JOB Y BECKETT

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Veo las estanterías de las librerías, paseo por las mesas de novedades, hojeo las páginas recien salidas de las editoriales y recuerdo aquellas palabras de Ionesco hablando de nuestra época y de todas las demás, del esfuerzo creador, de la simplicidad de los lenguajes:

«Para pertenecer a su época – escribía Ionesco en  «Notas y contranotas» (Losada) – basta una presencia, una sinceridad ciega y, por eso mismo, clarividente: se pertenece (por el lenguaje) a ella o no se pertenece, casi naturalmente. Se tiene la impresión asimismo, que cuanto más se pertenece a su época más se pertenece a todas las epocas ( si se rompe la cáscara de la actualidad superficial). El esfuerzo de todo creador auténtico consiste en deshacerse de las escorias, de los clisés de un lenguaje agotado para recuperar un lenguaje simplificado, esencializado, renaciente, que pueda expresar las realidades nuevas y antiguas, presentes e inactuales, particulares y a la vez, universales.

Las obras de arte más jóvenes, las más nuevas se reconocen y hablan a todas las épocas. Sí, el rey Salomón es mi guía; y Job, ese contemporáneo de Beckett».

EL OJO DEL ARTISTA

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El ojo del artista no ve el mundo como el resto de cualquier otro ojo humano.  La famosa frase de La Bruyère, «todo está dicho, y llegamos demasiado tarde, pues hace ya siete mil años que existen hombres, y que piensan«, no parece afectar al ojo del artista, ni tampoco a su mano, que lo mismo se desliza sobre la pintura, la música o el papel. El ojo del artista ve siempre el mundo por primera vez como si nadie lo hubiera visto nunca. Incluso ve los matices del mundo, todas sus capas, lo que el mundo esconde bajo una visión superficial.  Muchos filósofos y científicos lo han recordado. Entre ellos el norteamericano Charles S. Peirce al comentar un paisaje: «Cuando el suelo está cubierto de nieve en la que el sol se refleja brillantemente excepto donde caen las sombras, si preguntas a cualquier hombre corriente cuál parece ser su color, te dirá que blanco, blanco puro, más blanco a la luz del sol, un poco grisáceo en la sombra. Pero no es lo que está ante sus ojos lo que está describiendo; es la teoría de lo que debería verse. El artista le dirá que las sombras no son grises sino de un azul pálido y que la nieve a la luz del sol es de un rico amarillo.»

Así se queda largo rato mirando la nieve el ojo del artista. Así se queda mirando siempre el mundo el ojo que lo acaba de descubrir.

(Imagen.-foto: Charles Rex Arbogart.-Associated Press.-The New York Times)

LAS HISTORIAS COMIENZAN

 Las historias comienzan. No se sabe cómo se desarrollan, no se sabe cómo acaban. De un pequeño grano de trigo puede nacer un mundo posterior, de la simiente se eleva un árbol y con  un diminuto grito apenas perceptible podría incendiarse un Palacio. Ya hablé en Mi Siglo el 28 de octubre del 2007 del interesante libro de Amos Oz «La historia comienza». En el cine es lo mismo. Cuando los labios de Marlon Brando pronuncian el nombre de Emiliano Zapata el círculo de la amenaza se cierne sobre el papel y el drama cinematográfico comienza. Elia Kazan va trazando su historia y los inicios y titubeos en la creación son los mismos en un film que en una escritura. Es el pánico escénico de la página en blanco, sea en un guión o en una novela. «Una página en blanco es en realidad una pared encalada sin ninguna puerta ni ventana. Empezar a contar una historia es como tontear con una persona totalmente desconocida en un restaurante. ¿Recuerdan al Gurov de Chéjov en «La dama del perrito«? – sigue explicando Amos Oz -. Gurov hace al perrito un gesto monitorio con el dedo una y otra vez, hasta que la dama le dice, ruborizándose: «No muerde», y entonces Gurov le pide permiso para dar un hueso al can. Tanto a Gurov como a Chéjov se les ha dado así un hilo que seguir; empieza el coqueteo y el relato despega. El comienzo de casi todos los relatos es realmente un hueso, algo con lo que cortejar al perrito, que puede acercarlo a uno a la dama (…) Así pues, uno se sienta y se pregunta qué debe ir primero y cómo llegar a ese comienzo en medio del camino. Sentándose. Garabateando en la hoja. Arrugándola. Tirándola. Garabateando en la hoja siguiente: formas, flores, triángulos, rombos, una casa con una pequeña chimenea, un gato sin pelo. Arrugándola de nuevo. Tirándola». Todas esas cuestiones de indecisión de escritura, de tanteos, aciertos y desaciertos se las plantea Oz. Pero luego llegan las preguntas de todo creador: «¿Qué es, en última instancia, un comienzo? ¿Puede existir, en teoría, un comienzo adecuado para cualquier relato? ¿No hay siempre, sin excepción, un latente «comienzo antes del comienzo»? ¿Algo previo a la introducción, al prólogo? ¿Un acontecimiento anterior al Génesis?».

Amos Oz se hace todas estas preguntas como se las hizo sin duda Elia Kazan ante la página en blanco antes de decidir que Marlon Brando iba a revelar su nombre – Emiliano Zapata – destacándose de entre todos los campesinos de la sala.

(Imagen: escena de «¡Viva Zapata!», de Elia Kazan, (1952)

GIULIETTA DE LOS ESPÍRITUS

«Al Fellini auténtico lo había visto pasar en 1963 por una Via Veneto auténtica, no por el escenario construido para la Via Veneto ficticia en donde se rodó La dolce vita. Ahora, en los estudios  Rizzoli, en ese 24 de febrero de 1965, estaba Federico Fellini ante mí con la gabardina puesta, ultimando sus asuntos para marcharse. ¿Se acordaba? Sí, se acordaba de mí. Se despoja de la gabardina: nos hemos quedado solos en este despacho.

Me habla Fellini de su resistencia a los periodistas. De su resistencia a las preguntas. Le recuerdo que él fue periodista. Hace un gran esfuerzo por concentrarse, por salir de esa película que ahora está rodando, Giulietta de los espíritus. Se le ve que Fellini, recostado en este sillón, mira los exteriores del bosque donde Giulietta Masina está bajando del árbol, descendiendo de la casa de ramas, descubriendo con ojos de payaso el suelo. El despacho en que charlamos huele a bosque, el bosque huele a decorado, los decorados los clavan los carpinteros, a los carpinteros les pagan los productores. Huelen los productores a bosque, esperan en la sombra, con sus puros habanos encendiendo sortijas en la oscuridad, a que nosotros terminemos. Suena el teléfono. Fellini se levanta, habla, cuando vuelve dice que Giulietta de los espíritus quiere tenerla montada pasado mañana.

Hablamos de la libertad. Condena las dictaduras y defiende la libertad de expresión en el juicio, en el pensamiento, en la cultura. Su discurso es el discurso de la libertad. Está recostado en su butaca, su grueso cuerpo envuelto en un chaleco, en una chaqueta, se ha vuelto a poner encima un impermeable. Tiene los ojos grandes y blandos, la voz que oí por teléfono aguda y atiplada, ahora se ahonda algo más y es un poco más grave. Llovía fuera, en Roma, cuando llegué, y quizá Fellini note la lluvia en este cuarto, la libertad hincha y encoge estas paredes, y en algún sitio, tal vez los hombres de los efectos especiales estén volcando cubos de lluvia sobre esta habitación hasta que salga agua por el auricular del tegiulietta-de-los-espiritus-1léfono.

Soy un periodista español que en esta jornada de frío y lluvia está ante el director de Las noches de Cabiria mientras Giuletta Masina sube y baja asombrada de cómo asombra Federico, cómo dirige, el bosque de los espíritus es real y la casa encantada de Giulietta cuelga entre las ramas de los árboles, los árboles los sostienen los decoradores, los decoradores irán a cobrar semanalmente a la cola de los comparsas, esperarán ante la ventanilla donde vuelan los billetes de banco que reparten los productores, esas calvas orondas, brillantes, lustrosas, los ojos cegados por el incendio de los habanos, los habanos que crujen mientras hablamos Fellini y yo en este despachito». («Diálogos con la cultura», págs 175-176)

(En estas semanas en las que se evocan en muchos sitios – entre ellos en el Círculo de Bellas Artes de Madrid – los quince años de la muerte del director italiano, este pequeño recuerdo de aquella inolvidable entrevista que mantuve con él)

(Imágenes: Marcello Mastroianni y Claudia Cardinale en  «8 1/2», de Federico Fellini/  Giulietta Masina en el cartel de la película «Giulietta de los espíritus«)

APRENDIZAJE DE ESCRITOR

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«Yo creo que ser escritor es una muestra de gran humildad – dice Elio Vittorini en «Diario en público» (Gadir)-.

Lo veo como lo fue en el caso de mi padre, que era herrador y escribía tragedias y no consideraba que su escritura de tragedias fuera superior a su herrado de caballos. Es más, cuando estaba herrando caballos, nunca aceptaba que le dijeran «Así, no, sino así. Te has equivocado». Miraba con sus azules ojos y sonreía o reía y meneaba la cabeza, pero, cuando escribía, daba razón a cualquiera a propósito de cualquier cosa.

Escuchaba lo que cualquiera le dijese y no meneaba la cabeza, daba la razón. Era muy humilde en su escritura; decía que la tomaba de todo el mundo y, por amor a ella, procuraba ser humilde en todo: tomar de todo el mundo en todo.

Mi abuela se reía de lo que él escribía.

«¡Qué tonterías!»

Y mi madre, igual. Se reía de él por lo que escribía.

Sólo mis hermanos y yo no nos reíamos. Yo lo veía ponerse colorado, cómo agachaba, humilde, la cabeza y así aprendía yo. Una vez, para aprender, me escapé de casa con él.

De vez en cuando mi padre lo hacía: escapaba de casa a escribir en la soledad. Yo lo seguí una vez: caminamos ocho días por el campo de alcaparras, entre las flores blancas de las soledades, y nos detuvimos bajo una roca para estar un poco a la sombra, él, con sus azules ojos, que escribía, yo, que aprendía, y al regreso mi madre me apaleó por mí y por él.

Entonces mi padre me pidió perdón por los golpes recibidos en su lugar.

Recuerdo cómo fue. Yo no le respondí.

Y él me dijo con una voz terrible: «¡Responde!» ¿Me perdonas?» Parecía el espectro del padre de Hamlet cuando quiere venganza. No es que quisiera perdón.

Pero de ese modo aprendí lo que es escribir (…)».

(Esto cuenta de su infancia y de su aprendizaje el gran escritor italiano Vittorini, el autor de «Conversación en Sicilia» y, sobre todo, de ese delicioso libro, «El Simplón giña un ojo al Fréjus» (Gadir) . Aprendizajes siempre nuevos, infancias siempre aleccionadoras, oficios – herrador y escritor -llenos de paciencia y de cuidado, artesanos de las manos o del pensamiento.)

(Imagen.-Antonio J. «Camino de leña».-Flickr)

DESPACHOS Y MÚSICA

Cuando leo que Daniel Baremboim decora de modo especial su camerino en la Staatsoper, en Berlín, y  tal como dice el relato periodístico, » él se reserva una gran butaca de cuero negro, reclinable con un dispositivo cuyo manejo lo entretiene a todas luces. Venga de la gran araña o del exterior, la luz del camerino tiene una cualidad dorada, como el brillo que reflejan las grandes fotos de Jerusalén en las paredes» El País«), me viene a la memoria cómo decoraba a su vez Stravinski su ambiente personal en cada sitio que ocupaba hasta lograr una evocación de intimidad, un reflejo cálido de su vida pasada. Como dejé escrito  hace ya algún tiempo, « Stravinski construye su propio ambiente esté donde esté: extrae de su maleta litografías, que coloca en lugar de las ilustraciones triviales de los hoteles; coloca en su mesita de noche – en sus tiempos de enfermedad – plumas, cartapacios de música, pinzas, secantes, un reloj de la época de los zares y la medalla de la Virgen que el compositor lleva al cuello desde su bautismo». («El artículo literario y periodístico«, págs 303-304) . Es decir, crea su atmósfera particular. Ahí compone y ahí se concentra.

No es sólo la música la que rodea a los despachos creadores. Es una vida de recuerdos, retazos que viajan con uno para obtener ese tono de confortable serenidad que, en el caso de Stravinski, le llevó a decir a sus ochenta y cinco años: «Simplemente quiero continuar tratando de hacer mejor aquello que he hecho siempre, y esto a pesar de que las estadísticas me digan que debo ir cada vez peor. Y quiero hacerlo en este mismo «Identikit«, tan ajetreado, pero que ha alcanzado tan larga vida. Tengo que rehacerme a mí mismo, dice el poema de Yeats«.

Tuve la fortuna de conocerle en Roma, el 13 de junio de 1964, sentado junto al compositor Malipiero y a Milhaud. En una butaca especial, en la misma fila, escuchaba la «Sinfonía de los Salmos» con todos nosotros el Papa Pablo Vl. Luego le ví salir hacia la calle con la flexibilidad de su mente pensando en inglés, alemán, italiano y francés, pero sobre todo en ruso, quizá con fragmentos de textos desperdigados en sus bolsillos: música compuesta en agendas, márgenes de periódico, dorsos de menú, programas, trozos de servilleta, que luego iría pegando a las páginas de su cuaderno convenientemente ordenado y numerado con lápices de colores, de tal modo que esa agenda personal de inspiración le sirviera creadoramente como un continuo collage.

(Imagen: Stravinski, retrato por Jacques-Emile.-image.guardian.con.uk)

CUADERNOS ESCRITOS

Siempre me impresionaron esos cuadernos blancos sobre los que la mano se inclina y siembra letras, círculos y palotes que se aprendieron en la niñez, verbos, comas y sustantivos que hiló el primer maestro de escuela en una mañana fría, el lápiz apretado entre los dedos, la lengua asomando entre los labios, el ojo inclinado, reposando casi al borde del pupitre. La hoja blanca del cuaderno recibía la visita del primer escritor del alfabeto, luego la visita del segundo escritor del Diccionario, luego la tercera visita del escritor de estilo, luego la visita de la paciencia, del tesón, del quehacer, al fin las visitas de las influencias, lloviendo lecturas, la pupila cargada de autores, el tiempo artesanal, no del que quiere ser escritor sino del que simplemente quiere escribir.

Siempre me impresionaron esos cuadernos blancos dispuestos a contraer matrimonio con la pluma, a recibir al invitado de la lengua, al enamorado de la literatura. Abiertos como tierra sobre la mesa, la simiente iba dejando a cada rasgo no sólo secretos de la grafología sino la interpretación del mundo, lo que el mundo iba contando al que escribía. Siempre me impresionaron esos cuadernos blancos tan mansos para el tacto. por donde la palma de la mano acariciaba al pasar párrafos y frases.

Siempre me impresionaron esos cuadernos blancos como éste de Irène Némirovsky que me entrega su letra.

(Imagen: Cuaderno de Irène Némirovsky.- foto: Irène Némirovsky Archive/MEC.- The New York Times)

DUFY, PINTOR DE LA ALEGRÍA

A veces se encuentra una bocanada de aire fresco en el periódico. En medio de tantas negruras el espacio azul de un pintor se abre a nuestros ojos y Raoul Dufy nos presenta su cielo de colores vivos. El Museo de Arte Moderno de la Villa de París  y la exposición «Raoul Dufy, el placer» abierta hasta el 11 de enero, siembra las paredes de manchas de optimismo.  Conviene que el ojo se adentre en estos frescos y el pie en silencio camine por superficies poco atormentadas. Hay otro mundo separado de los estremecimientos, y ese mundo nos lo mostrarán siempre los artistas.

(Imágenes: cuadros de Raoul Dufy, Museo de Arte Moderno de la Villa de París.- foto AFP.- elmundo.es)

EL AÑO EN QUE MURIÓ FRANCO

Anoche, al oir que un juez deseaba comprobar de modo documental si había muerto realmente Franco, abrí  la novela que escribí hace años contando todo aquello y estuve leyendo largo rato:

«Era el principio de la parálisis. La cuarta lágrima negra había salido de Peña Urbión, en los confines de la provincia de Logroño con la de Soria, y metiéndose en aguas del río Duero por un cauce tortuoso, profundo y difícil, había recibido por su derecha al río Pisuerga y al río Esla, y por su izquierda al río Eresma y al río Tormes. Pero al ir a entrar en Portugal para buscar el Atlántico en Oporto, la lágrima negra se detuvo en la frontera, como si no supiera qué iba a pasar en España, si merecía la pena seguir o quedarse. La quinta lágrima negra bajó por la cuna del río Miño desde la laguna de Fuenmiña, en la provincia de Lugo, recibió al río Sil y pasó por Orense, pero cuando estaba ya siguiendo el borde de la raya portuguesa para desembocar junto a Caminha, en el Atlántico, se quedó inmóvil en la frontera, palpitando igual que un párpado. Era el principio de una parálisis que afectó a todas las lágrimas negras que viajaban por los ríos, un embotamiento que se transmitió al vuelo de los pájaros trigueros abandonando los hilos del teléfono, una morosidad en las alas de la alondra, un sosiego en el tamborileo del pico picapinos y una calma en el concierto del petirrojo. Durante muy largos meses las aves y los pájaros de las tierras españolas emprendían el vuelo en el aire y quedaban suspendidos en una indecisión de plumaje, sin saber si avanzar o retroceder, mirando a todos lados, sin atreverse a preguntar ni saber adónde dirigirse.

Aquel entumecimiento del país lo notó también en sus manos el viejo Tesifonte Morerías. Mientras los atentados querían precipitar la historia, mientras el cuadro de La prisa en el Prado quedó convertido en un bloque helado de lentitud, las manos vendadas del anciano Tesifonte fueron descubiertas una tarde por sus hijos. Felipe Argirión y Benito José se acercaron y vieron que las venas habían estancado la sangre y que las líneas de las palmas habían rejuvenecido tanto que las rayas ya no existían y la piel era la de un niño. Un día después murió Franco. Un día después murió el viejo Tesifonte. Un día después todas las lágrimas negras desembocaron en el mar. («Lágrimas negras».-Ediciones B.-1996, pág 200)

Luego cerré  mi novela «Lágrimas negras»  y apagué la luz.

(Imagen: foto: Man Ray.-bbc.co.uk)

EL CONTADOR DE HISTORIAS

Cuando nos acercamos al contador de historias que nos sonríe desde el cuadro y le contamos todas esas cosas que están pasando en nuestro siglo, esta crisis financiera del XXl, los pavores del terrorismo, la inoperancia de muchos políticos, la abulia general de tantas sociedades adormecidas, el contador de historias, cuyos rasgos están pintados en 1665, emerge su cabeza del lienzo y se acerca hasta nuestros oídos para susurrarnos cuanto vivió durante el siglo XVll y cómo superó, con una flema de ironía, aquellos avatares a la manera de Demócrito, que se reía de las miserias humanas.

El contador de historias creado por Rembrandt nos podría hablar del principio de la guerra de los Treinta Años, del «Cid» de Corneille, del Discurso del Método de Descartes, de la muerte de Cromwell y de muchas cosas más. Pero nada dice. Deja que nos acerquemos a él con nuestras historias recientes que parece que no se van a acabar nunca,  y sonríe. Sonríe enseñándonos a sonreir.

«Tú también un día contarás esa historia tuya – parece que nos dice – con una suerte de distanciamiento, como si no hubiera ocurrido».

Y luego con su sonrisa enigmática se aleja hasta el fondo del cuadro.

(Imagen: Rembrandt-«Autorretrato riendo», 1665-Colonia, Wallraf-Richartz-Museum) (Cuadro que figura en la exposición «Rembrandt, pintor de historias», Museo del Prado, del 15 de octubre de 2008 al 6 de enero de 2009)

LE CLÉZIO Y LA AVENTURA

«Para mí la escritura es más bien una aventura – decía Le Clézio a Pierre Maury hace más de veinte años -, una manera de salir de mí mismo y de encontrar otra cosa, una manera de descubrirme, sobre todo, de intentar comprenderme mejor. La escritura, de todas formas, procede muy frecuentemente por interrogaciones, por tanteos más que por afirmaciones. De todas las artes, la de escribir es la menos afirmativa. Pienso que un arte que se hace necesidad, hacer una mesa o un mueble, por ejemplo, no pregunta ese «puede ser». Tiene muchas certidumbres. El arte cinematográfico también, es un arte muy seguro…Uno no se puede permitir incertidumbres, tanteos. Lo que es fascinante en la escritura, en las novelas, en la literatura de una manera general, es que ella se va haciendo poco a poco. No se construye de un golpe. Cuando se lee, por ejemplo, a Conrad, Tourgueniev o a otros grandes novelistas, cuando uno termina de leer sus obras, se tiene el sentimiento de que alguna cosa se les ha escapado, de que ellos no están seguramente satisfechos del todo. Y sin embargo, el conjunto da la impresión de algo muy vivo.

Los verdaderos libros no tienen fin, justamente porque se trata de un movimiento perpetuo. Es un movimiento que no se detiene con la muerte del escritor. Con frecuencia se tiene el sentimiento de que el escritor es como un instante, como una bombilla que ilumina un instante, pero que luego cambia. La literatura es la corriente que está hecha de la lectura y de la escritura y que son infinitamente inseparables. Es este alimento, esta respiración, alguna cosa que va y que viene, y en la que el lector y el escritor son actores. Me parece que hoy se está llegando un poco con la novela a aquello que seguramente había fascinado a los griegos con el teatro y que se ha perdido un poco en el teatro de hoy, ya que el teatro está en competencia con el cine. Pero la novela permite esa  especie de cambio de personalidad. Hay algo que se hace y que se deshace con la novela. Un poco como si todo hubiera estado escrito por algún escondido Minotauro y que los escritores simplemente sean los escribas, que se encuentran a su servicio».

(Imagen: Le Clézio.-foto: Xavier Martin.-página12.com.ar)

CUANDO DESPERTÓ, EL MICRORRELATO TODAVÍA ESTABA ALLí

«-¿Cómo llegas a una escritura tan concisa y breve?.- le preguntó Graciela Carminatti a Augusto Monterroso. («Viaje al centro de la fábula».-Anagrama )

– Tachando. Tres renglones tachados, valen más que uno añadido. (…) Julio César inventó el telégrafo 2000 años antes que Morse con su mensaje: «Vine, vi, vencí». Y es seguro que lo escribió así por razones literarias de ritmo. En realidad, las dos primeras palabras sobran: pero César conocía su oficio de escritor y no prescindió de ellas en honor del ritmo y la elegancia de la frase».

Acaba de publicarse en el nuevo y más cómodo formato de la revista Ínsula un excelente número monográfico del mes de septiembre sobre el microrrelato en España coordinado por Fernando Valls, que a su vez habla estos días de él en su interesante blog La nave de los locos refiriendo las equivocaciones y errores que algunos periodistas cometen al informar sobre el microrrelato.

«El microrrelato- dice Valls en «Ínsula» -es un género fuera del comercio, por lo que el autor lo encara con libertad plena, prestándose a menudo a la experimentación, al valerse de la reescritura o la intertextualidad, sin que deba faltarle ni lo ambiguo ni el humor. Dada su condición extrema, la aparente facilidad que supone componerlo, no escasea lo trivial o la frase meramente ingeniosa, aunque – no lo olvidemos – esto ocurre con frecuencia en otras formas tan prestigiosas en sociedad como la novela, donde bajo el ropaje de lo ameno sólo se encubre lo banal, y no por ello descalificamos al género, en su conjunto. Y a diferencia del relato, con el que comparte diversas similitudes, sólo puede centrarse en un mínimo detalle, arrancando de inmediato para acabar al instante, permaneciendo gran parte del tejido narrativo sumergido, esto es, sobreentendido».

 Cuando despertó, la paciencia todavía estaba allí. La paciencia esperaba al escritor y el escritor miraba a la paciencia antes de proseguir.

Tal paciencia también se la  quiso confesar Monterroso a Graciela Carminatti:

– Creo que el consejo latino –dijo–  de guardar las cosas unos siete años sigue siendo bueno. Yo añadiría el de pensarlas.

-¿Y que ocurre si uno se muere antes?

Y Monterroso contestó:

-Nada.

(Imágenes:foto: Alexandre Duret-Lutz: Planets.-Imagery & our world/ ilustraciones de Augusto Monterroso.-cv.cervantes.es)

EL OTOÑO

Vienen todas las setas, los higos, las calabazas, las cebollas, los pimientos y las vides hasta esta tela del Louvre pintada por Giuseppe  Archimboldo en 1573 y en la que el otoño deja sus ramas caídas. Viene el  otoño con sus vientos aún leves, poco a poco turbulentos, los días que van decreciendo, las luces inciertas, las primeras chimeneas encendidas. Nos llega una humedad transparente, una llovizna tibia, ciertos pasos sobre las hojas. Vienen con esta estación los otoños en Boticelli, en Poussin, en Joardens. Notamos un olor a madera quemada que asciende del borde del jardín. Viene el libro de la mesilla a la mano, al lado de la lámpara, abierto ante nuestros ojos. Viene luego Archimboldo, en 1569, presentando al emperador Maximiliano ll esta serie de estaciones del año. Entonces miramos un momento el cuadro, contemplamos cómo se adensa el otoño tras la ventana, y en el silencio de la habitación nos disponemos a leer.

(Imagen: «El otoño», 1573, Giuseppe Archimboldo, 77 x 63 cm  (París, Museo del Louvre). -bideford.devon.sch.uk)

EL «PASO ATRÁS» EN LA CREACIÓN

 

Como ocurre con los pintores, los escritores y tantos otros artistas, el creador cinematográfico da también unos pasos hacia atrás en su trabajo para adquirir más perspectiva, calcula la distancia y las dimensiones que tendrá lo que quiere llevar a cabo, y su ojo de creador domina el cuadro entero antes de acercarse otra vez a la cámara  y disponerse  a filmar. Ese «paso hacia atrás»  lo confesó , como tantos otros, el escritor y cineasta francés Philippe Claudel cuando realizó la película «Hace mucho que te quiero«. «Imaginé – dijo- la historia de Juliette y Léa , dos hermanas que no han hablado en 15 años. Lo apunté en una libreta y me fui a Laponia. Allí, en invierno, las noches son larguísimas, sólo hay dos horas de luz. Fue un momento mágico para escribir».

Y allí, en las noches de Laponia, Philippe Claudel evocó a Nancy, la ciudad francesa en cuya Universidad había estudiado Literatura e Historia, pero sobre todo puso en pie esa otra pequeña historia de las separaciones y los reencuentros humanos que en la película protagonizan Kristin Scott Thomas y Elsa Zylberstein.

Una vez más la distancia que toman los creadores para enriquecer su perspectiva se revela importante. Es en esas dos horas de luz del invierno de Laponia cuando las calles de hace años, y también los portales, las ventanas y las sombras toman cuerpo. Claudel pensó en las dos actrices y declaró después que era importante que en el film «Juliette lleve los años de cárcel tatuados en la cara, y que Léa tenga el rostro y la silueta de una adolescente que rehusó crecer. Las dos actrices aceptaron esta transformación, lo que les obligó a rodar gran parte de la película sin maquillaje, desnudas. (…) Me fascinan las vidas secretas que convierten a los conocidos en desconocidos. Me encantan las mujeres, me fascina su fuerza, su capacidad de recuperación, de renacer, de apoyarnos y aguantar la vida miserable de los hombres. Tengo la impresión de que los hombres se rinden muy deprisa, pero no las mujeres».

 Eso debía ir pensando el director cinematográfico dando «pasos atrás» en su pasado, en su experiencia y en su tiempo mientras iba escribiendo por las noches aquel guión. Había dos horas de luz únicamente en Laponia pero ellas estaban iluminando todo cuanto había vivido y todo cuanto al fin quería entregar al espectador.

(Imágenes: Kristin Scott Thomas y Elsa Zylberstein en «Il y a longtemps que je t´aime», de Philippe Claudel/ Kristin Scott Thomas, en otra escena del film)

KAFKA Y SU PLUMILLA DE ESCRIBIR

Los investigadores, al acercarse a las obras de los grandes y pequeños autores para analizarlas, señalan cosas como éstas que llaman la atención:

«Legajo de 16 hojas con cuadrícula de color azul celeste procedente de un bloc, del que fueron segregadas. Según testimonio de Dora Diamant, compañera de Kafka durante su estancia en Berlín, la larga narración inacabada que ocupa la mayor parte del legajo, conocida en alemán, según la edición de Max Brod, como Der Bau (palabra que se ha traducido en español por «La construcción», «La madriguer o «La guarida»), fue redactada en esa ciudad a finales de 1923. Pero no «en una sola noche», como afirma Diamant, sino en varios días, como acreditan los cambios de letra en el manuscrito (…) Por el uso de una plumilla especialmente fina, que Kafka usó también en cartas fechadas a finales de 1923, se deduce que este legajo es anterior al que incluye la narración titulada «Una mujercita», por lo que cabe fechar su redacción en los dos últimos meses del año 1923″.

Leo esto en las Notas que Jordi Llovet aporta a la gran edición de las «Obras Completas» de Kafka (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores) y me pregunto qué se investigaría ahora – con Kafka y con tantos otros – si toda la creación estuviera únicamente volcada en la pantalla del ordenador. ¿Desaparecerán las plumillas especialmente finas o particularmente gruesas? ¿Se advertirá con nítidez en la pantalla que un texto no ha sido escrito «en una sola noche» sino en varios días? ¿Cómo se transmiten los temblores de los sentimientos, las dudas y  preocupaciones de alguien que escribe si ese pulgar que teclea nunca lo va a revelar?

Curiosa tarea la de los investigadores del futuro descifrando a los posibles Proust ( como el célebre de sus  Cuadernos nocturnos y retazos de páginas superpuestas),  o al imaginario Kafka del porvenir cuyos debates interiores, a pesar de la luminosa superficie que emite toda pantalla, es bien difícil que – sobre la escritura –  arrojen una mayor luz.

(Imágenes: Kafka, hacia la época del doctorado (1906)/ Una de las primera páginas del «Diario» de Kafka)