de matarme. Sólo el arte, mi arte, ha podido detenerme; oh, sé que no puedo abandonar el mundo hasta no haber creado lo que creo que se me ha encomendado; y he tenido que soportar esta vida miserable, realmente miserable.
De hoy en adelante, la paciencia será mi guía. He decidido definitivamente, eso espero, aguantar hasta que la inflexible Parca decida cortar el hilo”.
Gabriel Fauré, por su parte, tuvo tan intenso dolor de oídos que su capacidad auditiva no sólo disminuyó, sino que también le cambió calidad tonal, de tal manera que todo lo oía desafinado: las notas agudas las oía un tercio de tono más altas, y las graves un tercio de tono más bajas. Nunca pudo escuchar sus últimas composiciones como él las había concebido: “Lo único que oigo son atrocidades”, se lamentaba el anciano maestro.

Todo esto me ha venido a la mente al oir “El hombre de la Mancha” en Detroit. Los músicos nos escuchábamos mientras el robot giraba rígidamente, creyendo engañarnos a nosotros, a la orquesta. Pero no nos engañaba. Sabíamos que el androide no podía recibir ningún sonido y le mirábamos asombrados porque nada llegaba a sus oídos vacíos.