LA GRAN CONVERSACIÓN EN LA RED

Leo en el periódico Clarín de Buenos Aires:

-Un weblog, o blog, es básicamente. una página personal de Internet, sin fines de lucro y que se diseña y se pone online muy fácilmente.

El Mercurio, de Santiago de Chile, le contesta después:

-¿Tú sabes lo que significa la palabra blog? Significa bitácora, entonces es una bitácora en la web, weblog.

El diálogo prosigue:

-El escritor de blogs es cada día más activo. Internet ha pasado de ser la gran biblioteca a ser la gran conversación – intervienen desde un periódico de Madrid.

Todo esto me lo recuerda Judit Freixa, del Observatorio de Neología de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Me lo va contando en un interesantísimo artículo sobre los neologismos más frecuentes que publica Fundéu, la Fundación del Español Urgente.

Si neologismo es el vocablo, acepción o giro nuevo en una lengua, blog va hoy a la cabeza como una nueva realidad, algo que no existía anteriormente y que ha sido necesario denominar. Hoy la palabra blog aparece usada con toda normalidad, sin explicaciones y sin marcas tipográficas.

Pero el diálogo continúa:

-Entre los webloggers – aporta un periódico madrileño – es más habitual leer hasta 20 o 25 weblogs, probablemente por la necesidad de estar al día de lo que sucede en la blogosfera y por su mayor implicación en este pequeño universo.

– No tan pequeño. En 2006 cada día aparecían 75.000. Cada seis meses se duplica la población de la blogosfera, que es hoy 60 veces más grande que hace tres años.

– Y luego está la gran cantidad de vocablos que surgen, por ejemplo fotoblog, blogrolling, blog ging.- me añade Judit Freixa.

La conversación se expande. Mujeres blogosféricas cruzan sus mensajes con hombres y mujeres que bloguean desde rincones lejanos. El mundo gira en torno a un diálogo tecleado, los sobres han desaparecido, los sellos son historia y el cartero ya no llama dos veces. Las palabras cobran eco de instantaneidad. Apenas acabamos de escribir cuando ya nos están leyendo en la otra punta del mundo.

LOS EJÉRCITOS DE LA NOCHE

Hay otros lenguajes que no son el de las palabras, hay lenguajes de símbolos y lenguajes de naturaleza. Hay lenguajes del cuerpo. Y el boxeo es uno de ellos. Jamás podremos comprender a un campeón de boxeo, si nos negamos a reconocer que se expresa a través de un dominio de su cuerpo que es, en su inteligencia, tan independiente, sutil y amplio como cualquier ejercicio mental llevado a cabo por destacados ingenieros sociales cual Herman Kahn y Henry Kissinger. Desde luego, según nos dicen, Herman Kahn es un hombre que pesa más de cien kilos. No, sus pies no son alados. Y también es cierto que más de un buen boxeador, a poco sonado que esté, no habla con excesiva brillantez. Pero esto no significa que sea incapaz de expresarse con ingenio, estilo y un especial concepto estético de la sorpresa cuando boxea con su cuerpo, de la misma manera que la obesidad de Kahn no nos impide darnos cuenta de que piensa con vigor. El boxeo es un diálogo de cuerpos. Hombres ignorantes, por lo general negros, por lo general casi analfabetos, se dirigen el uno al otro por medio de un conjunto de intercambios de carácter conversacional que van directamente a los puntos más sensibles de cada uno de ellos. En realidad, pura y simplemente, conversan con su físico.
Así describía la pelea de mentes y de puños Norman Mailer que hoy acaba de morir y que, aparte de sus novelas largas, quedará como el autor de «Rey del ring» (Lumen), de «El negro blanco» (Tusquets) o de «Los ejércitos de la noche» (Grijalbo).

El periodismo literario le debe – como a Truman Capote o a William Styron – paginas precisas y memorables. Los ejércitos de la noche no se disolvieron tras los días de «demostración» contra la guerra del Vietnam en la ciudad de Washington en 1967. Los ejércitos de la noche han proseguido manifestándose ante cada contienda aunque no se hayan cantado siempre de la misma forma por los escritores.

Norman Mailer poseía un poderoso ego que convocaba a la vez admiraciones y desprecios. La diferencia entre el noble ego de los campeones – escribió él – y el más débil ego de los escritores radica en que el campeón vive en el ring unas experiencias que, en ocasiones, son tan formidables que sólo pueden comunicarse a otros púgiles de la misma altura, o a las mujeres que han vivido minuto a minuto un parto angustioso, experiencias misteriosas, a fin de cuentas. Lo mismo les ocurre a los montañeros. Estos ejercicios del ego llegan a dar lugar a algo parecido al alma, de la misma manera que quizá la tecnología haya comenzado a superarse a sí misma, en el momento en que pisamos la Luna. En el curso de un gran combate, dos grandes púgiles navegan por subterráneos ríos de agotamiento, alcanzan altos picos de dolor, a la luz de su propia muerte, miran a los ojos al hombre con quien combaten, y atraviesan encrucijadas de las más angustiantes dudas cuando se levantan del suelo, haciendo caso omiso de las dulces invitaciones de las catacumbas del olvido. Pero nosotros no nos damos cuenta de que estos hombres son así debido a que no son hombres de palabras, y a que este siglo es siglo de palabras, de números y de símbolos.

Norman Mailer era así.

LOS VIENTOS Y EL MAR

Leí lo que decía usted el otro día en su blog hablando de las nubes – me dice Conrad paseando por cubierta -, pero sobre los vientos aún no ha escrito usted nada. Fíjese por ejemplo, me añade mirando al horizonte, que el cielo del Tiempo del Oeste se llena de nubes voladoras, ¿las ve ahí arriba?, inmensas nubes blancas que van condensándose más y más hasta que parecen quedar soldadas en un sólido dosel, ante cuya cara gris las bardas más bajas del temporal, delgadas, negras y de fiero aspecto, pasan volando a velocidad de vértigo. El aspecto característico del Tiempo del Oeste, si usted se fija, es el tono cargado, gris, ahumado y siniestro que se impone, circunscribiendo la visión de los hombres, calándoles el cuerpo, oprimiéndoles el alma, dejándoles sin aliento con atronadoras ráfagas, ensordeciéndolos, cegándolos, empujándolos, arrojándolos hacia adelante, en un barco oscilante, contra nuestra costas perdidas en lluvia y brumas.
Siempre que paseamos despacio Conrad y yo por esta cubierta de «El espejo del mar» (Hiperión), me asombra su acento pausado y su mirada fija en cada frase que los dos leemos y que él a su vez me va pronunciando en voz alta. Las cubiertas de los libros son así, alargadas, tranquilas, a veces algo resbaladizas, uno puede pasearse con los autores mientras la obra navega entre lecturas y sólo la voz de Conrad se oye:
-Sólo que ahora – me sigue diciendo el escritor deteniéndose un momento y mirando el mar – el viento es más fuerte, las nubes parecen más densas y más abrumadoras, las olas dan la impresión de haberse hecho más grandes y más amenazantes durante la noche. Las horas, cuyos minutos marca el estruendo de las oleadas rompientes, se deslizan con los ululantes, lacerantes turbiones abatiéndose sobre el barco mientras éste prosigue su avance con la lona ensombrecida, los palos chorreantes y las cuerdas empapadas. De vez en cuando, fíjese usted, la lluvia le cae a uno a chorros sobre la cabeza, como si resbalara desde canalones. Uno boquea, balbucea, está cegado y ensordecido, está sumergido, obliterado, disuelto, aniquilado, chorreando por todas partes como si los miembros también se le hubieran convertido en agua.
Siempre me impresiona su gran estilo pausado, el grosor de sus palabras ponderadas, el arco cuidadoso que envuelve a la frase. No hay prisa en Conrad para escribir ni para describir.
-Débiles, rojizos fogonazos de relámpagos titilan por encima de los topes a la luz de las estrellas – continúa diciéndome -. ¿Los ve? Una ráfaga escalofriante zumba al atravesar las tensas jarcias, haciendo que el barco se estremezca hasta la misma quilla y que los empapados hombres, bajo sus ropas caladas, tiriten hasta los tuétanos en las cubiertas. Antes de que un turbión haya concluido su vuelo para hundirse por la borda de levante, ya asoma el filo de uno nuevo por el horizonte de poniente, surgiendo raudo, informe, como una bolsa negra llena de agua helada a punto de estallar sobre nuestras cabezas entregadas.

Conrad escribió estas páginas en 1904 y no terminó su libro hasta 1906. Fue el respiro que se concedió entre «Nostromo» y «El agente secreto». Es una escritura mansa, sin ninguna precipitación, dejándose llevar por los vientos y el mar como ahora lo hacemos los dos sobre cubierta charlando de cuantas admiraciones recibió esta prosa. La elogiaron Kipling, Galsworthy, H. G. Wells, Arnold Bennett y Henry James. La espuma de las críticas está rozando ahora los costados del barco y el mar de las modas levanta un poquito la grupa, pero luego pasa y va dejando una larga estela blanca.

¿QUÉ ES LA VIDA?

Pasó de repente Federico Fellini ante él y le preguntó : ¿ Puede explicarse la fantasía?. Pasó enseguida André Roussin a su lado y le interrogó: ¿Qué es la belleza?. Daba vueltas y vueltas con las preguntas, giraba con todas las cuestiones. Vio que se acercaba Galina Ulanova, la primera bailarina del Bolshoi de Moscú, y le lanzó : ¿Qué sentido tiene bailar?. El gran periodista italiano Enzo Biagi no se cansaba nunca de preguntar. Veía apasionantes respuestas por las calles, en los rostros, en los ojos inteligentes. ¿Por qué yo soy blanco y él negro?, le interrogó un día a Margaret Mead. Como vio que llegaba también a toda velocidad Enzo Ferrari le detuvo un segundo: ¿Por qué el hombre quiere ganar?. Y nada más salir disparado Ferrari hacia las curvas le interesó saber además qué son las ideas, por qué lloran los árboles, cuándo es hermosa una obra de arte o cómo se convence más a los animales, ¿con la dulzura o con la fuerza?

En cuanto le contestaron todos corrió a preguntar más: Por favor, ¿ cree usted que pueden fabricarse Mozart y Einstein?, le consultó a Asimov. ¿ Por qué reímos?, le dijo a Jacques Tati.

No se detenía. Vivió con la curiosidad abierta los ochenta y siete años que ha vivido, muerto ayer en Milán tras una larga carrera de preguntas.
Dicen que al entrar en la eternidad preguntó enseguida : Entonces, ¿ cómo puede definirse la vida?

UN MUNDO SIN NUBES

Leo hoy en el periódico que la escritora polaca Wislawa Szymborska siempre que sueña pinta como Vermeer de Delft. En su cama ella puede respirar bajo el agua, tener encuentros con pingüinos y se permite el lujo de hablar el griego con fluidez. Pienso que la mujer de la perla la visita por las noches. Recuerdo sus declaraciones en 1996 cuando le dieron el Premio Nobel: «las nubes son una cosa tan maravillosa, un fenómeno tan magnífico que se debería escribir sobre ellas. Es un eterno «happening» sobre el cielo, un espectáculo absoluto: algo que es inagotable en formas, ideas: un descubrimiento conmovedor de la naturaleza. Intente imaginarse el mundo sin nubes».
Una poeta como ella mira por la ventana y persigue siempre la caligrafía del cielo, el hacer y deshacerse de las nubes que escriben.

HABLANDO CON CHANDLER

Hablando ayer tarde con Raymond Chandler me decía que no sabía quién fue el idiota original que le aconsejó a un escritor: «No se moleste por el público. Escriba lo que quiera escribir.» Porque ningún escritor nunca quiere escribir nada. Quiere reproducir o producir ciertos efectos y al comienzo no tiene la más leve idea de cómo hacerlo.

Acariciaba Chandler a su gata mientras el animal reposaba en su regazo

– Hay una cierta cualidad indispensable a la escritura – añadió-, algo que desde mi punto de vista llamo magia, pero que podríamos llamar con otros nombres. Es una suerte de fuerza vital. Por eso yo odio la escritura estudiada, la clase de cosa que se yergue y se admira a sí misma. Supongo que soy un improvisador nato, no calculo nada por anticipado, y creo que por mucho que se haya hecho en el pasado, uno siempre empieza de cero.

Me miraba desde sus gafas de concha y envuelto su labio inferior en la niebla de su pipa humeante.

– Los jóvenes, por ejemplo, que quieren que uno les enseñe cómo escribir – agregó -, les parece que todo lo que escriben tiene que ser, esperan ellos, publicado. No están dispuestos a sacrificar nada para aprender el oficio. Nunca les entra en la cabeza que lo que uno quiere hacer y lo que puede hacer son cosas completamente distintas, que todo escritor que valga la pólvora que se gastaría en mandarlo al infierno a través de un alambre de púas siempre está empezando de cero. No importa lo que pueda haber hecho en el pasado: lo que está tratando de hacer ahora lo devuelve a la juventud, y por mucha habilidad que haya adquirido en la técnica rutinaria, nada le ayudará si no es la pasión y la humildad. Leen un cuento en una revista y se inspiran y empiezan a aporrear la máquina de escribir con energía prestada. Llegan a un cierto punto y ahí se apagan.

Estábamos charlando en una salita anónima, alejada de su habitación y de la mía. Tan sólo una estantería de libros nos acompañaba. Chandler abría sus piernas ante la pequeña mesita que nos separaba y me miraba fijamente.

– Y luego está el estilo – continuó -. No puede planearse una buena historia; tiene que destilarse. A largo plazo, por poco que uno hable sobre el tema, lo más durable en lo que se escribe es el estilo, y el estilo es la más valiosa inversión que puede hacer un escritor con su tiempo. Las ventas se demoran, el agente se burla, el editor no entiende, y se necesitará gente de la que nunca ha oído para convencerlos poco a poco de que el escritor que pone su marca individual en lo que escribe siempre dará ganancia.

-¿Pero qué es el estilo?.-le pregunté llenándole la copa.

-La clase de estilo en la que estoy pensando es una proyección de la personalidad y es preciso tener una personalidad antes de poder proyectarla.

-¿Y la concentración al escribir?

– El escritor no tiene que escribir, y si no se siente en condiciones no debería intentarlo. Puede mirar por la ventana, o hacer el pino o retorcerse en el suelo. Pero no debe hacer ninguna otra cosa positiva, como leer, escribir cartas, mirar revistas o firmar cheques. Escribir o nada.

De repente la gata debió oir un ruido finísimo porque escapó eléctricamente. Por la puerta apareció Philip Marlowe. Me apuntó con la pistola. Yo a mi vez apunté a Raymond Chandler. Extendí el cañón de «El simple arte de escribir» (Emecé) y antes de dispararle le obligué a firmarme una dedicatoria.

LA INTERNACIONAL DEL SUEÑO

Me cuentan que hace unas noches, algo pasadas las doce y media, se deslizó en una cama de París, en el cerebro de un hombre que dormía plácidamente con la cabeza sobre su almohada, el cuerpo cilíndrico de un sueño recubierto por escamas de vivos colores y anillos alternantes, entrando ese sopor tan silenciosa y sinuosamente que apenas lo sintió, y al transportarlo con sosegada mansedumbre, lo llevó por estancias oníricas sin él casi darse cuenta, tal y como si visitara una realidad mágica, una realidad que jamás existiría. Poco tiempo después, hacia las dos menos veinte de la madrugada, ese mismo sueño salió furtivamente de aquel hombre y de la ciudad de París, y entró con rapidez en el cerebro de Marko Popovic, un hombre que dormía en un hotel de Belgrado y lo condujo a través de iluminadas habitaciones haciéndole creer que estaba consciente y que en cualquier momento iba a despertar
Pero a las tres y cuarto -siguen contándome – el mismo sueño de Belgrado y de París hizo una fulgurante cabriola y se introdujo ahora en el cerebro de Achille Mariën, un viejo profesor belga que dormía en su casa de Bruselas. También lo arrastró suavemente por galerías de espejos que iban multiplicando al infinito cada rostro de la realidad.
Estuvo el sueño en la ciudad de Bruselas desde las tres y cuarto hasta las cinco y diez. A esa hora, escapando de Bélgica y pasando con celeridad a Rumania, se introdujo veloz en el cerebro del investigador Gellu Luca que acababa de cambiar de postura en su cama de Bucarest. Allí permaneció agazapado un muy largo rato, sin apenas moverse, conduciendo sin embargo a quien soñaba por pasillos de imágenes. Pero aún tuvo tiempo de salir hacia las seis y veinte y el mismo sueño se metió dentro de la cabeza dormida del poeta-pintor Karel Nezval, en su casa de las afueras de Praga.
Luego ya amaneció. El surrealismo iluminó poco a poco el mundo, y ampliando su abertura nasal, absorbió de improviso ese sueño para siempre.

VALLE-INCLÁN EN LA CAMA

Si nos acercamos a este hombre sentado y recostado en varios almohadones, con una tablilla sobre las rodillas y unas chinchetas sujetando las cuartillas, veremos al don Ramón que nos espera en este dormitorio, lecho en el que tiende su úlcera estomacal y su mal de vejiga, despacho de apariciones y de mendigos, habitación de personajes, recinto de comparsas, «santa compaña» que va y viene iluminando rincones, procesión de ayes por los pasillos, mancos, ciegos, capellanes, bastardos, un zagal que nos mira desde una ventana, una reina que da el pecho a un niño, el tullido y la sorda, la tropa de los siete chalanes, criados, caballeros, romance de lobos de los hijos, aullar de envidias, criados, marineros, ese rapaz que nos lleva hasta la cama, y Valle-Inclán que sigue escribiendo sin mirarnos, encerrado y aislado en este piso madrileño de la calle Santa Engracia 23, el de las ventanas y contraventanas cerradas para que no se le escapen por los aires los gritos tremendos que ahora mismo están dando las «comedias bárbaras».
Valle-Inclán escribe en cuartillas numeradas por Josefina, su mujer, cuartillas de letra rápida y nerviosa porque las acotaciones magistrales de sus obras teatrales dan inesperados giros iguales a calambres, temblores estilísticos que él no puede controlar, los personajes cruzan invectivas encima de su cama y hay un fulgor y resplandor iluminando el cuarto con las voces, voces que él ya no puede sofocar, voces que pueden oirse desde la calle.
Siempre ha escrito así. Arrebatado de creación, superando la pereza primera cuando era novio de Josefina y ella cada noche le entregaba diez cuartillas blancas que al día siguiente él tenía la «obligación» de devolver completamente escritas; si no, ella no le hablaba.
Siempre ha escrito así. Esa caligrafía indescifrable marcada por correcciones ilegibles y misteriosas tachaduras salta ahora en cada personaje. Rodea la cama el zagal de las vacas, se acercan a él la hueste de los mendigos, el ciego de Gondar le palpa la colcha y una viuda que le muestra a sus huérfanos le pide a don Ramón una limosna.

LOS COMIENZOS

Amos Oz y yo estamos viendo mi blog en este banco del parque de San Francisco, en Oviedo, al acabar la ceremonia de la entrega de los premios Príncipe de Asturias en el Teatro Campoamor.

-Empezar es difícil- me dice Oz asomándose a lo que estoy escribiendo en mi portátil -. Hay escritores que nunca empiezan por el principio mismo, sino por un par de escenas fáciles de la parte central del relato, sólo para entrar en calor. ¿Usted cómo lo hace?

Le digo que me ha servido mucho su libro de ensayos La historia comienza (Siruela) que ha publicado este año.

-Al menos- le digo-, me ha servido como reflexión.

– Como usted sabe – me comenta Oz-, todo principio de relato es siempre una especie de contrato entre escritor y lector. A veces, incluso, el párrafo o capítulo inicial actúa a la manera de un pacto secreto entre escritor y lector, a espaldas del protagonista. Hay comienzos que funcionan como una trampa de miel: en un primer momento se nos seduce con un sabroso cotilleo, con una reveladora confesión o con una aventura espeluznante, pero al final averiguamos que lo que estamos atrapando no es un pez vivo, sino un pez disecado. ¿ No estará usted haciendo eso conmigo, verdad?- me dice Oz sonriendo.

-¿Por qué lo dice? ¿Por que cree usted que esto no es Oviedo, que no estamos en el parque de San Francisco, que usted y yo no estamos ahora juntos?

-Ustedes, los escritores – se ríe francamente – inventan principios para atraer. Se lo digo yo porque también suelo hacerlo.

– Pero es cierto que estamos en Oviedo- le confirmo-, mire usted esos grandes árboles, mire a las gentes sentadas en los bancos, mire a esos niños. ¿Cree que esto no es real?

– Ya sabe usted – me comenta Amos Oz dubitativo -, que Edward Said afirma que un comienzo, es, en lo esencial, un acto de retorno, un volver atrás, y no sólo un punto de partida para un avance lineal. Empezar y volver a empezar- dice magistralmente Said – son asuntos históricos, mientras que el «origen» es divino. En todos y cada uno de los comienzos hay intención y actitud. Cada comienzo crea algo único pero también teje lo existente, lo conocido, para constituir la herencia de la creación del lenguaje por la humanidad junto con su propia y fructífera eliminación. Cada comienzo es en realidad una interrelación entre lo conocido y lo nuevo.

Como siempre, Oz me convence.

Pasa un pájaro real que picotea el comienzo de la historia que estoy escribiendo, la muerde, la toma con el pico y, fulgurante, levanta el vuelo hacia un irreal Oviedo.

PASEOS DE BORGES

Solía ir por las tardes a caminar por la calle Florida hasta Tucumán, donde había una confitería en la que él acostumbraba a tomar un café. Después seguía por Florida unos metros y volvía más tarde hacia Maipú; pero el paseo que más le gustaba era llegar hasta la librería La Ciudad
– «Era imposible -me decía un día charlando de todo esto Fanny Uveda de Robledo, la «Fanny» que durante tantos años le cuidó-, sí, era realmente imposible caminar algunos pasos sin que alguien le hiciera algún comentario, lo parara para preguntarle algo o simplemente para saludarlo. En una ocasión, ¿sabe usted?, noté que un joven que venía caminando de frente se sorprendió al verlo. Vi su cara de asombro y sorpresa y enseguida se le dibujó una sonrisa placentera en su rostro de felicidad. Durante todo el trayecto que hicimos ese día él nos siguió de cerca pero en ningún momento hizo ningún comentario, sólo lo miraba extasiado como si estuviera por tocar el cielo con las manos.
Fanny hizo una pausa y luego prosiguió:
-Al llegar a Maipú, fíjese usted, y cuando nos disponíamos a entrar en el departamento, el joven se me acercó y me preguntó si esa caminata era habitual y si era siempre a la misma hora. Le dije que sí, que el señor solía salir a caminar por las tardes, después de dormir la siesta. Pues fíjese, ese joven volvió a acompañarnos muchas veces en las breves pero intensas caminatas que hacía el señor, se paraba cuando nos parábamos, se sonreía por los comentarios que el señor Borges despertaba en la gente, o disfrutaba de las respuestas que daba a las muchas preguntas que le hacían. Jamás le dirigió la palabra al señor ni atinó a pedirle nada. Fue un compañero silencioso y amable.
Curiosa Fanny y curioso este desconocido. Aún vive, y cada tarde camina por la calle Florida hasta Tucumán, empuja la puerta de esa confitería, allí toma un café y sale luego otra vez a Florida caminando unos metros hasta Maipú. Es un recorrido breve pero intenso. Siempre lee Ficciones. Es un librito blanco que saca del bolsillo, un librito de cuentos que se bifurcan. Los cuchillos, los tigres, los espejos salen y entran de los laberintos pero él sigue leyendo imperturbable, como si viviera Borges, como si fuera a cruzarse con él. Es el gran ensimismado de Buenos Aires, el desconocido que todos quieren conocer.

HABLANDO CON C. S. LEWIS

Me cuentan que estando un día en animada tertulia C. S. Lewis, Kingsley Amis y Brian W. Aldiss, tras haber paladeado el primer whisky en aquel despacho del Magdalene College que usaba el profesor Lewis hasta poco antes de que su enfermedad le obligara a retirarse, el autor de las «Crónicas de Narnia» comentó que alguna ciencia-ficción solía abordar con acierto temas mucho más serios que los de la novela realista, problemas reales sobre el destino del hombre.

Brian W. Aldiss no contestó. Se estaba dando cuenta de que las palabras de Lewis no habían sido pronunciadas con normalidad aunque él acababa de oirlas perfectamente porque ahora las veía avanzar con lentitud hacia él, viniendo desde el sillón de cuero en el que se sentaba Lewis hasta su propio sillón y transformadas en cubitos de hielo transparente.

Lo mismo le ocurría a Kingsley Amis. Las palabras de Lewis poseían en cambio para él un eco enorme y rozaban las maderas nobles del despacho, crepitaban un momento en la chimenea encendida y al fin eran recogidas, abrazadas y cuidadosamente envueltas en la suavidad de las cortinas.
Lewis habló toda la tarde. Habló de la terra incognita, de los paseos espaciales, de la radiación solar. Amis le comentó que los escritores serios que todavía no habían nacido o que aún estaban en el colegio pronto considerarían la ciencia-ficción un medio natural para escribir.
De repente la moqueta del cuarto empezó a temblar. La habitación se elevó muy lentamente y el sillón de C.S. Lewis ascendió empujado por la voz del novelista que se vio levantado sobre tejados, torres y jardines. El Magdalene College contempló extasiado aquella habitación en la noche en la que seguían conversando los tres escritores. Lo más impresionante fue oir perfectamente cómo allá arriba los cubitos de hielo eran palabras que Lewis se bebía tomando el whisky.

NACIMIENTO DE UN LIBRO

Acabo de publicar un libro. El sexto en estos últimos años. La ceremonia de bienvenida la hemos celebrado ayer abriendo el paquete en el que la editorial me enviaba el volumen.
Luego hemos empujado un carrito de bebidas, pero en vez de bebidas hemos puesto unos versos de Dante y de Eliot. Después hemos hecho chocar los primeros ejemplares y el enunciado de los capítulos ha sonado como el cristal bajo el sol. Hemos brindado por la literatura, por las editoriales, por los lectores. Tabucchi, a mi lado, me decía:
-¿Sabes? La página impresa comporta una separación entre la obra y su autor, mientras que la página escrita, sobre todo si está escrita a mano y no a máquina, como en mi caso, conserva unos lazos sentimentales muy intensos.
Es cierto. Esa escritura con la que yo he ido hilvanando este libro, » El artículo literario y periodístico. Paisajes y Personajes«, esos paisajes que he visitado, los personajes que conocí – Baroja, Stravinsky, Ezra Pound -, entraban ahora en la habitación. Paisajes y personajes, sin embargo, se iban alejando también de mis manos y los ojos de los otros comenzaban a leer un libro que ya no era mío.

Salí a la calle. Al entrar en la primera librería que encontré pedí el volumen y de pie entre la gente empecé a leer aquellas páginas. No me reconocía. ¿Cuándo había escrito yo aquello? ¿En qué momento exactamente? Todos aquellos párrafos adquirían poco a poco distancia y las palabras publicadas pisaban a las palabras manuscritas y al fin aquellas palabras me miraron como si yo no fuera su autor.

Pensé en cómo los libros se emancipan. Las bienvenidas se mezclaban con las despedidas y las dos ceremonias secretas estaban ahora mirándome desde el escaparate ante el que acababa de pararse el primer lector.

MAIGRET

Nos sentamos en una cervecería de París Simenon y yo. Le pregunto por su parecido con Maigret.
– Poco a poco – me dice el novelista -, hemos acabado por parecernos un poco. Sería incapaz de decir si es él el que se ha acercado a mí o soy yo el que me he acercado a él. Es cierto que yo he tomado algunas de sus manías y que él a su vez ha tomado algunas mías. Fíjese: ¿se ha preguntado con frecuencia por qué Maigret no tiene hijos, cuando realmente le hubiera gustado tenerlos? Esa es su gran nostalgia. Y bien, esto es así porque cuando yo he comenzado los Maigret – y he debido de escribir al menos unas treinta novelas antes de tener yo mismo un niño – mi primera mujer no los deseaba. Ella me había hecho jurar antes de casarme, que no los tendríamos. He sufrido mucho por eso, porque yo los adoro…, como Maigret.
Paladeamos la cerveza y Simenon prosigue:
– Y entonces yo me he sentido incapaz de mostrar a Maigret volviendo a su casa y encontrando allí a uno de esos pequeñajos. ¿Qué diría, cómo reaccionaría ante sus gritos, cómo se arreglaría por las noches para darles el biberón si la señora Maigret hubiera estado enferma? Lo desconozco. En consecuencia, yo he tenido que crear una pareja que no pudiera tener hijos. Esa es la razón. Por otro lado, yo he avanzado en edad mucho más deprisa que Maigret. Teóricamente él debería haberse jubilado a los 53 años y medio, y cuando yo lo he creado él tenía ya 40 o 5o. En consecuencia, él ha vivido quince años mientras yo vivía cuarenta. Entonces, irremediablemente, yo le he prestado sin quererlo mis experiencias, y él en cambio me ha dado su actividad. Es uno de los raros, si no el único personaje que yo he creado que tiene puntos de vista en común conmigo. Todos los demás, o casi todos, son completamente independientes de mí.
Charlamos de la técnica de la novela policiaca, de la atmósfera de París, de la piedad que él tiene por los criminales.
– ¿Tiene piedad usted o es Maigret el que tiene piedad?- le pregunto.
-Yo no saco nunca conclusiones.-me dice levantándose.
Cuando salimos de la cervecería veo sentado en una esquina, embutido en su gabán y envuelto en el humo de su pipa, a Maigret que está leyendo una novela de Simenon.

EL AGUA DE LA MÚSICA

Wagner cuenta en sus Memorias que, tras haber llevado años pensando en Lohengrin, el ímpetu de la creación le arrebató súbitamente y ya no pudo esperar más: «Apenas había entrado en mi baño hacia el mediodía cuando el deseo de anotar Lohengrin se apoderó violentamente de mí. Incapaz de pasar una hora entera en el agua, salté fuera de mi bañera al cabo de pocos minutos; y tomándome a duras penas el tiempo de vestirme, corrí como un loco a mi cuarto para arrojar sobre el papel lo que me oprimía». Se sabe que en ese momento el agua hirviendo de la música estalló en su cerebro y derramándose por el brazo derecho del compositor, bajó por los ríos de sus venas hasta llegar al puerto de sus manos donde los dedos comenzaron a trazar fragmentos de melodías y los pasos primeros de la ópera en tres actos.
Se sabe también que ese agua salió mansamente del cuarto, el líquido encontró pronto el cauce del pasillo y el agua de la música saltó a la calle, atravesó la ciudad en busca de un teatro y empujando violentamente sus puertas subió con fuerza hasta palcos y escenarios. El agua tocó primero la madera de los violines, entró y salió de las trompetas y golpeó jugetona los platillos. Luego se vio al agua de la música rondar con reverencia las túnicas de los coros y acompañar a las declamaciones dramáticas. Al fin, con brillantez, se despidió.
¿Hay algo en el mundo que se parezca a la música?, me pregunto a veces.
Shakespeare comenta en El mercader de Venecia: «El hombre que no tiene música en sí ni se emociona con la armonía de los dulces sonidos es apto para las traiciones, las estratagemas y las malignidades. No os fiéis jamás de un hombre así. Escuchad la música». También Cervantes dice en El Quijote: «Donde hay música no puede haber cosa mala».
Y sin embargo en batallas enconadas – en la Segunda Guerra Mundial hubo muchos ejemplos -la música ha sabido mezclarse con las mayores crueldades.

DOS Y DOS SON CINCO

A ese niño inclinado en su cuaderno de clase, que estruja el lápiz con los dedos, tuerce la lengua para aplicarse más y baja la cabeza hasta casi rozar el papel, nunca le salen las cuentas porque siempre bulle en su cabeza la fantasía y dos y dos le suman cinco y nunca cuatro, la fantasía se le desborda y siente por todas partes todo tipo de visiones, por ejemplo, si levanta la cabeza y mira esa mancha en la pared ve, como Leonardo, caballos en el aula, caballos voladores que cruzan el colegio, caballos que van veloces por los pasillos, que relinchan cuando pasa el director, que marchan al galope por las cocinas y que reposan al fin de nuevo en la pared.
A ese niño que se concentra en la suma de todos los días el dos más dos siempre le sale cinco porque acaba de ver esa bici apoyada en la esquina del patio y él, como Picasso, retorcería enseguida el manillar para hacer los cuernos de un toro, ese toro que embiste al más creído de la clase, lo levanta en el aire y le deja caer humillado.
A ese niño nunca le saldrá exacta la suma de la realidad. Será un inventor, un pintor, un poeta. Él no lo sabe. Se vuelve a inclinar en el cuaderno a luchar siempre con el dos pero el dos se le rebela. Aunque cuente con los dedos ve asombrado que de las uñas le está saliendo ahora un gran cinco radiante que ilumina todo el aula.

UTAMARO Y EL FÉNIX

La leyenda cuenta la historia del gran pintor japonés Utamaro Kitagawa que en 1804 se arrodilló ante un muro y quiso dibujar en él un enorme ave fénix. Absorto, Utamaro comenzó a trazar en la pared el inmenso plumaje rojo del ave mitológica, añadió al tinte anaranjado un amarillo incandescente, y muy despacio y con la punta de su pincel, fue afilando el gran pico del animal hasta curvarlo y retorcerlo en el espacio. Apartó luego las mangas de su kimono para pintar con más soltura e inclinándose aún más fue marcando el poderío de las garras, las extendió puntiagudas y al fin, con enorme cuidado, quiso abrir un punto negro en el centro del ojo del gran fénix, que de repente le miró enfurecido
Bastó ese segundo. En tal momento de distracción el ave separó sus garras y, ampliando todo su plumaje, clavó una y otra vez el pico sobre Utamaro hasta devorarlo para siempre.
Hoy al pasar y contemplar ese mural gigantesco impresiona saber que debajo de esa pintura el autor sigue sepultado en la pared.