LOS LIBROS DE BORGES

“Mis libros ( que no saben que yo existo)

son tan parte de mí como ese rostro

de sienes grises y de grises ojos

que vanamente busco en los cristales

y que recorro con la mano cóncava.

No sin alguna lógica amargura

pienso que las palabras esenciales

que me expresan están en esas hojas

que no saben quién soy, no en las que he escrito.

Mejor así. Las voces de los muertos

me dirán para siempre.”

Jorge Luis Borges— “Mis libros” -“La rosa profunda” (1975)

(Imagen – Borges .—Cervantes.es)

LOS LIBROS Y EL AMOR

Cuentan la historia del príncipe Mahmud al Dawla bin Farik, que en la Edad Media tenía la biblioteca más importante del Cairo: “el príncipe adoraba leer y escribir, y se consagraba noche tras noche a su pasión. Fue un gran poeta. Cuando murió repentinamente, su esposa, también princesa de la familia reinante, ordenó a sus esclavos reunir todos los libros de Mahmud en el patio interior de su palacio. Y allí entonó cantos fünebres mientras arrojaba lentamente a la gran fuente uno por uno aquellos libros que la habían privado de su amor.”

(Imagen — Susan Ritcher Knox)

EL ASPECTO DE UN LIBRO

 

“Recuerdo un tiempo en que despreciaba en los libros todo lo que no fuese lectura. Me hubiesen bastado unos trapos con manchas de tipos desgastados. Me decía que un mal papel, unos caracteres gastados o una página descuidada, con tal que el texto mismo estuviese hecho para seducirle, debían contentar a un lector verdaderamente espiritual.

(…) Sin darme cuenta — sigue diciendo Paul Valéry —, he venido a no desdeñar el físico de los libros. Gustosamente admiro y acaricio uno de esos volúmenes de gran precio que se colocan entre los muebles de mayor belleza, a los que igualan.  Pero en ese amor no hay concupiscencia. Eso sería querer sufrir.

 

Tampoco su rareza me afecta demasiado. Por otro lado ésa no es más que una noción abstracta e imaginaria, salvo en la subasta. Los ojos no saben que tal o cual ejemplar es único; el tacto no disfruta especialmente con eso. Pero les tengo cariño a esos libros sólidos y “confortables” como los que se hacían en el siglo XVll. Se encuentran con bastante facilidad en  nobles in-quarto con cubiertas de cuero oscuro y lustroso, densa y ampliamente impresos, adornados con florones y pies de lámpara, y provistos de unos márgenes razonables.  Un autor no puede desear ediciones más robustas ni más adaptadas a ese lector serio que debe anhelar para su obra.

 

 

(Imágenes—1- Sebastien Muller / 2–Sebastien Stokopff/3- Jan van Eyck)

TODA LA MEMORIA DEL MUNDO

 

 

“Toda la memoria del mundo” era el cortometraje que preparaba Alain Resnais en 1956, y que  mostraría los planos desde la altura, y los anaqueles, y las tomas. Los  libros  estaban allí esperando, en la Biblioteca Nacional de Francia , a que los filmasen. Y se habían colocado todos juntos y a la vez dispersos, alineados, clasificados, ordenados, repartidos, enseñando sus lomos y guardando en su vientre sus tintas y la punta seca de sus cubiertas, escondiendo las planchas de cobre con las que habían sido hechos. Algunos ejemplares en papel de hilo charlaban animadamente con las cabeceras, las iniciales y finales de capítulo, cambiando impresiones  con aguafuertes y con páginas capitulares en color teja y se decían los unos a los otros  que estaban  encantados de aparecer en el cine. Estaban escondidos dentro de un libro dieciocho grabados a buril que eran algo tímidos y que preguntaron si había que arreglarse algo más para salir mejor en el cortometraje, pero a su lado les escuchó un libro en hojas de corcho con caracteres góticos y policromia y abundancia de azules, verdes, magenta  y oro,  y que pertenecía a un manuscrito miniado medieval y por ello se daba mucha importancia, y les tranquilizó. No había que arreglarse más sino salir tal como eran y  como estaban, que eso era lo normal. Lo mismo opinaron unos manuscritos de Oriente cuya tinta se había hecho con negro de humo  y que discutían siempre con otros manuscritos de Occidente cuya tinta se había hecho con sulfato de cobre, e incluso quiso intervenir  con gran poderío una destacada capitular historiada que representaba la investidura de un caballero en el Catálogo Gloriae Mundi de Lyon, de 1529,

Pero ya se estaba armando demasiado jaleo. Hablaban a la vez los márgenes, las signaturas, los registros, las cubiertas,  los incunables, los preliminares, los subrayados y las tachaduras, las anotaciones, las reproducciones, los facsímiles, las filigranas y hasta las erratas.

Entonces se oyeron los pasos de Alain Resnais que llegaba para  empezar a filmar y quedó en silencio de repente toda la memoria del mundo.

José Julio Perlado

 

(Imagen – -Nicolo da Bologna- biblioteca ambrosiana de Milán)

EN LA NOCHE DE LOS LIBROS

En la noche de los libros abrimos la puerta de la gran habitación donde Alberto Manguel acaba de reordenar todos sus libros. “Algunos libros – nos dice – se remontaban a mi adolescencia, incluso a mi infancia. Hay libros que están conmigo desde que tengo cuatro o cinco años. No me iba a acostar, me quedaba hasta las dos de la mañana, me levantaba a las seis, me olvidaba de comer; aquí estuve, durante tres meses, en un mundo aparte. Terminé de ordenar la biblioteca el día que volvió Craig. Iba a poner música y estaba a punto de escuchar a Wagner. Preparé la primera parte de Tannhäuser y puse a andar la música en el momento en que entraba Craig. Quedó deslumbrado. Ver la biblioteca  ya causaba una impresión fuerte, pero verla con todos los libros en su lugar, con, además, una música fastuosa, era absolutamente maravilloso. La noche que terminé de ordenar los libros, dormí en la biblioteca, en el suelo. Sentía que era necesario apropiarme del lugar. Era una conclusión y también un comienzo. Sentí que de ahí en adelante iba a trabajar de otra manera.

Empezar a escribir y leer de otra manera. A otro ritmo, con mucha menos angustia en relación con lo que no conocía, lo que no había leído, lo que no había hecho. Tuve una conciencia mucho mayor de lo que me quedaba de tiempo y de espacio (…)  Pienso que uno crea con los libros un lazo vivo. Por amistad, por respeto a ellos, quisiera abrirlos una vez más. Los criadores de  abejas dicen que, cuando un apicultor muere, alguien debe ir a decirles a las abejas que su criador ha muerto. Querría que alguien hiciera eso con mis libros.”

(Imágenes – 1-biblioteca personal  de Alberto Manguel – studio bibliografico apuleio/ 2-libros de juegos de manos – Flickr/ 3- Vanessa Bell)