IMITADORES DE BORGES

borges-b-uploadwikimedia

«El mismo Borges, en muchas páginas repetitivas, se parece a sus flojos plagiarios –  escribe Claudio Magris en una extraordinaria semblanza recogida en Utopía y desencanto (Anagrama)-; no es ciertamente un intelectual y ni siquiera es verdaderamente culto, porque su enorme erudición es un centón de motivos más acumulados que verdaderamente asimilados, pero sabe ser, a ratos, un gran poeta de lo elemental, de esa sencillez suprapersonal que nos afecta a todos y  cada uno, y sabe expresar la luz de una tarde, la caída de la lluvia, la cercanía del sueño, la sombra de la casa natal o la frescura del agua que regocija en un espléndido relato, las especulaciones de Averroes. (…) Algunos de sus relatos parecen apenas el genial esbozo de un relato que está todavía por escribir (…) Para consolar y engañar a sus imitadores, el actor – (Magris recuerda que en junio de 1986 «los teletipos anunciaron la muerte del actor Borges», no del autor Borges)  -ha fingido complacerse con el jaque en que la literatura pone a la existencia».borges-a-bucarestcervanyeses

 Siempre me ha interesado la imaginativa relación entre Borges y sus imitadores, aquellos que seguían sus pasos literarios consciente o inconscientemente y posiblemente para evocarlos escribí hace años este texto:

IMITACIÓN

«Ha contado muchas veces María Kodama, la viuda de Borges, en varias entrevistas por el mundo, que el gran escritor argentino autor de El Aleph dejó un cuento inconcluso. Comenzó a dictarlo la tarde del día de Navidad de 1981, hacia las seis o seis y media, al volver de un almuerzo en casa de Viviana Aguilar, una muchacha de veinticuatro años que desde hacía tiempo ayudaba a Borges en sus trabajos. Sentado en el sofá de la calle Maipú, sin duda algo fatigado, descansando las manos en el mango del bastón y el mentón apoyado a su vez en sus manos, Borges empezó a silabear muy despacio las primeras palabras de un relato mientras sus pupilas vagaban blancas por el techo.

—Este será el último —le susurró a Viviana antes de empezar a dictarle.

No se estremeció. Borges tenía entonces ochenta y dos años.

Aquel cuento careció de título durante mucho tiempo. Para Borges los títulos eran difíciles y éste se le mostró esquivo hasta el mismo día anterior a su muerte, el 13 de junio de 1986, estando enfermo en Ginebra. “Tumbado allí —confesó María Kodama—, en la penumbra de aquel apartamento de la Grande Rue 28, decidió que el relato se titularía Imitación, y añadió sonriendo débilmente, “si es que el cuento se deja terminar”, o “lo dejan terminar”.

Y es que, efectivamente, aquel cuento no se dejaba terminar pero tampoco avanzar y ni siquiera iniciar, aunque a todo aquello Borges estaba muy acostumbrado. Su último relato, La memoria de Shakespeare, había tardado casi dos años en concluirlo con la excusa de los avatares de los viajes, pero éste se le estaba resistiendo desde el principio: las frases huían por las rendijas de su imaginación. Cuenta Viviana Aguilar en sus escuetos Recuerdos publicados en México, que aquella primera tarde del dictado, Borges hizo lo que siempre solía cumplir con ella: como si de un bastón se tratase, los ojos ciegos del escritor, es decir, sus pupilas en niebla, fueron palpando muy despacio el aire desde la orla del párpado hacia arriba, tanteando sus globos oculares aquí y allá aquel cuarto de la calle Maipú y mirando a uno y otro lado por si cruzaban las palabras. Se asombraba Borges de tanto silencio.

Aquella noche el autor de Emma Zunz no durmió. Conocía muy bien los insomnios y pacientemente se dedicó a recitarse a sí mismo una y otra vez la carta que Goethe envió a von Humboldt explicándole la concepción de Fausto, una tarea que llevó encima el alemán sesenta años. Agotado y ya de madrugada intentó enumerar los sueños que había tenido y quedó derrotado. A las siete se levantó y telefoneó a Bioy Casares:

—Adolfito —le dijo tenso, como solía estar Borges en ciertos momentos—, creo que se me está olvidando escribir.

Fue (o pareció) aquello una dolencia pasajera. Pero estuvo sin dictar —lo que él llamaba escribir en la niebla— muchas semanas. “Tengo el cuento entero en la cabeza, su principio y su final, su espantoso final”, le confesó una tarde a Viviana. Ella copió aquello creyendo que ese era el principio del cuento, como tantas otras veces sucedía, pero Borges negó con su mirada perdida y su sonrisa blanda y se lo hizo destruir.

Al cabo de unos meses Borges reanudó sus viajes por el mundo. En 1982, en julio, sentado y solitario en el vestíbulo del Hotel Palace de Madrid, la mano siempre en su bastón, escuchó cómo su memoria le dictaba una vez más aquel cuento aún no escrito, y fue siguiendo y adivinando en el aire las palabras intentando hilvanarlas como cuando de niño le leía su madre. La memoria le iba dictando muy despacio cinco o seis palabras aisladas y él esperaba pacientemente a que la memoria se las repitiese. El índice de la mano derecha de Borges seguía en el aire la página invisible y aguardaba a que la memoria prosiguiera. Pero de repente la memoria cambió. Ahora no sólo le empezaba a dictar el próximo cuento que él debía escribir sino retazos de cuentos que iban a escribir en el futuro sus imitadores. Anillados, fueron saliendo muy despacio del laberinto de su mente trozos de diálogos, rasgos inacabados de personajes, escenas rotas, pero sobre todo un tono borgiano que Borges reconoció enseguida casi como suyo, pero que no era de él. Tan sólo una imitación. Eran pamemas de estilo, lisonjas de adjetivos, pálidos alientos de prosa, temas de cuchillos, espejos y tigres que él conocía muy bien. Convulsionado, se levantó y se fue.

Aquello volvió a ocurrirle aún dos veces más. En una avenida de árboles de Ginebra tuvo que volver la cabeza sorprendido al oír de lejos risas y pastiches de cierta obra suya que el viento le traía entre las ramas. No podía palpar la distancia pero reconocía muy bien a otros Borges futuros y falsos que venían burlándose por la avenida remedando al Borges auténtico. Le sucedió eso sentado en un banco en 1983, en un desapacible noviembre.

Tardó cuatro meses en olvidarlo. El sueño de que le perseguían otros Borges persiguió a sus sueños primeros de Nueva York y éstos a su vez persiguieron a sueños que tuvo después en Nueva Orleans. Unas y otras pesadillas le llevaron al insomnio al principio en Venecia y luego en Tokio. “A veces —le dijo inclinándose un día hacia su amiga María Esther Vázquez— estoy terriblemente fatigado. Casi todos los lugares son iguales y la gente es la misma con ligeras variantes”. Oyó Borges lo que acababa de decir y el eco le devolvió la frase trastocándola: “A veces estoy terriblemente fatigado. Casi todos los sueños son iguales y Borges es el mismo con ligeras variantes”.

La segunda vez que le ocurrió aquello no supo que era la definitiva. Fue en 1986. Tumbado en el apartamento ginebrino de la Grande Rue 28, arrumbados ya hacia un lado su bastón egipcio, su cayado irlandés y el preferido de todos, su bastón rústico, un Borges transparente y consumido por el cáncer intentó fatigosamente levantarse para ir al escritorio. Sentado al fin ante la blanca cuartilla silabeó muy despacio y con gran melancolía: I—mi—ta—ción. Y comenzó débilmente a dictar: Ha contado muchas veces María Kodama Pero de repente oyó detrás de él un pequeño ruido, acaso un estertor, y se detuvo. Apenas volvió la cabeza. Borges en la cama se moría y él no quiso llegar hasta el final». («Espéculo».-Revista de Estudios Literarios.-número 32)

(Imágenes: Borges.-upload.wikimedia/ Borges.-bucarest. cervantes.es)

BACH EN EL JARDÍN

bach-8-wikimedia-commonsCuenta J. M. Coetzee en una conferencia pronunciada en 1991 que, cuando él tenía quince años, mientras paseaba por el jardín de su casa en los suburbios de Ciudad del Cabo, oyó música en la casa de al lado. «Mientras duró la música – confiesa Coetzee -, me quedé helado, sin atreverme ni a respirar. La música me hablaba como nunca antes me había hablado. Lo que estaba escuchando era una grabación de «El clave bien temperado» de Bach para clavicémbalo.(…) Llegó aquella tarde en el jardín, y la música de Bach, después de la cual todo cambió. Fue un momento de revelación que tuvo una gran transcendencia en mi vida porque, por primera vez, recibía el impacto de lo clásico«.

Coetzee profundiza en qué es lo clásico. Horacio – recuerda el Premio Nobeldice, de hecho, que si una obra pervive cien años después de ser escrita debe de ser un clásico. Pero Coetzee llega a algo más. Treinta y seis años después de aquella tarde en el jardín parece como si el profesor y el novelista se asomaran a la ventana del tiempo para verse a sí mismo recibiendo a Bach, pero tampoco a Bach, sino recibiendo a la música, pero tampoco a la música, sino recibiendo al fin la potencia y la supervivencia de lo clásico en su vida y en muchas otras más.jardin-botanico-kistenbosch-ciudad-del-cabo-mundoenred

«¿Ha pasado desde 1955 suficiente tiempo, y he cambiado lo bastante, para empezar a comprender mi primera relación con el clásico – que es una relación con Bach – de un modo histórico?, se pregunta Coetzee. (…) En un primer sentido, el clásico es aquel que supera los límites del tiempo, que retiene un significado para las épocas venideras, que «vive». En un segundo sentido, una buena parte de la música de Bach pertenece a lo que vagamente se denomina «los clásicos», la parte del canon de la música europea que aún se interpreta con relativa frecuencia en todo el mundo, aunque no demasiado a menudo ni ante auditorios particularmente masivos».

Pero quizá lo más interesante de la conferencia de Coetzee («¿Qué es un clásico?.- «Costas extrañas» (Debate), sea el final, cuando se refiere a «nuestro gran poeta contemporáneo de los clásicos», al  polaco Zbigniew Herbert. «Para Herbert – escribe Coetzee -, lo opuesto de lo clásico no es lo romántico, sino lo bárbaro; aún más, lo clásico frente a lo bárbaro no es tanto una oposición como una confrontación. Herbert escribe desde la perspectiva histórica de Polonia, un país con una cultura occidental asediada intermitentemente por vecinos bárbaros. No es la posesión de alguna cualidad esencial la que, según el punto de vista de Herbert, permite a un clásico soportar el asalto de los bárbaros. Más bien, lo clásico es aquello que sobrevive a la peor barbarie, aquello que sobrevive porque hay generaciones de personas que no se pueden permitir ignorarlo y, por tanto, se agarran a ello a cualquier precio».

Cada uno tiene su clásico (o clásicos)  a los que acudir. En música, en literatura, en teatro, en cine, en arte. Cada uno habrá vivido quizá una tarde en un especial jardín, a cualquier edad – un jardín natural o íntimo -, en donde lo clásico se le habrá revelado de repente, con esa profundidad pasmosa que transmite la serenidad de la supervivencia por encima de los siglos, dominando a cualquier asedio de los bárbaros. Cada uno conocerá la barbarie que llega, con la polvareda que lo circunstancial levanta en el horizonte. Cada uno sabrá cómo se llaman los bárbaros y  en cuántos clásicos deberá refugiarse cada vez para no sucumbir a las inclemencias del tiempo.

(Imágenes: Juan Sebastián Bach.-wikimedia. Commons/ jardín botánico Kistenbosch.-Ciudad del Cabo.-mundoenred)

EL LIBRO EN PANTALLA

The Latin Quarter, Paris, France

Releo estos días la muy interesante conversación que sobre el futuro del libro y el libro del futuro mantuvieron Roger Chartier y Antonio Rodríguez de las Heras. (Revista «Litterae».-Cuadernos sobre cultura escrita», 2001)

«Antes de la imprenta – recordaba Rodríguez de las Heras -, y también en sus primeros tiempos, los libros recogían una obra definitiva, que se entregaba al final de un trabajo de pensamiento y de creación, no durante ese proceso. Pero a medida que las técnicas de imprenta se desarrollaron e hicieron más fácil la producción material de libros y que, a la vez, el mercado se intensificaba, el libro ya no sale como obra definitiva sino provisional, libro de corta vida que dejará paso a otro del mismo autor en donde se recoge parte del anterior, se corrigen otras partes y se añaden novedades. Los libros hoy nacen con muy poca ambición de pervivencia y mucha más de hacerse notar durante un espacio corto de tiempo. Pues bien, con la edición electrónica se entra en una tercera ertapa, en la que el libro es abierto y el autor cuida de su mantenimiento como se puede cuidar un jardín, arrancando, plantando, cortando. La idea procedente de las dos etapas anteriores por la que el autor entrega su obra, realizada con esfuerzo y amor, y se le va irremediablemente de sus manos y de su control no tiene por qué mantenerse en el libro digital, ya que el autor no se ve obligado a desprenderse, si lo desea, de su obra, que puede seguir perfeccionando».

A lo que Roger Chartier contestó:

«Usted siempre se ha referido al libro único del autor; es decir, desde el punto de vista de la creación, de la escritura. Sin embargo, las observaciones sobre el texto electrónico a menudo han tomado otra posición, la del lector-coautor, introduciendo su escritura dentro de una escritura ya presente: la del autor. El lector tiene así, capacidad de mover, borrar, transformar el texto. En este caso, la pregunta sería: ¿ qué papel atribuye usted a estos lectores múltiples que pueden intervenir?libros-7795-dibujo-max-opinion-the-new-york-times

A lo que replicó Rodríguez de las Heras:

«Cierto que la tecnología actual ha abierto la posibilidad de intervenir al receptor sobre la emisión del mensaje, un bucle que ahora comienza a utilizarse más en producciones televisivas en las que los espectadores pueden, a través de la red, influir de  alguna manera en la marcha de lo que está sucediendo al otro lado de la pantalla. Y desde luego que esta interacción va a producir cambios significativos en la producción audiovisual y en las actitudes, hasta ahora pasivas, de las personas ante el aparato de televisión. Sin embargo creo que fuera de escenarios de entretenimiento, propios de la televisión y de la radio, y quizá, más tarde, de la política en esta tribuna audiovisual (encuestas, entrevistas, discursos…) la posibilidad de este bucle no se desarrollará tanto. En concreto, la creación de un libro, a excepción de libros-foro, se sustentará sobre la creatividad y esfuerzo de un autor. Lo que sucederá, sin embargo, es que el libro se podrá convertir en el núcleo de encuentros y debates de los lectores, y entonces, la lectura pasará del texto del autor al cruce de ideas y comentarios de sus lectores, y todo ello integrado en lo que sería un libro digital. Y también el autor, al escuchar a sus lectores, volverá a su texto para retocarlo, para seguir su desarrollo por otro camino abierto quizá por el contacto del autor con los lectores. Con un texto blando, que no abandona al autor y en el que, si se quiere, puede influir el lector, hay un campo muy amplio de experimentación, pero creo que la escritura nos da capacidad de  diferenciación, de individualizarnos de entornos anónimos, y esto significa una razón de peso para que siga habiendo autor. Se desarrollarán experiencias de participación colectiva en la creación, pero la escritura seguirá siendo un vehículo imprescindible para la individualización, aunque, eso sí, se dará mucha mayor relación entre el autor y sus lectores».

Creo que en situaciones de mudanza – en la prensa, en los libros – acaso sea  de gran interés reflexionar sobre estas palabras.

(Imágenes: Librería Shakespeare and Company.-París.-FreeFoto.com/ dibujo de Max.-The New York Times)

 

«

DALÍ, VEINTE AÑOS DESPUÉS

dali-f-the-eye-1945-museumsyondicate

«Mi primera imagen natural era la de la tela, que era también mi última imagen antes de acostarme. Intentaba dormirme pensando en ella (…) Durante todo el día, sentado delante del caballete, mi mirada se fijaba intensamente en la tela, como si fuera un médium, para ver surgir de ella los elementos de mi propia imaginación (…) Pero a veces tenía que esperar horas y horas, ociosamente, con el pincel inmóvil, antes de que imaginación alguna apareciera», escribe Dalí.dali-c-morphologicalecho-1936-museumsyndicatedali-i-the-little-theater-1934-museum-of-modern-art-musseumsyindicate

dali-d-retrato-de-mrs-isabel-styler-tas-1945-museumsyindicatedali-b-dali-a-la-edad-de-seis-anos-1950-museesyindicate1dali-g-the-phanton-cart-1933-museumsindiicate

«Al entrar en la sala de exposiciones, Dalí acariciaba a un gran pájaro multicolor que reposaba sobre su hombro izquierdo.

– ¿Surrealismo?

– No, no.

– ¿Cubismo?

– No, tampoco: pintura, pintura, por favor».

J.V.Foix: «Salvador Dalí», 1932dalia-apparition-of-the-town-of-delft-1936-mussey

A los veinte años de la muerte de Salvador Dalí)

(Imágenes: Dalí,. 1.–«The Eye» (1945)/.- 2.-«Morphological Echo» (1936)/ 3.-«The Little Theater» (1934) Museum of Modern Art/ 4.- «Retrato de Mrs Isabel Styler-Tas» (1945)/ 5.-«Dalí a la edad de seis años» (1950)/ 6.-«The Phantom Cart» (1933)/ 7.-«Apparition of the Town of Delft» (1936).-musseumsyindicate.com)

INSTRUCCIONES PARA SONREIR EN UN BLOG

escaleras-d-flickr

Los escritores suelen tener la delicadeza de mostrarnos cómo debemos emprender tareas difíciles, como por ejemplo subir una escalera, y así Cortázar nos recuerda que «las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón.»

dinero-a-foto-michael-nagle-for-the-new-york-times

Pero si el argentino Cortázar nos ayuda con sus instrucciones a subir perfectamente una escalera por si hubieramos olvidado cómo hacerlo,  el francés Georges Perec tiene igualmente la delicadeza de echarnos una mano a la hora de abordar a nuestro jefe para pedirle un aumento de sueldo y así nos aconseja « que si usted está decidido a buscar a su jefe para pedirle un aumento de sueldo entonces va a  ir al encuentro de su jefe digamos para simplificar pues es necesario siempre simplificar que él se llame señor xavier es decir señor o mejor señor x entonces usted va a ir a buscar al señor x ocurriendo dos cosas una o bien el señor x está en su despacho o bien el señor x no está en su despacho si el señor x está en su despacho aparentemente no existe ningún problema pero evidentemente si el señor x no está en su despacho usted no tiene que hacer más que una cosa que es esperar en el pasillo su vuelta o su llegada pero supongamos que él no llega en ese caso usted no tiene más que una solución que es la de retornar en su propio despacho y aguardar a esta tarde o a mañana para recomenzar la tentativa pero si usted ve que él todos los días tarda en llegar en este caso lo mejor que puede hacer más que continuar paseando por el pasillo es ir a ver a su colega la señorita que para dar más humanidad a nuestra seca demostración llamaremos a partir de ahora señorita yolanda aunque pueden ocurrir dos cosas una que la señorita yolanda esté en su despacho o bien que la señorita yolanda no esté en su despacho si la señorita yolanda está en su despacho no existe ningun problema pero supongamos que la señorita yolanda no esté en su despacho en ese caso no teniendo ya ganas de continuar paseando por el pasillo en espera de una hipotética vuelta o de una eventual llegada del señor x una solución que se le ofrece es…», y así sigue explicándonos con enorme delicadeza el escritor Georges Perec – al que ya me he referido alguna vez en Mi Siglo -, cómo debemos actuar y qué pasos debemos dar para intentar conseguir ese aumento de sueldo.

escaleras-c-flickr

Pero la delicadeza de los escritores con todos nosotros llega mucho más lejos, y Cortázar no nos abandona a nuestra suerte en mitad de la escalera sino que, preocupado como escritor por nuestro destino, nos sigue explicando cómo debemos continuar subiendo esa  escalera y de este modo nos aconseja, «puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se la hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidenciaa de nombres entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie.)

Llegado en esta forma al segundo peldaño –nos sigue recomendando Cortázar -, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso». ( » Instrucciones para subir una escalera» «Historias de cronopios y de famas«) ( Minotauro)

Por su parte Georges Perec -(«L´art et la manière d´aborder son chef de service pour lui demander une augmentation«) (Hachette) – tampoco se olvida de acompañarnos con sus consejos en esa complicada tarea de  golpear la puerta del jefe para intentar pedirle un aumento de sueldo: «…entonces – nos dice – el señor x está en su despacho y como el señor x es su jefe llama usted antes de entrar y después espera su respuesta evidentemente teniendo en cuenta dos cosas una o bien el señor x levanta la cabeza o bien el señor x no levanta la cabeza si él levanta la cabeza significa al menos que él ha escuchado su llamada y que tiene la intención de responder de modo afirmativo o por la alternativa negativa que no tardaremos en aclarar y que entonces podremos analizar pero si él no levanta la cabeza sino que continúa hablando por teléfono o compulsando su dossier o cargando su estilográfica en resumen ejercitándose en la ocupación en la cual él se estaba ejercitando cuando usted ha llamado a la puerta esto significa o bien que él no ha oído y por tanto yo estoy seguro de que usted ha llamado de una manera neta y distinta o bien que él no ha querido oirle de todos modos para usted esto viene a ser lo mismo porque si él no le ha escuchado sería de cualquier modo desagradable por no decir inconveniente insistir entonces si él no levanta la cabeza usted retorna a su sitio y decide si debe intentar otra vez la suerte por la tarde o al día siguiente o el martes siguiente o cuarenta días más tarde evidentemente será entonces necesario que usted vuelva de nuevo a ver si el señor x está en su despacho porque si no está tendrá usted que esperar en el pasillo a que él llegue si él tarda deberá ir usted a ver a la señorita yolanda y si la señorita yolanda no está usted tendrá que dar una vuelta por los diferentes servicios cuyo conjunto constituyen toda o parte de la organización…»

Es muy de agradecer la delicadeza de estos y otros escritores que nos aconsejan y nos dan precisas instrucciones en momentos difíciles, bien sea para saber subir una escalera, bien  para pedir al jefe un aumento de sueldo o bien para leer con una sonrisa el post de un blog.

(Imágenes: escalera.-flickr/ foto Michael Nagle for The New York Times/ escalera.-flickr)

NOCHE DE FANTASÍA

cuentos-hadas-por-alfred-kubin-the-last-kinf1902-foto-courtesy-of-neue-galerie-new-york-the-new-york-times

¿Quién entró delante aquella mañana corriendo, mirando lo que le habían traído,  la imaginación o la fantasía de un niño?. «La fantasía y la  imaginación –recordó Wordsworth – eran dos facultades distintas y plenamente diferentes, en lugar de ser, de acuerdo con la creencia general, o bien dos nombres con un solo signficado o bien, los grados más alto y más bajo de la misma potencia».

1109 bks best7.JPGEntonces, ¿quién se levantó antes de la cama, quién corrió nerviosamente  por el pasillo, quién empujo el primero la puerta para ver los juguetes, para leer los cuentos? ¿Fue la imaginación o fue la  fantasía?

«El Diccionario Palazzi – comentaba  a su vez Fellini – dice lacónica y textualmente de la fantasía: «facultad imaginativa del hombre». Entonces pensé consultar qué decía de la imaginación, pese a que según mi opinión ambas cualidades se diferencian notablemente o, mejor dicho, son dos fases, dos momentos distintos de una misma función. A mí me parece que la imaginación, la imagen, es un producto psíquico, la materia prima del subconsciente, que éste libera y envía a la superficie, de acuerdo con ritmos, temperaturas y exigencias individuales».

Pero entonces, en aquella noche agitada del niño esperando y soñando regalos, ¿ intervino más la fantasía o la imaginación?1109 bks best3.JPG

«El «Palazzi» – proseguía Fellini – añade a la palabra «imaginación» una larga y sugestiva lista de sinónimos, derivados y consanguíneos: fantasía, alucinación, rareza, capricho, concepción, conjetura, contemplación, castillos en el aire, delirio, desvarío, ficción, extravagancia, idea, ilusión, invención, hipótesis, inspiración, espejismo, pensamiento, percepción, presentimiento, extrañeza, suposición, e incluso «antojo».

cuentos-007760-pinocho-1-ilutracion-de-corrado-sarri-1929-revista-imaginaria

¿Luego no sabemos quién se durmió primero, quién soñó más aquella noche, quién se tiró antes de la cama por la mañana y corrió pasillo adelante y, empujando la puerta,  se quedó asombrado ante tantos regalos? ¿Fue la imaginación o fue la fantasía?

«Puede que la fantasía – concluyó Fellini contestando a las cuestiones que le planteaba Enzo Biagi en «Respuestas a grandes preguntas» (Planeta) – sea una especie de limbo, de frontera, de zona, de dimensión propiamente fantástica donde hacemos vivir lo que deseamos. O también, la fantasía es una atmósfera impalpable e indefinible, una gran pantalla en la cual viven y se componen historias, personajes y sueños».

Pero enseguida tuvimos que interrumpir la conversación porque oímos todo el griterio infantil,  y cómo los niños, la fantasía y la imaginación venían corriendo por el pasllo y empezaban a romper febrilmente todos los envoltorios de las cajas.

(Imágenes: Alfred Kubin (1902).-foto Courtesy of Neue Gallerie New York.-The New York Times/Mariko Tamki.-ilustración por Jilliam Tamaki.-foto Tony Cenicola.-The New York Times/ilustración Kazumo Kohara.-foto Tony Cenicola.-The New York Times/ Pinocho.-ilustración de Corrado Sari (1929).-Revista Imaginaria)

2009

chagall-z-times-is-a-river-without-banks

¡Dios mío, si tuviésemos la opción

de leer en el libro del destino,

y ver del tiempo las revoluciones

allanando montañas y fundiendo

los continentes en el mar, cansados

de sólidas firmezas; y otras veces

ver el costero cinturón oceánico

holgado en las caderas de Neptuno;

ver cómo la ocasión se burla y cómo

llena el cambio la copa de Mudanza

con diversos licores!

Shakespeare: «Enrique lV, acto tercero, escena primera.

(Imagen: Marc Chagall: «El tiempo es un río sin orillas«)

MIS LECTORES FAVORITOS

sciaacia-4-zamit

Ahora que acaba el año y se están confeccionando listas de escritores y de obras favoritas que resuman estos doce meses – de novela, de poesía o de ensayo – quizá sería interesante elaborar una lista de los lectores favoritos que cada escritor tiene, misteriosa lista de aquellos que nos siguen a quienes escribimos o de aquellos que van detrás de quienes escriben. Realmente sería sorprendente y en cierto modo aleccionador, si ello pudiera hacerse.

Leo estos días una excelente investigación sobre las novelas del escritor siciliano Leonardo Sciascia, investigación que debe defenderse próximamente en una Universidad, y me encuentro allí con la referencia a este punto del seguimiento de los lectores, esa estela, tantas veces desconocida para el autor, de gentes que le siguen en la distancia o en la cercanía, gentes lectoras que pasan las páginas silenciosamente desde lugares insólitos, ojos que nos leen en el viejo papel o en la nueva pantalla, buscadores de viejos capítulos o de antiguos post.lecturas-a «Escoger a sus lectores – decía el autor de «El caballero y la muerte» -, escogerlos como si en sus páginas se hallaran los «test» para una ardua, rigurosa, exclusiva selección (…) Montaigne – como justamente dice Auerbachlos ha creado. No existían, antes de los ensayos, un tipo de lector al cual los ensayos pudieran destinarse; así como antes de Stendhal no existía de hecho el lector stendhaliano«. Entonces, habría que preguntarse en el caso de Internet: ¿se ha creado un nuevo tipo de lectores?  Un día se estudiará  a fondo este aspecto y se sacarán necesarias conclusiones. ¿Somos capaces, por otro lado, de escoger a nuestros propios lectores?  Sin duda los escogemos  desde la escritura, los escogemos destilando desde  las venas de líneas y  pensamientos una corriente de observación o de estilo que para algunos puede estar imantada y para otros carecer de la más mínima electricidad. En todo caso – en papel o en pantalla -una columna anónima de lectores sigue la marcha del escritor. Va tras él y acaso el escritor no la conocerá nunca. Pertenecen al mapa de los favoritos silenciosos, un universo que se contrae o se dilata según un misterioso ritmo del corazón.sciscia-3-el-caballero-y-la-muerte-zamit

(Imágenes: Leonardo Sciascia.-zam.it/ cubierta de la edición italiana de «El caballero y la muerte».-zam.it)

MUJER CON MANO EN LA MEJILLA

barjolajo-e-soitues1

 

Vivía la mujer de la mano en la mejilla en una casa de Carabanchel. Sentada dentro del caballete, podía notar cuándo subiais las escaleras de su estudio. Tenía todo el cuerpo gris y azul, remansado un instante, a punto de dispararse en violencias. Apoyada con un codo en la mesa, su mejilla dormida en la palma de la mano, cara y nariz aparecían quebradas, proyectándose en ángulo. Tendría aquel cuarto tres metros por dos y medio. Habitaban allí veinte criaturas. El padre iba y venía entre los cuadros como entre decorados; igual que por los bastidores de un teatro. De abajo no llegaba voz alguna, ningún ruido. Entonces podía verse a aquellas criaturas adquirir movimiento y tomar color: ciertos ojos y bocas se concretaban marcando más la expresión. Otras bocas y ojos iban, en cambio, desdibujándose hasta quedar deshechos. Las figuras se distorsionaban, se atormentaban como en largo lamento. Cada mano sin terminar aplastaba los dedos recién nacidos, mientras gritos de rojos y de verdes denunciaban, en el estudio en sombras, revelación de formas aún más intencionadas mezcladas con mayores misterios.

Bien pronto aquello se desvanecía. La tarde caía sobre la mesa. Era el anochecer y ya no quedaban huellas de trabajo, salvo el rastro de siembra de los tubos de pasta en la madera. El padre de las criaturas se sentaba ante mí y charlábamos. Con frecuencia me preguntaba si yo estaba cómodo, y cuando le respondía afirmativamente, él comentaba que aquel cuarta era estrecho, pero tenía sabor. Un día agregó: Camargo a veces venía aquí y me lo decía; le gustaba este estudio. El tiempo pasaba y hablábamos de mil cosas. Yo seguía sentado en medio de veinte criaturas y observaba a aquel hombre del paciente mirar donde sólo el rigor se alternaba, de cuando en cuando, con sobria mansedumbre. Alguna vez se levantaba: era para apoyar sus cuadros cuidadosamente contra la puerta. En ocasiones, de espaldas a mí, contemplaba a través de una ventana el pequeño jardín oscurecido. Un día le pregunté si pensaba en su infancia; me contestó que en su pueblo natal, por Badajoz, en Torre de Miguel Sesmero, dibujaba mulos y mozos de labranza, todo lo que veía en el campo. Aquellos dibujos eran ya surrealistas y expresivos. Naturalmente, eran inocentes, pero expresionismo y surrealismo, añadía, formaban las constantes de su obra, dos constantes muchas veces subterráneas, soterradas. Me explicaba cómo había pasado por el cubismo y la abstracción hasta volver a la raíz de su creación. Confesaba que soñaba los cuadros: los llevaba pensados. Había cuadros que salían con rapidez, acaso en dos sesiones; otros, en cambio , tardaban cuatro, cinco, seis días, e incluso muchos más. Iba directamente al lienzo, decía, y procuraba huir de los «hallazgos» y las «casualidades» durante la elaboración; no le gustaba aprovecharse de una pincelada que pudiera salir graciosa de repente sin estar pensada. Me agrada de antemano ser concreto y consciente, comentóbarjola-d-toro-seigrafia-galeria-antonio-machon.

Marchábamos algunas tardes, el pintor y yo por Madrid hacia los descampados lívidos. Amaba, me iba confiando, pasear por las periferias: le atraían insospechadas callejas. Dábamos vuelta al cementerio de San Isidro. Desde las soledades se iba desnudando la ciudad. Yo miraba al pintor y él contemplaba vergüenzas y virtudes, el modo de convivir de la alegría con la miseria. Una de esas tardes le pregunté qué tipo de pintura le interesaba en aquel tiempo. El respondió que una pintura con cierta carga social. Evocando sus cuadros, quise saber la razón de su sátira. Llego a la conclusión, me dijo, de que la humanidad tiene grandes defectos. Y como yo le escuchara en silencio, declaró: «A mí me gusta sacar esos defectos, me interesa el fondo más que la forma; no creo que un pintor sea profundo, por muy bellas que sean sus formas, si su arte no tiene un mundo lleno de contenido. Por eso precisamente, por ser profundo el fondo y no la forma -añadió- Goya adquiere cada día más vigencia: si nos fijamos en sus aguafuertes y en sus dibujos, vemos cómo son concretísimos: en ellos está lo dramático y lo social.»barjola-c-sin-titulo-19641

Caminamos conforme el día se acababa. Fue mientras me hablaba de cómo su pintura posiblemente tenía de Velázquez cierto mundo enigmático; fue mientras me decía que acaso su pintura tenía de Goya el drama, lo expresivo y lo social, cuando le interrogué sobre el carácter de su obra. «Creo -respondió- que estoy a caballo entre Goya y Velázquez.» Y estaba confesándome que cuanto él hacía mantenía la esencia de la tradición española, pero con formas distintas y con un mundo personal, le formulaba yo una nueva pregunta y él se disponía a satisfacer mi curiosidad, cuando de improviso nos separó la noche.barjola-tauromaquia-galeria-hispanica

Pasaron meses. Más de veinticuatro. Un día, un largo perro de lengua colgante que se miraba con asombro ante un espejo, me dejó asombrado. Le reconocí entre las criaturas. Ahora ellas vivían en un cuarto distinto, en una superficie de tres por cuatro metros. Guardias. Perros. Desnudos. Niños. Mujeres. En total, treinta recién nacidos. El padre seguía yendo y viniendo entre ellos, revelando en unos la denuncia, en otros el sarcasmo. Se advertía más concreción de formas y de contenido, una mayor intencionalidad. Dominaban los verdes, una figura femenina suscitaba ironías desde un sofá enseñando sus paradojas. Un rostro indefinido se observaba a sí mismo: con lentes negras frente a un espejo roto contemplaba su retrato ciego. Había disminuido la fealdad, había aumentado el moralismo. La niñez retornaba. Eran los perros, que en vagar misterioso volvían con la infancia, iban trayendo el tiempo entre dientes y ojos hasta hacer el surrealismo más humano. El padre de aquellos hijos, pasando ante los cuadros, comentó: «Lo difícil del arte es definir, y que esa definición atraiga siempre por su expresividad, su sátira, su mundo dramático, su manera de hacer.» Y queriendo calmar mis silencios,  agregó:  «Yo diría que el arte es simbiosis del corazón y del cerebro en ese estado anímico que nos impulsa a la acción creadora.»

Días después, los treinta cuadros salieron del estudio hacia una galería madrileña. Yo he visto al padre -este pintor excepcional- no poder esconder ni su felicidad ni su serenidad. Cualquiera puede ver, viajando por los museos del mundo, cómo unas obras no pueden ocultar ser criaturas admirables, hijas de un español, de nombre Juan Barjola.

(«El artículo literario y periodístico».-2007.- págs 164-166)

(Imágenes: el pintor Juan Barjola ante sus cuadros.-soitu.es/ Barjola: Toro.-Galería Antonio Machón/ Barjola:sin título/ Barjola: Tauromaquia.-Galería Hispánica)

 

LEER LA PINTURA

cubismo-4-braque-vasos-en-una-mesa-lyceo-hispanico

«La pintura es una escritura que crea signos – decía el célebre historiador del arte, coleccionista y propietario de una galería,  Daniel Heny Kahnweiler  -. Una  mujer en un lienzo no es una mujer, son signos, es un conjunto de signos que leo como mujer. Cuando usted escribe en una hoja de papel m-u-j-e-r, la persona que sabe leer, leerá no sólo la palabra mujer, sino que verá por así decirlo a una mujer. Es lo mismo en pintura,  no hay ninguna diferencia. La pintura, en el fondo, no ha sido nunca un espejo del mundo exterior, no ha sido nunca como la fotografía; es una creación de signos que sólo eran leídos por los contemporáneos, después de un  cierto aprendizaje, no obstante. Los cubistas crearon signos completamente nuevos, y eso fue lo que dificultó la lectura de sus cuadros durante tanto tiempo».

cubismo-2-picasso-mujer-con-mandolina-lyceo-hispanico

«Si, como pienso yo, la pintura es una escritura – sigue diciendo Kahnweiler en su  libro  «Mis galerías y mis pintores» (Ardora) -, es evidente que toda escritura es una convención. Así que hay que aceptar esa convención, aprender esa escritura: es lo que se suele hacer por simple costumbre. (…) ¿Sabe por qué se reía la gente? – le preguntaba el coleccionista a su interlocutor, Francis Crémieux,  comentando la reacción que produjo el cubismo -La gente no se habría reído si esos cuadros no hubieran representado nada. La gente se reía porque veía vagamente lo que representaban. Para ellos, eran caricaturas horrorosas, eran monstruos, como siempre se ha dicho. Evidentemente, veían la pierna demasiado larga según ellos, la nariz torcida. Pero como Picasso me dijo muy bien un día, y encuentro esta reflexión absolutamente admirable: «En aquel tiempo, se decía que yo ponía la nariz torcida ya en Las Señoritas de Avignon, pero la tenía que poner por fuerza torcida para que vieran que era una nariz. Estaba seguro de que verían más tarde que no estaba torcida«. ¿Entiende?, eso es lo que hizo reir. Ahora ya no hay nada que haga reir. El gran error de toda esa gente, y que mantiene su pintura en la decoración, la simple decoración, es que sus cuadros, o lo que ellos llaman así, se quedan en el lienzo, se quedan en la pared. Mientras que el verdadero cuadro no se forma más que en la conciencia del espectador. Es como en la música. La música es un ruido vago mientras no se discierna el hilo conductor. La pintura es lo mismo. Primero tiene que rehacer el cuadro uno mismo».

 Lectura de la pintura, pues, entre muchos otros temas que aquí aborda Kahnweiler con una gran capacidad didáctica, evocando las relaciones que mantuvo tanto con Braque, como con Picasso, Gris o Léger. No sólo tuvo contacto con sus obras sino sobre todo con sus personalidades. Lectura de la pintura como lectura de cualquier imagen, tal y como Alberto Manguel nos anima a hacerlo en Leer imágenes (Alianza),  contemplándolas como relato, ausencia, acertijo, testigo, comprensión, pesadilla, reflejo, violencia, subversión, teatro, memoria o filosofía. «Cuando tratamos de leer una pintura – nos dice Manguel -, nos puede parecer que ésta se hunde en un abismo de equivocaciones o, si lo preferimos, en un vasto abismo impersonal de interpretaciones múltiples». 

Podemos leer tanteando con la pupila, exponiéndonos al principio a no comprender. Y podemos leer ya con la pupila acostumbrada, paseando la vista sobre cuanto el arte nuevo nos ofrece:  un mundo distinto que nos hace precisar la visión un poco más  para contemplarlo bien.cubismo-3-gris-frutero-lyceo-hispanico

(Imágenes: Braque: vasos en una mesa.- Flickr.-Lyceo Hispánico/Picasso: mujer con mandolina.-Flickr.-Lyceo Hispánico/Gris: frutero.-Flickr.-Lyceo Hispánico)

LE MOULIN DE LA GALETTE

moulin-de-la-galette-1876-renoir-museo-del-louvre-college-de-veveyvdch2

«Durante todo el tiempo que estuvo pintando Le Moulin de la Galettecuenta el hijo del pintor -, Renoir estuvo viviendo en una casucha vieja de la calle de Cortot. Los vecinos eran modestos burgueses, a los que atraía el aire sano y la baratura de los alquileres, unos cuantos agricultores y, sobre todo, familias obreras cuyos hijos e hijas bajaban todas las mañanas por la vertiente sur de la colina para ir a «destrozarse» los pulmones en las recientes fábricas de Saint-Ouen. Había ya chiringuitos y, sobre todo, Le Moulin de la Galette, donde iban a bailar los sábados por la noche y los domingos las modistillas y los horteras de los barrios del norte de París. (…) La casa de la calle de Cortot estaba en pésimo estado, cosa que no molestaba en absoluto a Renoir; pero, en cambio, brindaba la ventaja de un gran jardín en la parte trasera, a cuyos pies se extendía una vista espléndida de la llanura de Saint-Denis. En aquel oasis pintó muchos cuadros, pues nunca trabajaba en un tema único. Repetía con frecuencia: «Hay que saber tomárselo con calma». Por tomárselo con calma entendía esa pausa durante la cual los aspectos esenciales de un problema afloran desde un segundo plano para tomar la importancia real que tienen».

Todo esto lo cuenta el segundo de los tres hijos que tuvo el pintor – el gran director cinematográfico Jean Renoir, autor de «Una partida de campo» (1936), «La gran ilusión» (1937), «La regla del juego» (1939), «Esta tierra es mía» (1943) o «El desayuno sobre la hierba» (1959), entre otras varias películas -,  y que por este libro «Renoir, mi padre» (Alba) recibió el premio Charles- Blanc. La visión íntima, la sorprendente memoria de este hijo desmenuzando la vida y el trabajo de su padre, ofrecen un testimonio valiosísimo de vida y vivencias.

«Al principio veo el tema como entre una niebla- confesaba el pintor -. Sé que todo cuanto veré más adelante ya está ahí, pero no sale a flote más que con el paso del tiempo. A veces las últimas en asomar son las cosas importantes»(…) En Renoirsigue diciendo su hijo -, el cuadro empezaba con incomprensibles pinceladas sobre el fondo blanco, ni tan siquiera formas. A veces había tanto líquido, aceite de linaza y esencia de trementina en el color que éste chorreaba por el lienzo. Renoir llamaba a eso «la salsa». Gracias a esa salsa, podía en unas cuantas pinceladas crear una prueba general de tonalidad. Con eso iba cubriendo más o menos toda la superficie del lienzo, más bien toda la superficie del futuro cuadro, pues Renoir dejaba con frecuencia parte del fondo blanco sin cubrir. Tenía que ser un fondo muy puro y muy liso. Muchas veces le preparé los lienzos a mi padre con blanco de plata y una mezcla de una tercera parte de aceite de linaza y dos terceras partes de esencia de trementina. Luego había que dejarlo secar varios días. Volvamos a la ejecución del cuadro. Poco a poco se iban mezclando rasgos demoulin-de-la-galette-pintando-alojuses1 color de rosa, o azules, luego otros tierra de Siena, en perfecto equilibrio. Habitualmente, el amarillo de Nápoles y la laca de granza no aparecían hasta más adelante. Y el negro de marfil al final del todo. Renoir nunca usaba ángulos o rayas, sino trazos redondos. «En la naturaleza no existe la línea recta». En ningún momento de la ejecución se veía en el cuadro desequilibrio alguno. Desde las primeras pinceladas estábamos ante un cuadro completo, bien compensado. El problema que tenía Renoir quizá era el de calar en el tema sin perder la lozanía de la primera sorpresa. Al fin asomaba de entre la niebla el cuerpo de la modelo o el paisaje, igual, en cierto modo, que habría aparecido en una placa fotográfica sumergida en el revelador. Aspectos totalmente descuidados al principio adquirían importancia».renoir-1

Todas estas revelaciones del hijo de Renoir nos llevan de nuevo hasta la paciencia en la tarea, el saber esperar en la mezcla de los colores, el «paso atrás» en la creación que a veces he ido recogiendo en Mi Siglo. Sin conocerse muchos de esos artistas – sean ellos escritores, músicos o pintores- sus procedimientos son similares. Es el proceso de toda creación, proceso admirable y en tantas ocasiones asombroso.

(Imágenes: Auguste Renoir. «En «Le Moulin de la Galette».-1876.-París.-Louvre (Jeu de Paume)/postal: un artista pintando ante Le Moulin de la Galette/ el director cinematográfico Jean Renoir)

MODOS DE VER

«Cada vez que miramos una fotografía somos conscientes, aunque sólo sea débilmente, de que el fotógrafo escogió esa vista de entre una infinidad de otras posibles. Esto es cierto incluso para la más despreocupada instantánea familiar. El modo de ver del fotógrafo se refleja en su elección del tema. El modo de ver del pintor se reconstituye a partir de las marcas que hace sobre el lienzo o el papel. Sin embargo, aunque toda imagen encarna un modo de ver, nuestra percepción o apreciación de una imagen depende también de nuestro propio modo de ver».

John Berger.-«Modos de ver» ( Gustavo Gili)

INFANCIAS DE ESCRITORES

alcala-9-en-1928-skyscrapercity

La pupila del niño que aún no sabe que va a ser escritor pero que está destinado a serlo pasea la cámara de los ojos por la calle de la niñez, la pasea muy despacio, y va filmando los recuerdos que un día dejará en el papel:

«Desde el Hotel Regina, desde el emporio madrileño de la calle de Alcalá, donde mi padre trabajaba, hasta aquella casa de Guillermo de Osma – cuenta Medardo Fraile -, las viviendas se iban haciendo más bajas; los árboles, desenfilados y ralos, más frecuentes; los bares más sucios. Carros y, a veces, cabras y ovejas, acompañaban la perezosa marcha de los tranvías y, junto a las aceras, no era extraño encontrarse un gato muerto, tieso, el pelo brillante, la sonrisa roja y un ojo en desvarío. Los solares emanaban un vaho fétido al sol y se oía, de vez en cuando, enganchar vagones, o el resuello domado de un tren avanzando en vía muerta, o pitidos anémicos que parecían pregonar el hambre de los campos. Había puestos de sortijas y puestos de avellanas, de carteras y cintas, de llaves y altramuces y, en balcones y ventanucos oscuros, colgaban jaulas de canarios, colorines y grillos; el grillo preso plañía su carcelera sobre la lechuga y le contestaba el grillo libre del solar, acechado, entre las ortigas, por la boina ociosa de un viejo».alcala-8-en-1900-skyscrapercity

La pupila de un niño que aún no sabe que va a ser escritor pero que está destinado a serlo sigue con los ojos aquel Madrid del primer cuarto del XX – los detalles, los objetos -, un Madrid que le va entregando todos los recuerdos que un día dejará en el papel.

«Había plantas también, en latas de arenques y en tiestos; geranios, hortensias, claveles, albahaca, verbena. El sol salía para todos, caldeaba las panzas de los churumbeles desnudos y dejaba, al marcharse, una capa de polvo que parecía descansar por las noches del azacaneo transeúnte. El que usaba sombrero era un tratante en burros: el que llevaba bastón estaba enfermo o era mayoral, pastor o reñidor; el que lucía corbata, alfiler de corbata y, a veces, camisa a rayas, era carterista».alcala-5-antique-printsde

Luego la pupila del niño que aún no sabe que va a ser escritor sube de dos en dos las escaleras de la infancia, trepa hasta esa buhardilla a la que aún no ha subido nadie, y rebusca, encuentra palabras que un día dejará en el papel.

«La hucha de mi vocabulario – sigue diciendo Medardo Fraile en «El cuento de siempre acabar. Autobiografía y memorias», que pronto publicará Pre-Textos – se iba enriqueciendo, palabra a palabra: cortijo, garrota, artesa, bardas, altramuz, crujía, jaráiz, chinero, alacena, dompedro, granero, murciélago, aguador, espliego o alhucema, poyo, fuente de taza, arreos, galería, romero, esparto, tábano, vencejo, tórtola, colorín (jilguero), reja, cochera, cuadra, muralla, arrezú (paloluz), feria, era, trillo, alberca, tejeringo, olivo y tantas otras que comenzaron a salir de mis labios como agua de bautismo fecunda y fresca».

La pupila del niño que aún no sabe que va a ser escritor pero que está destinado a serlo baja corriendo otra vez las escaleras, lleva en la mente los recuerdos, procura que no se le escape ninguno, busca cuanto antes una mesa, y dándose cuenta de que de pronto se ha hecho mayor, comienza muy despacio a escribir.

(Imágenes: calle de Alcalá en 1928.-skyscraperCity/ calle de Alcalá en 1900.-skyscraperCity/ Cibeles.-antique-prints.de)

CINE Y MISTERIO

foto-ralph-gibson-1

La publicidad es indudablemente necesaria pero a veces puede matar a la belleza. Si la Quinta de Beethoven o su Himno a la Alegría acompañan a un producto radiofónico o televisivo para potenciar su consumo toda la capacidad de admiración que la música encierra queda reducida o quizá tal vez anulada. Eso más o menos ha recordado el director de cine polaco Krzystof  Zanussi en interesantes declaraciones hechas estos días a su paso por Madrid.

«La publicidad – ha comentado – tiene el poder de destruir la belleza, hacerla kitsch y predecible. Si la belleza es previsible, es falsa e inaceptable. Si yo veo el sol ponerse en el horizonte, ya lo asocio a la publicidad de Egypt Air, por ejemplo. Ya no puedo utilizar esa imagen en mi cine, porque la han banalizado. Muchas imágenes, nobles en su origen, han sido banalizadas y ya no funcionan».

Pero acaso lo más relevante de las propuestas del cineasta polaco sean las que se refieren directamente al cine como trabajo creativo y las que aluden directamente a las nuevas generaciones. Las incluyo hoy en Mi Siglo:

¿Qué cualidad valora usted más en un alumno de cine? – le han preguntado para un periódico.
-» Para mí, hacer cine – ha dicho Zanussi – significa comunicar a los otros una cierta sabiduría y una cierta experiencia, experiencia acumulada por los siglos en las estructuras narrativas. Eso es lo primero que les planteo a los alumnos: si no hay nada en su experiencia digno de ser contado, no creo que me pueden contar las historias de los demás; si llevan una vida banal, da igual los estudios que tengan. Lo que importa es la experiencia de vida. En Rusia, los estudiantes de los últimos años tienen unas biografías fascinantes. Muchas veces falta talento, pero la vida que cuentan esos jóvenes de 24 o 26 años es muy rica, muy compleja y dramática. En cambio, otros alumnos occidentales sólo pueden contarme lo que conocen de la televisión. Pero eso no me interesa como cineasta. Eso puede valer para las telenovelas, en las que no hay expresión de la sensibilidad particular de una persona.

¿Por qué este último tipo de trabajo no le parece creativo?
No es nada creativo porque no hay contacto con el Misterio. Sin el contacto con el Misterio, no hay creatividad. El Misterio tiene que ver con nuestros deseos de entender la vida. La relación con el Misterio es un proceso muy dramático y dinámico. Tendemos al infinito, damos pasos hacia él, pero el infinito es siempre inalcanzable. El problema es el contrario: cuando falta el Ideal y la gente se contenta con la vida tal como es. Cuando eso ocurre, ya no hay nada que contar en una película.

Hoy hay, más que nunca, jóvenes que manejan muy bien las técnicas audiovisuales, pero no hay mejor cine.
Saber sólo técnica cinematográfica es como saber sólo caligrafía. ¿De qué sirve? ¿Qué me importa si Dostoyevski tenía una buena caligrafía? En el audiovisual tener sólo buena caligrafía te puede servir para la publicidad o para cierta televisión. No para el cine.

Usted habla del valor de la propia experiencia, pero no todas las grandes películas se basan en la experiencia personal del director.
No quiero decir que sea obligatorio para cada autor contar su biografía. Al contrario, eso es algo excepcional. Me refiero a que, con cierta experiencia de la vida, es más fácil hacer un diagnóstico de la existencia. Muchos jóvenes de hoy no sienten la necesidad de diagnosticar la vida, de preguntarse por qué las cosas duelen, por qué las cosas van mal… En los guiones de muchos jóvenes realizadores occidentales actuales, cada escena representa una visión del mundo separada, distinta de la siguiente: no hay una visión coherente, sólo se tratan aspectos por separado. Esta fragmentación de la visión del mundo es el motivo por el que muchas veces las películas carecen de integridad».

También él ha añadido: «Es un  privilegio encontrar alguien que te dedique dos horas de su vida en una sala de cine. De todos los recursos del planeta hay uno que se ha agotado: la capacidad de atención. Por ello es un privilegio ser escuchado. Un privilegio, no un derecho».

Interesantes reflexiones que nos ayudan a pensar.

(Imagen: foto: Ralph Gilson)

AMANTES DE LA LECTURA

leer-vinvian-foto-suzanne-dechillo-the-new-york-times

Recibo el número 88 de la Revista «Turia», nacida en Teruel hace 25 años, un número mágico para una revista literaria cuando estas publicaciones cuentan fatigosamente el tiempo y suben pesarosas la cuesta de la edición creyendo que cada número va a ser el último de su vida. No ha sido así felizmente en el caso de «Turia», dirigida por Raúl Carlos Maícas y Ana María Navales. Logró esta excelente Revista el Premio Nacional al fomento de la lectura y esa lectura viene y va siempre por sus páginas induciéndonos a sumergirnos en las letras, a recostarnos en los párrafos y a pasear entre creaciones y pensamientos. Nada más abrir la presentación de este número se acerca Virginia Woolf a recordarnos: «He soñado a veces – dice la novelista inglesa – que cuando amanezca el día del juicio, y los grandes conquistadores y abogados y juristas y gobernantes se acerquen para recibir su recompensa, el Todopoderoso, al vernos llegar con nuestros libros bajo el brazo, se volverá hacia Pedro y dirá, no sin cierta envidia: «míralos; estos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles. Son los amantes de la lectura».turia-3-adenes

Son palabras del ensayo de Virginia Woolf  que con el título «¿ Cómo hay que leer un libro?» aparece en «La torre inclinada» (Lumen), una muy interesante recopilación de las reflexiones creadoras que la autora de «Las olas» hizo en su vida.

Allí se complace la escritora inglesa en la atmósfera que puede rodear a la lectura, como en otro sentido se complace Italo Calvino en todo esa intimidad lectora en «Si una noche de invierno un viajero» ( Bruguera), o igualmente analiza o comenta Armando PetrucciHistoria de la lectura en el mundo occidental») de Roger Chartier ( Taurus) hasta las posturas y lugares para leer, muy distintos a los silencios cómodos de Calvino. «Sobre ochenta entrevistados – dirá  Petrucci -, sólo algunos desean leer al aire libre; doce de ellos señalan que prefieren leer sentados ante una mesa o un escritorio; y cuatro indican también la biblioteca como lugar de lectura. De todos modos, el espacio favorito es la casa y dentro de ella su habitación (el que la tiene), mientras que la forma de leer varía entre la cama y el sillón; la mayoría considera el tren como un óptimo lugar para la lectura, prácticamente equivalente al sillón casero».

Pero si nos volvemos al texto de Virginia Woolf descubriremos incluso otros matices. «Podemos leer estos libros – advierte ella – con otra finalidad, que no es la de arrojar luz sobre la literatura, ni la de conocer de cerca a gente famosa, sino la de refrescar y ejercitar nuestra propia capacidad de creación. ¿No está abierta esa ventana a la derecha de la biblioteca? Qué delicia es dejar de leer y mirar hacia fuera. Cuán estimulante es la escena, en su carencia de conciencia, en su trivialidad, en su perpetuo movimiento. Los potros galopan alrededor del campo, la mujer llena el cubo en el pozo, el asno echa la cabeza atrás y emite su largo, acre gemido».

Es el ojo humano el que lee y el que ahora descansa de leer, el que está leyendo la naturaleza y  el que seguramente escribirá sobre ella un libro muy parecido al que está leyendo.

(Imágenes: foto: Suzanne DeChillo.-The New York Times/ portada del número 84 de «Turia»)