FOTOS EN EL METRO

Cuando entra ese negro ciego en el metro y le llevan de la mano para que pueda sentarse en el vagón, la niña que está enfrente se le queda mirando de pronto y empieza a fotografiarle instantáneamente, velozmente, sus pupilas de once años captan una, dos, cien, mil fotografías precisas, está formando la imagen de ese negro ciego que se ha sentado hierático con su bastón mirando al vacío desde su vacío, viajando en su habitual negrura, y la cámara de los ojos de la niña deja que se impresione mediante la luz esa superficie sensibilizada llamada clisé, placa o película, y esas fotografías sucesivas no las olvidará nunca porque son las preguntas de los cómos, de los porqués, del por qué ese negro es ciego y además sonríe, cómo es posible que sonría, por qué parece tan feliz, de dónde viene ese negro con gafas oscuras, a dónde va, los flases y fogonazos de las interrogantes eternas en unos ojos de once años que guardan todos los destellos que emite el mundo.
No sabe esa niña que fotografía que yo la estoy fotografiando. Ella reproduce en sí misma la imagen de ese negro ciego y yo la reproduzco a ella. Ella lo representa en sucesivas instantáneas y yo la retrato en parpadeos constantes.
Mientras tanto corre el vagón con sus luces, entra en el tunel de las sombras, sale de nuevo a la claridad, entra otra vez en la ceguera.

CARTONES Y TERNURAS

Me cuentan que a ese hombre tirado bajo los soportales le han abierto esta noche los cartones y han encontrado sudor y orines entre sus ropas. Luego le han abierto las ropas y han hallado una vida tendida, los pies encogidos y los ojos pegados al sueño. Como aún se tapaba con más papeles y cartones han tropezado debajo con trozos de hambre, cascos de bebida, un matrimonio roto, peleas en la casa, desahucios, semanas en albergues y madrugadas heladas. Luego han seguido apartando todo lo que le cubría y se han topado con desplantes de hijos, navajas, gritos, peleas , un corte en la cara y seis jeringuillas. Aún se tapaba con otro cartón, y al separarlo, han descubierto despidos, deudas, hurtos, estudios sin terminar, una infancia radiante y una risa espontánea que acabó lúgubre.
Me cuentan que por la acera, de pronto, ha venido presurosa una mujer taconeando emocionada. Apartando las mantas, se ha inclinado solícita, ha extendido los brazos y ha preguntado mirando al hombre, llamándole por su diminutivo:
-¿Pero qué haces aquí, hijo mío? ¿Cómo has llegado hasta aquí? – le ha dicho besándole – ¿Cómo has descendido hasta esto?
Y lo ha abrazado incorporándolo y como madre no ha sabido más que envolverle con ternura.

MUJERES Y HOMBRES

Una mujer siempre está sentada a la derecha de ese hombre que escribe, pinta, compone o esculpe y que va y viene por su estudio y por las páginas sorteando sus dudas creadoras y ensimismado en su soledad. La aparición simultánea de dos libros femeninos sobre el escritor norteamericano Raymond Carver -«Así fueron las cosas«(Circe), de Maryann Burk Carver y «Carver y yo» (Bartleby), de Tess Callagher -, supone la entrada en la habitación de los recuerdos de dos miradas distintas, las dos enamoradas, que acompañaron a este hombre de los relatos minimalistas, sumergido durante años en el alcohol, hasta llegar a su irrevocable decisión de cruzar para siempre el umbral del mundo abstemio en la mañana del 2 de junio de 1977 , a los treinta y nueve años de edad. Gracias a su segunda mujer, a la poeta Tess Callagher y a la meditada y comprensiva lectura casi cotidiana de Chejov, nació un Carver nuevo, mucho más humano y profundo, un camino que iniciaría con su relato «Catedral».
Pero no fue sólo Tess Callagher la que le ayudó hasta su muerte vencida por el cáncer. Maryann, su primera mujer, descendió con él las escaleras de los abismos y convivió con Carver todas las alegrías y las tristezas en un sótano de fatigas y de intentos.
Fueron dos amores intensos. Como amores intensos, pacientes y escondidos a la vera de tantos artistas nos llevarían a evocar, en el caso de Solzhenitsin, a su primera mujer Natalia Reschetovskaya – «Mi marido Solzhenitsin» (Sedymar)- y a su segunda y actual mujer, Natasha. Amores comprensivos y callados los de Katia Mann -«Memorias«- escuchando y paseando con el tantas veces atormentado Thomas Mann. Hay una dulzura en Katia, una mirada sosegada, un gran silencio. Dulce también, sonriente y práctica para resolver la intendencencia de la vida fue Zenobia Camprubí en su vida con Juan Ramón. Inteligente y profunda se reveló Raissa Maritain – «Diario» y » «Las grandes amistades«- siempre al lado de su marido.
La lista sería numerosa. Los vacíos que han dejado ciertas mujeres al irse de este mundo – Marisa Madieri, por ejemplo, la autora de «Verde agua«- han intentado cantarse por quienes las acompañaron en el matrimonio, en este caso Claudio Magris.
Quedan siempre grandes mujeres en las penumbras de la creación. Muchas veces también ellas crean y en muchas ocasiones superan al hombre. Quedan allí, entre años y paredes, en una vida escondida y llenas de fe en un proyecto. Quedan sus largos esfuerzos comunes, sus diálogos de ojos, el aliento de una constante comprensión.

SOLARIS

Veo «Solaris«, la célebre película de Tarkovski basada en la novela de Stanislav Lem. Sigo los lentos remolinos azules del cerebro humano, las masas grises de la memoria que se desplazan hacia olas infinitas, islas del recuerdo que son mecidas por el «Preludio coral en fa menor» de Bach. Tarkovski confesó que no le interesaba la ciencia-ficción, que hubiera querido prescindir de aquellas naves espaciales. La zona – lo que más le atraía- es la vida que el hombre debe atravesar y en la que sucumbe o aguanta. La zona es ese océano que llevamos dentro de la cabeza, debajo del cráneo, con las tormentas escondidas, las aguas revueltas y los picos espumosos de locura y razón. «Que el hombre resista – dijo Tarkovski- depende tan sólo de la conciencia que tenga en su propio valor, de su capacidad de distinguir lo sustancial de lo accidental».
Estas secuencias rodadas en círculo en esta película mental, en este film inquietante, nos envuelven hasta desconcertarnos, como siempre nos desconcierta ese hombre mudo que nos mira en un transporte público, que nos tiende la mano en un almuerzo, que se une a nosotros en un ascensor. No llegaremos nunca a su zona porque ella está velada por su piel, por sus ojos y por sus párpados. Ni él mismo llega a su zona más íntima porque no conoce realmente quién es. Se asombraría al ver cuántos remolinos verdes y azules pueden moverse dentro de su memoria y cuánto podría filmar Tarkovski si, mecido por Bach, buceara en el planeta de su interior.

ÚLTIMA CORRESPONDENCIA

Hay cartas que superan el tiempo y que conviene leer de vez en cuando. Rilke, el 17 de febrero de 19o3, escribe estas líneas que se han hecho insuperables:
«Pregunta usted si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Antes se lo ha preguntado a otros. Los envía a las revistas. Los compara con otras poesías , y se inquieta cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos. Ahora (ya que usted me ha permitido aconsejarle), ruégole que abandone todo eso. Usted mira a lo exterior, y esto es, precisamente, lo que no debe hacer ahora. Nadie le puede aconsejar ni ayudar: nadie. Solamente hay un medio: vuelva usted sobre sí. Investigue la causa que le impele a escribir; examine si ella extiende sus raíces en lo más profundo de su corazón.(…) Esto ante todo: pregúntese en la hora más serena de su noche: «¿debo escribir?». Ahonde en sí mismo hacia una profunda respuesta: y si resulta afirmativa, si puede afrontar tan seria pregunta con un fuerte y sencillo «debo«, construya entonces su vida según esta necesidad; su vida tiene que ser, hasta en su hora más indiferente e insignificante, un signo y testimonio de este impulso. Después acérquese a la naturaleza. Entonces trate de expresar como un primer hombre lo que ve y experimenta, y ama y pierde».
Hoy en Madrid, en esta mañana otoñal de domingo y cruzando el Retiro, todos leíamos esta página de las «Cartas a un joven poeta«. Todos habíamos recibido la misma carta a la misma hora del mismo día. Los que pintamos, los que componenos, los que esculpimos y los que escribimos.

FINALES DE CUENTOS

En el taller de escritura al que asisto lunes, miércoles y viernes, el escritor norteamericano Nathaniel Hawthorne nos propone el inicio de un cuento para que lo prosigamos. «Un personaje muy fantasioso -nos dice-pide que, al morir, lo entierren en una nube. Ahora debéis continuar hasta el final». Como los alumnos no sabemos de qué modo seguir, él mismo nos ayuda contándonos cómo la familia , para cumplir tal deseo, no tiene más remedio que detener a una nube que pasa, la aparta de todas las que cruzan – de los cúmulos, de los cirros, de los nimbos, de los estratos- , abre con cuidado una de esas partículas minúsculas de agua suspendidas en la atmósfera, separa todos los pequeños cristales de hielo y allí, en silencioso equilibrio y en el fondo del vapor transparente, coloca aquella vida horizontal tan enamorada de las nubes, a las que que siempre seguía y cortejaba desde el jardín.
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En el taller de escritura al que asisto martes, jueves y sábados, el escritor chino Zhang Hua, nos propone el comienzo de un cuento para que lo continuemos. Nos dice de pie, al lado de la pizarra: «Cuando hay un pelo de un hombre sujeto en el pico de un pájaro que vuela, ese hombre sueña que vuela». Como tampoco sabemos de qué forma podemos seguir, él mismo nos enseña a ese hombre que duerme en busca del pelo que lleva el pájaro en el pico, nos muestra las evoluciones del vuelo en su sueño y nos hace ver que ese pájaro llegará muy pronto hasta la nube en la que está viajando el hombre del cuento del lunes, miércoles y viernes.
– «Todo queda en el cielo» – nos dice Zhang Hua – «Así podéis decírselo a Nathaniel Hawthorne».

BALLET DE MEDUSAS

Catedrales de seda flotante -me dice Valéry prestándome los prismáticos-, ¿usted las ve?, fíjese bien en esas largas cintas vivas recorridas enteras por rápidas ondulaciones, por flecos y frunces que ellas pliegan y despliegan mientras se giran, se deforman, vuelan, fluidas como el fluido continuo que las aprieta y se pega a ellas y las sujeta por todas partes, hace hueco a su menor inflexión, y pasa a ocupar sus formas. Ahí, en la plenitud incomprensible del agua que parece no oponerles resistencia, esas criaturas disponen del ideal de la movilidad, y despliegan y repliegan su simetría radiante. Nada de suelo, nada de sólido para esas bailarinas absolutas; nada de tablas; sino un medio donde apoyarse en todos sus puntos, que ceden hacia donde se quiere. Nada de sólido, tampoco, en sus cuerpos de cristal elástico, nada de huesos, nada de articulaciones, ni vínculos invariables, ni segmentos que se pudiera contar…
Estamos en un acuario viendo moverse a las medusas. ¿O estamos en un teatro viendo danzar a las bailarinas de Degas? A veces, con los prismáticos, no sé dónde estoy. Quizá me encuentre en un museo, ante un cuadro de Degas que parece un ballet, ballet que a su vez parece un acuario en donde las medusas danzan. Llaman la atención ahora por la brillante luminiscencia de su pintura, por la luz fría de las blancas faldas que no centellean en el acuario, por el número de cambios trenzados cruzando el escenario. La virtuosidad, la resistencia física de estas bailarinas flotando en aguas superficiales, es atraída por el viento que intenta arrastrarlas en giros y vueltas y las faldas son a veces violetas y otras amarillas, la movilidad espacial las acerca al cine y yo tomo otra vez los prismáticos para ver las campanas de estos cabellos de medusas y seguir el color de este cuadro que está dentro del escenario, escenario que está dentro del agua.
La correspondencia de las artes es así. No sólo la pintura enlaza con la poesía y ésta a su vez se une con la música. Nunca sabemos dónde estamos. Mirando un paisaje decimos, por ejemplo: «parece un cuadro», mirando un cuadro nos asombra que supere a un paisaje, mirando a esta bailarina nos atrapa de pronto la medusa que nos lleva a Degas.

RINOCERONTES

Cenamos anoche en la plaza del Callao, en una mesita al aire libre, el chileno Jaime Antúnez, gran entrevistador, y Ionesco que está de paso por Madrid.
Bajo el cielo otoñal Ionesco nos confiesa:
-Los rinocerontes son los totalitarios, los comunistas, los fascistas; pero también son los seguidores de ideas ajenas o recibidas. Y eso ocurre, por ejemplo, con la falta de libertad frente a la moda.
De repente pasa en tropel por la Gran Vía un grupo enorme de rinocerontes negros con su hocico abierto y sus dos cuernos, la piel de color pizarra, llena de pliegues y sin pelo. Vienen del día escondido, de la vegetación de la época, de los arbustos de las discusiones, de los destrozos de la apatía. Son de comportamiento imprevisible y caprichoso, levantan una nube de polvo y provocan un ruido temible con su carga violenta.
Ionesco no se inmuta al verlos pasar y sólo comenta entristecido:
-Es grave, cuando todos siguen una determinada línea de pensamiento, decirse: «¿Cómo puedo tener derecho a pensar lo que los otros no piensan, cómo atreverme a no pensar como los otros?».
Luego la Gran Vía se queda desierta, llena de polvareda, como todo Madrid, como tantos países.
Ionesco y quienes le acompañamos volvemos sin decirnos nada, buscando el silencio.

LO QUE HAS VISTO EN LA NOCHE

«Cierra tus ojos físicos para que veas primero tu cuadro con los ojos del espíritu -me susurra mientras me voy durmiendo Caspar David Friedrich, ese gran pintor del romanticismo alemán-. Luego, haz que aparezca en el día lo que has visto en tu noche, para que su acción se ejerza a su vez sobre otros seres, del exterior hacia el interior».
– Pero yo lo que quiero es escribir…- protesto casi entre sueños.
– Es que escribir es lo mismo que pintar- me sigue diciendo -. Es la misma operación. El pintor no debe pintar solamente lo que ve ante él, sino lo que ve en él mismo. Si no ve nada en sí mismo que renuncie a pintar lo que ve afuera. En un escritor ocurre igual.
Entonces me doy vueltas en la cama intentando apartar la sábana de la pesadilla, procuro ver qué hora es, cuándo me levantaré a escribir.
Oigo la voz de Poussin en el cuarto:
-La mano de un pintor nunca tiene que trazar una línea que no se haya formado antes en el espíritu.
Me pongo, pues, a escribir todo esto en sueños antes de despertarme. Escribo deprisa que me acabo de acostar y que oigo voces de pintores mezcladas con las de poetas y artistas y consejos de cómo debo escribir.
A la mañana siguiente todo está ya escrito. Me acerco a la mesa y me asombra ver esta página tan llena de palabras creada durante el sueño. Aún tiene un velo de neblina la tinta y un leve color nocturno tiñe el papel.

ESCUCHANDO A MOZART

Intentaba narrar la música con palabras.

Era media tarde, cerró las ventanas, se sentó en la butaca, cerró los ojos y comenzó a escuchar el Concierto para violín y orquesta nº 3 en sol mayor, K.216 de Mozart.

…Oía, sí, escuchaba ahora, después de tanto tiempo, aquel lento, tenue, espaciado Adagio de ternura después de tantos años, ahora sí volvía a escucharlo muy tenue y muy despacio otra vez, muy pausadamente… Escuchaba, sí, escuchaba el violín desde su cuarto con los ojos cerrados, le iba subiendo ahora, le iba poco a poco ascendiendo aquel lento y suave Adagio otra vez por todo el cuerpo, por todos los miembros, aquel Adagio de ternura por el corazón herido, pasando el violín lentamente sobre su corazón herido, llegando hasta él las cuerdas en sordina, las flautas, las flautas acompasadas, llegando hasta él el violín solitario entre nocturnas, maravillosas cantinelas bajo sus párpados, en los oídos, en los labios, tensado el violín con todo el arco de su columna vertebral, por las yemas de sus labios, por sus sienes, por el pelo, por el cerebro, llegando la ternura hasta tocar su cerebro, pasando su ternura la mano por el cerebro como le había pasado tantas veces la mano su madre en la niñez acariciándole muy despacio el pelo, acariciándole de niño los pensamientos…
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…Oía, sí, seguía escuchando ahora en aquel cuarto aquel gran Adagio de ternura tan lento y tan sereno, el paso de la mano de su madre por el pelo cuando le despedía para ir al colegio, los dedos, los dedos de su madre por las ondas, los violines, los besos, los besos de su madre en las mejillas, las flautas, las flautas acompasadas, aquella dulzura, aquella serenidad de los ojos de su madre mirándole en la puerta al despedirle, aquellos consejos de su madre tan suaves que los violines y las flautas acompañaban ahora, aquellos abrazos al atardecer, aquellos adioses, aquellos adioses de los veranos al anochecer, las noches, aquel gran Adagio de ternura cuando él despedía a sus hijos por las noches, los violines, los violines solitarios, los besos a los niños, aquel entrecerrar despacio la puerta del dormitorio y el apagar suavemente la luz para dar las buenas noches a sus hijos…
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…Y más tarde – ya anochecido- quiso volver otra vez a escuchar en aquel cuarto el lento, solitario y melancólico Larghetto del Concierto para piano y orquesta nº 27 en si bemol mayor de Mozart que ahora venía de nuevo hasta su butaca, aquel Larghetto de teclas blancas y de yemas sonoras y cálidas, la blanca claridad de los dedos y de las teclas a la vez, la potencia de los martillos, los vientos, los suspiros, el respirar, el aspirar, el suspirar de todos los violines al fondo de las montañas, los ríos, los cielos que él había visto durante los veranos, paisajes batidos por la lluvia, cortinas de lluvia punteadas ahora por teclas cristalinas, lunas redondas que iban pisando las yemas de los dedos sobre el piano, la intensidad, la brillantez, la sonoridad de las gotas de agua de las teclas que tocaba el solista y que ahora iba palpando Mozart, la simplicidad, la desnudez de aquel piano solitario doblado al fondo por unas flautas, doblado luego por los primeros violines que bajaban desde las montañas hasta su butaca.

PEQUEÑA CELEBRACIÓN

Al celebrarse un mes de la aparición de este blog me he asomado en este día al balcón de la noche, a la terraza que domina toda la Globosfera – a esos dominios de las pantallas iluminadas- y he contemplado rostros múltiples, anónimas estrellas que tecleaban blancas palabras, ese universo silencioso de los ordenadores y el pálido recuadro que aguarda el misterioso escribir.
Entonces – y para celebrar este mes primero de comunicación – he lanzado un largo grito desde la pantalla, afilado quejido que no conoce el final, frase que atraviesa mundos instantáneos y he visto a las palabras partir como flechas hacia pantallas desconocidas – nunca se sabe si acogedoras o displicentes-, pantallas como portales escondidos, portales al fondo de habitaciones, habitaciones en lo profundo de las casas.

Escribo en este cielo de la Globosfera sin saber en qué cementerio morirán los mensajes y si acaso morirán alguna vez. Internet no es infinito pero su inmensidad envuelve a esta noche del día de la celebración, y no se escucha más ruido a esta hora que el del pestañeo de los ojos sin párpados, ojos que siguen todo lo que se escribe y roce de las yemas de los dedos pulsando las teclas de las preguntas, monólogos en la distancia que vuelan en busca de diálogos, diálogos breves como correos fulgurantes, contestaciones como chispas, respuestas al otro lado del mundo.
¿Hay alguien ahí, al final del pasillo de la tecnología? Sí, siempre hay una luz encendida en lo más hondo de las casas cuando todos creen haber apagado la última luz.
Con esa luz comparto mi pequeña celebración.
En la intimidad de las habitaciones universales y encima de este mantel simbólico de teclas blancas pongo estas treinta velitas de palabras, soplo la llama del misterio y me voy a dormir.

TIENDAS ESCOGIDAS (3)

Pero aún hay otro tipo de cuadernos más valiosos, que ayudan mejor a escribir. Son los que usa Auster en Manhattan, aquel «cuaderno rojo» del que él hablaba y esa caligrafía del azar y el misterio que él tanto ha ido bordando, su escritura envolvente hacia el desasosiego, las palabras que nos llevan dando vueltas por un desagüe imprevisto y el final de una aventura que nos persigue.
Y a todos esos cuadernos – a los nocturnos de París y Proust, a los poéticos de Lisboa, a los otros en los que Auster se confiesa- hay que añadir en España los «Cuadernos de todo» de Carmen Martin Gaite, conjunto de fechas y de flechas, proyectos, esbozos, desahogos, en los que mezcla la muerte de su hija con anotaciones de novelas, arreglos que debe hacer en casa, síntesis de conferencias, frases de amigos y anhelos de mujer.
Cada uno tiene su cuaderno. De repente la inspiración nos saluda por una calle, en una escalera, en el coloquio de un almuerzo (es el caso de Henry James) , y el cuaderno recoge esa «invitación» bajo el enigma de un garabato rápido o asomando ya lo que será historia completa.
Hay tiendas escogidas en el mundo – célebres papelerías que poco a poco van desapareciendo- donde reposan cuadernos de todos los tamaños, cuadernos quizá maravillosos, cuadernos especiales. Y los escritores lo saben.
Es allí a media tarde donde, empujando esa puertecita casi escondida, vemos llegar a Proust, a Pessoa, a Auster o a Tabucchi.

TIENDAS ESCOGIDAS (2)

Pero esos cuadernos de París quizá no nos sirvan y tan sólo nos inspiren. Entonces será necesario encargarlos – como hace Tabucchi desde Italia – a una papelería portuguesa que está cerca del Tajo, ya casi en el puerto. El papel alargado y punteado de esos cuadernitos de Lisboa no recogen la letra de Pessoa ni tampoco la de sus heterónimos sino que permanece intacto y límpido esperando nuestra escritura y los impulsos de nuestra invención. Yo siempre he creado en esos cuadernos y la creación ha fluido como el agua del río portugués, me he sentado al final de las curvas que con su imaginación da el tranvía y he descrito y escrito cuanto veía y sentía sin darme cuenta del paso de las horas, escuchando sólo las pisadas de Pessoa bajando por aquel viejo barrio con la cabeza ardiendo de poemas.

TIENDAS ESCOGIDAS

Me pregunta mucha gente a través de Internet dónde pueden comprar esos pequeños cuadernos de tapas rojas y páginas diminutas a los que yo me refería el pasado día 20. Con mucho gusto les contesto. Hay un pasaje en París que da a la rue de Rivoli, muy cerca ya de la Plaza de la Concordia, que tiene en su puerta y como elegante reclamo una pluma de ave y un tintero de bronce. Empujando esa puertecita de la entrada y apartando una cortinilla granate pronto aparece allí un mostrador repleto de cuadernos antiguos de todos los colores. A la amable empleada que suele atendernos no hay más que pedirle, por ejemplo, el cuaderno de Proust, y ella nos entregará por unos pocos francos ese oscuro cuaderno con tapas de hule negro en el que Proust escribía por las noches. Si se sale a la calle, la luz del sol ilumina esas páginas aparentemente blancas, pero es necesario esperar un poco ya que la luz se posa en el papel y del papel emerge lentamente la escritura del Tiempo Perdido en forma de notas y de proyectos varios, es decir, de repente tenemos en la mano los apuntes reales que Proust hizo, sus anotaciones nocturnas y el arabesco de su caligrafía sin tener necesidad de acudir a consultarlos a la Biblioteca Nacional Francesa.

VER LA BELLEZA

Paseábamos por Praga Gustav Janouch y yo como todas las tardes. De pronto Kafka nos dijo:
-La juventud es feliz porque posee la capacidad de ver la belleza. Es al perder esta capacidad cuando comienza el penoso envejecimiento, la decadencia, la infelicidad.
-¿Entonces, la vejez -preguntó Janouch deteniéndose- excluye toda posibilidad de felicidad?
-No. La felicidad excluye a la vejez.-Kafka inclinó sonriente la cabeza hacia delante, como si quisiera esconderla entre los hombros encogidos.-Quien conserva la capacidad de ver la belleza no envejece.
Yo tomé este cuadernito que siempre llevo conmigo (casi el mismo que llevaba Eckermann con Goethe y Boswell con Samuel Johnson, este pequeño cuadernito de tapas rojas y páginas diminutas) y ahí anoté todo.
Así llegamos, muy despacio y charlando, hasta la esquina del Palacio Schönborn de Praga.

ARTE Y DINERO

Decía Paul  Auster  hablando de Antonioni y de Bergman al comentar sus muertes, «que habría sido trágico que hubieran empezado a dirigir ahora porque nadie habría financiado sus películas (…) Ahora nadie se atreve realizar cine como arte. Todo está inspirado por el deseo de hacer más y más dinero. El dinero lo ha contaminado todo, incluido el arte, que se ha convertido en una simple mercancía. La mayoría de las películas se realiza sólo por eso; no para explorar el mundo, sino para entretener a la gente dos horas y ganar tanto como sea posible».
Habría que añadir la pregunta sobre si algun editor se interesaría hoy por Kafka o por «La muerte de Virgilio» de Hermann Broch, ese cántico a la lentitud de la escena clásica, el ritmo de las palas en el agua, el ir y venir de los recuerdos. ¿Alguien editaría hoy a Proust?. Camus dice que todo el arte de Kafka consiste en obligar al lector a releer. ¿Muchos releen  hoy?  También  Auster señaló  que a Shakespeare se le lee y relee. «Se puede pensar que ya está todo dicho sobre Shakespeare, pero es todo lo contrario: Shakespeare es inagotable. (…) Un cuadro genial no sufre ningun desgaste. Un buen libro no sufre ningun desgaste. Nunca se logra alcanzar el meollo. Esa es la razón por la que el libro puede ser una fuente de energía y representar una especie de reto durante siglos».
Pero vivimos en la época del entretenimiento, las dos horas de superficialidad en la penumbra de un cine, el libro fácil y «encantador» (en el sentido de que «encante» a los  sentimientos), el libro o la película que no plantee la exploración del mundo sino tan sólo que invite a  un paseo agradable y sin preguntas, con un ritmo rápido que  -sobre todo, en el caso del cine – no deje tiempo para digerir e interiorizar.
«Lo más interesante sobre los libros -terminaba Auster– es que, probablemente, sean el escenario más íntimo donde la conciencia humana se puede expresar y encontrar».
Hay que recordar todo esto cuando se miran a lo lejos esas grandes superficies de las aguas que vienen ya anunciando el otoño,  las  cubiertas de  novedades del próximo año , las grandes superficies de los títulos. Unos nos van a interesar, otros nos van a divertir, otros nos van a entretener. ¿Alguno nos llevará a pensar?
(Imágenes: «Blow-Up» de Antonioni (1966) / Paul Auster en Central Park.-sine.edu)